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CAPÍTULO XXIX. LA CUARTA DE LAS INTERROGACIONES DE LA ESFINGE

El gran día ensoñado por Claude Bernard. - Ojeada retrospectiva por las páginas del presente libro y los tres postulados del mismo acerca de un segundo cuerpo que sobrevive a la muerte, un segundo mundo superior al que con ésta se pasa, y unos seres jinas que moran en dicho mundo. - Resumen de los "hechos jinas" anteriormente expuestos y de otros mil cuya enumeración es imposible. - Aladín, "el jina de Alah" y San Jenadio, "el jina de Dios".Jinas asturianos, vascos, orientales, americanos, austriacos, húngaros, árabes, romanos, griegos, etc., etc. - Enseñanzas de Edkins en su "Chinese Buddhisme". - Más Y más palabras relacionadas con los jinas. - Los Astomos de Plutarco y Pherecides de Samos. - A las tres famosas preguntas de la Esfinge tebana hay que añadir una cuarta, relativa a ¿con quiénes convivimos sin saberlo en este nuestro mundo? - Elementales y jinas. - Dos maneras de considerar al mundo jina. - El Ángel de la Guarda mahometano y cristiano.La luz de la Conciencia y nuestro gran JINA DORMIDO. - "Plenitud", el optimista breviario de Amado Nervo. - La Piedra filosofal no es sino el principio de la sabiduría jina.

La presente edad, egoísta y materialista cual ninguna, al no alzar jamás los ojos de la Tierra, aleja, con su insensata ceguera, el advenimiento de aquel gran día soñado por el sabio Claude Bernard, día en el que el fisiólogo, el filósofo, el matemático y el poeta hablen un mismo idioma trascendente, entendiéndose a maravilla unos con otros. Pero, ínterin el mundo, en su loca carrera, no rectifique su desvío hacia estas magnas cuestiones, siempre tendrá sobre su pensamiento y su corazón el pavoroso enigma de la muerte, porque como no vive santamente, y no investiga poco ni mucho en el magno problema, no puede morir con el ánimo sereno de quien sabe, como todos los arios, que no hay más diablo que nuestro propio cuerpo tentador, del que triunfamos con la muerte, renaciendo en cuerpo espiritual o jina, como nos ha dicho San Pablo.

Nuestra conciencia, sin embargo, no nos remuerde de haber obrado así en el curso de este complejo libro, en el que, como reza su título, hemos pretendido nada menos que el "matar a la Muerte", como lo pretendiera y consiguiera este último Iniciado cristiano... Emulos de aquel bravo caballero de la Historia de Clareo y Florisca   que, en batalla descomunal con el sufrimiento, disfrazado de justador también, no halló otro medio para vencerle que el de "hacerse el amigo y el hermano del sufrimiento mismo", nosotros, que físicamente o como mortales habremos de rendir a la Parca nuestro tributo, creemos haber matado a la Muerte desde el momento en que, guiados por aquella enseñanza y mil otras análogas, nos hemos convencido de toda su mentira, haciéndonos casi su amigo así.

Y, deseosos de comunicar semejante convencimiento a nuestros lectores, hemos escrito este tan abigarrado como sincero libro, apoyándole en estos tres postulados (demostrados cien veces y siempre demostrables) , que nos es obligatorio el recordar a guisa de resumen:

a) Que, presidiendo a todas las funciones de nuestro cuerpo material o químico y visible, hay otro cuerpo espiritual, el cuerpo glorioso, ordinariamente invisible, que sobrevive a la muerte física según la enseñanza unánime de las religiones, del espiritismo y hasta del propio sentido común no pervertido por las cobardías materialistas  . A corroborar semejante postulado se han dirigido los capítulos I al VII del presente libro, capítulos en los que, con la enseñanza unánime de diversos Iniciados, tales como Pitágoras, Platón, Plutarco y San Pablo, se han simultaneado las novísimas conclusiones de la Hipergeometria y del Método Analógico, que es el método más fundamental de cuantos conoce nuestra propia ciencia positiva.

b) Que dicha supervivencia de nuestro cuerpo espiritual y glorioso se opera en otro mundo, mundo tan ligado, sin embargo, con este nuestro mundo físico, que, a bien decir, no hay entre uno y otro más solución de continuidad realmente que la derivada de nuestra triste ceguera por falta de un efectivo tercer ojo (el Ojo de la Intuición o del Cíclope), que yace atrofiado en nuestra glándula pineal, pero que empieza a actuar de nuevo en nuestros grandes poetas e intuitivos, quienes, con sus esfuerzos, levantan más o menos una punta de aquel clásico Velo de Isis.

e) Que semejante mundo ha actuado, actúa y actuará constantemente en nosotros y en la Historia, y que sus habitantes son los llamados por nosotros jinas, es decir, hombres superiores a nosotros, que nos aman, protegen y guían, ora como "difuntos queridos", es decir, seres transitoriamente libertados de sus cadenas terrestres entre una y otra encarnación, ora como seres libertados ya en definitiva de la necesidad de bajar a nuestra cárcel de carne y de sexo, aunque ellos sean en cierto modo seres encarnados también en la tierra, pero en esos niveles físicos superiores llamados "mundo etéreo" por unos, "estado radiante" por otros, y "plano de las entidades astrales" por no pocos, siendo de escasa importancia el nombre, con tal que se admita el hecho en sí, pese a su calibre. Mas, como, a bien decir, este último punto era el de mayor importancia, dada nuestra lamentable práctica mental de pedir hechos en vez de pedir leyes, o, mejor, inquirir principios, todos los capítulos restantes, desde el VIII hasta el XXVIII, se han enderezado a aportar hechos y más hechos de interferencia, de conexión, de convivencia, en una palabra, entre hombres jinas o superiores y hombres inferiores o propiamente dichos.

Y no se diga que no se han encontrado en abundancia semejantes hechos, que han ido engarzándose como las cerezas y saliendo con no poco desorden histórico y geográfico, según las naturales exigencias expositivas. Primero es un historiador reaccionario, Anquetil du Perrón, quien comienza sentando aquel hecho jina de la historia de Darío, rey, quien tropieza al azar con semejante pueblo, el cual se le desvanece entre las manos cuando su soberbia de conquistador quiere asirle. En seguida nos salta otro hecho análogo acaecido en México, según el P. Durán, al gran emperador Moctezuma en la apoteosis de su poder, y a entrambos casos les hubimos de poner la consiguiente apostilla con otros hechos jinas semejantes que la maestra H. P. B., con su colaborador H. S. Olcott, consignan en sus libros, especialmente el de los todas y bilhs de la India y los shamanos y saberones de la Siberia y del Tibet.

Del "caso" de México pasamos a ese otro, mil veces más asombroso, del nacimiento, desarrollo, apoteosis y caída del imperio cainita o jina de los Incas del Perú, con todas sus mil peripecias, inexplicables desde el punto de vista puramente humano y perfectamente explicables con nuestra "hipótesis" jina. Luego, dado el carácter hebreo, y no caldeo y ario, que los autores se empeñan en asignar a dicho pueblo inca, pasamos naturalísimamente a estudiar al viejo pueblo judío, en cuya Biblia nos saltaron al punto esos dos mágicos caracteres de Henoch o Jainok y de Helias o Elías, con el sugestivo e infalsificable detalle no humano de que ninguno de ellos muriese, sino antes bien -caso repetido en otras tradiciones de diferentes pueblos- fueron arrebatados al cielo, o sea al mundo jina, en brillante carro de fuego".

No menos naturalísimamente pasamos de la Biblia al Evangelio, aunque no sin que espíritus estrechos de gentes que se dicen cristianas, y no conocen ni han leído nunca la dicha obra de los cuatro evangelistas y discípulos de Jesús, sintiesen cierto escándalo ante aserciones nuestras, no sólo ortodoxas, sino super-ortodoxas y evidenciables, lo mismo ante la más crítica Asamblea de sabios que ante el más ceñudo Concilio de obispos. Los hechos jinas saltaron, en efecto, decimos, aquí y allí con abundancia verdaderamente pasmosa y desconcertante, contribuyendo a robustecer el sublime prestigio de que el Evangelio goza, lo mismo entre cristianos de las tres confesiones en cisma que entre los librepensadores y los hombres de religiones extrañas al Cristianismo.

A través del capítulo XVI, relativo a Los lagos iniciáticos, y que acaso sea el menos malo y el más meditado de todos los del libro, pasamos a examinar los jinas del "Corán", en armonía con los jinas de otras religiones infinitamente más antiguas, tales como la de los Eddas, reflejada en la obra de Wágner y procedente, con sus huríes y genios, no ya del Corán, sino quizá hasta de Las mil y una noches de los parsis post-atlantes. El tránsito, pues, a estas últimas y a su secuela de los Libros de Caballería quedaba de este modo establecido, explicándonos asimismo el porqué de la justa fama de obras como el Quijote, tan rica en elementos verdaderamente caballerescos y jinas, con todo lo cual ahonda ya un poco más en el misterio jina de aquel antiquísimo libro iniciático parsi que hoy nos sirven los traductores con todas las intolerables groserías de árabes y sirios por los que la obra hubo de atravesar para llegar a nuestros días.

Enlazando todas estas cosas con la prehistoria y la historia de Occidente, pudimos hallar también numerosos hechos jinas concordantes, ora en los obscuros orígenes de Grecia y Roma, ora en los misterios de nórdicos, celtas y trogloditas, ora, en fin, en pueblos no menos extraños de Irlanda, de los cuales tenemos documentos que nos ponen en la pista de un alfabeto primitivo numérico, calcídico o jina, en el que las letras, que después fueron formando las lenguas conocidas, han sido previamente números. Las Calcis mágicas, que t:mpiezan en la propia Mogolia y se extienden por todo el ámbito de la tierra, resultan ser así uno de los más valiosos testimonios jinas que darse pueden, testimonios que nos invitan a preparar ulteriores desarrollos de esta idea en un futuro libro acerca de La magia y la escritura, y también a hablar muy por extenso de otros dos capítulos aquí omitidos por su extensión: el de Los jinas y las Sociedades Secretas y el de Los jinas y el Espiritismo.

y cuenta también con que, a pesar del desarrollo dado a aquella parte de la presente obra, aún se quedan en el tintero infinidad de hechos y tradiciones jinas, para no abusar de las repeticiones en cosas ya tratadas en anteriores tomos de nuestra Biblioteca, siendo muy de recordar especialmente las siguientes, que en éstos pueden verse con mayor extensión:

lo. El caso del obispo de Astorga, SAN JENADIO (el jina de Dios); los demás relatados en la parte de El tesoro de los lagos de Somiedo; el de Aladín (el jina de Alah), con m maravillosa Lámpara, en Las mil y una noches, y el de los célebres caínos o jinas de los picos de Ario, los Urrieles y la Peña Santa, de los que, sin darse la debida cuenta, nos habla don Alejandro Pidal en sus Discursos y articulas literarios, en texto reproducido por el capítulo último tle aquella nuestra obra.

2º. La singular leyenda vasca del Basojaun, o vasco-jaíno, "señor de los bosques" también en Centro-América  , anciano venerable, proteico y extraño, tan popular en toda la Vasconia; las tradiciones jinas de las grutas del Mithraeo y del Serapeum, conocidas, en parte, por el propio San Jerónimo; las de los otros jinas o señores, asimismo relacionadas con los Nobiliarios de los grandes linajes vascos o pirenaicos del Conde P. Barcelos, de Don Molino, Don From (o Formo Orionis de los firbolgs gaedhélicos) , de los Bearnés, Boíl, Bover, Bonastre, Baldaura, Butrón, Idiáquez, Loyola, Múgica, Crespio, etc., detallados por el señor De la Quadra-Salcedo en su prólogo a nuestro libro De gentes del otro mundo, con todos los numerosos casos más apuntados en este último.

3º. Los múltiples casos jinas que avaloran la obra Por las grutas y selvas del Indostán, de H. P. Blavatsky, base de toda nuestra Biblioteca, relativos a los saniasis, a los yoquis dikshatas, a los Morias de Kalapa y suryavanshas, con los no menos chocantes que aparecen en Páginas ocultistas y cuentos macabros, de la misma, tales como el de Un Matusalén ártico, el de La hazaña de un gossain hindú, La mano misteriosa, etc.

4º. Los que en el capítulo V de De Sevilla al Yucatán se relatan acerca del Médico de Marón, poniéndolos en labios del Dr. De Brind; relato que, a bien decir, me ha sido hecho por testigos fidedignos. Alguno de estos hechos figura también en la obrita de nuestro admIrado amigo Emilio Carrere que lleva el sugestivo título de Interrogaciones al Misterio, Almas brujas y Espectros grotescos, obra de tan recomendable lectura.

5º. Las recientes manifestaciones de Clarence Winchester en el diario inglés Daily Mail, con la confesión que le hiciese un célebre piloto-aeronauta acerca de la frecuencia con que los llamados "fenómenos de espejismo" (fenómenos jinas más de una vez) se dan en las altas capas de la atmósfera, y que los tales aeronautas confunden fácilmente con los de la visión psicométrica, cosa muy natural desde el momento en que sólo por visión psicométrica o anormal, o bien por visión superior o iniciática, parece pueden hoy ser vistos tales seres. Los célebres terrores experimentados por los moradores de Vidarse, cerca de Werardin (Hungría), y que hace pocos años nos relataron los diarios austríacos acerca de "los soldados. fantasmas y sus espadas flamígeras", se relacionan con cosas de éstas, no menos que con los famosos "ángeles exterminadores" que saltan acá y allá en la Biblia, en las grandes justicias contra la humanidad pecadora y perversa  . Es más: hasta en el argot, o lenguaje familiar de los aviadores, se ha introducido la frase de "evitar la región de los monstruos" en las ascensiones, o sea huir con los aeroplanos de ciertos sitios del aire en donde existen para estos aparatos, por vacíos de presión, vecindades de caminos, cruces de corrientes, etc., etc., verdaderos "escollos". No hay que olvidar al efecto dos cosas igualmente científicas: una, que allí donde hay materia, aunque sea gaseosa, allí hay una fuerza; fuerza que es inteligente a su manera, como todas las de la Naturaleza, y que semejante realidad es "un ser", en el puro y riguroso sentido metafísico, puesto que es "un algo separado de algo"; otra, que semejantes seres nos resultan invisibles, bien por tener un índice de refracción en sus cuerpos idéntico al del medio que los rodea, bien por pasar por el campo de nuestra retina con velocidad superior a la décima de segundo, bien por ser. "de cuarta dimensión", al tenor de lo apuntado en los primeros capítulos. Tampoco hay que olvidar, en fin, en esto de lo "invisible" aquel sabio dicho de Schopenhauel (El Mundo como Voluntad, I, 15, Y Parerga, cap. XVII) , de que "las ciencias físicas acaban siempre por tropezar con las cualidades ocultas, a cuya categoría pertenecen las fuerzas elementales de la Naturaleza; fuerzas cuyo estudio compete a la Filosofía y no a la Ciencia".

69 Las continuas alusiones de todos los libros clásicos a estas gentes jinas, bajo uno u otro nombre. Así, Jesús nos dice que "hay muchas moradas en la casa del Padre", y si hay tales "moradas", por fuerza habrá también "muchos moradores", coincidiendo en ello con Lucrecio en su poema De Rerum Naturae, cuando canta que "existen otros hombres, otras tierras y otros mundos". No otra cosa que esto es lo consignado por otros muchos, tales como el Padre Kircher, en su Oedipus Ejiptiacus y en su Viaje Estático Celeste; Antonio Reita, en su Oculus Enoch et Elie; Plutarco, al hablamos de aquel misterioso viejo que dijo encontró en la orilla del mar Erithreo; Euclides, al hablar de su maestro Kalias o "el antiguo"; Proclo, al consignar en ms Comentarios al Timeo, que "Dios alzó junto a nosotros una tierra inmensa, con montañas y ciudades análogas a las nuestras", tierras jinas visitadas poéticamente por Astolfo en el Orlando de Ariosto, y que no son, como se cree, la luna, sino el terrestre mundo de los jinas, ese que figura en el cuento de "Alibab y los ladrones" y en otros de Las mil y una noches, y que se repiteen la Misión de Faraón al reino de Punt, especie de "visita de los magos de Moctezuma al país de los Antepasados", que ya consignáramos al principio de este libro. Corrobórase con ello la frase de H. P. B. de que "la Naturaleza tiene rincones muy extraños y aislados para sus elegidos, lejos del bullicio y las perversas pesquisas de los hombres", tales como aquellas viejas ciudades americanas próximas a Santa Cruz de Quiché, visitadísimas por gentes buddhistas y jaínas -las gentes jinas del Bab-bur-ain-bachi-, y en las que no posaran jamás su planta los conquistadores españoles, como tampoco la han puesto los habitantes de los respectivos países en las grutas que, ocultas por toda clase de mayas, yacen en sus territorios respectivos. Estas grutas, pese a las investigaciones de los arqueólogos, solapan y solaparán todo el tiempo que aún continuemos así, las verdades trascendentales de la Religión Sabiduría y a su aforismo, reproducido en los libros sagrados de Oriente, que dice: "Aquellos que sólo practican el bien en este mundo (sannyasis y vanaprasthas) adquieren la facultad de conversar con los devas y con las almas de los que les han precedido en el swarga, mucho antes de que se libren de sus mortales envolturas".

7º. Los jinas, en fin, de nuestro libro, gentes de cuya existencia estamos matemáticamente, y aun algo más que matemáticamente, convencidos, son, en suma, esos viajeros misteriosos que durante toda la Edad Media, cuando mejor o peor había una fe, labran imágenes, hoy venerandas, y desaparecen después sin dejar rastro de sí; o que descienden en isíaca cohorte sobre el pizarroso cerrete de Jaén, dando lugar a la piadosa leyenda, un tanto desnaturalizada, de aquellas gentes, que por algo se enorgullecen con el patronímico de giennenses, o "jinas" como si dijéramos; o que encargan al divino Mozart, pocos días antes de su muerte, el célebre Requiem que iba a cantarse en sus propios funerales; o que asientan con secular firmeza en el Talmud de Henoch, procedentes del antiquísimo libro etíope de este nombre, para soplar sus divinos efluvios sobre la frente de Victor Rugo, al escribir sus Orientales, que luego se ha gloriado de instrumentar César Franck en su poema sinfónico con piano titulado Les Djinns o sea Los finas; o que tremolan desde remotos tiempos en esos himnos del Yayur Veda, relativos a los ajinas o acuinas, los "médicos maravillosos" que hicieron andar a Paravrij, "que estaba cojo y ciego" (cojo y ciego moral más que físico), que devolvieron la vida (la vida física y la espiritual) al gran Rijrasva, y el oído ("el espiritual oído para oír") al hijo de Nioshada, y eran, en suma, las divinidades, o más bien las humanidades divinas o antecesoras de los jinas-terapeutas, remediadores de nuestros males, hijos éstos del egoísmo y del vicio, con los medicamentos solares de la virtud, los lunares del arte y los terrestres de la ciencia positiva.. Jinas, en fin, que con su extraño nombre de antiquísima fonética, apoyada en el Djan, Dzan, Chhan o Dan chino y tibetano, o sea en lo que el Chinese Buddhisme de Edkins llamaría segundo nacimiento interno por la meditación y el conocimiento, dan lugar a infinitas palabras derivadas, tales como el to-jin chino, que significa, según A. Rovelacque (La linguistique, histoire naturelle du langage), "multitud, cohorte de gentes"; hind, cierva (la famosa cierva que el loco príncipe persigue en tantas leyendas parsis y occidentales); hinde, obstáculo, impedimento, e hinder, impedir, dificultar (aludiendo sin duda a los obstáculos que se presentan siempre al hombre para ascender a aquel su alto mundo); hint, seña, aviso, sugestión, insinuación, como los que de semejante mundo bajan para iluminar a los buenos... El propio nombre Djeminy o Djaiminy del gran filósofo védico no es en sí sino un anagrama de este inefable y sacrosanto apelativo con que los hombres designamos a los seres superiores; janos, jaínos y jenios o genios.

Los pueblos aseamos de Plutarco y de Pherecides de Samos, uno de los maestros de Pitágoras; los pueblos legendarios lemures de la Ciudad del Sol, de la Patagonia; los ti-huan-accas o tihuanacos arios de los Andes, de los que tanto habla Ciro Bayo en sus Césares de la Patagonia y en los Caballeros de El Dorado (De gentes del otro mundo, cap. X); los extraños sacerdotes hindúes que, según Schlegel, llevaron la religión de J ano o Saturova a la Ciudad Eterna; los sadhus vaqueiros que Olcott viese junto a la cueva de Kali (Por las grutas y selvas del Indostán, cap. III); las razas tripolitanas, de las que Julio Verne, en su Matías Sandorf, nos habla, y que "no habitan en región alguna que no figure en D.1onedas de plata" (el metal de la Luna); los incomprensibles entes del Umtersberg, de que nos habla Franz Hartmann, y los gnomos misteriosos del monasterio de Veruela, y tantos otros de las incomprendidas leyendas de Gustavo Bécquer, o los que viese, sin duda, Alejandro Csoma de Koros, en su harapiento viaje heroico por las regiones inexploradas de la Tartaria y la alta India del Hind o Hindo y el Juma; en una palabra, los centenares de casos extrahumanos que pueden verse "espumando" aquí y allá en esa gran caldera de Pedro el Botero que se llama Historia, nos hacen tan inminente. tan inevitable la toma en consideración de ellos, por muy "fantásticos" y muy "absurdos" que nos parezcan, tanto que, de hoy en adelante, hay que agregar con estos personajes proteicos una nueva interrogante a las tres famosas preguntas de la Esfinge tebana, diciendo: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? Y, sobre todo, ¿con qué seres potentes e invisibles convivimos en este bajo mundo?

El lector que en los momentos sublimes de su reconcentración en el mismo y en su vida espiritual se haga esta última pregunta, que pocos se han hecho, acaso no podrá encontrar en estas modestas páginas nuestras, de mero aluvión informativo, la ansiada solución a tamaña "cuarta pregunta"; pero, al menos, si quiere ser justo, que se fije, después de leerlas, en esa contraparte -o "hemisferio tenebroso" de los llamados elementales y elementarios de teósofos y cabalistas, mundo de gentes opuesto, por decido así, al santo mundo de los jinas, y, como ellos, invisibles de ordinario, pero harto visibles, ¡ay!, en sus continuas sugestiones tentadoras que siempre nos están empujando hacia la locura, la perversión y el crimen...

Jinas y elementales son, pues, según nuestras sospechas. los dos polos contrapuestos del mundo etéreo y el mundo astral que, en cuarta o ulteriores dimensiones del espacio, envuelven y dominan a nuestro mundo físico, con una superioridad sobre nosotros análoga a la que tiene el hombre sobre los animales, físicamente más fuertes y mejor armados que él mismo, pero que con el Arma Encantada de la Imaginación y la Razón son por el hombre vencidos. Pero las fronteras separadoras entre los dos dichos "hemisferios de lo astral" están muy borrosas, y son muy difíciles de determinar hasta en las regiones mismas que tanto se ocupan de ellos. Es una confusión muy semejante a la de nuestra palabra "día", que unas veces es empleada en sentido estricto para designar solamente el tiempo intermedio entre la salida y la puesta del sol, presentándose entonces como contraria de la palabra "noche", mientras que otras veces es empleada en sentido lato para denotar el tiempo empleado por la tierra en su rotación, y abarca por ello tanto al "día" en sentido egipcio como a la "noche" misma.

Así, hasta en nuestros mismos libros anteriores aparece semejante confusión entre un mundo de los jinas, bueno y protector. y un mundo jina, malo y cruel, que es el concepto corriente en los libros religiosos, con sus "suras y asuras", "ángeles y demonios", "genios buenos y genios malos", etcétera; mientras que en el libro presente, apartándonos en apariencia de aquellas enseñanzas religiosas, sobre todo del Corán, y que son meros velos , hemos considerado como únicamente jina a semejante mundo hiperliminar; porque, en efecto, los jinas o entidades del bien, legítimos señores del tal mundo, tienen sometidos bajo su poder a los elementales perversos de lo astral, residenciándolos de tiempo en tiempo, como ya vimos lo hacían los shamanos del capítulo IX, relativo a Oriente y los jinas, obligándolos a reparar los males causados, en esas "rectificaciones históricas" que nosotros decimos, y por las que el bien acaba triunfando siempre sobre el mal, aunque otra cosa crea nuestro cretinismo, y rodeando además con sus protecciones (el Corán, Sura XIII, v. 12) a todos y a cada uno de los hombres a la manera del llamado "Ángel de la Guarda" por los cristianos.

Y, a punto ya de terminar nuestra difícil tarea, no encontramos nada mejor que reproducir la frase que aparece en la sura XVII, verso 31 del Corán, que dice: "Hemos difundido en este libro toda clase de enseñanzas y parábolas para la instrucción de los hombres, aunque éstos tengan siempre por costumbre el negarse a todo, excepto a su ciega incredulidad." Para ello hemos procurado emplear, no sólo la luz ordinaria de la ciencia positiva y de la historia, luz que está en la misma Madre Naturaleza, sino esotra luz interior de 1a Intuición, que dijo el clásico, mediante la cual puede reconocer el hombre las cosas espirituales: Luz de luces, Lumen de lumine de Deo Vero, cumpliendo ese precepto que hasta la misma Iglesia Católica consigna al comenzar la Misa y que es la patente mayor de la grandeza del librepensamiento, cuando reza: Emitem lucem tuam et veritatem tuam, ipse me deduxerunt et aduxerunt in Monte Santumtuum et in Tabernacula tua, luz, en fin, que es también la perpetua Luz Celeste que alumbra a nuestros jinas o muertos o . ¡Et lux perpetua luce ad eis!

"Vivimos en el Espíritu -dijo Castelar- como vivimos en el aire; y como amamos, creemos", pero no en creencias exotéricas, impuestas por otros y arteramente veladas por ellos, dejando la letra que mata y no el espíritu. que vivifica, sino creencias asentadas en el gran principio de que la Divinidad que anima al Cosmos todo también nos anima a nosotros en forma de esa Luz interior de nuestra conciencia, que es el Sol esplendoroso de nuestro místico cielo interno, a condición sólo de que no le nublen las densas tormentas de nuestras pasiones, esas pasiones que al quitarnos de la vista ese nuestro Sol, también nos hacen invisibles a "los hijos del Sol", que son los jinas, y a cuyos deleites de vida superior pareció aludir Plinio en sus Epístolas cuando dijo aquello de Demus alienes oblectationibus veniam, ut nostris impetremus...

Y puede el hombre, como dice Maeterlinck, haber cometido los crímenes más viles, sin que el mayor de ellos alcance a debilitar por un instante el hábito de frescura y de pureza inmaterial que le cobija en sus ensueños, mientras que a veces el mero acercamiento de uno de esos llamados sabios, acaso precisamente por la paradoja de que ignoran todo cuanto convenirles pudiera, puede sumir a nuestra alma en las tinieblas más angustiosas y densas, porque el hombre, pese a sus dolores, de caído, es un eterno optimista que confía siempre en esa Voz Interior de nuestro JINA DORMIDO, verdadero Oro del Rhin de nuestras Aguas mentales y caóticas, que le hace caminar entre abismos y espinas hacia un mañana de liberación resplandeciente, cuando se deje aquí abajo su bestia y vuele a la celeste Morada de los Jinas, Devas, Angeles o como se los quiera denominar, y que le aguardan gozosos como a peregrino que regresa de un viaje de penalidades y peligros.

Nuestro amigo don Antonio Zozaya, en una de sus crónicas gallardísimas, nos lo ha dicho también con estas frases lapidarias:

"Un bello breviario de Amado Nervo, Plenitud, ha arrancado a un crítico ilustre, tan genial como dolorido, una imprecación contra el optimismo. El mundo debe ser mirado con ojos de recelo. El optimismo nos priva de la noble inquietud, de la divina tragedia espiritual que engendra la belleza. Las voces optimistas deben ser en nosotros tímidas y tenues; nuestras campanas de Pascua deben sonar siempre a lo lejos; la esperanza optimista debe cantar en el ingenuo tono sensual de las pánidas flautas, o en la armonía jubilosa, pero desgarrada, de los mártires, o en la media voz suspirante de los místicos; pero nunca en el tono categórico de los Decálogos, sino con el eco remoto de las princesas de Maeterlinck.

"Es verdad, pero el optimismo es eso precisamente. La afirmación de que todo es bueno e inmejorable no existe ni siquiera en Leibnitz; no puede encontrarse fuera de la necia y paradójica doctrina de Panglos. El optimismo consiste en reconocer que el dolor es nuestro patrimonio, en sentir la mente conturbada y las entrañas rotas por el hierro de la adversidad; pero sintiendo a lo lejos esos ecos, esas campanas, esos llamamientos que nos dignifican y ennoblecen y sin los cuales la belleza no existiría y tras los cuales se extiende enigmática, pero magna y sublime, la que Goethe llamaba "región silente de las causas". El absoluto pesimismo, sin esperanza y sin consuelo, es incompatible con la belleza, y por eso, conforme a la frase socrática, únicamente los artistas pueden ser verdaderamente sabios, y sólo los que saborean toda la amargura del vivir son verdaderamente felices."

y tamaña felicidad, añadimos nosotros, es la natural felicidad que sigue a todo dolor y todo esfuerzo, piedra filosofal de la que ha dicho Franz Hartman:

"No es la piedra filosofal una piedra en el sentido ordinario de la palabra, sino una expresión alegórica que significa el principio de sabiduría, en el cual el filósofo que lo ha adquirido por experiencia práctica (no el que está simplemente especulando sobre él) puede confiar tan por completo como en el valor de una piedra preciosa, o como confiaría en una sólida roca sobre la cual hubIese de construir los fundamentos de su casa (espiritual). Es el Cristo que está en el hombre; el amor divino sustancializado. Es la luz del mundo; la esencia misma de la que fué creado el Universo."

El reino jina de semejante Luz es muy superior a cuantos edenes pueden enseñar místicos y poetas, aquellos que llegaron a describirle en textos arcaicos a la manera del Libro de los Números, caldeo, o del famoso manuscrito cifrado que se dice poseyese el célebre conde de Saint-Germain, reencarnación o continuación más bien de la personalidad excelsa que la historia conoce por Apolonio de Tyana, el contemporáneo del emperador Adriano, venerado como un dios en la Roma de los Césares.

Por eso expresa con gran acierto el teósofo alemán Rodolfo Steiner, en su Ciencia Oculta, que todo el Ocultismo reposa sobre estas dos ideas: la de que por encima de este nuestro mundo visible existe un mundo superior e invisible, al que nuestros velados sentidos animales no pueden alcanzar, y la de que, no obstante ello, puede el hombre desenvolver en sí ciertas facultades aún latentes en su ser, gracias a las cuales se puede conseguir, aun en esta vida física, el conocimiento claro de semejante mundo. Estas facultades, hoy en germen, se llaman IMAGINACIÓN e INTUICIÓN, las dos facultades que en todo el curso de la Historia han elevado al hombre de aquella su condición animal, dándole las Bellas Artes, con sus mágicas obras que se llaman poemas literarios y musicales, obras de arquitectura, escultura, pintura, coreografía, etc., a las que jamás pudieron alcanzar los seres inferiores a nosotros en la escala zoológica, y dándole asimismo las Ciencias, que naciesen todas en felices y geniales intuiciones de los grandes hombres, quienes, por chispazos intuitivos, a la manera de cárdenos relámpagos en obscura noche de tempestad, pudieron columbrar hipótesis que pronto pasaran a teorías y luego a hechos científicos indiscutidos "que les trajesen las gallinas", como dice la célebre fábula de Iriarte.

¡Imaginación e Intuición, palancas progreso¡ ¡Cuánto y cuánto no habéis divinas de todo humano sido escarnecidas por nuestros consabidos "cerdos de Epicuro", aquellos que se encuentran felices, como el dios Indra en el pantano cenagoso, o como el monstruo Fafner wagneriano, cubriendo con su vientre descomunal el robado tesoro de los Nibelungos! ¡Oh, noble don celeste, des. agradecido!... ¡Los mismos que, envidiosos por no poder poseeros, os escarnecen, son los primeros luego en buscaros en vano en el teatro vulgar, en la música callejera, en el amor egoísta, creyendo que, tras esos desprecios suicidas, van a poderos comprar con su dinero!

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