Gnosis Instituto Cultural Quetzalcóatl

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Libro: Tiempo Azul

Capítulo 11. El Maestro Wu Wen

[Biografía original en: Mensaje de Navidad 1966-1967, El Collar del Buda. Samael Aun Weor].

Capítulo 11. El Maestro Wu Wen

Estas biografías son verdaderos tratados acerca de la meditación. Tal como nosotros, que tenemos la fortuna de tener la gnosis como guía, el maestro Wu Wen inició sus prácticas de meditación gracias a la tutela de un iniciado de nombre: Tuo Weng. Es, realmente, un privilegio el que, al igual que el maestro Wu Wen, tengamos nosotros en este momento la enseñanza gnóstica. No es algo fácil, es el resultado de complicados trabajos de parte de nuestro Ser y la Madre Divina, acompañados de los grandes sacrificios que hacen los maestros de la Logia Blanca para que la gnosis esté en nuestras manos.

Todos tenemos que iniciar el trabajo de meditación de alguna forma y el maestro Wu Wen lo hizo con la ayuda de la milenaria frase enigmática (Koan): “No es la mente, no es el Buda, no es nada”. Sentado como acostumbran en el oriente, estilo Buda, se concentraba, profundamente, en esta frase, tratando de comprenderla, de conocer su hondo significado. Igualmente, nosotros podemos imitar su ejemplo.

Los koanes o frases enigmáticas no tienen solución posible para la mente, si tratamos de experimentar la verdad contenida en cada palabra, la mente, por fin, cae vencida y nos deja en paz.

Vale la pena que detengamos la lectura por un instante, nos sentemos, cómodamente, en alguna silla, cerremos los ojos, relajemos el cuerpo y con mucho entusiasmo nos detengamos a meditar en este maravilloso koan.

En su camino, este aspirante a la luz encuentra a otras personas con las mismas inquietudes espirituales y juntos se comprometen a trabajar por alcanzar la iluminación. Este pasaje de la auto biografía nos quiere dar a entender que podemos trabajar solos por auto realizarnos o también podemos aprovechar la fuerza que da un grupo, como el que nos da el pertenecer al Instituto Cultural Quetzalcóatl. Todos trabajando juntos hacia una misma meta: la iluminación. Lo mismo afirmaba el maestro Buda, cuando hablaba acerca de la importancia de pertenecer a un Sangha (asociación, asamblea, comunidad).

A pesar de los grandes avances que tuvo con el Koan, no cometió el error de envanecerse, y esto le permitió que más tarde otro maestro iluminado (Huai Shi) lo instruyera, ahora con un magnifico sonido sagrado (mantram) milenario: Wu. Este mantram se pronuncia mentalmente, como si fuera una uuuu y luego otra uuuu; imitando el sonido del huracán en la garganta de las montañas o como cuando las olas golpean la playa.

Este mantram nos ayuda a silenciar la mente, a dejarla quieta, nos auxilia cuando necesitamos abandonar deseos, pensamientos, recuerdos, preocupaciones. Nuevamente, es aconsejable que detengamos un momento la lectura, relajemos el cuerpo y con toda la fe del mundo, cantemos el mantram, sin pensar en el tiempo, sólo refugiados en la práctica, como cuando andamos en la calle enfrentando una lluvia tormentosa y logramos guarecernos en un lugar seguro.

Incansablemente, estos aspirantes a la luz trabajan no sólo en su desarrollo íntimo, sino que, además, hacen una labor desinteresada por la humanidad. Su trabajo lo llevó a varios lugares y se relacionó con otras personas. Comprendía que cada ser humano siempre tiene algo que enseñar, no importa que sea o no un maestro.

Así como en la vida común algunos saben más de medicina, otros de ingeniería, otros de mecánica, agricultura, etc., y pueden enseñarnos, en el campo espiritual muchos desarrollan más la paciencia, la tolerancia, la comprensión, etc. Ahora bien, podemos aprender siempre de ellos si estamos lo suficientemente abiertos para recibir. En ese camino se encuentra con otro compañero (Chang Lu) que anhelaba la iluminación final y practican la meditación juntos.

Si imitamos el ejemplo de Wu Wen, de estar siempre humildes y abiertos a lo que los demás puedan enseñarnos, siempre encontraremos alguien que nos ayude en el camino. Así conoce a Chin de Hai Shang y le pregunta: “Hace seis o siete años que estáis practicando, ¿qué has llegado a entender?” El maestro Wu Wen le contesta: “Cada día tengo la impresión de que no hay nada en mi mente”. Obviamente, su avance en vaciar su mente, en terminar con la lucha de los opuestos, era, realmente, significativo.

Sin embargo, la perfección no tiene límites, si creemos que hemos avanzado, en ese instante, se detiene toda posibilidad de seguir en el camino interior. Wu Wen con esa actitud de abrirse a lo nuevo, sabiendo que algo le faltaba, aprovecha la gran oportunidad que le ofrece Chien cuando le comenta: “Puedes practicar en la quietud, pero pierdes la práctica en la actividad”. Precisamente, era lo que le hacía falta desarrollar; había logrado estados de tranquilidad mental, cuando todo era favorable, pero cuando había ruidos externos, mosquitos, calor, frío, hambre, etc., no lograba mucho.

Humildemente, Wu Wen pregunta: ¿Qué debo hacer?, y la respuesta por parte de Chien fue: “¿Nunca has oído lo que dice Chung Lao Tze? Sí quieres entender esto, ponte de cara al sur y contempla la Osa Menor”. Existe una dialéctica para la mente, pero hay otra dirigida a la conciencia. Para esto no hay respuestas intelectuales, deben ser captadas por algo que esté más allá de los conceptos, de las ideas y del razonamiento.

Wu Wen deja por un momento la práctica del mantram Wu y se concentra para tratar de entender la misteriosa respuesta. Algo que nosotros también debemos hacer. Relajemos nuestro cuerpo, pidamos ayuda a nuestros padres internos, y concentremos toda nuestra atención en la respuesta de Chien: “Sí quieres entender esto, ponte de cara al sur y contempla la Osa Menor”.

Después de mucho trabajo tratando de entender la misteriosa respuesta, un día estando en meditación, llegó la hora de la comida, pero Wu Wen la pasó por inadvertida. Esto fue decisivo, pues una influencia exterior (el hambre) no afectó su trabajo. No quiere decir que debemos olvidar comer a nuestras horas, bañarnos, trabajar para vivir, no, lo que se trata de dar a entender, es que es posible trascender los obstáculos (ruidos, mosquitos, calor, frío, etc.) en la meditación, en otras palabras, meditar en actividad.

Al lograr esto, Wu Wen avanzó más en su trabajo interior. Sintió su mente vacía, trasparente, brillante, los pensamientos cayeron al suelo hechos pedazos, sintió sumergirse en el vacío. Al regresar a su cuerpo estaba bañado de sudor. Por fin había comprendido sentarse al sur y contemplar la osa menor, hacerle frente al bullicio y a toda clase de factores perjudiciales. Ya nada le impidió la perfecta concentración del pensamiento.

A pesar de sus grandes avances, todavía no lograba lo que en estas escuelas de meditación se llama: “Dar un salto hacia adelante”. Por tanto, esto nos enseña que es un autoengaño el considerar que con una semana de meditación ya hemos logrado gran cosa.

Llegó el verano y fue hacia una montaña, donde había infinidad de mosquitos, y comprendió: “Si los antiguos sacrificaban sus cuerpos por el Dharma, ¿he de temer yo a los mosquitos?” y pronunciando el mantram Wu (u… u…) ya nada lo interrumpía. Había descubierto que debe combinarse la meditación con el sueño y cuando algún pensamiento aparecía, no lo rechazaba, le ponía atención para comprenderlo y así lograba erradicarlo.

Como las paredes de una casa, por fin, su mente se derrumba y logra el tan anhelado Vació Iluminador, puro, perfecto, libre de atributos. Fue un día que inició su práctica en la mañana y sólo hasta el atardecer se levantó.

Aquí no acaba todo, una vez alcanzado el Vacío Iluminador, debe lograrse la madurez del mismo. Wu Wen descubría pensamientos erróneos y, desde luego, su causa se encontraba en los Yoes que viven en los 49 departamentos del subconsciente, mostrándonos este maestro que el trabajo en la muerte del Yo es muy largo.

Confirmando lo arduo que es este trabajo, se nos dice que fue a la montaña Wung Chow donde meditó seis años; en la montaña Lu Han, seis años más; y en Kuan Chou, tres años. Es claro que se requiere de un trabajo de toda la vida, hay que tener infinita paciencia; después de todo esto logró la última iluminación.

Logra este portento, convirtiéndose en un verdadero atleta de la meditación, sabiendo que todo esfuerzo mental crea lucha, tensión intelectual, que no permite la meditación. No cometió el error, frecuente en nosotros, de dividirse en el Yo superior e inferior.

A pesar de tantos logros, jamás se consideró un iniciado, un maestro, mucho menos un ser divino, cosa que nosotros, generalmente, sí hacemos; siempre se consideró, en verdad, un ser humano común y corriente, dispuesto, constantemente, a morir en sí mismo. Lo que llamamos en la gnosis: cero radical, iniciar siempre como si no se hubiera hecho nunca nada.

Otra de las cosas que comprendió y que nos deja como enseñanza, es que en la meditación no debemos dividirnos, que los pensamientos y nosotros, somos un todo único, que se requiere ser íntegros. Con su ejemplo, el maestro nos enseña que en la meditación debemos lograr un estado receptivo, íntegro, con la mente en silencio, sin tensiones mentales, sin esfuerzos. El maestro acabó con el deseo de ser algo más, pues el ego jamás podrá ser más de lo que es. Es así, en ese estado mental, que sus trecientos mil clanes del cuerpo mental vibraron en el mismo tono, sin esfuerzo, captando y recibiendo amor y sabiduría.

Todos los estudiantes del maestro Wu Wen se ayudaron con las poderosas vibraciones de su aura luminosa en las salas de meditación. Con esto nos trata de decir que la meditación en grupo es de gran ayuda y no debemos subestimarla.

El maestro Wu Wen logró eliminar, radicalmente, el ego y alcanzó la iluminación final con grandes super esfuerzos, aprendiendo a vivir conscientemente. La meditación es la base para lograr estos niveles de conciencia.