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CAPÍTULO XX. LA LITERATURA CABALLERESCA ES LITERATURA "JINA"

El Don Quijote de la Mancha y los Libros de Caballería. - Destrucción de los Misterios atlantes y arios. - Hércules-Alcides. - El gran encantador Merlín, el jina. - El Baladro de Merlín. - Los doce trabajos de Hércules y la Tabla Redonda. - El doce en los Misterios. - "Yo soy Merlín, aquél que las historias...". - Arthus-Suthra, Uter y Pendragón. - La isla Avalloria o "de los ancianos". - Un pasaje de Gibbon. - Opiniones de Hume, Clemencín, Aribau y otros. - "El hilo de Oro". - El Kama-loca gaelés. - El cuervo de Arthus y la Ciudad del Dite. - El Rey Pescador y su Grial Santo. - Los eternos "lobos con piel de oveja". - Viejas "patrañas" verdaderas. - Las crónicas de Turpín, Carlo-Magno, Orlando y los Doce Pares. - El Telesín de Rusticiano de Pisa. El nieto bretón de Eneas. - Amadís y su Peña Pobre. - Tirante el Blanco, el Caballero del Febo, Partinuplés y demás héroes caballerescos. - La conquista jina de "el ultramar de la vida". - Salidos, Galateas y demás gentes de la pastoril "Arcadio-jina". - La "Jerusalén libertada", del Tasso. - Los "Cuatro hijos de Aymón". - Godofredo de Bouillon y la Magia siríaca. - Circes y héroes. - La "fuente de la risa". - Los cruzados y los jinas. - Los caballeros del Temple y el Viejo de la Montaña.

Quien con las luces teosóficas estudie a fondo la incomprendida y calumniada literatura caballeresca que el doctor Daniel Huet atribuye a árabes e hindúes, verá bien pronto que ella es simbólica, iniciática o jina. La célebre sátira de Cervantes en su Don Quijote, lejos de destruirla, como parece, la depura y sublima, cuando se sabe leer entre líneas, y toda la Edad Media debió sus luces, en medio de la general ignorancia, a la corriente de idealismo, caballerosidad, heroísmo y ciencia trascendente que ella aportó al mundo de los bárbaros, aunque el mundo, ciego, no siempre llegase a comprenderla.

Por desgracia, un tema tan amplio mal va a poderse desarrollar en un mero capítulo. Quédese ello para un libro, aunque se den aquí las tónicas oportunas del mismo; tónicas iniciáticas, es decir abstrusas, intuitivas y hasta cierto punto secretas; tónicas que el lector por sí mismo es el único llamado a desenvolver, a guisa también de "caballero andante del Ideal", en demanda de su efectiva salvación jina tras las negruras de esta miserable vida física, que no es sino tránsito, duda, dualidad y lucha  .

Roma, por Julio César, había destruido en las Galias ese culto iniciático-jina o de los Misterios Atlantes y Arios, del que tan por extenso nos hablan Ragon en su Ortodoxie Maçonnique, y Blavatsky en el tomo nI de su Doctrina Secreta; pero como el demonio de ella en Gales, Escocia y aun Irlanda era casi nominal, no bien se desmoronó el Imperio, llegaron las invasiones normandas y se recrudecieron las luchas de los pictos y escotos contra los galoceltas, caledones o bretones, es decir, contra los herederos de esos Tuatha de Danand galaicos, de los que nos hemos ocupado en diversos lugares  , y se hubo de resucitar la misma tradición primitiva de las hazañas simbólicas de Al-cide, Hércules o "el Señor", es decir, de los atlantes de la Buena Ley o jinas, que se salvaron de la gran catástrofe, en lucha contra los secuaces de la Mala Magia, que en ésta perecieron.

Es, en efecto, una ley en la evolución del mito la de que las hazañas recientes de un héroe se encapsulen, digámoslo así, en las de otro más antiguo, como se ve en las de Napoleón imitando a César, César a Alejandro, Alejandro a Dario, a Sesostris, etc., dentro de la eterna repetición cíclica de la Historia entrevista por Vico. El nuevo Hércules o Arjuna galocelta del año 514 se llamó ARTHUS, y su Instructor, el Krishna nórdico que le animase en sus luchas, fué Merlín,

"...aquel que las historias

cuentan que tuvo como padre al diablo

(mentira autorizada por los tiempos),

príncipe de la Mágica y Monarca

y archivo de la Ciencia Zoroástrica,

émulo a las edades y a los siglos..."

En efecto, del mismo modo que Jehovah se le aparece a Moisés y Jesús a Pablo, o sea como el Maestro iniciador se aparece al fin al discípulo antes de que éste inicie su labor redentora, Merlín, el Archidruida o Pontífice, surge un día de su sepulcro ante los asombrados ojos de Arthus, y del mismo modo que antes lo había hecho con el Pendragón Vortigerno en el lago seco iniciátíco, le lanza a Arthus el terrible Baladro (Threno o Profecía) de la serpiente blanca y de la roja, arrolladas en la Tau, formando el eterno caduceo de Mercurio, y le habla del formidable Jabalí de Cornuallis, del León de Justicia  , y, en fin, de la necesidad que tiene Arthus, como "pendragón" o caudillo también de los siburos, bretones, caledonios, tuathas y demás pueblos primitivos occidentales, de emprender valeroso la difícil conquista del Santo Grial, el Monte Santo de la Iniciación, que, como hemos demostrado en el capítulo "Parsifal", de nuestro Wágner, mitólogo y ocultista, no es ningún "plato", "copa", "joya" ni "piedra física", como dieron después en decir los necromantes falsificadores del augusto mito ario-atlante, con cargo a uno de los sesenta y ocho Evangelios apócrifos, al hablar de la lanza de Longinos y de las predicaciones de Josef de Arimatea, para estímulo de todos aquellos héroes de la Tabla Redonda, Galoz, Booth, Don Galván, Perceval o Parsifal, etc., etc., encargados de su conquista.

Según el mitógrafo español don Buenaventura Carlos Aribau, en sus Libros de Caballerías (Revista Crítica de Historia y Literatura, página 326 y siguientes); Pellicer, en una de sus notas al Quijote, sostiene que Ambrosio Merlín fué un célebre inglés, tenido por encantador y mago o profeta, que floreció por los años 480, y de quien la grosera malicia de algunos, recordando las apocalípticas supersticiones acerca también del Anticristo, se decía que fué hijo de una princesa loca y de un feroz demonio íncubo, quien transmitió a su hijo toda su prodigiosa ciencia. Feijoo, en su Teatro Crítico (II, disc. 5), aún daba más pelos y señales de la tal madre de Merlín, diciendo que fue una religiosa del monasterio de Cacumerlin. En cuanto a su Baladro, también se narran en él muy minuciosamente los lazos santos que ligaran al viejo instructor Merlín con sus tres principales discípulos: alero, Pendragón y Arthus, o sea "los hombres nacidos de mujer", los "dioses" y los "héroes"  .

Merlín, pues, era un efectivo Maestro o jina, y como tal, guarda conexiones con los héroes de todas las teogonías. Es, por de pronto, el Hércules ógmico, del que ya hemos hablado a propósito de los Tuathas, y por eso inspira con sus doce trabajos solares las doce victorias de su discípulo Arthus, o Suthra, "hilo de oro conector", o Verbo, entre su excelsitud y la bajeza del mundo. Arthus, a su vez, crea sus doce discípulos, que son otros tantos héroes de la eucarística Mesa, o Tabla Redonda, en representación de los respectivos doce meses del año, o sean los doce hercúleos "trabajos de vida" que actualmente realiza en la Tierra el Sol, cosa también representada de igual modo iniciático en los doce patriarcas antediluvianos; en los doce hijos de Jacob, patriarca de Israel; en los doce apóstoles, discípulos de Jesús; en los doce puntos pitagóricos; en los doce hijos de Ida y de Adyti; en las Doce tablas de la ley romana (que son las mismas del Decálogo, con más otras dos secretas), y, en fin, en los doce dioses mayores, o signos del Zodíaco, uno de los cuales es el Hombre.

Y de igual modo que la grosera tradición relativa a la apoteosis jina de Hércules (como la de Enoch, Elías, Simeón ben Yocai, etc., que llevamos descritas) le hace víctima del fuego devorador y pasional, originado al vestir la terrible túnica de su esposa Deyanira, la tradición caballeresca de Merlín nos le presenta a éste encerrado y encantado en su tumba, como castigo a su debilidad con su esposa Bibiana, quien, por halagos, le arrancó, en prueba de amor, la Palabra Sagrada que podía encadenarle, ni más ni menos que al asceta Kandú la ninfa Pranlocha, según se lee en los Puranas védicos. Desde entonces, Merlín yace en la terrible ciudad del Dite o Daythia del submundo, como yacen en el tarn, en el dolmen, en el valle iniciático o en la montaña sagrada los gaedhélicos Tuatha; yace, añade la tradición, "transformado en cuervo", es decir, sumido en las tinieblas, o "noche" del humano ciclo de caída, o "kali-yuga" , en espera del cisne, el Lohengrin humano o "Caballero andante del Ideal", que ha de venir a desencantarle, o sea a sacar de nuevo la salvadora Magia blanca a la luz del día para traer otra vez la Edad de Oro a la Tierra. No hay que decir con esto si la leyenda simbólica de Merlín no está enlazada con todas las grandes leyendas iniciáticas, desde la del sacrificio de Daksha, el Prometeo encadenado y el "cuervo-cisne apolíneo" de Cástor y Pólux (noche y día, invierno y verano, contrarios complementarios, en fin, en la Naturaleza) , hasta la Divina Comedia, el Paraíso Perdido, las leyendas lohengrinescas de la infanta Isomberta o Isis, la de las dos aves; blanca y negra, de Odin (Hugín y Munín) , el cuervo-cisne de los templarios y de los piratas Wikingos escandinavos, y todas las demás, que son consecuencia de la primitiva leyenda jina del Gautama y su "Vaca", y la primitiva leyenda egipcia de Osiris-Isis-Horus-Tiphón, la terrible Tetracys pitagórica, por la que temían jurar hasta los dioses...

El anciano Merlín, el joven verbo Arthus, los doce patriarcales caballeros de la Redonda Mesa eucarística del Grial, mesa actualmente en poder del "Rey Pescador", "Ictius" (personaje que no hay para qué señalar con el dedo despertando sectarias suspicacias), son todos una teogonía medioeval y jina, que puede ponerse sin desdoro al lado de cualquiera otra de las antiguas en su séptuple significado astronómico, numérico, geométrico, filológico, biológico, artístico e histórico. Por desgracia, la eterna necedad humana, ayudada por los "lobos con piel de oveja" o "mercaderes del Templo", la hizo fracasar, como acaso logren realizado también con el presente movimiento teosófico.

Y como se trataba de teogonías secretas, sólo se podía llegar a ellas por iniciación. De aquí todo el conocido ritual caballeresco (transcripción de otros más antiguos y que ha venido a parar hasta la moderna francmasonería), con sus cuatro grandes épocas: la teosófico-iniciática y secreta del siglo XI; la guerrera y mundana de las Cruzadas; la albigense, y la ya decadente y literaria que ha llegado hasta nosotros informando con sus principios, tanto o más que el propio Cristianismo, a toda la vida moderna, con sus "leyes de caballerosidad y de educación", "códigos del honor, la dignidad y la galantería", "palabras de caballeros", y tantas otras que parecen haber encontrado, como Merlín, su tumba en la sima materialista de la Gran Guerra y en lo que después se nos quiere traer...

Así durante la terrible noche de la Edad Media (noche de la que no hemos salido aún quizá) brillaron soberanas las "patrañas viejas y las olvidadas hazañas de nuestros padres -o jinas-, contenidas en los tres libros del esforzado y virtuoso caballero Amadís, hijo del rey Perión (o Pelión) de Gaula y de la reina Elisena", como reza la portada del Amadís de Gaula, "corregido y enmendado por el honrado y virtuoso caballero Garci-Ordóñez de Montalbo, regidor de la noble villa de Medina del Campo", y por eso ha podido asegurar Clemencín (Comentarios al Quijote, cap. VI) que la cuna de los libros "caballerescos españoles lo ha sido Portugal"; como la de los franceses lo han sido la Bretaña y Normandía; la de los ingleses, Gales y Cornualia; la de los normandos, Escandinavia, y la de todos ellos, en fin, la leyenda ario-atlante de ese ser amado de Isis o Amadís, que se pierde en las tinieblas de la prehistoria, libro ibero y nórdico occidental con el nombre de Hércules, el Arjuna del Mahabharata, que también pasase a América con el nombre de Quetzalcoatl.

¡Qué de libros no han derivado, en efecto, del Baladro, de Merlín (480) , Y de las no bieI; conocidas y "apócrifas" Crónicas del Arzobispo Turpín (800); de la jinesca y anónima Historia de Carlo-Magno, de Orlando y de los Doce Pares (1110); del Telesín y Marquín galeses (las Shekinales y el Melquisedec cabalistas) , traducidas en 1120 por el "jina" Rusticiano de Pisa; de las Historias bretonas de Brutos,. el nieto de Eneas, hasta Calevastro o Kale-d'astro, prínciPe de Gales, muerto el año 700, traducidas al latín por Maese Eustaquio en 1115, y la gemela Historia latina de los bretones Merlín, Arthus, Lancelote, Issota, Tristán y Perceval, del benedictino galés Godofredo d,e Monmouth en 1138, todos a base, por decido así, del Dolophatos, o Novela de los Siete sabios de Grecia, y del libro hindú de Los Siete con.. sejeros de Send-bad, traducido al francés por Heriberto Leclerc.

Amadís en la Peña Pobre llamándose "BeItenebros" o el "hijo", el "sumido en las tinieblas de la duda y de la desesperación", no es sino el Segismundo, el welsungo de Wágner, que, pudiendo llamarse Friedmundo, "boca de par", y Frohwalt, "el que se agita en la alegría o el éxtasis", toma el nombre de Wehwalt, "el que aquí abajo yace en el dolor de la vida física", para ascender luego a los cielos del Ideal (o de su señora Auri-ana) tras sus torturas. Tirante el Blanco, Lanzarote, como El Caballero del Febo o Solisdán, Partinuplés o Partéríope (el hijo de las Musas del Partenón), Perceforest, Amadls de Grecia, Roldán, Oliveros, Guy de Borgoña, Ricarte de Normandía, Baldovinos o "Val-bovino", Reinaldos, Lisuarte, Olivante de Laura, Florismarte de Hircania, Belianís, Tablante "de Rico-Monte", Rugel o Rigel de Grecia, Esplandián, Pierres y su Magalona (o "maga Elena"), Cirolingio de Tracia, Durandarte, el Cid y, en fin, la copiosa serie de los Palmerines de Oliva y de Inglaterra, Primaleón, Platir, Polendos, Don Duardo, etc., no son sino otros tantos "héroes solares", más o menos históricos, que en sus crónicas y países respectivos resucitarán, más o menos "superhombres u hombres del Ideal", la nunca muerta leyenda del primitivo Hércules (el sabio, el griego, el egipcio y el hindú), como se resucitará siempre que en las grandes angustias de los pueblos éstos clamen al Destino, entonando, como la EIsa del Lohengrin, el tema del supremo dolor, llamado también por Wágner en sus obras EL TEMA DE LA JUSTIFICACIÓN  .

Todo esto sin contar, alIado de los libros jinas o caballerescos, esos otros tan afines a ellos y nacidos de su decadencia que se consagraron también, en prosa y verso, a cantar las delicias jinas o paradisíacas de la feliz Arcadia, tierra de Ultramar (el ultramar de la Vida, el "reino de Sobradisa", el "Jardín de Flores", o sea el otro mundo) , con sus Salicios, Nemorosos, Filebos, Darineles, Galateas, Filis y Dianas, en los que tanto sobresaliese -y él harto sabía por qué- el inca Garcilaso, del que hablásemos en anteriores capítulos al tratar de sus antecesores incas. Bien lo comprendió así el genial Cervantes, cuando de su valeroso caballero Don Quijote vencido, y de su escudero Sancho, quiso hacer en los últimos capítulos "dos nuevos pastores de la soñada Arcadia del Descanso post-vitae", cual si el héroe manchego presintiese ya vecina su muerte física, tras el natural cansancio de todo caballero andante que, a lo largo del Sendero de Liberación, ha recorrido las cuatro partes del mundo en busca de aventuras de todo género en las que poder mostrarse superhombre, jina o justo...

Los libros de caballería, con todas sus degeneraciones de los últimos tiempos, que acabaron por desacreditarlos, son, pues, eternos. Lejos de haber muerto, como erróneamente se dice, bajo la sátira del manco de Lepanto, viven hoy de nuevo, con su Grial y todo, e inmortalizados, además, por la más sublime de las músicas descriptivas en esas inmortales obras del coloso de Bayreuth, que se llaman Lohengrin, Tannhauser, Tristán e Iseo, Parsifal y El anillo del Nibelungo, a todos los cuales hemos consagrado un modesto pero adecuado comentario en el tomo nI de esta Biblioteca.

Por otra parte, en la rápida exposición que vamos haciendo en este capítulo, no sería perdonable el que omitiésemos algunos pasajes, jinas también, aunque de contraria índole, de las Cruzadas, el imponente hecho histórico que puso al Occidente en comunicación con el Oriente y preparó, además, el descubrimiento de América.

Pasando por alto las maravillas que se cuenta precedieron a la elección del gran caudillo Godofredo, primer rey cruzado de Jerusalén; las hechicerías de la madre del sultán Kerbogá y de los mágicos de Judea; los casos de Guillermo de Tiro, Bernardo el Tesorero, el pontífice Adhemar, penetremos un poco en ese otro "libro de caballerías con más o menos historia", llamado La Jerusalén Libertada, del Tasso.

En ella vemos, ante todo, la figura de Godofredo de Bouillon, el caudillo de los cruzados, que llega con sus tropas hasta las proximidades de Sión. Alarmado Aladino, el rey de Judea, llama al mago Ismeno para que se prepare a combatir con sus artes necromantes a los soldados de la Cruz, a la manera de aquel terrible Mangis de quien se habla en la Crónica caballeresca de Los Cuatro Hijos de Aymón, en el sitio del castillo de Montalbán. testigo de las tristezas de Carlo Magno. En la excitación que reina entre los infieles contra los cristianos, son acusados falsamente los dos jóvenes Sofronia y Olindo, que se habían entregado como víctimas propiciatorias al furor de aquéllos. Clorinda, la gentil amazona, los salva, y se precipita luego en personal combate contra el sin par Tancredo, la flor y nata de los caballeros de Occidente que van a rescatar de manos de los infieles el sepulcro del Señor; pero es vencida por aquel nuevo Bayardo de los francos. Plutón, el dios de los infiernos, reúne entonces a todas sus negras huestes astrales de harpías, gorgonas, hidras, esfinges y demás caterva, contra los cristianos, y el mago Hidraot, por su mandato, despliega también sus malas artes contra éstos, preparándoles la más temible de las celadas con los encantos irresistibles de Armida, su sobrina, para que ella, con la sugestión del paraíso de los mentidos deleites amorosos, siembre el germen de todas las malas pasiones, sobre todo de la discordia, en el pecho de los caudillos cruzados coligados. Godofredo, entre tanto, movido acaso por celestiales avisos, envía operarios al bosque sagrado inmediato, oculto entre dos valles por cima de Jerusalén, para talarle, acabar con el encanto que le hacía inadorable a los mortales, y, con sus maderas, construir las torres y demás máquinas de guerra que habían de abatir los muros de la ciudad sagrada.

Para evitar este peligro, el mago Ismeno puebla la selva de toda clase de encantos, misterios y terrores. El Tasso nos la describe, diciendo que sus inextricables marañas esparcen una sombra funesta y letal, por lo que jamás el pastor conduce a ella su ganado, ni el peregrino la huella con su pie, porque en ella se reúnen las brujas con sus amantes nocturnos, celebrando en cuerpos informes y espantosos las más criminales orgías y sacrificios sangrientos. Puede decirse que en que sea o no talado dicho antro arbóreo cifra todo el éxito o desgracia del asalto de los cristianos, a quienes el propio Arcángel Miguel protege y alienta. Un anciano eremita revela también al caudillo franco las maquinaciones seductoras de Armida, de las que ha hecho víctima al gran Reynaldos de Montalbán. Sobreviene, en efecto, una escena de lucha en el pecho de éste, entre su pasión y su deber guerrero, inflamado por las persuasiones de dos cruzados a quienes ha conducido un anciano eremita, en la que de tal modo triunfa la heroica virtud del cruzado, que Armida, en el exceso de su dolor y de su rabia, al verse vencida, destruye con su conjuro todo su fantástico palacio y se eleva en los aires. De allí a poco, Jerusalén, la ciudad santa, cae bajo el ímpetu de los sitiadores, quienes van a prosternarse gozosos ante el sepulcro de Jesús...

Esto, como se ve, no son sino glosas más o menos desnaturalizadas de las otras hazañas caballerescas, pero "necromantemente trasladadas del otro mundo a éste" por el poeta italiano.

El Tasso, después de narrar las aventuras que en la barca encantada acaecen a los dos guerreros Ubaldo y el danés, que van a libertar a Reynaldos del funesto encanto en que le tienen sumido las malas artes de Armida, describe así su llegada a través de mil peligros y molestias al retiro donde mora aquella nueva Circe con su amante: "Los dos caballeros prosiguen veloces su camino; mas, de repente, se encuentran con una hueste formidable de fieras cual jamás viera en sus orillas el Nilo, ni el seno de Africa, las selvas de Hircania o los confines del Imperio atlante. Este formidable ejército, lejos de poder resistirles, se puso en fuga a la sola vista de la varilla mágica que les diera el anciano ermitaño y al oir su débil silbido. Llegan así sin resistencia hasta la falda del monte cubierto de nieve, y traspuesta esta final barrera, se ven en medio de una vasta llanura, de transparente y nunca visto cielo, respirando un aire puro y embalsamado, sin que ni aun la marcha del sol comunique, como sucede en otros movimientos, reposo en sus alientos, y sin que alternen como en otras partes el calor con las escarchas, ni las nubes con el tiempo sereno. sino que su cielo se viste siempre de purísimos resplandores y rechaza lejos de sí el calor y los fríos; los prados están eternamente tapizados de yerbas, y éstas de flores que conservan siempre su fragancia como los árboles sus sombras; el palacio de la encantadora, sentado en medio de un lago, se enseñorea desde allí sobre montes y mares. Cansados los dos guerreros de la larga y penosa subida, caminaban por aquella senda de flores, cuando descubrieron de improviso una fuente que les convidaba a humedecer en ella sus sedientos labios en sus cristales, que manan en grueso chorro de la peña, salpicando las yerbas con su nevada espuma y, reuniéndose luego sus aguas, desaguan por un canal bajo perennes y transparentes sombras.

"-He aquí la fuente de la risa -exclaman éstos-; he aquí el río funesto para los que beben sus aguas. Tengamos, pues, a raya nuestros deseos y seamos prudentes hasta la exageración, cerrando los oídos al dulce y pérfido canto de las falsas Sirenas de los placeres prohibidos". Y diciendo esto llegaron adonde el río forma más abajo un lago delicioso.

En la orilla de este lago había una mesa cubierta de los más apetitosos manjares. Dos graciosas y lascivas jóvenes retozaban sobre la superficie de las aguas, ora bañando en sus ondas sus semblantes radiosos, ora nadando, ora zambulléndose, para aparecer de nuevo más y más hermosas...

Viene aquí la tentación a la manera de las gopís con Krishna, o de Parsifal con Kundry, diciendo las sirenas a los bizarros jóvenes cruzados: "-Oh venturosos peregrinos que habéis logrado penetrar hasta aquí con vuestro esfuerzo. Sabed que esta morada de delicias es el puerto del mundo; aquí podéis encontrar un remedio a todos vuestros pesares y disfrutaréis de cuantos bienes gozaron antaño los humanos en la feliz edad que se llamó de oro. Abandonad, pues, con confianza esas armas que tan útiles os han sido hasta aquí. Colgadlas de esos árboles frondosos. pues que de aquí en adelante habéis de ser guerreros del amor tan sólo". Reynaldos va luego a la selva a destruir sus encantos, regresando vencedor.

A pesar de las múltiples manos pecadoras que han pasado por la historia de las Cruzadas, despojándolas de la mayor parte de sus hechos maravillosos, todavía saltan aquí y allá algunos que cabrían perfectamente en nuestros modernos libros espiritistas. En la imposibilidad de dados todos, apuntemos sólo los siguientes (Historia de las Cruzadas, de Michaud y Poujoulat):

Bernardo el Tesorero, al describimos en su Crónica la segunda y tercera cruzada, nos dice: "Antes de hablaras más del ejército cruzado, quiero referiros un suceso maravilloso que pasó, y fué que los de retaguardia encontraron a una vieja hechicera, esclava de un tirio de Nazareth, que iba montada sobre una burra. Los soldados la prendieron y sometieron a tormento, hasta que les hubo dicho quién era y qué venía a buscar allí. La vieja respondió que iba siguiendo en derredor del campamento para hechizarlo con sus sortilegios. Añadió que ya los había rodeado dos noches consecutivas, y que si hubiese alcanzado a hacerlo la tercera hubiesen quedado todos tan ligados que no habría escapado ni uno solo. Entonces los arqueros la echaron a la hoguera, de la que tornó a salir como si tal cosa, por lo que un hombre de armas le dió un hachazo". (Dom Martenne, colección. tít. V, y Muratori, Rerum Italicum scriptores, tít. VII, pág. 659, edic. 1725).

Durante el sitio de Archas por los cruzados pereció, rodeado de maravillosas circunstancias, Anselmo de Ribaumont, conde de Buchair, de quien los cronistas ponderan su talento, piedad y valor. "Un día -dice el cronista Raimundo de Agiles- Anselmo vió entrar en su tienda al joven AngeIram, hijo del conde de San Pablo, que había muerto en el sitio de Marrah, -¿Cómo puede ser, hijo mío, que vos viváis -dijo Anselmo-, siendo así que yo mismo os he visto morir en el campo de batalla? -Debéis saber -respondióle el joven que los que combaten por Jesucristo no mueren jamás. -Pero, ¿de dónde procede -replicó Anselmo- esa desconocida brillantez que os rodea? Entonces Angelram, levantando los ojos al cielo, señaló en el espacio hacia un palacio de cristal y de diamantes, diciendo: -De allí es de donde procede la radiante luz que os ha maravillado; allí está mi habitación, y allí también se os prepara otra más hermosa todavía para vos, que vendréis a ocuparla bien pronto. Adiós; mañana mismo nos veremos". "Diciendo estas palabras -añade el historiador- Angelram tornóse al cielo, y Anselmo, vivamente impresionado con semejante aparición, hizo llamar al día siguiente a varios eclesiásticos; recibió con fervor los sacramentos y, aun cuando disfrutaba de excelente salud, se despidió de sus amigos hasta la eternidad. En efecto, al cabo de pocas horas los sitiados hicieron una salida, y Anselmo corrió, espada en mano, contra ellos; pero recibió una pedrada en la frente que al punto le envió al cielo a habitar aquel bello palacio que le mostraba la aparición". En este pasaje del cronista cruzado se inspiró luego el Tasso para su bellísimo "Sueño de Godofredo" (libro XIV de la Jerusalén libertada). La Biblioteca de las Cruzadas (tomo 1) conserva también una muy curiosa carta de Anselmo de -Ribaumont. Durante dicho sitio de Archas, en fin, empezó a suscitarse también entre los guerreros de la Cruz la polémica relativa a la Santa Lanza, que tanto les enardeciese en el sitio de Antioquia, y que acabó con la prueba del fuego, en la cual Pedro Bartolomé de Marsella cruzó por medio de una hoguera, como los sacerdotes brahmanes lo practican a veces en las grandes ceremonias y sin que recibiese daño alguno, pero no sin que, entusiasmados sus fanáticos partidarios, cayesen sobre él como un santo, para repartirse sus vestiduras, con lo que le acarrearon la muerte, cesando desde entonces la Santa Lanza en sus prodigios. (Historia de las Cruzadas, por Michaud y Poujoulat, libro III) .

Vengamos, finalmente, a unas gentes misteriosas del Líbano, eterno objeto de las iras de todos los cronistas eclesiásticos  .

"Entre los pueblos que estuvieron en relaciones con las colonia_ cristianas -dicen Michaud y Poujoulat-, la historia no puede olvidar a los asesinos o ismaelitas, cuya secta era oriunda de las montañas de la Persia poco tiempo antes de la primera cruzada. Se apoderaron de una parte del Líbano y fundaron una colonia más arriba de Trípoli y de Tortosa. Esta colonia estaba gobernada por un jefe, que los francos llamaban el Viejo o el Señor de la Montaña. Establecido en Massiat, reinaba sobre unos veinte castillos o pequeñas ciudades, o sea unos sesenta mil súbditos. Su autoridad no tenía límites, y, según creencia de los ismaelitas, podía distribuir a sus servidores las delicias del Paraíso. Los ismaelitas del Señor de la Montaña estaban divididos en tres clases o categorías... La superior de dichas clases se fortificaba desde su infancia por medio de todo género de ejercicios; aprendía los idiomas y recibía una gran cultura, para que pudiesen ir a todos los países a ejecutar las órdenes de su jefe. En sus orgías empleaban el haschisch o jugo del cáñamo índico, de donde viene su sobrenombre de aschischinos o asesinos. En medio de las ilusiones de semejante bebida, el jefe podía disponer a su antojo de ciegos instrumentos de su voluntad, por lo que hasta los reyes vecinos eran tributarios suyos. Así que el Viejo de la Montaña había designado a un príncipe a la venganza de sus discípulos, éstos, disfrazados de mercaderes, de frailes o de peregrinos, se introducían cerca de la víctima; la seguían como la sombra al cuerpo; esperaban la ocasión con una paciencia inaudita, y cuando llegaba el momento oportuno, desgraciado del príncipe o del hombre poderoso cuya muerte se les había confiado... Más de una vez las violencias ordenadas por el Viejo de la Montaña sirvieron para vengar la causa de los cristianos. Así, Mandud, sultán de Mosul, fué asesinado en Damasco por los ismaelitas al regresar de una guerra cruel hecha a los francos en la Galilea; Bursaki, otro jefe musulmán, que había mandado varios ejércitos sobre el territorio de Edeso y de Antioquía, cayó muerto por los sectarios del Señor de la Montaña. Esta muerte, cometida en medio de una mezquita, llenó de terror a muchos países del Oriente. Los cristianos no supieron, sin embargo, sacar partido de tales circunstancias (Michaud, 1. V) .

Pero los historiadores de estos iniciados del Líbano, verdaderos esenios que inspiraron a Rugo de Payens y Godofredo de Saint-Omer la fundación de la que luego fuera la temible Orden del Temple, o hacen silencio sobre ellos, o los calumnian. Pero estos últimos son más eternos que sus propios calumniadores, y, en una forma u otra, la Gran Fraternidad sufí de aquellos Hermanos de la Pureza, o Adeptos blancos, subsiste aún hoy día en el corazón de los desiertos, sin que tenga nada que temer, como antaño otros, de las necromancias de los funestos ascetas de la Tebaida. Las encrespadas olas pasionales de la loca Europa van a morir apagando sus rigores en aquellas arenas impenetrables y sagradas, de donde otra vez tornarán a la luz del día con sus Misterios Iniciáticos, de los. que fueron un pobre y perdido eco los de la antigua Masonería y otras instituciones similares, en sus primeros años de esplendor.

Porque no hay que olvidarlo: el Viejo de la Montaña, juez de cristianos, moros y turcos, no era sino un gran adepto del Líbano, uno de esos Silenciosos Vigilantes que guardan las fronteras de este nuestro mundo con el casto mundo de los jinas o superhombres que aquí abajo han triunfado ya de su carne perecedera...

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