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Lo que Continúa Después de la Muerte

Imagen: Santo Entierro- Michelangelo Buonarroti

La ciencia no ha podido establecer qué es la conciencia. La atribuyen como la facultad del tejido vivo organizado de tener conocimiento de sí y de su entorno, negando así cualquier forma de conciencia en la materia inanimada o en los elementos de la naturaleza. De esta forma, solo la vida tendría conciencia (en diferentes niveles, incluso en los animales, plantas y microbios) y la misma “conciencia” terminaría con la muerte.

Sin embargo, sabemos que la conciencia continúa mucho más allá de este mundo tridimensional, que todo lo que existe está compuesto de mónadas divinas, de átomos del gran Dios que existen desde la creación misma y que la existencia condicionada atrapa a esas mónadas en el ciclo fatal de nacimientos y muertes llamado en oriente rueda del Samsara. Sustraer la conciencia del todo es un absurdo lógico.

 La conciencia es el todo, la mónada divina gira incesante, sometida por los dos ejes mecánicos de la naturaleza: la evolución y la involución, pasando por los diversos reinos de la naturaleza y repitiendo este ciclo por una eternidad de tiempo. Es el valle de sufrimiento y lágrimas del Samsara, regido por leyes mecánicas inexorables, y a la recurrencia infinita de todos los sucesos, el retorno, el péndulo, el karma, la entropía…

El yo no es único, es múltiple. No es pasajero, no termina con la muerte del cuerpo físico, y habrá generado además, una reacción, una gigantesca red de consecuencias o karma que no se agota con la muerte física. Sabemos que el yo, el ego, el mí mismo se compone de estructuras mentales con masa y carga atómicos que atrapan a la conciencia. De esta forma, la muerte y el siguiente nacimiento se encuentran íntimamente ligados por el ego y por nuestro karma.

El ser humano en su estado actual posee un cuerpo físico, un fondo vital que es la energía bioeléctrica de cada célula y un vehículo que en gnosis conocemos como personalidad, la personalidad es un vehículo perentorio mediante el cual nos relacionamos en el mundo. Debido a que nuestra conciencia está ocupada en casi el 100% por el YO, la personalidad es un fantasma monstruoso que nos conduce en forma errada por la vida (desvalores, defectos psicológicos, miedo, orgullo, deseo, avaricia, lujuria, entre miles y miles de estructuras mentales que persisten allende la muerte).

El cuerpo físico y el vital se desintegran rápidamente después de morir. No así la personalidad que persiste más tiempo, pero termina finalmente por desintegrarse. Sin embargo, lo que perdura es nuestro ego milenario. El ego, nuestro yo, nuestro mí mismo, deambula en el plano astral como un ejército de contradicciones, de ambiciones, de pasiones, de ira, de miedo, de terror, de frustración, de tristeza, de sentimientos de minusvalía de sí mismos, de gritos, luchas…esperando un nuevo nacimiento, para incorporarse gradualmente en la nueva existencia y de esta forma repetimos incesantemente en cada existencia los mismos dramas, comedias, tragedias, etc.

El estado humanoide representa, sin embargo, la oportunidad única de expandir la conciencia, de liberarla del ciclo del eterno retorno a través de la eliminación de esta chatarra mental que conforma al yo. Es cuando podemos lograr la salvación cristiana, la iluminación budista, el final del ciclo de la eterna repetición.

 A través del sabio uso de la energía sexual, y de un decidido empeño en lograr una transformación interior, podemos reducir a polvareda estas estructuras mentales del ego – causa, y lograr una existencia despierta y así servir de ayuda a los demás en la misma causa.

El maestro Samael nos explica que, después de la muerte, se presentan tres posibilidades para el desencarnado luego de que su recién terminada existencia es enjuiciada:

* Volver de forma mediata o inmediata en un nuevo nacimiento a la vida, más el resultado de su karma.

* Ingresar al reino mineral sumergido, conocido en las religiones como infierno.

* Un breve período en los cielos lunares para personas muy virtuosas, antes de volver de nuevo al tapete de la existencia de carne y hueso.

Y sin embargo, reducir nuestra vida, la alegría de este momento feliz de conciencia de sí mismos a este juicio, no tendría sentido. Antes de enfrentar lo inevitable, tenemos este delicioso presente, un aquí y un ahora.

No debemos ver la muerte en forma fatalista o lúgubre. Asesinar la vida por el temor a un castigo o por una recompensa es también una pérdida miserable de tiempo, un acto de miedo, o una franca hipocresía.

Mejor es fascinarse con la conciencia del aire pasando a través de nuestras fosas nasales, con cada momento presente de lucidez y de presencia. Porque la pujanza de la vida nos impulsa imperativamente a luchar en contra de todo, de todos, en contra de nosotros mismos. A sonreír a la adversidad, a sobreponernos a nosotros mismos. Así la marejada del día a día nos dé de tumbos contra el arrecife; así la carga psicológica sea casi imposible de sobrellevar. Así la fatalidad misma se presente como nuestro único destino en el horizonte.

Que la compasión universal y el deseo de ser dueños de sí mismos guíen nuestra existencia, a lo que haya de venir. Olvidar el castigo o la recompensa, no envenenarse con la ilusión del pesimismo o del optimismo.

Que el deseo de vivir y de señorío sobre sí mismos sean una sonrisa irónica ante la muerte, frente el karma, en nuestro eterno presente.

Que el negarse a sí mismos y la compasión universal sean nuestro obsequio al destino, que nuestra vida de utilidad y de sacrificio por los demás sea el hilo mágico que ha de tejer nuestro destino después de la muerte.

Rafael Merazo. Colaborador avanzado, San Salvador

Imagen: Santo Entierro- Michelangelo Buonarroti

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