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CAPÍTULO XI. LOS "JINAS" INCAS

El inca Garcilaso de la Vega y sus "Comentarios reales de los ineas", - Un contraste histórico entre "los Hijos del Sol" y los demás pueblos sudamericanos, - El relato de un Amauta inca. - Gentes solares, cainitas, quírites o incas del viejo continente. - Shamanos o jinas y sus discípulos incas. - Los dos reformadores, el Manú y su Coya, en el lago sagrado de Titicaca, - La religión natural de los incas y su culto simbólico del Sol y de la Luna.Pachacamac, el Logos Demiúrgico inca. - El Dios Desconocido. - Runas y Llamas. - Las reencarnaciones. - Lazos fonéticos entre los incas y los pueblos del viejo continente. - Los incas fueron arios y no semitas. - Pruebas históricas de este aserto. - El culto de Vesta. - La fiesta del Sol. - Las cronologías de los quipos. - La proverbial caballerosidad aria de los incas. - "Caso diplomático" que hoy envidiaríamos. - Altísima moralidad de aquellos "Hijos de la Luz". - El templo de Cuzco. - Cámaras iniciáticas del Sol, la Luna, Venus y las Pléyades, estas últimas como centro del Universo, al tenor de lo que admite también nuestra Astronomía. - Las cuatro clases de lenguas del Imperio inca. - Su iniciática sabiduría.

Los bondadosos lectores habrán de perdonarnos este aserto, que acaso se les antoje demasiado fuerte e injustificado: los fundadores del Imperio inca del Perú fueron los jinas.

Pero, antes de rechazar por temeraria semejante aserdón, bueno será que nos acompañen por esta breve excursión histórica, apoyada en una de las más hermosas obras de la época: los Comentarios reales de los Incas, o Historia general del Perú, escrita en el siglo XVI por el célebre inca Garcilaso de la Vega .

Pocos contrastes históricos son más notables, en efecto, que el que presentara América del Sur entre el egregio pueblo inca y los demás de aquel vasto continente a la llegada de los conquistadores. Y este contraste, por otra parte, es el que en el capítulo anterior nos ha trazado la Maestra H. P. B. entre el pueblo jina de los todas y el pueblo inferior de los badagas, que los considera como a verdaderos "hijos del Sol" o dioses, honrándose con proveer a sus necesidades materiales, ni más ni menos que acaeciera con los incas. De aquí la inmensa distancia entre unos y otros, que Garcilaso nos describe en estos términos:

"Residiendo mi madre en el Cozco, su patria, venían a visitarla los pocos parientes que habían escapado con vida de las crueldades de Atahualpa, en las cuales visitas solían tratar del origen de nuestros reyes, de sus leyes y de sus enseñanzas. ... Acaeció, pues, que siendo yo de diez y siete años, le dije al pariente más anciano: "Tío, ¿qué noticias tienes tú del origen de nuestros reyes?" Y él me contestó: "Guarda en tu corazón cuanto vaya decirte: Sabrás que en los siglos antiguos, toda esta región de tierra que ves eran unos grandes montes breñales, y las gentes en aquellos tiempos vivían como fieras, sin religión, ni policía, ni pueblos, sin cultivar la tierra ni cubrir sus carnes, habitando las cuevas, comiendo como bestias yerbas del campo, raíces de árboles, frutas y carne humana. Entonces, nuestro padre el Sol hubo lástima de ellos, y envió del cielo a la tierra un hijo y una hija de los suyos, para que los doctrinasen en el _ verdadero conocimiento, y les diesen preceptos y leyes en que viviesen como hombres en razón y urbanidad, habitasen en casas, tuviesen pueblos, cultivasen las plantas, criasen ganados y viviesen de la tierra como hombres racionales y no como bestias. Con esta orden y mandato puso nuestro padre el Sol estos dos hijos suyos en la laguna Ti-ti-ca-ca, y les dió una barra de oro, de media vara de largo y dos dedos de grueso, diciéndoles que allí donde aquella barra se les hundiese con un solo golpe que con ella diesen en la tierra, allí quería nuestro padre el Sol que hiciesen su asiento y corte. Así, cuando hayáis reducido esas gentes a nuestro servicio, les dijo, las mantendréis en razón}' justicia, a la imagen y semejanza mía, que a todo el mundo hago bien, cuidando de dar una vuelta cada día al mundo, para proveer y socorrer a toda la tierra... Ellos, entonces. salieron de Titicaca, tratando en vano de hincar aquí y allá la barra de oro, hasta llegar a Pacarec-Tampu o "Posada del Amanecer", en el valle del Cozco -o Cuzco-, que estaba hecho una montaña brava, llamada Huanacanti, y como allí hundiesen con gran facilidad su barra, hasta perderse, dijo nuestro Inca a su hermana y mujer: "Este es el valle indicado por nuestro padre el Sol; vayamos, pues, cada uno de su lado a convocar y doctrinar a esta gente; tú hacia el Norte, y yo hacia el Mediodía". Los moradores, viendo aquellas dos personas vestidas y adornadas con los rostros, palabras y ornamentos de nuestro padre el Sol, les obedecieron como a reyes, refiriendo doquiera las maravillas que de ellos habían visto y oído... Así se creó nuestra ciudad, dividida en dos mitades: la del rey fué Hanan Cozco, o alto, y la de la reina, Hurin Cozco, o bajo, no para que los unos tuviesen preeminencias sobre los otros, sino para que todos fuesen iguales como hermanos, hijos del mismo padre y de la misma madre; unos como hermanos mayores, y como hermanos menores los otros. Nuestro Inca enseñó a los hombres, y nuestra Coya a las mujeres... Los indios, así reducidos a la civilización, fueron atrayendo a otros. Estos silvestres acudían en gran número a ver las maravillas de nuestros primeros padres, y certificándose en ellas, se quedaban en su servicio y obediencia, formando más de cien pueblos... Cuántos años ha que el Sol envió estos sus primeros hijos, no te lo sabré decir, que ellos son tantos que no los ha podido guardar en la memoria. Nuestros primeros Incas vinieron en los primeros siglos del mundo, de los cuales descienden los demás reyes que hemos tenido, y de estos mismos descendemos todos nosotros. Nuestro Inca se llamó Manco-Capac -el Manú Capac-, y nuestra Coya, Mama Oello Huaco. Fueron" hermanos , hijos del Sol y de la Luna... Por no hacerte llorar, no he recitado esta obra con lágrimas de sangre, por el dolor de ver a nuestros Incas acabados y nuestro Imperio perdido."

La narración anterior tiene un sabor eminentemente platónico e iniciático. Recuerda los pasajes de Timeo y del Critias, cuando el sacerdote salta de Isis le revela a Solón la verdadera tradición de la Atlántida con aquellas palabras memorables de "¡Oh Solón, Solón: vosotros los griegos sois unos niños, e ignoráis como tales la historia gloriosa de vuestros antepasados!....

Con dicha narración. en efecto, el hermano del último Inca Huayna Capac inicia al joven inca Garcilaso de la Vega en los míticos orígenes de aquel gran. pueblo incaico, cainita, o de "sacerdotesreyes", que ha tenido en el viejo continente sus similares en esos curus, kaurios, quírites y demás hombres de la raza solar, o "hijos del Sol", que figuran en todas las teogonías, tales como la del Mahabharata, los Vedas, el Código del Manú, los libros sagrados parsis y caldeo-semitas, el panteón de Hesiodo y de Homero, las Doce Tablas romanas, y, en fin, los Eddas escandinavos, base de todas las obras de Wágner, en las que kyries, la lanza sagrada, es símbolo del rayo solar físico que fecunda a la Tierra, y también de ese divino Rayo Espiritual que, emanado del Logos, o Sol Central, constituye nuestro Supremo Espíritu, o Dios Interior de nuestra conciencia, según muy al por menor se detalla en varios capítulos de los tomos I y II de esta nuestra Biblioteca.

Por eso no son de extrañar las infinitas conexiones que la doctrina y los hechos de los primeros Incas guardan con toda la iniciación oriental como vamos a puntualizar, empezando por decir que el propio César Can tú liga a éstos con ciertas tribus mogoles, o shamanas antiguas, lo que equivale a establecer que en eso de la inopinada presentación del Manú del Norte, o Manco Capac, y de su compañera (Coya o Iaco), se dió acaso la extrañísima circunstancia que acaba de hacernos notar H. P. B. en el capítulo anterior, relativa al fenómeno "teúrgico" de esos seres puros o shamanos, que, prestando su cuerpo físico como hostia santa y vehículo material, vienen a servir así en el mundo de los hombres como divinos instrumentos de la protectora acción de los jinas, o seres superiores, tutela y guía de la Humanidad desde que existe.

No es de extrañar por ello que estos dos reformadores aparezcan en la simbólica al par que real laguna de Ti-ti-ca-ca, o lago sagrado de ese dios It, o Dios-Término, el dios, también de la frontera entre finas y hombres, a que se refiere el capítulo X de De gentes del otro mundo; ni que, a guisa de la "Varita de los siete nudos", que los Maestros orientales o shamanos dan como talismán a sus discípulos cuando los lanzan a cumplir su misión redentora al mundo , llevaran aquéllos la barra de oro -símbolo también del rayo solar o "lanza"- indicadora de la ciudad o centro iniciático incásico que, como todos los manús "conductores de hombres", estaban encargados de fundar; ni en fin, que se les diese el especial encargo de reducir a aquellas desdichadas gentes atlantes que sobrevivieron a la gran catástrofe, a las sencillas creencias primitivas, sin sacrificios humanos, idolatrías y demás horrores y miserias que dice Garcilaso en el párrafo transcrito. Con ello no se hizo, en efecto, otra cosa que restaurar el culto caldeo, o kaicas mogólico del Sol, de la Luna; en suma, la Religión de la Naturaleza, por otro nombre "Ciencia de los dioses" o Teosofía. Los dos "barrios" famosos, el "alto" y el "bajo", en que, simbólica, al par que efectivamente, hubo de dividirse la ciudad, no fué sino el restablecimiento de los dos cultos del Sol (Hanan, Irán) y de la Luna (Hurin, Turin), prototipo de todas las fuerzas animadoras del Cosmos, bajo la acción suprema de ese Dios Desconocido y sin Nombre, que lo mismo en Gades y en Grecia (San Pablo, Hechos, XVII) que entre los arios y los Incas, tuvo y tendrá eternamente su templo druídico en la majestuosa bóveda de los cielos que cubre y protege a nuestro mísero planeta, Divinidad Abstracta a la que el Inca-cronista que nos guía en este trabajo consagra estos sugestivos párrafos:

"Los reyes Incas y sus Amautas o filósofos rastrearon con lumbre natural al verdadero Dios, al cual llamaron Pachacamac, nombre compuesto de pacha, universo, y de camac, participio de presente del verbo cama, animar, significando, por tanto, "el que anima al universo", o sea el que hace con el universo lo que el alma con el cuerpo. Por eso sólo se reverenciaba al Pachacamac, al Sol y al Rey, pero mientras que al Sol le nombraban a cada paso, no nombraban a Pachacamac ni le hacían templos ni sacrificios, sino que le adoraban mentalmente en su corazón, teniéndole por el Dios Desconocido, tanto que si a mí, que soy indio cristiano católico por la infinita misericordia, me preguntasen cómo se llama Dios en mi lengua, diría que Pachacamac... . Tuviéronle en más veneración que al Sol; no le ofrecieron sacrificios ni le hicieron templos, salvo el famoso y riquísimo del valle de Pachacamac, dedicado a este Dios Desconocido e Invisible. Así, Incas y Amautas (filósofos), imitando a los caldeos, dispusieron que no se adorase sino a este Supremo Señor; al Sol, por el bien que nos hace, y a su hermana la Luna, y a las estrellas, en fin."

"Tuvieron los Incas Amautas la creencia de que el hombre era un compuesto de cuerpo y alma, y que mientras ésta era espíritu inmortal, el cuerpo estaba formado de tierra, y así le llamaban allpacamasca, que quiere decir "tierra animada". Al hombre, pues, para diferenciarle de los brutos, le llamaron runa, o sea "hombre dotado de razón", y a las bestias las denominaron llama. Creían en otra vida, después de la presente, con penas para los malos y descanso para los buenos. Así, dividían el universo en tres mundos: el cielo o hanan pacha, equivalente a "mundo muy alto"; el mundo de la generación y de la corrupción, o hurin pacha, y el mundo inferior, ucu pacha, o sea el centro de la Tierra, el infierno, la casa del demonio o cupaypa huacin  . De manera que, tras esta vida presente, los buenos gozaban todo contento, descanso y regalo, y los malos penas, entermedades y trabajos. Tuvieron asimismo los Incas la resurrección universal, no para gloria ni pena, sino para volver a vivir esta vida temporal. jamás tuvieron sacrificios humanos, ni aun por causa de las enfermedades de sus reyes, pues que a éstas las consideraban como mensajeras del Padre Sol, que por ellas les llamaba a descansar en su seno."

Los fundadores, pues, del vastísimo Imperio inca o del Dios Sol (Sayri-tupac o Sri-tupan), tenían infalsificables características arias, pese a cuanto pueda inferirse en contrario de las palabras de historiadores, como el P. José de Acosta, en su célebre Historia natural y moral de las Indias occidentales, por el eterno afán, ya notado por H. P. B. en el capítulo anterior, de relacionar todas las cosas con la Biblia mosáica, empeño infantil, después de todo, por cuanto en último término, puede probarse que la raza hebrea no es sino un vástago ario, torcido desde sus orígenes por su materialismo característico y, como tal, expulsado de la Ariana hacia Ur de la Caldea, como harto lo indican los nombres de A-braham (el no-brahmán "o el ex-brahmán") Sri, Sarai o Sahara, la "Sara-svati", hindú, etcétera, etc. Tales características son numerosísimas, por lo cual sólo mencionaremos las más salientes.

El semita nace en un Jardín del Edén; "el ario nace siempre en una "cueva sagrada", que harto sagrada es esa humana cueva o matriz, santuario de la generación y de la vida, y por eso las tradiciones más antiguas de los incas, como arios, arrancan de las Siete Cuevas de Pacaret-Tampu, "la Mansión del Amanecer" u Oriente, de donde salen los cuatro (más bien siete) hermanos Ayar, nombre que no puede ser más ario, y descienden al mundo de los mortales, que no otra cosa quiere decir el bajar al Cozco o Cuzco, palabra que, si por un lado proviene de la vasca "tierra", por otro también significa "ombligo", porque mediante el cordón umbilical yace el feto arraigado en la entraña o "tierra" materna durante los nueve meses del embarazo, existencia intra-uterina de la que morimos para nacer en este mundo, como morimos más tarde en la tierra para nacer a otros mundos superiores. Dichos hermanos arios se muestran por vez primera a los hombres "después del Diluvio" o catástrofe atlante en Ti-huacan, literalmente "el reino del dios It"  , y son también llamados, como después sus sucesores, ln-ti-chu-rin, "hijos del Sol", y jefes de los ku-ra-cas o sacerdotes (curus, curas, que diríamos hoy en típico castellano), mientras que a las mujeres ilustres y ya de sangre real se las llamó pallas, con el típico nombre helénico de Pallas,Atenea, equivalente al de Minerva calcídica o iniciática, Diana, Selene, o en suma, Isis o Io.

Los semitas, dado su abyecto culto al sexo, disfrazado con los más frívolos pretextos, jamás conocieron ese culto de Vesta, Hestia o la Madre-Tierra, que de India y Persia pasó a Grecia y Roma. “Tuvieron los Incas -dice el cronista- vírgenes muy hermosas, conforme a las que hubo en Roma en el templo de Vesta, y casi guardaban los mismos estatutos que ellas”, y por eso, igual en México que en el Perú, los más suntuosos edificios eran los de las vestales o conservadoras del Divino Fuego ario, las druidesas o sacerdotisas del más puro, sabio y primitivo de todos los cultos: el culto a Higyeia o la Madre Naturaleza  .

Si no hay, por otra parte, nada más ario que la numeración decimal que los árabes aprendieran de los hindúes, aquí, entre los incas, vemos sabiamente aplicado el principio, no ya en sus célebres contadores o quipos, con los que llevaban su historia, cronología, tradiciones, etc., sino hasta en su sabia organización militar por decurias, 'Como los romanos (Garcilaso), hasta llegar a la centena de millar, 'fue" les sobraba para sus organizaciones militares. ¿Cuándo, en fin, conocieron esas hordas semitas que en la Biblia, y por consejo de su sanguinario Dios, vemos entrando a saco y pasando a cuchillo a todos sus moradores, "hasta el que mea en la pared" (o sean los perros) , una moderación, una bondad, una caballerosidad tan genuinamente arias como las que revelan estos típicos pasajes del pueblo único entre los pueblos de Sud-América, el primitivo Tiahuanaco de la Ciudad del Sol, remoto "abuelo" de la civilización inca, que llegó aún más lejos que éste, pues que cubrió toda la Patagonia y Tierra del Fuego, amén de zonas continentales, sumergidas cuando la catástrofe, y de la que son misteriosos restos las ruinas y estatuas de la frontera Isla de Pascua?            

"El pueblo de Cacyaviri, gobernado por varios caciques, así que supo la llegada del ejército inca, se reunieron en su cerro sagrado dispuestos a resistir. El Inca les envió entonces embajadores, diciéndoles que él no iba a quitarles sus vidas ni haciendas sino a hacerles los beneficios que el Sol le mandaba les hiciese. Viendo al cabo de mucho tiempo y de recados como éste que los incas sitiadores no les acometían, lo atribuyeron a cobardía, y haciéndose más atrevidos. cada día salieron muchas veces del fuerte para provocarles; y fué común fama luego, que un día, los que así salieron, vieron con espanto que se volvían solas contra ellos cuantas armas lanzaban contra los incas, matándolos . Entonces, niños, mujeres, guerreros y curacas fueron a prosternarse ante el Inca. Éste los recibió sentado en una silla, rodeado de su gente de guerra, y habiendo oído a los curacas, mandó que les desatasen las manos y les quitasen del cuello las sogas que ellos mismos, en señal de humildad, se habían puesto, con lo que les dió a entender que les perdonaba la vida y les daba la libertad, a fin de que, dejando sus ídolos, adorasen al Sol, que tal merced les hacía, para que de allí en adelante viviesen en la razón y en la ley natural, disfrutando de sus tierras y vasallos. Deseoso, además, de que llevasen mayor seguridad del perdón y testimonio de la mansedumbre del Inca, éste les mandó a los curacas que, en nombre de todos los callas , le diesen ósculos de paz en la rodilla derecha, para que viesen que, pues les permitía tocar a su persona, era porque ya les tenía por suyos. La cual merced fué inestimable para todos ellos, porque estaba prohibido, como sacrilegio, el tocar al Inca, no siendo de sangre rea1."

Otro caso, aún más hermoso, nos refiere el mismo autor respecto de los pueblos del otro lado de la Cordillera. "Los naturales de Cuchuma -dice-, al saber que se acercaba el Inca, hicieron un fuerte donde se metieron con sus mujeres e hijos. Los incas los cercaron, y. por guardar las órdenes de su rey, no quisieron combatir el fuerte, que era harto flaco, y les ofrecieron paz y amistad, que ellos no quisieron recibir. En tal porfía estuvieron unos y otros más de cincuenta días, en los cuales se ofrecieron muchas ocasiones en que los incas pudieran hacer mucho daño a los contrarios; mas, por guardar su antigua costumbre. dejaron que les apretase el hambre. No pudiendo sufrirla, al fin, los niños, no sólo eran éstos recogidos y alimentados, sino que les daban también para que comiesen sus padres. Todo lo cual visto por los contrarios, y que no recibían socorro, acordaron rendirse sin partido alguno, pareciéndoles que los que habían sido tan clementes cuando ellos eran rebeldes y contrarios, lo serían mucho más cuando les viesen humillados y rendidos, como así fué, porque los incas les dieron de comer y les desengañaron diciéndoles que no procuraban ganar tierras para tiranizadas, sino para hacer el bien a sus moradores, como les mandaba su Padre el Sol". (Ibíd., II, cap. VIII) .

Y así, por mucho que se busque, acaso no se encuentre en toda la historia europea un caso tan gallardo, tan sensato y tolerante, como el que entraña este sucedido, que el inca-cronista nos relata de esta manera:

"Cuando a los de Chayanta les llegó el mensaje del Inca para que se les sometiesen, unos decían que era muy justo que se recibiese al hijo del Sol por señor y se guardasen sus leyes; pues se debía creer que, siendo ordenadas por el Sol, serían justas, suaves y provechosas, todas en favor de los vasallos y ninguna en interés del Inca. Otros opusieron que no tenían necesidad de rey ni de nuevas leyes, que las que tenían eran muy buenas, pues las habían guardado sus antepasados, y que les bastaban sus dioses, sin tomar nueva religión y nuevas costumbres. Se acordó, por tanto, decide a aquél que, entretanto que les enseñaban las leyes, el Inca y su ejército entrasen en la provincia, con palabra que les diese de salirse y dejados libres si les contentaban sus leyes... El Inca aceptó las condiciones y fué recibido con veneración y acato, mas no con fiesta y regocijo, y así estuvieron, entre el temor y la esperanza, hasta que los consejeros ancianos que tenía el Inca, en presencia del príncipe heredero que asistió a la enseñanza, les manifestaron las leyes, así las de su religión como las del gobierno de su república, hasta que las entendiesen; y viendo que todas eran en honra y provecho del país, las aceptaron con grandes fiestas." (Ibíd., II, cap. 20.)

Cosas semejantes, y otras aún más admirables que también nos relata el cronista, prueban que tenemos a la vista, si no un pueblo jina, porque el jina está por encima del sexo, sí un pueblo vercladeramente protegido en su infancia post-atlante por jinas -efectivos que transparentan sus protecciones a la manera de los "todas" con los "badagas" de la India, que vimos en el anterior capitulo. lJn pueblo verdaderamente humano, en suma, que al practicar así el bien, no podía menos de recibir, como reciben siempre los buenos, la augusta protección de esos seres hiperfísicos o de "cuarta dimensión" que nos guían solícitos, y entre los cuales más de una vez están nuestros muertos queridos. De ello hay además una referencia hermosísima relativa, ya que no a los incas, a los mexicanos. cuyas doctrinas, como derivadas del mismo origen, establecían semejante lazo entre los hombres buenos y sus jinas protectores.  

De aquí las virtudes de aquel pueblo, de las que daremos esta sola prueba:

En el capítulo XLI de la obra de Garcilaso, bajo el título de Niegan los indios haber cometido delito alguno inca de la sangre real, se nos dice:

"No se halla, o ellos lo niegan, que hayan castigado a ninguno de los Incas, porque nunca, decían los- indios, hicieron delito alguno que mereciese castigo público ni ejemplar, porque la doctrina de sus padres, el ejemplo de sus mayores y la voz común de que eran hijos del Sol, nacidos para enseñar y hacer bien a los demás, los tenían tan refrenados y ajustados, que más eran dechado de la república que escándalo de ella. Cierto que les faltaban las ocasiones que suelen ser causas del delinquir, como pasión de mujeres, codicia de hacienda o deseo de venganza... , pero también se puede afirmar que nunca se vió indio castigado por haber ofendido en su persona, honra o hacienda a ningún inca, porque no se halló tal duda de que los tenían por dioses, como tampoco se halló haber sido castigado inca alguno por delitos. No quieren ni que se piense siquiera que ningún indio haya hecho jamás ofensa a los Incas, ni los Incas a ellos, antes se escandalizan de que se lo pregunten los españoles; y de aquí ha nacido entre los historiadores el error de decir que tenían hecha una ley de que no muriese inca alguno por ningún crimen, porque fuera de gran escándalo para los indios una tal ley que dijeran les daban licencia para que realizasen cuantos males quisieran y que hacían una ley para sí y otra para los otros." Antes bien, a semejante ser lo degradaran y relajaran de la sangre real y lo castigaran con más severidad y rigor, porque siendo inca, se habría hecho anca, que es tirano, traidor y fementido... El preciarse el inca de ser hijo del Sol era lo que más les obligaba a ser buenos, por aventajarse a los demás, así en la bondad como en la sangre, para que creyesen los indios que lo uno y lo otro les venía de herencia, y así lo creyeron con tanta certidumbre, según la opinión de ellos, que cuando 'algún español hablaba loando alguna cosa de las que los reyes o algún pariente de ellos hubiese hecho, respondían los indios: "No te espantes, pues que eran Incas"; y si, por el contrario, vituperaban alguna cosa mal hecha decían: "No creas que inca alguno hizo tal, y si lo hizo, no era inca, sino algún bastardo echadizo, como dijeron de Atahualpa, por la traición que hizo a su hermano Huáscar."

Pero donde más se marca el carácter del pueblo inca es en su célebre Templo del Sol del Cuzco, templo que es fama estaba todo recubierto de gruesas plancha1¡ de oro y plata (los metales del Sol y de la Luna), que, excitando desde el primer instante las codicias de los conquistadores, fué causa de su rápida destrucción.

Si el pueblo inca, en efecto, fuese semita, como se ha pretendido por todos los cronistas, con el P. Acosta a la cabeza, las características de su templo serían más o menos las del célebre templo de Jerusalén. Mas, lejos de ser así, todos sus rasgos son más primitivos y más relacionados con los de la remota antigüedad egipcia y asiática, y por ello aquellos siete templos del Sol y de los planetas que se alzaron en la Heliópolis o incásica "Ciudad del Sol" del Alto Nilo, como en la Baalbek del Líbano, etc., estaban, por decirlo así, agrupados en un solo edificio, aunque en cámaras diferentes. según el propio Garcilaso nos indica. Había, pues, amén de la "Cámara del Sol" (Inti), cuyas paredes, forradas de oro, mostraban en caracteres iniciáticos la verdadera situación de la galería en 'la qué yacían sepultados los tesoros jinas del Imperio, otra "Cámara de la Luna" (Quilla), revestida de alto abajo de planchas de plata; otra "Cámara o logia del Planeta Venus" (Chasda), y una cuarta "Cámara de las Pléyades o Cabrillas (Coyllur), y una quinta cámara, verdadero Sancta-Sanctorum" (Huata) de aquella caldea y aria iniciación. Las otras dos "Cámaras del Rayo y del Arco-Iris" (Illapa), completaban aquel verdadero septenario de templos astronómicos, consagrados todos a la Teosofía, o sea a la primitiva y única Religión de la Naturaleza (Garcilaso, ob. cit., I. 2, capítulos XXVI y XXVII.) Por supuesto que con ello los incas, inspirados por sus jinas protectores, no hicieron sino establecer práctica e iniciática veneración hacia esos cuatro soles de la doctrina cosmogónica primitiva del atlante Asuramaya, el primero de los astrónomos: el Sol físico y visible, el Sol ecuatorial, el Sol polar y el Sol central o Logos Demiúrgico, todos invisibles, pero cuyos respectivos "cuerpos" o tatuas, que dice la lengua sánscrita, eran: el sistema planetario; el grupo de soles vecinos que, como Sirio, alpha del Centauro, la 61 del Cisne, etc., vienen a constituir, valga la frase, la familia del Sol nuestro;- la Galaxia entera o gran conjunto de los cien millones de soles que integran en la nebulosa de la Vía Láctea, en cuyo seno vivimos, y cuyo centro, según Madler, es precisamente las Pléyades, y, en fin, el conjunto todo de esas lejanas nebulosas, de las que forma parte, como una de tantas, esta Vía Láctea, las dos nebulosas o Nubes de Magallanes, tan semejantes a esta última, las de Orión, los Lebreles, la Lira y mil otras que, demarcando el más gigantesco de los anillos o "serpientes" del Cosmos, contornean en círculo máximo nuestro cielo, cortando aparentemente la Vía Láctea hacia las constelaciones de Casiopea y del Sagitario .

Para mayor prueba de semejante iniciación caldaica, tenemos, entre otros, detalles como los que, sin comprenderlos, o acaso comprendiéndolos demasiado, nos da en su obra citada aquel Rabindranath-Tagore del pueblo conquistado, Garcilaso el poeta, hablándonos del Acatanta o egipcio "escarabajo sagrado", es decir, del Espíritu Planetario (Kabir o Viracocha) que mueve por los ámbitos del sistema planetario, a esa pelota de cieno que llamamos la Tierra, diciéndonos que, según los Incas, el alma, durante el sueño, no dormía, sino que viajaba por los espacios (el mundo astral de los orientales), y hablándonos finalmente de las cuatro clases de lenguajes usados en el imperio, a saber: a), el de las comarcas conquistadas, que cuidaban muy bien de respetar aunque haciendo obligatorio el quiehúa o lengua oficial del Imperio; b), esta misma lengua inca u oficial; e), "un lenguaje iniciático hablado sólo entre los de sangre inca o real", y d), el lenguaje de los números, empleado también en sus quipos, y que no era otro que el lenguaje sagrado o calcídico llamado zenzar o "idioma numérico", que es clave de todos los demás que han hablado los hombres desde que el mundo es mundo, y que se transparenta cabalísticamente hasta en las palabras hebreas fundamentales de Elohim, Jehovah, Adán, Caín, Enoch, Abraham, Sara, etc., que juegan en el texto bíblico, como nos enseña H. P. B. en sus magistrales obras.

¿Qué le faltó, pues, a aquel gran pueblo, para poder ser colocado sin desdoro en la Historia de la Humanidad al lado de otros colosos como el asirio, el babilónico, el persa, etc.? Nada, absolutamente nada. Verdaderos y leales hasta el heroísmo, ellos no manchaban con vanos juramentos el nombre de Pachacamac, su divinidad más excelsa; ellos, según los cronistas, con sus sabios repartos temporales de

tierras, que acaso resolverían hoy nuestra pavorosa cuestión social, "nunca tuvieron pobres", según dicen los mismos cronistas; ellos hicieron casi todas sus conquistas más con el ejemplo de su persuasión que con las armas, como llevamos visto; ellos dictaron a aquellos pueblos inferiores leyes sapientísimas, como no las hay hoy, y las hicieron cumplir con ese suave, pero inflexible, rigor con que hoy las cumple la sabia Inglaterra, maestra de las libertades constitucionales; ellos hicieron práctica, rápida y gratuita la justicia, no un espantajo lamentable, como lo es hoy en más de un pueblo; ellos, con sus "Torres de posición" del Cuzco, y otros artefactos, en la actualidad perdidos, hicieron Astronomía y predijeron los eclipses; ellos tuvieron la más completa farmacopea con sus yerbas; ellos tuvieron de su país planos en relieve tan buenos como los mejores nuestros, y heredaron sus sacerdotes de esotros cíclopes del viejo pueblo solar de Tiahuanaco secretos como los de mover las enormes moles que aún se admiran en sus ruinas, moles tamañas como pequeñas casas , porque dominaban cuantas ciencias derivan de la Geometría, como lo prueban sus caminos, sus canalizaciones para riegos, sus postas, sus telégrafos de señales, y tantas otras que perecieron con ellos. Todo esto sin contar infinitos elementos más de cultura, como "sus flautas en cuarteto", las poesías de sus haravicus y actores, las ciencias filosóficas de sus amautas; y, ¡lo que vale más que todo, como símbolo de grandeza de un pueblo!, no hacían estima particular del oro ni de las piedras preciosas, porque, satisfechas todas sus dulces necesidades, no sentían esos absurdos pujos de vanidad, codicia y egoísmo que, tras el oro, mal disfrazamos nosotros, pudiendo decir con los nibelungos del poema musical de Wágner El oro del Rhin, que ¡sólo les servía para juguetes!, según la frase de Mimo al perverso Alberico, quien, como nosotros, hizo del oro instrumento de magia negra para oprimir a sus hermanos infelices...

Gracias a todo esto, ya un tanto decaído, quizá, en víspera de la conquista española, pudo estampar en sus Comentarios Reales el inca Garcilaso estas palabras definitivas acerca de aquel gran pueblo del que fuese él mismo un último y degenerado vástago: "Extremándose así los Incas, tanto en la enseñanza de la filosofía moral como en la guarda de sus leyes y costumbres, llegaron a desvelarse hasta un grado tal en ello, que ningún encarecimiento podría puntualizado, ya que, además, la experiencia continuada de ellos les hada pasar siempre adelante, perfeccionándolo de día en día, y de bien en mejor", e "hicieron así tan grandes cosas, añade Pedro Cieza de León en su Crónica (capítulo 38), que pocos o ninguno en el mundo llegaron a aventajarles en buen gobierno", siendo gran maravilla, dice por su parte el P. Acosta, el que hubiese tanto orden y razón entre aquellas gentes, que en fábulas dulces y compendiosas, supieron encerrar todas sus leyes y tradiciones, como vamos a ver.

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