Gnosis Instituto Cultural Quetzalcóatl

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Libro: Tiempo Azul

Capítulo 13. El Maestro Meng Shan

Capítulo 13. El Maestro Meng Shan

[Biografía original en: Curso Esotérico de Magia Rúnica. Samael Aun Weor].

Un despliegue de enseñanzas trascendentales encontramos en la autobiografía del maestro Meng Shan; comienza comentándonos que inició su camino en estas enseñanzas antes de los veinte años, dándonos a entender, de este modo, que para la gnosis no existe edad, ya que ella está dirigida para el alma y ésta no tiene edad.

 Luego, nos advierte que la iluminación no se trata de cambios que puedan sucederse de la noche a la mañana, sino que es el resultado de arduos años de trabajo sobre sí mismos. Es muy enfático en que se requieren disciplinas durante toda la vida y así lo confirma al decirnos que tan sólo para iniciar el camino permaneció doce años bajo la tutela de dieciocho ancianos sabios; esto nos recuerda que, en Egipto, se duraba por lo menos siete años en el grado de aprendiz en el conocimiento de la gnosis.

Insiste el maestro, al igual que otros, que la humildad es una herramienta fundamental para el aprendizaje, si suponemos que ya sabemos se imposibilita el aprender más; es por ello que nos dice que con gran sencillez siguió su aprendizaje bajo la dirección de un anciano venerable de nombre Wan Shan, el cual le enseñó el poderoso mantram Wu, indicándole que lo hiciera como el aúllo del huracán en la garganta de las montañas.

«Sed humildes para alcanzar la sabiduría y después de alcanzada sed todavía más humildes.» [Samael Aun Weor. El Libro Amarillo].

Las sandalias nos indican que hay que pisar firme, no envanecerse, ser humilde. Zona Arqueológica de Palenque Chiapas. México. Cultura Maya.

Las sandalias nos indican que hay que pisar firme, no envanecerse, ser humilde. Zona Arqueológica de Palenque Chiapas. México. Cultura Maya.

Este anciano y sabio maestro le insiste en una gran realidad, que la meditación debe combinarse con el trabajo en el día a día, el vivir en un estado de alerta percepción, como un vigía en época de guerra, sabiendo que el enemigo lo cargamos dentro. Esto es fundamental para el despertar de la conciencia. Compara este maestro el estado en que debemos estar durante todo el día, vigilando nuestro universo interior, como el de un gato cuando quiere cazar a un ratón, como el de una gallina cuando está empollando un huevo, sin descuidar un instante.

Reiteradamente, este sabio maestro le indicó a Meng Shan (y por supuesto a todos nosotros) que el trabajo es muy largo, que los esfuerzos no son suficientes, que se requieren de súper esfuerzos, mientras no logremos dominar la mente y alcancemos la iluminación para experimentar la verdad, debemos trabajar, trabajar y trabajar sin cansarnos, como el ratón que roe el ataúd.

En una ocasión, luego de mucho trabajo, pasados dieciocho días y noches de constante práctica, se sentó a tomar el té y, en ese instante, fuera de la meditación, en lo común de la vida, logró captar el hondo significado de ese pasaje maravilloso, tan narrado en las enseñanzas budistas, cuando el Buda en un sermón traía una flor en su mano y de todos sus discípulos sólo uno de ellos, de nombre Mahakasyapa, entendió el mensaje, demostrando su comprensión con una sonrisa exótica imposible de olvidar.

Son enseñanzas que, por más que se expliquen intelectualmente, jamás se podrán captar hondamente, sino después de que se ha avanzado, profundamente, en la meditación. Meng Shan lo había conseguido y aún fuera de la meditación, lograba capturarlo. Mostrándonos con estas afirmaciones, que el camino está dentro de cada detalle de la vida. Al interrogar a sus maestros sobre esta experiencia, algunos permanecieron en silencio (pues es la elocuencia de la sabiduría) y otros le dijeron que se relacionaba con el éxtasis místico (Samâdhi) llamado “del océano”, lo cual le dio mucha confianza en sí mismo.

Nos narra el maestro Meng Shan algo que, definitivamente, rompe con las ideas equivocadas que tenemos de un maestro, nos dice que en el año 1264 contrae una terrible enfermedad: disentería. Creemos que los maestros nunca se enferman, que casi no necesitan ni siquiera comer. Siempre queremos que nos ayuden, que estén listos para orientarnos, jamás consideramos que deben trabajar para comer, que tienen todo un historial en sus vidas pasadas y que sus cuerpos también se enferman.

Ya en las puertas de la muerte, hizo testamento de sus bienes, dedicó sus últimos momentos al silencio mental, a la oración consciente en los Tres Bienaventurados y se concentró en los maestros de la gran Fraternidad Blanca. Todo ello, sinceramente arrepentido de sus malas acciones, cosa que sólo puede lograrse a través de la eliminación de los egos que las causaron.

Sus últimos votos fueron muy interesantes: “Deseo que mediante el poder de Prajna y un estado de mente controlado reencarnarme en un lugar favorable en donde pueda hacerme monje (swami) a una edad temprana”. Por tanto, es posible influir en nuestro futuro y si anhelamos en la próxima vida llegar a la gnosis a temprana edad, como deseaba el maestro Meng Shan, sí es posible, ¿cómo? Dando lo que queremos recibir.

Si anhelamos recibir gnosis, hay que dar gnosis, quien da recibe y entre más da, más recibe, ésa es la ley. Si nos preocupamos por los demás y nos sacrificamos levantando la antorcha del verbo para iluminar el camino de otros, la ley nos compensará y recibiremos la enseñanza a temprana edad.

También afirmó: “Si por casualidad me recobro de esta enfermedad, renunciaré al mundo, tomaré los hábitos y trataré de llevar la luz a otros jóvenes budistas”. Por tanto, renunciar al mundo hace referencia a los vicios del mundo, tomar los hábitos es dedicarnos a entregar la gnosis a la humanidad de forma desinteresada, con el único fin de que otros se beneficien.

Hecho esto, se sumergió en profunda meditación, en su interior sólo estaba el poderoso mantram Wu resonando incesantemente, la enfermedad le atormentaba, los intestinos lo mortificaban tremendamente, pero ya no les puso atención, al fin no supo más de sí mismo, quedó como muerto.

Lo que acaeció después fue algo formidable. Las enfermedades tienen su causa en la manifestación del ego, en las formas mentales que éste produce. Si tales egos son destruidos y logramos el dominio absoluto de la mente, es posible que la indisposición orgánica desaparezca. Y eso fue lo que ocurrió con Meng Shan, al levantarse de la meditación su curación ya estaba a medias, continuó con el trabajo interno y entonces fue sanado completamente.

A diferencia de muchos, el maestro sí cumplió su palabra a cabalidad e ingresó al sacerdocio (a prepararse para difundir la gnosis a la humanidad), después trabajó, intensamente, por sus semejantes. Por otra parte, en sus viajes el mismo lavaba su ropa, cocinaba sus alimentos, integrado, de forma completa, a las cosas cotidianas de la vida.

A lo largo de su vida, tuvo la dicha, al igual que en una de sus vidas del maestro Samael, de estar en el monasterio del “Dragón Amarillo”. En ese lugar comprendió, en forma íntegra, que la meditación es para siempre y que debemos practicarla antes y después de lograr el despertar de la conciencia. Además, la debemos realizar sin cansancio alguno, de forma permanente, sin fallar.

Gobernante-sacerdote maya, el servir a nuestros semejantes sin interés alguno. Zona Arqueológica de Palenque Chiapas. México. Cultura Maya.

Gobernante-sacerdote maya, el servir a nuestros semejantes sin interés alguno. Zona Arqueológica de Palenque Chiapas. México. Cultura Maya.

Continuó con sus viajes hasta llegar a los pies del venerable anciano Ku Chan Tien, jurando no salir del monasterio hasta lograr la iluminación, en un mes de práctica recobró el tiempo perdido en el viaje, descubriendo más tarde que podía seguir con su trabajo en actividad; en una ocasión, en la que fue invitado a una comida, aprovechó para practicar su mantram – koan en actividad.

La meditación y la vida cotidiana forman una sola cosa cuando aprendemos a estar conscientes. Nos cuenta el maestro Meng Shan que estando un seis de marzo en la sala de meditación un compañero quiso encender un incienso, pero golpeó la caja y ese ruido hizo que él se reconociera a sí mismo y pudo ver y oír a su notable maestro Chino Chao Chou y, en forma muy simpática, dijo: “Desesperado, llegué al punto muerto del camino; golpeé la ola (pero) no era más que agua, ¡Oh! ¡Ese notable viejo Chao Chou, cuya cara es tan fea!”.

Estuvo en contacto con grandes ancianos sabios que lo instruyeron extraordinariamente, pero lo decisivo para el maestro Meng Shan fue una frase enigmática (koan) con la que un anciano maestro (Wan Shan) lo probara: ¿No es la frase la luz que brilla serenamente sobre la arena de la ribera una observación prosaica de ese tonto de Chang?

El maestro Meng Shan, de forma ardua, trabajó en esta frase en la meditación, ella le ayudó mucho a lograr la quietud y silencio mental; más tarde, cuando el maestro Wan Shan le preguntó otra vez, como respuesta Meng Shan tiró el colchón de su maestro al suelo, como diciendo: “Ya estoy despierto”.