El Imperio inca
empieza a revelársenos ahora. - El doctor Squier en las ruinas de Pisac. -
Exploraciones de Hiram Bingham en Machu Pichu por cuenta de la Universidad de
Yale. - Abolengos caldeos o calcídicos del Imperio y de la lengua quichúa. - Las
huacas. - El Viracocha inca. - Un precursor del Parsifal wagneriano. - El
"inca que llora sangre" y su primogénito. - Este último tiene una salvadora
visión jina. - ¿La Vaca pentápoda del Viracoroa? - El caso del jina Hancohuallu..-
Welsungos, lobos o divinos rebeldes ineas. - Un verdadero Narada inca. -
Concordancias europeas: "el Camarada vestido de blanco", en las trincheras
durante la Gran Guerra. - Un relato de los mexicanos a Cortés. - La sabia
legislación de los incas y su desprecio hacia las riquezas. - La aristo-democracia
de los que se sacrifican. - Cómo educaban los incas a su príncipe y cómo
realizaban el ideal de justicia. - La mina de aquel feliz Imperio. - La gente
"que no fué vista".
El día en que se haga un estudio
desapasionado y teosófico del maravilloso Imperio de los incas será un gran día
para la humanidad, porque habrán de esclarecerse cosas e instituciones que aun
hoy, en medio de nuestra decantada cultura, constituirían un gran progreso
social.
La base para semejantes estudios está
echada ya, gracias a los esfuerzos arqueológicos iniciados en Norteamérica, que
empiezan a suministramos no pocas sorpresas.
En efecto, si queremos los llamados
"testimonios positivos" por los materialistas, ahí tenemos, como documento vivo
de tamañas grandezas, las investigaciones del doctor Squier en las ruinas de
Pisac, y otro bien reciente, que se titula Por las tierras maravillosas del
Perú. Viaje realizado en 1912 por la expedición peruana, bajo los auspicios de
la Universidad de Yale y la Sociedad Nacional de Geografía, por Hiram
Bingham, viaje publicado, con 244 soberbias ilustraciones, por el Magazine of
the National Geographic Society (Memorial hall, Washington D. C., volumen
XXIV, núm. 4, abril de 1913), que tengo a la vista. Dicho sabio norteamericano
exploró la comarca, desde 1906 a 1911, descubriendo y excavando en 1912 las
ruinas de la gloriosa ciudad inca del río Urubamba, llamada Machu Pichu,
uno de esos últimos baluartes de la raza, jamás hollados por la planta de los
conquistadores, según nos relatara la Maestra, con escándalo de no pocos
seudodoctos, al hablar en su Isis sin Velo de los inauditos y ocultos
tesoros de los incas. Es hoy la tal ciudad, con sus bastiones escalonados, su
acrópolis, sus fuentes, templos, palacios y escalinatas de granito, "el más
asombroso grupo de ruinas descubiertas desde la conquista", en el gran cañón del
Urubamba, la parte, quizá, más inaccesible de los Andes (Ritisuyu, o "la
Montaña Nevada"), a orillas de un espantoso precipicio que vuela 200 pies sobre
el río, y a 60 millas al norte del Cuzco.
Es, pues, la revelación del doctor
Hiram Bingham un testimonio que agregar a esotros elocuentísimos de la
jinesca grandeza inca, conocidos por los nombres de Calca, Rumicalca,
Hurancalca, Ollantay, ciudades de evidente abolengo calcídico, caldeo,
celta o kalkamogol -ya que todas esta palabras tienen el mismo
abolengo iniciático en el lenguaje secreto, matemático o calcídico,
originario de la Mogolia y el Thibet- no menos que sus compañeras de los ríos
Urubamba y Apurimac, que se llaman Uru-bamba (la ciudad del fuego),
Ayu-bamba (la del aire, por ser Vayu, aire, en sánscrito),
Ruancarama o Jian-karama ("el sendero de los Jinas"), Abancay
o Albancay ("la blanca"), Ferro-bamba ("la ciudad del hierro",
metal conocido, aunque no empleado por ellos), Anta o Atlanta
(típico nombre de nuestras huacas, navetas, torres o cámaras
sepulcrales europeas)"
Ianama
("¿la ciudad de la muerte?") ,
Punta ("la quinta ciudad" o "la del cinco"), Pisac (participio de
presente del verbo Pisa, o "sapio", acaso), pampa ca-huam (o
"llanura de los dioses"), Yucay o Io-cay, delicioso retiro de la
Corte, a orillas del río y junto a Calcas, y alguna otra que puede verse
en el croquis de la región, que nos da dicha expedición científica americana.
Y si no temiésemos forzar aún más las
correlaciones sanscritánicas de semejantes nombres, que se les antojarán -y,
acaso, con razón harto violentas a nuestros filólogos positivistas, todavía
podríamos añadir a semejante léxico palabras como las de Viracocha, el
Viraj, Varón Divino, Kabir o Logos de los hindúes; Inca" que es Caín
(sacerdote-rey) por ley de la temura cabalística; APacheta o culto de las
alturas salvadas de la catástrofe de las aguas (apas, en sánscrito,
aguas); runa, hombre y pensamiento o "letra"; Xacsahuam o
Xexahuen, valle y ciudadela sagrada del Cuzco, que nos recuerda a esotra
ciudad sagrada marroquí que ha sido conquistada también por España en nuestros
días; Palla, la mujer de sangre real o "hija de Palas", que dirían los
griegos; chita, el chit sánscrito, radical de nuestra palabra
chitón, para imponer silencio; uchu, el famoso acchu o "rayo
de sol" y "piedra" que tanto juega en la prehistoria de Occidente; mama,
madre o antecesora en tantos pueblos asiáticos; pacha, animador,
alentador, guía, y muchas más, dadas ya en el curso de este estudio.
Finalmente, la palabra Viracocha
es todo un mundo de revelaciones "jinas".
Años después de la conquista aún pudo
ver Garcilaso la momia del Inca de este nombre, con otras cuatro, conservadas al
estilo egipcio, y relatamos tan heroicas hazañas de este gran rey, tenido en su
juventud por un "enemigo" por su padre mismo. ¡Un verdadero misterio
psicológico, que bien pudo servir de tipo a Wágner para trazar la figura sublime
de su héroe Parsifal, el mozuelo abobado y estúpido que llegó a conquistar la
Lanza Santa y salvar al Grial!
El inca Ialmar Huacac ("el que llora
sangre") tenía un primogénito incorregible, dice, a quien tuvo que desheredar y
echar de la Corte, haciéndole guardar el ganado del Sol, con otros pastores, en
la solitaria comarca de Chita. Cierto día, sin embargo, se presentó el joven
inopinadamente ante su padre, el rey, diciéndole que venía "de parte de otro
Inca o Señor más grande que él", para salvar al pueblo de una gran catástrofe.
"Sabrás, señor -relató el príncipe-, que estando recostado a mediodía, y no
sabré decir si dormido o despierto, debajo de una gran peña (o caverna) , se me
puso delante un hombre extraño (un Jina, como cuantos nosotros llevamos vistos
en los capítulos de De gentes del otro mundo), en hábito y figura
diferente de la nuestra, porque tenía barbas de más de un palmo, y el vestido,
largo y suelto, le cubría hasta los pies, conduciendo, además, un animal
desconocido (la consabida vaca pentápoda de dichos capítulos). El anciano me
dijo: "Sobrino, yo soy Hijo del Sol y hermano del Inca Manco Capac y de la Coya
Mama Oello Huaco, su mujer y hermana, y me llamo Viracocha Inca. Vengo a ti de
parte del Sol, nuestro padre, para que des aviso al rey de cómo las provincias
de Chinchasuyo y otras están reuniendo muchas gentes para derribarle de su trono
y destruir nuestra imperial ciudad del Cuzco. Dile, pues, que se aperciba, y a
ti, por tu parte, te digo que no temas adversidad alguna, pues que en todas te
socorreré como a mi carne. No dejes, por tanto, de acometer cualquier hazaña que
convenga a la majestad de tu sangre y grandeza de tu Imperio, que te ampararé."
- En efecto, sigue el relato Garcilaso, los sublevados, cual torrente
devastador, asolaron de allí a poco todo el Imperio, haciendo al rey desamparar
el templo, y la catástrofe anunciada por aquel Saint-Germain de América habría
sobrevenido (como sobrevino años más tarde por los españoles), si el gallardo
Parsifal andino, atendiendo a los consejos y fiado en la jinesca protección de
aquel Kabir, no hubiese asumido el poder real, y deshecho en sangriento
choque a sus enemigos, tomando, finalmente, después, el augusto nombre de su
protector Viracocha, y reinando largos años feliz bajo su égida. . .
¿Qué pensar, pues, en buena filosofía,
de estas repeticiones históricas que tienden el puente entre este nuestro
mísero mundo y el mundo excelso de nuestros protectores
LOS JINAS?
No cabe, en efecto, otra cosa que admirar una vez más la universalidad con que
la tradición de estas "gentes del otro mundo" se halla repartida por la Historia
Universal, a poco que en ella se profundice, descartando el pobrísimo criterio
positivista con que hasta aquí hemos seguido esta disciplina científica.
Séanos permitido insistir en
particular tan importantísimo que se relaciona además con otro personaje no
menos importante en la historia oculta de aquellos pueblos: el famoso jina
Hancohuallu.
"Tres meses después del sueño del
desterrado príncipe -dice Garcilaso al narrar lo antedicho (II, LIII) -, vino la
nueva del levantamiento de los Hancohuallu y otras naciones circunvecinas, que
veían al inca Yahuar Huacac tan poco belicoso y tan mucho acobardado con el mal
agüero de su nombre de "el que llora sangre", y embarazado además con la áspera
condición de su hijo, quien, desde el suceso del sueño, había tomado el nombre
de Vira cacha Inca, por la fantasma de este nombre que había visto. Los autores
de tal levantamiento fueron tres indios curacas o jefes de tres grandes
provincias de la nación Chanca, hermanos y deudos del gran Hancohuallu, que fué
su general. Confuso el inca, y temiendo que el vaticinio de la fantasma se
cumpliese, abandonó a la capital del Cozco, retirándose hacia Collasuyu.
Todos los de la ciudad huyeron con él. Entonces, el príncipe Viracocha, con
algunos pastores que consigo tenía, salió en persecución de su padre, y
alcanzándole en la angostura de Muyna le arrancó cuantos vasallos quisieron
recibir la muerte en defensa de su ciudad sagrada, antes que veda en manos de
sus enemigos. Todos los hombres de sangre real y casi todos los vasallos
siguieron al príncipe, por manera que al lado de su padre sólo quedaron los
inútiles..."
Y después de describir la ya dicha
batalla, en la que el formidable poder del rebelde invasor Hancohuallu quedó por
completo abatido, sigue diciéndonos Garcilaso (III, XXVI) :
"Sucedió, años más tarde, que, andando
el inca por la provincia de los Chinchas, le llevaron nuevas de un caso extraño,
que le causó mucha pena y dolor, y fué que el bravo Hancohuallu, rey que había
sido de los Chancas, aunque había gozado diez y nueve años del suave gobierno de
los incas, y aunque de sus Estados y jurisdicción no le habían quitado nada,
sino que era tan gran señor como lo fuera antes, con todo eso, no podía su ánimo
altivo y generoso sufrir ser súbdito y vasallo de otro, habiendo sido señor de
tantos vasallos. Como, por otra parte, veía que el gobierno de los incas era tan
bueno que bien merecía la sumisión a él, quiso más procurar su libertad
desechando cuanto poseía, que, sin ella, gozar de otros mayores Estados, para lo
cual habló a algunos indios suyos y les descubrió su pecho, diciéndoles cómo
deseaba desamparar su tierra natural y señorío propio, salir del vasallaje de
los incas y de todo su Imperio, buscando nuevas tierras. Para conseguir este
deseo les rogó que se hablasen unos con otros y que, lo más disimuladamente que
pudiesen, se fuesen saliendo poco a poco de la jurisdicción del inca con sus
mujeres e hijos, como les fuera dable, que él, al efecto, les proporcionaría
pasaporte, reuniéndose luego todos en tierras comarcanas; porque tratar de nuevo
levantamiento era disparate y locura, ya que les faltaba poder para resistir al
inca, y aunque le tuviesen, sería el mostrarse ingrato y desconocido hacia quien
tantas mercedes le había hecho, pues él se contentaba buscando su libertad con
la menor ofensa que pudiese hacer a un príncipe tan bueno como Viracocha Inca.
Con estas palabras los persuadió el bravo y generoso Hancohuallu, y en breve
espacio salieron de su tierra más de ocho mil indios de guerra, sin contar
mujeres y niños, con los cuales se fué el altivo Hancohuallu, haciéndose camino
por tierras ajenas hasta llegar a Tarma y Pumpu, que están a sesenta leguas de
su tierra, donde tuvo algunos reencuentros, y aunque pudiera con facilidad
sujetar aquellas naciones y poblar en ellas, no quiso, pasando adelante, donde
la expansión del Imperio inca no pudiese llegar tan presto, siquiera mientras él
viviese. Con este acuerdo se arrimó hacia las grandes montañas de los Antis, con
propósito de entrarse por ellas, como lo hizo, habiéndose alejado casi
doscientas leguas de su tierra. Mas donde entró y donde pobló, nadie lo sabe
decir, fuera de que entraron por un gran río abajo y poblaron en las riberas de
unos grandes y hermosos lagos, donde se dice que hicieron tan grandes hazañas
que más parecen fábulas compuestas en loor de sus parientes los Chancas que una
historia verdadera, aunque del ánimo y valor del gran Hancohuallu muy grandes
cosas se pueden creer. El inca recibió gran pena de la huida de Hancohuallu, y
quisiera haber podido evitarla, mas ya que no le fué posible, se consoló
pensando que ello no había sido por su causa."
Los curiosísimos párrafos transcritos
del inca Garcilaso de la Vega nos presentan, pues, en las figuras de Viracocha y
de Hancohuallu, a dos personajes por demás extraños. El primero es un prototipo
de rebeldes o welsungos, que diría Wágner, un "hijo de la loba" o de la
gran Humanidad rebelde y jina, como Sigmundo, Sigfrido, Marte, Remo y
Rómulo, Anubis; de esa vulgaridad que choca con las vulgaridades ambientes de
los "perros" o "vividores y sumisos" que, dentro del humano egoísmo, tanto
abundan, por desgracia, con daño y detrimento de los buenos. Por eso, en su
juventud, le vemos desterrado por su padre de la Corte, como el Narada hindú lo
fuera del cielo por Brahmâ,
el Mercurio griego lo fuera por Júpiter, Sigmundo por Wotan, y tantos otros en
los demás panteones religiosos, sin perjuicio luego de tener que recurrir a
ellos en los momentos difíciles que vienen seguidamente por tal destierro, como
acaeciera con el joven príncipe inca.
Es decir, que lo que nos parece "pura
historia inca", se sale, como siempre, de los moldes históricos para entrar en
los de la leyenda y el mito, según vamos viendo en tantos otros pueblos, y es un
Kabir, un Viracocha, un ser superior, un anciano de blanca barba,
un jina, en fin, el que en la soledad, junto a la cueva iniciática de siempre
y entre "pastores" o iniciados, se le aparece cuando el sol está en
la plenitud de su carrera, para anunciarle al joven una gran catástrofe para su
pueblo, que él está llamado a evitar, oficiando a su vez de "hombre
salvador, redentor o jina", para tomar después, como sucede siempre en la
trasmisión de la "palabra o misión sagrada", el propio nombre que su maestro.
¿Cómo, pues, nos asombramos, una vez más, de las supuestas "casualidades"
y "coincidencias" de pueblo a pueblo, viendo al Viracocha iniciador y al
Viracocha iniciado realizar la misión augusta de salvar a su pueblo de la
tempestad guerrera que sobre él se cernía, como aún en nuestros propios días ha
corrido, con más o menos verosimilitud, entre los pobres soldados de las
trincheras de Occidente?
Véase uno de tantos relatos más o
menos jinescos que han corrido entre los soldados y que la revista
escocesa Vida y Obras nos refiere en estos términos:
"El Camarada vestido de blanco.
- Extrañas narraciones
llegaban a nosotros en las trincheras. A lo largo de la línea de 300 millas que
hay desde Suiza hasta el mar, corrían ciertos rumores, cuyo orig-en y
veracidad ignorábamos nosotros. Iban y venían con rapidez, y recuerdo el momento
en que mi compañero Jorge Casay, dirigiéndome una mirada extraña con sus ojos
azules, me preguntó si yo había visto al Amigo de los heridos, y entonces me
refirió todo lo que sabía respecto al particular.
"Me dijo que, después de muchos
violentos combates, se había visto un hombre vestido de blanco inclinándose
sobre los heridos. Las balas le cercaban, las granadas caían a su alrededor,
pero nada tenía poder para tocarle. Él era, o un héroe superior a todos los
héroes, o algo más grande todavía. Este misterioso personaje, a quien los
franceses llaman el Camarada vestido de blanco, parecía estar en todas partes a
la vez: en Nancy, en la Argona, en Sojssons, en Ipres, en dondequiera que
hubiese hombres hablando de él con voz apagada. Algunos, sin embargo, sonreían
diciendo que las trincheras hacían efecto en los nervios de los hombres. Yo, que
con frecuencia era descuidado en mi conversación, exclamaba que para creer tenía
que ver, y que necesitaba la ayuda de un cuchillo germánico que me hiciera: caer
en tierra herido.
“Al día siguiente los acontecimientos
se sucedieron con gran viveza en este pedazo del frente. Nuestros grandes
cañones rugieron desde el amanecer hasta la noche, y comenzaron de nuevo a la
mañana. Al mediodía recibimos orden de tomar las trincheras de nuestro frente.
Éstas se hallaban a 200 yardas de nosotros, y no bien habíamos partido,
comprendimos que nuestros gruesos cañones habían fallado en la preparación. Se
necesitaba un corazón de acero para marchar adelante, pero ningún hombre vaciló.
Habíamos avanzado 150 yardas cuando comprendimos que íbamos mal. Nuestro
capitán nos ordenó ponernos a cubierto, y entonces precisamente fui herido en
ambas piernas.
"Por misericordia divina caí dentro de
un hoyo. Supongo que me desvanecí, porque cuando abrí los ojos me encontré solo.
Mi dolor era horrible, pero no me atrevía a moverme, porque los alemanes no me
viesen, pues estaba a 50 yardas de distancia, y no esperaba a que se apiadasen
de mí. Sentí alegría cuando comenzó a anochecer. Había junto a mí algunos
hombres que se habrían considerado en peligro en la obscuridad, si hubiesen
pensado que un camarada estaba vivo todavía.
"Cayó la noche, y bien pronto oí unas
pisadas, no furtivas, sino firmes y reposadas, como si ni la obscuridad ni la
muerte pudiesen alterar el sosiego de aquellos pies. Tan lejos estaba yo de
sospechar quién fuese el que se acercaba, que aun cuando percibí la claridad de
lo blanco en la obscuridad, me figuré que era un labriego en camisa, y hasta se
me ocurrió si sería una mujer demente. Mas de improviso, con un ligero
estremecimiento, que no sé si fué de alegría o de terror, caí en la cuenta de
que se trataba del Camarada vestido de blanco, y en aquel mismo instante los
fusiles alemanes comenzaron a disparar. Las balas podían apenas errar tal
blanco, pues él levantó sus brazos como en súplica, y luego los retrajo,
permaneciendo al modo de una de esas cruces que tan frecuentemente se ven en las
orillas de los caminos de Francia. Entonces habló; sus palabras parecían
familiares; pero todo lo que yo recuerdo fué el principio:
"-Si tú has conocido.
"Y el fin:
"-Pero ahora ellos están ocultos a tus
ojos.
"Entonces se inclinó, me cogió en
sus brazos -a mí, que soy el hombre más corpulento de mi regimiento- y me
trasportó como a un niño.
"Yo debí desvanecerme de nuevo, pues
volví a la conciencia en una cueva pequeña junto a un arroyo, cuando el Camarada
de blanco estaba lavando mis heridas y vendándolas. Acaso parecerá una necedad
lo que voy a decir: pero yo, que sufría un terrible dolor, me sentía más feliz
en aquel momento de lo que lo había sido en toda mi vida. Yo no puedo
explicarlo, pero me parecía como si en todos mis días hubiese estado esperando
por éste, sin darme cuenta de ello. Mientras aquellas manos me tocaban y
aquellos ojos me miraban compadecidos, yo no parecía cuidarme ya de la
enfermedad ni de la salud, de la vida ni de la muerte. Y mientras él me limpiaba
rápidamente de todo vestigio de sangre y de cieno, sentía yo como si toda mi
naturaleza fuese lavada, como si toda suciedad e inmundicia de pecado fuese
borrada, como si me convirtiese de nuevo en un niño.
"Supongo que me quedé dormido,
porque cuando desperté, este sentimiento se había disipado.
"Yo era un hombre y deseaba saber lo
que podía hacer por mi amigo para ayudarle y servirle. Él estaba mirando hacia
el arroyo, y sus manos estaban juntas, como si orase; y entonces vi que él
también estaba herido. Creí ver como una herida desgarrada en su mano, y
conforme oraba, se formó una gota de sangre, que cayó a tierra. Lancé un grito.
sin poderlo remediar, porque aquella herida me pareció más horrorosa que las que
yo había visto en esta amarga guerra.
"-Estáis herido también -dije con
timidez.
"Quizá me oyó, quizá lo adivinó en mi
semblante; pero contestó gentilmente:
"-Esa es una antigua herida, pero me
ha molestado hace poco.
"Y entonces noté con pena que la
misma cruel marca aparecía en su pie. Os causará admiración el que yo no hubiese
caído antes en la cuenta; yo mismo me admiro. Pero tan sólo cuando yo vi su pie,
le conocí: "El Cristo vivo." Yo se lo había oído decir al capellán unas semanas
antes, pero ahora comprendí que Él había venido hacia mí -hacia mí, que le había
distanciado de mi vida en la ardiente fiebre de mi juventud-. Yo ansiaba
hablarle y darle las gracias. pero me faltaban las palabras.
"Y entonces Él se levantó y me dijo:
"-Quédate aquí hoy junto al agua; yo
vendré por ti mañana; tengo alguna labor para que hagas por mi.
"En un momento se marchó; y mientras
le espero, escribo esto para no perder la memoria de ello. Me siento débil y
solo, y mi dolor aumenta. Pero tengo su promesa; yo sé que él ha de venir mañana
por mi."
Y si esto decimos del Inca Viracocha,
otro tanto puede decirse también de Hancohuallu, esa especie de Moisés de los
pueblos de Chancas, entre los que viviera al modo como la Maestra H. P. B. nos
pinta a los todas viviendo entre los badagas, y de los que sacó a sus
elegidos, "alejándose por tierras solitarias casi doscientas leguas,
entrando y poblando donde nadie sabe, y donde realizaron, se dice, tales
hazañas, que más parecen fábulas que cosa cierta", como corresponde a todos los
conductores de pueblos o "Manús de la Historia", los Xisthruros, los Noés, los
Manco Capac, los Quetzalcoatl, los Hancohualul, cosa que era corriente
también entre cuantos pueblos grandes nacieron al calor del Popool-Vuh, en
América, como demostrarse puede.
En la primera carta de Cortés
(párrafos 21 y 29) relata, en efecto, lo que le dijo Moctezuma en una de las
entrevistas: "Por nuestros libros sabemos que, aunque habitamos estas regiones,
no somos indígenas, sino que procedemos de otras tierras muy distantes. Sabemos
también que el caudillo que condujo a nuestros antepasados regresó al cabo de
algún tiempo a su país nativo, y tornó a venir para volverse a llevar a los que
se habían quedado aquí; pero ya los encontró unidos con las hijas de los
naturales, teniendo numerosa prole y viviendo en una ciudad construida por sus
manos; de manera que, desoída su voz, tuvo que tornarse solo. Nosotros, añadía,
hemos estado siempre en la inteligencia de que sus descendientes vendrían alguna
vez a tomar posesión de este país, y supuesto que venís de las regiones donde
nace el Sol, y me decís que hace mucho tiempo que tenéis noticias nuestras, no
dudo de que el rey que os envía debe ser nuestro señor natural."
A estas tradiciones, pues, a la
superioridad de armas y caballos -desconocidos en México- y a la providencial
intervención de doña Marina, no menos que al heroísmo invencible de aquel puñado
de valientes, se debió la epopeya de la conquista de México.
¿A qué se debe si no -añadiremos- ese
precioso detalle que a Garcilaso el historiador se le escapa, de pasada,
relativo a que el fantasma del gran Viracocha iba conduciendo un animal extraño,
"desconocido", o sea la famosa Vaca pentápoda, que comparte con el Ave Garuna
(Ave Fénix griega o Ave del Li-Sao chino) y con el Caballo Dodecápedo persa la
suprema e indescifrable curiosidad mítica? Ese complemento esencial e
incomprensible de todo chela, sadhu o discípulo del Ocultismo universal, es
un rasgo perfectamente escita o ario del pueblo incásico.
"Los escitas -dice el historiador
Anquetil- descienden de Gaumar o Gomar ("el Hombre de la Vara", o
sea el jina), hijo de Jafet, o de Ia-phetus, el también jina
o hijo de Io, la Primitiva Sabiduría." "En cuanto a los celtas -añade-,
ellos no eran sino escitas establecidos en Europa"..., e igual pudo decir, dadas
las toponimias incaicas transcritas anteriormente, acerca de los celtas,
kalcas o incas establecidos en América con su Manú respectivo.
La característica, en fin, de las gentes escíticas era, como nadie ignora, su
más profundo desprecio hacia las riquezas, junto con una gran tendencia a la
templanza y el más ferviente amor a la justicia.
Esto último ya quedó evidenciado
antes; pero por si alguna duda hubiese, ahí están los largos capítulos que
Garcilaso consagra a la sapientísima legislación inca, legislación que si la
admitiesen los pueblos europeos acaso se ahorrarían muchas lágrimas derivadas
del insostenible contraste actual entre el lujo y la miseria, que jamás se diera
entre los incas ni entre sus similares del antiguo mundo. Entresaquemos algunos
ejemplos de ello.
Es el primero el relativo al Derecho
penal, tan absurdo y tan semítico que padecemos: un Derecho penal que, con las
confiscaciones -secretos motivos además de tantos supuestos delitos- "viste,
como el vengativo Jehovah, las culpas de los padres sobre los hijos hasta la
quinta generación".
"Nunca tuvieron los incas -dice
Garcilaso- pena pecuniaria ni confiscación de bienes, porque decían que castigar
en la hacienda y dejar vivos a los delincuentes no era quitar los malos de la
república, sino dejar a los malhechores con más libertad para que hiciesen
mayores males. Si algún curaca (gobernador) se rebelaba, delito más grave para
los incas, o hacía otro delito que mereciese la pena de muerte, aunque se la
diesen, no quitaban el estado a su sucesor, sino que se lo dejaban a éste,
representándole así la culpa y la pena de su padre para que se guardase de otro
tanto. Lo mismo practicaban en la guerra, pues nunca descomponían los capitanes
naturales de las provincias, sino dejábanles con los oficios y dábanles otros de
sangre real por superiores... Así acaeció muchas veces que los delincuentes,
acusados de su propia conciencia, venían a acusarse ante la justicia de sus
propios delitos, porque, a más de creer que su alma se condenaba con ellos,
tenían por muy averiguado que, por su causa y la de otros tales, venían a la
república todo género de males, como enfermedades, muertes, malos años y otra
cualquiera desgracia común o particular... En cada pueblo había un juez, el cual
era obligado a ejecutar la ley en oyendo a las partes dentro de cinco días,
porque los incas entendieron no les estaba bien seguir su justicia fuera de su
tierra, ni en muchos tribunales, por los gastos que se hacen y las molestias que
se padecen; que muchas veces monta más esto que lo que van a pedir, por lo cual
dejan perecer su justicia, principalmente si pleitean contra ricos y poderosos,
los cuales con su pujanza ahogan la justicia de los pobres... Cada mes, además,
daban cuenta los jueces ordinarios a los superiores de sus pleitos, hasta llegar
así a los visorreyes y al Inca, por medio de los quipos. Todo ello aparte de las
visitas que este último giraba con frecuencia a cada una de las comarcas. Había
además tucuyricocs o veedores, y cualquier autoridad que hallasen incursa en
justicia era castigada más rigurosamente que cualquiera otro, porque decían que
no se podía sufrir que hiciese maldad el que había sido escogido para hacer
justicia, ni que hiciese delitos el que estaba puesto para castigarlos y a quien
habían elegido el Sol y su Inca para que fuese mejor que todos sus súbditos."
Esta verdadera aristo-democracia es
algo que acaso no podría encontrarse ni en los mejores tiempos de la Grecia,
porque no cabe duda. alguna de que el Gobierno mejor es siempre el de los
mejores efectivos, que
ES EL DE LOS QUE SE SACRIFICAN.
Véase otra muestra de semejantes
sacrificios de esa aristocracia jina o "toda" de los reyes incas.
Hablando Garcilaso (III, LIII) de cómo eran armados caballeros los mozos de
sangre real, habilitándolos para tomar estado e ir a la guerra, consagra después
otro capítulo (el LV) a demostrar "cómo el príncipe heredero, al entrar en la
probación, era tratado con mayor rigor que todos los otros", diciendo:
"El iniciador les hacía cada día un
parlamento. Traíales a la memoria la descendencia del Sol; las hazañas hechas,
así en paz como en guerra, por sus reyes pasados, y por otros famosos varones de
la misma sangre real; el ánimo y esfuerzo que debían tener para aumentar su
bienhechor imperio; la paciencia y sufrimiento en los trabajos para mostrar su
generosidad; la clemencia, piedad y mansedumbre con los pobres y demás súbditos;
la rectitud en la justicia; el no consentir que a nadie se hiciese agravio, y la
liberalidad y magnificencia para con todos como verdaderos hijos del Sol. En
suma, la persuasión a todo lo que en su moral filosófica alcanzaron que convenía
a gente que se preciaba de ser divina y haber descendido del cielo...
Hacíanles, además, dormir en el suelo, comer mal y poco, andar descalzos y otras
mil probaciones, en las que entraba también, cuando era de edad adecuada, el
primogénito del Inca, legítimo heredero del Imperio. Es de saber, en efecto,
que, por lo menos, le examinaban con el mismo rigor que a cualquier otro, y le
trataban peor, diciendo que, pues había de ser más tarde rey, era justo que en
cualquier cosa que hubiere de hacer se aventajase a todos, porque si por
achaques de la fortuna viniese a ser menos, se aventajase, sin embargo, a
cualquiera en la adversidad, lo mismo en el obrar como en el sentir. Así, todo
el tiempo que duraba el noviciado, que era de una luna nueva a otra, andaba el
príncipe vestido del más pobre y vil hábito que se podría imaginar, hecho de
andrajos vilísimos, y con él aparecía en público cuantas veces era menester,
para que en adelante, cuando se viese poderoso rey, no menospreciase a los
pobres, sino que se acordase haber sido uno de ellos y les hiciese caridad, para
merecer el nombre de Huachacuyac, que daban a sus reyes, y que quiere decir
amador y bienhechor de los pobres."
Esto de la pobreza, además, era entre
los felices incas cosa nada más que relativa, por cuanto, como demuestra
Garcilaso (III, IX), el rey, en caso necesario, daba de vestir, etc., a sus
vasallos. No había así mendicidad alguna en todo el reino, dicha que para sí
quisieran los más orgullosos pueblos modernos, cuyos fastuosos lujos de los
pocos están cimentados en la más repugnante de las miserias de los muchos. Así
es que el noble idealismo semirrevolucionario de un Henry George moderno nada
tendría que hacer allí en un pueblo como aquél, que hacía continuos, justos y
maravillosos repartos de tierra, ¡de esa Tierra que pertenece a todos sus hijos,
como la cárcel pertenece al prisionero!
Las tierras incas, dice "Sócrates" en
su Civiliçao dos Incas, separada la parte del culto y la del Estado, eran
divididas entre los jefes de familia, conforme a las necesidades de cada uno y
el número de los habitantes de los distritos. Hacíanse nuevos lotes para los
recién casados, los cuales eran aumentados a proporción del crecimiento de la
familia La tierra del pueblo se labraba y regaba siempre antes que la del Inca,
y antes también eran labradas por los de cada pueblo -donoso ejemplo de
solidaridad social- las tierras de las viudas, los huérfanos y los ausentes. Por
otra parte, como el trabajo prestado por el pueblo en las otras tierras del Sol
y del Inca era como un impuesto, los productos de las del pueblo eran aplicados
íntegros para la manutención de la familia, mientras que el producto de aquellas
otras tierras era destinado casi por entero a obras de interés colectivo, tales
como vías públicas, puentes, fortificaciones, drenajes, pósitos, correos, etc.,
en las que tanto sobresaliesen los incas, hasta el punto de que nosotros, los
españoles, hubimos de copiar no pocas cosas de ellos..., ¿Qué más, si al propio
enfermo se le consideraba como huésped del Sol (por cuanto la enfermedad
era el camino de irse con él algún día), y se le sostenía y medicinaba como tal
huésped por el Estado? También eran tenidos como "huéspedes del Sol" cuantos
pasaban de cuarenta y cinco años, después de haber dedicado, a la consolidación
de su persona, veinte y veinticinco años al trabajo individual y colectivo, en
el más ideal de los sistemas primitivos de jubilaciones, retiros y seguros,
Conviene, en fin, leer al Padre José de Acosta respecto de los años "sabático" y
"de jubileo".
La enseñanza incaica tenía, como todas
las de las regiones del pasado, incluso el Cristianismo, una parte exotérica,
pública o humana, y otra parte esotérica, privada, iniciática o jina,
de la cual, si bien no se tienen detalles directos por los historiadores,
por lo mismo que era secreta, sí puede colegirse cuál fuera leyendo entre líneas
no pocas de las noticias que ellos nos suministran,
Una de ellas es la rapidez increíble y
verdaderamente jina con que se ocultó, más que desapareció, la iniciación
inca a la llegada de los conquistadores, tanto, que un hombre de sangre real,
como Garcilaso, heredero directo del trono por su madre Isabel, si en éste
hubiesen podido heredar las hembras, y que nació ocho años después de la
conquista, apenas si pudo recoger de labios de su tío las vagas indicaciones
ocultistas o jinas de su citada obra, Cual ocurre siempre en estos casos
-caída de los pitagóricos, de los templarios y de otras sociedades secretas-, la
iniciación inca se ocultó ipso tacto así que pusieron en el país su
planta los conquistadores. Sepultóse también por toneladas el oro del templo del
Cuzco y el de otros muchos, y se creó, como sucede siempre que se peca contra la
Magia, o sea "contra el Espíritu Santo", el más terrible de los karmas
colectivos, tal, que aún hoy, por desgracia, perdura,
a partir de esa verdadera tragedia griega de los Atridas, que tuvo por
principales personajes a Huáscar, Atahualpa, Pizarro y Almagro.
Otro rasgo plenamente jina es
el que estampa Garcilaso (III, XVIII) cuando, al hablar de la batalla de
Xaxahuana entre los chancas y los incas -en el lugar mismo en que fué
después la decisiva entre Pizarro y Lagasca-, el Viracocha anima a estos últimos
diciéndoles "que, a pesar de ser aquéllos mucho más numerosos, él les daría la
victoria contra ellos, y de ellos les haría señor, porque le enviaría gente
que, sin que fuese vista, le ayudase". En efecto, no sólo en la guerra, sino
en todos los momentos, la relación secreta entre el Hierofante o Sumo Sacerdote
y el Inca o Rey equivalía a otro auxilio "invisible y continuo" como el que, en
tiempos de pasado esplendor, mediase entre el Sungado y el Mikado
japonés. o entre el Colegio Sacerdotal romano y los primeros reyes iniciados
(Rómulo, Numa, etc.), ó bien entre los shamanos, thibetanos y chinos, con los
hombres superiores y reyes, como ya viéramos en el capítulo IX, y como podríamos
ampliar si aquí trajésemos las extensas consideraciones que hemos consignado en
numerosas páginas del tomo IV de esta Biblioteca. Sus ritos, por supuesto, eran
secretos, como los de los druídas, y cuadraban a la perfecta superioridad de las
gentes solares o incas sobre todas las demás de aquel continente,
superioridad que en Astronomía les permitió predecir los "eclipses de Sol y de
Luna, conocer los movimientos de los planetas, saber que la Tierra es redonda y
gira en torno del Astro-rey, determinar con toda exactitud las estaciones y el
año trópico, dividido como entre nosotros en doce meses, y aun contar, gracias a
secretos iniciáticos aún desconocidos por nuestra ciencia europea, otro grandes
ciclos solares, a la manera de los años solares heliacales, de que
también nos ha hablado Platón.
Tras de la Astronomía, venía en la
escala de la iniciación la Poesía y la Música, acerca de las que Garcilaso nos
da algunos pasajes muy hermosos, todo ello sin contar con la Geometría y el arte
de la Construcción, en las que por fuerza tenían que ser peritísimos, dado lo
prodigioso de sus obras, que fueron admiración de los propios conquistadores.

Garcilaso nos dice que
Huaca, de la raíz Hu "dios" o jina, es un nombre inca con
multitud de significaciones. "Pronunciada su última sílaba en el velo del
paladar, quiere decir ídolo, o dios inferior, pues los superiores ya hemos,
dicho que eran el Dios Desconocido, el Sol, la Luna y las estrellas.
Equivalia, por tanto, a "cosa sagrada o santa", o sean figuras de hombres,
aves, etc., de oro y plata, ofrecidas al Sol; llamaban así también a los
templos, a los sepulcros y, a cuantas cosas se aventajan a las demás en
excelencia, rareza y hermosura, o sea que se salen de los humanos moldes, y,
en fin, a la Gran Cordillera Andina, por igual razón, Pronunciada en cambio
aquella sílaba en la garganta, quiere decir llorar",
:
Y fué tan admirablemente oriental y
primitiva la lengua incásica o quichúa en sus orígenes, que hubo, por decido
así, palabras "buenas" que jamás se emplearon para el mal, y,
recíprocamente, otras malas nunca empleadas para el bien. Por ejemplo:
hablando Garcilaso de Lloque-Yupanqui, el tercer rey inca, y de su
sobrenombre excelso, equivalente a "contar, ponderar, enaltecer", debido a
sus pasmosas virtudes, nos dice: "A quien pensase que el verbo Yupanqui,
o "contar", también puede aplicarse a "contar maldades", empleándose en
su doble aplicación a lo bueno y a lo malo, digo que aquel lenguaje inca no
toma; nunca un mismo verbo para significar por él lo bueno y lo malo, sino
sólo lo uno o lo otro; tomando para la idea o parte contraria, acude a otro
verbo de contraria significación, como en este caso sería el verbo
Huacanqui, que, hablando del mismo modo, tiempo, número y persona,
quiere decir llorarás (contarás) sus crueldades, su insaciable avaricia, su
general tiranía, sin distinguir sagrado de profano, y todo lo demás que se
puede llorar de un mal príncipe".
Y ya
que de filología hablamos, hagamos constar que, según Garcilaso, la palabra
Manco, del nombre del primer inca, Manco-Capac, no tiene
significación alguna en lengua quichúa. ¡Como que no es sino una corrupción
de la sánscrita de manú, o "conductor de hombres"! Así, Manú-Capac
significa, también por esta última palabra de "capac", el hombre superior,
el semidiós o jina, el hombre del Norte, "rico en las más altas
prendas; el poderoso, no en oro, sino en virtudes", como Garcilaso dice.
La Doctrina Secreta,
de H. P. B., se expresa respecto de Narada en estos términos: "De
todos los caracteres incomprensibles en el Mahabharata y en los
Puranas, Narada, el hijo de Brahmâ, es el más misterioso. A pesar de su
título de Deva-Rhisi, le vemos maldecido por Daksha y hasta por
Brahmâ y tratado en las obras exotéricas con epítetos tan poco
satisfactorios como los de Kalikaraka (enredador), Kapivaktra (cara
de mono), Pishuna (el espía), etcétera. Al propio William Jones, traductor
del Vishnú Purana, le hizo mucha impresión este carácter misterioso,
por lo que pudo colegir de sus estudios sánscritos, y le comparó con Hermes
y Mercurio, llamándole "el mensajero elocuente de los dioses", el "Angelos"
griego, una especie de Logos activo que constantemente aparece o reencarna,
un "Enviado o Mesías", como diría el Dr. Kenealy. Narada, en efecto, es uno
de los pocos caracteres prominentes que visitan las llamadas regiones
inferiores del Pâtâla"; es decir, América del Sur, como antípoda de la
Ariana.
3 He aquí algunos apuntes
relativos a esta riqueza, según Garcilaso, apuntes {;omplementarios de los
que llevamos dados en De gentes del otro mundo:
Las cuatro paredes del templo del
Cuzco estaban cubiertas de arriba abajo por planchas y tablones de oro, y en
el testero, que podríamos llamar altar mayor, aparecía la figura del Sol,
hecha en otra plancha de oro de doble grueso, y, por cierto, que el caudillo
Mancio Sena de Leguizano, a quien le cupo en suerte el profanar aquel
despojo augusto, con arreglo a nuestra tan civilizada costumbre del
juego, hubo de jugarle y perderle en una sola noche, dando lugar, quizá, con
ello al famoso refrán de "se ha jugado el Sol antes de que amanezca",
Embalsamadas, no se sabe cómo, aparecían en aquel lugar las momias de todos
los reyes incas, y las puertas del templo se hallaban cubiertas asimismo por
gruesas planchas de oro que las hacían brillar a gran distancia. Pasado el
templo, había un claustro de cuatro lienzos con una cenefa de un tablón de
oro de más de una vara de ancho, A esta Cámara del Sol seguía la de la Luna,
toda forrada de plata, y que venía, probablemente, a servir de cámara
iniciática de las mujeres, a manera de las Cámaras de Adopción de ciertos
ritos secretos modernos y exornada de igual modo con las momias de
las Goyas o reinas incas. De la. demás cámaras secretas, tales como
las de las pléyades, Cabrillas o Atlántida. -centro del Universo galáctico,
como antes dijimos-, los autores guardan con más significativo silencio, sin
duda, porque sus secretos inviolables -relacionados con la herencia de otros
pueblos más viejos, tales como los de los hermanos Ayar, de la laguna
originaria de Titicaca, y el primitivo pueblo jina o Tiahuanaco- no
podían haber sido alcanzados por aquéllos, o bien habían hecho el
consiguiente juramento de silencio, con arreglo al notable precepto de Jesús
de "no deis los tesoros del Reino de Dios a los cerdos"...Por el mismo tenor
que el del Cuzco estaban adornados los numerosos templos de las diversas
regiones, Por ejemplo, el Padre Blas Valera. hablando del de Titicaca, que
no cedía ante aquél en riquezas ni esplendores, dice que de su decorado
sobró tanto oro y plata, según le dijeron los indios de Copacabana, que se
habría podido hacer cómodamente otro templo igual de tamaño, y por completo
de oro, sin mezcla de otros materiales, desde el cimiento hasta la cumbre,
Todo ello, por supuesto, a la llegada de los españoles fué arrojado a la
laguna Titicaca, a la de Orcos y a otras, o enterrado en galerías cegadas
hoy y sepultadas bajo verdaderos amontonamientos geológicos, en espera de
ser sacadas algún día a la luz del sol para beneficio de la humanidad.
cuando ella por sus virtudes y por el acertado uso del mismo se haga
acreedora a ello. lQué se ha hecho, en efecto, hasta hoy con lo robado a
aquellos felices pueblos? El anillo del nibelungo, de Wágner, en que
el "oro del Rhin" es robado sucesivamente por los enanos, los dioses, los
gigantes y los hombres, en el más terrible de los karmas malditos, hasta
cerrar el ciclo con su devolución al Padre-Río, no. es sino el más acertado
simbolismo imaginable para recordamos siempre los despojos de los españoles
a los incas, los de los corsarios ingleses, holandeses, etc,. a los
españoles, hasta llegar a nuestros días, en los cuales la más espantosa de
las guerras por el oro ha traído a las cajas del Banco nacional de
España la casi totalidad del oro que no ha vuelto ya a América por la
misma causa", ¿Qué cabe, pues, añadir a esto? Sólo la frase evangélica de
que "el que tenga oídos para oir, que oiga".