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CAPÍTULO DECIMONOVENO

Reflejoterapia

No quiero escribir este libro sin mencionar a Asuero, para mí tan dura e injustamente combatido por sus propios colegas. Hay que recordar que Voltolini, Hack, Koblanck y muchos otros médicos aplicaron durante la guerra mundial el método que más tarde tomó el nombre del doctor Asuero, quien no sólo lo popularizó, sino que fue mártir del mismo, ya que sus colegas en la Argentina con su intolerancia, le llevaron a la cárcel por el sólo motivo de no haber legalizado sus títulos al visitar la República del Plata.

El método Asuero sigue aplicándose en la América Latina con verdadero éxito, no así en España. Nadie es profeta en su tierra; pero tiempo vendrá en que se hará justicia a este sistema y será nuevamente empleado, no como una moda pasajera, sino como uno de tantos métodos clínicos aplicable en ciertos casos dados.

Nosotros, aparte de reconocer los méritos del doctor Asuero, le agradecemos el haber llamado la atención sobre la importancia de la nariz, órgano de la sensación olfativa, como medio para realizar maravillosas curaciones.

Nuestro gran, aunque desgraciadamente poco apreciado sabio, doctor Flíess, profesor de la Universidad de Berlín, fundador de la teoría de la periodicidad del proceso vital, fue quien últimamente en su obra sobre la neurosis nasal refleja y después en sus libros sobre las relaciones entre la nariz y los órganos sexuales femeninos, dijo el primer indicio para el asunto que aquí tratamos.

Vino, mucho después, Bonnier, en Francia, quien nos indicó la centroterapia, que fue causa del extraordinario éxito obtenido más tarde por el doctor español Asuero con su reflejoterapia. ¿Qué era esto, en realidad? Los médicos tienen sus ideas especiales a ese respecto, pero ese libro no está escrito exclusivamente para los médicos, va dirigido al público en general y a él nos dirigimos. Todo el mundo de habla española supo de Asuero.

Se presentó un día al consultorio de este médico una enferma de varices muy avanzada. Asuero le dijo, después de reconocerla, que sufría también de la nariz. “Lo primero que tenemos que hacerle, continuó el doctor, es ablandarle ese pólipo que tiene en la nariz.” Sin más, Asuero la operó y tuvo necesidad de hacerle una cauterización. En el transcurso de esta operación tocó el trigémino.

La enferma volvió a los pocos días de la operación y lo primero que manifestó al doctor fue que las varices le habían desaparecido por completo. “¡Eureka!”, se dijo Asuero, “debe de existir una relación entre la operación de la nariz y las varices”. Se acordó de las experiencias de Bonnier y desde el día siguiente introdujo un estilete candente en la nariz de todos los enfermos que le visitaban.

San Sebastián, el puerto español donde Asuero tenía su consultorio, se tornó en poco tiempo en una Meca de todos los paralíticos ciegos y sordos de España, y no sólo eso, sino que muchos centenares de personas atravesaron el Atlántico y acudieron desde América que acudían a ser Asuerizadas por el médico cuyo método se había difundido amplia y rápidamente.

Me encontraba yo dando una serie de conferencias en la América del Sur, cuando los periódicos empezaron a hablar de las curaciones maravillosas del doctor Asuero. Contagiados por la eterna sugestión todos los médicos comenzaron allá a ensayar y más tarde emplearon el método de Asuero. Durante muchos meses no hubo paciente que no fuera examinado en las ambulancias por médicos para ver si tenía en ellos aplicación el nuevo sistema.

El alcalde mayor de una ciudad argentina, médico también, lleno de curiosidad me preguntó sí yo sabía algo de esto, y le dije que durante la gran guerra había visto usar este sistema y entonces me pidió que hiciera la primera de estas operaciones en el hospital de la ciudad. Una mujer paralítica que desde hacía diez años era, una carga para el hospital, fue la primera que recibió de mis manos la espátula candente dentro de la nariz. Yo no podía negarme a mí amigo el alcalde y, sin embargo, me retiré escéptico del hospital. Tenía mis dudas.

Al día siguiente me llaman por teléfono pidiéndome que me trasladase al hospital. “¡Bonita cosa!, pensé yo, anoche quemaste la nariz a esa pobre mujer sólo por complacer al alcalde y ahora tienes que ver cómo saldrás del embrollo.”

En expectativa de lo que pudiera encontrarme al llegar al hospital, puse en marcha mi coche. Apenas había llegado a la puerta del hospital cuando, ¡oh sorpresa!, se adelanta la pobre ex paralítica y con lágrimas en los ojos me agradece la curación. Estaba radicalmente sana y después de años pude informarme que no hubo ninguna recaída.

Ese y otros prodigios semejantes se registraron por doquier, y por lo tanto siguió una verdadera asueromanía. Luego, entre los médicos, cada cual quería dar al asunto un sello personal y ofrecer algo diferente, y así se encontró la variante más inimaginable del sistema. No hablo de España; entonces estaba yo en América. En el interior de Bolivia encontré un curandero quien no usaba la espátula candente, sino que se servía de una especie de palito y como sustancia cáustica empleaba esencias olorosas. Con el tiempo el palito quedaba sucio, inmundo, y en broma le dije que era más fácil meter el frasco bajo la nariz del paciente.

Después me informó que siguiendo mí indicación había obtenido el mismo resultado. Entonces me dije: que todo esto no era más que sugestión, y años más tarde reaccioné y dije: “Puede que haya algo de sugestión, pero el hecho es que se han curado tantos miles de personas”, acordándome entonces de los estudios de Fliess y comprobé que la nariz no sólo tiene relación con los órganos sexuales, sino que tiene que ver con todo el cuerpo.

Entusiasmado proseguí en mis estudios respecto a la Osmoterapia. En mí laboratorio preparé nuevos extractos y perfumes y vi que el ramo de la perfumería tan extendido por el mundo entero, tenía un aspecto nuevo, desconocido. Los perfumes ya no eran para mí solamente artículos de lujo, sino también remedios magníficos. Presentí que había dado con algo de mucho alcance y porvenir.

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