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CAPÍTULO XXIII. LOS "JINAS" Y ROMA

Leibnitz y su sistema "teosófico" de investigación histórica. - Los fundadores de la Ciudad Eterna trajeron consigo una gran civilización oriental o aria. Esta civilización fué típicamente jina. - Alba-longa, la blanca ciudad de los lagos iniciáticos, y Numitor, su rey. - Gentes quirites, solares o jainas, según los clásicos. - Jano y su Janiculo patricio. - Los himnos de los Hermanos Arvales. - A la edad de oro de Jano-Saturno sucede la de plata de Numitor . - la de cobre de Amulio. - Cuándo y por qué el cerrado templo de Jano se abría. - Rea, Rafa o Aretia y Marte-Wotan. - Los gemelos Remo y Rómulo amamantados por la loba del Aventino, bajo la higuera de Rama o Ruma. - Fástulo, el Rey-Pastor educador, y Acca-Laurentia, la Gran Nodriza o la Madre-Tierra. - Conexiones sin fin con el mito wagneriano de los Eddas. - Akas, Accadia, el país de la Luna, y sus inacabables derivaciones. - Los la. rarios de los calcas. - Las aves del Palatino. - Cómo la magia blanca ario-latina se vió sustituida por la necromancia de Roma. - Cancellieri y su obra Las siete cosas fatales de la Roma antigua. - Augures y arúspices. - La "formosa juvenca" o Ternera de Parvadi-Isis. - Roma tuvo siempre un nombre secreto. - Nous-Eneas-Júpiter-Gra-Bovi, el conductor de la Vaca. - Las sibilas y sus libros ante la historia y la filosofía.

Leibnitz, ese Iniciado occidental que nos dió el Cálculo infinitesimal, la mejor teoría de las ideas innatas aportadas por nuestro Ego superior de sus vidas anteriores, y su pasmosa Monadología, fué el primero, según Cantú, a quien se le ocurrió buscar la historia en el estudio comparado o "teosófico" de las lenguas. Siguiendo, pues, la huella de tal maestro, natural es que, para rastrear lo que en la historia de Grecia y Roma haya quedado respecto de los jinas, debe apelarse al estudio de palabras y tradiciones grecolatinas que, cual joyas preciadas, se conservan.

"Es un hecho innegable -dice Pastor y Alvira en su Historia del Derecho romano- que en el idioma común y en el lenguaje jurídico romano se hallan a cada paso reminiscencias de una gran civilización muy anterior a Roma, y que los fundadores de esta ciudad debieron forzosamente llevar consigo. El estudio de semejante civilización debe ser la base de la historia jurídica romana, puesto que contiene los gérmenes de sus instituciones... Suele presentarse a los fundadores de la Ciudad Eterna como unos hombres aventureros, criminales, en estado de completa barbarie, sin tener idea de la religión ni de la sociedad política, y que, dotados, sin embargo, de un talento sui géneris, concibieron momentáneamente un gobierno perfecto; improvisaron su religión; establecieron jerarquías; en una palabra, que, como genios extraordinarios, comenzaron por donde acaban las sociedades cultas. El resultado de este concepto tan inverosímil es que se ignora la verdadera base de la Historia, y se pierde la afición hacia un 'estudio que se inicia con tan repugnantes hipótesis... La crítica moderna ha excogitado un nuevo procedimiento para conocer los tiempos prehistóricos con el análisis de los idiomas, sobre todo del sánscrito, que está llamado a producir inmensos resultados en la ciencia, y que parece demostrar que las razas indogermánicas se separaron un día de la patria común, o sea de la región occidental del centro del Asia, estableciéndose unas en la India y otras en Europa, siendo una de estas razas la antepasada común de griegos e itálicos, quienes más tarde constituyeron pueblos distintos.

Pero es que esa civilización indogermánica troncal a que el finado catedrático de la Universidad de Madrid alude, fué en sus orígenes, como la civilización inca y todas las otras, una civilización típicamente jina, según revelan sus más conocidas tradiciones, por ejemplo: la relativa a la Ciudad Eterna, que vamos a inquirir.

Cuentan, en efecto, los clásicos   que en Alba-lanka (que no Albalonga) , o sea en "la ciudad blanca de los lagos" oscos, vascos o tosca nos, reinaba el gran Numitor (cuyo nombre, como el de Numa, segundo de los reyes romanos sus sucesores, es una alusión clarísima a su iniciática espiritualidad, al provenir él de la consabida palabra nous, noumeno, numen o espíritu). Durante este espiritual reinado, como durante el de sus obscuros antecesores, imperaba exclusiva en todo el territorio del Lacio (otra alusión a los lagos iniciáticos, de los que hablamos en anterior capítulo) la primitiva religión de Jano o Jaino, es decir, la áurea, solar, quiritaria y superhumana religión de los jinas  , cosa conservada opacamente por la tradición actual, cuando dice que durante la Edad de Oro del Lacio y de la Liguria (otra alusión a los lagos, con su puerto de Luna y todo) , el rey divino lana o Saturno (IAO, Baco, Jehovah) imperó sobre aquellas santas gentes, tribus arias todas, aunque de muy diversas épocas y orígenes. Entonces, como en igual época del pueblo hebreo, podía decirse que convivían felices jinas y hombres.

Mas como nada es durable en este bajo mundo de dualidad y de lucha, a la edad de oro aquella sucedió la de plata, y luego la de cobre, representadas por la raza de A-man-l-io o Amulio, enemiga de los hombres, al tenor de su partícula a privativa, especie de raza de Las aves de Aristófanes, que, interponiéndose entre jinas y hombres como se interpone entre nosotros y el rayo de sol la nube, implantó una nueva religión de antropolatría o adoración de héroes divinizados: Júpiter, Neptuno, Plutón, etc., que es la que, más o menos, fué luego sustituída por el cristianismo. Sin embargo, la religión primitiva de Jano o Saturno quedó, digámoslo así, latente e iniciática, a la manera de todas las Sociedades iniciáticas cuando se ven perseguidas, y buena prueba de ello era la existencia en 106 tiempos ya históricos del Templo de Jano, cerrado durante las ilusorias delicias de la paz (que permitía los obscenos extravíos de la nueva religión antropolátrica), pero cuyas puertas sagradas se abrían siempre que los peligros de las guerras aconsejaban a los cautos romanos el volver los ojos hacia su única y sublime Religión Primitiva. En fin, según el simbolismo de la leyenda que comentamos, Rea (Are, en bustrófodo) , la hija lanzada de la corte y sucesora de Numitor, y privada de su corona por Amulio, vagó por los bosques con el aditamento expresivo de silvana o "de las selvas", llamándose desde entonces Rea-Sylvia. Este mismo nombre de Rea o Ra-ía, elocuente testimonio de la aria o solar estirpe de la desterrada, no es en sí sino el femenino de Ares, Aries, Ra, el cordero de Rama, o sea Marte; por eso se la puede considerar en su errática vida por los bosques como la primitiva Marta, la esposa del dios Marte, el Wotan de las leyendas nórdicas y yucatecas, viajero también como welsungo o lobo por todo el ámbito de la tierra, "en demanda -como diría Wágner en su Sigfredo y su Walkyria- de un orden nuevo y superior al absurdo orden establecido". (Wágner, mitólogo, capítulos de Sigfredo y La Walkyria).

De la unión, pues, de Marta y Marte, o sea de Ares y Rea, no podía nacer sino una rebelde y gloriosísima raza de lobos o welsungos. Por eso se dice que los dos niños Remo y Rómulo (más bien quizá, por cambio, valga la palabra, de masoras o de vocales, Rama y Rámulus), abandonados por su madre a su triste destino junto a la higuera Ruminal de la orilla del Tíber, fueron amamantados por una loba, loba de la que ellos fueron los lobeznos, que otra institución iniciática más moderna diría.

Pero en este breve párrafo último hay oculto todo un mundo, cuyas tónicas principales no se pueden omitir, porque originan los paralelos más sublimes que es dable imaginar.

En efécto, Rea da a luz a sus dos niños bajo la higuera Ruminal o de Rama, como Maya da a luz al Buddha bajo el árbol Bodhi o de la Sabiduría Solar, Ar o Ra, y como junto a la caverna de Fafner, y bajo el tilo sagrado, da a luz al héroe Sigfredo Siglinda la welsunga, o, en fin, como la Isomberta (Isis-Bertha) de la leyenda del Brabante (Bonilla San Martín, El mito de Psiquis) da a luz a sus siete hijos. .. Los niños, así abandonados en frágil barquilla a las aguas del Tíber, como el niño Sargón de la leyenda caldea; el niño Moisés, de la leyenda hebrea; el niño Quetzalcoatl, de la mexicana, fueron salvados, igualmente que estos últimos, por un ermitaño, haciendo verdadero el romance que empieza:

¡Conde OUnos, conde Olinos,

fué niño, y pasó la mar!...;

y este ermitaño, Iniciador o Maestro, los crió ocultamente y los educó para que algún día hiciesen la reconquista del trono de sus mayores, o sea restableciesen la primitiva religión de J ano o de los jinas... ¡Estos son los hechos obscuros u ocultos bajo simbolismo, y a los que alude, al historiar a Roma, el capítulo XI, párrafo 1º., del iniciado y juicioso Tito Livio!

Además, el salvador de los dos infantes era, según la tradición, un pastor (¡siempre los reyes pastores!) que se llamó Fáustulo, por alusión al las sagrado iniciático: o sea la parte de Derecho divino contrapuesta al Derecho humano o jus; y la esposa de Fáustulo, que ayudara a criarlos, fué la célebre Acca Laurentia, cuyo solo nombre es otro mundo de verdades filológicas, que hombres como Macrobio y Plutarco nos pueden ayudar a esclarecer.

Acca Laurentia, Larentina o "del sagrado lahar", para el vulgo de los diccionarios es "una cortesana de Rómulo o Anco Marcio, esposa hermosísima de un guardián del templo de Hércules, a quien el dios castigó obligándola a que se entregase al primer hombre que viniese a solicitarla", ni más ni menos (¡siempre el paralelo con el mito nórdico-wagneriano!) que como Wotan castiga a su predilecta hija Brunhilda, la walkyria, dejándola sobre una roca, desposeída de todas sus antiguas dotes divinas, a merced del primero que la descubriese. Este feliz mortal, en efecto, fué el Sigfredo para Brunhilda, y para Acca Larentina fué "el prototipo de la Tierra", o Tarrucio. Como representación celeste, además de la Gran Madre o Isis, tenía los consabidos doce hijos o patriarcas, diez los de su matrimonio con fáustulo o Fauno Lupercio, y otros dos, los dos; niños Remo y Rómulo, por ella adoptados, es decir, hijos de otra madre, como el José y el Benjamín hebreos, quienes, aunque hijos. de Jacob, Iaco o Iao, como los otros diez, tenían por madre a Raquel, la Rea bíblica, y no a Lais, lsis o Lya.

Acca-larentina, pues, no es sino Isis, Tellura, Opis, Ceres, Der, Flora, Faula, Fauna o Favola, prototipo, según Plutarco, de la terrestre fecundidad. Por eso las fiestas accalias o psrentatio se celebraban en diciembre, próximas al solsticio de invierno, en el que parece morir el Sol, ni más ni menos que los cristianos celebran por dichos días la fiesta de la Virgen de la O o IO. Todo lo cual, por supuesto, no es sino la transcripción latina de Akka, la Gran Madreen sánscrito, la diosa de los Lha, lares o espíritus de aquí abajo; la Ak o "diosa blanca" en turco; la Aka-bolzüb del templo lunar de Chichen-Ytza (Yucatán); la Aka tibetana, madre de uno dé los dialectos burmanos más antiguos; la Akalkat calcídica del Decán, gemela de la Calchihuitl maya; la Aka-mat-su-mit-su-su-ke, o Psiquis japonesa; la Akamir eslava o tesalia; la Akanichthas, diosa de los más altos genios que limitan al mundo de la forma o piso 22º. del cielo de Indra; la soberana, en fin, de cuantas entidades de esta índole atesoran los Panteones arcaicos con cargo a esa palabra que las resume todas: el A kasha o Éter supremo de los hindúes...

La lingüística comparada nos da un sinnúmero de palabras relacionadas con Acca larentina, o la Gran Madre de los Lhas (espíritus) . Es la primera y más notable la de Acalis o A-kalia en el panteón griego; en su genuina representación lunar o isiaca fué la amada de Apolo (el Sol), de quien tuvo a Philandros ("la que amó a la humanidad andrógina" o bisexuada de la segunda Raza Raíz, que dirían los hindúes) y a Philaris o Philâria ("la que amó a 'la humanidad aria" o Raza Quinta actual), entrambos hijos veneradísimos en Delphos, por haber sido amamantados por una cabra (la eterna Vaca hindú y buddhista). En otra versión simbólica A-kalia es hija de Minos o Manú y de Latona (la Luna) y madre de Cidón, el Gran Señor de los sidonios o heteos, amén de otros hijos, tales como Anfiteusis, Garuna o Garamas el africano, y Mileto, pareja que, alimentada también por una loba como la de Remo y Rómulo, fundan igualmente la famosa ciudad (o escuela ocultista), a la que más tarde perteneciese el gran Thales de Mileto, creador, puede decirse, de toda la ciencia greco-latina, con lo cual, dicho sea de paso, queda establecida la filiación mineana o troyana del Pueblo,-Rey. Otra A-kalia es en Creta (la isla de Minos) la madre de Oaxuos u Oxus, el río que con el Iaxurtes demarcan la parte principal del glorioso país que fuera cuna del pueblo ario, porque Oosras representa al Sol Supremo u oculto, por encima de Surya, el Sol físico, y es a la vez "toro" y "rayo de luz".

Viene en seguida la palabra Acadia, corrupción de Arcadia o Argalia, el país de la Luna o Arya, que aún es el prototipo de la felicidad jina, que también en el siglo IX diese nombre a los países del Canadá, cuando los descubrió Eriven o Eurico el Rojo, normando, todo con arreglo a su etimología de "país encontrado", o más bien paradisíaco, "país que hay que buscar y encontrar". Y de Acadia, Acádica, la primitiva forma de la escritura cuneiforme o ninivita; Acadina, la celebrada fuente consagrada a los hermanos pánicos, deidades antegriegas de la isla de ese nombre, equivalentes a las de los gemelos Cástor y Pólux, Remo y Rómulo, y sus homólogos; Acathra o Acadira, antiquísimo reino trasgangético al sur de China, y otro tibetano de la Sérica que peleó contra Alejandro; Acae, isla de Circe o de los jinas y salvadores encantos (Odisea) que Ulises no quiso seguir disfrutando, porque aún tenía pendientes en este pobre mundo humano los deberes de su hogar; Arcaico, hombre citado por San Pablo, y Acaya, reino tan célebre en los fastos del Cristianismo; Akali, sacerdote hindú de Akal, o el Dios Supremo, encargado de los libros de Nanak (la Venus persa) y también hombre de una de las más extrañas tribus argentinas del Anucán; AcamaPixtli (el dios de la atadura de cañas, o sea la decena, IO), primer rey de los aztecas; A camas, hijo de Teseo y de Fedra, quien con su hermano Demophon (otro Rómulo) fué al sitio de Troya y acompañó a Ganimedes para buscar a Helena, y también un hijo de Antenor, quien con Eneas, el jina, comandó a la escuadra troyana, y, en fin, otros hijos respectivamente de Ensor o En-soph, y de Asio o Drío de Merión; Acanta, ninfa predilecta o esposa de Apolo, que, cual todo lo referente al mundo jina yace hoy oculta, "encantada" o "transformada en planta"; Acamec, nombre alquímico de la parte más fina de la plata fundida; Acamoth, la Sophía o "sabiduría" gnóstica; Acantium, capital arcadia tanto del primitivo Peloponeso como de la Palestina antigua, y Acantia, la diosa lunar inspirador a del corintio Acanto, y diosa yucateca; Acacos, hijo de Licaon (Linceo) y padre putativo de Mercurio, nombre que también designa a la purísima flor nívea simbólica, que, según Calepino, significa "contra los ladrones"; Acal, nieto de Dédalo (Minos), inventor de la escuadra y el compás, y que precipitado por su tío desde la torre en que yacía preso (¡siempre el mito del cisne!) fué transformado en ave por su abuelo; Acabe, Acaburos y Acabitos, montes o ciudades de India, Egipto, Rodas y Cirenaica; Akakesios, otro nombre de la primitiva capital de Arcadia, al Norte de la gran Megalópolis, célebre por la estatua colosal de Hermes, por el templo de Pan o del Dios Desconocido y sin Nombre, y por asignarse como lugar del nacimiento de Mercurio; Acamatos, el dios de Hygyeia, el que posee la eterna salud jina y que conserva en estado acamático los miembros de sus secuaces o "guerreros"; Acaristías-dike, famosísima acción jurídica en Grecia, fundada en causas de ingratitud, como aquella que los ciegos hombres de las religiones vulgares o dogmáticas cometen a la continua contra la primitiva y única Religión de la Sabiduría Tina; Acasis o Acacalis, la hija de Minos amada por Apolo; Akation, barquilla o ballena del Conde Olinos, de Dagón, de Quetzalcoatl, de Jonás y de todos los homónimos de jano-Hércules; Acalista, notable himno nocturno de la Iglesia griega en honor de María; Acca, finísima tela de seda hindú, simbolismo del Velo de Isis; Accabe, Accabicon, Accad, Akkar o Arjad, Acci, Acco, Accain, etc., toponimias de montes y ciudades respectivas de España, Babilonia, Sippara y Mar Muerto; y, en fin, para no agotar las que se leen en la Enciclopedia Espasa (de donde las hemos tomado, pero deshaciendo su  jesuítica o antiteosófica interpretación), las cuatro celebérrimas palabras de Academo, Academia, Accadia y Acasto, acerca de las cuales nos conviene decir algo más.

Los clásicos, en efecto, nos narran que cuando los inevitables gemelos o dioscuros Cástor y Pólux invadieron al Atica para libertar a Helena del poder de Teseo, le hubieron de descubrir el sitio o camino (piedra cúbica, piedra iniciática) por donde subirse puede a la conquista humana de la "Tierra de los Jinas", razón por la cual en el bajo mundo de los mortales dejaron éstos a la Academia o "Jardín de Academo", como senda o lazo de unión entre jinas y hombres. Por eso la Academia quedó desde entonces como mansión de Atenea, Palas, Minerva o "de la ciencia lunar de la tierra para la de allá arriba", como gimnasio o "lugar de educación jina, que no de educación meramente tísica, en tiempos del maestro Hiparco de Bitinia, donde hombres como el divino Platón enseñaron, por encima del Liceo, los misterios luni-solares de Prometeo, Hermes, Heracles, las M usas, Heros, Hephaestos y sus doce olivos sagrados o Dioses Mayores".

En cuanto a Acasto, el cazador hijo de Pelias, los clásicos nos refieren una leyenda que es una variante de la del jina José, o IO-JaPh, judío, desvirtuadísima por la necromancia del paganismo de los últimos tiempos, pero que deja transparentarse, no obstante, todo el gran crimen cometido por el mundo atlante y por sus sucesores contra la Verdad primitiva de Accalarentina, que en este mito es ya Asti-damia, o Hipólita, "la sepultada bajo las losas del sepulcro", pero que más o menos pronto habrá de resucitar. Finalmente, la palabra Accadia, Acquadia o Ecadia, diremos -para no prolongar más este fuerte pasaje, que alude esencialmente a la antigua raza de los sumerios babilónicos, casta sacerdotal primitiva del pueblo ario-, que aparece más o menos con las palabras transcritas en todos los rincones del planeta, proclamando la supremacía, que en vano se pretendió ocultar, de los buenos jinas sobre los malos hombres.

Sigamos, pues, con la leyenda sublime de la fundación de Roma. Llegados a la pubertad los dos gemelos solares Remo y Rómulo (émulos de esotros griegos de Cástor y Pólux, representativos de la Noche y el Día), deciden, dicen los clásicos, el fundar una ciudad allí donde, de niños, fueran abandonados, o sea en el convencional lenguaje iniciático, crear un larario, un nuevo culto. Al efecto, con el arado de reja de cobre (calcas, el metal caldeo o calcidio, sucedáneo del oro y de la plata) , y con la yunta del toro blanco y de la vaca roja sin mancilla (alusión respectiva a las razas originarias de la Isla Sagrada y de la Atlántida, si es que entrambas no eran blancas), abren el surco o círculo mágico" delimitador de la futura ciudad, y en el sagrado Palatino, o monte de Palas Atenea (Minerva o Isis) depositan como fieles arios un poco de aquella tierra de sus manes o mundos mayores que les acompañaban en todas sus cometarias erraticidades emigratorias, y téngase en cuenta que no eran sólo los romanos en aportarlas, sino también los albanos, ramaces, celios, hiceres, encomendis y demás gentes solares (al tenor de "sus nombres de blancura y de luz"), pueblos distintos, aunque dd mismo tronco, que, constituyendo al comenzar el populi romani quiritisque, pasaron así a sintetizarse en el populus romanus quiritium o ÚNICO, con sus cuatro castas arias y todo, de sacerdotes o arúspices, guerreros o patricios, comerciantes o libertos, clientes, etc., y sudras o esclavos. Por eso Virgilio canta en su Eneida (VIII, 318), y Ovidio en sus Fastos (I, 579), la compleja ascendencia romana de latinos, troyanos, griegos, sabinos y etruscos, gentes todas solares o quiritarias (curus, del Mahabarata y de tantas toponimias en los más apartados rincones del mundo) que tuviesen muchos siglos antes esa civilización jina, áurea o primitiva, a la que el texto de Pastor Alvira aludiera al principio.

Pero -cuenta la leyenda- las aves del Palatino, o sea el negro espectro de la mala Magia, hubo de surgir al punto, como acontece siempre en toda Magia troncal antes de separarse en los dos Senderos de la Diestra y de la Siniestra. Los cuervos, las aves con las. negras alas de la noche, vuelan por encima de Remo como por encima de Sigfredo en El ocaso de los dioses wagneriano, y bajo este fatídico anuncio, Rómulo-Hagen tiñe su traidora espada con la sangre del primer fratricidio, ni más ni menos que en la leyenda hebrea, verdaderamente trastrocada, de Caín y Abel, que ya puntualizamos en anterior capítulo. El hecho ocurría, según indicios de los clásicos, en la famosa luna de abril de 753, antes de nuestra Era: la luna sagrada de Bairán, en Oriente; la luna de los grandes sacrificios del año entre druidas y mexicas; la luna pascual del Cordero hebreo, y del Cordero cristiano también, símbolo todo ello de ese gran deicidio cometido por la humanidad al substituir la primitiva Religión de la Naturaleza (Sabiduría de las Edades, Ciencia cainita o Jina, en una palabra, Teosofía) por los demás cultos dogmáticos, vulgares o exotéricos: el fas, por el jus.

Vióse, pues, perdido ya en la Ciudad Eterna el culto solar de los viejos quírites con el triunfo de la necromancia de Rómulo sobre la buena Magia de Rama o Remo; aquél se refugió en la Iniciación de los Misterios mayores y menores, siglos después conocidos por Augusto también, y la feliz doctrina que los dos hermanos aprendiesen de niños bajo la férula tutelar de Fausto o Fauno (la Naturaleza) y de Acca, su "mujer", su contraparte femenina, en la feliz Accadia o Arcadia de los jinas y sus Campos Elíseos, de Helios, o del Sol, fué substituída por las necromancias de los arúspices, los sacrificios de animales y aun los sacrificios humanos (salus populi, suprema lex est), que aun en el Código de las XII Tablas se establece. Desde entonces. igual que la Verdad en la fábula de Lichtwehr, Acca, la Buena Madre isiaca o jina, yace oculta en el desierto, en el valle remoto, en el lugar inaccesible para los hombres profanadores, con todas sus enseñanzas, que habrán de volver algún día a reinar entre los hombres, cuando éstos, dando de lado a sus supersticiones, prejuicios, necromancias y egoísmos, se convenzan de que la Religión Primitiva, como el jorobadito de la leyenda de Los siete barberos, de Las mil y una noches, a quien se creía muerto por "un parsi, un judío, un cristiano y un mahometano", no está sino dormida.

Sí; hay que decido una vez más, ¡Y SIEMPRE! Sobre la Primitiva Religión-Sabiduría Jina hase tendido desde antes de la catástrofe atlante el más tupido, el más piadoso, al par que el más cruel de los velos. La simbólica estatua de la Diosa Isis -la que es, fué, y será ha sido desde entonces, no sólo "velada", sino "re-velada" o "vuelta a velar" del modo más artero, a cada nueva religión y a cada nuevo dogma antropomórfico con el que se ha ocultado la sola, LA ÚNICA RELIGIÓN DE LA NATURALEZA, que fué la de nuestros primeros padres en el elíseo paraíso jina de la Edad de Oro, y habrá de ser, al fin, la Religión única de nuestros hijos y de nuestros nietos...

Cancellieri, en su extraña obra Las siete cosas fatales de la Roma Antigua, de la Roma eterna, lo ha dicho con fúlgida claridad: "El Velo de Helena o de Iliona (el Velo de Maya, Ilusión, Ilus o "deno"), constituía la mayor de las siete prendas sagradas que aseguraban la existencia y la prosperidad de la Roma Antigua", y el Velo cubría y sigue cubriendo hasta al nombre mismo de la Ciudad central de Italia, centro a su vez del lago mediterráneo, que es centro, en fin, de la Eurasia, o sea de la mitad occidental del Viejo Mundo. Sólo se puede colegir que este nombre secreto de Roma, relacionado más de lo que pudiera ensoñarse con su nombre bustrófodo o contrario de AMOR (Buddha, en sánscrito), era un nombre genuina y sublimemente "jina", pues como dice, sin quizá saberlo bien, el propio César Cantú (Historia Universal, libro III, cap. 23): "Los augures -yo diría arúspices- eran tenidos por superiores hasta a los dioses mismos (cosa instituída también por el brahmán, cuando dice: "Yo soy Él", y por San Pablo, cuando asegura que "hasta los mismos ángeles o "dioses" habrán de ser juzgados por nosotros los Hombres", que aun hoy pueden evocados, con riesgo siempre enorme, por la Teurgia). Cuando fueron consultados por el Senado romano con arreglo al estricto rito antiguo, conservado aún en la reforma de Numa Pompilio, accedieron a que, para el ensanche del viejo recinto del templo de Jano se fuesen proscribiendo, uno después de otro, los altares que lo impedían; pero no quisieron bajo ningún concepto, el retirar los de los dioses Término -el It tan econocido- y juventus, o sea Juvenca, la Ternero de Isis, por ser entrambas divinidades excelsas pertenecientes a la religión de los genios (JINAS), creencia que, según hemos visto, era la de los antiguos moradores de la península itálica". Por supuesto, y como siempre, no había tal "ensanche físico del Templo", sino el "ensanche moral" -léase estrechamiento de la vieja Religión- en aras del nuevo y antropolátrico culto. Terminus o lt era la humana Fuerza Trascendente o Espiritual que, con el "Tema de su Justificación", venció a la necromancia atlante, y Flora o luvenca era la femenina Fuerza Mental o fuerza jina.

El tal nombre secreto de Roma, como mantram mágico, sólo era proferido en voz baja por el Pontífice en el acto del Gran Sacrificio. También era sacerdotal, aunque no tanto, el de Flora, que se celebraba cuando las fiestas Florales, y que dió lugar al nombre de la ciudad de Florencia. El civil o vulgar de Roma, según el propio Cantú, venía del griego Ρώμη, fuerza, o más bien del de Ruma, que en lenguaje latino-etrusco equivale a teta, y que ha conservado, con cargo a su abolengo oriental, el caló o lengua de los zíngaros (gitanos) , más bien que en recuerdo de Remo y Rómulo, amamantados bajo la higuera Ruminal, en recuerdo de la letra griega e o theta, que, como ya vimos, es el anagrama de Jano o de lo. El propio Guillermo Schlegel, acordándose del Πουδασασσύρες de Homero, acepta la etimología, aunque aplicándola a las colinas romanas, "tetas" también, como en varios lenguajes se dice de los cerros redondeados o graníticos. No conviene olvidar, además, que hay quizá siete Romas simbólicas, unas debajo de otras, a la manera de las siete Troyas descubiertas por el doctor Schliemann; y que tras la Roma republicana y de los Césares está la de Rómulo, Numa, Tulo Hostilio y Anco-Marcio; pero aún más hondo pueden evidenciarse etimológicamente la Roma vasco-española, heterosca o etrusca; luego, la PARSI; después, la caldaica o sabea, y, por fin, la jaína y la atlante. Por eso, los "guerreros sabinos equivalen a los grandes chatryias prebrahmánicos, substituídos por el sacerdote o hierofante etrusco, acompañado por otro patriciado guerrero al estilo parsi, que destronó todos esos cultos arcaicos del Capitolio, y fué, a su vez, kármicamente destronado por los plebeyos.

En cuanto a los himnos de la Fraternidad jina de los Arvales, merecerían capítulo aparte por su arcaico e incomprensible texto, la desesperación de los mejores latinistas. Quintiliano dudaba ya en su tiempo de que los entendiesen ni aun los mismos sacerdotes sabios que los cantaban, cual pasa hoy en la Iglesia Romana con el sentido iniciático de algunos de sus himnos, tales como el Dies Irae. Varrón (De lingua latina) nos da un fragmento de ellos, el que empieza Choroiauloidos Ero, y que, según el arreglo de Grotefend, canta a la Edad de Oro de Ceres, la Buena Madre, nombre místico de Jana o la Luna, y a su reino como el mejor de todos los de la Tierra, sin que se haya alcanzado aún a interpretar aquel de la Orthographia de Terencio Scauro, que empieza "Cume Poinas", y alude a un sagrado Monte, que no es otro sino el consabido del Grial, o Monte Santo, a nuestro modesto juicio. En cuanto a los fragmentos que se descubrieron en la sacristía de San Pedro en 1778, unos empiezan con la expresiva frase de “Enos lases juvata", cuyas palabras Enos lases han sido interpretadas por Hermann, por "Nos lares", cuando en realidad se refieren a Enos, Eneas o Jano (del verbo eno, enas, enam, "salir del agua nadando"), como Lha, o jefe de los lares, espíritus naturales o, "jinas", prototipo, por tanto, que dirían los ofitas y las gnósticos, de Ennoea, enoia o. la inteligencia (nous). El "Júpiter Gra Bobi”, o "conductor de la vaca" es, en fin, un recuerdo saliobuddhista, bien entendida no. del Buddha Gautama de Kapilavastu, sino de otro alguno de las Buddhas o Tirtankaras jaínos, de las que hemos hecho mención en tantos lugares de esta Biblioteca. Bobe o bue, en efecto, según Calepino, es un "animale noto", taurus o bos.

Y ya que del Cume-Poinas, o Monte Santo, hemos hablado, natural es que consagremos unas líneas a ese célebre personaje cumeano, que se llamó la Sibila de Cumas, aludida genéricamente par el más extraño de los himnos eclesiásticos romanos: el Dies Irae, prueba clara de que sabía de ella hasta San Jerónimo mismo...

Sibyla o Sibulla, como enseñan las Enciclopedias, es mero diminutivo de Sabus o Sabius, o acaso más bien del parsi so-sios, genitivo de Zeus. Constantes intérpretes de la voluntad de las dioses, según la universal tradición mediterránea, equivalen a las valas, o profetisas nórdicas, y también a las druidesas galas y a las pitonisas hebreas. De naturaleza intermediaria entre los hombres y los dioses, participan del necromante y mediumnístico carácter sacerdotal, psiquista e inferior asignado al simbolismo ya dicho de las aves del célebre poema de Aristófanes, pese a la inmensa autoridad que todos estos pueblos occidentales de levadura ario-atlante le han asignado unánimemente. La primera representante de esta dilatada dinastía ocultista fué, según Pausanias, la de Samos, y según otras, la Sibila de Delphos o Sibila pítica (de Apolo, el Sol). Según el paganismo decadente que siguió muchos siglos después de olvidado el jainismo o cainismo primitivo, era ella hija de Júpiter y de la gran Lamia, vengadora y terrible hija de Neptuno, esposo de Apolo (el Sol) y con cuantos caracteres se asignan, por consiguiente, a Io (la Luna).

Cuantas sibilas ha conocido la historia ostentan los mismos caracteres, siendo muy notable, entre ellas, la Troyana a Eritrea ("la sibila morena", "la Isis negra"), que vivió luego en Samos, Claras, Delos y Delfos, gozando de la eterna compañía de Hermes-Mercurio. y de las ninfas, según reza el epitafio del bosque sagrado de Apolo. Smintheo. Vivían las sibilas bajo la acción secreta sacerdotal, como instrumentos dóciles de los Colegios de éstas (Manteion), y sufriendo el llamado frenesí mántico, especie de acceso histérico.-epileptiforme o "trance" espiritista. Sus oráculos, oscuros, complicados y casi siempre en versos sentenciosos, tenían el discutible valor de toda comunicación medianímica entre este y el otro mundo, valor en triste hora asignado como substituto peligrosísimo a esa camunicación directa y única que establecer deben con lo Desconocido la virtud y la ciencia, sin intermediario sacerdotal alguno. Otras sibilas, o "sabias mujeres", célebres en los fastos históricos, fueron, a más de la Erythreia y la Delphica, la de Eudor, mencionada en el bíblico Libro de los Reyes; la frigia de Ancyra (Gergis); la Helespontina o troyana; la de Eubea; la BEOCIA, designada por Elieno con el nombre de Bacis- de "bazo", "yo hablo", aludiendo a que parecía dar sus oráculos por el ombligo (órgano astral) , al modo de los ventrílocuos, Chresmoi Sibulliacoi, como también se solía llamarlos-. La colonia calcídica de Eubea en Italia creó, en fin, en la región vecina al dormido Vesubio y en los rientes campos del actual golfo de Nápoles aquella celebérrima Sibila de Cumas, alma de toda la historia romana hasta el Imperio, y aun de la historia eclesiástica que se desarrolló después.

En efecto, a la Sibila Cumeana, cantada ya por Virgilio, y cuya existencia milenaria y mágica ya estaba en el año setecientos de sus días en los tiempos del troyano Eneas cuando éste arribara con sus naves a las playas del Lacio, se la consideraba recibiendo su inspiración mántica bajo los vapores sulfúreos de la gruta del Averno, por donde entrara, según Fenelón, el héroe Telémaco para buscar a su padre Ulises en los Campos jinas, Ulíseos o Elíseos, no lejos del laberinto astral-jina que Dédalo alzó en honor de Apolo, el .inspirador sibilino de aquella mujer-espectro, temible melanchrene, que diría Aristóteles. Los otros nombres de la sibila cumeana, tales como los de Herófila, Demópea, Femónea, Deiphobea, Amaltea, Nebia, Cimeriana, etc., merecerían por sí un capítulo especial en este libro, ya que este último nombre, por ejemplo, alude a la raza liliputiense y jina de los míticos cimerianos, verdaderos nibelungos de sus galerías, hombres-hormigas, en fin, de los que han quedado indelebles huellas aun en las propias pinturas rupestres, tan equivocadamente empezadas a estudiar hoy por los científicos de nuestros días.

Cicerón, en su discurso noveno contra Verres, nos habla de ella y de sus libros vendidos al rey Tarquino, y que el Senado romano custodió en urna de pórfido como el tesoro más preciado, hasta que fueron quemados por orden de Syla, por encerrar los secretos de la falsa religión establecida. El abate Martigny nos habla de otros antiquísimos restos de doctrina sibilina, formada, dice, en el año 138, con traducciones y "agadas" bíblicas  . Taciano y su discípulo Teofrasto de Antioquía, en el proemio de los 80 versos sibilinos, conservados en su A ulycus A utolicus, según las enciclopedias, no ve en tales Oráculos sibilinos sino la forma grecorromana de los Libros de Profedas hebreos  .

Y nada más lógico, porque la más remota filiación de cuantas colecciones profético-didácticas corren por el mundo con el nombre de Oráculos sibilinos, se halla, como insinúa la Maestra H. P. R, en el antiquísimo Libro etíope-atlante de Henoch o Enoch, libro "jaino", del que ya nos hemos ocupado en anterior capítulo. Con ello, además, se comprende que M. Alexandre haya podido llenar varias páginas de bibliografía enciclopédica con oráculos sibilino-espiritistas antiguos, medioevales, y demás "agadas" fabricadas por cristianos y judíos.

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