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CAPÍTULO X. ORIENTE Y EL MUNDO DE LOS "JINAS"

Los misteriosos "todas" en las Montañas Azules. - Unos émulos del Zeus griego. - La triste ignorancia en que se halla el Occidente respecto de ellos. - Un pueblo que ni se casa, ni se reproduce, ni envejece. - Sus periódicas asambleas secretas y sus inaccesibles templos. - El relato de un brahmán iniciado. Bebedores de leche pura como "Gautama, el conductor de la Vaca". - Swamis, Lohengrines, Gymnósofos y demás Maestros en la Historia. - Una digresión sobre "El conde de Montecristo", de Dumas, y el misterioso conde de Saint-Germain. - Los dikshatas. - El primitivo jainismo. - Los Tirtankaras jaínos. - El país de Kalkas y el alfabeto calcídico, zenzárico, matemático o jaíno. - Una exploración acerca de estos temas por el campo de la Historia y de la Filología.

Los tres misteriosos pueblos jinas de Irlanda, Persia y México, indicados en los capítulos anteriores y emplazados en los dudosos confines de la Historia con la leyenda, tienen su concordante en otros mil no menos notables, especialmente en la India y en el Thibet. Como seres realmente superiores al hombre ordinario, gozan ellos, al parecer, de tales facultades hiperfísicas y tan asombroso dominio de las leyes naturales aún desconocidas, o "poderes", que les es factible realizar cuantos fenómenos mágicos o hiperdimensionales se cuentan como "milagros" en las creencias y tradiciones de todos los países.

Pero como nuestro testimonio en este punto pudiera ser discutible, pasemos a transcribir algo de lo mucho que sobre ello nos enseña la siempre admirable H. P. B., despreciando de paso las calumnias que precisamente por tales cosas han lanzado contra ella hombres seudodoctos y con frecuencia de mala fe .

“Hace apenas cincuenta años -dice la Maestra en Isis sin Velo que, al penetrar dos denodados oficiales ingleses que estaban cazando tigres, en los Montes Azules (Nilghiri), del Indostán meridional, descubrieron una extraña raza perfectamente distinta en sus formas y lenguaje de todos los demás pueblos hindúes. Acerca de semejante hecho se hicieron conjeturas más o menos absurdas, y los misioneros, siempre al acecho para relacionar todas las cosas humanas con la Biblia, fueron tan lejos, que hasta llegaron a sugerir la idea de que este pueblo era una de las perdidas tribus de Israel, apoyando su ridícula hipótesis en que tenían blanca la tez y fuertemente pronunciadas sus facciones hebreas, cosa esta última perfectamente errónea. Los todas, que así se denomina a esta raza, son en efecto los más hermosos de los hombres, con la majestad y típica belleza del Zeus griego.

Aunque durante el tiempo transcurrido desde entonces se han construido diversas ciudades en aquellas montañas, y la civilización europea ha invadido por completo el país, se sabe hoy, respecto de los todas, lo mismo que se sabía al principio. Entre los estúpidos temores que en efecto circulan acerca de dicho pueblo, los más absurdos son los que se refieren al número de sus individuos y a que practican la poliandria. La opinión general es la de que, debido a esta última costumbre, su número ha quedado reducido a muy pocos centenares de familias y que la raza se extingue con rapidez; pero nosotros, que hemos tenido las mejores oportunidades para adquirir amplios conocimientos acerca de ellos, podemos negar rotundamente ambos asertos, y estamos dispuestos a demostrar que jamás ha visto nadie a niños suyos, sino a hijos de los badagas, una tribu de la comarca completamente distinta de los todas en raza, color, lenguaje, etc. Estos mismos badagas son los más fieles "adoradores" de aquel extraordinario pueblo, y decimos adoradores, porque los badagas visten, alimentan, sirven y positivamente consideran a cada toda como a una divinidad. De estatura gigantesca; blancos como los europeos, con cabello y barba largos y rizados, oscuros de ordinario, a los que, desde su nacimiento, no ha tocado navaja alguna , y hermosos, en fin, como una estatua de Fidias o de Praxíteles, los todas al decir de muchos viajeros que han logrado tener de ellos alguna vislumbre, "yacen sumidos todo el día en la indolencia...; jamás hacen uso del agua; son extremadamente ascéticos, pero sucios; desprecian las joyas; nunca llevan más que una gran túnica negra tejida de lana y con una franja de color en su borde inferior; no beben sino leche pura; poseen rebaños, pero ni comen su carne ni hacen trabajar a sus animales; no venden ni compran nada; no usan armas de clase alguna, ni siquiera un mal bastón, y los badagas proveen a su alimento y vestido. Desesperación de los propios misioneros, ni quieren aprender a leer ni profesan ninguna clase de religión, fuera del culto de sí mismos como Señores de la Creación", al decir de trabajos publicados, tales como los Esbozos hindúes, la Enciclopedia Nueva de Appleton, etc.

Nosotros, por nuestra parte, procuraremos corregir o rectificar algunas de estas opiniones, en cuanto nos lo permita lo que hemos aprendido sobre el particular de labios de un muy santo y respetado personaje, un venerable Gurú-brahmán a quien hemos tenido la dicha de tratar.

-Jamás nadie ha visto reunidos a la vez a más de cinco o seis todas -nos dijo-, pues que ellos rehuyeron el comunicarse con los extranjeros; ni viajero alguno ha sido introducido nunca en el seno de sus largas, aplastadas y peculiares chozas, desprovistas, al parecer, de toda ventana ni chimenea. Nadie, por otra parte, ha presenciado en ocasión ninguna el entierro de ningún toda, ni visto ancianos entre ellos. El cólera y demás epidemias nunca les atacan, cuando en torno de ellos hacen estragos sus contagios. Finalmente, aunque el país está infestado de tigres y serpientes venenosas, jamás les han atacado a ellos; no obstante que no llevan, bajo ningún pretexto, la menor arma defensiva.

Los todas no se casan, y parecen cortos en número porque a nadie se les ha presentado la menor posibilidad para contarlos. Desde el momento en que su soledad fué profanada por la avalancha de la civilización -lo cual fué debido quizá a su propia indiferencia-, empezaron los todas a marcharse a otros puntos tan desconocidos y más inaccesibles que lo que los Montes Nilghiri lo habían sido anteriormente. En realidad, ellos no constituyen una raza, es decir, no son nacidos de madres todas, sino gentes elegidas desde su infancia para ser dedicados a ciertos fines religiosos especiales. Se les reconoce desde su nacimiento por poseer una complexión particular, amén de ciertos otros signos, y a semejantes niños excepcionales se les asigna el nombre de todas. Los todas, cada tres años, deben dirigirse a cierto sitio secreto, por un determinado período de tiempo, en donde tienen una especie de asamblea. Su "suciedad" no es más que una máscara, tal como la que el sanyan emplea para presentarse en público en obediencia a sus votos. La mayor parte de sus rebaños la destinan a usos sagrados, y aunque el suelo de los templos en donde verifican sus ceremonias no ha sido nunca hollado por un pie profano, se sabe que dichos templos rivalizan con las más espléndidas pagodas conocidas de los europeos. La tribu de los badagas constituye el núcleo de sus servidores, quienes los adoran como a semidioses, pues que a ello le dan derecho su nacimiento y sus misteriosos poderes.

El lector puede tener seguridad, además, de que lo que esté en pugna con lo poco que llevamos dicho acerca de los todas es completamente falso. Ningún misionero, por astuto que sea, los cogerá en sus redes, ni tampoco les hará traición ningún badaga aunque le despedacen, porque los todas constituyen, en efecto, un pueblo que lleva a cabo en la Tierra un elevadísimo designio, cuyo secreto es inviolable. Además, no son ellos la única tribu misteriosa que existe en la India. Algunas de ellas han sido por nosotros citadas en anteriores capítulos; -pero, ¡cuántas otras, además, hay en aquel país que no han sido nunca mencionadas porque se desconocen, y, sin embargo, existen!".

En efecto, la Maestra nos ha hablado también de otras tribus hindúes, análogamente misteriosas, en su preciosa obra Por las grutas y selvas del Indostán, que hemos tenido el atrevimiento de comentar.

Los individuos de dichas prodigiosas tribus que habitan en las grutas de las célebres montañas de Bhadrinath, son los llamados también swamis -de swan, cisne o ave sagrada, tan frecuente en todas las leyendas iniciáticas, tales como la del Caballero del Cisne, Helias o Lohengrin, de la que sacara gran partido Wágner para uno de sus dramas musicales-. Dichos extraños seres son monjes ascetas que jamás se casan, renunciando no pocos de ellos a las ventajas de la asociación monástica, y viviendo terriblemente solitarios, con un grado tal de pureza que resulta casi increíble respecto al resto de la humanidad. Estos últimos son los célebres jinas, gymnósofw o gimnosofistas, de la Tartaria, mencionados con honores casi divinos por los escritores clásicos de Grecia y Roma, en especial Pitágoras, Empédocles y Demócrito, apareciendo, muy de tarde en tarde, en el drama de la Historia, en los momentos supremos en los que es necesaria su intervención, al modo de los Caballeros del Grial del Monsalvat mítico, que nos muestra el Parsifal wagneriano como herederos directos de todas las glorias caballerescas de Tristanes, Lanzarotes, Arthus, Lohengrines y demás héroes de la Tabla Redonda primitiva, reprodu<;ida luego en el medioevo.

Es más: no hay un hecho culminante en la historia del mundo que no esté presidido, impulsado y guiado, entre cortinas, por decirlo así, por uno o varios de estos seres, que una vez se llaman Melchisedec, para constituir la base religiosa entera del pueblo hebreo con su acción protectora augusta sobre los patriarcas Abraham e Isaac, como puede verse sabiendo leer entre líneas el Génesis; otra vez, llamándose Oanes, Dagón o Proteo, inician en los más altos conocimientos redentores a parsis y caldeos, recién salvados de la catástrofe atlante; otra vez, "viniendo de remotos países de Oriente" con el nombre de Quetzal-coatl ("el Dragón luminoso"), se constituyen en efectivos salvadores de los pueblos mexicanos, y bajo el de Manco Capac o Manú Capac, alzan sobre las doctrinas del Popul-Vuh la prodigiosa civilización inca, y varias, en fin, traen, bajo los múltiples nombres de Harí.-culas o Hércules, Ogam o "Mago", lana o Saturno, Hermes, Orfeo, Cadmo, Hermanos Arbales, Odin, Hermann, Conde Olinos, Veleda, Aurinia,Wotan, Loge, Teut, Arminio, etc., etc., la ola fecunda de Oriente a las yertas playas religiosas y morales de los más apartados países europeos.

Y una vez es Apolonio de Tyana, el hombre adorado como un dios por Caracalla y Alejandro Severo, apareciendo en las más extrañas circunstancias al emperador Aurelio, persuadiéndole a levantar el -cerco de su ciudad natal (Dion Casio, XXVII y XXVIII, 2; Lampridio, Adriano, XXIX, 2; Flavio Vopisco, Aurelio, y otros libros de la Biblioteca Ulpiana); y otra vez es el sublime Maestro de Saulo, apareciéndosele a éste en el camino de Damasco (Actos de los Apóstoles, IX, 1-9) ; Y otra es Simeón Ben-Iochai, dando al mundo el verdadero Zohar, o "Libro del esplendor"; y otra vez es el desconocido Maestro de Mahoma, ora fuese el griego Djebr-er-Rumi, ora el misterioso árabe Jesar, el hombre-solar, ora el persa Salmán o Solimán (Joaquín García Bravo, El Corán, sura XVI, versículo 105, nota) ; y otras muchas, en fin, son "los grandes hombres de los grandes y -críticos momentos", los hombres inexplicables, misteriosos, taumatúrgicos, al modo del conde de Saint-Germain, apareciéndose múltiples veces, en los pródromos de la revolución francesa, a su bondadosísima admiradora la condesa de Adhemar (Bibliot. de las Marav., tomo V, comentario al cap. II), Y dando lugar con ello a tres de las -obras maestras de la moderna literatura: las novelas celebérrimas de Alejandro Dumas, padre, El Conde de Montecristo y Memorias de un médico, y Zanoni, la obra del gran cabalista Bulwer Lytton.

A guisa de nota, que resultaría excesivamente larga, séanos permitida. pues, una digresión relativa a este último particular, que, como más próximo a nosotros, puede ser mejor abarcado por los lectores. He aquí, en sumario, los "hechos de autos".

Si abrís la escéptica y positivista Enciclopedia de Pierre Larousse por la palabra Saint-Germain (conde de), os encontraréis definido el célebre personaje, poco más o menos, en estos términos: Fué un célebre aventurero, muerto en Eckernfoerde (Suecia) en 1784; su nombre y patria son desconocidos; quizá era de origen judío-portugués,según su delator el duque de Choiseul, quien pretendió hacerle hijo natural de María Ana de Neubourg, la viuda de Carlos II el Hechizado, tomada por Víctor Hugo para heroína de su Gil BIas de Santillana. El conde fué presentado en 1750 o 60 por el mariscal de Belle-Isle a la célebre favorita del rey, madame de Pompadour... En los círculos aristocráticos de París, y aun fuera, corrieron bien pronto acerca de él las más peregrinas leyendas. Se creía que tenía el don de rejuvenecerse, que había nacido en Jerusalén, y que contaba de edad unos dos o tres mil años, hablando con el más puro acento nacional todos los idiomas, representando una fortuna prodigiosa que le permitía vivir con el fausto de un nabab de la India, y regalar como simples bagatelas las más preciadas joyas a sus amigos, dado que conocía a fondo el arte de hacer el oro alquímico, como todas las demás artes y ciencias... Mezclado en todos los asuntos diplomáticos de la época, paseó, extraña e inopinadamente, por Inglaterra, Rusia, Italia, Alemania, etc. En Prusia y demás países germanos fué uno de los familiares más misteriosos de los príncipes Orlov, del margrave Carlos Alejandro de Anspach, del langrave Carlos de Hesse. excepcional ocultista. Jugó el más importante papel en la gran revolución rusa de 1762... Sus relaciones con la Francmasonería fueron ciertas y notables. .. A la desaparición del conde, su protector, más bien discípulo, Carlos de Hesse, quemó todos sus papeles v se negó a dar de él indicación ninguna... Cagliostro tenía a gran honor llamarse también su discípulo . Las hazañas, finalmente, están relatadas con canon histórico por aquella condesa, y exomada_ con las galas de la imaginación creadora, aunque "rebajadas de talla", en las dos novelas dichas y en algunas otras, aparte de los minuciosos trabajos de la Biblioteca Thilorier, de Trary, de la baronesa de Oberkirch, de Beugnot, de La Borde, etc., para Cagliostro, y los de Oettingel' Bulau y muchos otros, para Saint-Germain.

Saint-Germain, según las Memorias de aquella dama contemporánea de Luis XV, y que vivió hasta 1823, se aparece después de muchos años en que se le tenía por muerto, completamente joven, como antaño, a su amiga la condesa, que ya había envejecido; le predice todo cuanto amenaza al desgraciado Luis XVI, si no se adelanta con reformas a la próxima catástrofe revolucionaria, en la que hubo éste de perder hasta la vida; le señala con el dedo a los más estúpidos ministros, cuyas iras desafía haciéndose invisible e imprendible, y cuando, desoídos sus consejos-profecías, ya nada puede hacerse contra los Hados desencadenados sobre Francia, todavía se le muestra a la ilustre dama, según su promesa, otras cinco veces, en los momentos de mayor angustia para ella y para el país, o sea horas antes de morir el rey, la reina, el duque de Enghien y el de Berry, y a la caída de Napoleón, y la hace presentir para el día de su muerte su sexta y última visita, esa visita de la Intrusa, que en el mito asturiano se conoce por la Huestia o Santa Compaña... ¡La Compañía exaltadora y gloriosa de cuantos maestros y amigos nuestros nos han precedido en el mundo de los jinas, o mundo de la "cuarta dimensión", en que el Maestro Saint-Germain vivía como tal, y siempre joven, hacía luengos siglos, como "siempre jóvenes" hemos visto y veremos a los demás personajes jinas del histórico al par que legendario cinematógrafo de este libro!...

En efecto, la reina María Antonieta escribía a la condesa, a la vista ya de la temible revolución: "¿Quién es ese personaje tan por encima de lo conocido, que viene interesándose por mí desde hace tantos años, sin darse a conocer, sin recibir una recompensa, y diciéndome la verdad siempre? Desde mi llegada a Francia, y en todos los acontecimientos importantes de mi vida, un protector misterioso me ha prevenido fielmente de cuanto tenía que temer..." y la propia condesa, hablando de aquellas apariciones anunciadas y regulares del Maestro, ponía en labios de éste la frase típica de amargura con que el mundo de los felices jinas, la "Iglesia triunfante", que diría el Derecho canónico, se lamenta de la loca ceguera de los hombres: "A los Hijos de la Verdad se les combate doquiera como a seres peligrosísimos. ¡La Humanidad sólo recibe bien a quien la engaña, pierde y sacrifica!"; y ésta es la ceguera real y efectiva, la ceguera de la falta de intuición, del don de ver la Verdad, Velo de Isis, que nos hace no ver a tamaño mundo, que se halla a nuestro lado protegiéndonos todo lo que merecemos por nuestro karma y un poco más sin duda..."

Más que un "Hijo de la Verdad", Saint Germain era uno de los mayores Maestros de ella que han conocido los tiempos: un toda efectivo. El músico, rival de Paganini en el violín; el filólogo y poliglota, dotado del don de lenguas de la Pentecostés; el prodigioso alquimista, para quien todas las mayores riquezas no eran sino bagatelas despreciables; el consejero de sabios y de reyes; el ente sobrehumano que en sus trances de hasta dos y tres días parecía verlo todo en el pasado como en el porvenir; el que leía pliegos cerrados sin tocarlos, y podía escribir dos documentos a la vez, uno con cada mano; el ser poderoso, en fin, que aparecía como el rayo y desaparecía con el rayo mismo, sería un jina, un personaje perfecto y rigurosamente histórico, si nosotros, los hombres perversos de esta triste edad, en lugar de calculadas mentiras explotadoras, tuviésemos alguna cosa digna de ser llamada "Historia". A pesar de ello, el Maestro en cuestión no puede ser arrancado del marco histórico, pese al interés del siglo XIX en borrarle de la memoria de su época, porque sobre las citadas Memorias históricas de m.adame Adhemar, hoy aparentemente perdidas, cayó luego, del modo más extraño, la conocida obra del fundador de la novela moderna, Alejandro Dumas.

¿Qué agregar ya, pues, a esto último, cuando todos, en nuestras mocedades, nos hemos embobado y absorbido hasta perder la noción de nosotros mismos en las aventuras pasmosas del infeliz marinero Edmundo Dantés, protagonista de la obra de Dumas, transformado, supone el novelista, por el arte semimágico del misterioso abate Faria, en la proteica y brujesca figura jina del Conde de Montecristo?

Porque ha llegado la hora de decirlo con toda claridad y sin temor de verse desmentido. Dumas hizo, a su modo, una parodia literaria de la vida  de Saint-Germain, dado que, en medio de los aterradores escepticismos, "bien" de mediados del siglo XIX, era preciso que así se hiciese, como es preciso que la luz del día llegue alguna vez hasta las mazmorras más tristes, Por otra parte, como Alejandro Dumas, al fin, era el hijo de su. tiempo, hubo de ver cumplido una vez más, en su inspirada obra, el aforismo oriental relativo a que la madera de sándalo es tan admirable que hasta perfuma al hacha que la destroza, y en tal obra, por tanto, el novelista tenía que superarse y se superó a sí mismo.

Cumpliéndose, en efecto, como tantas otras veces, esa ley de herencia relativa a las familias célebres cuyos individuos aparecen agrupados por un karma colectivo de gloria o de crimen -la familia de los 32 Bach gloriosos; la familia del centenar de los Borgias envenenadores, etc.-, el apellido, ya que no la familia Dumas, empezó, acaso, a sobresalir en el siglo xv a XVI con el seráfico poeta capuchino Marcial; siguió luego, a mediados del XVI, con aquel Gabriel Oliver Benoit, que tanto dió que hacer a causa de la colosal herencia de su hermano Benito, uno de esos misteriosos directores de la Compañía Inglesa de Indias que ligó los destinos de la India al carro triunfal de Inglaterra, para que así Europa conociese a aquel sagrado país. Un nuevo Dumas, Guillermo Mathieu, de clara e instructiva elocuencia, se hace glorioso al final del siglo XVIII al lado de Lafayette, luchando por la independencia de Norteamérica, combatiendo luego contra los girondinos y defendiendo, en fin, a Luis XVI contra Vergniaud; y otro Dumas, el padre ya del novelista e hijo natural de un marqués, y llamándose como él, Alejandro Davy de la Pailleterie Dumas, hace de verdadero Horacio Cocles en la guerra del Tirol, y como general acompaña en Egipto a Napoleón... Con tales antecedentes ocultos, ¿qué de extraño tiene que por herencia, y pese a las amarguras de su mísera y obscura juventud, llegase a ser nuestro héroe, en cantidad y aun en calidad, el monstruo de la novela contemporánea? ¿Qué de extraño también que, con las Memorias dichas de la condesa de Adhemar a la vista -puesto que ellas existieron en los Archivos del Estado de las Tullerías hasta su incendio en 1871, meses después de la muerte del novelista-, éste trazase el plan de su mejor novela sobre la vida del conde incomprendido y de Cagliostro, su falso discípulo? La fortaleza de If y su abate Faria, novelescos, se nos antojan la de la Bastilla y la de San Leone, en las que Cagliostro fuera preso; en el más lóbrego calabozo de aquélla tiene lugar, en efecto, la iniciación ocultista de aquel pobre y honrado marinero mártir Edmundo Dantés, tanto, que la novela El Conde de Montecristo como La República, de Platón, y como el Persiles y Sigismunda, de Cervantes, casi comienza en una cárcel -¡la triste cárcel de nuestra vida corpórea, cárcel tras la cual, como vamos viendo en estas páginas, el hombre bueno injustamente perseguido sale, al fin, para recibir en recompensa los tesoros inauditos de esa "isla de misterio", que no está sólo, como la de Montecristo, en las costas de Italia, sino en todos los lugares del mundo a la vez!-, cárcel en la que entra pobre y atormentado, para salir de ella como omnipotente soberano que-realiza, gracias a su nueva condición, los más aparentes imposibles...

Por eso, el verdadero nombre de la tal novela bien podría ser el de Karma, porque es ella el momento más grande que a la terrible ley de Justicia de las Esferas nos ofrece la moderna literatura. Karma, en el desastroso fin de los tres asesinos de Dantés -Villefort, Danglás y Caderouse-, quienes, a vuelta de ilusorias felicidades trágicamente desvanecidas, vienen a recoger, gota a gota, idénticas amarguras de las que sembraron con sus espinas el antes risueño camino del héroe; Karma, en el premio recogido por la protectora familia del armador Morrel; Karma, en fin, del propio autor, quien, así como había en cierto modo degradado un tanto con su ficción la excelsa e incomprendida figura jina del Adepto Saint-Germain -aunque dejándola todavía harto hermosa y atrayente en Monte,cristo-, pudo así ver quizá en sus últimos días, cuando le abrumaban las deudas y los derroches casi tanto como las glorias de sus Tres mosqueteros y su Conde, que alguien, quizá el propio Maquet, deslizándose como astuta serpiente guiada por la conocida mano de cierta institución necromante, volvió arteramente del revés toda la obra, en su lamentable y repugnante apostilla que lleva el título de La mano del muerto, y en la que literalmente se ha hecho negro de lo blanco y blanco de lo negro, como si se hubiese escrito, no por Dumas, padre, o Dumas, hijo, bajo lamentables apremios del negocio editorial, sino por el mayor enemigo que existir pudo del. novelista y del protagonista de su obra -el maravilloso Saint-GermainMontecristo-, cuya noble figura iniciática quedaba falsificada así.

Terminada ya esta digresión de historia moderna, volvamos a nuestros jinas asiáticos y a lo que sobre ellos nos dice en otros lugares la admirable H. P. B. en su citada obra Por las grutas y selvas del lndostán.

Los dikshatas o verdaderos yoquis iniciados de otra de las regiones hindúes -nos enseña- evitan cuanto pueden el mostrarse en público, recluídos, como casi siempre lo están, y consagrados a perpetuo estudio, no presentándose -como Saint-Germain y los demás citados- sino cuando tienen una misión especial que cumplir en el mundo. De esta excelsa clase son algunos de los más grandes lamas buddhistas, dominando todas las leyes del llamado "magnetismo", ya conocido y practicado desde tiempo inmemorial, en la propia China y en el Thibet, la Magia o Ciencia Suprema, con la típica denominación de Ciencia Gina, Jina o Jaina.

Por eso, los más sabios de entre los partidarios de la antiquísima religión jina o jaina consideran, tanto al brahmanismo cuanto al buddhismo, como meras y "modernas" desviaciones del Jainismo, y siendo hasta el propio Gautama el Buddha un mero discípulo del gran Gurú o Maestro de los jaínos, por lo cual cuidan de establecer una profunda distinción entre la actual religión jaína de la India y el Jainismo o Cainismo troncal y primitivo, o sea la Religión Sabiduría originaria, o de la Edad de Oro del mundo, llamada tan apropiadamente "Ciencia de los dioses", o Teosofía. (Ob. cit., pág. 57.)

Véanse los párrafos que a tan pasmosa enseñanza consagra la Maestra:

"Hemos tenido cierta vez la dicha -expresa en uno de sus comentarios a la Estancia XII del libro de Dzyan o Jinan- de ver un viejo manuscrito perteneciente a la colección llamada Tongo Shakty-Sangye Songa, exotéricamente conocida por el nombre de "Anales de los treinta y cinco Buddhas de Confesión". Estos personajes, aunque llamados Buddhas en la religión buddhista del Norte, pueden llamarse igualmente Rishis, Avatara, Mahatmas, o "Grandes Almas", propiedad universal y común a todas las creencias religiosas; sabios históricos, al menos para los ocultistas, y que constituyen en la Tierra la más excelsa de las jerarquías. Gautama Buddha hace el número veintisiete de estos 35, o más bien, de estos 150 "Reyes Divinos", verdaderas encarnaciones celestes o avataras menores de "Hijos de la Sabiduría", que no pertenecen ya a este planeta, y que han vivido aquí, sin embargo, en épocas arcaicas, perteneciendo 11 de ellos a la Raza Atlante y los demás a la actual de los Arios... No está lejano, por cierto, el día en que los simbologistas modernos comprueben la exactitud de estos asertos y se convenzan de que el propio Woden, u Odin, el Dios más elevado de la mitología germana y escandinava, es uno de estos inefables Buddhas, ser tan primitivo, en verdad, como que data de los días en que la naturaleza tropical se extendía por ese continente polar hoy cubierto de hielos perpetuos, gracias al cambio de dirección del eje terrestre. .. A partir, en efecto, de la Raza Lemuriana. predecesora de la Atlante y de la Aria, cada gran vástago del gran tronco de la Humanidad ha tenido a su frente. como guía y maestro, a uno 'de estos seres de las "Divinas Dinastías", y cuyo recuerdo perdura siempre, más o menos, en la Historia, envuelto en la pérula protectora del mito."

y no sólo perdura el tal recuerdo, sino que, en ciertos países excepcionalmente privilegiados del planeta subsisten aquellos Maestros aun hoy día, en lugares a los que no suele tener acceso el europeo, porque están más celosamente guardados de lo que puede creerse, tanto por obstáculos naturales como por otros obstáculos de índole psíquica, sobre los cuales no podemos detenemos: la Maya Oriental o poder de inhibición que en los tales lugares ellos ejercen sobre las mentes de los más conspicuos viajeros, haciéndoles ver a su antojo dificultades, peligros y cosas que realmente no existen.

Tal sucede con el relativo a los sabios del país de Kalkas, respecto de los cuales la Maestra nos dice:

"Lo que el común de las gentes conoce actualmente acerca del Shamanismo es muy poco, y aun este poco ha sido adulterado, lo mismo que el resto de las religiones no cristianas. Suele llamársele "el paganismo de la Mogolia" sin razón alguna, puesto que es una de las más antiguas religiones de la India, a saber: el culto del espíritu, la creencia en la inmortalidad de las almas y en que éstas, allende la muerte, siguen presentando las mismas características de los hombres a quienes animaran aquí en la Tierra, aunque sus cuerpos hayan perdido por la muerte su forma objetiva, cambiando el hombre su naturaleza física por la espiritual. Dicha creencia, en su forma actual, es un retoño de la primitiva teurgia y una fusión práctica del mundo visible con el invisible. Cuando un extranjero naturalizado en el país desea entrar en comunicación con sus invisibles hermanos, tiene que asimilarse su naturaleza, esto es, debe encontrar a estos seres andando la mitad del camino que de ellos les separa, y enriquecido entonces por ellos con una abundante provisión de esencia espiritual, dótales él, a su vez, con una parte de su naturaleza física, para colocarles de esta suerte en condiciones de poderse mostrar algunas veces en una forma semiobjetiva, de la que de ordinario carecen. Semejante proceso es un cambio temporal de naturalezas, llamado comúnmente teurgia. La gente vulgar llama hechiceros a los shamanos, porque se dice que evocan a los "espíritus" de los muertos con el fin de ejercer la nigromancia, pero el verdadero shamanismo -cuyos rasgos más salientes prevalecieron en la India en tiempos de Megasthenes (300 años antes de J. C.) no puede ser juzgado por sus degeneradas ramificaciones en Siberia, del mismo modo que la religión de Gautama-Buddha no puede ser confundida con el fetichismo de algunos que se dicen sus secuaces en Siam y Birmania. Actualmente tienen su asiento en las principales lamaserías de Mogolia y del Thibet, y allí el shamanismo, si es que de este modo podemos llamarle, se practica en el sentido más amplio de comunicación que es permitido entre el hombre y el "espíritu". La religión de los lamas, en efecto, ha conservado fielmente la primitiva ciencia de la Magia, y lleva a cabo actualmente hechos tan maravillosos como los que producía en los días de Kublai-Khan y de sus barones. El Aum-mani padma-hum, la mística palabra de la Trinidad sánscrita de "¡Oh, Joya en el Loto!", la antiquísima forma atlante del místico rey Srong-Chtsans-Gampo, opera hoy sus portentosas maravillas de igual modo que en el siglo VII, y Avalokita-Iswara, el más elevado de los tres Boddhisattvas y santo patrón del Thibet, proyecta claramente su luminosa "sombra" ante los ojos de los fieles en la lamasería de Dga-Gdan, fundada por él, donde la resplandeciente figura de Song-Kapa, separándose de los vívidos rayos del Sol bajo la forma de una nubecilla de fuego, platica amorosa con una numerosísima comunidad de lamas, a veces de millares. La Voz que misteriosa desciende entonces de lo alto es a la manera del más dulce susurro producido por la brisa en el follaje, y pronto -dicen los thibetanos- la hermosa aparición se desvanece entre los árboles del bosque sagrado."

Se dice asimismo que en Dharma-Khian ("claustro materno", o "lugar originario" de cuantas influencias han partido sucesivamente desde allí hacia el mundo) se hace comparecer en ciertos días a los espíritus perversos e inferiores, forzándoles a que den cuenta de sus fechorías, oblígándoles después los adeptos lamas a que reparen los daños que ellos han causado con su maldad a los mortales. A esta ceremonia es a la que el abate Huc llama inocentemente "la de los diablos o malos espíritus". Si a los escépticos de los países europeos se les permitiese el consultar las relaciones impresas diariamente en Morú   y en la "Ciudad de los Espíritus", acerca de las comunicaciones que tienen lugar entre los lamas y el mundo invisible, se sentirían ciertamente mucho más interesados por los fenómenos que por modo tan ostentoso describen los periódicos espiritistas. En Buddha-Ila, o mejor dicho, Foht-Ila o Montaña de Buddha, en la más importante de las lamaserías que existen por millares en el país, se ve flotar en el aire, sin apoyo alguno, el cetro de Boddhisgat regulando todos los actos de la comunidad...

En Sikkin, otra de las lamaserías, cierto número de lamas producen meipos o "milagros" por medio de sus poderes mágicos. Gegen Chutuktu, el difunto patriarca de Mogolia, que residía en el verdadero paraíso de Urga, era la décimosexta encarnación de Buddha y, por lo tanto, era un Boddhisattva. Gozaba él, en efecto, de la reputación de poseer poderes que eran asombrosos aun ante los ojos de los taumaturgos de aquel país, maravilloso por excelencia. No se suponga, desde luego, nunca que semejantes poderes mágicos puedan lograrse sin trabajo. Las vidas de la mayor parte de estos santos hombres -a quienes tan errónea como absurdamente se les supone vagabundos, perezosos, tramposos y mendigos, y de quienes se dice que pasan su existencia explotando la inocente credulidad de sus víctimas- son ellas mismas un milagro. Milagro. sí, porque ellos son la demostración viviente de lo que puede llegar a alcanzar una voluntad firme y una perfecta pureza de vida y de intención, y del grado de supernatural ascetismo a que puede ser sometido un cuerpo humano, que llega, sin embargo, a alcanzar así una avanzada edad. Ningún ermitaño cristiano ha soñado jamás en un tal refinamiento de disciplina monástica, y la aérea habitación de un Simeón Stylita parecería una niñería ante las invenciones del faquir y del buddhista para poner a prueba la voluntad.

Pero el estudio teórico de la Magia es una cosa, y la posibilidad de practicarla es otra por completo distinta. En Brar-s Pungs, el colegio mogol en donde más de 300 magos enseñan a casi doble número de discípulos desde los doce a los veinte años, estos últimos tienen que esperar aún muchos más años para conseguir la iniciación final, y ni uno solo entre ciento alcanzan la más elevada meta. En fin: entre los muchos millares de lamas que casi ocupan por completo una ciudad de edificios sueltos agrupados en torno del Colegio, apenas si un dos por ciento llega a conseguir ser obrador de maravillas. Puede uno aprenderse de memoria, línea tras línea, los 108 volúmenes de Kadjur (el gran Canon Buddhista, que contiene 1.038 tratados, entre ellos muchos referentes a la Magia), Y no ser, sin embargo, más que un muy pobre mago práctico. Sólo existe, en verdad, un método capaz de conducir con toda seguridad a la meta, y su particular estudio ha sido indicado también por más de un escritor hermético. Uno de estos últimos, el alquimista árabe Abipili, se expresa respecto del particular en estos términos: "Te advierto que quienquiera que fueres, oh tú que deseas sondar los arcanos de la Naturaleza, que si no hallas dentro de ti aquello que buscas tampoco podrás hallarlo fuera. Si tú ignoras las excelencias de tu propia casa, ¿cómo pretendes encontrar otras excelencias? EN TI SE HALLA OCULTO EL TESORO DE LOS TESOROS: ¡OH HOMBRE, CONÓCETE A TI MISMO!"...

En los claustros de Dshashi-lumbo y Sidzang, es donde se cultivan basta su último grado de perfección estos mágicos poderes inherentes a todo hombre. ¿Quién en la India no ha oído hablar de Banda-Chan-Rambut, el Hu-tuktu de la capital del Alto Thibet? Su fraternidad de Khe-lan fué celebérrima en todo el país, y uno de sus "hermanos" más famosos era un Phe-hing (un inglés) que a principios de este siglo llegó de Occidente. Dice la tradición que hablaba todas las lenguas, incluso la thibetana, y que conocía todas las artes Y las ciencias. Su santidad y los fenómenos que producía :tieron lugar a que a los pocos años de residencia allí se le proclamase un shaberon. Su memoria vive actualmente entre los thibetanos; pero su verdadero nombre es un secreto que sólo los shaberones conocen."

Si se estudiasen a fondo las viejas tradiciones chinas, tan ligadas desde el origen a las thibetanas y a las atlantes, se verían comprobados los anteriores asertos de la Maestra.

En efecto: la secta Tao-Kiao o Taose, según Schott, denomina Sian o Shin-Sian a aquellos anacoretas que por sus ascéticas costumbres, o bien mediante ciertos elixires y hechizos, han obtenido la posesión de dones maravillosos, entre ellos el de prolongar grandemente la vida humana. Lo que Marco Polo afirma que se verificaba en el siglo XIII, se halla corroborado en nuestros días. Existen alli -dice- ciertas personas llamadas Chughi (yoquis) o brahmanes, cuya vida puede llegar hasta los 150 ó 200 años. Comen muy poco, y esto, arroz y leche. Hacen también uso de cierto brebaje, compuesto, dice, de azufre y mercurio, que toman dos veces por mes, y añade que el mercurius vitae de Paracelso era un compuesto de antimonio y mercurio. (Libro de Marco Polo, vol., II, págs. 130 y 352; y coronel Jule, vol. II, pág. 353.) Pero lo que Paracelso y otros místicos y alquimistas entendían por mercurius vitae, era "el espíritu viviente de la plata", su aura. Ninguna clase de mercurio puede jamás devolver al cuerpo una salud perfecta. Lo que los yoquis antiguos usaban, como hoy los lamas y talapoines, era un jugo lechoso de cierta planta medicinal, con una pequeña dosis de azufre, y deben, en verdad, estar en posesión de algunos secretos maravillosos, desde el momento en que los hemos visto curar en pocos días las más peligrosas heridas, así como volver a su - estado natural a huesos rotos, logrando tales resultados en un número de horas equivalente al de los días que .la cirugía ordinaria necesita para obtener el mismo resultado. Una fiebre maligna que la autora contrajo en Rangoon, le fué curada en algunas horas con el zumo de una 'planta llamada kukushan, aunque millares de naturales del país mueren de fiebre por no conocerla. También hemos oído hablar de cierta agua llamada ab-i-ha-yat, que la superstición popular cree que es invisible para todo ojo mortal, excepto para el del santo sannyasi, y es más que probable que los talapoines rehusen hoy el enseñar tales secretos a misioneros y académicos egoístas, que luego los empleen en hacer dinero, no en beneficiar a la Humanidad con ello.

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