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CAPÍTULO XXX. "LA MUERTE DE LA MUERTE" OPERADA POR LA FILOSOFÍA

El mundo jina y la teoría de la relatividad. - La relatividad y la "maya" buddhista. - Los dos "viejos postulados" de la ciencia cartesiana. - Los dos enigmas del encorvamiento del rayo luminoso y de la rotación del perihelio de Mercurio. - El principio de relatividad en la Vida y en la Muerte. - Todo ciclo vital se mantiene por "la muerte" de otras vidas. - La cuna es un se. pulcro y el sepulcro es una cuna. - La muerte diaria y la muerte definitiva. - Últimas frases de algunos hombres célebres. - Las comprobaciones científicas de Varigny con los "muertos" vueltos a la vida. - El miedo a la muerte no es simplemente sino el temor a lo desconocido. - Casos notables relativos a este temor. - Cómo mataba a la muerte la antigua iniciación en los Misterios. - Benéficos mecanismos naturales que suprimen el dolor de verse morir. - El "viejo y el nuevo vestido" de San Pablo. - La muerte no es sino una purificación o "katarsis". - El simbolismo de la "Mariposa de Psiquis". - Cómo puede él inducir a crasos errores ocultistas. - Ejemplos históricos de esto último. - Las momias egipcias. - El milenario espectro de una princesa faraónica en el propio Museo Británico. - Casos concordantes expuestos en la "Historia de la Sociedad Teosófica", de Olcott. - Antítesis eterna entre el alma y el cuerpo. - El ave de ciertos papiros egipcios. - La necromancia del sacerdocio en aquel pais. - Conclusión y resumen.

Un filósofo, que como todo buen filósofo es polígrafo y sabe de física, de matemática y de otras muchas cosas, después de haber vaticinado, intuitivo, el hecho estupendo de "la pesantez de la luz", ha lanzado valiente su Teoría de la Relatividad, teoría que, bien entendida y generalizada, no es sino la antiquísima de la Maya buddhista, reproducida a su modo por Schopenhauer al considerar (El mundo como Voluntad y como Representación) a todo cuanto nos rodea como una mera representación, o proyectiva, que dista en verdad de la objetividad representada otro tanto cuanto dista nuestra mente finita de la Mente Infinita que ha emanado al Universo. Este filósofo benemérito, cuyo mejor intérprete español lo está siendo el catedrático don Blas Cabrera, es el gran Einstein, nombre que por sí solo representa, según frases de aquél en sus conferencias en América y en el Ateneo de Madrid, "la victoria de los métodos filosóficos de razonar sobre los estrictamente científicos, al propio tiempo que señala una nueva era que cierra el ciclo mental que Newton, o más bien Cartesio, abriese".

Es cierto que ya con anterioridad a Einstein el principio' de Relatividad estaba virtualmente admitido desde el siglo XVIII con el descubrimiento de las geometrías no euclídeas, a las que hicimos referencia en el capítulo primero; pero él, gracias a Einstein, ha tomado carta de naturaleza en la mecánica y en la física, borrando dos postulados que antes se conceptuaban innegables, a saber: la absoluta rigidez de los sólidos al trasladarse en el espacio y la independencia filosófica de los dos conceptos o categorías de Tiempo y de Espacio, postulados tras los que la ciencia ha podido explicarse al fin esos dos enigmas de la línea newtoniana, que se llaman el encorvamiento del rayo luminoso al pasar por el borde de los cuerpos celestes y la interpretación mecánica de la rotación del perihelio de Mercurio que los astrónomos Eddington y Cromwells han comprobado en uno de los últimos eclipses. Sería, además, absurdo que la relatividad rigiese en matemática, en mecánica, en física, etc., y no rigiese en la manifestación suprema y continua de las leyes de estas ciencias que constituye el fenómeno de la Vida. Y si la Vida es una idea, como todas, relativa, la idea contrapuesta de Muerte también tiene que ser relativa, porque los llamados ciclos vitales de las formas no se mantienen sino a costa de la muerte de otras vidas, que con ello cierran así su curso evolutivo, y tan relativo y fugaz es lo uno como lo otro en buena filosofía.

Lo que acaba muere; lo que nace empieza; pero como la continuidad en una u otra forma es la ley de la vida, todo "sepulcro" es una "cuna", según tantas veces se ha dicho, si es que, a la inversa, no debemos decir mejor también que toda "cuna" es un "sepulcro", dado que la aparición de las formas manifestadas no es sino la entropia o "la muerte temporal" de las energías inteligentes, de las que aquéllas son meras "cristalizaciones" o "encarcelamientos". Si no recordásemos nuestros días anteriores, amén de la natural consecuencia lógica de esperar simétricamente otros días sucesivos, ese naturalísimo momento del dormir cotidiano llegaría a ser temido por nosotros de la manera como hoy tenemos a esotro momento solemnísimo del dormir eterno. Por eso, las últimas palabras de lord Byron, al cerrar el ciclo de su accidentada existencia, parece que fueron un "¡ahora, a descansar!", de igual confianza en el después como la que mostramos nosotros a diario al cerrar nuestras fatigosas labores del día.

y si se examinan una a una igualmente las frases de otros hombres célebres que nos ha conservado la Historia, no encontraremos en verdad otra cosa sino la idea de continuidad en esta o en aquella forma, ni más ni menos que la que tenemos siempre con fiadamente al tiempo de dormimos: "¡Ahora veo brillar mi aurora!"

dijo al morir el ciego poeta autor del Paraiso perdido. "¡Cuán hermoso es este S01l", exclamó al amanecer en el otro mundo J. J. Rousseau, el apasionado amador de la Naturaleza, y Mozart, en igual trance, añadió, por su parte, como si en tal amanecer oyese el mejor de los carillones celestes o "campanas de la gloria" de nuestra leyenda de La Delgadina: "¡Dejadme oír esa música de consuelo tan inefable!"...

"¡Luz, más luz"', gritó también en análogo trance Goethe, no pidiendo, por supuesto, luz en sus mortuorias tinieblas, sino asombrándose de la creciente y celeste luz con que en el nuevo mundo de los muertos le amanecía. Y mientras que Dante, hablando sin duda con aquellos mismos e invisibles. jinas que en vida le inspirasen la Divina Comedia, les decía al morir: "¡Venid, venid a mil", el gran Mahoma, oyendo la llamada de uno de aquéllos, le contestaba a su vez: "¡Señor, Señor, he oído tu voz y hacia Ti me vut:lvo"', y ahora el Tasso, anticipándose al morir a aquella profundísima frase con la que Fenelón comienza su Telémaco, exclamaba asombrado al sentir la caricia de aquella realidad consoladora: "¡Si no existiera la muerte, no habría en la Tierra un ser más desventurado que el hombre!"...

¿A qué seguir por este camino de las frases con que los grandes hombres han cerrado su laborioso ciclo de aquí abajo y abierto su glorioso ciclo de allá arriba? ¿A qué recordar también la sublime muerte o tránsito del Maestro Beethoven, como la de Simeón Ben Jocai y la de Isdubar, el Hea-bani caldeo, a la luz de un relámpago, bajo el estallido de horrísono trueno, e incorporándose en el lecho del dolor, con el brazo derecho en alto, para "dar solemnemente la entrada" a la invisible orquesta jina de los desencadenados elementos; orquesta ya escuchada también antaño con ocasión de su Sexta Sinfonía? ¿A qué recordar, en fin, aquella solar llamada jina, tan mal interpretada, del Varón de los Dolores, de "¡Heli, Heli, lacma sabactanil", con la que dió por consumado Su Sacrificio? o. Como todos los caminos van a Roma, un sabio francés, M. Varigny, se ha consagrado, por su parte, a estudiar de un modo, por decido así, experimental, el fenómeno de la muerte, tan vagamente definido, y su conclusión definitiva ha sido la de que la muerte no sólo es indolora siempre, sino que en ocasiones hasta resulta agradable, moral y materialmente. Aunque la frivolidad al uso pueda preguntarse cómo se ha podido llegar a saber semejante cosa, siendo así "que no hablan los muertos", lo cierto es que como siempre, según la propia teoría de la Relatividad, hay un camino para asaltar lo inaccesible. Varigny ha sabido encontrar este camino en el estudio detenido de aquellos casos límites de gentes, tales como los ahogados que han estado "a dos dedos de morir", como vulgarmente se dice, y que inevitablemente habrían muerto sin el oportuno auxilio, ya que, según la ciencia, desde que el hombre recibe un golpe mortal y pierde el conocimiento, la muerte existe. "El miedo a la muerte -dice también el sabio biólogo- no es sino un temor a lo desconocido."

Tan cierto es este aserto, que nuestro amigo Ángel Guerra, el delicioso cronista, nos dice:

"La frecuencia con que leemos estos días en la prensa noticias de soldados que allá en Melilla se han quedado mudos o han perdido la razón, del espanto que les produjeron ciertas escenas, asícomo las que se refieren a algunas muertes repentinas de muchachos jóvenes ante las amenazas de la morisma, nos invitan a hablar del tema de los que mueren por miedo a la muerte. Parece, a primera vista, que el miedo debe sobreexcitar el instinto de conservación, y se comprende la fuga, el asesinato, todo menos morir de miedo a la muerte. Algunas veces se suele achacar tal desenlace a una afección cardíaca, a una falta casi absoluta de vigor, de vida, y así se explica que pierda la poca que le queda una persona atacada de miedo. En algunos casos podrá ser; pero en la mayoría no hay tal. Las víctimas de miedo' suelen ser, por el contrario, personas de gran vigor, de gran apego a la vida. Tal vez precisamente por eso mueren; la reacción de todo su organismo ante un peligro, a su parecer gravísimo, debe ser tan brutal, que lo destroza todo, como una máquina sometida a una tensión superior a la resistencia que se le calculó al construida. En apoyo de lo antes dicho podríamos citar mil ejemplos que son los mejores argumentos. Basten unos cuantos. Un amigo fidedigno nos contaba no hace mucho el siguiente caso, del que fué protagonista un militar tan valeroso que por méritos de campaña ha alcanzado la graduación de coronel: "Hallábase con él en la sala de observación del cementerio de Valencia, ante un cadáver del que no habíamos notado que tenía un moscón encima de una pestaña. De pronto, la mosca se subió hasta la ceja. El militar, un hombre sano, vigoroso, valiente, sintió vacilar sus piernas, y si no es por mí, cae al suelo. ¡La mosca le había dado la sensación del párpado que se levantaba, y le había alucinado, hasta el extremo de creer que el cadáver abría un ojo! No murió el militar, pero estuvo gravísimo de resultas del susto. Por centenares podrían citarse los casos de individuos que, habiendo tenido algún disgusto con otra persona, y viéndose en la necesidad de tener que aceptar un duelo en gravísimas condiciones, se han suicidado, ¡por temor de que los matasen!

"Aún se comprende más la muerte de miedo al creerse un hombre asesinado. A este propósito recordamos la siguiente anécdota histórica: "Un bufón del marqués de Ferrara había oído decir que un

gran miedo curaba la fiebre. Quiso curar la que padecía su príncipe, y no se le ocurrió otra cosa que arrojado, un día que paseaban juntos, desde el puente al río. Rehízose en seguida de caer el príncipe, y lo cierto es que curó. Pero creyendo que aquella temeridad merecía algún castigo, condenó al bufón a ser decapitado, con el propósito de simular solamente la ejecución de la sentencia. Se le vendaron los ojos al reo; se le ataron las manos a la espalda, se le puso la cabeza sobre el tajo... y se le dió un golpe en la nuca con una servilleta mojada. Lo mismo hubiera sido que le hubiesen cortado la cabeza. Cuando lo desligaron, el miedo había enviado al mísero bufón al otro mundo. Los casos de pérdida del conocimiento por heridas son tan conocidos, que no vale siquiera la pena de recordados. Todos los que en la guerra han caído mortalmente heridos y han logrado luego "resucitar", están de acuerdo para declarar que apenas han sentido un choque ligero, y en seguida nada...

"El caso de un hombre devorado por un león, en cambio, es más raro, y también más espantoso, en el sentido que damos a esta palabra cuando se trata de tragedias. Livingstone, refiriendo la aventura de la cual salió con un hombro devorado, dice lo siguiente: "La fiera saltó sobre mí y caímos juntos en el suelo. El choque me produjo un estupor igual al que debe de sentir un ratón al ser cogido por un gato; era un estado de sueño en el cual no había ni dolor ni miedo, a pesar de que yo sabía lo grave de la cosa. Yo podía ver al animal sin horror y sin temor. Este estado particular se produce, probablemente, en todos los animales matados por los grandes carnívoros, y, si es así, hay que reconocer en ello un benéfico mecanismo creado por Dios para suprimir el dolor de la muerte."

Semejante mecanismo benéfico, "creado por la Ley para suprimir el dolor de la muerte", existe, sin disputa, agregamos nosotros, testigos de cierto valor por habernos visto más de dos veces en trance de muerte, en uno de los cuales, casi desahuciado por los médicos, toda mi tarea consistía, ¡oh ironía de la vida!, en pensar cómo se afilaba mi nariz y cómo me deslizaba "río abajo" en la corriente de la Luz Astral sin duda, río encargado de arrastrar en su corriente a las almas de los que desencarnan, como los otros ríos naturales se encargan de ir arrastrando en sus ondas todo cuanto perece en sus orillas. .. ¿Qué mecanismo mejor, en efecto, para lograr aquel objetivo de anestesia moral al par que física que el de la propia naturaleza con los delirios de la calentura? Nosotros hemos visto más de uno de estos enfermos graves creyéndose en el delirio estar -o acaso estando ya de hecho su alma en los Campos Elíseos- a la orilla de pintorescos arroyuelos jinas, cabe frondas deliciosas, a juzgar por las exclamaciones de fruición y las frases de alegría y de entusiasmo que sus moribundos labios proferían. Más aún: confesamos solemnemente que estos casos han contribuído a confirmarnos en la convicción de la existencia allende la muerte de nuestro sublime mundo jina, e igualmente en la realidad de hecho del solemne y CERTÍSIMO mito asturiano de la Huestia o Santa Compaña, al que, a más de los capítulos VII, parte 2ª., y VIII, parte H, de El tesoro de los lagos de Somiedo, hemos consagrado, con casos de nuestra propia y genuina experiencia personal, los epígrafes de la segunda edición de En el Umbral del Misterio, que llevan por títulos: "La fiebre de un sueño"; "¡Yo he visto a la Huestia!"; "Varios fenómenos psíquicos de mi vida".

Si la solemne conclusión que antecede fuese cierta, como parece, no cabría hallar una recomendación más eficaz para nuestras ideas filosóficas relativas a los Misterios Iniciáticos, a los que tantas referencias llevamos hechas en nuestro Wágner, mitólogo y ocultista. En efecto, como allí puede verse con mayor detalle, parece ser, por las veladas referencias de Platón, Séneca y otros escritores grecolatinos iniciados en los Misterios de Eleusis, que en ellos se representaba sobre las aguas del Lago Sagrado o "pista", y a manera de nuestras obras teatrales de gran espectáculo, el porvenir del alma después de la muerte física. Es más: en las iniciaciones egipcias más solemnes de los maestros, cuyo ceremonial es recordado hasta en nuestros días por otras instituciones que se dicen sus herederas, está probado que el iniciador o hierofante, según apuntamos en el capítulo de finas y trogloditas, sometía al candidato a una especie de trance hipnótico que dejaba inerte, desmayado y como muerto a su cuerpo físico, al par que llevaba al alma por los amplios confines del mundo jina o de lo astral y lo etéreo en verdaderas peregrinaciones que la tradición ha llamado, verbigracia, "el descenso de Orfeo a los infiernos (Hades) para libertar a Eurídice", "el de Perseo para libertar a Andrómeda", "el de Pitágoras", "el de Telémaco en busca de su padre Ulises", etc., etc. No hay que decir con esto que, a partir de semejante momento, luego que al tercer día el inerte cuerpo del candidato despertaba de su letargo físico bajo el primer rayo del sol naciente conservando plena conciencia sin embargo de que se había visto cadáver (en su cuerpo de carne), al par que vivo (en su doble astral, cuerpo en el que recibiera la iniciación), el iniciado no temiese ya en adelante a la muerte (según la propia frase de Cicerón al volver de su iniciación eleusina), y estuviese apto para realizar, con desprecio de una muerte que ya para él la mentira, los mayores heroísmos.

Y no hay que decir si semejante triunfo sobre la muerte cierra el viejo ciclo semianimal de la vida terrestre del hombre, para abrir al par el nuevo ciclo humano propiamente dicho de la vida jina, ni el relieve sublime que con todo esto tomaran aquellas frases del iniciado Pablo que cerraron nuestro libro De gentes del otro mundo y abrieron el actual; frases supremas, lapidarias y definitivas como las de la siguiente paráfrasis: "Hablamos con claridad, no como Moisés, que ponía un velo sobre su rostro" (II Corint., c. III) y decimos "que hablamos sabiduría, mas no sabiduría de este siglo, sino Sabiduría de Dios en Misterio. .. (I Corint., capítulo II) . "Despojaos del hombre viejo que está en vosotros, y con el Espíritu de vuestra propia inteligencia vestíos del hombre nuevo" (Efes., IV, 23 Y 30), "porque hay cuerpos celestiales y cuerpos terrenales. Trajimos aquí lo terreno y llevaremos la imagen de lo celestial, y he aquí que os digo un misterio:... los muertos resucitarán incorruptibles, y al así revestirse de inmortalidad se cumplirá la palabra que está escrita de "¡Tragada ha sido la muerte en la victoria!" ¿Dónde, pues, está ¡oh muerte!, tu victoria? ¿Dónde, ¡oh intrusa!, tu aguijón?" (I Corint., capítulo XIV). Hay, sí, que pasar por una katarsis) o purificación, que nos despoje del viejo vestido de carne para dejarnos en nuestro primitivo vestido de luz. ¿Acaso la Naturaleza, analógica y serial siempre, no nos da continuamente ejemplos de ello?

Ved, si no, ese simbolismo extraño de la griega mariposa de Psiquis, o sea el alma humana cuando opera el tránsito final de este a los otros mundos. Pues ese mismo simbolismo lo estudia ya nuestra ciencia positiva en la llamada histólisis de los insectos, o sea en su período de transición de la larva a la mariposa, cuando el insecto yace como crisálida en el interior de su capullo o "retiro iniciático" de aquella su transformación definitiva, transformación en la que "hasta adquiere alas para volar" después de unos días pasados en verdadera disolución o como "putrefacción" del anterior cuerpo de larva, que en el momento supremo de tamaña crisis viene casi a descomponerse en sus elementos celulares primitivos para formar con los viejos y rudimentarios órganos larvares de "efectivo gusano" los nuevos órganos de "ave efectiva". Esto, salvo el detalle de la visibilidad (a la vista ordinaria, ya que ni aun ello ocurre para la visión de los llamados videntes, es lo que acontece con nuestro "segundo cuerpo" o cuerpo glorioso, formado sin duda, a través de la descomposición orgánica del cuerpo físico, en los primeros días que subsiguen al sepelio, o en los primeros instantes que subsiguen también, en su caso, a la cremación del cadáver y en los que el recién nacido para el nuevo y glorioso mundo jina puede al fin, tras las miserias de la vida, parafrasear al vate Meléndez Valdés en La Tarde, cuando dice: "¡Todo es paz, silencio todo; todo en estas soledades me conmueve y hace dulce la memoria de mis pasados males. . .¡"

Pero no hay que detenerse en estas consideraciones, so pena de extraviarse en la apreciación del mayor problema de la muerte y el consiguiente tránsito post-mortem del alma humana al glorioso mundo de los jinas. En efecto, el mito de la mariposa de Psiquis, con toda su belleza griega, puede inducimos a un craso 'error, ya apuntado por H. P. B. Y que a toda costa es preciso evitar.

La salud física o "estado fisiológico de encarnación y de unión del alma con el cuerpo" tiene de contraparte a la enfermedad, que no es, según su mayor o menor gravedad, sino un estado más o menos fuerte de disociación de los dos tan contrarios principios, camino de la separación total y definitiva que la muerte física está llamada a operar; algo así como la disociación química del oxígeno con el hidrógeno del agua hacia los 500 grados de temperatura, mientras que la muerte en si equivale a su vez a la separación definitiva ya de los dos gases cuando es sometida el agua a mil o más grados de temperatura.

Por otra parte, ya llevamos visto en diferentes lugares de nuestras obras, especialmente en el capítulo último de De Sevilla al Yucatán y en "La resurrección de los muertos" de Páginas ocultistas, que la muerte, aun en aquellas muertes certificadas ya por la ciencia médica, tarda a veces muchos días en ser definitiva o no reversible con el fenómeno mal llamado de "la resurrección", tanto que sólo podemos aseverar científica y prácticamente que el hombre ha muerto, cuando ha entrado en putrefacción alguna de las vísceras esenciales del organismo, y, a mayor abundancia, cuando el cadáver ba sido consumido en el fuego purificador de la pira.

Pero tanto la putrefacción como la cremación distan enormemente de parecerse en nada al fenómeno de la lisis del organismo de la larva operado en el santuario de la crisálida para formar los órganos, físicos también o corpóreos, de la pintada mariposa. La misma falta de acceso del oxígeno del aire como elemento comburente de la putrefacción o la eremacausia (combustión lenta) y de la combustión rápida de la pira, impide que se opere, gracias al capullo, la descomposición total del organismo de la larva, en cuyo caso el alma del insecto no seguiría ya ligada al organismo de la crisálida ni acabaría formándose la mariposa, estado continuador de la evolución física del insecto, no estado final de la misma, que es lo que nos sucede al morir.

Es más: estas que parecen "cosas de poeta" acaso han tenido en la Historia una realidad tan grande como dolorosa: nos referimos a las momias egipcias, en las que la ciencia necromante del país de los Faraones se diera trazas, con sus profundos conocimientos anatómicos y químicos, a conservar casi indefinidamente el organismo corpóreo de sus reyes y sacerdotes, salvo, como es natural, ciertas partes blandas y vísceras del mismo. Dentro del criterio ocultista que aquí desarrollamos, no del positivista al uso, que de todas estas sel'Ías cosas se ríe, hay más que motivo para pensar si con semejante práctica, que a nosotros nos parece de la más refinada magia negra y la más antinatural, por tanto, que darse puede, lo que hacían era suspender la evolución ulterior de aquellas almas, que merced a la conservación mayor o menor de los cuerpos físicos respectivos quedaban así como atadas y retenidas en esferas vecinas a este bajo mundo. Semejante estado de suspensión de la marcha ascensional de las almas, que corren siempre parejas con la destrucción conjurada de los cuerpos de carne, debió de equivaler en un aspecto al fenómeno del tránsito de la larva a crisálida, fenómeno en el que no hay tampoco putrefacción, como hemos visto; y en otro, al estado de esos cadáveres que, lejos de descomponerse, son hallados a veces dentro de sus tumbas en conservación tan perfecta que les han crecido el pelo y las uñas, y hasta han mostrado coloración en sus mejillas, gracias a continuar en ellos con más o menos dificultades la circulación sanguínea, alimentada "etéreamente", a través de las paredes de la tumba, por los más aterradores fenómenos del vampirismo, que descritos quedan en el capítulo "Los "espíritus" vampiros", de Páginas ocultistas.

En resumen, que, en sano Ocultismo, la completa liberación del alma presupone como condición indispensable la no menos completa descomposición del cuerpo, y que todo cuanto de un modo u otro impida o retarde esta liberación también de los átomos físicos por el cuerpo aprisionado, a más de ser una operación necromante, impide o retrasa semejante liberación, como la retrasan las evocaciones que se hacen de los muertos en las sesiones espiritistas, los duelos excesivos, y, en general, todo conato de comunicación con los que se fueron -salvo la nacida del amor que es superior a la muerte, y del recuerdo santo de su obra y de los buenos ejemplos de su vida-, retrasa, decimos, a las almas en la senda ascendente de la liberación, cOmo perturban e incapacitan el trabajo de la madre las intempestivas llamadas y lloros de su hijo...

De aquí, repetimos, la impropiedad del símil de la mariposa de Psiquis y cualquier otro que tomemos de la vida de los insectos. Seres éstos menos evolucionados en la escala orgánica, no pueden ser comparados con los vertebrados, que se hallan por cima, y en especial con el hombre, cuyas ”metamorfosis" son psíquicas y no físicas, y cuya última transformación no es ya la mera tisis de la crisálida en su capullo, ni la partenogénesis de insectos como la abeja, ni la reproducción por -segmentaciones de los seres más ínfimos de aquella escala, como los paramécidos, sino la ley geométrico-simbólica del conjugado armónico que damos en el último capítulo de nuestra Simbología  Arcaica, ley que en la revelación da la razón inversa eternamente existente entre el alma y su cuerpo, y por virtud de la cual para que aquélla alcance la apoteosis triunfal de su cíclica carrera es preciso que se reduzca a nada o cero el cuerpo de carne que aquí la retenía, como le es preciso al prisionero, para poder sentirse en libertad plena y absoluta, que sean rotos los eslabones de su cadena y deshechas las paredes de su calabozo, en términos de no poder ser vuelto a ellos aunque por alguien se pretendiera; ni puede darse, en fin, por ganada una campaña hasta reducir a la más completa inanición al enemigo, ni por terminada una obra -¡y no hay obra más grande que la salvación del alma, al decir de las religiones todasl!- hasta que no es retirado el último andamiaje, barrida la última escoria y entregada a su legítimo dueño -aquí el Espíritu Supremo que al Alma cobija- la llave del edificio: ¡el palacio del Alma; el místico castillo de la Joyosa guarda del mito caballeresco; el templo del Dios Vivo, antes ocupado por meros albañiles!...

Si, como inspiradamente dijo San Agustín, el grano de trigo ha de morir previamente, para terminar y multiplicarse, mal puede nacer el alma a la vida superior del mundo de los Jinas SI antes no se corrompe su cuerpo, su "cubierta", su "cárcel", y mal puede alejarse tampoco-de este mundo inferior en el que fuese efímero Peregrino o errante Cometa, mientras le quede más o menos subsistente un lazo siquiera de los de la antigua conexión, una cadena sola, como la que aún queda, sin duda, en los primeros momentos de la muerte, cosa que experimentalmente puede comprobarse que queda en algunas momias célebres. .. ¿Conocéis, lectores, el caso de la famosa momia egipcia llamada de Katesbel, con ese vivo prodigio muerto que aún admiran los visitantes del British Museum?

Para quienes ignoren el caso, diremos, extractándolo de periódicos tan serios como el Times, que cierto arqueólogo inglés de principios de este siglo envió, entre otros hallazgos suyos en el país de los Faraones, la lujosa momia de una princesa de la más antigua dinastía, y cuya belleza aún parecía conservarse como en sus ya archi-seculares y pasados días. Para colmo de la maravilla diríase que ella conservaba "un como resto de voluntad", y semejante "voluntad" se manifestó desde el primer momento en que viese profanado su sacro retiro por la insana curiosidad de la ciencia europea, pues que desde el punto y hora en que se pretendió sacada de allí, los "casos extraños de desgracia" se sucedieron sin interrupción en los obreros que la extrajesen, en el sabio profanador de aquel recinto, en los conductores de ella para el embarque y hasta en el buque mismo que la trajese a Europa. Todo fueron en torno de la "airada" momia catástrofes y más catástrofes, aun después de instalada en la sala que hoy ocupa, y donde, por extraño contraste, que recuerda poco más o menos a la magia de Asclepios, Trofonio, Lourdes y Limpias, parece que opera curaciones maravillosas entre sus más fervientes admiradores, que acuden a contemplada y a sentir su protectora presencia, como si realmente estuviese aún viva. Y es tal la concatenada serie de las diarias maraviIlas de "protesta" de la momificada joven princesa, que según parece, y en previsión de males mayores, se trata seriamente de restituida al reposo de su egipcio retiro...

La ciencia oficial, como siempre que se trata de algo que excede a su ceguera de topo en punto a cosas de lo hiperfísico, no ha podido silenciar este hecho, que ha corrido así, como "caso curioso", por todas las revistas del mundo, ni menos a explicarle a su modo cretino. Por tanto, ante el dilema de no dar explicación alguna, o dar una explicación ocultista a guisa de hipótesis, creo que será preferible esto último.            

Y semejante explicación no puede ser más sencilla, tras cuanto llevamos expuesto extensamente. La momia del Museo Británico, conservada intacta casi en su cuerpo a través de milenios por la pericia necromante del sacerdocio egipcio de su tiempo, es lo que los libros de caballería llamarían "un caso de encantamiento", un caso en el que el Alma de la joven en cuestión no ha seguido el ciclo natural de las otras almas, remontando en su psíquica órbita más allá de la región de la Luna, que diría Plutarco, sino que ha quedado en un mundo intermedio, EL MUNDO DE LAS AVES, de Aristófanes, mundo que, con su "nube etérea", cortara antaño las comunicaciones entre el mundo inferior de los hombres y el mundo superior de los jinas. Y si esto no fuese verdad, ha sido creído al menos por los sacerdotes que pintaron con notable esmero láminas como la del Papiro número 10.470 del British Museum, que puede verse reproducida casi en la escala original por las notables publicaciones de R. B. Fleming. En efecto, en la pintura en cuestión, sobre la propia momia de un sacerdote y entre jeroglíficos alusivos al caso, se ve, flotando, al ave dicha, con su faz humana y tostada, como corresponde a las gentes aquellas, que eran siluras, erithreas o morenas, con su expresión y actitud hierática, y con su vuelo protector, que no se aparta un punto de su momia física, y que, por tanto, no puede remontar a los cielos como el Fénix de la tradición europea, el Lí-Sao de la leyenda china, el ave Gatuna parsi y tantas otras inmortales de la, leyenda áurea; sino que planea sobre aquélla como el ave sobre su nido...

¿Cuánto y cuánto no habremos decaído los pueblos europeos (pese a los pujos de una cultura material, que no es, en otro orden de ideas, sino incultura psíquica), dado que aún nos parece archipoético el simbolismo de la mariposa de Psiquis, simbolismo de insectos, por bajo del egipcio simbolismo de aves, que llevamos visto, otro tanto como lo está este del verdadero simbolismo ario primitivo, que ora fuera solamente matemático, ora vegetal, como en el de la Flor del Loto, cuya raíz corpórea está en el cieno del estanque, sus hojas psíquicas en el seno tranquilo y "lunar" de las aguas del mismo, mientras que su corola, que es el alma ya libertada, y su perfume, que es el Espíritu mismo, se bañan ya bajo los rayos del Sol vivificador?

Encenagados en nuestros escepticismos, y creyéndonos dichosos en nuestra paupérrima miseria de caídos que están ciegos, pues que perdiésemos el uso de este tercer ojo de la intuición o "del cíclope", en el que se podían contemplar estas cosas, ni aun vemos ya la mariposa, esa "mariposa" que, según ciertos ocultistas, puede ser objetivada en el mundo etéreo y hasta físico, visible por la acción de la Magia, tanto de la Blanca como de la Negra. Y no es lo peor que no la veamos, sino que no queramos verla, cerrando voluntariamente los ojos del alma a series de luminosas verdades, como las que hemos ido presentando amontonadas en las páginas de este sincero libro: libro que viene a ser un complemento del De gentes del otro mundo y que acaso sea continuado con otro en el que, con toda extensión, se trate de Los jinas y las Sociedades secretas y Los jinas y el espiritismo, pues acaso en parte alguna como en las grandes sociedades secretas o iniciáticas, tales como los g;ymnósofos de la India, que se burlaron de la locura de Alejandro el macedónico; los pitagóricos griegos, los sufis persas, alma de toda la ciencia árabe; los drusos y cristianos de San Juan, del Líbano, depositarios del verdadero cristianismo y origen de los Hermanos de la pureza, asiáticos y africanos, y de la poderosa Orden del Temple; los rosacruces, de Fez, cuya doctrina perdura, aunque aparentemente se hayan retirado ellos del contacto con el depravado mundo; y, en fin, la Masonería del siglo XVII, tan por encima filosófica y moralmente de la vulgaridad mundana, contra lo que ignorantes y malvados pueden suponerse, tienen los "casos jinas" a centenares en su historia y en sus ritos.

En cuanto al Espiritismo -doctrina tan reprensible en el empleo de la mediumnidad provocada como respetable en su filosofía y en sus manifestaciones "espontáneas a través de la Historia" -, él es un archivo insondable de "hechos jinas", merecedores de un estudio científico imparcial en el sentido en que hemos insinuado o esbozado los numerosísimos del presente libro.

FIN DE "EL LIBRO QUE MATA A LA MUERTE O LIBRO DE LOS JINAS"

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