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CAPÍTULO VIGESIMOPRIMERO

Los médicos orientales curan con perfumes

Establecióse una vez en México un médico chino. Se contaban de él cosas maravillosas y tal vez debido a la atracción de su rareza y exotismo el hombre tenía una romería de clientes y, algo increíble, un éxito médico fabuloso.

Hacía tiempo que yo tenía deseos de ir a visitar al chino, pero titubeaba; tal vez podía intimidarse él con mi visita, dado mi carácter de médico oficial delegado de sanidad. No habiendo pensado en mandarlo llamar esperé la oportunidad favorable.

Pues bien, con un pretexto cualquiera, tuvimos una noche un gran banquete, como se acostumbra en México. Hubo profusión de todo, se comió y se bebió en abundancia. El resultado fue que a la mañana siguiente me sentí con un desarreglo gástrico, o para ser franco, contra mi costumbre, se me había pasado un poco la mano. Mi ayudante, guiñándome un ojo, me dijo: “Mi Coronel, ¿por qué no consulta al chino?”

Dios santo, pensé, ¡qué luminosa ideal Y dicho y hecho.

Me puse un vestido viejo, un sombrero igual y me dirigí a casa del curandero. Noté que no me había reconocido y me recibió despreocupado.

¿Qué tiene el señor?, me preguntó acentuando las palabras.

Pues, sí lo supiese, contesté, no habría venido a consultarle. Examíneme.

Me acercó una silla junto a la mesa, apoyó en ésta mi mano y me tomó el pulso, no en la forma que lo hacemos nosotros, sino aplicando el oído en mi mano. Me reía para mis adentros y pensaba: así vas a tener mucho que buscar. Mantuvo él esta posición por lo menos un cuarto de hora. Después se sentó muy tranquilo y con gran asombro mío dijo: “No es nada. El señor sólo tiene un desarreglo pasajero; mañana ya estará repuesto.”

Ya más confiado le entablé conversación. El buen chino conocía bien nuestra medicina occidental, pero creía mejores sus procedimientos y no veía motivos, para cambiar.

Terminado su diagnóstico, él tenía encendida una especie de lamparita de la que pronto comenzaron a salir vapores perfumados. Pregúntele qué era aquello, a lo que me respondió: “Es un inhalatorio. Aspire eso y pronto quedará sano y ahorra medicina.” “Sí, dije, experimentaré tu Osmoterapia.”

Contaba estar al día siguiente más o menos sano de mi desarreglo gástrico; pero lo interesante era que el chino empleaba mi sistema y por eso refiero aquí el caso.

En Berlín también tuvimos ocasión de conocer a un médico lama. Hace años practicaba aquí el lama Rintschen, encargado de vigilar y velar por los mongoles domiciliados. Trajo de Oriente su propia botica y no compró jamás un remedio alemán. También él curaba por los perfumes.

Esas personas no pensaron jamás ni aun adquiriendo el saber de nuestros médicos y en adoptar nuestros sistemas, como dice el doctor W. Filchner en su muy célebre obra sobre estudios orientales: “Conocer no siempre significa aceptar”. Me complace el haber conocido más de cerca cierta parte de esa obra admirable de Filchner, en manuscrito, que fue para mí, en varios puntos, el complemento del libro de Hübotter, “Contribuciones al conocimiento de la farmacología china, así como de la tibetomongólica” . Siempre recuerdo también las indicaciones de mí vecino W. A. Unkrig, a quien agradezco el haber tratado tantos problemas en el campo del lamaísmo, publicado algunos textos referentes a ellos y traducido del ruso y del chino disertaciones sobre esta materia. Los tesoros que tiene Unkrig de apuntes sobre los médicos orientales fueron para mí una fuente inagotable de aprendizaje y sentí vivamente cuando ese sabio que vivía a pocos pasos de mi casa fue llamado a ocupar un puesto en la Universidad de Francfurt. Me comunicó personalmente conocimientos para mí hasta entonces desconocidos en el terreno de las religiones orientales, especialmente del lamaísmo, y así pude profundizar y ampliar mis conocimientos que me habían proporcionado sus publicaciones.

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