Gnosis Instituto Cultural Quetzalcóatl

Gnosis ICQ en: English | Francais:

CAPÍTULO SÉPTIMO

Significado del empleo y del comercio de sahumerios y perfumes en la antigüedad y en la Edad Media

Para la recolección de las flores y la fabricación de esos perfumatorios son observadas estrictamente las constelaciones de los astros y sobre todo la marcha de la luna, a fin de prepararnos en el tiempo y fechas exactas. Los campesinos de España y de íberoamérica saben mucho de esas cosas. De paso podemos recordar la liturgia de la iglesia católica romana para darnos una idea del uso del incienso en la Santa Misa. En muchos pueblos de ultramar, sobre todo, los católicos llevan sus enfermos a Misa para curarlos, lavándolos con agua bendita y pidiendo al sacerdote oficiante que le bendiga con incienso. Eso entre sus antepasados se hacía siempre y servía de sortilegio.

No hay pueblo primitivo, ya sea en el África, en las estepas argentinas, en las islas del Mar del Sur o en el norte de Siberia y sobre todo en la América Central y México, entre los que no se encuentren hechiceros o magos que transmiten de padre a hijo el secreto de la preparación de esencias y sahumerios y que ejercen su especial y lucrativa profesión de curanderos.

Son, pues, valores de todos los pueblos primitivos, de los que no debemos reírnos, sino aprovecharlos, llevándolos en lo posible a un nivel científico y aplicándolos en beneficio de nuestros contemporáneos.

Los sacerdotes españoles que otrora avanzaron con los conquistadores de México, destruyeron muchos documentos de aquella civilización. Sin embargo, la rica literatura transmitida por el devoto padre Sahagún y otros, nos proporciona informaciones fidedignas respecto a la preparación de las esencias y sahumerios en aquellas misteriosas partes de América.

Cuando la naturaleza es pródiga no hay que ser avaro con sus dones, y por cierto que eso no acontecía en México, y sobre todo en Oriente, pues está probado, históricamente, que en el entierro de Herodes cinco mil esclavos iban delante del cortejo llenando el espacio de sahumerios, vapores y perfumes.

Por el Nuevo Testamento sabemos que la bella pecadora María Magdalena lavó los pies del Señor con bálsamo y que los secó con su cabellera. Y por los Proverbios del Antiguo Testamento nos enteramos de que Judith friccionó el rostro con ungüentos aromáticos.

Los fenicios, artistas en la preparación de tales medíos, se lo enseñaron a los griegos y hoy, al viajar por las montañas que el sol de Homero iluminó, vemos una flora natural magnífica, especial para esos fines. Los griegos, que siempre procuraban importar lo mejor de otros países, sacaron mucho y aprovecharon ese arte de los egipcios. En los cantos de Homero, Hera es friccionada con óleo aromático. Basta recordar las leyendas griegas de la creación de la diosa olímpica Perséfone, la historia de los viajes y andanzas de Hércules y Ulises, para ver cómo en todo, aquí y allí los griegos impregnaban de hierbas aromáticas no sólo sus vestiduras, sino hasta los muebles. Por la Ilíada sabemos que Hera se perfumaba con esencias especialísimas para atraer a Zeus, el gran dios. Hasta se conservan en los nombres de ciertos perfumes los de productos helénicos. Puede decirse que en aquel tiempo cada una de las islas griegas se hizo célebre por un olor especial de su fabricación, lo que se fue transfiriendo, de tierra en tierra, como instrumento de cambio.

Uno de los mayores exportadores en la especialidad de esencias fue la Arabia. Su cielo siempre azul que durante ocho meses da en las montañas libre acceso al sol, y que marca a la sombra una temperatura de 45 grados, difunde durante toda la noche un extraordinario rocío que influencia especialmente en las flores con un olor fuerte. Existen ahí florestas enteras de una especie determinada de enebro; ahí crecía el raro “Adenium obesum”. Es imposible fabricar en el resto del mundo incienso tan perfumado como el de esos prados tropicales. De cuán valioso era, por otro lado, el consumo del producto árabe, colíguese de informaciones interesantísimas de un escritor coetáneo, el cual evaluaba el gasto de sahumerios y defumatorios que Nerón había gastado en el entierro de Popea Sabina, su esposa, muerta el año 65 d. J., en toda la producción de Arabia podía proporcionar en un año entero. Pensemos ahora en que Arabia mantenía una gran flota. De Arabia se llevaron después los moros norteafricanos las esencias a España, de cuyas bibliotecas podríamos copiar innumerables recetas de su voluminosa literatura. De España mu¬chas de esas cosas pasaron a la América Latina llevadas por los misioneros, y juntándose allí con las recetas de los aborígenes tenemos hoy, aun cuando algo confusas, una valiosa fuente de investigación que nos ilustra sobre el intercambio entre Europa y América, en asunto tan especialísimo.

Es imposible poder fijar los límites entre la leyenda y las primeras manifestaciones de la historia. En México, India, Grecia y la antigua Roma, encontramos innumerables leyendas y cuentos en los que se refieren curaciones de enfermos por medio de vapores y sahumerios, y de ahí puede desprenderse que esa práctica no es de ahora sino de todos los tiempos. En todos los países citados, no solamente en los templos, sino en las casas particulares se colocaban vasijas con plantas aromáticas para procurar con ellas la curación de los enfermos y alejar sus achaques, esto es, estimular el interior del organismo para su propia curación. El que no haya permanecido, ni se haya desenvuelto hasta hoy esas actividades se explica así: Los pueblos de esas épocas combatían en la arena religiosa por sus intereses económicos; desterraron, más o menos, el empleo de los defumatoríos, y así obscurecieron en lo íntimo la comprensión de sus fuerzas curativas que ahora tratamos de reconstruir.

Así como los sacerdotes describieron su olimpo con todas las sobreexcelencias de su propio gusto, así tampoco se olvidó Mahoma de mencionar que los lindos cuerpos de las huríes de ojos negros eran hechos del más puro almizcle y por eso envolvían a Alá en su paraíso. El Sultán Saladino ordenó que las paredes de las mezquitas fuesen lavadas con agua de rosas y esa orden se conserva aún hoy día como un hábito.

Se protegían con todo esmero ciertas especies de materias fragantes y ciertos perfumes: Plinio, en el año 65 a. J., habla de persecuciones por causa de falsificaciones de ciertos productos aromáticos.

Más tarde, vemos que los Estados monopolizan el comercio de las esencias, rindiendo en esa época el impuesto tanto como hoy el monopolio del tabaco y del alcohol. Un ejemplo fehaciente lo tenemos actualmente en Bulgaria con la fabricación y exportación de esencia de rosas.

Así como en la Edad Medía los magos y astrólogos tenían un lugar oficial en las cortes, para indicar a los señores con datos astrológicos el posible porvenir, o actuar sobre ellos, suavizándoles las desarmonías de la sensibilidad, así también había perfumistas que, llegada la ocasión, debían preparar la esencia adecuada para las recepciones. Mas no siempre estas cosas, que deberían haber sido sagradas, se empleaban con buen fin. Vemos así que Catalina de Médici, esposa de Enrique II de Francia, se valió de esencias venenosas que ocultaba en su guante para tenerlas a mano y ahuyentar a un adversario o un adorador que no aceptaba. Luis XV tenía un olfato tan especial que exigía que su cuarto fuese perfumado todos los días con una esencia distinta.

No siempre un olor drásticamente desagradable es causa de daños en la salud; por otra parte, puede, presentando síntomas que puedan relacionarse a él, ser gran peligro para la salud y en tales casos deben servir de alerta.

Se sabe que los vellitos cercanos a los nudos de la caña de la mayor parte de nuestros bambúes son aplicados por muchos salvajes con fines criminales. Se pican los vellitos con cuchillos bien afilados durante horas, secándolos después sobre piedras calientes por espacio de días enteros. Las fibritas, bien picadas al ínfimo tamaño, se curvan en gancho y en ese estado se mezclan, con instinto asesino, a los alimentos de un enemigo odiado. Éstas se enganchan a las paredes de los intestinos, los alimentos siguientes las arrastran e impelen; los intestinos sangran y ya después de la primera deposición de la comida fatal aparece la sangre. Sigue la supuración del canal digestivo y de la dosis suministrada y del número de repeticiones, depende que la víctima muera de esa desgracia a los pocos días, o hasta tres años más tarde. Cabe decir que los alimentos con esa mezcla fatal toman un olor especialmente desagradable, de forma que el que conoce este procedimiento se da cuenta inmediatamente. En Colombia, entre Cali e Ibague, existen bambusales paradisíacamente hermosos. En un viaje que hice por ese edén, mi mujer me llamó la atención hacia la belleza de los bambúes, le conté esa relación y pronto tuvimos oportunidad de lidiar con tales enfermos; desgraciadamente, la mayor parte de ellos estaban irremediablemente perdidos.

En la América Latina, los hechiceros se valen de todas las substancias posibles como portadoras de venenos; las más de las veces cenizas, otras sal, y hasta jabón. La víctima recibe de regalo una pastilla de jabón y poco después enferma con su uso.

Antiguamente ya se conocía el jabón de lavar; sin embargo, sólo después de 1713 se vieron en el comercio los primeros productos olorosos que constituyen hoy una industria universal. Ya dijimos que en el Tibet se colocan sobre el altar en lugar de las esencias prescritas para el culto substitutos en forma de jabones perfumados, de fabricación inglesa; y así en los últimos tiempos, los americanos dieron con una idea completamente nueva. Esto lo encontramos en un recorte de una revista; se describe en ella un nuevo truco comercial americano: “Sale with smell” (venta con perfume), y es natural que el olor ha de ser bien agradable. Después que las estadísticas establecieron, según observaciones hechas en todos los ramos importantes, que los clientes compran de preferencia las cosas de perfume agradable, fue de lo más natural aprovechar prácticamente esta verificación. El perfumista ganó inmensamente en muchos ramos. Tuvo que luchar ardientemente para conseguir dar a las mercaderías un perfume agradable. Artículos de caucho, de toda clase, que antes tenían un olor desagradable, traían de súbito olor a violetas y rosas. Los tejidos de olor azumagado o a quemado tomaban olor a perfume. Hasta los envoltorios en que los grandes almacenistas de víveres venden sus géneros toman delicioso olor. Con él se va el olor desagradable de la tinta de imprimir. Las medías de seda, el cuero y el papel para los más importantes “magazines” deben tener ahora buen olor. Nadie sabe todavía cuánto va a perdurar esa moda. Para muchos productos tratase de una moda permanente. Sin embargo, la mejor idea fue la de una firma contra incendio que esparció reclamos con olor a madera quemada.

Los fumadores saben que el gusto del tabaco mexicano es un tanto acre y el aroma, principalmente en ciertos tabacos habanos, no priva sobre todo si se les compara con los cigarrillos manufacturados en el Estado de Veracruz. ¿Cómo proceden en eso los indios? Preparada una especie de esencia de las más finas hojas del mejor tabaco la derraman en pañuelito y lo depositan en una caja llena de variedades inferiores. Los cigarrillos así tratados mejoran tanto que bien pueden comparárseles a los más finos habanos. Ese proceso debería ser recomendado al fumador mismo, ya que todo se podría perfumar al contacto con la cigarrera.

Un corifeo de la ciencia internacional, el Profesor Ballestero, de la Universidad de Madrid, dio hace poco en Berlín una interesante conferencia. Habló acerca del descubrimiento del Nuevo Mundo que fue forjado en la península ibérica e investigó las profundas causas económicas latentes en la búsqueda de un camino a las Indias. La India era el principal proveedor de toda clase de aromas y especias. El interés por esas cosas, entre las que se incluyen naturalmente las materias primas para defumantes y esencias, fue tan extraordinario que no podía ser satisfecho por las vías normales de navegación ni por las caravanas de esa época. Se vieron obligados a buscar nuevos caminos y tierras productoras para traer a Occidente especias en mayor escala.

Al principio no fue sólo la caza del oro el estímulo para los grandes descubrimientos. Se sabe que habían en ese tiempo grandes especieros que reunían todos los medios para armar navíos y enganchar a osados navegantes capaces de arriesgar sus vidas por los planes fantásticos de aquella época. Se sabe también que no hay que dejar como de las últimas causas invocadas para el descubrimiento de América el ir a buscar una fuente de nuevas esencias, y para ello de las rutas indispensables. Es verdad que junto con las nuevas tierras se hallaron muchas materias primas de esas especias; y, entretanto, el oro y el ansia de obtenerlo cada vez en mayor cantidad, fue sofocado en los inmigrantes todos los buenos gérmenes, aniquiló la secular cultura y promovió hecatombes de vidas humanas.

Índice | Introducción | Capítulo 1 | 2 | 3 | 4 | 5 | 6 | 7 | 8 | 9 | 10 | 11 | 12 | 13 | 14 | 15 | 16 | 17 | 18 | 19 | 20 | 21 | 22 | 23 | 24 | 25 | Libro en: Word |Texto | Pdf | Zip | Advertencia Médica