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Estado de Galilea a
la aparición de Juan el Bautista. - Juan y Elías, un solo personaje ocultista o
jina. - Juan-Elías entre cristianos y musulmanes. - Las fraternidades eremíticas
de Siria y Palestina. - Esenios, terapeutas, ebionitas, nazarenos y demás
ascetas del Líbano y del Jordán y su mundo jina. - Abolengos caldeo-buddhistas
de todos ellos, según las propias etimologías de sus nombres respectivos. -
Todos ellos separaban en la Religión "la letra que mata del espíritu que
vivifica", - Los bautistas, sabeanos y cristianos de San Juan. - Enseñanzas
gnósticas sobre algunos de estos particulares misteriosos, - Los nazarenos eran
como teurgistas caldeos. - Siria, Galilea y . Palestina en la época de Jesús y
en nuestros días. - Las escuelas pitagóricas y las enseñanzas del Evangelio,
según H. p, B, - La genuina pureza aria del Nuevo Testamento. - Cuatro
momentos distintos de la vida de Jesús. - La Transfiguración de Jesús en el
Tabor. - Su Resurrección y su Ascensión. - La Pentecostés,
Historiando H. P. B. el estado de
toda la Galilea a la aparición de Juan el Bautista
,
nos ,dice en Isis sin Velo:
"De todos los personajes del pasado,
cuyo recuerdo venía como las visiones de una noche agitada a despertar y
conmover al pueblo israelita, el mayor, sin duda, era el de Elías el profeta.
Entre los hebreos, aquel gigante que vivió en las asperezas del monte Carmelo,
teniendo por toda compañía la vecindad de las bestias feroces, y de donde salía
como el rayo para hundir y levantar reyes, se había convertido, por una serie de
transformaciones sucesivas, en una especie de ser sobrehumano, unas veces
visible, otras invisible, a quien respetaba hasta la misma muerte. Creíase
generalmente, además, que Elías iba a venir de nuevo, a fin de restaurar el
reino de Israel. La vida austera (o jina) que había hecho en el desierto;
los terribles recuerdos que había dejado y que aún perduran en Oriente; aquella
sombría imagen que aun en nuestros tiempos atemoriza
,
influía vivamente en los ánimos y marcaba con su sello a todas las concepciones
populares. Cualquiera que aspirase a ejercer gran influencia sobre el pueblo,
trataba de imitar a Elías, y como la vida solitaria había sido el rasgo
característico de aquel profeta, habíase adquirido la costumbre de no considerar
al "hombre de Dios" sino como un eremita. Creíase que todos los santos
personajes habían tenido sus días de penitencia, de vida agreste, de ásperas
austeridades. La penitencia en el desierto llegó a ser de este modo la condición
indispensable y el preludio de altos destinos. La vida anacorética, tan opuesta
al viejo espíritu judaico, alcanzaba así gran boga en Judea en tiempos de Juan.
Los esenios o terapeutas se hallaban agrupados cerca del país de Juan, sobre las
márgenes orientales del Mar Muerto... Los maestros de la juventud eran también,
en ocasiones, una especie de anacoretas bastante parecidos a los gurus
del brahmanismo. ¿Se dejaba quizá sentir en esto la influencia, más o menos
remota, de los muni buddhistas? ¿Habían llegado hasta Judea, como
llegaron indudablemente a Siria y a Babilonia, algunos de aquellos monjes que
recorrían en todas direcciones la tierra?... Desde hacía algún tiempo Babilonia
había llegado a ser un verdadero foco de buddhismo. Budasp (el Boddhisatua)
tenía reputación de ser un sabio caldeo a quien se le consideraba como un
fundador del propio sabeísmo baptista, que caracterizaba a los nazarenos
.
Los nazarenos eran conocidos como
bautistas, sabeanos y cristianos de San Juan. Su creencia era que el Mesías no
era el Hijo de Dios, sino sencillamente un profeta que quiso seguir a Juan.
Orígenes (vol. II, página 150) observa que "existen algunos que dicen de Juan el
Bautista que él era el ungido (Christus) "... Cuando las concepciones
metafísicas de los gnósticos, que veían en Jesús el Logos y el ungido, empezaron
a ganar terreno, los primitivos cristianos se separaron de los nazarenos, los
cuales acusaban a Jesús de pervertir las doctrinas de Juan y de cambiar por otro
el bautismo en el Jordán (Codex Nazaraenus, II, pág. 109).
"Atacados por los últimos profetas, y
maldecidos por el Sanhedrin, los nazars o nazarenos eran confundidos con
otros de aquel nombre, aquellos que, según aseas (IX, 10), "se apartaron para su
vergüenza", y eran perseguidos en secreto, si no declaradamente, por la sinagoga
ortodoxa. Se ve claro, ciertamente, por qué Jesús era tratado con tal desprecio
por parte de los profetas de su tiempo como "el Galileo". Nathaniel pregunta:
"¿Puede venir algo bueno de Nalareth?" (Juan, 1, 46), al principio mismo
de la carrera de Jesús, porque sabe que es un nazar. ¿No indica esto
claramente que ni aun los más antiguos nazars pertenecían realmente a la
nación hebrea. sino que eran más bien una especie de teurgistas caldeos?
"Jesús, en rigor, no puede ser llamado
efectivo esenio, ni tampoco nazareno o de la antigua secta de Nazaria. Lo que en
efecto era, puede encontrarse en el Codex Nazaraenus, aun en las
injustas acusaciones de los gnósticos bardesánicos. "Jesús es el Nebu, el
falso Mesías, el destructor de la antigua religión ortodoxa", dice el expresado
Codex" (Norberg: Onomasticón, 74). Es el fundador de la secta de
los nuevos nazars, y como claramente lo implican las palabras, uno que
sigue la doctrina buddhista. En hebreo, la palabra naba significa "el que
habla por inspiración de Nebo", el dios de la Sabiduría; pero Nebo es también
Mercurio, y Mercurio es Buddha en el monograma hindú de los planetas.
Además, los talmudistas nos presentan a Jesús como inspirado por el genio de
Mercurio (Alfonso de Spire: Fortalicium Fidei, 11, 2). "Este es Elías,
que había de venir", dice Mateo hablando de Juan Bautista (XI, 14). haciendo
así entrar una antigua tradición cabalista en el molde de la evidencia. Pero
cuando, dirigiéndose al Bautista mismo. le preguntan (Juan, 1, 16) :
"¿Eres tú Elías?", él dice "no lo soy".
Conviene, por tanto, tender una ojeada
por el estado religioso de Siria y Galilea en la época de Jesús.
Las tres sectas reinantes en la época
de Jesús eran los fariseos. los saduceos y los esenios. Estos últimos creían que
el alma es la que honra a Dios, y no la inmolación de las víctimas. Sus
prácticas religiosas tenían por base la renunciación, la abstinencia y la
castidad. Fieles a la tradición de los grandes profetas judíos, fundaban la
religión sobre la pureza del corazón y de la conducta, sobre la abnegación y el
amor al prójimo; ponían un poco de iluminismo en sus deseos de santidad, y
pensaban que la religión debe ser tolerante y humana, sin detenerse en los
límites del judaísmo. Se inspiraban sobre todo, en este pasaje de Isaías:
"Vosotros ayunáis -dice el Eterno- a capricho de vuestra voluntad, pero sin
perdonar a vuestros enemigos; ayunáis, pero os entregáis a vuestras disputas v
al odio. ¿Decís ser muy agradable al Señor el estar con la cara compungida,
bajar la cabeza y cubrirse de ceniza y cilicio? No; lo que yo os pido es que os
desliguéis de las ataduras del vicio; que libertéis a los oprimidos, deis
hospitalidad a los indigentes, consoléis a los afligidos, vistáis a los desnudos
y pongáis en fuga al espíritu del mal que en vosotros mora."
"En cuanto a los esenios -dice el gran
historiador judío-, atribuyen todas las cosas a la Providencia divina, y a ella
se confían. Creen que las almas son inmortales; estiman que tenemos que trabajar
con todas nuestras fuerzas para que reine la justicia: se contentan con enviar
sus ofrendas al templo sin ir a él a ofrecer sacrificios. Sus costumbres son
irreprochables, y el cultivo de la tierra su ocupación única. Su virtud es tan
admirable, que superan grandemente a los griegos y a otras naciones, porque de
ella hacen su principal estudio. Poseen sus bienes en común, sin que los ricos
tengan mayor parte que los pobres. No tienen mujeres ni servidores, porque están
persuadidos de que las mujeres son un obstáculo al reposo de la vida, y el tener
criados lo consideran como una ofensa a la Naturaleza, que hace iguales a todos
los hombres. Se ayudan unos a otros, y los más distinguidos de entre ellos
reciben todo cuanto se recoge del trabajo para el sustento por igual de todos."
(Antigüedades judaicas, libro XVIII, capítulo II.)
"Jerusalén era entonces -dice Renán en
su Vida de Jesús-, poco más o menos, lo que es hoy en día: una ciudad de
pedantería, de acrimonia, de disputas, de odios y nimiedades de ingenio. El
fanatismo era allí extremado; muy frecuentes las sediciones religiosas. Los
fariseos imperaban en ella; el estudio de la Ley, llevado hasta las más
insignificantes minucias y casuísmos, constituía la enseñanza única. Aquella
cultura, exclusivamente teológica y canónica, no contribuía en nada a ilustrar
los entendimientos. Tenía algo de la estéril doctrina del faquir musulmán, de
esa ciencia fútil que se agita en derredor de una mezquita, disipación
considerable de tiempo y de dialéctica vana del todo. La misma educación
teológica del clero moderno, aunque árida, no puede dar una idea de aquélla. ..
La ciencia del doctor judío, soler o escriba, era puramente
bárbara, absurda, sin compensaciones y desprovista de todo elemento moral, como
puede juzgarse por el Talmud mismo. Para colmo de la desgracia, llenaba
de un ridículo orgullo a todo el que se empeñaba en abrazarla. Orgulloso del
pretendido saber, que tanto trabajo le costara, el escriba judío sentía por la
cultura griega el mismo desprecio que el sabio musulmán de nuestros días
experimenta por la cultura europea, y que el antiguo teólogo católico tenía por
el saber de las gentes del mundo. Siendo propio de esas culturas escolásticas el
alejar al espíritu de todo lo delicado.... aquel odioso mundo no podía menos de
oprimir gravemente a las almas sensibles y delicadas del Norte, y el desprecio
por ello de los hierosimilitanos hacia los galileos hacía aún mayor el abismo
que los separaba." En cuanto a Nazareth, añade: "La ciudad santa de Jesús es un
pueblecito situado en un repliegue del terreno que forma la ancha meseta
derivada de las montañas que limitan al Norte la llanura del Esdrelón. No le
mencionan siquiera el Antiguo Testamento, ni Josefo, ni el Talmud.
Su población actual es de unas tres a cuatro mil almas, y acaso no haya variado
mucho desde entonces. Fría en invierno y de muy saludable clima. Sus alrededores
son deliciosos, y en ningún país del mundo se hallaría un lugar más a propósito
para formar y dar pábulo a los ensueños de la más absoluta ventura, pues que
aquel pintoresco pueblo es acaso el único punto de Palestina en el que el alma
se siente aliviada del opresivo afán que experimenta en medio de aquella
desolación sin rival. En el siglo VI Antonino Mártir hizo un cuadro encantador
de la fertilidad de sus alrededores, comparándolos con el Paraíso. Todavía
algunos de los valles del Oeste justifican esta pretensión. El horizonte de la
ciudad es reducido, pero cuando se asciende un poco hasta la meseta superior,
barrida por continuas brisas. la perspectiva se agranda hasta hacerse
espléndida. Al Oeste se extienden las hermosas líneas del Carmelo, terminadas
por una abrupta punta que parece sumergirse en el mar. En seguida se desarrollan
la doble cima que domina a Mageddo; las montañas del país de Sichem, con sus
lugares santos de la época patriarcal; el monte Gelboé; el pequeño y pintoresco
grupo al cual van siempre unidos.
los recuerdos,
risueños o terribles, de Sulem y de Endor, y, en fin. el Tabor, con su bella
forma esferoidal, que los antiguos comparaban a un seno. El valle del Jordán y
las elevadas llanuras de la Perea, que forman una línea continuada hacia el
Este, se entrevén por una depresión montañosa entre Sulem y el Tabor. Al Norte.
las montañas de Safed se inclinan hacia el mar, ocultando a San Juan de Acre,
pero dejan que la mirada se pierda en el golfo de Khaffa. Más allá, por el Norte
y casi entre los flancos del Hermón. se descubre la Cesárea de Felipe, en tierra
de gentiles, y por la parte del Sur, detrás de aquellas montañas, ya menos
rientes. de Samaria, se adivina la triste Judea, disecada por los vientos
abrasadores, de muerte y de destrucción... Tal fué el horizonte de Jesús y de
sus primeras predicaciones."
Nazareth es, más o menos, toda
Palestina, en sus tradiciones religiosas, su vivir casto y retirado,
característico: esenio, ebionita. terapeuta y nazareno
,
es decir, jina, si por la vaga palabra en cuestión hemos de entender
esencialmente algo de lo que quería significar nuestro Fray Luis de León con
aquello de
“¡Qué descansada vida
la del que huye el mundanal ruido
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo
han sido!"
Munk, en su obra Palestina,
afirma, en efecto, según H. P. B., que en ella existían cuatro mil esenios
refugiados en sus desiertos, teniendo sus libros místicos y vaticinando lo
futuro. En cuanto al Líbano, en él vivían los nabatheanos (los adoradores del
dios Nebo, o Nabia, los dotados del don profético), cuyo libro más
famoso, según Maimónides (Doctor D. Chwobolm, Die Saabier und der Saabismus,
II, pág. 458), es el traducido al árabe por Ibn Wahohijah, y que ha llegado
hasta nosotros con el título de Agricultura de los Nabatheanos, Existen
también multitud de tribus que viven diseminadas más allá del Jordán, y
asimismo entre los descendientes de los samaritanos en Damasco, Gaza y Shechem
(hoy Naplosa), quienes, a pesar de dieciocho siglos de persecuciones, han
conservado la fe de sus padres en. su primitiva sencillez; y en ellas es donde
hay que buscar las tradiciones cristianas primitivas de aquellos que, como dice
Eusebio, habían conocido personalmente a Jesús. .. Después de la muerte de éste,
los primeros cristianos, ya fueran ebionitas, nazarenos, gnósticos, etc.,
estuvieron reunidos allí, y en oposición a la Sinagoga, cuanto a los tiránicos
tecnicismos de los fariseos, hasta que el grupo primitivo se dividió en dos
ramas distintas: los cristianos cabalistas de la escuela tanaim de la
India y los cristianos cabalistas de la Gnosis de Platón. La primera estaba
representada por los secuaces de Pedro y de Juan, el autor del Apocalipsis,
y la segunda por la cristiandad de Pablo, que, mezclándose al final del
siglo 11 con la filosofía platónica, absorbieron más tarde a las propias sectas
gnósticas, cuyos símbolos y mal comprendido misticismo fueron a parar a la
Iglesia de Roma.
Durante la primera época de su vida,
Jesús tenía frecuente comunicación con los esenios de la escuela pitagórica,
conocidos bajo el nombre de koinobi (o cain-nobi). Renán cometió una gran
ligereza al asegurar, tan dogmática e imprudentemente, que Jesús hasta ignoraba
los nombres de Buddha, Zoroastro y Platón; que jamás había leído un libro griego
ni buddhista, aunque poseía más de un elemento que, sin él mismo saberlo,
procedía del buddhismo, parsismo y helenismo, cosa que equivale 'casi a admitir
un milagro y a conceder demasiado a la casualidad o la coincidencia. Abusa
grandemente, además, de la inmunidad quien, pretendiendo, como Renán, escribir
hechos históricos, deduce aquellas consecuencias que le son simpáticas de
premisas hipotéticas, llamándolas historia luego. Por eso, el autor de la
Vida de Jesús no tiene bajo sus pies ni una pulgada más de terreno firme
que cualquier otro compilador de leyendas concernientes a la problemática
historia del profeta nazareno. Además, mientras que Renán no dispone de un hecho
siquiera que demuestre que Jesús jamás estudió los dogmas metafísicos del
buddhismo y del parsismo, ni oyó jamás hablar siquiera de Platón, sus
contradictores tienen las mejores razones del mundo para pensar lo contrario,
cuando ellos encuentran: primero, que todas sus sentencias están concebidas en
un espíritu pitagórico, cuando no son repeticiones literales; segundo, que su
código de ética coincide con el buddhista; tercero, que su vida y modo de actuar
son siempre los de un esenio; cuarto, que su manera alegórica de expresarse, sus
parábolas y sus hábitos son los de un Iniciado griego, parsi o caldeo, los de
"un Perfecto" ,que diría Pablo; quinto, que es, en fin, una bien pobre alabanza
al Ser Supremo la de querer reducir su Verdad a la mera de los cuatro
Evangelios, los cuales, además de contradecirse con frecuencia, no presentan
una sola sentencia, frase o narración cuyo paralelo no pueda encontrarse en
alguna doctrina o filosofía más antigua. Seguramente que el Todopoderoso pudiera
haber hecho descender con Cristo -su primera y única encarnación en la
Tierra- algo más original, y que hubiese establecido una línea divisoria
entre Él mismo y la veintena o cosa así de dioses paganos encarnados que
nacieron todos de vírgenes, que todos fueron salvadores, y como tales han sido
muertos o se han sacrificado por la humanidad. Todos estos pasajes están tomados
de Isis sin Velo, donde la Maestra termina diciendo:
"Sobre el primer extremo de los
indicados, y a pesar de la escasez actual de antiguas obras filosóficas, véanse,
si no, estas sentencias de Sexto el pitagórico, y de otros paganos, y compárense
con sus homólogas de los Evangelios, que van indicadas entre paréntesis:
"1. No poseas otros tesoros sino aquellos de los cuales nadie te podrá privar
(Mateo, VI, 9). 2. Es preferible cortar o quemar el miembro infeccionado que
no el que éste infeccione al resto en otro estado o vida (Marcos, I, 43).
3. Vosotros mismos albergáis en vuestros cuerpos algo divino; conducíos, pues,
como si fueseis templo vivo de Dios (1, Corintios. 111, 16). 4. El mayor
honor que puede tributarse a Dios es el tratar de imitar sus perfecciones
(Mateo, V, 45 Y 48). 5. Lo que yo no quisiera que me hiciesen los hombres
-dice Confucio en las obras de Max Müller-, tampoco yo debo hacerlo a éstos
(pasajes de varios sitios de los Evangelios). 6. La Luna -dice el Código
del Manú- brilla de igual modo sobre la casa del justo que sobre la del malvado
(Mateo, V, 45). 7. Aquellos que dan, reciben -sigue diciendo el Código
del Manú- y a aquellos que rehusan dar, les será quitado cuanto tienen
(Mateo, XIII, 12). 8. Según el refrán hindú, sólo el puro de espíritu es
quien puede ver a Dios (Mateo, V, 8)".
Ninguna de las transfiguraciones y
eutanasias consignadas en el Antiguo Testamento son comparables, en
riqueza de detalles ni en viveza de colorido, a las que los Evangelios nos
refieren de Jesús, porque en ello, como en todo, la aria pureza del Nuevo
Testamento va siempre mucho más allá que el semitismo, casi siempre
positivista y a ras de tierra, del Antiguo.
Además, en las descripciones que los
evangelistas nos hacen de la vida de Jesús, se aprecian claramente cuatro
momentos distintos, o mundos, por lo menos, a saber: a) El de la
vida ordinaria o exterior del Justo entre los hombres, conviviendo con
publicanos y pecadores, amén de con los "pescadores", sus discípulos, ni más ni
menos que acontece con todos los humanos, y al tenor de la hermosa sentencia que
dice (Mateo, IX, 12): "los sanos no tienen necesidad de médico, sino de
enfermos". b) El de la Vida Interior del Justo, cuando, alejándose del
"mundanal ruido", que dijo nuestro clásico, se retiraba "en soledad y silencio
al último rincón de tu aposento" (Mateo, VI, 5-13) a orar y comunicarse
con el Padre, o sea con ese Dios Interior o Yo Superior (Atma Buddhi-Manas,
de los orientales) que todos llevamos dentro, o, en otros términos, cuando
después de haber ayudado a sus hermanos menores, los hombres del "valle hondo y
oscuro, con soledad y llanto", se consagraba a la meditación o a la yoga,
que los orientales dirían, o sea a procurarse la unión del alma humana -siempre
anhelante de subir, de retornar a su celeste origen- con el Espíritu Divino que
la cobija, unión, por otra parte, simbolizada por el eterno mito de Psiquis,
tantas veces citado en anteriores libros. e) El de todo ese extraño y
obscuro período que en los Evangelios media entre la muerte y resurrección del
justo y su gloriosa ascensión a los cielos, período en el que, si no nos
equivocamos, vive Jesús una vida periespiritual, que diría un discípulo
de Allan Kardec; una vida intermedia y en cuerpo espiritual, que diría San Pablo
(Corintios, I, XIV), o en doble etéreo, que añadiría un teósofo. En
semejante "cuerpo sutil y glorioso", que, más o menos, recuerda al que parecen
revestir todas las apariciones post-mortem que la historia, la leyenda y
el fenómeno espiritista registran, Jesús acompaña, ora invisiblemente, ora
visible, a sus discípulos; se presenta y convence al incrédulo positivista de
Santo Tomás; se muestra en el cerrado cenáculo de aquéllos, atravesando las
paredes, para prometerles la iluminación jina de Pentecostés, con sus
lenguas de fuego, o sea el "don pineal o del tercer ojo", descrito por
nosotros en las páginas 373 y siguientes de De gentes del otro mundo, y
realiza, en fin, "cosas de cuarta dimensión", perfectamente imposibles para
nosotros los pigmeos, que nos debatimos todavía durante esta nuestra vida física
en las tinieblas o "sombras de sombras" de la dimensión tercera. d) El
del mundo superliminal e inmediatamente superior a este último "mundo
etéreo" de la dicha convivencia post-mortem del Maestro con sus
discípulos, caracterizado porque ya en él, a diferencia de lo que les
aconteciese en el anterior, los discípulos pierden la conciencia física que en
este último estado tenían, razón por la cual, "presas de un sueño invencible",
apenas si pueden darse cuenta de la transfiguración que sobre la cumbre del
monte Tabor, y ante ellos mismos, se opera en el cuerpo y el semblante de Jesús,
al convivir "con aquellos que se fueron sin irse", es decir, con Henoch, con
Moisés y con Elías, los antes transfigurados, al tenor de cuanto llevamos visto.
e) Finalmente, y por encima de todos los dichos cuatro estados
anteriores, la propia Ascensión del Señor a los cielos nos dibuja un quinto e
inefable estado celeste, para el que, al faltarnos las ideas, no pueden menos de
faltamos también las palabras, pero que, igual que en el Cristianismo, tiene su
nombre correspondiente en las otras religiones: Devachán, entre los
brahmanes; Swarga, entre los buddhistas; Amenti, entre los
egipcios, etc., etc.
El pasaje de Lucas (IX, 18-27) que
sirve como de prólogo al sublime momento de la Transfiguración de Jesús, se
presta a las más profundas y consoladoras meditaciones, si substituímos, con
arreglo a la enseñanza evangélica, "su letra que mata por su espíritu que
vivifica".
En efecto, vemos en dicho pasaje que
Jesús, queriendo sondar en las respectivas psiquis de sus aún poco evolucionados
discípulos acerca del juicio que iban formando de su persona y de sus
enseñanzas, los llevó aparte después de haber realizado el milagro de la
multiplicación de los panes y los peces -símbolo de la multiplicación del pan
del alma o de la ciencia más que del grosero pan de los cuerpos, que "siempre
nos es dado por añadidura" -, y les preguntó de manos a boca que quién decía el
vulgo que era él. A lo cual respondieron unánimes, como lo hubieran hecho
cualesquiera otros creyentes en las vidas anteriores, que unos decían que era
Juan el Bautista; otros, que era Elías, y otros, que algún otro de los muchos
profetas del Señor en los tiempos pretéritos, añadiendo Pedro aquella confesión
solemne de "Tú eres Cristo, hijo de Dios vivo," Al oír esto el Maestro, no
pudiendo desmentir lo que era pura realidad, como miembro que era de la gran
Fraternidad Blanca, cuyos adeptos, como dice H, P. B., tienen todos biografías
humanas tan análogas que fácilmente pueden ser tomados unos por otros, les
amenazó severamente, ordenándoles que no dijesen nada acerca de ello a las
gentes, añadiendo estas frases que los comentaristas cristianos refieren siempre
a la propia vida de Jesús, pero que, en espíritu, dado que todo hombre es, según
los gnósticos, un Chrestos sufriente en este mundo antes de ser un
Christos triunfante en el otro, bien puede asegurarse que aluden asimismo a
todos nosotros y a nuestras tribulaciones y esperanzas a lo largo del Sendero
Iniciático o Jina. Sendero que supone toda nuestra vida, desde la cuna hasta el
sepulcro, cuna también, a su vez, de nuestro nacimiento a dicha segunda vida
espiritual: "Es necesario que todo
hijo del hombre padezca muchas cosas, y que sea desechado de los ancianos
(los tenidos en el mundo por prudentes, sensatos y discretos) y de los
príncipes, de los sacerdotes (u hombres constituidos en autoridad mundana)
y de los escribas (o sea de los tenidos por sabios en el mundo), y
que sea entregado a la muerte (es decir, que la muerte haga de él al fin su
presa, porque a ella nos ha entregado el Karma o Destino), y que resucite al
tercer día. .. Mas, añádoos, en verdad, que algunos no gustarán la muerte hasta
que vean por sí mismos el reino de Dios..."
Estas últimas palabras de resurrección
al tercer día después de muertos, son la ley general de la vida ordinaria de
todo hijo de hombre. Una excepción a dicha regla general parece entrañar la
promesa de que algunos de éstos -siempre en el sentido, por supuesto, de nuestra
interpretación simbólica del texto de San Lucas no gustarán de la muerte hasta
que vean por sí mismos el reino de Dios.
La emocionante y sublime escena de la
Transfiguración de Jesús, sobre la cual, como sobre la Ascensión, los que se
tienen por cristianos jamás han meditado lo bastante, aparece descrita por Lucas
(IX, 18-37) en los términos siguientes: "Y aconteció que estando Jesús orando,
preguntó luego a sus discípulos: "¿Quién dicen las gentes que soy yo?" Y ellos
le respondieron: "Unos dicen que eres Juan el Bautista -Ioagnes, Ra o el
Cordero de Dios-; otros dicen que eres Elías, y otros muchos que en ti ha
resucitado alguno de los antiguos profetas." A lo que Jesús añadió: "Y vosotros,
¿quién decís que soy yo?"; respondiendo Simón Pedro: "¡Tú, el Cristo de Dios
eres'" Él, entonces, les conminó para que no dijesen nada a nadie acerca de todo
aquello, diciéndoles: "Es necesario que el Hijo del Hombre padezca muchas cosas
y que sea desechado de los ancianos y de los príncipes, de los sacerdotes y de
los escribas, y que sea entregado a la muerte y que resucite al tercero día." Y
añadía a todos: "Quien desee venir en pos de mí -o como si dijera a esotro mundo
superior del reino de Dios, cuyo Tesoro no puede ser revelado ni dado a los
cerdos-, niéguese a sí mismo, tome día tras día su cruz, y sígame. Porque el que
quiera salvar su alma -el egoísta-, la perderá, y el que por amor a mí quiera
perder su alma -el altruista-, ése la salvará. Porque, ¿qué aprovecha a un
hombre el granjearse todo lo del mundo, si se daña y pierde a sí mismo? Pues
quien se afrentase de mí y de mis palabras, se afrentará de él el Hijo del
Hombre, cuando viniere con toda su majestad y la del Padre y de sus santos
ángeles. Mas dígoos, en verdad, que algunos hay aquí que no gustarán de la
muerte hasta que vean por sí mismos el reino de Dios..."
Y después de este pasaje, que tomado a
la letra se refiere sólo a Jesús, pero que tomado simbólicamente o "en espíritu"
se refiere, en efecto, a todos los hombres, como más adelante veremos, continúa
el texto con la escena de la transfiguración diciendo:
"Y aconteció, como ocho días después
de estas palabras -y como si el hecho, añadimos nosotros, viniese a ser una
corroboración práctica y tangible de ellas-, que tomando Jesús a sus discípulos
Pedro, Santiago y Juan, subió a un monte para orar. Y al par que hacía el
Maestro su oración, se cambió e hizo otra la figura de su rostro y sus
vestiduras se tornaron blancas y resplandecientes. Y he aquí que con Jesús
hablaban dos varones. Y éstos eran Moisés y Elías, que aparecieron llenos de
majestad y que le hablaban de su salida o de Jerusalén. Más Pedro y sus
compañeros estaban cargados de sueño, y, despertando, vieron la gloria de Jesús
y de los dos varones que con él estaban. Y cuando éstos se apartaron de él, dijo
Pedro a Jesús, no sabiendo lo que se decía: "Maestro, bueno es que nos estemos
aquí: hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías." Y
mientras que Pedro decía esto, vino una gran nube que los envolvió, causándoles
gran pánico. Y de la nube salió una voz que decía: "¡Éste es mi Hijo amado! ¡A
él escuchad!" Y cuando la voz cesó, hallaron ya solo a Jesús. Y ellos callaron y
a nadie dijeron cosa alguna de lo que habían visto y oído..."
Este texto de Lucas, con ligeras
variantes, aparece reproducido en Mateo (XVI y XVII) y en Marcos (VIII y IX).
Luego, tras el relato evangélico de la crucifixión viene el de la resurrección y
la segunda "vida" de Jesús con sus discípulos, donde se dice:
"He hablado, ¡oh Theóphilo!, en mi
primer discurso (o Evangelio) - dice Lucas al comenzar a narrar Los hechos de
los Apóstoles-, de cuantas cosas comenzó a hacer y enseñar Jesús, hasta el
día en que, después de haber instruído por el Espíritu Santo a los Apóstoles que
había escogido, fué recibido arriba. A ellos se les mostró vivo después de su
pasión, con muchas pruebas, apareciéndoseles por cuarenta días y hablándoles del
reino de Dios. Y comiendo con ellos les mandó que no se fuesen de Jerusalén,
sino que esperasen la promesa del Padre, que dijo: "Juan bautizó en agua, mas
vosotros seréis bautizados en Espíritu Santo, no mucho después de estos días."
Entonces, los que se habían congregado le preguntaban si en dicho tiempo iba a
restaurar el reino de Israel, y Jesús les contestó: "A vosotros no os toca el
saber los tiempos que puso el Padre con su propio poder, mas recibiréis la
virtud del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros para que me seáis testigos
en Jerusalén y en toda la Judea y Samaria hasta las extremidades de la Tierra."
Y mientras esto decía, se fué elevando y le recibió una nube que le ocultó a los
ojos de ellos. Y cuando ellos estaban mirando al cielo, según que subía, he aquí
que le recibían dos varones con vestiduras blancas, los cuales, al par, dijeron:
"¿Qué estáis mirando, varones galileos? Este Jesús que así asciende al cielo
ante vuestra vista, volverá de igual modo." Entonces, desde aquel monte de las
Olivas donde se hallaban, se volvieron a Jerusalén.
En este pasaje hubo de inspirarse el
inmortal Fray Luis de León para aquella incomparable Oda a la Ascensión del
Señor, con la que, pese a lo conocida que es, queremos honrar estas nuestras
modestísimas páginas jinas, y que dice:
¿Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle hondo,
oscuro, con soledad y llanto,
y tú, rompiendo el puro
aire, te vas al inmortal seguro?
Los antes bienhadados,
y los agora tristes y afligidos,
a tus pechos criados,
de ti desposeídos,
¿a dó convertirán ya sus sentidos?
¿Qué mirarán los ojos
que vieron de tu rostro la
hermosura que no les sea enojos?
Quien oyó tu dulzura,
¿qué no tendrá por sordo y
desventura?
Aqueste mar turbado,
¿quién le pondrá ya freno? ¿Quién
concierto al viento fiero airado?
Estando tú cubierto,
¿qué norte guiará la nave al
puerto?
¡Ay!, nube envidiosa:
aun de este breve gozo, ¿qué t_
quejas?
¿Dó vuelas presurosa?
¡Cuán rica tú te alejas!
¡Cuán pobres y cuán ciegos, ¡ay!,
nos dejas!
Otro texto evangélico, por último,
encuadra perfectamente con el espíritu de esta nuestra obra, puesto que dice:
"Y cuando se cumplían los días de la
Pentecostés, todos los discípulos estaban congregados. Y vino de improviso del
cielo un estruendo como de viento impetuoso conmoviendo el recinto. Y se les
aparecieron unas lenguas dispersas, como de fuego, que fueron reposando una en
cada uno de ellos. Y así, todos fueron llenos de Espíritu Santo, y comenzaron a
hablar en varias lenguas, según el dictado del Santo Espíritu. Había entonces en
Jerusalén varones religiosos de cuantas naciones hay debajo del cielo. Y
noticiosos del caso, acudieron en gran número, quedando pasmados porque oían
hablar a los discípulos cada uno en su propia lengua. Y estaban todos atónitos y
se maravillaban diciendo: "¿Cómo es que siendo galileos los que hablan los oímos
hablar cada uno de nosotros en nuestra propia lengua? ¿Qué quiere decir esto?"
Mas otros se burlaban y decían: "¡Están llenos de mosto!" Mas Pedro, en compañía
de los once, puesto en pie, alzó su voz diciéndoles: "Varones que habitáis en
Jerusalén, oídme: No es que estemos embriagados, sino que se cumple lo que fué
dicho por el profeta Joel: Y acontecerá en los postreros días, dice el Señor,
que yo derramaré mi espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y
vuestras hijas, y vuestros mancebos verán visiones, y vuestros ancianos soñarán
sueños, porque ciertamente en aquellos días derramaré de mi espíritu sobre mis
siervos y siervas, y profetizarán, y daré maravillas arriba, en el cielo, y
señales abajo, en la tierra..." (Hechos, II, 1-19.)
Por lo transcrito, que muy bien podría
ampliarse, se ve cuántos pasajes del Evangelio se rozan con nuestro
"mundo de los jinas". Si algo faltase, queda también el problema de los "lagos
de predicación", que habrá de ser objeto del siguiente capítulo.

Respetuosos con la Religión oficial del Estado español -aunque protestando
como filósofos de que el Estado, como "ficción jurídica" que es, pueda tener
religión alguna-, hacemos, puede decirse, este capítulo con sólo textos
ajenos y sin los comentarios acostumbrados, La cultura y buen juicio de
los lectores sabrá, por otra parte, suplidos.
En el capítulo XI del
Evangelio de San Mateo se habla de Juan el Bautista como de un verdadero
jina, un hombre celeste, un semidiós, superior a los profetas, pues que
Jesús mismo dice de él: "Ciertamente os digo que él es mucho más que un
profeta, pues que de él es de quien está escrito: "He aquí que yo envío mi
ángel ante tu faz, para que vaya delante de ti aparejándote y desbrozándote
el camino". "Entre los hombres nacidos de mujer, no se levantó otro mayor
que él, aunque él es menor que el que menor sea en el reino de los cielos; y
si le queréis, pues, recibir, sabed que él es aquel Elías que se nos dice ha
de venir... ¡El que tenga oídos para oír, que oiga!" Esto enlaza a los dos
grandes personajes hebreos, Elías y Juan, en uno solo.
El feroz Abdallah, bajá de San Juan de Acre, creyó morir de espanto por
haber visto a Elías en sueños. En los cuadros de las iglesias cristianas se
le representa rodeado de cabezas cortadas, y de él, en fin, tienen gran
miedo los musulmanes.
"Jesús, en efecto, fué
llamado nazareno "por la forma de su no cortado pelo", más bien que por
proceder de la aldeita de Nazareth. Los nazarenos hacia ciento cincuenta
años que vivían como discípulos de Elías y de Elíseo en las orillas del
Jordán y del Mar Muerto, según Plinio, quien agrega que el Zaratus nazareno
era el propio Zoroastro caldeo, y Nazareth o Na-zaruan equivalía
etimológicamente en caldeo a "el Anciano de los Días". En indostano,
nazar significa videncia, es decir, la visión preternatural como
cualidad típica que es propia de los Iniciados todos, cualesquiera que sean
su origen y su grado respectivo. "Dunlap, en su Sod, el Hijo del hombre
(pág. X), dice, apoyándose en la autoridad de Lighfoot, que a Jesús se
le denominaba Nazaraios aludiendo a su humilde y pobre condición
externa, porque nazaraios significaba separación. alejamiento de los
demás hombres". La verdadera significación de la palabra nazar es la de
"consagrado por sí mismo al servicio de Dios", y viene del nombre de la
diadema o emblema que exteriormente revela tal consagración. Así, José
era llamado un Nazar (Gén. XLIX, 26), e igualmente que él son
descritos Sansón y Samuel. Porfirio, hablando de Pitágoras, dice que fué
purificado e iniciado en Babilonia por Zar-adas, el jefe del colegio
sagrado. ¿No puede suponerse, por tanto, que el Zoro-Aster era el nazar
de Ishtar, el Na-lar-Ad o Zar-adas? Ezra era un sacerdote hierofante, y
el primer colonizador hebreo de la Judea fué Zeru-Babel, o sea el Zoro o
nazar de Babilonia. Los nazares o profetas, lo mismo que los nazarenos, eran
una casta contraria a los misterios báquicos, hasta un extremo tal, que, de
igual modo que todos los profetas iniciados, se atenían sólo al espíritu
simbólico de las religiones, oponiéndose a las idolátricas v exotéricas
prácticas de la letra muerta. De aquí la frecuente lapidación de los
profetas por el populacho, dirigido por aquellos sacerdotes, para quienes
las supersticiones populares constituían un provechoso medio de vida. En
cambio, los nazares iniciados vivían en comunidades monásticas, en
las orillas del Mar Muerto, a imitación de los monjes buddhistas, siguiendo
la regla de vida de los adeptos de todos los tiempos; y los discípulos de
Juan eran sólo una rama disidente de los esenios. Por tanto, no podemos
confundir a estos nazares con aquellos otros de los que se habla en el
Antiguo Testamento, y que fueron acusados por Oseas de haberse
consagrado a Bosheth, lo cual implicaba la mayor de las
abominaciones. El inferir, como hacen algunos críticos y teólogos, que esto
significaba el apartarse uno mismo de la castidad o continencia, es,
o pervertir a sabiendas la verdadera significación, o ignorar completamente
el idioma hebreo. La secta nazarena, pues, existía mucho antes que las leyes
de Moisés, y tuvo su origen entre el pueblo más enemigo de los "escogidos"
de Israel, esto es, en el pueblo de Galilea, la antigua mezcolanza de
naciones idólatras en donde estaba edificada Nazara, la actual Nazareth,
donde los antiguos nazaria o nazifeates celebraban sus
"Misterios de Vida" o "Asambleas", al tenor de como aparece actualmente
expresado en el Codex Nazaraeus (11, 305), o sea, como los sagrados
misterios de la iniciación citados por Luciano (De Syria Dea) como
completamente distintos en su forma práctica de los Misterios populares que
se celebraban en Byblos en honor de Adonis. Mientras que los verdaderos
iniciad05 de los desterrados galileos adoraban así al verdadero Dios y
gozaban de visiones trascendentes, el pueblo escogido, como expone el propio
Ezequiel en su capítulo VII, y otros profetas, se entregaban a ciertas
vergonzosas abominaciones, de las cuales éstos les acusan tan profusamente.
Para admitir esta verdad, apenas se necesita ser un erudito hebraísta:
léase, si no, la Biblia en su propio idioma, y medítese acerca de
ciertos "santos" profetas. Así se explica también el odio de los últimos
nazarenos hacia los judíos ortodoxos, adoradores de Baco Jehovah... Los
nazarenos más antiguos, descendientes de los Nazars de la Escritura,
y cuyo último caudillo importante fué Juan el Bautista, eran, sin embargo,
respetados, y nadie los molestaba. Hasta el mismo Herodes "temió a la
multitud" porque consideraba a Juan como a un profeta (Mateo, XIV,
5); pero los secuaces de Jesús se adhirieron a una secta, que se convirtió
en una espina aún más aguda en su costado. Apareció ésta, en efecto, como
una herejía dentro de otra herejía, porque, al paso que los nazars
de los antiguos tiempos, los "hijos de los profetas", eran cabalistas
caldeos, los adeptos de dicha nueva secta disidente se presentaron como
reformadores e innovadores desde el principio. La gran semejanza descubierta
por algunos críticos entre los ritos y observaciones de los primitivos
cristianos y los de los esenios, puede así explicarse sin la más leve
dificultad".
"El nombre de esenios, dice
la Maestra, viene de Essaioi y Asaya, "un médico". Lucas, que era
médico, es designado en los textos siriacos con el nombre de Asaia,
el essaiano o esenio. ]osefo y Filón, el judío, han descrito
convenientemente esta secta para que nos quede ya la menor duda de que el
reformador nazareno Jesús, después de educado en el desierto e iniciado en
los Misterios, prefirió la vida libre e independiente de un nazaria
errante, y separado así o desnazarenizado de ellos, se convirtió en
un terapeuta viajero, un curador o un nazario, pues que todo terapeuta,
antes de abandonar su comunidad, tenia que hacer lo mismo. Además, los
esenios, igual que Juan el Bautista, predicaron "el fin de los tiempos"; es
decir, una nueva progenie como la cantada en la égloga cuarta de
Virgilio, lo cual prueba que conocían los cómputos secretos de sacerdotes y
cabalistas, los cuales, juntamente con los jefes de las comunidades esenias,
eran los únicos que poseían la clave de los ciclos, y eran cabalistas y
teurgistas (Véase Munk, Palestina, pág. 525).
"Dunlap, con gran acierto, hace
remontar el origen de los esenios, nazarenos, dositheanos y otras sectas a
una época anterior a la de Cristo. "Ellos, dice, renunciaban a los placeres,
despreciaban las riquezas, se amaban fraternalmente entre sí y más
que las demás sectas, no pensaban en el matrimonio, considerando como una
virtud el dominar las pasiones". Estas eran asimismo las virtudes predicadas
por Jesús; y si tenemos que tomar a los Evangelios como un modelo de
verdad, Cristo era un metempsicosista o reencarnacionista también, al
igual de estos mismos esenios que se presentaban como pitagóricos en todas
sus doctrinas y costumbres. Jámblico (Vida de Pitágoras) asegura que
el filósofo de Samos pasó algún tiempo con ellos en el Carmelo. En sus
discursos, Jesús habla siempre en parábolas y metáforas, costumbre esenia y
nazarena, nunca seguida por los plileos. quienes, por el contrario, se
admiraban de ello".
Las palabras subrayadas son
ligeras interpolaciones que nos permitimos hacer en el texto. para adaptarle
a nuestra idea de universalización espiritual.
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