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Sin el auxilio de los
anales de Oriente es imposible encaminarse en el caos de la cronología
primitiva. - Lemures, Atlantes y Arios. - Las cuatro Edades de Oro, Plata, Cobre
y Hierro. - Veranos e inviernos heliacales, segun Platón. - La Humanidad
"física" apareció sobre la Tierra hace próximamente cinco millones de años y la
Raza Aria hace un millón. - Celtas, arios y post-atlantes trogloditas. - Los
cíclopes. - El dios It o Ti. - El culto del Fuego y del Sol. - Los pelasgos y
sus cien nombres históricos: cíclopes, titanes, kalkas, caldeos, accadios,
cólquidos, arameos, jaínos, britanos, naboas, tuathas, tesalienses, micenianos,
germanos, ercinios, hemiaritas, hiperbóreos, frigos, táuridos, phalegios,
curetes, quírites, etc., etc. - Enseñanzas de César Cantu. - Los cabires en
Lemnos, Samotracia, Peloponeso, Sicilia y demás regiones celtas. - Sus inmensos
beneficios, solapados bajo el velo de la fábula y la leyenda. - Las dinastías
divinas. - Niebuhr y su Historia de Roma. - La caída de Troya termina este
sublime e inestudiado ciclo. - El Timeo, de Platón. - Dorios y jonios
("los hombres del Sol y de la Luna") . - Las Acrópolis. - Las "tres castas". -
Los jinas y la conquista del simbólico "Vellocino de Oro". - La leyenda de los
doce signos del Zodíaco. Esquilo, el divino griego, y su Trilogía. - La
Electra, de Sófocles. - Otros clásicos de la Hélade en punto a estas
cuestiones sugestivas. - Enseñanzas de H. P. B.
No es posible orientarse en el caos de
la historia primitiva sin el auxilio de las cronologías iniciáticas
tamiles-brahmánicas, las cuales, de acuerdo con la Geología, asignan al mundo (o
sea a los evones transcurridos desde que la humanidad apareció físicamente ya
sobre la Tierra) unos cinco millones de años de existencia hasta hoy. Primero se
desarrolló la Tercera Raza-Raíz o Lemur (Edad de Oro), hacia las regiones
actualmente ocupadas por el Pacífico, la cual por terremotos y erupciones
(verano heliacal de Platón) se hundió hace más de un millón de años en números
redondos, y por entonces la Cuarta Raza-Raíz, o de los Atlantes (Edad de Plata)
llegó a la apoteosis de su esplendor, al par que nacía en las mesetas centrales
de Asia o Ariana, la Quinta Raza-Raíz, que es la nuestra o Aria. Dada la
correlación de la filogenia y la ontogenia, es de observar que con estas tres
Razas troncales, madre, hija y nieta, aconteció como pasa entre los
hombres, a saber: que cuando la madre declina, la hija llega a la plenitud de su
desarrollo, y la nieta nace... Por eso los arios empezaron a extenderse por la
Tierra antes de que se iniciaran las sucesivas catástrofes (invierno heliacal de
Platón), que sepultaron a la Atlántida, hace ochocientos mil años, con la
separación del continente atlante de lo que luego fué Eurasia, África y América,
constituyendo sus restos las dos enormes islas de Rutha y Daytia,
o de la Buena y de la Mala Magia, hace doscientos mil años, con el hundimiento
de estas islas, quedando sólo la de Poseidón o Neptuno frente a Gades, y hace
unos once mil años con la desaparición de esta última isla, recordada ya en las
tradiciones populares con el nombre de Diluvio Universal.
Tuvieron así los arios extendidos por
el mundo desde hace un millón de años, repetimos, una edad de oro en las
postrimerías lemures; una de plata, cuando la apoteosis atlante; una
edad de cobre, correspondiéndose más o menos con los últimos tiempos del
continente sumergido, y una edad de hierro, en fin, que se dice comenzó
hace unos cinco mil años, cuando el Avatar Krishna, cumplida su misión,
desapareció de la Tierra, dejando el puesto a su discípulo Arjuna o Ra,
el jina del Mahabharata, y que ya vimos aparecer en todas las regiones del
mundo con los mil nombres conexionados con el de Hércules, que es el que
principalmente se le asignó en Europa.
Al desaparecer la Atlántida quedaron,
pues, dos grandes tipos de hombres, como empiezan ya a presentir los estudios
paleontológicos; los unos, los trogloditas, gentes atlantes que habían quedado
sumidas en la más atroz barbarie, tal como la ciencia de Occidente ha
sorprendido sus restos en las cavernas, y los otros, los pelasgos (los vascos
del piélago, como si dijéramos), quienes ya desde las primeras manifestaciones
de la catástrofe que se avecinaba fueron trasladándose o regresando hacia
las regiones orientales, de las que eran originarios, y de aquí la tradición
universal del éxodo de lo (o del Buey y la Vaca sagrados) desde el jardín de las
Hespérides (Poseidón) a través de toda Europa meridional y por el Bos-phoro
(el conductor de la Vaca) hacia la Cólquide y la Armenia (donde es fama que
se paró el Arca de Noé, o sea el dicho culto iniciático del Ar-ar-at,
o de las montañas arias, donde nacen con otros ríos el Tigris y el Éufrates)
.
Estos pelasgos o ario-atlantes de
Occidente reciben un nombre diferente en cada una de las regiones del mundo por
las que se extendieron. Al tener aún abierto "el ojo de la intuición", como
depositarios que eran más o menos de las verdades iniciáticas, se les llamó
cíclopes, y edificios ciclópeos a las gigantescas construcciones que
levantaron, y de las que doquiera, desde la Pensilvania norteamericana hasta el
Oxus y el Aral, a través de Europa y África, se ven aÚn pasmosos restos;
lirios y titanes, del dios lt o Ti, el Hércules,
que les comandaba y sobre el que hay bastantes más datos de lo que se cree
;
kalcas o caldeas o calcidios, tanto por su origen
ante-atlante del país de Kalcas, al que así retornaban, como por conocer
el cobre (calcas) y como por desarrollarse en una edad de franca
decadencia, que del cobre, no del oro ni de la plata,
recibiese su nombre; accadios (gentes de Acca-larentina, como si
dijéramos), por conocer la navegación y haber pasado el mar con sus caudillos
redentores, según pudimos apreciar en el curso de los capítulos precedentes;
arcadios, por corrupción de accadios, o por el "Arca" o nave
simbólica que los recuerda, aún hoy, doquiera haya un solo resto suyo;
cólquidos, o cólchidos, como corrupción de la palabra calcis
(conocimiento de la numeración, de la escritura jeroglifica-hierática y
simbólica, cábala, etc.), como también viéramos ya en el capítulo precedente,
pues es sabido que aún hoy en lenguas como la inglesa la sílaba a11 (todo)
se lee 011; arameos o ari-manes, como "hombres arios", odiados
y "hechos diablos" por los parsis ulteriores; druidas, por sus sacerdotes
iniciados y por su culto al Fuego, es decir, al Sol, a la Pureza, a la
Verdad sepultada en la catástrofe, a Ar o ra y a Ares,
según ha ido apareciendo en diferentes pasajes de este mismo libro;
armónicos, acaso por su conocimiento y alto concepto de "la Armonía
Universal"; janos, por su inca, conductor o sacerdote-rey (IAO,
TAO, IANUS, etc.); bretones o britanos, de brig, la radical
aria de "la que brilla, la que luce", o sea siempre y por siempre el Sol (en sus
cuatro sentidos: físico, psíquico, mental y espiritual); menfires o
menhires, por ser "hombre occidentales" (de fir, rif, Occidente), o
más bien por su culto al Fuego (fire, en inglés, todavía) ,
llamándose men-hires aún a las piedras de sus sepulcros; nahoas, nahuales
en México y en ciertas partes de Arabia, Siria, etc., de Nebo, la Sabiduría
iniciática; tuathas de Danand, por las' mismas o parecidas razones, ya
dadas en otra parte; sumerianos (de Surja, el Sol), en
Babilonia y Nínive; ti-huan-ascos o tihuanacos (en Perú);
tesalienses primitivos, acaso por el expresado retroceso de sus
peregrinaciones; mineanos, por su colonización en la isla de Creta, y
micenian os, por otras semejantes en Asia Menor y Grecia; germanos,
por el dios Hermes, Tot u Odin; ercinios, de "erda", la Madre Tierra;
sabeos, por su propia sabiduría en las cosas celestes como en las
terrestres; hemiaritas u homeritas, por su doble carácter ario (de
origen) y atlante (de su época y país de colonización); camitas, por su
instructor Cam, Jan o Jano; hiperbóreos, por las regiones en que
los conocieron los griegos y por "la Isla Blanca", más allá del Boreas,
de sus más excelsas y secretas tradiciones iniciáticas de la Primera Raza-Raíz (pitris
lunares de la Doctrina Secreta); axinos o "inaccesibles" en el concepto
jina; frigios, de la diosa Frika, luna o Diana-Lunus
escandinava; misios o "enviados" para salvar a la humanidad troglodita de
su ruina moral y física definitiva; tauridos, por su consabido culto
mithraico, que pasó a dar nombre a la célebre cordillera armenia;
phalegios, como eternos "cometas humanos", peregrinos o errantes; curetas
y quírites, por sus hechos quiritarios (kyries, lanza, rayo de sol) y
por sus caurias o curias; enios o aonios, por su Eneas,
Ennos, Enoch, Jano o Noé, etc., etc.
Si al lector le pareciesen duras,
atrevidas y aun violentas algunas de estas deducciones, le contestaríamos con
estos párrafos de un historiador tan poco adicto a estas cosas "teosóficas" como
es César Cantú, quien, al hablar de los primeros habitantes de Grecia, confiesa
lo siguiente (los paréntesis son nuestros):
"No puede dudarse de que bajo el
nombre de pelasgos estaban comprendidos muchos y diversos pueblos, y de aquí
proviene el distinto aspecto con que se han presentado, apareciendo en Italia
como propagadores de las artes y de la civilización, mientras que en Grecia nos
los pintan como gentes de extremada rudeza, a quienes Feroneo (el Feruer
cabalista, "Hálito Sephirotal" o Emanación), hijo de Inaco (un jina), fué el
primero que enseñó a fabricar casas, hacer uso del fuego y regirse como hombres
racionales. Sin embargo, los hechos, usando un lenguaje muy diferente,
demuestran que los pelasgos, raza tan benéfica como despreciada
,
llevaron a Grecia no ya este o el otro arte, sino un sistema completo de
enseñanzas religiosas, artes y literatura. La áspera lengua de esta raza, más
análoga al latín que al griego, se conservó en el dialecto eolio. ,Enseñaron
también los pelasgos un método de escritura, cuyo uso era común antes de la
llegada a Grecia del fenicio Cadmo
.
Establecidos en la Tesalia, la cultivaron del modo más sabio, y, prácticos en
metalurgia, trabajaron las minas en Samotracia (la ciudad de los kabires
jinas), en Lemnos y en Macedonia, como hicieron los cíclopes del Peloponeso,
Tracia, Asia Menor y Sicilia, los cuales penetraban en las entrañas de la tierra
con una luz en la frente, luz que originó la fábula de que tenían un solo ojo.
Su ocupación y ciencia especial era abrir canales de desagüe, construir diques
para contener las inundaciones de los ríos y dar salidas subterráneas a los
lagos. Levantaron también muchas fortalezas, que en su -idioma se llamaron
larisa (de lâ, espíritu), nombre apelativo que después vino a ser
propio, y en la Arcadia, Argólide, Atica, Etruria y el Lacio se observan restos
de sus construcciones, que acaso sean las mismas que las ciclópeas. Dieron,
asimismo, cierta forma de culto (el Culto sin templo al Dios Sin Nombre) a los
pueblos que no tenían más que prácticas groseras de religión, sin tradiciones
mitológicas. En Dodona tenían el bosque sagrado, donde, desde lo alto de una
columna, profetizaba la paloma, o donde pronunciaban oráculos las encinas. El
centro de sus ritos era Samotracia, consagrada al culto de lo Cabires. Los
beneficios que hicieron se descubren aún a través del velo de la fábula. En las
pendientes del Olimpo, del Helicón, del Pindo, en aquella Arcadia en que la raza
pelásgica se conservó pura y exenta de invasiones conquistadoras, ponían los
griegos el origen de la religión, la filosofía, la poesía y la música. En las
márgenes del Peneo apacentaba Apolo sus ganados y Orfeo amansaba a las fieras, y
en Beocia fabricaba Anfión con su lira las ciudades, o lo que es lo mismo, ponía
en ejercicio las artes de la imaginación para extender la cultura, la cual dió a
la Grecia aquel carácter que jamás hubo ya de perder. Así, Oleno, Tamiris y
Lino, procedentes de aquella raza y país, fomentaron con sus cánticos el
sentimiento religioso, celebraron las primeras hazañas de los helenos, les
disuadieron de los sacrificios humanos y de los odios hereditarios, instituyendo
ceremonias en honor de los dioses y divulgando ideas superiores a los intereses
materiales. Los reinos de Argos y de Sicione, los más antiguos de Grecia, fueron
fundados por pelasgos; pelásgicas eran las dinastías de Tebas, de la Tesalia y
de la Arcadia, y a ellas debieron su fundación Tirinto, Micenas y Licosura,
reputada por la ciudad más antigua de Grecia y de las islas. El mismo Dardano,
fundador de Troya, era originario de Samotracia, isla santa de los pelasgos
tirrenos. Pero a los pelasgos les sucedió lo que a muchos hombres que parecen
destinados a ser infelices. Orfeo es despedazado por las mujeres de Tracia; los
habitantes de Aquilla apedrean a los focenses prisioneros; las mujeres de Lemnos
asesinan a sus maridos; luego, los helenos que les suceden, después de vencerlos
(no por valor, sino por la inexorable ley de los ciclos que traen el otoño y el
invierno tras la florida primavera) los quieren difamar; y, guerreros como son
éstos, desprecian a aquella raza agricultora e industrial, le atribuyen
falsamente ritos sangrientos y sacrificios de víctimas humanas para alimentar el
fuego, adorado por ella como misterioso agente de las artes todas; la Tesalia,
la Licia, la Beocia, son tenidas por asilo de magas, y su ciencia, por misterios
torpes y espantosos. Arrojados los pelasgos de la Tesalia, quedaron reducidos a
la Arcadia, llamada también Pelasgia, y al pequeño territorio de Dodona, desde
donde algunos pasaron a Italia, otros se dirigieron a Creta, para allí
experimentar nuevos desastres, y los que quedaron en el país se confundieron con
los vencedores y perdieron su nombre". Igual, punto por punto, acaeció con
los reales o aretes pelasgos del Apenino, a los que alude Tito Livio,
unos, como montañeses, de orus, montaña sagrada, y otros, como
procedentes de la Arcadia, llevados por Hércules. Estrabón los clasifica en
oscos (vascos o españoles),aruncios (arios posteriores), sabinos
o sabeos (caldeas), umbríos (nórdicos) y ausones
(meridionales). Sófocles canta a todos estos jaínos, en una tragedia perdida,
como enotrios (de Eneas) , ligures (procedentes de la primitiva
Licosura, cuando no fundadores de ella), y tirrenos. Sus ciudades
ciclópeas más célebres fueron Mefila, Sama o Luna, Vésbola, Trébula, Velabrum,
Palatium, Issa, Tiora, Tauria, Córsula, Lista, Marruvium y Orvimum; y la Etruria
italiana, en honor de ellos, se denominó "tierra saturniana" o "tierra jaína".
Por último, y para no cansar más, la
importancia de estas gentes jinas está pintada con un solo rasgo, es a saber, el
de Niebuhr en su Historia romana, cuando dice: "Los pelasgos no eran un
tropel confuso de gente vagabunda, como algunos los pintan, sino naciones
establecidas en tierras propias y florecientes, gloriosas ya en un tiempo muy
anterior al conocido por los escritores griegos; y tengo el pleno convencimiento
de que hubo un tiempo en que los pelasgos constituían la población más numerosa
de Europa, desde el Arno hasta el Po y el Bósforo... y es lo notable que en
todas las tradiciones primitivas, por antiguas que ellas sean, siempre se
encuentran ya los pelasgos en el apogeo de su poder, aunque la historia los
presenta ya en su declinación y decadencia. Júpiter había puesto en la balanza
sus destinos y los de los pueblos griegos; y el platillo de los pelasgos fué
vencido (como lo es siempre el de los padres cuando se retiran discretos para
dejar pasar a una vida y a un mundo mejores y dejar en libertad y en su
propia responsabilidad a los hijos). La caída de Troya era el símbolo de su
historia toda".
Tienen estos autores sobrada razón; la
caída de Troya inicia verdaderamente el período histórico o propiamente
humano con todas sus desdichas, comenzando un tristísimo crepúsculo que
fuera luego noche cerrada con esas tres grandes catástrofes ocultistas que
militarmente hasta hicieron desaparecer los Misterios iniciáticos: la de
Alejandro, en Oriente; la de César, en Occidente, y las de Cortés y Pizarro, en
el Continente americano, preservado durante la Edad Media de un modo "tan jina".
¿Veremos lucir una nueva aurora después de la despedida de esa horrenda noche
con nuestra Gran Guerra?
No lo sabemos; pero es lo cierto que,
gracias a las enseñanzas teosóficas rápidamente apuntadas en cuanto llevamos
dicho, podemos ya demarcar un período jina, adelón, abalónico o "de
los abuelos", como le llamaron muchos clásicos, y que termina con la guerra
de Troya, o más bien antes, con la simbólica o fabulosa Conquista del
Vellocino de Oro de los jinas de la Cólchida; un período mítico que, desde
este "suceso" hasta la caída de Troya o la de Alejandro, establece la transición
y, en fin, un período histórico en el que aun la misma existencia de
aquellos "hemiaritas" (protectores y protegidos, o jinas e iniciados en los
Misterios) es negada como la mayor de las quimeras; ¡y eso en nombre de una
pretendida ciencia histórica que jamás puede autorizar, en verdad, tamaño
absurdo, a todas luces desmentible y desmentido!
Todo ello, por supuesto, se halla
expresado con los más vivos colores históricos en aquellos párrafos del Timeo
de Platón que, para no faltar abiertamente al juramento iniciático, pone en
boca de Critias el joven, nieto del gran Critias, pariente a su vez de Sócrates,
el maestro de Platón, en los que se dice:
CIEn el Delta del Nilo existe un
nomo llamado Saítico y una ciudad principal, la de Sais, de donde el mismo
rey Amasis era oriundo. Los habitantes de dicho nomo tienen por divinidad
fundadora de él a la diosa Neith (Isis), que en griego, según ellos, quiere
decir Palas Atenea. Por eso ellos quieren de todo corazón a los atenienses,
considerándolos como de su propia raza. Así Solón decía que, llegado cierta vez
a aquel país, había recibido en él las mayores atenciones, y después de las
preguntas que había hecho acerca de la antigüedad a los sacerdotes más ancianos
y que mejor le conocían, se había convencido de que ni él ni ningún otro griego
sabrán nada de ella. Y añadió Solón que habiéndose puesto él a hablar de
Phoroneo, a quien, por su remota antigüedad, llaman el primero,
después de Níobe, y, en fin, del famoso diluvio. de Deucalión y Pirra, un
ancianísimo sacerdote le dijo: "¡Oh Solón, Solón, vosotros los griegos no sois
sino unos niños; no hay en Grecia un anciano tan sólo, por cuanto no
atesoráis ninguna opinión verdaderamente antigua y de antigua tradición venida,
porque a lo largo de los siglos las destrucciones de hombres y de pueblos
enteros se han sucedido en gran número, las mayores de ellas por el fuego y
por el agua, las menores por otras mil causas diversas! A nosotros el Nilo
nos salvó del gran desastre de cuando los dioses purificaron la tierra
sumergiéndola, y, de este modo, todo cuanto se ha hecho de hermoso y memorable
está escrito desde hace muchos siglos y conservado en nuestros templos, mientras
que entre vosotros el uso de la escritura y de cuanto es necesario a un estado
civilizado no data sino de una época muy reciente; y súbitamente, con intervalos
determinados, vienen a caer sobre vosotros plagas celestes que no dejan
subsistir sino hombres extraños a las letras y a las Musas, de suerte que
recomenzáis, por decido así, vuestra infancia e ignoráis todo acontecimiento de
nuestro país o del vuestro que remonte al tiempo viejo. Así, cuantos detalles
genealógicos nos has dado relativos a vuestra patria se parecen a meros cuentos
infantiles. Desde luego, vosotros nos habláis de un diluvio, cuando han
sobrevenido otros muchos anteriormente. Además, ignoráis que en vuestro país ha
existido la raza de hombres más excelente y perfecta, de la que tú y toda la
nación descendéis, después que toda ella pereció, a excepción de un pequeño
número. Vosotros no lo sabéis, porque los primeros descendientes de aquélla
murieron sin transmitir nada por escrito durante muchas generaciones, pues que,
antes de la última destrucción por las aguas, esta misma república de Atenas,
que a la sazón ya existía, era admirable en la guerra y se distinguía en todo
por la prudencia y sabiduría de sus leyes, cuanto por sus generosas acciones,
contando, en fin, con las instituciones más hermosas de que jamás se ha oído
hablar bajo los cielos... Así alcanzasteis a sobrepujar a los demás hombres como
corresponde a un pueblo engendrado e instruído por los mismos dioses, y de aquí
las múltiples y grandiosas empresas a que dió cima vuestra república y que
escritas quedan en nuestros libros. Ellos, en efecto, dicen que vuestra
república, en un gran día, mostró brillantemente su valor y poderío. Arrostrando
los mayores peligros, triunfó de sus invasores atlantes; preservó de la
esclavitud a pueblos que todavía eran libres, ir a otros pueblos que estaban
próximos a las llamadas Columnas de Hércules les restituyó su libertad. Mas en
los tiempos que siguieron luego hubo grandes terremotos e inundaciones. En el
espacio de un día y de una noche terribles, todos los guerreros que tenían
proyectado otra vez llegar a las puertas de vuestros muros fueron abismados en
lo profundo. La Isla Atlántida desapareció bajo las aguas del mar, y por eso no
se puede recorrer hoy el mar que la cubre".
La referida época de transición entre
los jinas accadios, sumerianos o samitas, autores de esas primitivas escrituras
hieráticas, ogámicas, cuneiformes, por quipos, etc., que hemos visto en todo el
planeta desde los quichúa-incas y los tuathas, hasta los babilonios, fenicios y
egipcios, está grabada aún con caracteres indelebles en las Acrópolis,
igualmente repartidas por todo el mundo.
Acrópolis
(de akros, altura, punta, y
polis, ciudad) equivale etimológicamente a "vivienda y templo de gentes
arcadias, solares o jinas", tanto, que en dicha época de transición del período
adelónico al mítico y al histórico se le fueron agregando las construcciones ya
"humanas" de sus faldas y llanura circunvaladora que, como tales, constituyeron
la Iópolis (de Io o Isis, la Luna), o sea "la morada inferior,
humana propiamente dicha o lunar, de los hijos de Io" (o jonios entre los
griegos) , quedando desde entonces la primera como arca de los tesoros
religiosos, históricos y artísticos heredados por la santa tradición o "cábala";
lugar inamovible y templo de las divinidades protectoras de la urbe (hombres
excelsos, ya empezados a divinizar desgraciadamente por la creciente e ignorante
antropolatría) y asilo de sacerdotes y magistrados en las ulteriores épocas de
invasiones entre sus dclópeos muros, mientras que en los antros, criptas o
grutas naturales o artificiales, que nunca faltaban debajo del respectivo cerro
(igual que en las pirámides egipcias), seguían verificándose las imponentes y
terribles pruebas de la iniciación, algunas de las cuales han llegado hasta
nosotros. Así, la Acrópolis y la Iópolis equivalieron entre los
griegos a la Roma del Capitolio (caput, cabeza), y a la del Aventino (para las
gentes adventicias, que los vientos de las guerras, revoluciones y esclavitudes
remansaban sobre todas las grandes ciudades antiguas), al Urin-Cozco,
solar o alto, y al Anan-Cozco, o bajo, de los incas (y no a la inversa,
que es como equivocadamente nos lo da Garcilaso) , a la Sumaria, Somaría
o Samaria (altura, lugar solar o de la salud, tanto espiritual como
física), y a la Accadia (lugar femenino, inferior, de] valle o llano o
"de las aguas"), de las más antiguas ciudades del Tigris y el Éufrates, Nínive y
Babilonia, inclusive, o, en suma, a ]a "ciudad alta" y la "ciudad baja" de
tantas y tantas poblaciones pelásgicojinas, como la Aka o Aeca
samnita y su inevitable lengua sumeriana, análoga a la aún hoy llamada lengua
accadia del Indostán, objeto de los estudios de Hyde Clark, o bien como
nuestras Gerona, Tarragona, Málaga, Cádiz, etc. Y es tan cierta esta transición,
que en las más notables de entre dichas ciudades, más o menos solares o
cieJópeas, se suelen marcar tres barrios o ciudades distintas, es decir,
verdaderas Tri-polis, como las numerosas que por eso llevan este último
nombre en la historia, y entre las que pueden contarse, además: Roma, por su
viejo Janículo, su Palatino-Capitolio regio, consular e imperial,
y su siempre plebeyo Aventino; Creos y Megara, por su vieja y su nueva
Acrópolis; Ilión o Troya, Tirinto (la de los tres recintos), Ramno, Nicomedia,
Cío, Asos, Cícico, Sardes, Priena, Esmirna, Pesinoute, Perga, Argos, Sunio,
Florentino, Veyes, Atenas, Licosura, Mantinea, Alea, Stinfalos, Corinto, Pilo,
Yra, Esparta, Trifilia, Tebas, Patmos, Samos, Delos, Orcómenes, Mesenia, etc.,
cosa aún conservada en las poblaciones árabes, en las que el odiado elemento
hebreo constituye por sí solo un barrio de parias ya poco menos que fuera de la
ley, cual entre las gentes brahmánicas de las cuatro castas, y costumbre que
data acaso de antes del siglo v de la Era precedente a la nuestra, cuando el
incendio de Atenas por Jerjes, y cuyas huellas han quedado en el Partenón y
demás sagrados edificios de la primitiva Acrópolis ateniense. Siempre, en
efecto, han sido tres cosas complementarias: el hogar (ya el privado o
templo de los penates, ya el de toda la ciudad, templo de las curias),
el ágora (plaza o "casa de todos y de nadie") y el suburbio (lugar en
ocasiones más propio de bestias que de hombres, y donde la falsa virtud de
arriba, por "inversión de polos", muy frecuente en la vida de pueblos y de
hombres, suele labrar, en las épocas de crisis principalmente, rosas de sus
estiércoles, y excelsas virtudes de sus vicios)
.
En la gran región pelásgica o jina de
Thesalia, célebre por su Larisa, su Far-salia y su Thebas Phthiotides
(sucesora de la Dióspolis, Lucksor, Karnac o Thebas magna del Alto Egipto, y
antecesora de la otra Thebas beocia) reinó largo tiempo la raza primitiva solar,
representada por Aeson y por su esposa, la lunar Alci-medea, hasta
que (como Numitor por Amulio en Lacio) se vió destronada por Pelias (¿Pallas-Atenea?),
de quien aún se conserva un monte de este nombre. Pero Aetes o Aeson, el
destronado, había dejado un hijo, Jason (cual Numitor una hija, Rea),
que, ocultado a las persecuciones de aquél por su educador el centauro
Quirón, el caurio o el kyrites (como Remo y Rómulo por el pastor
Fáustulo, o como Amnón con el niño Hércules en Nysia) llegó a hacerse un
verdadero héroe (como todos aquellos otros prototipos variantes del universal
mito de Hércules), y en tal concepto bien pronto se vió sometido a una durísima
prueba por Palias, el ogro usurpador, con el ánimo, por parte de éste, de
que pereciese en la imposible empresa; es a saber: la conquista del inmenso
tesoro iniciático ario de Aetes, por otro nombre el Vellocino de Oro,
o sea de la Verdad iniciática, escondida allá lejos en la Armenia, o
"región de los manes, de los antepasados arios", que ya vimos jugar en la
leyenda caldaico-hebrea del "Arca" de Noé-Sargón-Xishustros, que salvó a
los elegidos de perecer en la gran catástrofe diluvial o atlante
.
Como la tal empresa era de titanes, el
solar Jasón-Orfe hubo de proporcionarse doce compañeros, que en el
sentido astronómico (uno de los múltiples en los que, como siempre, puede
interpretarse la leyenda) no son sino los doce "dioses mayores" o signos del
Zodíaco, cuyo paralelo, al tenor de las constelaciones actuales, son más o menos
éstos: Perseo (Aries), Orión o Hylas (Taurus) , Cástor y
Pólux (Géminis) , Teseo (Cáncer), Ulises (Leo), Tifis
(Virgo), Hércules (Libra) ,Esculapio (Escorpio), Antólico
(Sagitario), Aquiles (el águila quizá "al terrible jabalí" (el cabir,
viraj o avatur hindú, el avatar (o Piscis).
Parten, pues, de Tesalia los
expedicionarios embarcados en su nave lunar de Argos; visitan a Lemnos y
Samotracia, las dos islas jinas del mar tracio, célebres por sus kabires y jinas;
cruzan por frente a la Troada, donde se quedan Hércules e Hylas (los dos signos
zodiacales secretos); se detienen un punto en la Propóntide visitando al
Artonesos Cícico, y, ya en el Bósforo Tracio de "el conductor de la vaca",
tropiezan con la primera Chalcis, la Criosópolis o "Ciudad
Sagrada" de Calchedón de Bithynia (la Bythos, lo, o Abismo de Aguas, de
las ofitas de la Propóntide) , desafiando allí quizá "al terrible jabalí (el
cabir, viraj o avatur hindú, el avatar berraco, sucesor del
avatar-pez y el avatar-tortuga y antecesor a su vez del avatar-león, el
avatar-mono y el avatar-hombre, con los que los libros sagrados de Oriente han
disfrazado simbólicamente las diversas etapas evolutivas). Atravesando ese mar
tenebroso, para ellos euxino u hospitalario y para los demás axino
o inaccesible, pasan desde la dioscura Dióspolis (Heraclea Pontica, la
ciuQad de ]uno-Hera o lo); llegan, tras penurias infinitas, a la Sebaste del
Phasis (la ciudad del buey Apis armenio de la Cólchida, tomo si dijéramos),
visitan a las tres Colchides o. ciudades jino-calcídicas, y a la vuelta
de tantas y tantas inauditas maravillas, después de instituir esa iniciación de
los primitivos juegos olímpicos, se presenta el héroe en sus tierras (cual
primitivo Tannhiiuser de retorno de las moradas de Venus Luna, o
Sigfredo, de retorno de descubrir a la Walkyria), desposado con Medea, la
aria o media, hija de Aetes y nieta del Sol, que, a bien decir, pese a la
degradación necromante con que nos es presentada en la tragedia de Eurípidys
bajo este título, no era sino la Primitiva Sabiduría jina o solar de la
iniciación recibida por el héroe, quien luego, hombre al fin, como todos los
héroes de la leyenda, después de haber visto a la Diosa sin velo alguno de falsa
pudicia religiosa al uso, viene, ciego e insensato, a enamorarse de una mortal:
Creusa, la hechicera hija del rey corinto Creonte (¿la fe ciega?) , gracias al
brebaje de Moetis que le propina para olvidada... Pero ¡ay! que el Dios-Karma,
la Némesis vengadora, por otro nombre Hado o Destino, no puede dejar impune
semejante crimen de lesa divinidad, que no tolera rivalidades por parte de esta
nuestra naturaleza animal, así humanizada y divinizada. La vulgaridad inferior
de Creonte y de Creusa destierra impíamente a Medea profanando su casto tálamo;
J asón desde entonces tal vez recibe el nombre de A-casto (que las
leyendas posteriores le han creído compañero del héroe solar en la empresa), y
la venganza llega por sí misma, sin que Medea, la Sophía aria, se vengue por sí
de tal crimen, cual en la decadente tragedia griega. Así, pues, la corona y la
túnica purísimas de Medea (la iniciación robada y profanada) constituyen el
mayor tormento de entrambos pérfidos padre e hija, quienes mueren cayendo en el
Hades, no sin antes ver morir a los hijos mismos de ese contubernio absurdo de
la excelsa mentalidad del hombre con sus bajas pasiones animales, que no en vano
son incompatibles entre sí las tres evoluciones sucesivas: animal, humana y
divina...
Con ello, las terribles y simbólicas
tragedias de los Atridas se cernían en el ambiente, por decido así, y ellas, en
efecto, llegaron más tarde con las demás cosas envueltas por la leyenda en estos
otros dos mitos troncales de los griegos; la guerra contra Thebas y la guerra
contra Troya, las ciudades sagradas del mito de Hércules nysio, después que ya
había realizado entre los degenerados sucesores de los viejos pelasgos, aquellas
famosísimas hazañas de la muerte de la hidra de Lema, el jabalí de Erimanto, el
león de Nemea, la cierva dorada jina, los pajarracos antropófagos de la laguna
Estinfalia, las crueles Amazonas impías, el estúpido Augias, el Minotauro
cretense, los caballos de Diómedes, las vacas de Gerión, el dragón de las
Hespérides, el águila del Cáucaso, el gigante terrestre Anteo, el monstruo
Hesione, y demás simbólicas hazañas contra nuestras pasiones y los tristes
efectos kármicos que ellas siembran en la desgraciada humanidad desde entonces,
desde que perdió la Sabiduría Primitiva, sujeta a esas tres maldiciones de Medea
que se llaman el dolor, la enfermedad y la muerte, de los que no podremos
redimimos hasta que a ella retornemos nuestros ojos pecadores...
Esquilo, el soldado glorioso de
Maratón, Salamina y Platea; el iniciado vate o adivino de las Musas (de
ad-divinum, "el que llega a la Verdad en alas de la santa inspiración de
las Musas", otra de las formas augustas de la protección jina), ya hubo
de revelámoslo, a costa de terribles peligros, en los 80 trabajos poéticos que
consagró a estas cuestiones y de los cuales sólo muy contados, y no de los
mejores, han llegado hasta nosotros. El Prometeo encadenado canta a esos
excelsos renunciadores y caídos, caídos por el inaudito sacrificio de
haber dado mente a los hombres, que es mucho más aún que darles la vida, robando
a los cielos jinas el Sacro Fuego del Pensamiento, sin el cual no habría aún
salido la humanidad de ese triste estado irracional en el que aún yace ¡ay! una
gran parte del humano rebaño. Pero el santo don todavía siguió y sigue
menospreciado, y lo que es peor, envilecido. De aquí las demás tragedias del
desafiador de los dioses; de Sófocles el entronizador de los héroes, y de
Eurípides, el adulador cruel de las pasiones del hombre. El primero, con sus
sublimidades verdaderamente deificas; el segundo, con sus idealismos solemnes, y
el tercero con su realismo desolador, en triste hora heredado luego por todos
los pueblos europeos, que bebiesen las últimas heces de aquel período funesto de
la decadencia griega con dorada máscara, semejante al blanqueo de los sepulcros,
que diría el Evangelio...
Electra,
la mejor, tragedia de Sófocles, aún
guarda el eco del terrible karma de aquellos griegos pecadores que habían
profanado el tesoro calcídico del Vellocino de Aetes y su Aeb-Greine,
o "bendita tierra jina prometida, para (después de la tragedia de
Jason y de Creusa, la hechicera corintia, o "Mala magia de Moetis")
comenzar a vivir otra tragedia, la de Agamemnon (de aga, agua, y
Memnon, el culto isíaco o jina, importado de Armenia más que de Egipto),
muerto infamemente por Egisto, el monstruo humano nacido de la locura de
Edipo con su propia madre Io-casta (la siempre virgen y a-sexual
Io). Asesinado así el héroe, hermano de Menelao, por el amante criminal y la
infiel esposa Clitemnestra (de no escribible etimología), Orestes,
otro héroe hijo del héroe y de esta última, se hace llevar a la presencia de los
infieles, "como si estuviese muerto" (estilo altamente iniciático y conservado
hasta el día con otro ropaje mítico-hebraico en una institución bien conocida),
y, con su feroz venganza sobre ellos, continúa la serie de los horrores y
maldiciones de los Atrídas, horrores ¡ay! continuados bajo una u otra máscara
hasta nuestros propios días... La tragedia sigue y sigue con las luchas de
entrambas magias: la jina o Blanca de la vieja Cólchide aria, de Tideo,
Copaneo, Anfiarao, Hipomedonta, Partenopeo y Adrasto, contra la subhumana o
Negra de Cadmo, Polidoro, Labdaco, Lago, Iocasta, Edipo, Eteocles y Polinice,
que tienen por teatro a Mesina, Argólida y Arcadia. El león de Nemea y el
jabalíde Calcedón hacen de las suyas como antaño, salvándose sólo
Adrasto. Y la tragedia eterna de aquella gran caída comenzó con la tan
decantada por los bardos anteriores a Hornero, o sea con la muerte de Pélope por
su padre Tántalo y de Dánae por Acrisio (el de las Acrópolis), con la terrible
venganza de Perseo, el nieto, "Y los ultrajes de Tieste sobre la mujer de Abreo,
obligados precedentes de la dicha de Agamemnon, tiene su epílogo en esotro robo
de Helena, mujer de Menelao de Esparta por París, el hijo de Príamo de Troya,
inmortalizado por Hornero el ciego en las 24 rapsodias de su Ilíada,
y en el que, tras el suceso histórico de la destrucción de Troya, hay que
leer otro eterno simbolismo, semejante al que brota del primitivo Ramayana,
y en el que se roban las ideas iniciáticas (representadas por las cautivas
Helena, Criseida y Briseida) , para profanarlas con nuevos cultos
antropolátricos... Los tres gritos de Aquiles ("voz del que clama en el
desierto") son oídos en el mundo entero, sometido ya por siglos, no a la
protectora tutela jina de los dioses, sino a la tiranía de las Aves de
Aristófanes intermediaria usurpadora, al par, de los derechos de éstos sobre la
Humanidad y de los anhelos filiales de éstos hacia aquéllos, que tal parece el
sentido ordinario del célebre poema dramático, aunque tenga el otro sentido
oculto y contrapuesto, a base de los mismos héroes, Evélpides (o "buena
esperanza") y Pistero ("buen amigo o guía") quienes logran así edificar
sobre el propio aire sus encantados castillos de la Nefele-cocigia jina.
¿A qué seguir, si estas cosas, para
ser debidamente estudiadas, necesitarían la vida entera de muchos sabios y los
cientos de volúmenes de una Biblioteca? Con lo apuntado en el presente capítulo,
el intuitivo tendrá lo bastante para presentir, a través de las brumas de la
Historia, "la Silenciosa Verdad", esa nota augusta que todo hombre sabio, es
decir, inteligente al par que bueno, llega al fin a oír, y a la que se refiriera
H. P. B. cuando dijo:
"Las secretas doctrinas de los magos,
de los pre-védicos buddhistas, de los hierofantes egipcios de Thoth o Hermes y
de los adeptos de cualquier época o país, incluyendo a los cabalistas caldeos y
a los nazars judíos -dice con su habitual lucidez de mágica vidente- eran
idénticas desde el principio, y encerraban todas la misma verdad. Pero cuando
empleamos la palabra Buddhistas no pretende mas significar por ella ni al
Buddhismo exotérico instituído por los secuaces de Gautama Buddha, ni a la
moderna religión búddhica, sino a la filosofía secreta de Sakyamuni, la cual era
idéntica en su esencia a la antigua Religión-Sabiduría del Santuario: el
Brahmanismo, las tres Religiones troncales del planeta, que en el fondo no son
sino una sola:
AQUÉLLA.
"Y los poseedores, los custodios, de
tamaña Verdad, existen en todas las regiones del Planeta y en todos los tiempos,
según hemos podido colegir de las diversas referencias que han saltado aquí y
allá en las páginas de este modesto libro.
"Pero ellos están ocultos a las
infantiles pesquisas de los profanos, en esos "rincones especiales que la
Naturaleza guarda para sus elegidos, y donde conservan el Espíritu de Verdad
como nuestros primeros Padres, los de la Edad de Oro, le tenían."

Lo relativo a este viaje
puede verse en De Gentes del otro Mundo.
Por ejemplo, una de las
cumbres del Atlas marroquí, recientemente ocupada por las tropas españolas,
es la de Tesar o Ti-sar, literalmente "el Señor It".
¡Los desgraciados, por mejor
decir, no fueron los de aquella excelsa raza jina de instructores de los
hombres post-atlantes, sino estos últimos, cuya barbarie aún hoy
perdura con máscara de civilización, karma terrible de las ingratitudes sin
fin con ellos cometidas!
Como que la misma palabra
Fenicia viene de "palma", o sea de los caracteres escriturarios en
ogams o mágicos, de los que ya hablamos en capítulos anteriores.
Este período mítico se inicia velando de un modo creciente y continuo las
altas verdades iniciáticas o ¡inos, empezando por la idea suprema del
dios sin Nombre y sin Templo, de los tartesios y demás accadios, sustituido
poco a poco por los júpiter, Neptuno, Plutón, etc., que ya vemos en la
Cosmogonía de Hesiodo y que en los tiempos de Homero ya había sustituido
casi a la Primitiva Religión jina, o de la Naturaleza en sus tres aspectos:
físico, mental y espiritual. Por eso es aserto unánime de todos los
iniciados de la antigüedad el tener a estas últimas cosas paganas como meras
fábulas o cuentos de niños, constituyendo "una revelación"; es decir, un
"doble o triple velo" de las augustas verdades aquéllas. Velo de Isis más o
menos levantado de nuevo en las. iniciaciones en los Misterios. Así nos
podemos explicar las duras frases de Pitágoras, Platón, etc., contra
aquellos dos formidables poetas, quienes como tales "vates o adivinos"
descubrieron la verdad, pero la disfrazaron con el atrayente ropaje de la
fábula. Tanto, que "el divino ateniense" llegó a expresar la idea de que
"debía coronárseles como a tales y luego desterrarlos de la República".
Cantú, como siempre en estas cosas, se equivoca al creer que no era unánime
semejante opinión entre los griegos iniciados.
También hay en lo moral,
dígase lo que se quiera, tres clases por lo menos de hombres: los del
hogar (que siguen la santa ley aria de una honrada, laboriosa y justa
vida de familia); los del ágora ("que viven en la plaza pública
siempre", es decir, más de los demás que de sí mismos), y los del
suburbio, que a veces es físico palacio (entregados, como inacionales, a
los vicios). Por encima de estas castas morales eternas está la
genuinamente no sacerdotal, sino jina, la de aquellos que en tantos lugares
llevamos ya vistos, y de los que Firdusi, en El Libro de los Reyes (trad.
de J. Mohl, t. VII, pág. 104), cuenta: "Cuando el emperador bizantino
Mauricio preguntó al embajador de Chosroes acerca de los indiati,
éste le contestó: "Son gentes adoradores del Toro y de la Vaca, o sea del
Sol y de la Luna; no creen en Dios ni en que sean los cielos los que giren
sobre la Tierra; no se duelen gran cosa de sus cuerpos; se creen muy sabios
y no tienen por tales a hombres como nosotros".
Suponemos desde luego que el lector
no tomará al pie de la letra esto de "la adoración de la Vaca", como tampoco
creerá que los pelasgo-jinas adoraban a esos augustos simbolismos que
nuestra desaprensión pagana y no pagana califica de "ídolos", sino que los
consideraban como meros símbolos, dado que la antropolatría, según vamos
viendo, es de época histórica posterior y continuación tristísima del
totemismo, característicos de aquellas gentes postatlantes a las que
dichos pelasgos-caldeos hallaron en estado rayano ya con el de las bestias,
cual hoy no pocos pueblos africanos del interior. De tales gentes y algunas
que se tienen por cultas proceden las habituales frases de las
Enciclopedias, como aquellas relativas al buey Apis, cuando dicen:
"El buey Apis, al cual se
consideraba como la imagen del alma de Osiris, nació de una vaca que fué
fecundada por una divina influencia emanada de la Luna", frases cuyo alcance
ocultista es complicadísimo, como puede colegirse en infinitos pasajes de
los tomos I, II y IV de esta Biblioteca, donde la Vaca Pentápoda de
Gauthama el Buddha y de todos los sadhús hindúes se presenta con una
persistencia que verdaderamente maravilla.
La Armenia es para Occidente lo que el Tibet para el mundo: un lugar
central, espiritual, histórica y geográficamente, con sus lagos sagrados de
entre el monte Tauro y los mares Negro y Caspio, algunos con nombres tan
sugestivos como los de Thospitis (o "pitris"), Urmia (o ur-maga)
, de hacia donde nacen esos cuatro clásicos ríos del Araxenus (el
viejo río ario), el Phasis ("río del tránsito ario"), el Arsanias
(o Eufrates) y el Amido (o Tigris, de la ciudad de aquel nombre).
Más hacia el Norte, respaldadas por las alturas del Cáucaso (la mitica
mansión de Prometeo o "Pro-mitor", el enviado) y envueltas entre el dédalo
de montañas que separan a aquellos dos maress, se ven esas tres mágicas
regiones de la Georgia, la Iberia Y la Cólchide o Kalcas, tan
íntimamente relacionadas con nuestra Península ibérica en su tipo ario
genuino cuanto en su historia entera que muestran a las claras a los
moradores de aquélla, pasando en tiempos remotos a ésta (versión ordinaria)
, o bien a la inversa (según el mito del retorno de lo hacia Oriente
muestra).
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