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CAPÍTULO VI. EL DIVINO PLATÓN Y SU "MAYÉUTICA"

El lazo conector entre Platón y Pablo. - Platón y los más ilustres pensadores modernos. - Opiniones de Joweu, Erdmann, Hum, Dumast, Ramús, Emerson - y otros. - El libro de un catedrático español. - Ojeada general acerca de la vida del gran filósofo. - Sus viajes y persecuciones. - Su Academia, - Los "Diálogos" platónicos. -Clasificaciones de Hermann y de Schleiermacher.Unas cuantas ideas acerca de la Justicia, con cargo al "Fedón" y al "Gorgias". - La buena y la mala oratoria. - La justicia, único Sendero de Salva. ción. - Verdadero concepto trascendente de la "mayéutica" platónica _n Platón y San Pablo. - La diosa Hygicia. - Las revelaciones del Teeteto. - Plutarco y sus "Cuestiones platónicas". - La metempsicosis pitagórica o el ciclo y camino recorrido por el espíritu humano entre la TIerra y el Sol - Solsticios y equinoccios psíquicos. - Cómo y por dónde nacemos a la vida espiritual preparada por la mayéutica. - La ciencia moderna empieza a tener vislumbres acerca de estas cosas trascendentes.

Uno de los mejores pasajes de San Pablo es el relativo a la mayéutica de Platón: aquel en que dice que la criatura humana está sujeta por los Arcontes o Potestades del Aire -las "Aves" de Aristófanes- a una verdadera esclavitud en este mundo sublunar, esclavitud de la que habrá de ser libertada algún día "matando a la muerte misma". Por eso, añade, "todas las criaturas gimen y están como de parto durante esta vida, con gemidos inexplicables", esperando su liberación de la cárcel de esta mal llamada vida, que no es sino un continuo morir y un anhelar continuo hacia una vida superior, acerca de la cual el hombre menos evolucionado tiene siempre un vislumbre en esos momentos "apoteóticos" en los que se siente algo muy por encima de ese mundo semianimal con el que está ligado por sus necesidades físicas y por sus pasiones inferiores.

Antes. sin embargo, de estudiar la mayéutica platónica, hay precisión de decir algo acerca de Platón, el hombre más representativo de todo el mundo de-Occidente, y de cuyas ideas derivan todas cuantas constituyen nuestra decantada cultura.

"Platón, dice el cultísimo catedrático señor Mazorriaga , pertenece a la categoría de esos poquísimos genios cuyas obras brillan con belleza y juventud inmarcesibles, siendo cada día más estimadas y mayor su influencia, según vamos capacitándonos para comprenderlas y estimarlas, porque aúnan, en íntimo consorcio, único hasta hoy, los primores más exquisitos del arte literario con las inspiraciones más profundas y nobles de la filosofía y de ciencias numerosas, siendo, además de insuperables cuadros dramáticos, inexhausto! depósitos de nobilísimas ideas y orientaciones para una cultura total, y lo que vale aún mucho más, armónica:

"Sin Platón, no hay ni Aristóteles, ni Carneades, ni Agustín", ha dicho Th. Gomperz en su Die griechische Denker. "De Platón acá, todo el pensamiento occidental es Platón", ha añadido H. P. Blavatsky. Por eso "no se puede entender a Platón sin ser teósofo".

A Platón, en efecto, al alma del Iniciado Platón, no se han podido acercar los más sabios helenistas europeos, quienes, sin darse cuenta, sólo han conseguido caricaturizarle, como aquel profesor Jowett, catedrático de Oxford y traductor de sus Diálogos, que se atreve a decir, pedante, que el Maestro sigue un método antifilosófico (antifilosófico, por supuesto, según la lógica aristotélica, única seguida hasta aquí por los doctos), "pasando bruscamente de las personas a las ideas y a los números, y de éstos a aquéllas, soñando con figuras geométricas y perdiéndose en un flujo y reflujo mental, aunque anticipando a veces grandes verdades, cual inspirado por potestades divinas" .

"Platón, añade Mazorriaga, es ,un autor lleno de mitos poéticos y profundos; de alusiones a personas, obras, instituciones y costumbres desconocidas por completo para la generalidad. Añádase el aspecto científico de sus Diálogos; su gracia serena, su ironía terrible, su cortés afabilidad y su no igualada profundidad de concepto, y se comprenderá por qué el mundo debiera saludar su memoria siempre, como nosotros lo hacemos, Con aquellas inmortales palabras de Dante a Virgilio, en el canto II de la Divina Comedia:

¡tu, duca; tu, signore; e tu, maestro!"

Desde los días de aquel mártir de Ramús, que sacrificó su felicidad y casi su vida por demostrar a las pedantes Universidades escolásticas que Platón era el único, y su tan ponderado discípulo Aristóteles, un mero, aunque talentudo falsificador de las doctrinas salvadoras del Maestro , los eruditos europeos se han dado a traducir los Diálogos de Platón, atendiendo, por supuesto, siempre más a su letra que a su espíritu, y preparando con ello, quizá, la venida algún día de otra pléyade de teósofos doctos que se encarguen, a su vez, de profundizar en semejante espíritu, y de demostrar su origen iniciático y su derivación consiguiente de Sabiduría Primitiva de las Edades, o Teosofía, merced a los tan discutidos viajes que el Maestro hiciese en su juventud por Egipto, Persia e India.

Con ello, los sabios extranjeros no han hecho sino seguir las huellas de españoles del medioevo como aquel Constantino Lascaris, profesor de griego de las hijas de Alfonso V de Aragón, y cuyos manuscritos, junto con el Catálogo de don Juan Iriarte, y con los demás que yacen en nuestra Biblioteca Nacional y en la de El Escorial y otras, sólo aguardan hombres cultos y teósofos que se consagren a la titánica labor de darlos al mundo para la efectiva salvación de los hombres.

Este genio admirable, "gloria y afrenta al par de la humanidad". como dice Emerson, señala por sí solo una cumbre tal de iniciática cultura que, como consigna Edmundo de Erdmann en las páginas 701 y 725 de su Edición de los Diálogos Platónicos (Berlín, 1840). "si alguien lograse reducir a sistema la doctrina del Maestro, haría al género humano el más señalado de los servicios". Razón semejante ha movido al doctísimo Hum para decir, en fin, respecto del divino griego: La Filosofía es Platón y Platón es la Filosofía, puesto que ningún sajón ni latino ha podido añadir una sola idea a sus maravillosas Categorías. Por eso, Emerson (Platon or the Philosopher) le llama a Platón El hombre representativo por excelencia. Por eso también el teósofo verdadero, a diferencia de los científicos al uso, que toman la letra de Platón y no su espíritu que vivifica, no se contentan con estudiar eruditamente a Platón, sino que, asimilándose en sus doctrinas, hacen lo posible por vivirle .

Como dice un autor, la Filosofía Platónica, en efecto, es el compendio más completo de los sistemas abstrusos de la India antigua. Aunque han transcurrido veintidós siglos y medio desde la muerte de Platón, las grandes inteligencias del mundo todavía se ocupan en sus escritos, porque él era el intérprete del mundo, en el sentido más completo de la palabra, y su Filosofía, la Filosofía más grande de la era pre-cristiana, que reflejó fielmente en sus obras, con su expresión metafísica, el espiritualismo de los filósofos védicos que le precedieron en miles de años.

"Vyâsa, Jaimini, Kapila, Patanjali y muchos otros transmitieron sus indelebles huellas a través de los siglos, por conducto de Pitágoras, a Platón y a su escuela. Así queda confirmada la inferencia de que la sabiduría revelada a Platón y a los sabios indos fué la misma. ¡Divina y eterna ha de ser la sabiduría que así sobrevive a la acción del tiempo!

Así, pues, si a menudo desfiguró la Teología a la antigua Teosofía, la Psicología y Ciencia modernas han desfigurado a la antigua Filosofía. Ambas se inspiraron, sin reconocerlo, en la Sabiduría antigua, y la vilipendiaron y rebajaron siempre que pudieron hacerlo. Por falta de comprensión de los grandes principios filosóficos y teosóficos, los métodos de la Ciencia moderna, aunque exactos, han de acabar en la nada. En ninguna materia puede demostrar el origen y fin de las cosas. En vez de deducir el efecto de su origen primitivo, marcha en sentido contrario. Enseña que sus especies superiores han evolucionado todas de otras inferiores que las precedieron. Parte de lo bajo del ciclo, guiada paso a paso, en el gran laberinto de la Naturaleza, por un hilo de Materia. En cuanto éste se rompe, pierde el norte y huye temerosa de lo Incomprensible, confesándose impotente. No procedían así los filósofos antiguos.

                Para ellos, como para nosotros, las especies inferiores son sólo las imágenes concretas de especies abstractas superiores. El espíritu, que es inmortal, tiene un principio aritmético, así como el cuerpo lo tiene geométrico. Ese principio, como reflejo del gran Archeaus Universal, muévese por sí mismo, y desde el centro se difunde sobre el cuerpo entero del microcosmo.

¿Es acaso la triste percepción de esta verdad, cuyo reconocimiento y adopción por parte de cualquier hombre de Ciencia resultaría ahora mortal, la causa de que tantos sabios y estudiantes ilustres confiesen la importancia de la Ciencia Física, aun tratándose del mundo. de la materia?.."

"¡Cuán grande sería para nosotros el beneficio de los Diálogos platónicos -continúa diciendo Mazorriaga- si con la gracia serena, la ironía, la cortés afabilidad y la profundidad de conceptos que campean en ellos nos adiestrasen en conversar, y no en charlar ni en vociferar! Y es que en la época moderna, agobiados por las exigencias económicas, el afán insensato del lujo, la lucha brutal por unos ideales que no merecen tal calificativo y miles de preocupaciones más a causa de la errada orientación en las ideas fundamentales, directoras de nuestra vida, la hemos desquiciado, acabando con la vida culta de relación, la conducta afable y cortés, la fraternidad humana, el Derecho y tantas otras cosas que se creían ya patrimonio firme y común de todos los pueblos que se llaman civilizados... Pues bien, estos Diálogos tan artísticos y dramáticos son la representación más genuina de ese aticismo delicado, sin dejar su elevación. Platón quiere convencernos, y lo consigue, de que sus personajes conversan finamente y no disertan como pedantes. Para conseguirlo no emplea la dialéctica ni aun para los problemas .filosóficos de mayor profundidad."

Y no se tome esta última frase en el mero sentido retórico, sino en todo el alcance trascendente que la palabra "salvación" tiene en las religiones todas, ya que, según dijo Luciano en su Epigrama XII -ateniéndose como tantos clásicos a la escuela platónica-: "Las riquezas del alma son las únicas verdaderas, pues a la mayoría de las restantes les acompaña la 'afición, y por eso, al que logra hacerse superior a las seducciones de los bienes del mundo debe llamársele rico y hasta opulento, nI? como esotros desdichados que se consumen calculando el modo de amontonar febrilmente la riqueza, cual la triste abeja que recoge la miel para otros" .

El divino Platón nació, según unos, en la isla de Egina, y según otros, en Atenas, en la primavera del año 428 ó 427, antes de nuestra Era. Corría entonces uno de los períodos más aborrecibles y difíciles para los pueblos griegos, ya en plena decadencia, gracias a la terrible guerra del Peloponeso, y a la plaga de sofistas que parecían encargados, como en nuestros propios días, de volverlo todo del revés haciendo odiosa la verdad y adorable la mentira bajo la máscara de un falso arte sin ideal ni moralidad, aquellos hombres malditos, ignorantes, politicastros egoístas y criminales demagogos cuya seudofilosofía se cifraba en estos tres cánones de perdición, que resaltan en el Diálogo del Gorgias: a) La Verdad verdadera es incognoscible siempre para el hombre; b) aunque la conociésemos intuitivamente, no la podríamos demostrar, y c) y aunque la demostrásemos, no nos sería de ninguna utilidad, por todo lo cual, no debemos buscar lo bueno, lo justo, lo armónico, sino lo agradable, lo cómodo y lo práctico, ni más ni menos que lo que a los seres irracionales vemos realizar invariablemente.

Recibió Platón, sin embargo, desde sus más tiernos años aquella educación integral y admirable tantas veces descrita en sus Diálogos, sobre todo en el Protágoras y en la República y las Leyes, que distan aún muchísimo de alcanzar esas naciones espejo de ciudadanía moderna como Inglaterra y Noruega. De semejante educación es base la sofrosine, o sea ese propio dominio integral de nuestras facultades que nos hace caminar serenos y en paz interior, sean cuales fueren las circunstancias y los eventos de la fortuna. Su verdadero nombre es Aristóteles; "Platón" es más bien un apodo, según unos, por la anchura de sus hombros; según otros, por la de su frente y lo profundo de su inteligencia. Por lo grandioso de su elocución, recibió, según Teofastro, el sobrenombre de "el divino", pues, como añade Olimpodoro, "las abejas del Pentélico labraron en su cuna un dulce panal entre sus labios."                .

No contaba veintiún años de edad cuando fué recibido discípulo por Sócrates, "el Maestro de la unidad de Dios y la inmortalidad del alma humana, verdades demostrables, según la escuela de Xenócrates, Spensipo y Crantor, con la misma exactitud de un teorema de Geometría". Se ignora, sin embargo, si asistió al momento sublime en que el Maestro bebió la cicuta para expiar con su muerte el gran crimen de corromper con tales ideas a la demagógica e ignorante juventud de aquellos atenienses que persiguieran igualmente a Anaxarco por haberse atrevido a sostener el absurdo de que el Sol era tan grande como la tercera parte "del Peloponeso". Muerto el Maestro Sócrates, la tradición hace viajar a Platón por la India. Persia, Caldea, Palestina, Egipto, Cirenaica, Megara, la Magna Grecia y la isla de Sicilia, donde recibió enseñanzas complementarias de otros iniciados, y de aquí el panteísmo trascendente de Diálogos como el de Parménides. Las enseñanzas de las escuelas de Euclides, Zenón, Teodoro, Parménides, Heráclito y sobre todo de Pitágoras. completaron, pues, entre otras, el desarrollo de aquella mentalidad poderosa, que en los restos de esa Fraternidad iniciática pitagórica conservados por Philolao y Architas de Tarento, pudo al fin recibir la verdadera luz de la sabiduría primitiva reflejada después en sus obras todas.

Dión de Siracusa, cuñado del tirano Dionisio el antiguo, llevó a Platón a Sicilia. Dión creía que, gracias a la filosofía adiestradora en la virtud, que a Platón caracterizaba, se inflamaría el espíritu del tirano, para la felicidad de su pueblo; pero acaeció, como era natural, precisamente todo lo contrario, pues el tirano hizo salir del reino al filósofo, con encargo especial de que se le matase en alta mar. Polis, el encargado de tal hazaña, se limitó a vender a Platón como esclavo a los eginenses, cosa equivalente casi a matarle, según el odio que estos últimos guardaban para con los de Atenas. Aníkeris de Cirene, sin embargo, le libertó, comprándole, y así pudo Platón, de regreso a su patria, emprender la magna labor escrituraria que le ha inmortalizado y fundar la famosa Academia que tantísima influencia ha ejercido de entonces acá en el mundo entero.

Durante casi veinte años agrupó en torno suyo Platón a lo más florido de la juventud griega y aun extranjera. Al cabo de aquéllos fué llevado de nuevo a Sicilia por el vicioso Dionisio el Joven, para intentar acaso allí la implantación de algunas de las redentoras ideas políticas con tanta lucidez expuestas en La República. Poco tardaron los cortesanos de nuevo en intrigar contra Platón hasta conseguir, bajo pretexto de honrarle, verle preso en la ciudadela de Siracusa. Allí, sin embargo, dominó Platón al tirano hasta el punto de transformarle de "sangrienta fiera en dócil corderillo", consiguiendo, al fin, que le dejase regresar a su país. Tras él vino asimismo a Atenas su fiel discípulo Dión de Siracusa.

Tercera vez fué llevado luego Platón a Sicilia y tercera vez corrió gran peligro su vida. Regresando a poco y ya definitivamente a Atenas, acaso hubo de convencerse de las sublimidades de su República -que algunos creen reflejo fiel de las propias costumbres de la sepultada Atlántida en la época de su poderío , y escribió Las Leyes, "su testamento político", con ese criterio de guía para esta humanidad gregaria, servil y cobarde que ya veremos también tras las enseñanzas de San Pablo, uno de los platónicos más admirables que ha conocido el mundo.

Murió físicamente Platón en el año 348 o bien en el 347, pero si hay alguien con derecho no a desaparecer, a cambiar "las viejas vestiduras de la carne" por las radiantes y fúlgidas del cuerpo glorioso, este alguien es el divino Platón, el gran adoctrinador de los pueblos occidentales que ahora empiezan nada más a comprenderle.

En cuanto a los prodigiosos Diálogos platónicos, y pese a las acerbas críticas de Huit y a las conclusiones formuladas por autores más recientes en vista de nuevos descubrimientos, la clasificación de ellos hecha por C. F. Hermann en su Geischichte und System der Platónischen Philosophie (Heidelberg, 1838) satisface bastante al entendimiento por la circunstancia de apoyarse en el criterio histórico y de seguir paso a paso con aquéllos la accidentada vida del autor. Partiendo, dice Mazorriaga, de un lógico y progresivo desenvolvimiento de la mente platónica, establece, en efecto, Hermann los tres siguientes períodos :

Período primero o socrático, que abarca hasta la muerte de Sócrates, en el que Platón no parecía sino glosar las enseñanzas de éste, y hasta el viaje segundo a Megara. Con cargo a semejante período, tenemos catorce diálogos, a saber. Hipias, el menor; Ión, Ahibiades 1°, Parménides, Lisis, Laques, Protágoras, Eutidemo, la Apología, Gritón, Gorgias, Eutifrón, Menón, e Hipias, el mayor.

Segundo período. Desde el viaje de Platón a Megara hasta su regreso del gran viaje a Italia y a Sicilia, viaje en el que trabó conocimiento con los restos de los pitagóricos en la Magna Grecia y adquirió los luminosos fragmentos de Philolao y Architas, que completaron su iniciación. Platón, en este período, aparece influenciadísimo por la matemática de Euclides, Teodoreto de Cirene y otros sabios, de aquellos que, según frase de la época, "de tanto calcular tenían empolvado de tiza el palacio de Siracusa". A dicho período corresponde el Gratilo, el Tuteto, el Solista, el Político y Parménides, sustituyendo claramente en estos seis Diálogos la espléndida poesía anterior por una dialéctica de matemáticos vigores de refutación imposible.

Tercer período, que abarca desde los cuarenta años de Platón hasta su muerte, a los ochenta años próximamente. Este período último cuenta con los mejores y más iniciáticos de todos los Diálogos, a saber: Phedro, Menexeno, el Banquete, Phedon, Philebo, la República, el Timeo, el Critias y las Leyes. Por supuesto, en dichos nueve Diálogos campean ya soberanas las enseñanzas pitagóricas y, con la clave que hoy poseemos, gracias a las doctrinas de Oriente, aportadas por la Teosofía, pueden verse los antiguos misterios a través del velo que su autor, ligado por el juramento iniciático, tenía forzosamente que correr.

No obstante ello, las alusiones son tan transparentes que, en algunos de ellos, como los cuatro últimos, se nos da la vida entera del pueblo atlante, sepultado en el mar por tres sucesivas catástrofes, pero vivo aún en el mito, al que tanta importancia diera por ello el Maestro .

Aunque se haya evidenciado, como pasa en todos, los defectos propios de la clasificación anterior, ella es adaptable en cierto modo a la reciente de Schleiermacher, que separa a los Diálogos elementales (Fedro, Protágoras y Parménides), y los intermedios (Teeteo, el Sofista, el Político, el Fedón y el Filebo), de los fundamentales o constructivos, alma de toda la enseñanza platónica y de la que son típicos la República, el Timeo y el Critias. La cuestión, en fin, relativa a la autenticidad de los Diálogos se sale por completo del marco de este capítulo y puede verse además en los tratados especiales. Ella, por otra parte, revela que, al igual de lo que aconteciese con Hermes y otros iniciados, los numerosos discípulos de Platón tuvieron a grandísima dicha el bautizar algunas de sus obras con cargo a los inmortales Diálogos Platónicos.

¿Cuál de estos Diálogos, son, pues, los más auténticos, y, sobre todo, los más recomendables? La respuesta es tan difícil, que sólo puede dársela el propio lector una vez que los haya saboreado todos.

El Fedón y el Gorgias han sido tenidos en toda la antigüedad clásica como el mejor resumen de la doctrina platónica. El segundo, sobre todo, como dice Mazorriaga, es un insuperable canto a la Justicia -esa Justicia tan alta y tan inadmisible en nuestros tristes tiempos de nepotismo y de favoritismo inconfesable- que establece el apotegma de que (Moral a Nicómaco) "la verdad es preferible a todo en este mundo, incluso a los deberes familiares", lema idéntico al del Maharajá de Benarés, que hemos adoptado los teósofoso Es, además, el Gorgias "la sublimación moral de la oratoria, considerándola no como fin, en sí misma, sino como una de las más poderosas armas para el perfeccionamiento moral y colectivo; la apología más convincente y enérgica del varón justo, y la refutación de esas teorías brutalmente materialistas y utilitarias todavía tan en boga para vergüenza de la humanidad; la exaltación, en suma, de la justicia como sal que evita la corrupción del mundo y de la Verdad y del Orden, para indagar el verdadero fin de nuestra breve vida sobre la Tierra -el gnóscete ipsum socrático del Alcibíades primero-; el elogio, en fin, de la Oratoria buena y del orador digno de tal nombre, que emplea su divino don suasorio para mejorar a sus oyentes, al par que a sí propio se mejora con ellos, y la condenación, en fin, de la pérfida y corruptora maldad que hoy solemos conocer bajo tal nombre"...

¡Lástima grande que los límites que nos hemos trazado en este libro no nos permitan entrar en el fondo de semejante Diálogo, de más actualidad en nuestros tiempos que en los viejos del Maestro Platónl La distinción entre la fe, o mejor dicho, la buena fe (Pistis) y la ciencia (máthesis) lleva a la Oratoria al campo del verdadero "jurisconsulto", o sea de aquel que, según el Derecho Romano, tiene noticia de todas las cosas divinas y humanas, al par que ciencia de lo justo y de lo injusto, con lo cual se ponen frente a frente las dos concepciones troncales de la vida, a saber: la socrática basada en el predominio de la inteligencia y las virtudes, en especial de esa mesura, armónica e integral del hombre recto que se llama sofrosin a (σώφωυ), y la teoría utilitaria, hija de la sofística, basada en lo más triste de nuestra naturaleza animal, o sea en el instinto y en la fuerza no encauzados ni supeditados a la razón ni el Derecho, cosa de la que tan dolorosa experiencia acabamos de tener con la Gran Guerra.

Diremos, pues, tan sólo que la cuarta y última parte del Gorgias, consagrada al juicio de las almas, es una suprema alegoría, influída acaso por el Ritual funerario egipcio, y en la que se evidencian los resultados felices o fatales que en la vida de ultratumba tienen la una o la otra orientación aquí abajo de nuestra conducta. Llégase así a esta conclusión, que debiéramos grabar de un modo indeleble en nuestra conciencia psicológica:

El cometer injusticias debe ser aún más cuidadosamente evitado que el ser víctima de ellas, procurando más el ser justo en público y en privado que el, hipócritamente, parecerlo, porque la injusticia es de tal naturaleza, que hasta los criminales, para cometerla, precisan establecer previamente entre sí una como sombra de justicia, o "justicia de radio corto", sin la cual despojan, porque la justicia -al tenor del aforismo hindú- es como la madera de sándalo que perfuma al hacha misma que la corta. Así -concluye Sócrates sus exhortaciones a Calicles, o sea "al de la vieja y falsa doctrina egoística"- siguiendo este camino único es como, después de la muerte, puede lograrse una vida dichosa, o sea puede "matarse a la muerte", como nos ha dicho ese excelso discípulo de Platón al que llamamos "el Apóstol de las gentes".

Si, pues, en el grado humano más ínfimo, o sea el del crimen, aÚn somos justos, con sombra de justicia, para nosotros mismos y para nuestros compañeros de fechoría, y en el grado más alto de la escala de perfección "aún peca siete veces al día el justo", ¿cómo dudar de que la justicia es la única ley social, y de que los grados de la humana perfectibilidad, la única verdadera categoría social, se mi. den por el radio de nuestra justicia; radio que en el caso más triste abarca, sin embargo, a nuestras cosas y las de nuestros cómplices, y en el grado supremo estrecha en un magno abrazo a la Humanidad entera sin distinción de razas, credo, sexo, casta o color, como enseña la Teosofía y como está cantada en la magna oda de Schiller, base a su vez de la Novena Sinfonía de Beethoven, el mártir?

Subiendo a estas alturas, nuestra torpe pluma no puede ya seguir. Además, lo que pudiera decirse acerca de la eudemonología, o sea la felicidad deparada al hombre justo en la otra vida, está asimismo dicho en otro diálogo, el del Filebo, que de este modo viene a completar al Gorgias, si es que el Gorgias en sí mismo no resultase completísimo e insustituible .

                Vengamos ya, pues, a la mayéutica, tema después tratado por San Pablo, y con el que comenzamos y cerraremos este capítulo.

Ninguna de las enseñanzas de Platón ha sido tan mal comprendida por los comentaristas como la de la llamada mayéutica socrática expuesta en los diálogos de Platón, especialmente en el Teeteto.

Plutarco, en la primera de sus Cuestiones Platónicas o comentarios a la doctrina del Maestro, nos habla extensamente acerca de dicha mayéutica o "arte de partear las almas que durante su vida terrestre, y a despecho de las sugestiones del mundo ignaro, están naturalmente preñadas de verdad", esas almas bienaventuradas de antemano, por cuanto, como diría el Evangelio, habrán de ser hartas, porque han hambre y sed de bondad y de justicia.

Sujetos como estaban lo mismo Platón que Plutarco por el juramento del siglo iniciático prestado al penetrar en los Misterios, hablan ellos de este asunto de un modo velado, obscuro, como si, más que declarar la verdad pura contenida en el simbolismo de la mayéutica, "se limitasen (Mazorriaga, Platón, nota 145) a inspirar en sus oyentes unos comienzos de dudas acerca de lo que nos rodea aquí abajo; unos como primeros dolores de parto mental para hacer renacer a nuestras almas a una vida superior de la que antaño cayésemos, y acerca de la cual la propia mayéutica, como ciencia innata no descubierta por los hombres, no era sino una reminiscencia -y de aquí la etimología de la palabra educación, equivalente a educere, sacar, despertar lo que yace dormido a través de las vidas físicas sucesivas, en el fondo ignoto de nuestro inconsciente-. De esta suerte, el Maestro despertaba en aquellas tamañas ideas que todos hemos recibido de la Naturaleza.

A semejante arte supremo le llamaba alegóricamente Sócrates, según Platón, el arte del comadrón psíquico, o parteador de "las almas buenas"; de esas almas místicas que Y3l:en como en prisiones, aherrojadas en su propio cuerpo físico, anhelantes siempre, sin embargo, de volar a la mansión de ultratumba, naciendo para una segunda vida en cuerpo espiritual, a la manera como del claustro materno ya nacimos a esta nuestra actual vida física.

Porque todo el ciclo de existencia que conocemos se reduce en verdad a la muerte o expulsión de cada organismo. que así es segregado de otro organismo padre-madre al que debemos la respectiva vida, y a la vida, o embarazo, en un segundo organismo que recibe el nombre de madre siempre. Por ejemplo: la célula espermática formada en el organismo masculino, y viviente en él durante un período, muere para este organismo padre en el momento de ser ella sembrada con la fecundación en otro nuevo organismo femenino. Todo organismo vegetal, animal o humano es, pues, concebido femeninamente en un organismo anterior al tenor de las leyes de la nutrición y de la vida, y es expulsado masculinamente de aquella vida anterior para vivir una nueva en un organismo subsiguiente o madre, que si femeninamente le recibe, masculinamente le lanza o deposita en el amplio seno de una segunda madre, la Madre-Tierra, que nos recibe y sustenta desde la cuna al sepulcro.

Pero tal serie, cual sucede con todas las demás series según lo que llevamos analógicamente establecido en anteriores capítulos, no se interrumpe aquí, sino que nuestra ignorancia, más que nuestros groseros sentidos físicos, no nos permite ya seguida en toda su olímpica magnitud e increíble sublimidad.

En efecto, esa misma Madre-Tierra y ese mismo organismo que ella nos ha formado e incrementado desde el nacimiento hasta la plenitud de la edad viril, llegada la madurez psíquica que se llama vejez -salvo los casos más o menos excepcionales de muerte temprana o violenta en los que el dicho fenómeno se precipita- nos lanza masculinamente al espacio naciendo de la matriz de nuestro propio organismo, a la misteriosa región de Paersephone, o la Luna, al tenor de lo que ya vimos respecto a la distinción entre los diferentes componentes del Hombre en los textos de Plutarco y de otros. También, en fin, más adelante hay algo -o sean los principios superiores de Atma-Buddhi-Manas, o Divina tríada del Hombre- que es devuelto masculinamente desde la Luna al Sol, para cerrar el ciclo inmenso que, al tenor de la iniciación, cierra ese Vagabundo, "ese Cometa" psíquico y físico de nuestro ser, cuya órbita tiene su perihelio espiritual y su solsticio en el Sol; su afelio espiritual y su otro solsticio de invierno en la Tierra, mientras que los dos equinoccios de primavera y de otoño radican en esa región lunar que es la efectiva puerta de entrada de la dicha eterna Tríada humana, y también luego la puerta de salida...

Y no se repute esto como un mero tropo, sino como una realidad que pasma por su propia excelsitud. Para las propias ciencias modernas de la astronomía y la geología, ya el par estelar de la Luna con la Tierra, y esta última desde sus diversas atmósferas hasta las capas sólidas y fluidas que parecen envolver a su metálico núcleo, no son sino las capas sucesivas de un gigantesco huevo de dos yemas, huevo que abarca en sí a la Luna y a la Tierra física, huevo astronómico de Brahma, que por el estudio comparado de las estrellas dobles, las variables, las temporarias, de un lado, y de otro por el de los cometas, ha de evidenciamos en día no lejano algo muy hondo respecto de la generación y la biología de los mundos.

Dejando, sin embargo, todo lo que referirse pueda en el problema a la parte cosmogónica, y limitándonos a la meramente antropológica, que es igual a aquélla, aunque en radio más reducido (microcosmos) , podemos añadir que, dentro de la polaridad orgánica existente entre el sistema sexual o polo negativo de nuestro cuerpo físico y el sistema mental o polo positivo del mismo, puede establecerse una importantísima correlación, no ajena ya del todo a nuestros conocimientos anatómicofisiológicos, y base, además, de todo el mecanismo físico, no espiritual, de la mayéutica.

Por el primer polo, o polo negativo, nacemos, en efecto, y por el segundo, o polo positivo de la mente, morimos; es decir, nacemos a la segunda vida, pero naceremos a esta última con una preparación mayéutica mayor o menor, según el empleo bueno o malo, justo o injusto, que hayamos hecho aquí abajo de nuestras facultades superiores de razón, sentimiento y voluntad, dado que toda deficiencia de ellas tenida aquí, en la Tierra, habrá de ser suplida o rectificada en los primeros tiempos de la post-mortem, cosa ya intuída por las religiones mismas con sus infiernos, "purgatorios" y "cielos", de los que no nos han dado sino vagas descripciones.

Pero, ¿hay algo en nuestro organismo corpóreo que aludir pueda a una como "matriz", de donde habremos de desprendernos para volar a aquella nueva vida?

Sí. Dicha "matriz" existe. Está formada por esa región de los centros cerebrales que tiene hacia adelante a la glándula pineal y la epífisis, y hacia atrás a la hipófisis, constituyendo el conjunto, según no ignoran los anatómicos, una como miniatura de sistema sexual masculinofemenino. Y es tanta su importancia y tal su carácter generador, que hasta la moderna opoterapia obtiene de la glándula del vástago pituitario un jugo, la Pituitrina, de un beneficioso empleo heroico en los partos difíciles.

Ahora bien: la etimología misma de la palabra mayéutica no es sino la de maya buddhista, es decir, la de "ilusión", "sombra", "proyectiva", y el propio arte de la mayéutica o "arte de partear las almas", no es sino el arte supremo que tiene que emplear el Instructor o Maestro para hacernos comprender, como lo han comprendido los míticos de todos los tiempos y países, lo ilusorio, lo mayávico de aquesta nuestra vida física, como sombra o proyectiva de extra vida superior y ulterior, para la que el Maestro nos prepara con sus consejos y enseñanzas, sin perjuicio de ser nosotros y sólo nosotros, los encargados de poner en práctica luego las teorías que el Maestro nos enseñó.

Así se pueden explicar con meridiana claridad, no sólo cuanto llevamos visto con cargo a los Diálogos platónicos, sino frases de San Pablo, de tanta oscuridad hasta aquí para los comentaristas, tales como aquella del capítulo IV de la Epístola a los Gálatas, en la que el Apóstol dice a sus discípulos: "¡Heme aquí, hijos míos, que otra vez estoy de parto, hasta que Cristo -el Espíritu o Yo Supremo del hombre- sea formado en vosotros...!" En efecto: todo efectivo Maestro ha pasado dos veces por el laborioso parto que supone la mayéutica: la primera al tiempo de su iniciación en las dichas Verdades Superiores de la vida de ultratumba, y la segunda al tiempo de iniciar luego al discípulo en la misma doctrina.

Esta, y no otra, es también la enseñanza que Platón expone en su Phoedrus acerca de todo lo que el hombre era en otro tiempo y lo que otra vez podrá volver a ser: "Antes de que el espíritu del hombre -dice- se encenagase en la sensualidad, y fuese encarnado en la misma, gracias a la pérdida de sus alas, vivía entre los dioses en el mundo aéreo (o espiritual), en donde todo es puro y verdadero", y en el Timoeus añade: "Hubo un tiempo en que la humanidad no se perpetuaba como hoy, sino que vivía como espíritus puros", sentencia análoga a la de Jesús, cuando dice que los hombres en el mundo futuro "ni se casan ni son dados en matrimonio, sino que viven como los Ángeles de Dios en los Cielos".

Las Escuelas eleáticas de Grecia -Pitágoras, Anaxágoras, Platón, etcétera-, igual que los antiguos colegios sacerdotales caldeos, enseñaban las doctrinas de la doble evolución, refiriéndose la transmigración de las almas únicamente a los progresos del hombre de mundo en mundo después de su muerte en éste. Los esenios -dice Josefo- creían que las almas eran inmortales y que descendían de los espacios etéreos para ser unidas a cuerpos de carne. Filón, judeo, dice que el aire está lleno de estas almas, que desean ya volver a vivir en éstos... El propio Zohar nos presenta al alma resistiéndose a volver a perder así su libertad, y diciendo al Señor del Universo: "Yo soy feliz en este mi mundo, y no deseo descender a ese otro en donde volveré a ser una sierva expuesta a toda clase de mancillas", a lo que la Deidad afirma el eterno ciclo de la inmutable Ley de Necesidad, diciéndole: "Contra tu voluntad te encerrarás en el embrión, y contra tu voluntad has de nacer".

Nada, en efecto, es inmutable, salvo la Deidad Oculta, y nada de cuanto es finito puede permanecer estacionario, sino que debe progresar o retroceder, y, por otra parte, la luz sería incomprensible sin el contraste de la oscuridad que la pone de manifiesto, ni el bien sería bien sin el mal, ni la virtud personal misma podría pretender mérito alguno, a menos de haber pasado antes por las pruebas de la tentación.

Continuemos en otro capítulo con ese gran platónico que se llamó Saulo o Pablo.

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