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CAPÍTULO XXV. LOS ALFABETOS "JINAS" y LA HISTORIA

Kalkas y el alfabeto numérico o calcídico. - De Subiaco a Roma, de Roma a Eubea y de Eubea a Kalkas. - El pueblo maestro de los atlantes, según Bailly. - Las ciudades calddicas de la Mogolia, Indochina, Sitia, Celesina, Lycia, Bitinia, Tracia, Macedonia, Etolia, Eubea. Sicilia, Pisa. - Io o la Minerva calcídica. - Las "aves" de Chalchis en la literatura universal. - Los pueblos del bronce, "kalkas" o "celtas". - El calcídico monumental, según Vitrubio y otros. - El calcídico de la hospitalidad primitiva. - Kalkas Y los Kabires. - Los augures de Kalkas. - Las Sibilas calcídicas. - Los "cánnenes" árabes y la poesía eclesiástica. - Calx-calcis o "piedra del cálculo". – La "Chalchihuitl-cueye" o Minerva calcídica mexicana. - El alfabeto tibetano. La primitiva numeración etrusca. - Jeroglíficos numéricos o calcidios. - La quinquena, la veintena y la decena o 10. - Los "ogams" calcídicos. - Bibliografía del Gaedhil.

Cuando en los capítulos VIII, IX y X hablamos de los jinas en Persia, México e Irlanda, pasamos, gracias a preciosas indicaciones de la Maestra H. P. B., a los originarios jinas de Asia, llámense ellos todas, shamanos o de otros varios modos, y cuyo centro o capitalidad es la célebre región mogola, de Kalkas, precedente notabilísimo de toda la historia primitiva de Grecia y de Roma.

Pero este nombre de. Kalkas o Chalkas, a su vez, es una clave preciosa que, bien manejada, puede suministrarnos las más extrañas indicaciones acerca de un alfabeto primitivo, iniciático, numéríco, calcídico o jina, a base tanto de los restos del Gaedhil cuanto de los principales alfabetos arcaicos. Esta curiosísima investigación acaso no resulte, ni con mucho, clara y perfecta; pero otra cosa no puede hacerse hoy en el estado de nuestros conocimientos. Con ello, y de pasada, habrán de quedar comprobadas "científicamente" además algunas verdades fundamentales de la Religión de los Estados o Doctrina Secreta, aparentemente perdidas para el mundo.

Ninguna de tales verdades troncales de la primitiva Sabiduría es desconocida, en efecto, para sus actuales poseedores, los grandes iniciados del Tibet y de la Mogolia, esos verdaderos pueblos Calcas, Chalcas o Calcidios, de que nuestra geografía y nuestra historia no de. jan de tener algún recuerdo, gracias a los restos, esparcidos por todo el mundo, de sus antiquísimos y hoy perdidos Misterios Iniciáticos, a base siempre de la Matemática, o sea del lenguaje propia y genuinamente calcidio, lenguaje de los iniciados, lengua zend-zar o "zendo real", padre del sánscrito y abuelo de las demás lenguas sabias: zendo, griego, latín, lituano, etc.

Dice,en efecto, la magistral obra de Isaac Taylor, The Alphabet, en su página 70, que "los copistas de Subiaco, Roma y Venecia, en el siglo xv, usaron, recién inventada la imprenta, tipos latinos tomados de las minúsculas de los siglos X y XI, tipos que provenían, por cierto, de las letras iniciales de la época de Augusto, las que a su vez habían sido empleadas tres siglos antes de J. C. en la Tumba de Escipión y en Los tesoros del Vaticano, remontándose así hasta el siglo v antes de nuestra Era. El primitivo alfabeto romano deriva, además, de una forma local del griego en Boeothia y Eubea, hacia el siglo VI antes de J. C., ya que estos pueblos hubieron de introducirle por Chalcis, de Sicilia, y por Neapolis y Cumae en la Italia central. Este alfabeto calcidio, por otra parte, es una variante de otro griego arcaico que remonta ya a mucho antes del siglo IX, o sea unos mil años antes de J. C.". Finalmente, dicho alfabeto, hijo de los alfabetos troncales de hirakana y katakana siberianos, procede de la Mogolia, porque, como dice el propio historiador César Can tú: "Bailly, el gran astrónomo orientalista, colocó el origen de las ciencias todas en cierto pueblo antiquísimo del lago Baikal, a los 50 grados de latitud, el de Khalkhas, desde donde ellas pasaron a los atlantes; de la Atlántida, a los etíopes, y muchos siglos más tarde a las cuatro naciones más antiguas del mundo: India, Persia, Caldea y Egipto".

Hay, pues, que averiguar, ante todo, qué ciudad fuera Calcis o Chalcis y qué clase de alfabeto es el llamado Alfabeto calcidio.

Si hojeamos las enciclopedias, tales como la Enciclopedia ilustrada, de Espasa, y a pesar de su índole sectaria, y los buenos atlas antiguos, como el de Henri Kiepert, nos veremos sorprendidos por más de una veintena, quizá, de ciudades. y regiones de este nombre.

La más antigua de estas últimas es el célebre país, ya dicho, de Khalkhas, en la Mogolia, en los contrafuertes meridionales de ese laberinto de altísimas montañas que termina por el Oeste con los montes Altai, por el Norte con el Sayansk, y por el Este con las cordilleras siberianas de jablokoi y las chinas de King-Gan y de la Mandchuria. Por encima del país de Khalkhas, o sea hacia el Norte, nacen los colosales ríos siberianos del Obi, el Ienisei, el Lena y el Kerulen y extiende sus aguas heladas el Baikal, el lago de montaña más grande del mundo. A los pies del dicho país de Khalkhas se desarrolla un verdadero Mediterráneo desecado; el desierto de Chamo o de Gobi; y de dicho territorio procede, como enseñan los brahamanes, el alfabeto numérico e iniciático, enseñado por aquellos Reyes Divinos de los primeros días de la Humanidad, lenguaje que es padre del sánscrito y abuelo por tanto de todas las lenguas indo-europeas, devanagari, zendo, caldeo, arameo, griego, latín, lituano, viejo alemán, etc., etc., como ya hemos dicho.

La Maestra H. P. Blavatsky, que penetró en estos países por el único punto de acceso a ellos, que es la famosa puerta de la Dzungaria o de la Zingaria, al norte de los Montes Celestes que separan a esta región del Turquestán, nos describe admirablemente, en la introducción de La Doctrina Secreta, las pasadas glorias de esta zona, antaño pobladísima y hoy desierta, por donde ha pasado todo un período geológico de catástrofes cósmicas y catástrofes guerreras.

Por consecuencia de estas terribles guerras, histórica y simbólicamente cantadas en las epopeyas del Mahabharata y el Ramayana, de allí salieron hacia el año 2400 antes de J. C. las primeras emigraciones célticas, quienes vinieron a infiltrar de este modo su sangre aria y su mayor espiritualidad en el viejo y corrompido tronco atlante, tronco que, después de la inmersión de la isla tolteca Poseidonis, o pequeña y última Atlántida de Platón, acaecida unos seis mil y pico de años antes de esta fecha, aún conservaba florecientes los vástagos atlantes no toltecas de los protosemitas nórdicos, cuya historia está atesorada en las mil fábulas de las leyendas escandinavas, de los Eddas, que Wágner glosó en sus poemas musicales, es a saber: los acadios, vascos y pelasgos mediterráneos y los pueblos escítico-turanios de la inmensa región que partiendo de las llanuras galas y germanas, continúa con las estepas rusas y siberianas hasta el estrecho de Behring.

Una de las características de aquel pueblo, celta, braquicéfalo y solar, que penetró como una cuña en Europa, dejando remansados al Norte los dolicocéfalos escandinavos, de ojos azules y tez blanca, y al Sur los dolicocéfalos iberos, de ojos negros y tez morena, era el conocimiento del bronce, que por ellos se llamó chalchas o kalkos en griego, y aún hoy decimos calcopirita o pirita de cobre al sulfuro de cobre, cuyo hermoso color amarillo recuerda de lejos al del oro. Toda la civilización de la llamada. Edad del bronce se debe a este glorioso y guerrero pueblo celta o calca, que, uniéndose en nuestra Península con el pueblo ibero, formó el típico pueblo celtíbero o español, de pelo y ojos castaños, tez trigueña o morena clara, estatura mediana y cualidades superiores para la emigración, la sobriedad y la lucha por la vida, cual corresponde a una raza compleja.

La Teogonía de Hesiodo tiene altísimas alusiones hacia este pueblo, que en sus místicos orígenes tibetanos conoció al Ave Fénix, al Ave de los dioses Garuna o Cinieudis, el Ave china del Li-Sao, perdido eco de los primitivos hombres alados del Banquete, de Platón, cuya grandeza llegó hasta excitar la envidia de los dioses, quienes, para castigados, los separaron en sexos, cuyas dos mitades, varón y mujer, se buscan y unen siempre, defraudándose constantemente por la Naturaleza, que hace nacer el tres o el hijo, de esta unión ilusoria, perpetuándose así la Humanidad sobre la Tierra para acabar dominando en ella.

La misma Ilíada habla de esta divina ave -el Ave de la Selva o de Sigfredo, que Wágner diría-, que, horrorizada ante la guerra de Troya, se ocultó entre las ramas de un abeto, el árbol sagrado de los ogams o de la numeración, como veremos pronto. La propia diosa Minerva, Io, Isis o la Luna, se llamó Calcidia o Calcídica en todo el Mediterráneo, y por eso Augusto cuidó de erigirle en honor de su metalúrgico abolengo redentor un templo todo de bronce. En bronces sagrados también, de los que aún quedan admirables ejemplares en nuestros Museos, se entallaron primorosamente las leyes fundamentales de los Municipios, especie de Cartas Magnas de todos los derechos, bajo la égida o salvaguardia protectora de la primitiva diosa calcídica o Io.

En todos los templos de Io o Isis, es decir, de la Minerva Calcídica, se enseñaban los Misterios iniciáticos importados del remoto país tibetano de Khalkhas, centro eterno de la gran Logia Blanca que reina secretamente en el mundo, y de aquí que en los primitivos templos hubiese un recóndito retiro, adythia, o Sala Calcídica, recinto sagrado e inviolable de grandes dimensiones, donde se dijo luego que se reunían los dioses en misteriosos ágapes u orgías, a las que quiso aludir, sin duda, Platón en el Banquete.

Todavía, en nuestra perfecta ignorancia acerca de los tales Misterios, conservamos un eco perdido de ellos en el crucero, o planta transversal de las iglesias más gloriosas, tales como San Pablo de Roma, en vez de la primitiva forma de nave -la nave o Arca salvadora del Diluvio o catástrofe atlante, en la que arribaron a los actuales continentes todos los Noés, Quetzalcoatles, Xixuthros y Deucaliones-. Y por eso también, como lugar sagrado en el hogar, se llamó Calcídico al corredor interior que separaba de las demás en la casa griega las habitaciones consagradas a los huéspedes, como puede verse en Vitrubio, en Procopio (De Aedificationem), en Becchi (Del calcidio e della cripta di Eumachia), y en los demás tratados de construcción donde se haga historia de este crucero o efectiva y simbólica Tau de los deberes que la hospitalidad imponía entre los hombres, hasta el punto de ser sagrado en todas las naciones de ario abolengo el peregrino, una vez que con él compartíamos hospitalarios el pan, la sal, el fuego y el techo.

Una de las ramas celtas o calcas más importantes de cuantas irradiaron del Khalkhas tibetano por todo el ámbito del mundo, se estableció en el famosísimo Valle de Bikara (¿valle de los Kabira o Kabires?), entre el Líbano y el Ante-Líbano.                .

                Ya en otra ocasión hemos comentado la excepcional importancia ocultista de este histórico valle o anfiteatro, en cuyo centro se alzó en tiempos la Ciudad Solar de Baalbek o Heliópolis, en la divisoria exacta de las aguas del Orontes y el Lita. La primitiva Chalcis de la Celesiria que aquéllos fundaron un poco más abajo en este último río, que luego vierte sus aguas en el Mediterráneo, entre Sidón y Tiro, venía así a constituir la mitad del camino entre Baalbek y Damasco, y quedaba a igual distancia casi de Sidón y de Biblos, aunque separada de ellos por lo más fragoso del Líbano. De aquí que en todo tiempo haya sido este caleidio sitio una comarca iniciática, como tuvieron ocasión de comprobar los cruzados al conocer en ellos al célebre Viejo de la Montaña, y tomar de sus mágicas ceremonias la base originaria para la temible Orden del Temple, que durante unos lustros fué la dueña y señora de la Europa entera, como es sabido.

A esta celeste Chalcis del Lita correspondió junto al Orontes, muchas leguas más abajo, al sudeste de Antioquía, la segunda Chalcis siria, a la cuarta parte del camino de caravanas que va desde esta histórica ciudad seléucida hasta la arruinada Tadmor o Palmyra, o sea en la entrada misma del desierto de Cedrosia, antecámara de la Arabia Desierta, y a la tercera parte de la senda de caravanas que va hacia la Hierapolis del alto Éufrates.

La concatenada serie de Chalcis no se detiene aquí, sino que va demarcando ciudades, valga la frase, el contorno todo del Mediterráneo. Así encontramos solamente en los mapas de Kiepert (Atlas antiquus) a la Chalcia o Chalcé caldea de la montuosa Lycia, la regada por el Xaanthus, a quien Spa llama Kharkia; al Calchedon o falso Chalcedon de Bitinia frente a Chrysopolis y a Bizancio, o sea en la entrada misma del Bósforo; a la divina península Chalcídica de Tracia, que, merced a sus lagos del Norte, sería una isla, a no ser por el montuoso alzamiento volcánico de Thesalónica que separa los golfos Thermaicus y Strymonicus; a la Calcis de la Etolia, guardando con la frontera Patrás (la ciudad de los padres o patris) la entrada del golfo de Corinto; a la Calcis de la Triphylia arcadiense, verdadera Venecia por su emplazamiento lacustre en el golfo Cyparis; a la poderosa Chalcis de Eubea, guardando la entrada sur del golfo Eubea frente a la Beocia, en los campos Lelantios; a la pavorosa Chalcisdel Epiro en lo más fragoso e inaccesible de los montes de la Athamnia, o sea también de Athos, como Chaleis o Chalcitis es la región actual de Laos, la más inaccesible de la Indochina, y, en fin, a la Calci de Pisa, entre el río Amo y el monte Pisano, y ciudad que, como consagrada a Minerva Calcidica, la diosa del olivo, produce aun hoy el mejor aceite de toda la región de los Itúsculos, o sea Toscana.

  La más gloriosa, sin embargo, de las Chalcis griegas y la madre de ,las italianas, y aun de las españolas disfrazadas con los nombres de Urda, Uxda y otro análogos, es la Chalcis de la Eubea.

                Esta Chalcis, que aún conserva su nombre primitivo, a pesar de haberse llamado después Eubea, Stimfelos, Halicarne e Hipocalcis, era una de las tres llaves de Grecia. Su fundación, muy anterior a la guerra de Troya, se debió a Pandoro o Pan-dauro, hijo de Erecteo, y su nombre se atribuye, acaso erróneamente, a una de las doce hijas de Asopo y Metona. Situada en el punto más angosto del estrecho de Euripo, está unida al continente por un puente desde el año 411 a. de J. C., Y en 506 se coligó con Tebas y Esparta para restaurar la aristocracia en Atenas. Su nombre, como todos los de los celtas, está relacionado con el de bronce, según dijimos, por lo cual se tiene a sus habitantes por haber sido los primeros que conocieron el cobre en Grecia, y también el bronce, una vez que las naves fenicias trajeron el estaño de las Casitésides. Sus colonias se extendieron por todo el Mediterráneo; por la Calcídica macedónica, por la Campania entera (Cumas), por la Italia meridional (Regio) y por la Sicilia (Catania, Naxos, Leontini y Tauromenium). En la ciudad se rendía culto a Apolo, y en ella murió Aristóteles.

Y es tan primitivamente mágico y jina -decimos- el nombre de Calcis o Chalcis, que por su sabiduría así se llamaron también los augures, tales como los hijos de Thestor que acompañaron a los griegos al sitio de Troya (Calepinus, Septem linguarum), según se lee en el libro II de la Eneida, y a los betilos o piedras mágicas sonoras de que nos habla Blavatsky, se los llamó Chalcophonos, y el mejor traductor y comentarista latino del Timeo, de Platón, lo fué el filósofo neoplatónico del siglo IV, que se ocultó quizá bajo el pseudónimo de Calcidio, según el comentario impreso en Leiden en 1617 por Meuricus. Nuestra Historia Natural, en fin, siguiendo a Plinio (libro X, c. 8; XXXII, c. 3, y XXXVII, c. 11), denomina con los nombres de Calcídico y Calcídica a un ave nocturna; a un pez, a una familia de lacértidos y a otra de himenópteros con más de 2.000 especies.

Fué y es tan universal, en efecto, el nombre misterioso y matemático-simbólico de Calcis, repetimos, que las glorias de las Calcis latinas no desdijeron de las de las Chalcis griegas y sirias, hasta el punto de que si en éstas hubo una Casandra macedónica y unos iniciados heliopolitanos, base de todos cuantos esenios, terapeutas, ebionitas, nazarenos y gnósticos vinieron después, en la Campania etrusca floreció una Cumas calcídica, célebre por su Sybilla, la pitonisa amada de Apolo que dió al rey Tarquino tres de sus libros proféticos, después de quemar los otros seis, libros que, custodiados bajo -el Capitolio en urnas de pórfido, preservaron de toda destrucción a la Roma, comprometida más de una vez por galos y cartagineses cuanto por las discordias civiles. En un rapto de locura inexplicable a no intervenir la Magia Negra que perdió al fin a la ciudad de los Césares, fueron quemados estos libros por orden del Senado, por contener los secretos de la religión establecida. -¿Qué secretos eran éstos?- Nada menos que los del lenguaje zend-zárico, o sea el alfabeto numérico o calcídico, sobre el que hay mundos que investigar, invocano antes, como los buenos dorios primitivos a la Minerva Calcídica, aquella de cuyos cenáculos iniciáticos cantó Arnobio (libro IV): “Scribuntur Dii vestir in tricliniis caelestibus atque in Chalcidicis aureis coenitare”, y cuyas logias o cármenes calcídicos, precursores de nuestros árabes cármenes granadinos, han hecho decir a Calepinus (apud Stat, Libro V, Sil. 3, V. 182): “Carmen Chalcidium sunt versus Sybillinim a Cumana Sybilla conditi...” aquellos versos divinos, que tuvo a mucha honra el invocar siglos después la Iglesia para su pavorosa elegía del Dies irae, que dice:

Dies irae, dies illa

Solvet saeculum, in favilla:

Testes David cum sibylla.

¡Aquella poesía sabia, en fin, origen y término de toda ciencia humana, que también profesaron de un modo iniciático y sublime nuestros grandes polígrafos árabes, en sus celebérrimos cármenes andaluces!

No se crea, en fin, que con lo dicho se ha agotado el tema de las toponimias y correlaciones jino-calcídicas, sino que continuar con ellas sería abusar quizá. Por ello hacemos punto y pasamos a otro tema anexo, no menos sugestivo.

El lector tocado del triste achaque de positivismo escéptico, o sea sin intuición y sin imaginación, que se haya enterado de las páginas anteriores, acaso habrá pensado frente a la multitud de Chalcis, o Calcis, en ellas indicadas, y cuyo catálogo se podría aumentar, que ellas deben su nombre meramente a la misma raíz que la palabra latina calx, calcis, o cal, o mejor dicho, carbonato de cal, es decir, mármol, y que, por tanto, semejantes nombres son la mera indicación de otros tantos lugares ricos en mármoles, como los de la citada península griega de la Chalcídica.

Si ello así fuese –y aquí tenemos la historia de siempre, el eterno pleito entre el cretinismo tímido de la mera razón y el angélico vuelo de la intuición y de la imaginación creadora-, todavía caeríamos, como siempre, del lado de la Magia, o Ciencia de los jinas. En efecto, si a eso vamos, hasta el hecho de la extraordinaria abundancia de flósculos de calcio que hoy nos revela la espectrografía solar, en pasmoso reticulado, bajo las llamaradas de la fotosfera del Sol, acaso, no fue desconocida del antiguo sacerdocio iniciado, como no lo fueron las mismas manchas del sol, ni el notable fenómeno mágico de la dobler refracción de los romboedros del espato de Islandia, fenómeno que si hoy se explica matemáticamente es porque se apela –y perdónesenos la aparente petición de principio- al conocimiento calcídico, o sea a la Matemática; al cálculo, como palabra derivada de aquella radical latina de Kcalx-calcis, o más bien de calculi, el betilo, gema o pedrezuela caliza, que, colocada en los agujeros de los antiguos ábacos (o contadores, al estilo de nuestros rosarios, de las tarjas andaluzas y demás procedimientos gráficos), servían a los primitivos hombres para la contabilidad.

Las mismas raíces latinas aludidas de calx-calcis y de calculi no son latinas, sino atlantes; es decir, de los vascos, iberos y protoamericanos, o toltecas, que a los atlantes sucedieron, toda vez que en los códices mayas, según demostramos en anterior estudio, existe la personificación que podríamos decir del cálculo y de la Matemática en la diosa Chalchihuitl, o Chalchihuitl-cueye, literalmente la diosa de la enagua azul (Chavero, México a través de los siglos), o sea Isis, Io, Maya, María, la Luna, la Minerva Calcídica, en fin, la diosa de aquellos jonios, jannos o jaínos, fundadores de todas las colonias calcídicas, con cuantas equivalencias, que pasan de ciento, hemos asignado a la Luna en nuestra obra De gentes del otro mundo, porque es harto sorprendente, en verdad, el que los mexicanos post-atlantes -arios ya, sin duda, como dice Blavatsky, arios de aquellos descendientes de Arjuna, cuando éste pasó a colonizar el Patala, es decir, América, según la epopeya del Mahabharata-, empleasen, para designar las pedrezuelas de contabilidad que aún hoy pueden verse pintadas en sus códices, la palabra chalchihuitl, o kalki-huitl, tan análoga a la latina calculi, sin que el pueblo etrusco-romano y el pueblo maya se conociesen ni tuviesen un secreto lazo de unión como el que indudablemente enlazó a todos los pueblos del tronco calcidio.

A semejante alfabeto tibetano de Khalkhas o calcidio, que pasó de la Mogolia a Europa, como ya vimos, se refiere, entre otros autores, el tomo VI del Diccionario de Geografía Universal, de Antonio Vegas, en su artículo Thibet, cuando dice: "El alfabeto que se usa en el Tibet es muy superior al mismo alfabeto chino, porque sólo comprende un corto número de signos movibles, cuya combinación expresa todos los sonidos f articulaciones." Por eso se le debe mirar como el más antiguo prototipo de los alfabetos conocidos y está compuesto de los mismos elementos que los antiquísimos caracteres brahmánicos, cosa muy natural, dado que es el efectivo alfabeto jina.

Estos primitivos caracteres, antes que fueran letras, fueron números, pero, para demostrado, tenemos que dejar en suspenso las ideas iniciadas en este capítulo, consagrando otras previas a las representaciones numéricas o símbolos escriturarios de los números, símbolos que luego pasaron a ser letra al inventarse la escritura.

Semejante tesis necesitaría para su completo desarrollo todo un grueso volumen. Nosotros aquí habremos de limitamos a una exposición sucinta que, no obstante, resultará demasiado extensa y pesada quizá para muchos de nuestros lectores, ya que, como dice e1 sello de Olao Magno, nada nuevo puede ser perfecto.

Por de pronto, la misma numeración etruscorromana que nos es tan conocida y que fué la única en Europa durante casi toda la Edad Media, antes de que los árabes nos transmitiesen de la India nuestros actuales signos de numeración escrita, nos demuestra que con los jeroglíficos de siete de sus letras pudieron representar todos los números. Así, como es sabido, la I, vale uno; la V, cinco; la doble W, o sea la X, diez; la L, cincuenta; la C, ciento; la D, quinientos, y la M, mil, y análogamente podemos decir de los demás sistemas, tales como el alfabeto griego o el alefato hebreo. Pero esta misma numeración etrusca no es sino un primitivo sistema de jeroglíficos atlantes, en el que los cuatro dedos, índice al meñique de la izquierda puesta con la palma hacia afuera, representan del 1 al 4; el 5 no es sino la mano entera y abierta, en la que al separarse el pulgar de los demás dedos juntos hace la típica forma de V, a la que sucesivamente se pueden ir agregando los respectivos dedos meñique al índice de la mano derecha hasta componer la forma primitiva del 9, que es la de VIIII, mientras que el 10 es ya la germana doble VV en esta forma, o bien en la latina, más artística de la X, es decir, de las dos manos abiertas.

Sucesivas agregaciones de dedos y manos nos conducen así hasta el 50, decena de cinco unidades o más bien centena de cinco decenas, si vale la frase; merced a que una de las primitivas formas atlantes de numeración -de las que aún existen supervivencias en Occidente- fué la de la quinquena, "decena de cinco", o sea primera unidad de orden superior de aquellos primitivos sistemas, sistemas que, en lugar de tomar por base numeral el diez -o sea el jeroglífico de 10, cuyas variantes sin fin hemos estudiado ya en nuestro libro De gentes del otro mundo-, tomaron los dedos de la mano derecha sola, o sea el cinco.

Por eso, antes de seguir con nuestra exposición numérica del 50 para arriba, tenemos que detenernos en este particular ancestral. que es importantísimo.

Todos los indicios hacen suponer que el más arcaico, y, por otra parte, el más natural y espontáneo de- los sistemas de representación numérica es el material gráfico, por decirlo así, o sea el que al contar da una representación figurativa y especial a cada número, mediante una raya o un punto. Así vemos que, aun hoy, las; personas de mentalidad más pobre y menos adecuada por tanto para los esfuerzos de abstracción y de imaginación que las operaciones aritméticas suponen, cuentan por los dedos, o por el rosario, cual contaron sin duda los infantiles pueblos primitivos. Frecuentísimo es, por otra parte, el contar de este modo en las tarjas andaluzas, en los cómputos electorales, en los marcadores, en los contadores de ropa, etc., etc., como más al por menor puede verse en la genialísima obra de don Eduardo Benot titulada Aritmética Universal, y aun en los trabajos de Picatoste.

Natural es, por otra parte, que se haga así, y que las series numerales de cuantos objetos se van presentando ante nuestra contabilidad los vayamos simbolizando por otras tantas rayas o puntos. El sistema gaedhélico o de Dhelos, que diría un poeta, y el sistema llamado del ogam o del Mago, que el poeta también leería al modo bustrólodo, o sea invirtiendo sencillamente las letras, queda evidenciado con esto. La importancia, sin embargo, de "dichos dos sistemas, que fueron empleados por la primitiva Magia, requiere que nos detengamos largamente en ellos, empezando por hacer historia acerca de la llamada escritura ógmica u ogámica, que tanto preocupa hoya todas las Academias del mundo. Digamos, ante todo, que aunque suele llamarse 6gmicos a los simbolismos arcaicos que se ven en infinidad de rocas y monumentos repartidos por el mundo, y ogámicos a los simbolismos que aparecen en los Códices irlandeses del Gaedhil, en el fondo, estos últimos no son sino aspectos locales de una escritura y una numeración que fueron universales en la llamada Edad de piedra, o sea en la olvidada y remota época     atlante.

Es muy curioso el saber cómo se empezaron estos estudios.

En el Journal 01 the Royal Asiatic Society de julio de 1903 apareció una notabilísima Memoria de J. H. Rivett-Carnac, C. I. E. F. S. A., late I. C. S. y coronel edecán honorario de Sus Majestades británicas, considerando por primera vez en la Europa sabia, como obra del pensamiento inteligente de los hombres prehistóricos, ciertas señales u oquedades hemisféricas que en Bretaña y Normandía francesas se conocían como pierres a coupoles, o rocas con cazoletas y que el autor había podido comprobar en diferentes partes del mundo, tales como las que había dado a conocer Sir James Simpson en el Túmulo de Clava de Inverness-shire y en el Obelisco de Argyle-shire, y antes por Canon Greenwell, F. R. S., como posibles simbolismos religiosos arcaicos, por el duque Algernon de Northumberland, y que en opinión de M. Emile Cartailhac, en su obra La France préhistorique d'apres les Monuments (1889), habían tenido sin disputa una significación positiva para los hombres de la Edad de piedra y para sus descendientes o sucesores inmediatos. Su misterioso simbolismo era comprendido por una gran parte de Europa, que después de la edad del bronce se perdió completamente.

                Hermoso es el tema que pone al frente de su Memoria Rivett Carnac con estas palabras de la Excursión, de Wordsworth:

                "Among the rocks and stones methinks Isce:

                More thian the heedles impress that belongs

                To Lonely Nature's casual work-they bear

                A semblanu strange of power intelligent

                And of design not wholly voorn away."

Como el mismo autor dice citando la obra Ih King, del doctor Legge, para este último "el uso de cuerdas anudadas (quipos de los incas) ha sido empleado desde la antigüedad más remota para conservar los recuerdos de las cosas y de los hechos".

Las inscripciones de esta clase de Cliff (Kumaon) y Mahadeo de la India que pueden verse en aquella célebre Memoria de Rivett, son análogas a las que encontró en Nazpur el profesor Stephens, de Copenhague, comentándolas con el atinado juicio de que en la península indostánica está la clave de más de un misterio fundamental de la prehistoria, justificando así el alto interés que para el profesor Douglas, de la Sociedad Asiática de Bengala, tienen estos caracteres, ligados muy estrechamente con los diagramas del llamado "Libro de los Cambios", uno de los antiquísimos libros de la China que tanto han preocupado también al gran cultivador de los estudios precaldeos en Europa Terriere de la Couperie, cuyos trabajos pueden verse comentados sabiamente en la introducción del Diccionario Vasco-Caldaico-Castellano del profesor español doctor Fernández y González, hijo del ilustre políglota y catedrático don Francisco. Inscripciones análogas también se citan por el autor de la "Memoria en América del Norte y del Sur y en Australia", concordando con ellas las halladas en los pasos de los Alpes y descritas por el doctor Magni, del Museo Arqueológico Italiano, y por último las vistas por el mismo Rivett sobre el lomo de los berracos de piedra de Ávila y Segovia, existentes algunas de ellas en nuestro Museo Arqueológico, y acompañando a veces a no pocas inscripciones romanas.

Precisamente con anterioridad a la publicación de la Memoria citada y guiados por una intuición semejante habíamos dado a conocer en España el spécimen de dichas "cazoletas" encontrado en la Sierra de Santa Cruz (Cáceres), por nota en un informe a la Real Academia de la Historia, y aun antes, en 1897 (Boletín de la R. A. de la Historia correspondiente a marzo de dicho año, tomo XXXII, pág. 179), habíamos tenido la fortuna de descubrir la clásica "Losa sepulcral de Solana de Cabañas" (Cáceres), que donamos al Museo Arqueológico y en la que además del guerrero, espada, mitra o gorro, carro de combate y escudo que hay tallados en ella, dentro y en torno de este último hay la inscripción ógmica: .. ... .. ... . que según el P. Fita, en dicho Boletín (junio de 1902) es idéntica a la que se lee en el Templo de Esculapio, en la Argentina. La lápida de Solana fué clasificada por el eminente doctor Hübner como uno de los más curiosos documentos de la prehistoria española. Otros dos documentos de la época, aunque desprovistos de caracteres ógmicos, son la Venus prehistórica de Santa Ana y el Berraco de Botija, de figura semejante este último a los "toros" del Museo, a los famosos de Guisando y al de la Torre de Hércules del Convento de las Dominicas de Segovia descrito por don Vicente Paredes, de Plasencia, y, como tantos otros tesoros históricos, dado a luz en la Revista de Extremadura e incluí do en la hermosa Obi a de M. Pierre París, El Arte primitivo en España. El simbolismo verdadero de estos berracos hay que buscado, por supuesto, en las doctrinas védicas acerca de los Avatares.

Además de las obras citadas por Rivett-Carnac en su Memoria, merecen consultarse también las siguientes: Antiquités Troyennes, por el doctor Henry Schliemann, traduite de l' Allemand par Alexandre Rizos Rangabe; Rapport sur les fouilles de Troie (LeipzigParís, 1874), y las Pierres a eoupules et a sculptures hiéroglyphiques du Chablais, por L. Lacquot (extrait du 4eme. Congres préhistorique de France, 1908; Simpson: On archaic sculpturing of cups and concentric rings (Proceed. of Soco ant. of. Scotland, tomo VI, 1867); Aymard, Sur les pierres a bassins de la Haute Loire (Soc. agricole du Puy, tomo XXII, 1859); el marqués de Nadaillac, Les premiers hommes, cte. (tomo 1, pág. 288); Paul Vionnet, Les Monuments préhistoriques de la Suisse; Desor, Les pierres a ecuelles (Génova, 1878); el doctor Magni, Cazoletas de Como (Bol. de la R. A. de la H. de 1906); Sacaze, Le eulte des pierres (Bull. Soco d'Anthropologie, 1879); Mestorf, Materiaux pour l'histoire de l'homme (1878), en cuya pág. 277, según Bertrand, de quien tomamos tantas citas, aún se hacen sobre ellas en ciertas comarcas de Suecia ofrendas a los pequeños, es decir, a las almas de los muertos. Todo sin contar con la bibliografía de Rolt Brash, antes dada, y en la que hay también curiosas referencias al alfabeto llamado Ogam, o Beth-luis nion, por Ch. O'Connor y O' Flaherty.

Posteriormente a la publicación de nuestros ¿Atlantes extremeños? hemos visto algunos caracteres ógmicos semejantes a los ya descritos en toda la crestería de la Sierra de Santa Cruz (Cáceres), formada por los picos de San Gregorio, Los Cuchillos, las Callejas, la Cueva del Fraile y el Risco Cabrero (dimensiones 12 X 4 X 2 metros); en Villamesías, donde aún se ve un monolito de más de tres metros, sirviendo de pontezuelo en la población; en el atrio de la iglesia de Santa Ana, donde siete cazoletas aparecen, digámoslo así, superpuestas a un ábaco anterior de 20 a 25 puntos. Otros sillares con signos ógmicos, desprovistos al parecer de importancia, hemos encontrado también en Salva tierra, Ruanes y algún otro pueblo de los emplazados hacia el interior del triángulo formado por Cáceres, Trujillo y Montánchez, característico por cierto, por la gran abundancia de restos iberorromanos, que hemos descrito en nuestros artículos relativos a las inscripciones allí encontradas (Bol. de la R. A. de la H., tomo V al IX). Otra prueba de que el llamado pueblo ibero, que por un lado confina con su sucesor el iberorromano, no está lejos por otro de los obscuros pueblos que tallasen las inscripciones ógmicas.

Los Ogams, Ogam-Craobh o Braneh-Ogams, reciben precisamente estos nombres por ser una primitiva escritura, profusamente repartida por los monumentos prehistóricos de Irlanda, Escocia y Gales, que imita en sus caracteres la distribución de las ramas de los árboles. la de los tallos de la palmera o la de las hojas de la caña y del maíz. En ellos, además, cada letra, simple, compuesta, diptongo o triptongo, tiene respectivamente el nombre de una planta o árbol, según la tabla de equivalencias que puede verse en la página 10 de El tesoro de los lagos de Somiedo.

Los ogams corren a lo largo de las aristas o caras de muchos cipos. con sus talladitos transversales, cortos y largos, al modo de nuestros vulgares rayeros para contabilidad o de las tarjas andaluzas. De ordinario compónense de una variadísima combinación de rayitas o tallados que arrancan todos de una línea o arista central, real o imaginaria, al modo de la línea horizontal de donde penden todas. las letras sánscritas, o de la vertical de las letras mogolas. Los numerosos renglones de los folios de Ballymote y demás códices de que vamos a ocupamos son, pues, en su infinita variedad, Ogams primitivos, y de su figura podemos tener una idea por la del folio que reproducimos en el capitulo VII de De gentes del otro mundo.

La primera noticia que se tuvo de la escritura ogámica irlandesa data del encuentro del Book 0f Leinster, Ms., donde, a modo de la "Tabla de Roseta" para el jeroglffico egipcio, aparece un pasaje con la escala literal ogámica completa que desde entonces se emplea por los autores, incluso el que nos ocupa. Códice tan curioso se encuentra hoy en la Biblioteca del Colegio de la Trinidad, en Dublfn. El doctor O'Curry dice que fué compilado por Finn Mac Gorroan, obispo de Kildare, fallecido en 1160. La última noticia de la referida escritura ha sido encontrada en el Book 0f Ballymote, Ms., hallado en la Biblioteca de la Real Academia de Irlanda, compuesto de 502 páginas, y compilado por Ballymote Co. Sligo, hacia 1370, en casa de Tomaltach Og Mac Donogh, lord de Coraun, en tiempos en que Turlogh Og, hijo de Hugh O'Connor (folio 62 b) reinaba en Connaught. El Ms. parece ser una compilación hecha por diferentes personás, tales como Salomón O'Droma y Manus O'Duigenann (O'Curry's Lectures, pág. 188). Es, pues, el tal códice una colección de diversos tratados de historia, mitología, genealogía, hagiología y otros asuntos, que datan de fuentes tan antiquísimas como desconocidas. En semejantes copias de otros tratados arcaicos se han encontrado también una gramática antigua y largas explicaciones acerca de la escritura ogámica del Gaedhil. Tales tratados contienen una clave apenas usada en la traducción de inscripciones. consistente, como dice Brash, en una gran variedad de cifras matrices, de donde han ido derivando caracteres hasta aquí tenidos por originales.

Según Rolt Brash, la invención de semejante escritura arcaica es atribuida por la leyenda a uno de los Enviados, Instructores o Maestras, uno de los "learned men" de los Tuatha de Danand, denominado To-Og-ma, jefe de una tribu de hombres de esa raza roja, maya, egipcia, vasca, etc., de que se ocupa la preciosa obra del argentino señor Basaldúa, La Raza Roja en la Prehistoria Universal, raza a la que hacen referencia más o menos expresa los mitos mexicanos e irlandeses.

Estos dos libros de Leinster y de Ballymote no son las únicas fuentes de la rica y dulce literatura legendaria ogámica de los bardos irlandeses. Hay muchas otras, entre las que conviene consignar las siguientes, con arreglo a los datos de dicho sabio:

a) El Book 0f Luan o Lai-can, Ms. de 600 págs., compiladas, se dice, en 1416, por Gilla o Xila-Mor-Mac-Fir-Bis, y hallado en la biblioteca de la Royal Irish Academy. En dicho códice se encuentran, dice Rolt-Brash, una copia del poema atribuído a Ur-Aceipt-Na-nEges, el primero de los bardos, y un tratado gramatical atribuído a Cenn-Faclad el Instructor, fallecido en 677. Esta gramática está compilada sobre los documentos de Amhergín y Feir-Ceirtne, antiquísimos poetas-filósofos precristianos, y que merced a esa misteriosa asociación de ideas que debe mediar entre los hombres antiguos esparcidos en las regiones más distantes de la tierra ¡en las edades primeras, nos recuerdan, el segundo, a Rif-Ceirtne, a aquellos Ceirtnes del Rif libio atlante que figuran en los viejos periplos, quizá americanos, de Hannon y de Scillax, tan discutidos por Costa y demás arqueólogos, y el primero, o sea Amerghin, al desconocido autor también de los antiquísimos libros japoneses de Amerghin, anteriores a los alfabetos, e Hirakana y Katakana, y asimismo a otro caudillo análogo, especie de Quetzalcoatl de Centro-América, que ha dado nombre, no sólo a varias montañas, ríos y pueblos de dicho país y del Brasil, sino también al propio continente americano, cuyo nombre jamás se ha debido a ningún Américo Vespucio, según tiene demostrada la crítica, 'y aun a la raza Aimara, tan poco conocida. Una extensa discusión filosófica exigirían también esos nombres de aglutinación monosilábica tan orientales y tan americanos a la vez, como el de To-Ogma, Ta-hua o Tu-ha-ta de Danand; Fin-Mac o Cam-Gor-man, Salomón el Droma; el Manú O' Duigenan, Gilla-Isa-Mor-Mac-Fir-Bis, que tratado al modo semita, nos da el Xila de las famosas inscripciones roqueñas de Norte América, también cuajadas de Ogams, el Isis, Sais y Lais semiegipcio de tantos y tantos cantos, cultos y leyendas; el Rom inicial de aquella legendaria Roma-kapura o Roma secreta de los Misterios etruscos, cuya revelación era castigada con la muerte; el Mac de Kam o reino; el Fir o Ril del abolengo libio-ibero de las gentes del Gaedhil, etc. Sea de esto lo que fuere, es lo cierto que el Book 0f Lecan contiene ogam, en los cuales se ha encontrado el valor y la equivalencia de ellos con sendas letras del idioma primitivo de Irlanda, valor que, por de contado, es el mismo que el que se asigna en la clave alfabética del Book 0f Ballymote.

b) El códice del Leabhar-Gabbata (¿Patala?), que, según Rolt Brash, es un notabilísimo trabajo compilado por Frian Michael O'Clery, con cargo a datos arcaicos, en 1627. También O'Clery y sus eruditos auxiliares coleccionaron gran número de Ms. gaedhélicos de enorme antigüedad.

c) El Book 0f lnvasions, que es parte de la colección anterior y se custodiaba por lord Ashburnhan. De él existen dos copias, una en el Colegio de la Trinidad, en Dublín, y otra en la Royal Irish Academy.

d) El Book 0f the rOctar Gael O Las Aventuras de los Siete hermanos campeones en Oriente, especie de crónica de los mágicos Tuatha o Ta-hua de Danand, y que son en las tradiciones irlandesas igual que los Siete Otares u Hottares (sacerdotes-reyes o Incas de las leyendas mayas), quienes fueron en los orígenes del pueblo muisca o mexicano a las Siete Posadas o Mansiones de Pacaritambo, en Oriente, literalmente "la Posada que amanece".

e) El códice de El Destino de los hijos de Tuirin (¿turanios?) , verdaderos israelitas, siempre nómadas y fugitivos, raza cainita de los Tuatha de Danand, hacedora de cien prodigios mágicos que no databan en verdad, según la crítica histórica, sino de sus profundísimos conocimientos en ciencias, artes e industrias, algunas de estas últimas tan terribles como la de las armas envenenadas de Cuthullind y de la serpiente de Lochnania, de la fortaleza de Mananan. De ellas nos ocuparemos luego.

f) El Book 0f Lismore, con su famoso Diálogo de los Sabios, especie, quizá, de Banquete, de Platón.

Bastan los indicados. Para completar tamaña bibliografía, hay que guiarse por Rolt Brash, quien nos da otras muchas referencias interesantísimas para el estudio de los ogams, según el sumario que damos en el capítulo VII de De gentes del otro mundo.

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