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CAPÍTULO XIV. ELÍAS EL "JINA"

La misión profética de Ellas. - Los Helias, Helios, Eliu o Elías de las teogonías antiguas. - Sus resurrecciones de muertos. - Juicios de Dios y Fuegos Encantados. - El Maestro es arrebatado en "carro de fuego" al mundo de los jinas. - Eliseo pasa en seco el Jordán, como tantos otros "dioses". - Simeón Ben Iocai y su Zohar o Libro del Esplendor. - Más prodigios de Elías y de Eliseo. - El mundo de los "protectores invisibles" hebreo. - El Libro de Tobias. - El famoso "pez" de las aguas del Tigris, o sea la leyenda hebrea de Dagón. - Recuerdos de Las mil y una noches. - El Génesis es ley jina o superhumana, y el Deuteronomio ley humana o segunda ley. - El Libro de Job y sus enseñanzas jinas. - El eterno tema jina de "La justificación". - La leyenda europea de Helias, Elías, "El Caballero del Cisne" o "Lohengrin"."El Santo Grial" es el mundo de los jinas, eternos protectores de la humanidad.

Después de habernos ocupado tan extensamente de la transfiguración del patriarca Enoch y de su maravilloso libro, continuemos nuestra investigación acerca de otros excelsos personajes bíblicos que se nos muestran también transfigurados al modo jina, y muy especialmente el sublime profeta Elías el Thesbita, cuya historia se halla incidentalmente referida en el Libro III de los Reyes.

El profeta Elías aparece en el capítulo XVII del Libro Primero y Segundo de Samuel, es decir, del gran Adepto hebreo, que fué el nexo entre el régimen primitivo de los Jueces y el degenerado de los Reyes , como "uno de los moradores de Galaad", o sea "de la altura física y moral, adonde no llegan las ciegas pasiones de los hombres". Por eso los comentaristas, como Scío, dicen de él que la misión profética de Elías y el primer acto de su elevado ministerio cerca del impío Achab, rey de Israel, tiene un carácter muy extraño. La misma Escritura nos le presenta en escena de repente cual otro Melchisedech -o sacerdote cainita de los melchas o bárbaros occidentales, al tenor de la frase oriental-. En efecto: nada se nos dice acerca de su familia ni de su tribu, ni menos de dónde venía al presentarse al rey, ni cómo se le desarrolló su vocación profética o fué llamado a ella, sino que el Señor le saca repentinamente de la obscuridad, haciéndole ir a la corte de un rey impío, para anunciarle los juicios e iras de aquél y el terrible azote kármico con el que va a castigar a su pueblo. Elías, por su parte -añade el comentarista-, no declara la causa de esto al rey, ni le da en rostro con delito alguno, dejándole en duda hasta sobre la duración de aquel castigo, que no había de cesar sino al mágico conjuro de su palabra excelsa. Luego, el Maestro de Israel desaparece durante tres años y medio, cuando pueblo y rey habían ya tenido tiempo suficiente de experimentar los tristes efectos de la plaga anunciada por aquél. El mismo nombre de este Profeta de profetas, primero de la serie de los terribles conminadores del pueblo de la "dura cerviz", tan semejante en todo a nuestros cultos pueblos occidentales, trasciende a "fortaleza", a "soberanía", al tenor de su etimología hebrea, o más bien universal, de "Helios", el Sol .

Luego de conminar EIías al rey con la amenaza de que durante dichos tres años y medio no llovería sobre la tierra, recibe la orden de retirarse "hacia Oriente" y de ocultarse a las miradas profanas en el torrente de Carith, junto a aquella Samaria tan célebre por su primitivo culto caldeo o astrológico de "las alturas", que tantos odios despertaba siempre entre los groseros y sanguinarios adoradores del implacable ]ehovah. Allí, en aquellas vecindades del divino ]ordán, es fama, según la Escritura, que unos cuervos le traían alimento por la mañana y por la tarde, y que el Maestro bebía las cristalinas linfas del arroyuelo, hasta que la sequía general agotó sus aguas, obligándole a pasar a Sarephta o Sarphta, de los sidonios -¿el país de las serpientes?-, donde una pobre viuda, por inspiración divina, le dió albergue en su casa, después de asombrarse de los prodigios que a la llegada del profeta le acaeciesen, tales como el de la multiplicación de la harina y el aceite de un modo semejante a los milagros evangélicos. El mayor de estos milagros fué el de la resurrección de "el hijo de la viuda", por un procedimiento descrito muy al por menor en el capítulo XVII, y que recuerda a los procedimientos orientales de resurrección de muertos, a los que alude el coronel Olcott al ocuparse de estas cuestiones en su Historia auténtica de la Sociedad Teosófica, procedimientos de los que ya hemos hablado en "Páginas ocultistas", capítulo XI .

Años más tarde, el Maestro sale al encuentro de Abdías, emisario del rey, para ver de procurar agua y yerba fresca para sus caballos, porque la sequía y el hambre seguían haciendo estragos en Samaria. Abdías queda aterrado, a pesar de que ya conocía y amaba a los profetas de Dios, puesto que él mismo, cuando las terribles persecuciones decretadas contra aquéllos por la reina Jetzabel, había ocultado a un centenar de ellos en cuevas iniciáticas, alimentándolos. Avisado Achab por Abdías, sale al encuentro del profeta, quien le conmina para que convoque en el monte Carmelo a cuantos "falsos profetas de Baal y de los bosques sagrados se sentaban en la mesa de Jetzabel", y allí, ante todo el pueblo, se haga juicio de Dios entre sus falsos sacrificios y los santos holocaustos de los siervos del Señor. En efecto, cada partido hace su montón de leña seca, coloca sobre ella los despojos de las víctimas y evoca al Fuego Celeste para que, en señal de aprobación, baje y los consuma. Los falsos profetas de la corte y de los bosques. recurren, en vano, a todas sus negras artes, sin lograr encender la pira , mientras que Elías, después de haber mojado la leña y el suelo todo, y de haber evocado al Señor, hace descender un divino Fuego que lo consume todo, hasta las propias piedras del ara del sacrificio, con un espanto igual al que más adelante se ve en la Biblia al tratar de la scenopegia de los Macabeos . No hay que añadir que allí mismo fueron muertos los cuatrocientos cincuenta falsos profetas (450 es número rosa-cruz).

La reina Jetzabel, temiendo que el Santo Elías le conminase por sus crímenes, decreta la prisión y la muerte de éste; pero el Señor, que eternamente le protege, revelándosele en sueños, le conduce desde el desierto vecino hasta la CUEVA del monte Horeb, célebre antes por haber servido de REFUGIO a Moisés, al recabar para su pueblo las Tablas de la Ley. Luego le ordena que vuelva hacia Damasco, donde unge por reyes a Hazael y a Jehú, y por su profeta, sucesor o discípulo, al joven Eliseo, quien, despidiéndose de los suyos, le sigue sin vacilar. También, en otra ocasión, muerto ya Achab, su sucesor Ochozías, viéndose aquejado de cruel enfermedad envió mensajeros a los sacerdotes de Baal para consultarles sobre ella en Ascalón. Noticioso el profeta de ello, e indignado porque así se olvide el rey de los verdaderos profetas de su reino, le declara que su enfermedad le será fatal, y entonces el rey manda prenderle; pero los cien hombres, destacados dos veces contra el profeta, fueron instantáneamente muertos por el fuego del cielo.

Por último, llegados Maestro y discípulo de Gólgota a Bethel y a Jericó, retiro de muchos otros profetas del Señor, aquél invitó a éste a que se quedase allí, pues que ya presentía que Dios iba a disponer de él, dando por terminada su misión cerca de los hombres. El fiel discípulo Eliseo se niega a abandonarle en el trance supremo, y entonces, llegando Elías y Eliseo, el Maestro dobló su manto, golpeó con él las aguas del río jordán y las aguas se dividieron a uno y otro lado, dejándoles, como antaño a los israelitas fugitivos de Egipto, un paso en seco, por el que cruzaron entrambos, como en el Puente del Arco Iris, por donde, en El Oro del Rhin, pasan los dioses a la Walhalla; y cuando hubieron pasado, dijo Elías a Elíseo, lleno de paternal ternura: "Antes de que yo sea apartado para siempre de tu lado, pídeme lo que quieras que te conceda:' Y Elíseo, lleno de fervor santo, respondióle: "Pido que sea duplicado en mí tu espíritu:' "Difícil cosa es, en verdad, la que has pedido -replicóle el Maestro-; no obstante esto, te digo que, según que tengas o no la dicha de verme al ser arrebatado de tu lado, así tendrás o dejarás de tener lo que has pedido..."

Luego el texto bíblico nos narra con vivos colores (Libro IV de los Reyes, cap. II, v. 11) la escena del tránsito de Elías al mundo superior, y las nuevas señales que acreditan la sucesión de él en su discípulo Elíseo, en estos términos:

"Mientras que Maestro y discípulo caminaban juntos y conversaban, he aquí que entre ambos se interpuso fúlgido carro de fuego, y así Elías, arrebatado por el ígneo torbellino, ascendió hasta los cielos. Y Eliseo le veía y gritaba: «¡Padre mío, padre mío!. .. ¡Carro de Israel y conductor suyo! . . . .» y ya no le vió más, por lo que, lleno de dolor, rasgó sus vestiduras. Alzó, pues, Elíseo el manto que había dejado caer Elías, y, volviéndose, se paró en la ribera del Jordán; con él hirió las aguas, como antes había hecho el Maestro; pero las aguas no se dividieron. Entonces, invocándole, viólas separarse dejándole el paso franco. Observado esto por los hijos de los profetas, que estaban al otro lado, hacia Jericó, exclamaron: «El espíritu de Elías cobija ahora a Eliseo»; por lo que, postrándose de hinojos, le veneraron, diciéndole: «He aquí cincuenta hombres fuertes que pueden ir en busca de tu amo, no sea que le haya arrebatado el Espíritu del Señor, echándole en algún valle o monte»; a lo que Eliseo respondió: «No; no lo enviéis». Ellos, porfiando, le hicieron condescender y enviaron los cincuenta hombres; le buscaron inútilmente durante tres días, sin hallarle . .. Luego de obrar varios prodigios pasó al monte Carmelo, y desde allí se volvió a Samaria".

Llegados aquí, recordemos por vía de digresión a otro personaje rabínico, también arrebatado al mundo jina en medio de mágico fuego, o sea a Simeón Ben-Iochai, el compilador del Zohar, la más admirable de todas las obras cabalísticas, años antes de la era cristiana, según unos, y después de la destrucción del templo de Jerusalén, según otros; obra que, su hijo el rabino Eleazar, y Alba, secretario de éste, hubieron de completar, según nos enseña Isis sin Velo.

Como era cosa sabida entre su pueblo que Simeón estaba en posesión no sólo de la Cábala, sino de la Mercaba, que le aseguraba la posesión de la "Palabra Sagrada", su misma vida corrió peligro, y por ello vióse obligado el anciano a huir al desierto, en donde por espacio de doce años habitó en una CUEVA rodeado de fieles discípulos, muriendo finalmente en medio de todo género de portentos  . Muchas son, en efecto, las maravillas que se recuerda tuvieron lugar a su muerte, o mejor dicho a su tránsito, puesto que él no murió como los demás hombres, sino que desapareció súbitamente en medio de una deslumbradora luz que llenó de gloria todo el ámbito de la caverna, y que le arrebató a un mundo mejor, mientras que su cuerpo quedó inerte. Cuando luego esta luz se vió reemplazada por la obscuridad de aquel antro, dice Ginsburg, "es cuando pudieron darse cuenta los discípulos de que aquella brillante lámpara de Israel se acababa de extinguir". Sus biógrafos añaden que durante su entierro se oyeron conciertos de voces procedentes de los cielos, y cuando su cuerpo fué descendido a la profunda fosa para él abierta, salió de ella una llama, mientras que una potentísima y augusta voz hizo resonar en el aire estas palabras: "¡Este es quien hará temblar a la tierra y conmoverse a los reinos!".

Volvamos a Eliseo, otro de los personajes solares judíos.

                Uno de los dichos prodigios con los que Eliseo acreditó su nueva misión "bajo el doble espíritu de su maestro Elías", fué el hacer dulces y potables las aguas de Jericó, que eran salobres e impotables desde que Josué había pronunciado contra la ciudad un terrible anatema, que de este modo vino a levantar el santo.

Las hazañas proféticas o jinas de Eliseo no les van en zaga a las de su Maestro; así, cuando aterrados los reyes de Israel, Judá y Edom, fueron a consultarle, el profeta llamó a un hábil tañedor de arpa, que con las dulzuras de su instrumento aquietase los alborotados ánimos de los regios consultantes, y facilitase con sus mantrams musicales la revelación del profeta (IV, Reyes, nI) . En otra ocasión multiplica enormemente la mísera porción de aceite de una viuda amenazada de cárcel por sus acreedores. En otras transforma una planta venenosa en alimenticia, para dar de comer con ella a sus adeptos; multiplica, como luego Jesús, los panes de una ofrenda; libra al general Naaman de los horrores de la lepra, con sólo hacerle bañar en el Jordán siete veces; profetiza la muerte del rey Benadad, después de haber anunciado también la milagrosa salvación del pueblo reducido a los " horrores del hambre, hasta el punto de que las madres se comían a sus hijos, etc., etc.

Pero lo que más choca en esta interesante biografía que salpica aquí y allí a todo el Libro IV de los Reyes, es el pasaje referido en el capítulo VI, cuando los sirios, indignados contra el profeta, trataron de matarle porque les adivinaba a distancia todos sus pensamientos y maniobras contra Israel. El relato en cuestión es el siguiente: "Y dijo el rey de Siria a los suyos: cid en busca de Eliseo y prendédmele». A lo que ellos respondieron: «Mira que se halla en Dothan»  . Envió, pues, el rey allá caballos y carros con todas las fuerzas de su ejército, que, llegando de noche, cercaron la ciudad. Y levantándose al amanecer el criado de aquel varón de Dios, salió afuera, y como viese todo aquel gran ejército con sus carros y caballos, dióle aviso de ello diciendo: «¡Ay, ay, ay, señor! ¿Qué haremos?». Mas él respondió: «Nada temas, porque son muchos más con nosotros que con ellos». Y habiendo hecho oración Eliseo, dijo: «¡Señor, abre los ojos de éste para que vea!». Y abrió el Señor los ojos del criado y vió; y he aquí el monte entero lleno de caballos y de carros de fuego alrededor de Eliseo. Mas los enemigos descendieron a él, y Eliseo hizo oración al Señor, diciendo: «Hiere, te ruego, de ceguedad a esta gente". E hiriólos el Señor para que no viesen, según la palabra de Eliseo. Entonces Eliseo les dijo: «No es éste el camino, ni ésta es la ciudad. Seguidme todos, y os mostraré al varón que buscáis»; con lo que los llevó a Samaria. y luego que hubieron entrado en Samaria, dijo Eliseo: «Señor, abre los ojos de éstos, para que vean». Y abrióles el Señor los ojos, y vieron que se encontraban en medio de Samaria. y el rey de Israel, cuando los vió, dijo a Eliseo: «¿Los heriré, Padre mío?». Y él respondió: «No los hieras, porque no los has hecho prisioneros con tu espada ni con tu arco; antes, pon delante de ellos pan y agua para que coman y beban y se vuelvan a su señor". Y pusiéronles de comer en gran abundancia, y comieron y bebieron, y dejóles ir y se marcharon a su señor, y los ladrones de Siria no vinieron más a la tierras de Israel".

En justicia, ningún cristiano ni judío puede dudar acerca de "las protecciones invisibles" de que se habla en la literatura teosófica, desde el momento en que admite, y tiene por canónicos, libros como el de Tobías; que es todo un poema del más puro sabor arcaico acerca de estas protecciones invisibles o jinas.

Seguros estamos por esto de que el lector no nos tomará a mal que le recordemos lo más saliente de tan hermoso libro:

"Tobías -dice Scío en el preámbulo del mismo-, aunque viviendo entre cismáticos e idólatras, estuvo siempre unido de corazón con sus hermanos del reino de Judá... Aunque justo, se vió envuelto en la desgracia y fué llevado cautivo a Nínive, con su mujer y su hijo único, por Salmanasar, el rey asirio..., quien le colmó de honores y de bienes; pero Tobías empleaba constantemente éstos en alivio de sus hermanos cautivos... Sennacherib, el sucesor de Salmanasar, le despojó de todo, y el Señor, además, para probarle cual a Job, le hirióde cruel ceguera... La historia de Tobías ofrece utilísimas reflexiones para inflamar a los hombres en el amor a la virtud, por su piedad hacia sus hermanos espirituales y su conformidad resignada en las adversidades...”.

En efecto, el texto bíblico nos cuenta que" al mismo tiempo que acaecían todas estas desgracias a Tobías, le sobrevenían también a su pariente Raquel, que habitaba en Rages, ciudad de los medos, otra semejante con su hija Sara, a la que un demonio llamado Asmodeo   le había ido matando sucesivamente en la noche de bodas a siete maridos, por lo que esta pobre familia yacía sumida asimismo en la desolación.

Tobías, pues, deseando ya morir, quiso enviar antes a su hijo a la dicha ciudad de Rages a cobrarle ciertos dineros que había prestado a uno de sus moradores. Púsose el joven Tobías inmediatamente en camino, y a poco se le incorporó, ofreciéndose a acompañarle, un gallardo mancebo, que no era sino el propio arcángel Rafael, uno de los Siete Espíritus de Presencia ante el trono del Señor, sin revelar, por supuesto, su verdadera naturaleza angélica.

Llegados ambos viajeros al Tigris, he aquí que asaltó a Tobías un enorme pez, pronto a devorarle. El arcángel, tranquilizando al joven en sus naturales terrores a la vista de aquel monstruo, le dijo que se lanzase valientemente contra él, y cogiéndole por las agallas le destripase para arrancarle el corazón, el hígado y la hiel, que en manos de Tobías habían de constituir salvador as medicinas  . Con la carne, convenientemente salada, tuvieron, además, para el resto del camino. "Si pusieres sobre las brasas -le dice el arcángel- un pedazo del corazón y del hígado del pez, verás que su humo ahuyenta todo género de demonios; la hiel puede servirte para ungir los ojos de tu padre, quitándole las cataratas de ellos. . . Prepárate, pues, para cuando lleguemos a la ciudad donde mora Raquel, pariente tuyo, que tiene una sola hija llamada Sara, a quien conviene tomes por mujer, después de haber ahuyentado de ella, con aquellas medicinas y con la oración, los demonios que le llevan muertos ya a sus siete maridos".

Llegados a Rages entrambos, todo sucedió como el arcángel había dicho. Raquel los recibió con grandísimo contento; los colmó de obsequios, y, recibida la pretensión del joven, le opuso la gran desgracia que aquejaba a su hija: pero el arcángel tranquilizóle diciendo: "No temas el darle tu hija a éste, porque a él, que teme a Dios, es a quien le es debida tu hija por mujer, y por esta razón no ha podido tenerla otro".

Acabado el banquete e introducidos los consortes en la cámara nupcial, quemó Tobías las entrañas del pez, como aquél le había dicho, y con su esposa se puso en oración, al par que el arcángel apresaba al demonio obsesor, llevándosele a Tebaida para que no dañase más a nadie. Grande fué la sorpresa de los padres cuando, preparada hasta la sepultura del nuevo marido, como los otros siete, los vieron salir sanos y salvos al siguiente día.

Finalmente, tras los festejos de boda y. el cobro de los dineros prestados, regresaron los dos esposos y el arcángel al lado del viejo Tobías, a quien curaron las cataratas untándole con la hiel en los ojos, bendiciendo todos a Dios, que les había deparado tamaña felicidad, tras de probarle, como a Job, con tal cúmulo de adversidades. El arcángel, revelándose en toda su celeste naturaleza, se despidió de ellos, dejándoles asombrados, no sólo por los dones de él recibidos, sino de que un ser de tan elevada naturaleza hubiese comido y bebido aparentemente con ellos, "cuando -dice el texto- los ángeles usan de un manjar invisible y de una bebida -el Soma- que tampoco puede ser vista de los hombres...".

Hasta aquí el lindísimo relato bíblico-babilónico.

                No obstante la indiscutible belleza de este arcadiano, feliz y antiguo Libro de Tobías, dechado de las costumbres patriarcales de aquellos tiempos de ensueño jina en que los ángeles convivían con los hombres  , el lector conspicuo que recuerde la sublimidad de los cuentos de Las mil y una noches, no podrá menos de reconocer la inmensa superioridad que llevan éstos a aquél, como si estuviesen ellos más cerca de la verdad primitiva.

En dichas leyendas orientales, en efecto, cual en la incomparable Historia de Camaralzamán y la princesa de Bagdad y en otras muchas, no hay necesidad para la trama del drama de que un buen hombre tenga que cobrar unos dineros en lejano pueblo de las montañas de Ecbatana -dinero, sexo y semitismo han sido siempre la misma cosa-; ni de describir al por menor intimidades nupciales; ni de matar sucesivamente a siete maridos; ni de hablar de la procreación como supremo fin del matrimonio, olvidando el tan importante o más del mutuo auxilio entre los cónyuges; ni de hablar de soldadas, recelos, etc., sino que el prólogo mismo del amoroso drama idealista del eterno príncipe con la eterna princesa tiene lugar en el excelso mundo del ensueño o mundo jina, de la manera que refiere el sugestivo "cuento", o sea mediante hadas y genios invisibles que les hacen enamorarse uno de otro en sueños del modo más dulce y más puro...

Siguiendo nuestro tema de la diferencia esencial entre los hombres de aquí abajo y sus "protectores" los jinas, diremos que casi no hay un rincón en el Antiguo Testamento en el que a ellos no se aluda.

Tal sucede con el pasaje en que "los hijos de Dios", es decir, de los Elohim o de los finas, conocen a las hijas de los hombres, determinándose la terrible catástrofe atlante o del Diluvio (Génesis, VI 1). Entonces acaba el imperio de la Primera Ley, o sea la Ley Natural y Paradisíaca ("Sabiduría de los dioses" o Teosofía) , y viene el Deuteronomio o Ley Segunda y más interior, la terrible e imperfecta ley escrita, tormento de los grandes hombres, por las limitaciones de ella, y férrea tutela de los pequeños. Esta opinión es más lógica que la que entrañan las palabras de Scío de San Miguel en su introducción al Deuteronomio, cuando dice: "El libro quinto y último del Pentateuco se llama entre los hebreos el libro de Estas san las palabras, pues que es la frase con la que el texto original da principio. Los griegos y latinos le llaman Deuteronomio, que quiere decir "segunda Ley", no porque sean nuevas las cosas que Moisés ordena aquí a su pueblo, sino porque habiendo faltado ya todos aquellos que habían sido alistados para las armas y que habían oído la ley dada en el monte Sinaí, se había formado un segundo pueblo con sus hijos, a quien Moisés tuvo que intimar de nuevo la ley. En esta segunda promulgación hace Dios una nueva alianza con Israel  , y Moisés, cercano ya el término de su vida, les reitera y encarece aquellos mismos avisos que les deja como expresión de su última voluntad. Al efecto, para que se mantuviera siempre en pie la memoria y observancia de los divinos mandamientos, encarga a los reyes (XVII, 18) que tan luego como entren en posesión de la corona se hagan escribir el Deuteronomio; también ordena (XXVII, 2) que éste sea grabado en piedras, y, por último, que se lea al pueblo todos los años sabáticos.

Moisés, congregando a todo Israel en las llanuras de Moab, le pone a la vista los prodigios que el Señor había obrado en su favor desde que en el monte Sinaí había sido establecida la primera alianza, y repite la ley con nuevas ilustraciones, pronunciando terribles amenazas contra sus transgresores y prometiendo toda suerte de felicidades a quienes la guarden fielmente. En un cántico que profiere antes de morir, pinta con los más vivos colores las misericordias que había usado Dios con su pueblo, y la infidelidad de éste con él, vaticina su ulterior ingratitud y el rigor de sus castigos consiguientes. Por último, le garantiza su misericordia así que, arrepentido, se convierta a él...; da la bendición a las doce tribus; sube al monte Nebo, desde donde contempla la tierra prometida, y muere, o se hace jina.

Esta "tierra prometida", si bien en la realidad histórica puede ser la de Canaán, en la simbólica y más excelsa, dentro de la múltiple significación de todo, libro iniciático, no es sino la de los Campos Elíseos (de Helios, del Solo de Elías) o "Mundo de los jinas", "la tierra que mana leche y miel", según la repetidísima expresión bíblica.

Pero para retornar a esta "Tierra feliz" de los cantos también de los bardos nórdicos o druidas, de la cual en un tiempo hemos caído, hay necesidad de sufrir cuantas amarguras y dolores supone su excelsa reconquista, y este drama terrible de la fe, el amor y la paciencia del héroe humano, que, según la frase evangélica, "reconquista los cielos por la violencia", está consignado desde la antigüedad más remota en este libro caldeo gemelo del de Enoch que lleva por nombre Libro de Job, el paciente sublime  .

El Libro de Job, nos dice la Maestra, es una representación completa de la iniciación antigua y de los pueblos que precedían a la magna ceremonia. El neófito en él se ve despojado de todo, hasta de sus hijos, y afligido por una enfermedad impura. Su esposa le angustia burlándosele de la confianza que él pone en un Dios que así le trata, y sus tres amigos, Eliphaz, Bildad y Zophaz, le atormentan juzgándole un impío seguramente merecedor de tal castigo... Job, entonces, clama por un Campeón, un Libertador, "porque él sabe que éste es eterno y va a redimirle de la esclavitud de la tierra, restaurando su piel", o sea su cuerpo, con lo cual Job no se refiere, como pretenden los astutos comentaristas cristianos, a ningún Mesías, sino a su propio espíritu inmortal y eterno, que, con la muerte, le ha de libertad de su corruptible cuerpo terreno para revestirle de una nueva envoltura espiritual. En los Misterios de Eleusis, como en el Libro de los Muertos egipcio, y en tOdas cuantas obras tratan de iniciación, este "eterno ser" tiene un nombre: el Nous y el Angoeide o Huevo de Oro, entre los neoplatónicos; el Aggra, entre los buddhistas; el Feruer, entre los parsis; el luminoso Atman de los hindúes, etc. Todos estos "Libertadores", "Campeones", "Metatronos", no son sino el efectivo libertador de nuestra alma, o sea el Espíritu inmortal nuestro, representado entre los parsis, según Kerz Porter (Persia, tomo I, láminas 17 y 41), por una figura alada que se cierne en el aire sobre el cuerpo del difunto. De semejante redentor que impide que nuestra alma sea arrastrada hacia abajo por nuestro cuerpo, es de quien Job, triunfante, dice en los textos caldeos: "El es mi Libertador", e! restaurador de! gastado cuerpo del hombre, a quien ha de dotar de su segunda vestidura de éter.

Cuando los tres impertinentes e injustos amigos de Job pretendían aplastarle con argumentos capciosos o vulgares, y él pedía que se le juzgase por sus actos concretos y no de otro modo (esto es, cuando, como dirían los poemas de Wágner, entona el Tema de la Justificación), he aquí que aparece el cuarto amigo: Elihú, el hijo de Barache! el buzita, de la raza de Ram, que instantáneamente confunde a

los tres acusadores de Job, porque, como hierofante que es, les dijo: "Los grandes hombres no siempre son sabios. .. Un espíritu existe en el interior de cada hombre. Este Dios ha hablado al hombre más de una vez; pero el hombre no ha sido capaz de oír su voz. En sueños, en visiones nocturnas, Él suele abrir los oídos del hombre sellando así su instrucción", y dirigiéndose luego a Job, como el hierofante al neófito, le dice: "¡Oh Job, óyeme: conserva tu paz interior, que yo te mostraré la SABIDURÍA; yo te daré LA GRAN AYUDA!".

¿De dónde, en efecto, sino de este mundo superior que parece estar, como se ve, a nuestro lado mismo, vienen siempre las ayudas, en los momentos supremos del paroxismo del dolor humano y en los que, como decía Wágner en Lohengrin, el hombre o la humanidad, que ya no puede sufrir más, entonan el Tema de la Justificación?...

Job, por permisión divina, se ve atormentado, despojado, enfermo, bajo la cruel acción de esos seres malignos que Aristófanes llamó "las negras Aves"; San Pablo, "las crueles Potestades del Aire"; la Iglesia, "los demonios"; la Teosofía y la Kábala, "los elementales y elementarios", etc. Pero como 10b es justo y entona el Tema de su propia justificación frente a tales rigores del destino, vence al fin con el sagrado y mágico 1 t de su crucifixión en la llagada carne, y Jehovah permite que a él se lleguen los "ángeles curadores" o jinas, cuyo clásico caudillo en otros libros, como el de Tobías, es el arcángel Rafael.

La infanta Isomberta -es decir, el prototipo isíaco de la pobre humanidad-, calumniada por su suegra por haber dado a luz en un solo parto siete divinos infantes, a los que el Destino anunciara las más felices esperanzas, según la conocida leyenda occidental estudiada por el sabio Bonilla San Martín, en su Mito de Psiquis, va a ser sacrificada, como la Ifigenia griega y como tantas otras; pero he aquí que del mundo de los jinas llega en el momento supremo un Libertador: el Caballero del Cisne, hombre-jina a quien, en la versión moderna o wagneriana del Lohengrin no se le puede preguntar -como tampoco al Brillante del mito español  - por su patria -el país del Santo Grial- ni por su nombre -que, como de jina, es nombre de misterio...-. La Isomberta de la vieja versión del mito, como la Elsa de la versión moderna, son así remediadas en sus cuitas, gracias a la protección de ese mundo oculto, mundo que vuelve a encerrarse en su misterio una vez que su protectora acción se ha cumplido.

Los primeros romanos, cercados en su capital por los galos y amenazados más tarde por Aníbal; los hispano-góticos del medioevo, cercados en los riscos de Covadonga por los mahometanos; los franceses de Clodoveo, amenazados por las hordas de Atila, y los de nuestros propios días, cañoneada ya París por sus invasores teutones, entonaron también el Tema de la Justificación, diciendo: "¡It!", desde la cruz de sus dolores, y los enemigos, por verdadero prodigio, fueron alejados para no volver. . .

¿A qué seguir, si la historia de cada mito, la vida de cada hombre, cada nación, y aun la humanidad entera, están llenas de semejantes casos?

Diríase, además, como que en ese oculto mundo jina se lleva muy al por menor y con supremo esmero la cuenta estricta de las justicias e injusticias de este mundo nuestro, para imponerle las rectificaciones, sanciones y orientaciones que en cada momento son precisas para la curvilínea marcha de la Historia, y digo curvilínea porque en ella, meditando un poco, se ven claramente las dos fuerzas determinantes de tales ciclos o curvas, a saber: la jina del Bien, que emana de ellos, apoyándose en los pocos justos que siempre hay en cada tiempo y país; la elementaria o del Mal, prevalida en su inferioridad respecto de aquella otra, por el desdichado apoyo que les prestamos con nuestras insaciables pasiones egoístas. Esta es, y no otra, la batalla continua de la vida, en la que siempre se respeta nuestra libertad para el bien como para el mal, y en la que se forman los héroes o superhombres; los seres intermediarios entre este nuestro mundo de la vulgaridad animal y el excelso de los genios o jinas.

"Hay en lontananza -canta Lohengrin al darse a conocer a la estupefacta asamblea en el supremo momento de la despedida- un mundo inaccesible, un lugar sagrado llamado Montsalvat. Allí se eleva un Templo Indestructible, cuyo brillo y esplendores no tienen rivales en la Tierra. En sus muros, como en efectiva Sancta-Sanctorum, se conserva celosamente un Vaso augusto que los ángeles o dhyanis (¿jinas?) entregaron a la piadosa guarda de los hombres más puros. Una Paloma (Hamsa o Cisne protector) , cruzando el espacio, acude cada año a renovar sus esplendores. .. ¡Es el SANTO GRIAL! El tesoro que infunde inextinguible ardor en los caballeros que le custodian. Quien alcanza la gloria de servirle, queda ipso facto investido de un poder subrehumano (el Poder Mágico), y seguro ya de su victoria, tiene en su potente mano la suerte de los malvados. Aun cuando haya de trasladarse a lejanas comarcas para proteger la virtud escarnecida y el derecho menospreciado, su poder subsiste y su fuerza es sagrada todo el tiempo que su alto título y excelsa condición sean ignorados por todos (secreto iniciático) . Tan sublime y maravilloso Misterio no debe, no, ofrecerse a la mirada de los mortales. Por eso ninguno de los nuestros elude la severa ley y, al descubrirse su incógnita primera, ha de partir. ¡He aquí, pues, que yo descorro el Velo antes de irme! . .. ¡Parsifal es mi padre y el Santo Grial mi patria! ¡Yo SOY LOHENGRIN!

Por supuesto que el Santo Grial y el Mundo de los Jinas son una cosa misma, como lo comprenderá acabadamente quien dé una mirada retrospectiva a los anteriores capítulos en armonía con otras enseñanzas de diversos pasajes de esta Biblioteca.

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