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CAPÍTULO XVIII. MUNDO, SUB MUNDO y SUPRAMUNDO

Mahoma, como bardo nórdico. - El Paraíso de los mahometanos, la Walhalla de los nórdicos, la Tierra de Befinn de los bardos y los Campos Elíseos de los paganos. - Hermosos pasajes del Telémaco, de Fenelón. - El tránsito de esta vida a otra forzosamente inferior o superior. - El problema de la felicidad en este pobre mundo. - Las tres distintas "felicidades" del bueno, del malo y del tibio. - Opiniones de un ilustre polígrafo extremeño. - La felicidad, como todo lo del mundo, no puede existir sin el contraste de la lucha. - El verdadero destino del hombre es la felicidad "jina" y otras aún superiores que nos son desconocidas. - "¡Creced, multiplicaos y sed felices"'. - La imaginación, como única realidad trascendente, es la clave de toda felicidad o desgracia humanas. - La felicidad estriba sólo en el esfuerzo y en la muerte del deseo. - Tres distintos tipos de "felices" aquí abajo, según varios poetas. - Nuestro ángel o "jina interior" y su trabajo oculto a lo largo de esta vida. - "El momento-cumbre" y la edad de los Cristos. "¿Sed, quid indignor?"

Los pasajes coránicos transcritos en el capítulo anterior demuestran que Mahoma fué un verdadero rapsoda al estilo de Homero, de Hesíodo y de los bardos nórdicos Su misma descripción del Paraíso jina, deparado a los justos una vez que han dado feliz cima a sus penalidades en la Tierra, no es sino un eco fiel de aquella Mansión de la Dicha, o Walhalla de los Eddas escandinavos, o de aquella Tierra de Befinn que los bardos irlandeses del Gaedhil nos cantan como verdaderas Mansiones Solares o Campos Eliseos, al tenor de la consabida etimología jina de Helios, Helias, Elías o Eliu: EL SOL.

Las O'Logans transations, de Irlanda, describen dicho encantado país jina en estos términos, que recuerdan a los del Corán:

"¡Oh Befinn, Befinn querido, ven conmigo al maravilloso país mío!; allí, donde el cabello de las mujeres es rubio como el oro, y sus cuerpos, de la pureza de la nieve virginal; allí, donde las preocupaciones y las congojas humanas jamás hallaron asiento... Blancos como perlas son los dientes de ellas y negras sus pestañas. La vista se extiende sin límites por las llanuras donde nuestros inmortales gozan de deleites infinitos, con el color de las rosas en sus mejillas juveniles... Las praderas aquellas están eternamente cubiertas de flores multicolores, esmaltando, graciosas, el fresco césped, como las motitas que salpican el huevo de mirlo... Nuestras hermosas llanuras de Junisfail (¿la Piedra de la juventud?) no son sino desiertos tristísimos comparadas con tales llanuras elíseas. Aunque alegre y embriagadora sea la hidromiel de Junisfail, es infinitamente más embriagadora la ambrosía de aquel sublime país, porque él es el único digno de alabanza en todo el mundo: la tierra bendita donde nadie muere jamás ni cae en decrepitud. .. Dulces y cristalinas corrientes de agua se entrecruzan en aquella comarca deleitosa, donde se ven los más perfumados bosques y se bebe el mejor vino. Sus habitantes son hermosos todos y sin imperfección alguna... El amor no envuelve jamás sombra de pecado ni de vicio, ni el dolor ni la maldad tienen allí su asiento... Los que en semejante región vivimos podemos ver a la gente en todas partes, aunque pretenda ocultarse; pero por nada ni por nadie podemos ser vistos de los hombres: la nube, el Velo de la transgresión de Adán, es la que a vosotros, los mortales, os impide vernos. .. IOh mujer infeliz: si alguna vez vinieses a este mi país dichoso, tendrás en tu cabeza cabellos de oro, comerás frescas viandas, beberás vino hidromiel, "leche recién ordeñada y pálida cerveza! Allí, en fin, reposarías en sus brazos tú, ¡oh Befinn!..."

y en otro lugar de aquélla se lee:

                "... El viernes (día de Venus) hice una visita a la divina morada de Creide: ¡a la casa feliz de Creide, del lado Nordeste de la Montaña, venciendo dificultades increíbles! . . . Allí he pasado cuatro días y medio de una semana deliciosa; allí he vivido en la dulce compañía de hombres y mujeres, todos en la más lozana juventud; de druidas santos y de celestes músicos, servidos regiamente por toda clase de pajes y doncellas, porque allí estaba Romaine para cuidar de todo cuanto concierne a los siervos de la rubia Creide, la de áureos cabellos. Allí he dormido sobre mullidos lechos de pluma, entre abrigados cobertores. Allí he bebido néctares deliciosos en limpias tinas..."

Y en el Poema de Lomna, el Enoch irlandés, se añade, en fin:

                "¡Oh Lomna, Lomna!... Tú no fuiste muerto por los hombres, por esos hombres de las malas gentes de Luighne; tú no fuiste muerto por un jabalí ni por otra fiera alguna, ni has muerto por una caída, ni tampoco en tu lecho... ¿Vives, pues, todavía, oh tú, Lomna maravilloso? ¿Vives tú allí donde sólo los inmortales residen?.."

Esta Tierra de Befinn, cuya etimología extraña corre parejas con la del Lomna inmortal y la de la vetusta Creide, no es sino aquella Mansión de las Maravillas de la Naturaleza, la Tierra del Descanso, debajo del cielo que sostuvo Atlante con sus hombros, que el héroe bárdico Rusismundo llegó a habitar después de sus luchas; tierra a la que llegan todos los héroes caballerescos al ser "osirificados" o coronados, como Clareo, el amante de Florisea, en la gran novela etíope y bizantina que a través de los siglos acaba dando lugar a Los trabajos de Persiles y Sigismunda, de Cervantes  , porque, a bien decir, el mito escandinavo o protosemita nórdico, el mito grecorromano, el irlandés, el coránico y el bíblico son uno mismo, cambiando sólo los nombres y los tiempos.

Es más: héroes caballerescos de esta clase, tales como Amadís de Gaula (simbólicamente, "el amador de la altura", o sea el galo, el gálata, el galaico, el samaritano, etc., que todos estos nombres son idénticos) y el gran Raimbaud de Vaqueiras (simbólicamente, el vaqueiro astur, el búddhico "Conductor de la Vaca", que aparece como amante de la divina Beatrice, a la manera de Dante y de Petrarca, en la página 118 de la Hiddru tradition in Masonery), no son sino los prototipos simbólico-caballerescos del héroe humano en lucha con el Destino o "Luz Astral", y camino del mundo jina desde el día en que nace (si no antes) hasta el día de su muerte, que es el de su iniciático triunfo. Como tales prototipos, tienen su representación, día por día y pueblo por pueblo, en algún héroe chico o grande, en algún genio o jina humano, que por su triunfo ha venido a constituirse así, después de muerto, es decir, después de pasar a aquel mundo, en el "hombre representativo", numen o guía, ora de una simple familia, ora de una comarca, una región, una raza o una época, ya que en la matemática seriación de las unidades humanas de los diferentes órdenes todos somos héroes: grandes, pequeños o ínfimos, puesto que a todos, aquí abajo, nos es obligatoria la lucha como, única razón de nuestra existencia en este mundo dual, verdadera zona intermedia que pertenece a la vez al submundo (Hades, Hella, Infierno o "lugar inferior") de los elementales, y al supramundo (Campos Elíseos, Cielo, Devachán, Amenti, Paraíso, etc.) de los jinas. Tal es el hermoso simbolismo pitagórico de los dos círculos secantes: el de arriba, o supramundo, y el de abajo, o submundo, dando lugar en su zona de fntersección a una tercera y doble región, que es nuestro mundo  .

Por eso, cuando en cualquier obra de índole más o menos ocultista se quiere salir de este nuestro transitorio y prosaico mundo, se tropieza en seguida y a la vez, como diría el vizconde de Figaniere, con el submundo y el supramundo, que le son simétricos, simbólicamente hablando, y que, por su conjunto, constituyen lo que solemos llamar "el otro mundo": ese mundo doble que forzosamente tienen que recorrer los héroes, como los recorriera Ulises. Los ejemplos de tales viajes "iniciáticos" no acabarían nunca.

Fenelón, por ejemplo, en sus Aventuras de Telémaco, el hijo de Ulises, nos describe el viaje de éste por el otro mundo en los siguientes términos: "Angustiado Telémaco por ciertos sueños en los que creía ver ya muerto a su adorado padre, se dispuso a bajar al reino de las sombras por un lugar célebre, poco lejos del campamento. Alejóse Telémaco de él sin que nadie lo notase, caminando a la luz de la Luna e invocando a aquella poderosa deidad que siendo Selene en el cielo, era al par casta Diana en la tierra y Hécate formidable en los abismos. Temblábale la tierra bajo su planta; fulguraban en vivos relámpagos los cielos y le palpitaba el corazón, bañándose su cuerpo en un frío sudor de muerte... Dos cretenses que le habían acompañado hasta cierta distancia, se quedaron más muertos que vivos,- rogando por él en un templo. Espada en mano, apenas dió algunos pasos nuestro héroe comenzó a vislumbrar una vaga luz, cual la que suele alumbrar nuestras noches. Reparó entonces en unas pálidas sombras que revoloteaban en derredor suyo y a las que ahuyentaba con su espada. Luego le cerró el paso un cenagoso río, cuyas impuras ondas describen a la continua angustiosos remolinos. Allí, en aquellas márgenes pantanosas, vagaban los innumerables espectros de cuantos muertos habían quedado aquí sin sepultura, y que para pasar a la otra orilla imploraban en vano la misericordia del despiadado Caronte, el dios infernal cuya vejez eterna es siempre melancólica y odiosa.

Y luego, describiendo ya el reino de Plutón, como antecámara del otro mundo, el sabio arzobispo francés sigue diciendo: "En torno del trono de ébano del rey de los infiernos revoloteaban fatídicos los congojosos desvelos; las crueles desconfianzas; las venganzas, cubiertas de heridas, y destilando sangre los injustos odios. La roedora avaricia se devoraba a sí misma, y el despecho se desgarraba las carnes con sus propias manos. Allí estaban, en fin, la loca soberbia que lo arruina todo; la traición, siempre alimentada de sangre y sin poder gozar. sin embargo, jamás del fruto de sus perfidias; la envidia, esparciendo en torno de sí mortal veneno, y destrozándose a sí misma cuando dañar no puede; la impiedad, que se labra un abismo sin fondo, en el cual ha de precipitarse sin esperanza; las visiones macabras, los horribles fantasmas de los muertos, espanto de los vivos; las aterradoras pesadillas y los crueles desvelos que causan tanta angustia como los más horrorosos ensueños. Todas, todas estas y otras imágenes funestas ceñían al fiero Plutón y llenaban su fatídico palacio...

Allí los condenados no han menester más castigo de sus delitos que el espectáculo de sus delitos mismos. Animado secretamente Telémaco por la diosa Minerva, entró valerosamente en aquel abismo. Allí se encontró con una multitud de hombres que yacían castigados por haber procurado las riquezas con crueldades, engaños y traiciones. Reparó que entre ellos se hallaban muchos sacrílegos hipócritas que, fingiendo tener amor a la religión, se habían prevalido, sin embargo, de ella, como del más excelente pretexto para satisfacer su soberbia, burlando la sencillez de los crédulos. Estos, que así se habían servido para el mal hasta de la propia virtud, que es la mayor dádiva que pueden hacernos los dioses, eran castigados como los más delincuentes entre todos los hombres. Los hijos que habían degollado a sus padres; las esposas que habían bañado sus manos en la sangre de sus maridos; los traidores que habían traicionado a su patria y violado todos los juramentos, padecían allí harto menores penas que los hipócritas y simoníacos. Así lo habían querido los tres jueces del infierno, porque decían que los tales no se contentan con ser malos, como el resto de los impíos, sino que, además, pretenden pasar por buenos, y hacen, con su falsa virtud, que los hombres no se atrevan a creer en la verdadera. Los dioses, de los que tan impía y solapadamente se han burlado en el mundo, y a quienes han hecho despreciables en la opinión de los otros, ahora se vengan con todo su poder de todos los insultos que así se les han inferido".

Después de recorrer de este mundo las mansiones inferiores, el héroe Telémaco pasa a los Campos Elíseos, que Fenelón describe, a su vez, así:

"Reyes y héroes estaban en los fragantes bosquecillo s de los Campos Elíseos, sentados sobre céspedes siempre verdes y floridos. Mil arroyuelos de puras linfas regaban aquellos amenos sitios, manteniendo en ellos la más deliciosa frescura. Multitud de avecillas canoras agitaban con sus armonías aquel encantado ambiente de los bienaventurados. Allí se veían juntas las más hermosas flores de la primavera con los más sabrosos frutos otoñales. Allí jamás sopló con su frío aliento el Aquilón tempestuoso, ni se experimentaron jamás los ardores de la canícula. Ni la guerra, siempre sedienta de sangre; ni la envidia cruel, que muerde con su diente envenenado; ni el temor, ni los celos, ni las desconfianzas, ni los demás vanos deseos se acercaron nunca a aquella santa mansión de la paz. Allí ni tiene fin el día, ni espacio las tinieblas nocturnas, y en torno del cuerpo de los justos, sus moradores, se difunde una purísima y apacible luz que con sus rayos le ciñe a guisa de ropaje, no una luz semejante a esotra que ilumina los ojos de los tristes mortales, y que es más bien tiniebla tan sólo, sino una celestial emanación de gloria que parece empaparlo todo, penetrando sutilmente hasta por los cuerpos más densos, cual por el cristal penetran sin perderse los rayos solares. Una luz, en fin, que no sólo no deslumbra, sino que, al contrario, fortifica los ojos e infunde en lo más íntimo del alma un no sé qué de inefable serenidad. Una luz que sirve al par de alimento a aquellos hombres dichosos sobre toda ponderación; que en ellos entra; que sale de ellos irradiando; luz, en suma, que hace ver, sentir y respirar la más indescriptible y más inagotable de las alegrías. Los bienaventurados moradores de los Campos Elíseos se. hallan así sumergidos en aquel piélago venturoso, cual lo están en el mar los peces, y no desean poseer otra cosa alguna, pues que con semejante luz están llenos, así el mundo como los humanos corazones. Por eso, ellos ni sienten ya deseos ni buscan vanas delicias o absurdas riquezas, pues la plétora de su felicidad tiene su manantial perenne en ellos mismos, en el interior de su propio ser, sin necesitar de otro alimento, sin entrar en ellos la pobreza, las enfermedades, las aflicciones, los remordimientos, enojos, disgustos, discordias, ni aun siquiera la esperanza misma, fuente casi siempre de temores. La muerte propia ya no les amenaza con su guadaña. Las montañas de Tracia, cubiertas de perpetuas nieves, podrían ser arrancadas de sus sólidos asientos, antes de que los justos moradores del Elíseo se alteren por el asunto más mínimo. Sólo, sí, se compadecen, pero con piedad dulce y tranquila, que en nada altera la serenidad de su estado, de las infinitas miserias que oprimen a los hombres en su peregrinación por la tierra. Sus rostros irradian una juventud eterna; una dicha eterna y una gloria divina. Su alegría no es desordenada, sino apacible, noble, majestuosa; un sublime gozo trascendente de la verdad y de la virtud. Tienen, sin intercadencias, en todos los instantes, aquel júbilo mismo que experimenta una madre cuando vuelve a ver al hijo que tenía por muerto; huellan gozosos las regaladas delicias y se acuerdan con placer de aquellos melancólicos y breves años, en los que, para ser buenos, hubieron menester el pelear contra sí propios y contra el avasallador torrente de los hombres malos, sin dejar de admirar un punto el auxilio y favor de los dioses, que los llevaban como por la mano a lo largo del sendero de la virtud, entre tantos y tan graves peligros. Se ven felices y saben además que habrán de serlo siempre. Cantan en loor de los dioses, y todos juntos no son sino una voz, un solo pensamiento, un solo corazón y una felicidad tan sólo, que en aquellas unidas almas parece el flujo y reflujo del mar, viendo correr los siglos con más rapidez que entre los mortales las horas, y, no obstante, mil y mil siglos sucesivos no disminuyen lo más mínimo su dicha, siempre entera y siempre nueva. No llevan, no, las falsas diademas con las que les exornó el mundo, sino que los mismos dioses les han coronado con sus propias manos con guirnaldas floridas, inmarcesibles...

No encontrando Telémaco a su padre entre aquellos reyes de los Campos Elíseos, buscó para ver si por lo menos descubrían sus ojos a su abuelo, el divino Laertes. Cuando así inútilmente le buscaba, se vino hacia él un venerable y majestuoso anciano. No era la vejez de éste como la de los demás hombres, a los que oprime el peso de los años, sino que se veían en él juntas todas las bellezas de la juventud amada con cuanto la ancianidad tiene de grave y de sereno, porque en los viejos más decrépitos renace la. belleza no bien pisan los Campos Elíseos. Llegóse, pues, el anciano hasta Telémaco, como a persona a quien mucho amase, dejándole suspenso: "Hijo mío -dijo al joven el viejo-, te perdono el que así me desconozcas. Yo soy Arcesio, el padre de Laertes, tu abuelo. Pasé de aquella a esta vida un poco antes de que mi nieto Ulises, tu padre, partiese para el sitio de Troya. En aquel tiempo eras tú muy niño; estabas en los brazos de la nodriza, y desde entonces deposité en ti grandes esperanzas, que, en verdad, no han resultado vanas, pues que te veo aquí abajo que vienes a buscar a tu padre, y los propios dioses te favorecerán en tu empresa... Deja, pues, de buscar a Ulises acá, en los Elíseos Campos. Él vive aún y es aguardado en Itaca. También, aunque oprimido por los años, vive Laertes, aguardando a que su hijo le cierre los ojos, porque los hombres pasan allí como las flores que se abren hermosas por la mañana y a la tarde ya están agostadas y pisoteadas por los pasajeros. Como el agua de un torrente, huye sin detenerse el linaje humano. Tú mismo,. hijo mío, que al presente disfrutas de una juventud tan viva, verás trocada insensiblemente tu frescura, belleza, salud, fuerza y alegría, desvaneciéndose, como un sueño que deja tan sólo amarguísima memoria. La enemiga y desvalida vejez arrugará tu rostro, agobiará tu cuerpo, enflaquecerá tus trémulos miembros, secará, en fin, la fuente de los consuelos de tu corazón, disgustándote de lo presente, atemorizándote con lo futuro, y quitándote el sentido para todo, menos para el dolor. Este tiempo viene con grandísima velocidad, al par que se ahuyenta el fingido presente. 'Gobiérnate, pues, con la vista siempre puesta en lo venidero, y con pureza de vida y amor a la justicia prevente un lugar mañana en esta morada excelsa de la eterna paz..." Hablando así Arcesio, sus palabras penetraban hasta lo más íntimo de su corazón, esculpiéndose en él para siempre como en bronce entallado por la mano de genial artista. Eran ellas como llama sutil que se encendía en las entrañas del joven con no sé qué clase de soberano incendio, que le consumía en uno como dolor dulce, un inefable deliquio, mezclado con un místico tormento, capaz de arrebatar hasta la misma vida.

Estos sublimes conceptos del arzobispo de Cambray merecen el más serio estudio en orden a la felicidad falsa de la tierra y a la verdadera felicidad jina del cielo.

Al llegar, en efecto, el hombre a la época en que ya puede alcanzar a comprender cuanto le rodea, no habrá uno que no pare su atención y se pregunte a sí mismo: ¿Qué es la vida? ¿Cuál es el lugar que me toca en este mundo? ¿Por ventura, estas dotes que me hacen superior a todos los animales, estarán destinadas a perecer?

Desde el monarca más poderoso hasta el obrero más humilde, la mente humana divaga en el círculo de tales preguntas. Y no se diga que la limitada inteligencia de algunos les priva de semejante idea, pues el espíritu de conservación y el anhelo de inmortalidad a todos nos domina. El morir es fuerza, pero el ansia de vivir es un instinto invencible.

Nacido el hombre para ser educado, en su educación consiste la bonanza o la desdicha de su vida. Tierno arbolito que se doblega a la voluntad del jardinero que le cuida, en la pericia de éste, del educador, estriba todo, sin negar por ello la diversidad nativa de las inclinaciones y temperamentos.

Como dice Rousseau, la primera voz del recién nacido es un gemido, una prisión su primera envoltura. Ningún ser más desvalido que él, ni más desventurado; ninguno más torpe, endeble y necesitado de amparo, y ninguno más nacido para vivir en sociedad, por tanto.

Con lágrimas venimos; con lágrimas mediamos en nuestra carrera, y con lágrimas, en fin, solemos despedimos de la tierra. Colocados en un punto casi imperceptible del espacio, juguetes de nuestras pasiones y esclavos de nuestras dolencias, somos arrastrados de continuo como una pluma que se lleva el viento.

Y, sin embargo, existe en el hombre una facultad poderosa que, abstrayéndole de esta lacrimosa vida, encuentra inesperados recursos, propios para hacerla, no sólo tolerable, sino hasta lisonjera. La poca felicidad de que gozamos aquí abajo, más se la debemos, en efecto, a nuestra creadora imaginación que a los hechos verdaderos. Cimentados están en su propia mente, ese insondable seno de nuestra alma que no puede expresar ningún vocablo, los goces más excelsos y expansivos que disfrutar podemos. .. Mas, ¡oh condición mísera de la naturaleza humanal, para lograr tamaños goces, también es preciso antes sufrir.

En la infancia, cuando la razón yace en capullo, los goces y padecimientos del nuevo ser son meramente físicos. Acariciado por todos los que mira, el niño se considera con derecho a exigirlo todo. Como sus armas sean las lágrimas, usa de ellas como el mejor guerrero, y así, retozando en su casa como el corderillo al lado de su madre en pleno campo, pasa el niño una vida bastante cercana todavía a la de los animales, aunque tranquila.

Mas la hora de la razón y de la responsabilidad suena al fin, y el hombre entra de lleno en el mundo, y entra encontrando precisamente en esta difícil época un gran vado en su corazón. .. Inquieto se revuelve; alza su vista al azulado cielo, presintiendo en sí ya un

gran misterio, del que nada, en verdad, alcanza a comprender; siente inundarse de tristeza su alterado pecho, y busca fuera de sí propio ya la satisfacción integral de su afán, que no es sino la ley natural de la conservación de la especie humana, cifrada en la ley imperiosa del amor entre los sexos. El amor le embarga entonces sus facultades todas; el amor le arrastra por entre peligros sin cuento, y el amor, en fin, ese mismo que tan puro se le presenta en el primer momento, acaba a veces sumiéndole en mísera corrupción. Poco diestro todavía el ya joven en el arte de pensar, se siente arrastrado por la pasión y su tiranía...

Pero una ley superior aun a la pasión misma ataja bien pronto su locura. En vano intenta el joven soslayar su fallo, pues que allí mismo, donde la Naturaleza puso el deleite, le colocó también el hastío, cual si la vida humana estuviese obligada a caminar siempre entre la flor y la espina, no siéndonos dable el coger la primera sin clavarnos dolorosamente la senda. únicamente nos está permitido en el dilema el buscar flores con la mayor hermosura posible, y al par también con las menores espinas. Tales flores no son, empero. aquellas que aparecen a primera vista más galanas y radiantes, con perfume tan intenso que embriagan al pronto, aunque al final fastidien; ni tampoco aquellas que por todas partes brindan el ser cogidas, sino otras flores más modestas, sencillas, suaves: las tranquilas virtudes, que cimentadas en un trabajo moderado y adornadas de un sentimiento exquisito, realzan, por encima de todo lo mortal. la excelsa condición trascendente del hombre.

El encontrar tan bellísimas flores debe ser el noble afán de todo hombre sensato. Sus espinas acaban también tornándose en flores nuevas, y los eternos goces que ellas deparan, de tal modo superan a los padecimientos sufridos para conseguidas, que llegan a borrarse. al fin, estos últimos.

El género humano ha sido criado para ser feliz., no para ser desgraciado, y el imaginar que el natural destino de la humanidad es el vivir martirizada, es, a más de una impiedad absurda, una atroz impostura; porque no cabe pensar ni un momento que las preciosas facultades con las que contamos para adquirir las virtudes dichas nos hayan sido dadas por la Naturaleza para que las dejemos inactivas o, lo que es peor, para que las apliquemos locamente para nuestro tormento y nuestra ruina, siendo una gran fortuna el que verdad tan consoladora sea axiomática, casi instintiva, como todas aquellas que llevan en sí el sello de la Naturaleza misma... Pobre, y aun algo más, es, pues, la sentencia que se pone en boca de Dios, una vez que hubo creado a la primera pareja humana: Crescite et multiplicamini et implevit terram, se dice que dijo; yo más bien habría puesto: ¡Creced, multiplicaos y SED FELICES!

A primera vista no parece sino que el hombre es feliz en tanto que goza, de modo que si le fuera posible una sucesión dilatada de placeres, sin que ninguna desazón o pesar viniera a perturbarlos, se contemplaría feliz en el grado más eminente. Y es tan universal la coincidencia en este punto, que todas las religiones están de acuerdo en proclamar la existencia de un paraíso o gloria, donde el justo, después de muerto, goza sin intermisión de la dicha más fecunda y perdurable que la imaginación puede concebir.

Hay, sin embargo, un gran escollo en este punto, a saber: que es sobrado culpable que quien antes no se ve aquejado de alguna dolencia o atormentado por alguna aflicción, no puede verse libre de ella, como no puede disfrutar del placer de descansar quien no está fatigado, del de comer quien está inapetente, del de beber quien no tiene sed. Y del propio modo no puede sentir los placeres que resultan de contentar las pasiones, ya sean sensitivas, ya afectivas, ya intelectuales, quien antes no se vea apremiado por estas pasiones mismas. En resumen: no hay placer sino al satisfacer algún deseo. Y: como los deseos no son sino la expresión de las necesidades, se deduce que es imposible el placer sin que le preceda la correspondiente necesidad de cuya satisfacción el placer resulta, o, en otros términos, que no nos es dable el gozar sin que anden alternados la necesidad, el anhelo determinante del malestar y el placer que por el subsiguiente bienestar se origina, o en fin: no hay gozar allí donde no anden siempre alternados el mal con el bien.

¿Quién será, pues, el hombre más infeliz? Aquel, sin duda, que, encontrándose con muchas y muy grandes necesidades, carezca totalmente de medios para satisfacerlas. ¿Quién el más feliz? Aquel que cuente con más completos medios de satisfacer sus multiplicados deseos. ¿Será tan feliz, en fin, el hombre que, teniendo pocas necesidades, esté, sin embargo, provisto de todos los medios para satisfacerlas, como aquel otro que teniendo muchas necesidades pueda también proveer a todas ellas? Sin duda, la felicidad del uno y del otro puede tenerse por completa; pero, pues goza más quien más deseos contenta, puede también asegurarse que será una felicidad más rica en placeres la del segundo que la del primero.

Tales son las cuestiones que el gran polígrafo extremeño D. Julián de Luna y de la Peña   se propone al comienzo de su Tratado de la Felicidad, obra por desgracia inconcluída e inédita, y hay que convenir que en aquellas cuestiones se plantea un problema trascendente, que roza de un modo directo con el misterio de ultratumba.

Hay, en efecto, en el complejo problema de la felicidad una concepción infantil, egoísta o estática, y otra concepción superior, eminentemente viril, dinámica y altruísta, correspondiéndose, a bien decir, la una con lo que llamar podríamos el ideal de la bestia humana, y la otra con el del jina que, más o menos, llevamos también todos dentro. Nuestra mayor o menor racionalidad estriba en cómo ponderamos la una con la otra; y nuestro destino de ultratumba es más que probable que esté cifrado también en el triunfo definitivo que se haya logrado, al fin, de la segunda sobre la primera.

Porque es indudable, dentro de la lógica e innata idea de nuestra responsabilidad moral, que el hombre es el autor de su propio destino. Los defectos, como alguien ha dicho, se heredan, pero también las virtudes, y cada hombre posee en sí mismo, por herencia de :Questros antepasados, un capital de salud, de felicidad y de éxito, con el que podemos siempre y en todo caso hacer algo útil. "Todos los hombres -dice Gibbon- reciben además dos clases de educación: la que les dan los demás y la mucho más importante que cada cual se da a sí mismo". A la demanda de la frase célebre de Mazarino, que pedía sólo un hombre que tuviese lo que se llama "buena suerte", el gran Sáinte-Beuve respondía en carta a Madame Loines: "La fortuna entra ciertamente por mucho en las cosas humanas, pero entra por muchísimo más la conducta" porque, como añade Fogazzaro en El Santo: "Entre los pensamientos de cada hombre existe una especie de jerarquía. Ciertas nociones dominan en él y gobiernan su vida: el deber religioso, el moral, el civil, etc. De tales deberes tiene el hombre, más o menos, el concepto que le fué enseñado por sus preceptores. Pero esta jerarquía de ideas fundamentales e imperiosas no es el hombre todo. Por bajo de ella hay multitud de otras ideas que se agitan y modifican bajo las impresiones y experiencias de la vida, y más profundo aún existe otra región de su alma, su inconsciente, donde ciertas facultades ocultas realizan un trabajo "oculto también -el trabajo del jina- y donde se producen los místicos contactos con Dios".

En cuanto a la manera de fomentar semejante trabajo oculto de nuestro ángel o jina interior para elevamos a superior vida, he aquí la doctrina que en La Voz del Silencio nos expresa la Maestra H. P. B.:

"Una vida casta, una mente despejada, un corazón puro, un intelecto ansioso de conocimientos, una percepción espiritual clara, un cariño fraternal hacia toda la humanidad, una buena disposición para recibir y dar consejos e instrucciones, un sufrimiento animoso de la injusticia personal, una declaración esforzada de principios, una defensa valerosa de aquellos que son injustamente atacados., una devoción perseverante hacia el ideal de progreso y perfección de la humanidad, que la Ciencia Sagrada describe:. estos son los escalones de oro por los cuales el principiante puede alcanzar el Templo de la Sabiduría Divina. o. Acudiendo así en auxilio de las leyes de la Naturaleza y trabajando en armonía con ella, la propia Naturaleza nos mirará como uno de sus colaboradores o Creadores y nos prestará obediencia". La pacienzuda labor precisa para ello es, en efecto, la única que labrarnos puede un más alto Destino, porque sólo a fuerza de paciencia es como el ínfimo gusano de seda convierte en raso para principescas vestiduras la pobre hoja de morera que le nutre.

Por desgracia, este mundo es de lucha, porque, como parte integrante que es a la vez del submundo y del supramundo, nos obliga a todos los hombres a debatirnos entre el impulso salvador hacia ideales redentores futuros, el lastre ancestral o kármico de los vicios, y esa inercia o ley de vulgaridad egoísta que hace de la pereza animal una tercera fuerza. Las tres referidas realidades están, como hemos demostrado en otra parte, simbolizadas en el juego del tresillo: la una, por el jugador que, asistido de los necesarios "triunfos" o "estuches", aspira a triunfar, o sea a "llevarse la jugada", pasando en su día, repetimos, al triunfante mundo de los jinas; la otra es la dolorosa realidad contraria, representada por el que, asistido de ciertos "triunfos", también aspira a derrotar al héroe o "jugador", a la manera como nuestras pasiones nos derrotan; la tercera realidad, en fin, es la de aquellos desgraciados "tibios” que no llevan la contra a nada, porque para ellos lo importante es pasar el rato del modo más escéptico, perezoso y egoísta.

¿Lo dudáis, lectores? Pues ved aquí tres distintas concepciones de la felicidad terrestre, correspondiéndose estrictamente con tres diferentes clases de hombres: la del ignorante, la del "equilibrado" y la del rebelde. Las tres se deben a muy gallardos poetas.

La primera es la del personaje de Gabriel y Galán titulado El Sibarita, cuya plena felicidad se describe así en el gráfico lenguaje de los rústicos extremeños:

¡A mí n'ámas me gusta

que dali gustu al cuerpo!

Si yo juera bien rico,

 jacía n'ámas eso:

jechalmi güenas siestas

embajo de los fresnos,

jartalmi de gaspachos

con güevos y poleos,

cascalmi güenos fritis

con bolas y pimientos,

mercal un güen caballo,

tenel un jornalero

que tó me lo jiciera

pa estalmi yo bien quieto,

andal bien jateao,

jechal cá instanti medio,

fumal de doci perras

yandalmi de paseo

lo mesmo que los curas,

lo mesmo que los médicos. . .

Si yo juera bien rico.

jacía n'ámas eso,

¡que a mí n'ámas me gusta

que dali gustu al cuerpo!

El segundo ejemplo de felicidad lo tenemos en estas otras do poesías; la una es de Iriarte, y dice así:

Las cosas que hacen feliz,

amigo Marcial, la vida,

son: el caudal heredado,

 no adquirido con fatiga;

 tierra al cultivo no ingrata;

hogar con lumbre continua:

ningún pleito; poca corte;

la mente siempre tranquila;

decentes fuerzas; salud;

prudencia, pero sencilla;

igualdad en los amigos;

mesa, sin arte, exquisita;

noche, libre de tristezas;

 sin exceso en la bebida;

mujer casta, alegre, y sueño

que acorte la noche fría;

contentarse con su suerte,

sin aspirar a más dicha;

finalmente, no temer

ni anhelar el postrer día.

La otra es del capellán Rey Soto, y continúa:

Dame, Señor, para que en ella muera,

 una de esas casonas aldeanas,

con portón blasonado, con ventanas

de poyos y magnífica escalera;

con negros y altos techos de madera,

arcones perfumados de manzanas,

balaustres de piedra en las solanas,

con hórreo al Pie, y palomar y era.

Dame un huerto con pródigos frutales

y sangrientos de rosas los rosales,

donde cante una fuente alegre y sola;

un libro de poemas, un tintero,

papel, café, cigarros, un frailero

y un perro que a mis pies mueva la cola.

La tercera y más alta de las felicidades, en fin, es la del rebelde, la del que anhela algo superior, la del titán humano, en suma, que se subleva heroico, si es preciso, hasta contra el Destino mismo. Semejante felicidad, que ya precisa la justificación de otra vida más alta que aquesta miserable vida, está cantada por Carlos Navarro, en los siguientes términos:

Destruir para siempre las cadenas;

tomar la negra noche en claro día;

derramar esperanza a manos llenas;

convertir el dolor en alegría.

Trocar los odios fieros en amores;

dar inefable bien por mal profundo;

sembrar las rutas de olorosas flores,

gozar del Paraíso en este mundo.

Alzar el pensamiento a las estrellas

y difundir la lumbre, como ellas.

Hacer la eterna paz; matar la guerra;

anular privilegios y egoísmos.

Repartir la fecunda y ancha tierra,

y ser los dueños de nosotros mismos.

He aquí tres tipos distintos de ideal de felicidad, tres tipos muy humanos, cada cual a su manera; y, lo que es bien triste, todos los hombres, salvo una excelsa minoría, que es por ello gloria y ornato de la humanidad, suelen recorrer a lo largo de su vida dicha escala de aspiraciones, en sentido inverso a como las llevamos dadas anteriormente. Por eso ha podido decir el prefacio a la traducción francesa de la Historia de Felipe II, por Watson, esta verdad dolorosísima:

"En la juventud, en esa dichosa edad de las ilusiones en la que el entusiasmo hacia la virtud eleva el alma por encima de todas las cosas, se cree firmemente en la virtud misma, y se siente tanta indignación como asombro cuando se la ve escarnecida en. el mundo. El joven. a la vista de la maldad que osa menospreciar una por una todas las virtudes, se encuentra siempre en situación violenta; se agita en vanos esfuerzos, en votos estériles hacia el bien, y sufre cruelmente cuando ve que la desvergüenza y la perversidad están adueñadas del mundo... Pero, más tarde, cuando los años van calmando su imaginación, anquilosando su corazón ardiente y apagando los juveniles fulgores de su mente ansiosa; cuando el joven ha adquirido por sí la triste convicción de que se irrita en vano contra algo más fuerte que él y que resulta fatalmente inconmovible; cuando ve que todos los hombres se parecen en su despotismo, en su orgullo y en su hipócrita codicia, llevando la dulzura hasta la bajeza, el interés personal hasta la demencia, y hasta la estupidez la total ignorancia de sus fueros y derechos, siente la tentación de echarlo todo a rodar y volverse escéptico, guardando para sí sus principios redentores y diciendo con el clásico: "¿Sed quid indignor? - Ridere sabius est..."

Este terrible momento en que la mal llamada realidad riñe- con el ideal la suprema batalla, es, por decirlo así, el momento cumbre, el decisivo de cada vida, al que se conoce vulgarmente por "la edad de los cristos", pues que él se presenta inevitablemente en la plena virilidad, o sea entre los veintiocho y los cuarenta años, como razón suprema de nuestra vida terrestre misma. Si el hombre es entonces derrotado, ya no será en adelante sino un cadáver de Hombre, un alma muerta de las que, al tratar de Plutarco, hemos hablado en el capítulo V. Su felicidad, en lo que le reste de vida física, ya no podrá ser sino francamente grosera y escéptica, o gazmoñamente hipócrita, que es peor aún, pues, como dice El Emilio, de Rousseau (volumen IV de sus obras completas), "no hay más esclavo que el que realiza el mal, porque lo realiza siempre a pesar suyo, y la verdadera libertad, lejos de estribar en esta o en la otra forma de gobierno, radica en el propio corazón del hombre que merece tal nombre de libre, llevándola éste doquiera consigo, mientras que al hombre vil le sigue siempre la servidumbre". "El día de la esclavitud moral -añade Homero, Odisea, 17- despoja al mortal de la mitad de sus virtudes, porque las mismas mudanzas de la fortuna no son sino sucesos que templan los vigores del carácter, haciendo verdaderamente grande al hombre que ni se envanece con la fortuna próspera, ni con la adversa se abate (Tito Livio, libro 45, c. VIII), y hasta el propio dolor tiene sus delicias", como no ignora ningún místico.

Esta felicidad, como dice Hans Sanchs a Walter al hablarle (véase Los maestros cantores, de Wágner) de los verdaderos Cantos de Maestro, no está apoyada sino en las Reglas del Supremo Arte, el ARTE DEL "HONESTE VIVERE", del Derecho romano, el vivir no sólo para uno propio, sino para la Humanidad, y con el altruísmo del SACRIFICIO.

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