CAPITULO III.-
EL MÉTODO DE LA CABALA
Hablando del método de la
Cábala, uno de los antiguos Rabbis decía que si un ángel viniera a la Tierra
tendría que tomar la forma humana para poder conversar con el Ser Humano. El
curioso sistema simbólico que conocemos como Árbol de la Vida es una tentativa
para poner en forma diagramática cada una de las fuerzas y factores del Universo
Manifestado y el Alma Humana, para correlacionar una con otras y revelarlas como
en un mapa, mostrando las posiciones relativas en que puede considerarse cada
unidad y las relaciones entre ellas. En pocas palabras, el Árbol de la Vida es
un compendio de Ciencia, Filosofía, Psicología y Teología.
El estudiante de Cábala
trabaja exactamente en forma opuesta a la del estudiante de Ciencias Naturales.
Este último se forma conceptos abstractos. Es innecesario decir que antes de que
un concepto pueda ser analizado, es indispensable que haya sido compuesto.
Alguien tiene que haber pensado primero en los principios que están resumidos en
el símbolo que constituyen el objeto de la meditación del cabalista. ¿Quiénes
fueron, pues, los primeros cabalistas que idearon ese plan? Los Rabbis están
unánimemente de acuerdo en que fueron los ángeles. En otras palabras, que fueron
seres pertenecientes a otro reino de la Creación de la humanidad quienes dieron
al Pueblo Elegido su Cábala.
Para la mentalidad moderna
esto puede parecer tan absurdo como el cuento de que los niños nacen debajo de
las coles pero si estudiamos los muchos sistemas del misticismo que se conocen
en la religión comparada, encontraremos que todos los iluminados están de
acuerdo en ese punto. Todos los hombres y mujeres que hayan tenido una
experiencia práctica de la vida espiritual nos dirán lo mismo, esto es, que han
sido enseñados por Seres Divinos. Y seríamos muy tontos si negáramos el
testimonio de tan numerosos testigos, especialmente si nosotros mismos no hemos
tenido ninguna experiencia personal de los estados más elevados de la
conciencia.
Algunos psicólogos nos dirán
que los Ángeles de los Cabalistas y los dioses y los Manús de otros sistemas
(mitología, panteones, etc.) son nuestros propios complejos reprimidos.
Hay otros, de visión menos
estrecha, que nos dirán que esos seres divinos son las capacidades latentes que
existen en nosotros mismos. Para el místico devocional, este no es un punto que
tiene importancia. El obtiene resultados, y eso es lo único que le importa. Pero
el místico filosófico, el ocultista, piensa sobre la materia y llega a ciertas
conclusiones. Sin embargo, estas conclusiones sólo pueden ser comprendidas
cuando sabemos lo que quiere decir la realidad y podemos trazar una línea de
demarcación definida entre lo subjetivo y lo objetivo. Cualquiera que esté
familiarizado con los sistemas filosóficos convendrá que esto es pedir bastante.
Las escuelas indostánicas de
metafísica tienen sistemas de filosofía muy detallados y complicados que tratan
de definir estas ideas para que se pueda meditar sobre ellas, y aunque muchas
generaciones de videntes han dedicado toda su vida a esa tarea, los conceptos
siguen siendo todavía tan abstractos que sólo después de seguir un larguísimo
curso de la disciplina que en el Oriente se llama Yoga, puede la mente
comprenderlos.
El cabalista se pone a la obra
de una manera completamente distinta. Ni siquiera trata de elevar su mente en
alas de la metafísica hasta el enrarecido aire de la realidad abstracta, sino
que se formula un símbolo concreto que el ojo puede ver, para que él represente
la realidad abstracta que la mentalidad humana no puede concebir aún.
Sigue exactamente los
principios del álgebra. X representa una cantidad desconocida. Y la mitad de X,
y Z representa algo que conocemos. Si entonces empezamos a experimentar con Y
para encontrar su relación con Z, y en que proporción, pronto dejará de ser algo
completamente desconocido; habremos aprendido por lo menos algo acerca de Y, y
si somos lo suficientemente hábiles, al final podremos expresar a Y en término
de Z, y, luego, podremos comenzar a comprender X.
Existen muchos símbolos que se
emplean como objetos de meditación: la Cruz de la Cristiandad; los Dioses del
Antiguo Egipto, los símbolos fálicos de otras creencias. Los no iniciados
utilizaron estos símbolos como medios para concentrar la mente e introducir en
ella ciertos pensamientos, evocando así otras ideas relacionadas con aquellos y
estimulando determinados pensamientos. Sin embargo, el iniciado utiliza un
sistema simbólico diferentemente; lo que usa como un Algebra mediante la cual
podrá descubrir los secretos de las potencias desconocidas. En otras palabras,
usa el símbolo como medio para guiar el pensamiento hacia lo Invisible o
Incomprensible.
¿Cómo lo hace? Utilizando un
símbolo compuesto, porque un símbolo que fuera una unidad aislada no serviría
para su propósito. Al contemplar un símbolo compuesto como el Arbol de la Vida,
observa que hay relaciones definidas entre sus distintas partes. De alguna de
esas partes sabe algo; de otras puede intuir un poco, o quizás, para ponerlo en
otras palabras, puede adivinar algo deduciéndolo de los principios primitivos.
La mente salta así de algo conocido a algo desconocido, y, al hacerlo, atraviesa
cierta distancia, metafóricamente hablando. Es como un viajero que cruza el
desierto conociendo la situación de dos oasis y hace una marcha forzada entre
ambos. Jamás se habría atrevido a lanzarse al desierto partiendo del primer
oasis, si no hubiera conocido la situación del otro; pero al final de su jornada
no solamente conoce mucho más acerca de las características del segundo oasis,
sino que también ha podido observar el terreno que se encuentra entre ambos. Y
así, haciendo marchas forzadas entre oasis y oasis, adelante y atrás, a través
del desierto, va explorándolo gradualmente. Sin embargo, el desierto es incapaz
de sostener la vida.
Así ocurre también con el
sistema de notación de la Cábala. Las cosas que ofrece no son pensables y, sin
embargo, al ir de un símbolo a otro, se desenvuelve y piensa en ellos; y aunque
tengamos que contentarnos con mirar como a través de un cristal empañado, sin
embargo tenemos la esperanza de que, ultérrimamente, podremos ver las cosas cara
a cara, porque la mente humana se desarrolla con el ejercicio, crece, se
expande, y lo que al principio parece incomprensible como las matemáticas
superiores lo son para un niño que no puede ni sumar, finalmente se llega al
punto en que se alcanza la plena realización. Pensando sobre una cosa nos
formamos conceptos sobre ella.
Se dice que el pensamiento fue
la consecuencia del lenguaje y no el lenguaje el resultado del pensamiento. Lo
que las palabras son al pensamiento, son los símbolos a la intuición. Por
curioso que pueda parecer, el símbolo siempre precede a la elucidación. Y por
eso declaramos que la Cábala es un sistema en desenvolvimiento y no un monumento
histórico.
Actualmente se puede extraer
más de los símbolos cabalísticos que lo que era posible obtener en los tiempos
de la antigua dispensación, porque nuestro contenido mental es muchísimo más
rico en ideas. Por ejemplo, ¿cuánto más significa hoy el Sephirah Yesod, en el
que operan las fuerzas del crecimiento y la reproducción, para el biólogo, que
lo que significaba para el antiguo Rabbi? Todo lo que pertenece al crecimiento y
la reproducción está resumido en la Esfera de la Luna. Pero esta Esfera, tal
como se representa en el Árbol de la Vida, está situada en tal forma que tiene
otros senderos que llevan a otros Sephiroth. Por tanto, el cabalista biólogo
reconoce que debe hacer ciertas relaciones definidas entre las fuerzas resumidas
en Yesod y las representadas por los símbolos asignados a esos senderos.
Meditando sobre esos símbolos va obteniendo vislumbres de las revelaciones que
no se le manifestarían al considerar solamente el aspecto material de las cosas.
Y cuando llega al punto de elaborar esos vislumbres con el material de sus
estudios, descubre que allí se encuentran ocultas importantísimas claves. De
esta manera, en el Arbol de la Vida, una cosa lleva a la otra, y la explicación
de las causas ocultas surge de las proporciones y relaciones existentes entre
los varios símbolos individuales que componen este maravilloso jeroglífico
sintético.
Cada símbolo, sin embargo,
admite diferentes interpretaciones en los diferentes planos, y merced a sus
asociaciones astrológicas puede ser asociado con los dioses de cualquier
panteón, abriendo así nuevos y vastísimos campos de aplicación por los que la
mente puede viajar incesantemente, pues cada símbolo conduce a otro en una
ininterrumpida concatenación y asociación. Cada símbolo confirma a otro símbolo,
de la misma manera que la unión de todas las ramas al unirse en un jeroglífico
sintético, y cada uno de dichos símbolos es posible de interpretación en
cualquier plano en que la mente esté operando.
Este maravilloso y
omniabarcante jeroglífico del alma humana y del Universo, en virtud de su
asociación lógica de símbolos, evoca imágenes en la mente; pero estas imágenes
no se desenvuelven de cualquier manera, sino que siguen una línea de bien
definidas asociaciones en la Mente Universal. El símbolo del Árbol de la Vida es
a la Mente Universal lo que el sueño al Ego individual: un jeroglífico
sintetizado de la subconsciencia para representar las fuerzas ocultas.
El Universo, en realidad, es
una forma mental proyectada por la mente de Dios. El Árbol Cabalístico puede ser
comparado a una imagen onírica que surgiera de la subconsciencia de Dios y
dramatizara el contenido subconsciente de la actividad mental del Logos. El
Árbol de la Vida es la representación simbólica de la materia prima de la
conciencia divina y de los procesos merced a los cuales el Universo vino a la
existencia.
Sin embargo, el Árbol no
solamente se aplica al Macrocosmos sino también al Microcosmos, el que, como
saben todos los ocultistas, no es más que una replica del primero, en miniatura.
Por este motivo es posible la adivinación. Este arte tan mal interpretado y
profanado tiene como base filosófica el sistema de correspondencias representado
por los símbolos. Las correspondencias entre el alma del hombre y el Universo no
son arbitrarias, sino que surgen de identidades en desenvolvimiento. Ciertos
aspectos de la ciencia se desarrollan en respuesta a ciertas fases de la
evolución, y, por consiguiente, involucran los mismos principios, reaccionando,
por tanto, a las mismas influencias. El alma del ser humano es como un lago que
estuviera en comunicación con el mar por un canal subterráneo. Aunque según
todas las apariencias visibles el lago está rodeado de tierra y encerrado por
ella, sin embargo, su nivel suba o baja de acuerdo con el flujo y reflujo del
mar, a causa de esa comunicación subterránea. Y así pasa igualmente con la
conciencia humana. Existe una conexión entre cada alma individual y el Alma
Universal, profundamente oculta en las honduras de la subconsciencia, y, por
consiguiente, participamos del flujo y reflujo de las mareas cósmicas.
Cada símbolo del Árbol
representa una fuerza cósmica o un factor. Cada vez que la mente se concentra en
él, se pone en contacto con esa fuerza. En otras palabras, se crea un canal
superficial entre la mente consciente del individuo y la fuerza o factor
particular del alma universal, y por este canal superficial consciente pasan las
aguas del Océano a las del lago. El aspirante que utiliza el Árbol de la Vida
como símbolo de sus meditaciones va estableciendo punto por punto la unión entre
su alma y el Alma Universal. El resultado inmediato es un tremendo influjo de
energías en el alma individual; y justamente éste es el que confiere los poderes
mágicos.
Pero así como el Universo debe
ser gobernado por Dios, así también la compleja alma humana debe ser gobernada
por su dios: el Espíritu del hombre. El Yo Superior tiene que dominar su
universo, pues de lo contrario se produciría un desequilibrio energético: cada
factor regiría su propio aspecto y se produciría la guerra entre ellos. Entonces
tendríamos un gobierno de los Reyes de Edom, cuyos reinos eran las fuerzas
desorbitadas.
Es así como vemos en el Árbol
de la Vida un jeroglífico del alma del ser humano y del Universo; y en las
leyendas asociadas con él está la historia de la Evolución del Alma y el Sendero
de la Iniciación.