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CAPÍTULO XXI. EL "DON QUIJOTE DE LA MANCHA" Y LOS "JINAS"

Don Quijote y Sancho, como hombres representativos de dos opuestos mundos.El simbolismo de los dos círculos del infra y el supramundo. - ta zona intermedia de la humana vulgaridad. - El anhelado retorno a la Tierra de la Edad de Oro. - Ideales "blancos" y realidades "negras". - El gran pecado de Cervantes y de Shakespeare. - El vate iluminado y el místico iluminador. - Cervantes, ¿padre o padrastro de Don Quijote? - La tercera parte que le falta a la obra, con la triunfal ascensión de Nuestro Señor Don Quijote a los Cielos. - ¡Drama, pero no tragedia! - El "tate tate, folloncicos" resultará inútil algún día para que el futuro Epimeteo del Titán manchego escriba la tercera parte de la historia de éste y le liberte. - El eterno símil de la madera de sándalo y del hacha que la corta. - Mérito y desgracia de los Libros de Caballería. - Los endriagos, vestigios y demás caterva de entes que pululan en estos libros, existen de un modo efectivo. - El mundo astral y el físico. - Luchadores silenciosos. - Las Dulcineas verdaderas. - Cómo y cuán caro paga la Humanidad sus errores en tal materia. - Los Sanchos eternos. - La cena de las burlas. - Proyección del mundo jina en el mundo humano que opera la imaginación. - Ejemplos. - Lo enseñado por el arte y lo positivo que nos cerca. - Don Quijote y San Francisco de Asís. - Los dioses de ayer son hoy nuestros demonios.

Hemos dicho en el capítulo anterior que la célebre Sátira de Cervantes en su Don Quijote, lejos de destruir la incomprendida literatura caballeresca o jina, la eleva y depura. En efecto, los dos protagonistas del mismo, o sean el caballero Don Quijote de la Mancha, antes ingenioso hidalgo, y su escudero Sancho Panza, el hombre de los prácticos y positivistas vivires, no son dos hombres cualesquiera, sino dos hombres representativos, el uno del Reino del Ideal y de la Justicia, a que aspiramos, y el otro de la triste cárcel platónica de la llamada Realidad, en cuyas mallas de ilusión vivimos.

Y dondequiera que van estos dos hombres, allí están representados los dos respectivos mundos, el semianimal de Sancho y el jina de su señor. Es más: no hay, puede decirse, una sola línea de la excelsa obra donde dichos dos mundos no se presenten en contraste y lucha, lucha y contraste del que podemos dar un adecuado simbolismo matemático-biológico, que no es para desdeñarlo.

Cuando superponemos dos círculos iguales, blanco el uno y negro el otro, haciendo coincidir sus centros, prácticamente los dos círculos no son sino uno; pero si empezamos a separarlos, se demarcan en seguida tres zonas distintas, una creciente blanca, otra creciente negra y una zona común a ambos, y decreciente o gris. La primera simboliza al mundo jina del ideal, o supramundo; la segunda, al submundo de una llamada realidad animal; la tercera es, en fin, el mundo propiamente dicho, la zona gris intermedia en nuestro derredor. El símil de dichos dos círculos (o esferas si hablamos en geometría de tres dimensiones) se ve constantemente realizado en la Naturaleza, ora en la cariocinesis celular, por la que de una sola célula se hacen dos, separándose con estricta sujeción al simbolismo; ora en todos los demás crecimientos naturales: el del tronco arbóreo bifurcado en ramas, el de los hijos separándose de su hogar natal o célula social llamada familia, el de las ideas y los partidos saliendo casi siempre de una misma idea-tronco con dos tendencias diferentes, que acaban siendo tan opuestas y enemigas como lo blanco de lo negro.

Tales eran, antes de comenzar la peregrina historia, el sosegado hidalgo Alonso Quijano el Bueno y Sancho Panza, su vecino. Dos hombres grises, vulgares, superpuestos, con toda la típica vulgaridad de su aldea manchega. Pero un día hubo de caer sobre la fértil tierra de la psiquis de aquél una semilla jina, redentora, idealista, semilla venida de muy lejos, como suelen venir todas, es a saber, de la famosa literatura caballeresca, madre de soñadores y poetas, mal avenidos con la vulgaridad sanchopancesca de la vida, escuela de caballeros de ese Santo Grial de la virtud y de su natural recompensa o compensación en éste o en otro mundo y, al punto, el soso hidalgo "de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor..., hombre de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza", se siente transfigurado y, como el símil del círculo blanco, comienza a separarse de su pristina y negra animalidad de ocioso que vegeta como tantos en la anónima aldea, lanzándose impávido por el mundo como un nuevo redentor caballeresco, contra "los agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones que enmendar, abusos que mejorar y deudas que satisfacer...".

¡Si le valiese, el mundo, restituído a la Edad de Oro, de la que tan sublime elogio jina hace en su discurso a los cabreros, aquel discurso que empieza: "¡Dichosa edad y siglos dichosos. . .!", vería establecerse como por ensalmo aquel reinado ansiado de la Verdad sin velos que una vez imperó en el mundo con el Paraíso bíblico; la Era de Jano-Saturno romana; los Campos Elíseos, o de Ignisfail, ógmicos; la Walhalla, nórdica; el Edén, coránico; el Devachán, o Reino de los Angeles, ario; el Amenti, egipcio; el Reino del Padre, cristiano; el Summer land, espiritista, etc., reinado al que han aspirado siempre, con esa certidumbre infalsificable de la Luz Interior, los místicos de todos los tiempos!

Pero ¡ay! que el símil de los dos círculos o las dos esferas superpuestas no es, por desgracia, un mero símil, sino una verdad tan grande como trágica: la de que la Ley Natural o Karma nos obliga, al salir evolutivamente del mundo negro de la vulgaridad animal para dirigimos hacia el blanco mundo trascendente o jina, a pasar un tiempo de transición o de crucifixión intermedio entre aquélla, de la que gradualmente nos alejamos, y éste, al que tratamos de volar en alas del Ideal divino. No ya animales, ni ángeles todavía -nos grita desde el fondo de nuestro corazón la Ley-, sino seres de la transición, seres crucificados en la Cruz de las dos tendencias, vieja y nueva: HOMBRES, en suma.

Por eso nacemos llorando, como quien se ve precipitado de un cielo a un abismo; por eso llorando y luchando vivimos, sin que sobre el alma ni sobre la materia, como pensara Espronceda, y es un eterno batallar nuestra vida, entre nuevos ideales blancos que pugnan por venir a la vida, y viejas realidades negras que no quieren aún irse... ¿Qué de dolores secretos no sufrirá la ostra antes de desprenderse evolutivamente de su valva, o la crisálida hasta verse histolíticamente despojada de su larval capullo, o la semilla antes de romperse para la germinación? ¿Qué de dolores no simbolizan también entre nosotros todas las emancipaciones, sean de hombres, sean de pueblos, sean de ideología, sean de revolución? No todo alumbramiento, sin embargo, es con sangre, pues que son incruentos los alumbramientos del agua, y de aquí que las revoluciones sangrientas y dolorosas sean evitables en un principio por una evolución incruenta y dulce...

Y en este punto concreto, crítico, que caracteriza a la vida del hombre entre el animal y el jina, estriba, a nuestro juicio, el mérito principal de la estupenda obra de Cervantes. Vedla desde los mismos comienzos de ésta; desde su Prólogo, en el que, después de aludir a la cárcel platónica en que dice nació su libro, lanza una efectiva invocación jina al "perdido y anhelado paraíso", cuando proclama que "el sosiego, el lugar apacible, la amenidad de los campos, la serenidad de los cielos, el murmurar de las fuentes, la quietud -jina- del espíritu, son gran parte para que las musas más estériles se muestren fecundas y ofrezcan partos al mundo que le colmen de contento y maravilla" .

Pero Cervantes, bardo de los tiempos modernos, ruiseñor sin par al cerrar la horrible noche de la decadencia española después de haber sido España la soberana que lució en dos mundos, pecó, como todos los bardos, porque, siendo un inmenso poeta, no se atrevió a dar un paso más proclamándose místico, y aterrorizado ante su propia concepción de hombre crucificado por sus semejantes -concepción que crea los Buddhas, los San Franciscos de Asís y los Cristos-, se declaró en derrota; opuso a la realidad de la ilusión quijotesco caballeresca la ilusión de la realidad sanchopanzuna; tuvo por loco al propio hijo que le habían dado las musas; temió, como hombre escarmentado que pide, al modo de Jesús en el Huerto, que le aparte el ángel, si es posible, la copa de hieles y acíbares, y se declaró, ¡oh, dolor!, "no padre, sino padrastro de Don Quijote", y le trató, en efecto, como tal padrastro, haciéndole caer bajo las estacas yangüesas, las pedreas presidiarias de aquellos mismos a quienes libertara, las burlas macabras de los duques, los desprecios soberbios de canónigos, curas y bachilleres, que le trajeron en jaula y le tapiaron el aposento de sus meditaciones y le quemaron sus libros... Tal como hacía Cervantes hicieron también los bardos gaedhélicos, rúnicos y griegos, pues después de cantar lo único digno de ser cantado, la Edad de Oro perdida y el Grial de su caballeresca reconquista jina, cuidaban de establecer un falso divorcio entre la Verdad y la Belleza, añadiendo "que ellos cantaban unas cosas en las que no creían", ni más ni menos que el desvergonzado Mefistófeles del Fausto cuida de terminar su asombrosa endecha de la "serenata a Margarita", soltando, para borrarla, una escéptica carcajada que nos deja fríos. . .

Así, debiendo el sublime manco escribir un drama -el drama de la crucifixión del Ideal y también de la ascensión del Ideal a los Cielos-, escribió una tragedia, porque no supo emanciparse -¡tampoco se emancipara Shakespeare, su alma gemela!- de esa maldición semítico-griega de la tragedia clásica, género filosóficamente imperfecto, digo, porque la tragedia no es sino la mitad de un drama cortado precisamente en su nudo, como hiciera Alejandro en Gordio, cuando no supo desatarle por esa cuarta dimensión mística que permite desatar todos los nudos de los dramas humanos sin tocar a los dos cabos de su ciclo.

Así también, la obra bipartita cervantiana es una obra archihumana, una obra-límite, en la que la figura del protagonista Don Quijote queda totalmente destruída por la de Sancho, su contraprotagonista, o, si se quiere, su complemento negativo. Fáltale, pues, una tercera parte -parte que habrá de ser escrita algún día-, en la que el caballero Don Quijote, el héroe del Evangelio humano de la tierra, después de perseguido, crucificado, muerto y sepultado, como Jesús, el Divino Héroe de la Verdad Verdadera, suba también a los Cielos y habite en ellos por el derecho propio de su caballeresca y "violenta conquista", que éste dice.

¿Fué la primera voz de su conciencia la que le inspiró a Cervantes ese temor que muestra al final de su obra, cuando ya ha hecho ser a su héroe enemigo de Amadís de Gaula y de toda la infinita caterva de su linaje, pues, conocedor de su necedad, las abomina, renegando así de sus cuerdas-locuras idealistas; temor, decimos, de que algún día venga "el escritor fingido y tordesillesco que se atreva a escribir las hazañas de mi valeroso caballero, imposibilitado de hacer la tercera jornada", es decir, que escriba la tercera parte de las aventuras del hidalgo manchego bajo el título de Cómo Don Quijote subió a los cielos y bajó después de nuevo a realizar en la tierra su ideal divino?

¿Fué solamente su justa ira contra el plagiario de la primera parte del Quijote la que, por el contrario, le moviera a expresarse así? Si lo primero, por maravillosamente escrita que esté la obra, Cervantes no tuvo disculpa; es más, todo el mérito inconmensurable de ella está expresado por aquel proverbio hindú de la madera de sándalo que perfuma el hacha que la corta. Cervantes, irónico, escéptico y archidesengañado de todos los ideales del mundo, habría sido el hacha cortadora, y la madera de sándalo los libros mismos de Caballería que, cortados y todo. hiciesen inmortal su libro.

Porque los libros de esta índole, según hemos creído haber demostrado en el precedente capítulo, no eran, pese a la opinión corriente, para que se los tratase así. Cierto que, tomados al pie de la letra -"de la letra que mata"-, parecer podían una sarta de desatinos, y una sarta efectiva de desatinos fueron no pocos de ellos, sobre todo los últimos. Cierto que EN EL mundo físico no hay fantasmas, ni endriagos, ni vestigios, ni caballeros que socorren a otros en el acto a distancia de miles de leguas, ni encantamientos, ni sierpes bramadoras en hirvientes lagos de azufre, etc., etc.; pero en el mundo de lo astral o de lo pasional, ¡vaya si existen!

El joven gallardo, altruísta, lleno de elevados anhelos hacia el Ideal de un porvenir en bien de sus semejantes; el joven que le. yendo la historia de los grandes genios o jinas, sus predecesores, quiere legítimamente emularlos con aquel "¡Yo también soy pintor!" del clásico Maestro del medioevo, y que en lo mejor de su carrera, cuando menos lo piensa, cae bajo la garra de una pasión funesta, de un ideal falso que acaso le lleve hasta el crimen, ¿no puede decirse que ha caído en un encantamiento fatal, que habrá de aherrojarle quizá por todo el tiempo que le reste de vida? El hombre maduro que tras una lucha titánica por realizar un ideal redentor llega a verle al fin realizado, o a echar, por lo menos, firmísimas bases para la realización futura, ¿podría contar el número de los fantasmas tentadores o pavorosos, los endriagos perversos, los vestigios tremebundos a quienes antes ha vencido? ¿Se atrevería nadie tampoco a contar el número de los hombres -caballeros andantes o no de un ideal- a quienes otro caballero andante, también separado de él, no ya por miles de leguas terrestres, sino aun por ese abismo que el tiempo abre entre los que ya murieron y los que aún viven, socorre y salva al otro en forma del libro que dejara escrito? ¿Y qué más sierpe bramadora tampoco que ese Proteo de la tentación en todos los órdenes, que "nos cerca como león buscando a quien devorar", según la frase evangélica?...

El mundo astral y de la pasión es infinitamente más grande, más sagrado y más real que el cretino mundo físico de esos hombres escépticos que "nacen, crecen, se reproducen y mueren", al tenor de esa Historia Natural impía que se atrevió a colocar entre los irracionales al ser dotado de razón, de responsabilidad y de libre arbitrio; y en ese tan vasto como ignorado mundo hay luchadores silenciosos más valientes que el Cid, más conquistadores que Sesostris, Daría, Alejandro, Cortés o Pizarra, como hay y habrá siempre escritores venerandos capaces de levantar todo un mundo con la punta de su pluma, porque esa pluma es la palanca misma que reclamara Arquímedes, y cuyo fulero ansiado es la roca viva de una fe sincera en ese Cristo Interior o Atma de nuestra conciencia, conciencia que es consubstancia con la Conciencia Universal del Cosmos, o Anima-Mundi; y los libros de Caballería, los primeros al menos, como antes indicáramos, son como todos los libros religiosos, libros de lo astral, del supramundo jina, no libros de lo físico.

El mal estuvo, como siempre, en su divulgación entre gentes incapaces de entender, ni menos de desentrañar sus simbolismos, porque su lenguaje iba de alma a alma, no de oído a oído. Su texto, como tantos otros textos religiosos, eran parábolas, no hechos; imágenes, no cosas tangibles. Sus héroes no eran iniciadores en guerras humanas, sino discípulos, chatriyas, de un ideal, y sus respectivas damas no eran tales damas de carne y hueso. Don Quijote mismo, apenas si en su juventud viera una vez a Duleinea, en la que encarnó, sin embargo, el Ideal de su Alma, Ideal que, como todas las almas, al tenor de la frase evangélica, carece de sexo. Es más: hasta la Helena de Troya, como la Helena de Apolonio de Tyalla, o Como la Iseo de Tristán, no eran tales mujeres históricas, como trata de hacernos creer nuestra triste necromancia, sino Mujeres símbolos. 

Tomad, pues, los libros caballerescos como lo que realmente son, como fábulas, es decir, como Verdades astrales disfrazadas con el velo de la mentira física, y la luz se hará en vuestras mentes respecto de problema tan esencial, y en el que tanto se ha calumniado a los antiguos. El secreto del Templo Caballeresco Ario se reveló en mala hora con ellos, y el movimiento, antes ahogado en sangre de albigenses y de trovadores, ahogado quedó también con la sátira de Cervantes en el más espantoso de los ridículos.

Pero, ¡ay! que tamañas profanaciones las suele pagar demasiado caras la humanidad. Ved, si no, las lágrimas y las humillaciones que a la noble España le ha costado, como a ninguna otra nación en el mundo. Muerto y sepultado Nuestro Señor Don Quijote, que diría Navarro Ledesma, los bajos escuderos quedaron en el mundo, y "con todo ello comió y sigue comiendo la Sobrina, brindó y sigue brindando el Ama, y Sancho Panza mostró y sigue mostrando su mal disimulado regocijo", por obra y gracia del testamento, sellado, como todos, por la muerte del testador inmortal, eterno. La patria de Don Quijote cayó presa de todos los Sanchos y los Sansones Carrascos, que "se hicieron pastores", como el Señor soñara en sus últimos días; pero pastores de esos que devoran al ganado que encomendara a su custodia el Divino Pastor, el "Pastor Santo" que a los cielos viera subir la oda de Fray Luis el salmantino, y los detentadores, en, fin, de la nación inmortal que sellase con el cretino "tate, tate, folloncicos" la tumba de Don Quijote para que no resucitase ni al tercero ni al billonésimo día, hoy no tienen ideales, porque llaman aún con desprecio "quijotes", "locos" e "ilusos" a cuantos caballeros andantes del Ideal nos preocupamos de lo de tejas arriba, y a quienes nos dejarían morir de hambre a ser posible, olvidando que "no sólo de pan vive el hombre"; que al que, venciendo endriagos y vestigios de mil calañas, "busca el Reino de Dios y su Justicia, lo demás le es dado siempre por añadidura", y que hasta el propio Jesús, cuando tuvo hambre -y se negó, sin embargo, a complacer al tentador, quien le pedía que transformase las piedras en pan y, suicida, se echase del Templo abajo, y postrado, en fin, le adorase a cambio del dominio sobre todos los ilusorios reinos de la Tierra-, a la postre los propios ángeles o jinas le sirvieron a la mesa...

Sí, quijotes eternos del más incorregible quijotismo, sin mezcla sanchopancesca alguna, tenemos que ser siempre, pese a todas las palizas yangüesas, a todas las pedreas, quemas y vencimientos. Una preciosa fábula de Las mil y una noches viene a damos sobre ello la enseñanza definitiva. ¿Recordáis, en efecto, aquella famosa cena del baramécida al astuto barbero, y en la que el anfitrión obsequiaba más y más a su huésped con manjares imaginativos v bebidas no menos ilusorias que no se veían por parte alguna? Pues cual le acaeció a la postre al barbero del cuento, la "cena aquella de las burlas" acabó de veras y bien de veras. Además, conviene anotar que el regio baramécida no le mentía a su barberil convidado...; ¡era simplemente que los alimentos y las bebidas aquellas eran astrales, no físicos, y este cuitado mal podía tomados si, desprovisto de la visión astral o sentido trascendente de la "doble vista" intuitiva, no los veía!

Tal nos sucede eternamente a lo largo del sendero de la vida, olvidando que la llamada realidad transitoria de aquí abajo es mera proyectiva geométrica de las quijotescas realidades de allá arriba, del encantado mundo jina, como la superficie lo es del volumen, la línea de la superficie y el punto de la línea, y que cuanto hoy poseemos no es sino una cristalización, un "caso particular" de infinitos momentos imaginativos. ¿Acaso la estatua que alzamos en una plaza no es la realización de los múltiples proyectos del escultor o de otros? ¿Acaso las soñadas utopías de hoy no han de ser, y siempre parcial o limitadamente, las realidades del mañana? Hubo, en verdad, una Grecia histórica; pero hay hoy, y ha habido desde entonces, tantos millones de Grecias como de áticos artistas. No olvidemos, en fin, que si una fruta real puede servirnos una sola vez de alimento físico, la misma fruta, magistralmente trasladada al lienzo por el arte, es infinitamente más real, porque es más durable y puede estamos alimentando espiritualmente con su belleza siglos y siglos...

El gran respeto que, a pesar de su sátira cruel, le inspiraban a Cervantes los libros de caballería -sobre todo los merecedores de tal nombre, no los que vinieron después-, lo revela el mismo escrutinio que el cura y el barbero hicieron de los libros de Don Quijote en el capitulo VI de la parte primera. Allí se excluyen de la hoguera purificadora el Amadís de Gaula, como único en su arte; El jardín de flores, de Antonio de Torquemada; el Palmerín de Inglaterra, merecedor de que se le destinase para su guarda nada menos que la caja en que hizo guardar Alejandro las obras del poeta Hornero; el Espejo de caballerías y Don Belianís de Grecia: la Historia del famoso caballero Tirante el Blanco, "tesoro de contento y mina de pasatiempos"; La Diana, de Jorge de Montemayor; Los diez libros de Fortuna de Amor, "único en su género"; El pastor de Filida, de Luis Gálvez de Montalvo; La Araucana, de Ercilla; La Austriada, de Juan Rufo; Las lágrimas de Angélica, de Soto, y El Monserrate, de Virués el valenciano; libros estos últimos más o menos tocados de gustos caballerescos.

Por otra parte, el Quijote está influenciado también, no ya sólo por la literatura caballeresca, sino por las propias Mil y una noches, tronco oriental de esta última literatura. Sabido es, en efecto, que dichos cuentos hindú-persas corrían por doquiera, traducidos al castellano en los "pliegos de cordel", que Cervantes conocía a maravilla. Así, por ejemplo, la genial aventura de Clavileño, ese aeroplano singular, émulo de los que aparecen en aquel libro "robando de las terrazas de los palacios a las gentiles princesas, que eran arrebatadas y conducidas por los aires a lugares remotos", cual hoy en cinta cinematográfica, está inspirada en tales cuentos, e igual acontece en pasajes como el del capítulo L de la parte primera, cuando a través de la misma influencia oriental que se aprecia en la fábula de Apuleyo con su mito de Psiquis y Eros, nos describe el tránsito jina de éste hacia el otro mundo en estos hermosísimos términos: "¿Hay mayor ventura que ver como si dijéramos que aquí ahora se muestra delante de nosotros un gran lago de pez hirviendo a borbollones y que andan nadando y cruzando por él muchos dragones, culebras y lagartos y otros muchos géneros de animales feroces y espantables -los animales pavorosos de lo astral, que diría un ocultista-, y que del medio del lago sale una voz tristísima que dice: "¡Oh tú, caballero, quienquiera que seas, que el temeroso lago estás mirando: si quieres alcanzar el bien que debajo destas negras aguas se encubre, muestra el valor de tu fuerte pecho y arrójate en mitad de su negro y encendido licor, porque si así no lo haces no serás digno de ver las altas maravillas que en sí encierran y contienen los siete castillos de las siete Fadas que debajo desta negrura yacen", y apenas el caballero ha acabado de oír la voz temerosa, cuando sin entrar más en cuentas consigo, sin pararse a considerar el peligro a que se pone y aun sin despojarse de la pesadumbre de sus fuertes armas, encomendándose a Dios y a su señora, se arroja en mitad del bullente lago, y cuando no se cata ni sabe dónde ha de parar, se halla entre unos floridos campos con quien los Elíseos no tienen que ver ninguna cosa? Allí le parece que el cielo es más transparente y que el sol luce con claridad más nueva; ofrécese a sus ojos una apacible floresta de tan verdes y frondosos árboles compuesta, que alegra a la vista su verdura y entretiene los oídos el dulce y no aprendido canto de los pequeños, infinitos y pintados pajarillos que por los intrincados ramos van cruzando. Aquí descubre un arroyuelo, cuyas frescas aguas, que líquidos cristales parecen, corren sobre menudas arenas y blancas pedrezuelas, que oro cernido y puras perlas semejan... Acullá, de improviso, se le descubre un fuerte castillo o vistoso alcázar, cuyas murallas son de macizo oro; las almenas, de diamantes; las puertas, de jacintos; finalmente, él es de tan admirable compostura, que con ser la materia de que está formado no menos que de diamantes, de carbuncos, de rubíes, de perlas, de oro y de esmeraldas, es de más estimación su hechura. ¿Y hay más que ver, después de haber visto esto, que ver salir por la puerta del castillo un buen número de doncellas -cuyos galanos y vistosos trajes, si yo me pusiese ahora a decirlos como las historias nos los cuentan, sería nunca acabar-, y tomar luego por la mano la que parecía principal de todas al atrevido caballero que se arrojó en el firviente lago, y llevarle sin hablar palabra dentro del rico alcázar o castillo, y hacerle desnudar como su madre le parió, y bañarle con templadas aguas, y luego untarle todo con olorosos ungüentos y vestirle una camisa de cendal delgadísimo, toda olorosa y perfumada, y acudir otra doncella y echarle un mantón sobre los hombros, que por lo menos dicen que suele valer una ciudad y aun más? ¿Qué es ver, pues, cuando nos cuentan que tras todo esto le llevan a otra sala, donde halla puestas las mesas con tanto concierto que queda suspenso y admirado? ¿Qué el verle echar agua a manos, toda de ámbar y de olorosas flores destilada? ¿Qué el hacerle sentar sobre una silla de marfil? ¿Qué el verle servir todas las doncellas, guardando un maravilloso silencio? ¿Qué el traerle tanta diferencia de manjares tan sabrosamente guisados, que no sabe el apetito a cuál ha de alargar la mano? ¿Cuál será oír la música que en tanto come suena, sin saberse quién la canta ni adónde? ¿Y después de la comida acabada y las mesas alzadas quedarse el caballero recostado sobre la silla, y quizá mondándose los dientes como es costumbre, entrar a deshora por la puerta de la sala otra mucho más hermosa doncella que ninguna de las primeras, y sentarse al lado del caballero, y comenzar a darle cuenta de qué castillo es aquél y cómo ella está encantada en él, con otras cosas que suspenden al caballero y admiran a los leyentes que van leyendo su historia?...",

Por lo transcrito, se ve que la influencia de Las mil y una noches en el Don Quijote es notoria y continua.

El mismo texto del Quijote es el de un libro más de caballería, y sin duda el mejor de todos, porque el cuadro, con las terribles sombras realistas de Sancho y las de los demás personajes, fieles reflejos de la España de entonces, proyecta sobre el Héroe el contraste de una luz vivísima que cautiva al lector, maravillado además por las preciosidades literarias del estilo. Por eso, los contemporáneos del Manco de Lepanto pudieron anublarle, ora con la persecución de dicho y de hecho, ora con la más terrible conspiración .del silencio, y aun prendarse luego de la corteza del libro. riendo los fracasos del héroe, admirando el buen sentido práctico de quienes se burlaban una y cien veces de sus locos lirismos, celebrando su juicioso y cristiano fin con todos los sacramentos y proponiéndose en su corazón, como resumen de la enseñanza libada en el texto, encender "al pobre diablo" de Sancho una buena vela de conducta, al par, o, mejor, antes, que la otra vela a "su Señor", aunque de resultas de ello los ideales quijotescos de Amor y de Justicia puros y sin mancha del Héroe quedasen relegados por siempre a la categoría de locuras y se pusiesen las Normas de los normales vivires no en las de la Única normalidad DE LOS GENIOS DE CADA ÉPOCA, sino en la vulgaridad de cuantos Sanchos en el mundo han sido.

¿Qué importaba todo esto, si, a la vuelta de más o menos siglos, había de operarse el cambio y se. sabría leer entre líneas en la entraña misma de la formidable sátira quijotesca y se llegaría a adorar solamente a nuestro Santo Sellar Don Quijote, el Uno-Único, el Incomprendido, que si murió fué para resucitar en los pechos idealistas de sus millones de lectores en todo el mundo, y si sufrió persecuciones sin tasa por la Justicia fué para enseñarnos una vez más a amada con el desprendimiento evangélico de cuantos aceptan valerosos su cruz, seguros de que por tamaña crucifixión han de alcanzar el Reino de los Cielos jinas?

Quien tan acabadamente y con tan perfecto realismo supo pintar este mundo, en el que lo vulgar y lo sublime chocan a la continua, por ese solo hecho y en natural contraste, nos dejó pintado también el supermundo jina, que tal es la ley del Arte Mágico: la de hacer florecer en rosas los estiércoles, hacer brotar del helado invierno de la ignorancia las savias de la primavera fecunda y lograr, en fin, con la pintura del dolor y la esterilidad del genio aquí abajo, hacemos presentir la suprema felicidad de otra vida ampliamente compensadora, y en la que, siguiendo el dicho de San Pablo, salgamos de la cárcel de barro de esta vida ilusoria a las realidades hipergeométricas de la Eterna Luz... ¡Esta es aquella "inacabable aventura de Don Belianís de Grecia", a la que en su locura "tantas veces quiso dalle fin al pie de la letra nuestro hidalgo", ignorando que tal triunfo no se logra sino con la apoteosis gloriosa que subsigue a toda honrada vida!

Así, cuando Don Quijote habla u obra, el mundo de la imaginación -el mundo jina de allá arriba, por la imaginación proyectado aquí abajo- tiende un dulcísimo Velo de Maya sobre los abrojos y miserias materiales. Si no, vedlo:

Viajad por la yerta y trágica Castilla desde el amanecer al anochecer de un día calurosísimo de julio, cual lo hiciera el hidalgo manchego en su primera salida; cruzad por entre secos rastrojos y ardientes barbechos sin tropezar con una fuente en las hondonadas, donde languidecen cuatro secas matas de juncos, amén de algún enhiesto chopo de hoja pobre, trémula y sin sombra; llegad al anochecer a un mal ventorro, donde sólo hay "ocasiones para no dormir en todo un año, cuanto más en una noche", a la morada de un truhán panzudo y ladronzuelo, refugio de dos pingajos femeninos, pasto de sucios arrieros, encrucijada de caminos sin fin entre lejanas aldeas polvorientas; comed en aquélla por toda comida unos tasajos "de mal remojado y peor cocido bacalao, y bebed en desbocado jarro un vinillo más cristiano que moro", y decidme luego que todo esto de por sí no es una realidad bien triste, karma, quizá, de un pasado funesto... ¡Tal es el efectivo marco de la primera salida de nuestro bravo caballero!

Pero introducid, guiados por la experta mano del Príncipe de los genios, la cuarta dimensión jina en todo esto, quiero decir, seguid imaginativamente esos mismos lugares con el texto inmortal leído a fondo, y todo lo veréis cambiar por arte de efectiva magia: ¡esa Magia real que es patrimonio de los vates o poetas!

Con esa doble vista intuitivo-imaginativa del que sabe profundizar en estas cosas, veréis apuntar el alba en el sereno cielo de la aldea manchega; abrirse las carcomidas puertas del corralón que mira al campo y salir por ellas una figura extraterrestre por lo desacostumbrada, montada en un jamelgo matalón y enteco, más viejo casi que su amo, contrahecha figura ésta y a la que no se le ve la cara bajo el morrión oriniento y la celada. de cartones de tienda, reforzados por detrás con travesaños de hierro o de alambre, y al que tampoco se le ve la ropa, oculta bajo unos arreos que, acaso, sirvieron en la conquista cristiana de Sevilla o de Toledo, siglos hada... ¡Es nuestro flamante héroe, camino sin camino de las más soñadas aventuras!

Vedle luego con su lanzón y tras su adarga que de las manos no suelta, no parar mientes en unas tierras que no son, por su monotonía, sino mar o desierto, y alzar como todos los místicos su vista hacia los cielos -los cielos tras los cuales mora su ideal inasequible-, clamando en verdadero éxtasis: "¿Quién duda sin que en los venideros tiempos...?", para acabar con todo aquello de la salida triunfal del rubicundo Apolo, tan parecida en orden místico a aquella su primera salida, y con la invocación jina del ansiado futuro que sepa hacer justicia a sus anhelos y hazañas por mano mágica de nobles encantadores, y también con la invocación verdaderamente a lo San Francisco, "no del hermano lobo o la hermana piedra", sino del buen Rocinante, compañero eterno suyo en todos sus caminos y carreras  , antes que de su propia Dama, o sea del Ideal, su Supremo Espíritu,. ni más ni menos que aquel célebre yogui de la leyenda brahmánica que no quiso entrar en el conquistado Devachán sin que le acompañase su perro, el único compañero y amigo de sus tristezas pasadas, y a quien quería asociar en su triunfo.

Vedle, en fin, a nuestro héroe llegar cansado y hambriento, no al ventucho que antes viésemos, sino a su "soberbio castillo", como los celebérrimos del Penjab en la India, "con sus cuatro torres y chapiteles de luciente plata, sin faltarle su puente levadizo y honda cava, con todos aquellos adherentes con que semejantes castillos se pintan", castillo entre cuyas almenas un enano -vulgo "apacentador de puercos" - da con un gigantesco cuerno, que conmueve sonoramente los ámbitos vecinos, la señal alegre de la llegada del novel caballero, quien es recibido con pompa por el alcaide de la fortaleza y agasajado por las damas-rameras, como Lanzarote del Lago, "cuando de Bretaña vino". Come luego sabrosas truchas, que no bacalao; bebe por una caña horadada néctar del Olimpo, que no vino pardillo; al son de la concertada música del silbato de un castrador de puercos, y archisatisfecho de aquel banquete de abadejo y de pan duro, se dispone a velar sus armas, apadrinado por el castellano-truhán, de quien recibe "una gran pescozada iniciática" y un gentil espaldarazo, mientras que las buenas "mozas del partido" le calzan la espuela y le ciñen la espada, entre requiebros y cumplidos...

Todo esto y mucho más es la vestidura jina de la primera aventura del Héroe, Quit('.dla, y veréis cómo desaparece todo encanto, y el castillo gallardo se transforma de nuevo en ventorro polvoriento y ruin; el alcaide hospitalario, en maleante de los de la playa de Sanlúcar; las doncellas, en pendonas; el Rocinante, en jamelgo fláccido; volviendo a amarillear secos los rastrojos y a caldearse insoportablemente los barbechos rojizos, porque se ha cegado la fuente de las maravillas imaginativas, y tras el vestido de floridos céspedes literarios, así arrancado, vuelve a aparecer el esqueleto puro del realismo positivista", ¿No pasa esto siempre en el mundo, verdadero "don Juan Pérez de Montalbán", de la célebre sátira castellana, que viene así a quedar en simple Juan Pérez! ¿No es siempre vulgar y humildísimo el origen de las cosas que luego suelen deslumbrarnos? Pues todo ello no es sino mero efecto de perspectiva al pasar del mundo jina al mundo de la realidad animalo viceversa, y de aquí la acertada frase de Carlos Federico Amiel, cuando afirma ser los paisajes "meros estados del alma" del que los contempla, ora alegres, ora indiferentes, ora tristes.

y es tan indeleble el infalsificable sello jina que el genio pone en las cosas más vulgares, que ya no podemos retornar a los lugares aquellos sin recordar la primera salida del Héroe, ni ver molinos de viento sin rememorar otra de sus más célebres aventuras. ni contemplar una toboseña tinaja sin que nos venga a las mientes la patria de Dulcinea, ni ver retablos de ferias sin remembrar a Ginesillo de Para pilla...; cosas éstas de la asociación de la idea real con la artística, admirablemente explotadas por Wágner, con los llamados leit motiv musicales de sus dramas -motivos análogos a los pictóricos y a los de las demás bellas artes-, y en los que la idea jina o imaginaria y la nota real de los mismos vienen a ser tan inseparables, que por la una deducimos la otra, con el más hermoso, quizá, de los lenguajes del símbolo.

Y era cosa, para más comprobar cuanto llevamos dicho, de recorrer uno por uno los más salientes pasajes jinas del libro, recordando, por ejemplo, aquella bajada de Don Quijote, émulo de Orfeo y de Perseo, al simpático infierno o "lugar inferior" de la cueva de Montesinos, "donde le anocheció y amaneció y tornó a anochecer y a amanecer tres veces", entre procesiones de fantasmas que recuerdan a la Huestia, o Santa compaña asturiana, y vivires jinas, no poco parecidos a los de estotro mundo de los hombres, mientras que en el reloj de éstos habían transcurrido tres horas a lo sumo. No menos digna de recordación jina resultaría asimismo la otra procesión de encantadores y la peroración de Merlín, urdida por el avispado caletre del secretario de los duques, la muerte y resurrección de la malferida amante Altisidora, la transformación de Dulcinea en rústica aldeana por la expedita vía de los encantamientos, aquel volar sin tasa del leñífero pero alígero Clavileño, etcétera, etcétera, moneda falsa todo ello del efectivo mundo de los jinas, pero cuya existencia como tal moneda falsa presupone indeclinablemente la existencia previa de aquellas mismas cosas que falsea o ridiculiza.

"Los dioses de nuestros padres son nuestros demonios", se ha dicho muchas veces, y aquí podría repetirse: A una época iniciática, a base del Baladro de Merlín y demás supervivencias del mito universal de Hércules-Alcide, sucede otra archiignorante, degradada, hija de los terrores del milenio, y que, con fe risueña y plácida de niños, toma al pie de la letra lo que sólo es verdad en lo astral y en lo simbólico, cayendo en una perversión de gustos sin segundo, que, creyéndola efectiva espada física, preferían la mental "espada" de Roldán, partiendo en dos la dura roca de la ignorancia que obstruye al candidato la Senda del Conocimiento, a la física espada de cualquiera de los héroes de la historia: un Viriato o un Horacio Codes. Por este plano inclinado, pues, no se subía ya a la altura del Ideal iniciático, sino que se caía más y más hacia el abismo de una milagrería sin fin, fuera de todas las leyes naturales y de todos los fueros del simple buen sentido.

Una tercera época tenía que sobrevenir, y sobrevino en efecto. Una época crítica que prefiriese burlarse, para sanearlas con las frescas auras del ridículo, de unas creencias, absurdas ya desde el momento en que las claves iniciáticas de ellas se habían perdido, envenenando con la mera letra que mata las mentes de aquellos seres a quienes hubiera podido salvar el olvidado espíritu de las mismas, que es el solo que vivifica. En tal sentido, la formidable sátira cervantina prestó un inmenso servicio, como lo presta todo lo que destruye los cadáveres, es decir, los cuerpos, antes activos y vivos de los que ha huído ya el espíritu que les daba aliento, aunque por ley también de natural reacción pudiese dar lugar ella, como dió, en efecto, para que se cayese en el extremo contrario de un escepticismo y un desconfiar sanchopancesco que, por falta de ideales, nos ha traído al borde de la ruina intelectual, moral y física.

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