Gnosis Instituto Cultural Quetzalcóatl

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Libro: Tiempo Azul

Capítulo 14. El Maestro Chino Tieh Shan

Capítulo 14. El Maestro Chino Tieh Shan

[Biografía original en: Mi Regreso al Tíbet. Samael Aun Weor].

El maestro Tieh Shan empieza señalándonos cuán importante es iniciarse en las enseñanzas gnósticas, pero cuando las realizamos con entusiasmo y fe, como lo hizo él desde los trece años. Al mencionar que a los dieciocho ingresa al sacerdocio, quiere indicarnos que debe nacer en nosotros el anhelo por ayudar a nuestros semejantes y la imperiosa necesidad de prepararnos para ello.

Explica, con su propia vida, la urgente tarea de no perder jamás la capacidad de asombro, pues ésta es muy necesaria para avanzar en este camino, por ejemplo, si estamos en el mundo astral o de los sueños y vemos un cocodrilo platicando con nosotros, podríamos saber que nos encontramos, efectivamente, en astral, si esta facultad estuviera presente en nosotros.

«En principio, el niño no ha perdido todavía la capacidad de asombro. Obviamente, se asombra ante cualquier fenómeno: Un hermoso juguete despierta en él ese asombro; y se divierten los niños con sus juguetes. Mas, conforme va creciendo, conforme su mente sensual va recibiendo datos de la escuela, del colegio, la capacidad de asombro va desapareciendo, y al fin, llega el instante en que el niño se convierte en joven, y el joven ya ha perdido por completo esa capacidad.» [Samael Aun Weor. La Organización de la Psiquis y la Intuición].

Esto nos lo explica comentándonos que un día leyó un ensayo de otro monje, llamado “Meditaciones avanzadas”, estando en ese estado de asombro, y siendo muy modesto, reconoció que no había llegado a ese nivel. Debemos imitar esta actitud, por ejemplo, cuando realizamos alguna lectura de la gnosis, debemos realizarla como si fuera la primera vez que lo hacemos, sin comparaciones ni preconceptos.

Se puso, con mucho entusiasmo y tesón, a trabajar con el mantram Wu, insistiéndole uno de sus maestros que lo hiciera día y noche poniendo toda la voluntad. De igual manera, nosotros debemos hacer nuestras meditaciones.

Varios días después de que siguiera al pie de la letra estas instrucciones, se le presentó el Hua Tou (el sonido mágico Wu) al levantarse, lo acompañó en todas sus actividades cotidianas (el trabajo esotérico gnóstico, consiste en la transformación de cada instante de la vida, no sólo en la meditación, sino cuando comemos, caminamos, trabajamos, etc.), comenta esta realidad diciendo: “Si uno logra fundir su mente en un todo continuo y homogéneo, la iluminación está asegurada”.

Una enseñanza trascendental, que recibiera de uno de sus maestros (el maestro Yen), fue cuando convocó a todos sus discípulos y los incitó a que trabajaran con gran ahínco en el estado de alerta novedad, alerta percepción, el cual los estudiantes gnósticos debemos lograr en el día a día. Entonces les dijo: “Sentaos erguidos, refrescad vuestras mentes como si estuvierais al borde de un precipicio de diez mil pies y concentraros en vuestro Hua Tou” (La palabra mágica Wu).

La tarea era trabajar en este estado durante la meditación y cada segundo de la vida, que se propusieran hacer esta labor en siete días sin fallar un segundo. El maestro Tieh Shan realizó el trabajo indicado. Al tercer día sintió como si su cuerpo flotara en el aire; al cuarto, como inconsciente del mundo (de las cosas vanas de la vida. Subsecuentemente, sintió en cada actividad su mente serena, llegó el momento en que parecía que su cuerpo se dividía desde la coronilla hasta los pies, que su cráneo hubiera sido roto, como si lo hubieran levantado hasta los cielos desde un pozo de diez mil pies.

Al contarle Tieh Shan a su maestro Yen su experiencia, la respuesta no fue la que muchos desearíamos escuchar. Le dijo que no era eso lo que se buscaba, que debía seguir trabajando. Esta enseñanza que nos dejan es muy importante, a pesar de que se dio hace cientos de años en alguna parte de China, tiene bastante actualidad.

Primero, porque somos cientos los estudiantes de gnosis que anhelamos que nos digan que vamos bien, aunque estemos por la calle de la amargura; también que muchas veces nuestra fantasía proyecta algunas cosas bonitas, pero que, realmente, no es lo que se busca; finalmente, la experiencia que se necesita tiene muchos niveles y suponer que hemos logrado la meta es, ciertamente, estancarse.

Aún más, el maestro Yen le citó unas palabras con la finalidad de que siguiera ahondando: “Para propagar y glorificar las nobles hazañas de los Budas y los Patriarcas te hace falta recibir un buen martillazo en la nuca”.

Parecía no tener concordancia con el trabajo interior, había una ligera duda en su mente, pero esto no lo detuvo y trabajó, precisamente, con esa respuesta en su meditación durante más de seis meses. Un día preparando un té para menguar un dolor de cabeza que tenía, sin ni siquiera estar en meditación, logró descifrar una frase enigmática (Koan) con la que fuera recibido hace mucho tiempo, cuando iniciaba este camino: “Si devuelves tus huesos a tu padre y tu carne a tu madre ¿dónde, entonces, estarás tú?”.

Son cosas que jamás la mente resolverá, que el intelecto no tendrá nunca respuesta alguna. Sin embargo, en ese momento estaba resuelto, sabía la respuesta, aunque es imposible que pudiera transmitirla, estaba muy entusiasmado y con esa emoción fue con el maestro Meng Shang, el cual le preguntó: ¿Cuándo y dónde podemos considerar que ha terminado nuestro trabajo Zen?

No supo contestar, siendo muy respetuoso (como deberíamos ser nosotros), esperó orientación del maestro y él le insistió que debería trabajar con más fuerza espiritual en la meditación (llamado Dyana en sánscrito), que es urgente dejar a un lado los pensamientos humanos habituales.

Surgió entonces una enseñanza que deberíamos tomar muy en cuenta, sobre todo en estos días de tanto esoterismo falso, y es que cada vez que entraba a la habitación del maestro con el propósito de comentarle de sus avances, la respuesta era que no había entendido nada, dando a entender que el trabajo tiene muchos niveles que alcanzar.

Tieh Shan avanzó bastante en la meditación, hasta llegar al estado de profunda sutileza. Inmediatamente, se dirigió hacia su maestro para contarle ese avance y recibió como respuesta una frase enigmática (Koan): ¿cuál es tu rostro original? Quiso contestar, pero el maestro lo hecho para fuera; cosa que no le mortificó, continúo trabajando, mejorando cada día.

Se dio cuenta que no había puesto atención en aspectos delicados y sutiles, esto, precisamente, le había presentado dificultades en los trabajos anteriores. El que el maestro nos platique acerca de esto es un señalamiento para todos nosotros, que debemos ir sin ansiedad, que hay que ir, paso a paso, disfrutando el camino, sin querer estar ya en la meta.

Nunca perdió la gratitud, nuevamente nos dice que nosotros tampoco debemos perderla, se sintió inmensamente afortunado por el maestro que tenía y los conocimientos que le otorgaba, así mismo, nosotros debemos amar la gnosis, abrazarla con todo el corazón, ser uno con ella.

«Debemos cultivar la gratitud, porque la ingratitud y la traición se hermanan.» [Samael Aun Weor. Rosa Ígnea].

Escena tallada en roca, donde puede observarse el respeto y veneración que debe tenerse a las cosas sagradas. Zona Arqueológica de Palenque Chiapas. México. Cultura Maya.

Escena tallada en roca, donde puede observarse el respeto y veneración que debe tenerse a las cosas sagradas. Zona Arqueológica de Palenque Chiapas. México. Cultura Maya.

Entonces entendió que la perfección no tiene límites ni orillas; que si se trabaja incesante e insistentemente siempre se podrá lograr algo más. Entonces su maestro le enseñó que la labor era como pulir una perla, cuanto más se pule, más brillante se hace. Toda la vida el discípulo se puede pasar puliendo la perla (meditando para conseguir el silencio mental), siempre tendrá algo más que hacer; por ello es que el maestro siempre le decía que le faltaba algo.

Siguió el maestro Tieh Shan trabajando, de forma ardua, en la meditación. Un día, estando en profunda concentración, se le presentó la palabra “faltar” y sintió que su cuerpo y mente se abrían en forma total, desde lo más profundo de su ser, como si una montaña antigua de arena se disolviera, de repente, bajo el sol ardiente, después de varios días oscuros…

Entonces Tieh Shan se rio a carcajadas, saltó de su asiento, tomó el brazo de su maestro preguntándole: ¿Qué me hace falta? El maestro Meng Shan lo abofeteó tres veces y le dijo: “Oh, Tieh Shan, has tardado muchos años en llegar a este punto”.

La perfección no tiene límites ni orillas jamás, pues la perfección es la misma divinidad, ¿Quién podría ponerle límites a Dios? El trabajo en la meditación es para siempre, la meditación y la vida deben fusionarse en una sola cosa.