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CAPÍTULO DÉCIMO

Fuerza curativa natural del organismo

Los médicos que se gradúan en nuestras escuelas no tienen más que un ideal, y es que, cuando obtengan el título, se puedan establecer provistos de todos los aparatos técnicos modernos en una parte céntrica de la capital o en uno de los pueblos principales de las provincias o Estados, Raros son los que se conforman con ir a un pueblo de segundo orden, pero ninguno, o por lo menos muy pocos, son capaces de sacrificarse e ir a un poblado aislado. Ahí se deja el cuidado de los enfermos a falsos practicantes, las más de las veces curanderos; y hay que confesarlo con honradez, que existen, por ejemplo, en América, curanderos indios a quienes hay que rendirles el sombrero.

Allá más lejos todavía de los poblados y rancherías, en las serranías, ni curanderos hay, y cuando se presentan casos graves quedan, como vulgarmente suele decirse, a la buena de Dios.

Cuando uno pasa por esos lugares, la gente del campo relata sus últimos apuros, y se ve que han habido casos de pulmonías, tifus, viruela, apendicitis, peritonitis, lesiones traumáticas, en fin, todas las enfermedades que vemos en los hospitales, y sin embargo, esa gente abandonada, ha sanado sola, mediante el impulso de la fuerza propia curativa del organismo.

A los animales les pasa igual, también enferman y se curan gracias a su propia naturaleza; los pobres animales se acomodan al sol, no comen, obedecen en suma al instinto, mucho más que nosotros a la intuición.

Recordemos a este respecto las palabras bíblicas, cuando dicen: “no sabéis que sois templo de Dios y que él mora en vosotros”.

Pues esa fuerza curativa propia puede llamarse un impulso divino y ese impulso en este caso es curativo.

Los médicos debemos contar siempre con esa fuerza reactiva, guiarla, mas nunca pretender reemplazarla por los medicamentos.

Sí observamos nuestra propia naturaleza a diario, veremos fenómenos que, por lo a menudo que se presentan, no nos llaman la atención.

Estamos sentados junto a la ventanilla de un tren y de pronto se nos mete en un ojo un pedacito de carbón procedente del humo de la locomotora, instantáneamente nuestro ojo queda bañado en lágrimas que tratan de expulsar hacia el exterior el pedacito de carbón para evitar la sensación molesta que nos ocasiona el cuerpo extraño; nos entra polvo en la nariz, inmediatamente se produce el estornudo expulsor del elemento perturbador; cuando en el campo de batalla el soldado recibe un balazo que no puede después ser extraído, el proyectil va quedando envuelto poco a poco por unas secreciones calcáreas que terminan por hacerlo inofensivo a nuestro organismo. Podríamos seguir citando una cantidad de ejemplos para explicar la fuerza de la naturaleza que se presenta de una forma tan sencilla, pero queremos mencionar un fenómeno más complejo. Nosotros tenemos dentro del organismo una especie de ejército que combate a los elementos nocivos y cura así muchas de nuestras enfermedades, son los glóbulos blancos, los llamados fagocitos, que acuden como al mando de inteligentes oficiales a comerse (por eso se llaman fagocitos) los gérmenes nocivos.

Todos estos fenómenos no dependen de nuestra voluntad, sino que están supeditados a algo espiritual dentro de nosotros, porque el impulso mismo en su esencia íntima no puede ser material, no puede ser explicado por leyes de quimiotaxia o de mecánica, es algo divino.

Lo que sabemos es que ese esfuerzo propio curativo disminuye con una vida antinatural, anormal, se apoca con nuestros vicios, cuando ingerimos venenos por vía bucal o por medio de inyecciones so pretexto de curar las enfermedades. El hígado es capaz de retener hasta un litro de sangre y substraerla de la circulación en afecciones cardíacas, y así salva a muchas gentes de una muerte repentina. Estas observaciones que son recientes han obligado a los médicos a cambiar radicalmente ciertos tratamientos en las enfermedades del corazón; ¡qué tarde descubrieron que habían hecho mal!

Curioso es el fenómeno que, estando el hombre en las regiones árticas o en las cercanías de una caldera de vapor, al atravesar la región del Ecuador, donde en el primer caso se tienen muchas veces temperaturas de 5º grados bajo cero y en el último 85 grados sobre el punto de congelación, el cuerpo permanece inalterable a 37 grados poco más o menos, esto puede muy bien explicarse por la acción del subconsciente o del alma humana.

Antes considerábamos la fiebre como una enfermedad, y fueron los naturistas los que por muchos decenios predicaban que la fiebre constituía otro impulso del organismo para deshacerse de las enfermedades, es decir, para curar el organismo. La Osmoterapia ofrece un medio de una importancia incalculable para impulsar la fuerza curativa propia y ésta se manifiesta también en que actúa sobre el carácter, sobre el modo de ser del enfermo.

En la práctica diaria nos encontramos con pacientes que derraman lágrimas cuando nos refieren los síntomas de su enfermedad.

Otros son diferentes, no se emocionan a pesar de la gravedad de la enfermedad que sufren; los hay que son irascibles, se enojan cuando el médico no les da la respuesta que ellos esperan; susto, angustia, agitación del corazón, son síntomas característicos, unos tienen lasitud y otros postración.

Durante la enfermedad se acentúa más este modo de ser y nos aflige el comportamiento de los pacientes al tomar con disgusto el remedio. ¡Cómo nos satisface cuando lo toman con cierta alegría y fe! Cuando insistimos a los mismos enfermos queriéndoles sugerir el factor fe, nos contestan: “Ay, no puedo, soy así, es mí modo de ser”; y realmente así son, si los estudiamos veremos que es cuestión de carácter y temperamento,

Las investigaciones experimentales de la psicología moderna provocadas con gusto, con olores, ruidos, tonos y colores, ban logrado provocar reacciones efectivas. Podríamos citar a Brunswick, a Leontíevx, o también la obra de A. Lehmann (Grundgesetze des menschlihen Gefühleslebens) . Muchos de estos psicólogos aceptan a Freud y creen que el carácter sea debido a deseos sexuales no satisfechos durante la época de la pubertad. Esto nos lleva a la siguiente consideración: Los perfumes habituales del comercio a base generalmente de almizcle excitan más la imaginación y las glándulas endocrinas; en el sentido sexual ayudan, pues, a descomponer el carácter y apocan la fuerza curativa propia del organismo. Sería, pues, recomendable a los padres que elijan prudentemente el perfume que usan.

Concretamente, en las enfermedades, como han probado las experiencias psicotécnicas, la Osmoterapia ofrece a todos los tratamientos médicos una ayuda grandiosa, por ser las esencias osmoterapéuticas las mejores impulsoras de la fuerza curativa propia del organismo.

Recomiendo a los alópatas, homeópatas, naturistas, a todas las escuelas médicas, que experimenten unida a sus tratamientos la Osmoterapia y pueden estar seguros de su mayor éxito. Por otro lado, llamo la atención a los perfumistas de la inmensa responsabilidad que pesa sobre ellos y que se percaten de los efectos excitantes o sedantes de las substancias que usan.

En la práctica diaria han quedado maravillados muchos padres quejándose del carácter de sus niños, ya sea por la falta de atención en el colegio o en su comportamiento en la calle, o en la casa, al aplicar nuestros perfumes.

Ya volveré sobre esto.

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