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XXII

Muy de madrugada, tomó el tren en la misma estación de Francia, donde había llegado, siguiendo el consejo del mozo del hotel. Salió para Martorell. Era una mañana hermosa, día 27 del mes.

Muchas veces el Rosa-Cruz le había dicho, que este día se debía reservar para las oraciones, que era el día predilecto para ponerse en comunicación con los maestros del invisible. Muchas veces había formado la cadena con los maestros y lo que le daba pena era que hoy se encontrara tan solo. ¡La decepción que le habían causado algunos teósofos de Barcelona, los que se hacían llamar espiritualistas y hasta Rosa-Cruz, había sido tan grande...! Hacía años que se repetían en sus obras las mismas cosas, nada más que cambiando la frase, ensanchándola de vez en cuando, pero siempre alrededor de un círculo vicioso, entre el dogma del Karma y la reencarnación. Hoy se sentía inclinado a la meditación. ¡Los ensueños que había tenido todas las veces anteriores, durante los seis días que esperó, fueron ensueños tan raros...! Había visto seres que se aproximaban a su lecho, había despertado muchas veces con cierta angustia, etcétera...

Bajó en Martorell, donde le habían dicho que había automóviles. Buscó por todas partes, pero no pudo ver ninguno, hasta que de pronto divisó una especie de auto de turistas con imperial y se dijo: Allá arriba me voy, pues estaré solito y nadie me molestará para tomar la impresión de Montserrat. Abajo, el conductor estaba acomodando a la gente. Creía Bernardo que no habría nadie que quisiera compartir con él los asientos de arriba. Más, de pronto, salen del edificio de la estación un grupo de seis viajeros más, y entre ellos un médico a quien había consultado una noche, y una señora que en varias ocasiones había creído ver en la Rambla. todavía no había salido de su sorpresa, cuando el médico que había levantado la cabeza le dijo:

“—¡Qué, amigo! ¿También a Montserrat? Pues allá vamos, para estar con usted”. Y, en un santiamén, se habían acomodado los llegados últimamente.

—Voy a tener el gusto de presentarle a la señora Saisa.

Señora, ahí tiene usted a un colega alemán que ha venido a conocer nuestra tierra.

El camino iba, primero, a Esparraguera, por una calle angosta por donde a cada paso había el peligro de atropellar a alguien: las bombillas del alumbrado se podían coger con las manos. Después, a los tres pueblos del Bruch.

Al último, ya están cerca de la montaña, y se divisa en la piedra un triángulo, como si la montaña tuviera una ventana al espacio infinito. ¡Qué vegetación tan rara! Sigue el camino una especie de serpentina que circunda a la montaña, hasta de repente llegar al patio mismo del convento.

Primero fueron todos a la Iglesia a recogerse ante la santa Imagen. La señora le había contado el cuento de Fray Garí. con elegante dicción había dicho:

El conde de Barcelona tuvo una hija de rara belleza, pero a la muchacha le daban ataques epilépticos. Se consultó a todos los médicos, para curar aquellos ataques, pero nadie podía curarla. No se trataba de una epilepsia común. Era una especie de posesión; pues, tan pronto la muchacha perdía el sentido, hablaba un ser en ella: era la voz del demonio; y, después del exorcismo, hecho por un sacerdote de aquí, la entidad que se valía de la boca de la muchacha enferma, decía que no se curaría,.hasta ser llevada ante un santo sacerdote que a la fecha dirigía o era abate del convento de Montserrat. El mismo espíritu le había dicho que debía confiar a la muchacha por varios días al Abad, y que si éste se opusiera, por ser un quebrantamiento de la clausura, el conde de Barcelona debía imponer toda su autoridad y obligar al fraile a que admitiera a la muchacha.

El conde de Barcelona obedeció la indicación y llevó a su hija a Montserrat. Como creía el padre, opuso resistencia, pero el conde le obligó a desistir de ella y le entregó a la hija. Sola ésta ya con Fray Garí, que así se llamaba el sacerdote, a éste el demonio le abrió los ojos físicos y quiso contemplar esta belleza extraordinaria. En la noche siguiente, la muchacha cae con sus ataques de epilepsia y fue a tentar con sus carnes voluptuosas al fraile. Este al principio huyó y se escapó; pero, al fin, fue vencido y comió el fruto del árbol prohibido. Consumado el acto, la entidad que se había posesionado de la criatura, lanzó una carcajada infernal, burlándose del sacerdote que había faltado a sus deberes de celibato; y éste, entonces, llevado por la cólera, se echó encima de aquella, le puso las manos en la garganta, y la estranguló.

El estertor de la muerte se confundía con la carcajada lanzada por el demonio. Pero luego vino el espanto al fraile; y entonces, por el temor del castigo que podía venirle por parte del conde de Barcelona, sigilosamente, se llevó el cadáver y lo enterró junto a una roca de la montaña, cubriéndolo, primeramente, con la tierra fresca, y después con unos matorrales silvestres.

Al querer regresar al convento, sintió una voz que decía: “Te convertirás en un animal, hasta que una criatura te perdone tu crimen”.

Al acercarse al convento, la transformación ya se había efectuado. Vio que unos leñeros que estaban trabajando en la montaña, huían espantados; y entonces advirtió que la ropa le había desaparecido, cubriéndole el cuerpo una espesa pelambre.

Llegado al convento, los legos tomaron palos para espantarlo, y el animal no tuvo otro remedio que refugiarse en la montaña.

Allí quedó; pero nadie sabía que el criminal y el fraile eran idénticos.

La desaparición, pues, de Fray Garí y la de la criatura, llamaron poderosamente la atención en Cataluña. El conde de Barcelona hizo todo lo posible para saber el paradero, pero todas las investigaciones resultaron inútiles. El Abate convertido en animal merodeaba por la montaña y la hija del conde de Barcelona yacía sepultada en el matorral desconocido.

Siete años habían pasado. Leñeros y cazadores habían visto muchas veces el animal raro en la montaña de Montserrat, pero nunca nadie pudo cazarlo. El conde de Barcelona, que había sufrido mucho con la pérdida de su hija amada, tuvo que conformarse al cabo de tiempo, y este consuelo fue más efectivo el día en que la esposa del conde estaba en vísperas de ser de nuevo madre.

Con este motivo, el conde había invitado a muchos amigos a una cacería, que se hacía en la montaña de Montserrat, y en ella se logró lo que no había logrado nadie: los cazadores pudieron agarrar el animal vivo, y se lo llevaron al conde. Este dio orden de que llevaran la presa a su casa, pues quería dar una sorpresa a sus invitados, para el próximo bautizo de su hija.

Llegó el día del bautizo y el momento de presentar el animal en el salón, donde se encontraba la recién nacida. ¡Ante la expectación de las gentes, se operó entonces un milagro! La criatura que sólo contaba días, levantó la cabeza y, con voz de persona mayor, dijo: “Fray Garí, estás perdonado”.

Instantáneamente, desapareció la envoltura de oso y volvió a ser el viejo sacerdote desaparecido.

La sorpresa de los circunstantes fue estupenda.

Con la transmutación, le volvió el recuerdo, y acercándose al conde, le dijo: “Vamos a buscar a vuestra hija, que aún está en Montserrat”.

Como era natural, los interesados se trasladaron inmediatamente a la montaña.

Al acercarse Fray Garí al lugar donde la enterró, se vio que estaba cubierto de rosas hermosísimas. Salió la hija viva, para colgarse al cuello del padre. En reconocimiento de este milagro, ella hizo votos; y fue la primera Abadesa de Montserrat.

La leyenda da cuenta aquí, primero, de una posesión, estado patológico que ha combatido eficazmente la Iglesia, por medio de exorcismos. A pesar de esto, lo niegan muchos sacerdotes, cuando lo afirman los espiritualistas. Después, se habla de la aparición del diablo, como se habla muchas veces, en las crónicas religiosas, de la aparición de Ángeles.

¿Es posible esto?

Ángel, quiere decir mensajero. Un ángel, pues, es un espíritu, de quien Dios se sirve para trasmitir sus órdenes o mandatos.

¿Tienen cuerpo los ángeles? Me dirán que no la inmensas mayoría de los teólogos. Y ¿por qué? Porque son espíritus, y un espíritu no tiene cuerpo. “Un espíritu no tiene carne, ni huesos, como veis que yo los tengo”, dijo Jesús, una vez que se apareció a sus apóstoles después de resucitado. Convengo en que un ángel, Gurú, o ser astral, no tenga un cuerpo compacto como el nuestro, con carne, huesos, nervios, cartílagos, sangre, linfa y demás humores; pero sería adelantarse, asegurar o suponer que pueda tener un cuerpo astral, aéreo o fluídico. Si el espíritu del hombre va envuelto de un cuerpo grosero, y esto es evidente, ¿por qué razón no podrá un ángel o un Gurú tener como envoltura un cuerpo tenue, fluidico o aéreo, astral? Además, esto no contraria para nada el dogma católico.

La Biblia, que es la fuente principal de la Teología, nos declara infinidad de casos, en que los ángeles se aparecieron con cuerpo. En forma de estrella se apareció a los Reyes magos, pero en forma humana a los pastores de las cercanías de Belén, a Tobías y a Abraham en el valle de Mambré. pero para que nadie crea que soy un iluso o hablo de mi cosecha, citaré un párrafo de San Agustín que da pie a grandes consideraciones:

“Sí, es creíble que los ángeles de sustancia espiritual, se enamoraron de la hermosura de las mujeres y se casaron con ellas, y de ellos nacieron los gigantes”.

Dice sobre este texto bíblico, lo siguiente: “Que hace Dios ángeles suyos a los espíritus y a sus ministros fuego ardiente”. Si añadió o entendió sus cuerpos, o si es que sus ministros deben hervir en caridad como en fuego espiritual, aunque la misma verísima Escritura afirma que los ángeles aparecieron a los hombres en tales cuerpos, que no solo los pudiesen ver, sino también palpar. Pero, porque es fama vulgarísima, y muchos lo confirman, o porque lo han experimentado, o porque lo han oído a los que lo han experimentado, en cuya fe no se debe poner duda, que los silvanos, panes y faunos, a quienes el vulgo llama incubos, han sido muchas veces traviesos con las mujeres, que las han pretendido y conocido carnalmente, y que ciertos demonios a quienes los franceses llaman dusios, procuran y en efecto cumplen con ellas esta inmundicia, porque lo afirman tales y tantos, que negarlo parece falta de vergüenza; no me atrevo a determinar cosa aquí inconsideradamente, en razón de si algunos espíritus de cuerpos aéreos, pueden padecer esta torpeza, de manera que como les es posible, se mezclen sensiblemente con las mujeres. (Libro 5 de la Ciudad de Dios, c. 23).

Con la conversación amena de Saisa, la cual hizo gala de sus grandes conocimientos folklóricos, y dejó entrever un alma desarrollada de artista, le entraron sospechas de que Saisa conocía algo de ocultismo; y, sin más preámbulos, le preguntó si conocía algo de la sociedad de los Rosa-Cruz.

Sin inmutarse, sin dar muestra de sorpresa, dijo:

—Sí, sé algo; pero no hablemos ahora de esto. El Doctor que nos dirige en estos estudios, nos ha aconsejado el silencio; y yo sé que usted ha sabido callar, y sigue callando. Y mire mejor las montañas. Vea usted; ahí se destaca el Cavall Bernat. De esta piedra cuentan que, al subir el hombre, baja mujer; o al revés; las mujeres que suben, se convierten en hombres.

—¡Ah! Esto quiere decir que el cambio se efectúa arriba, en la parte más alta... Por ello, arriba se es asexual o hermafrodita.

—Precisamente allá regresamos al origen, a la creación. ¿No dice la Biblia que Dios hizo a la criatura, hombre y mujer; añadiendo enseguida: “Y lo hizo a su imagen”...?

Quiere decir que en la leyenda del Cavall Bernat hay encerrado un gran misterio de la Magia sexual. El Dro siempre dice que el Cavall Bernat es un falus natural, y debía llevar la inscripción: “No fornicarás”.

El desarrollo de los poderes latentes en el hombre, la conquista de la magia práctica, es la aspiración de todo aquel que haya leído obras herméticas, que haya visto experimentar, alguna vez, a un iniciado.

Los ocultistas, los teósofos, hallan por todas partes claves, y suponen que es necesaria la alimentación vegetariana; otros piensan que los ejercicios respiratorios, aspirando el aire por la ventanilla derecha y expulsándolo por la izquierda, pueden ser el camino.

¡Sí! ¡sí! Es un camino, cuando se hace sin saber que lo que se hace conduce al manicomio; que provoca el desequilibrio.

El 95% de los ocultistas no escriben más que por vanidad. Su mayor placer es contar a otros sus proezas, sus experiencias, y llegan a adquirir cierto delirio de grandeza, en que se consideran superiores a los demás seres humanos. Por su filosofía, son más felices que otros; pero poco tiempo después, viene la rutina, y sufren, desean como los demás, porque su responsabilidad fue mayor; conocían fuerzas, habían adquirido teorías que no llevaron a la práctica, en su desarrollo; les pasa con los poderes, como con los negocios, que se chotean.

Sin género de duda, los ejercicios de Prana y otros métodos son medios que coadyuvan, pero no son esenciales: hasta salen sobrando, cuando se conquista la verdadera clave.

Solo hay un camino que conduce a la luz; el dominio de las pasiones, el dominio de los deseos. “Claro —dirán los ocultistas—. Verdad de Pero Grullo”. No; el asunto es más hondo, inmensamente más trascendental. Dejar de fumar, no comer carne, eso es dejar pequeños vicios; pasión es otra cosa. Yo he visto hasta morfinómanos que han dejado su vicio por cinco o seis años y después volvieron con mayor fuerza; hay quienes principian por fumar menos y lo dejan, pero no por eso fueron magos. ¡Ah!, si todos los vegetarianos, y los que no fuman, fuesen magos, no necesitaríamos devanarnos los sesos, para arrancar los grandes secretos a la naturaleza; no sería necesario observar el dogma y el ritual de la magia.

Es menester cumplir la ley de Dios. “Otra verdad de Pero Grullo”, “Yo no robo, yo no mato, yo no codicio la mujer de mi prójimo”. En fin, todos son dechados de virtudes, cuando se trata de juzgarse a sí mismos. ¡Cuántos hipócritas pasan por buenos” ¡Cuántos otros lo son por vanidad o conveniencia! Aunque por naturaleza, el Rosa-Cruz, es decir, el aspirante, sea bueno, relativamente, no le basta.

Fijaos en que los mandamientos bíblicos son diez, y el complementario de Cristo:

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Más aún: “Amarás a tu enemigo”.

El que realmente desconoce el odio, la envidia, es algo más avanzado. Pero, de ahí, a amar a sus enemigos, hay una gran distancia.

El mundo está tan pervertido, que generalmente las personas por las cuales nos hemos sacrificado, las que no deben más, saben corresponder menos, nos guardan hasta un rencor íntimo, por haberles servido, por debernos alguna atención. Un corazón bien dispuesto puede perdonar, olvidar las ofensas; pero amar al enemigo, besar el látigo del verdugo, ¡cuán difícil es! Y, sin embargo, para la alta Iniciación, es preciso, indispensable. Todos esos peros son generalidades. pasemos, pues, a la esencia de este precepto:

“No fornicarás”.

¿Quién ha cumplido, o, más bien, quien ha comprendido ese mandamiento de Dios, estampado en la Biblia, que es uno de los libros ocultos, uno de los textos herméticos sagrados de más importancia?

El amor a la belleza, es indispensable para el ocultista, para el Rosa-Cruz. Sin él, no se llega a nada; sin él, no hay adelanto posible.

Ahora el summum de la belleza está personificado en la mujer ideal. Una flor, un cuadro, una escena, la naturaleza en su conjunto, podemos contemplar; la música nos hiere espiritualmente. Pero la mujer nos habla, nos mira, nos provoca, nos alcanza más intensamente; y es, por lo tanto, el conjunto que más nos impresiona.

Hay hombres que son incapaces de sentir la música; les es, como a Napoleón, el ruido más soportable. Ver la vida de un cuadro es mucho más difícil: Son mucho más frecuentes los seres incapaces de comprender la pintura, que la música.

Yo no sé pintar, pero he descubierto centenares de matices verdes en un árbol, en donde otros solo verán verde común.

¿Quién siente con todas las delicias de los perfume s, el olor del pasto después de una lluvia, cuando sale el sol?

Como hay inimpresionalbes, también encontramos personas hipersensibles. Yo he conocido a alguien que puede formar verdaderas sinfonías de perfumes de flores. Los místicos han escrito algo sobre esto. Pero, ¡cuán raros son los que entienden el misterio de tales cosas!

El trío “Materia, Energía y Conciencia”, se impone en los alimentos desde el momento en que los ingerimos. Ya en la boca, mezclado con saliva, el bocado va encaminado ya a aumentar nuestra carne, o sea, materia o grasa, o a convertirse en cerebro, o sea, fuerza mental o nerviosa, o va a convertirse en semen, o sea, potencia sexual, que debe representar la conciencia. Saber comer, es saber lograr la transmutación según las necesidade s de cada uno.

Saisa hizo entrever algo del Templo oculto de Montserrat, y que allá le había llamado la atención la difusión de luz sobrenatural en que vio aquí las emanaciones de las piedras. Parecíale que todo Montserrat estuviese hecho de piedras preciosas; que de cada uno surgía una emanación especial, emanación que correspondía al amor de las personas. Ya con eso pudo explicarse el resultado benéfico o maligno de ciertas alhajas.

Y, en cierto efecto, así como los signos del Zodíaco corresponden a los hijos de Jacob; sucede lo mismo con las piedras, o sea, de la siguiente manera:

Rubén-Carneol Simeón-Topacio Leví-Esmeralda Judá-Rubí Isachar-Zafiro Sebulón-Diamante José-Ámbar Benjamín-Ágata Dan-Amatista Neftalí-Turquesa Gat-Ópalo Asser-Jaspe.

Estas piedras, que deben usarse como amuleto, corresponden a los meses del año y a los 12 Apóstoles; a saber:

San Pedro-Jaspe San Pablo-Esmeralda San Jacobo-Calcedonio San Felipe-Ópalo San Bartolomé-Carneol San Mateo-Crisolita Santo Tomás-Berilo, o Agua marina San Tadeo-Crisoprasa San Jacobo-Topacio San Simón-Ámbar San Andrés-Amatista San Matías-Diamante.

La importancia que tienen las piedras para la Iniciación, se desprende asimismo del Apocalipsis de San Juan, que, como es sabido, es un libro iniciático.

Allí dice, en el capítulo 21, vers. 18-21:.18. “Y el material de su muro era de jaspe; mas la ciudad era de oro puro, semejante al vidrio limpio”.

19. “Y los fundamentos del muro de la ciudad estaban adornados de toda piedra preciosa. El primer fundamento era jaspe; el segundo, zafiro; el tercero, calcedonio;

el cuarto, esmeralda;

20. El quinto, sardónica; el sexto, sardio; el séptimo, crisolita; el octavo, berilo; el nono, topacio; el décimo, crisoprasa: el undécimo, jacinto; el duodécimo, amatista”.

21. “Y las doce puertas eran doce perlas, en cada una, una: cada puerta era de una perla. Y la plaza de la ciudad era de oro puro como vidrio transparente”.

Volvieron otra vez a hablar de la S. T. fundada por Blavatsky, y que con tanto celo la maestra cuidaba. Blavatsky estuvo en conexión con los verdaderos adeptos. Ella tuvo su Gurú que se llamaba K. H. y ella misma confiesa que de él recibió instrucciones precisas para fundar la sociedad teosófica. No era ella, pues, nada más que un intermediario entre los maestros de sabiduría de la Logia Blanca, y los miembros de la sociedad teosófica misma.

No debe confundirse esto como se ha pretendido en algunos países, con la simple mediumnidad. Para ser el representante visible de los maestros de la sabiduría, se necesita ser más que médium: se requiere ser iniciado. Es indispensable pertenecer a la Sociedad Rosa-Cruz. Blavatsky fue Rosa-Cruz, y en ella hemos tenido una de las iniciadas ostensibles del siglo pasado.

Muerta Blavatsky, los sucesores, o, digámoslo claro, la señora Besant, debe haber perdido la conexión. No vamos a creer que el Gurú K. H. haya muerto. Para estos maestros, la muerte no existe: y, si el Gurú se ha retirado, si no asiste con igual eficacia a la señora Besant como a Blavatsky, sus razones tendrá.

No quiere decir esto que la señora Besant no tenga sus méritos. Los tiene, y muy grandes; sus libros son interesantes, han esparcido luz en las tinieblas, y su labor ha sido imperecedera. Pero, durante la última guerra, olvidaron los miembros de la sociedad teosófica y aun lo siguen olvidando, uno de los principios fundamentales de la sociedad: la fraternidad universal. Mientras en Alemania los teósofos eran perseguidos, encarcelados por su labor pacifista, Besant y los suyos en Inglaterra, excitaban a la lucha, animaban a la guerra. Ella misma tuvo epítetos, comparaciones y adjetivos, de lo más denigrante y ofensivo que se puede concebir, contra los alemanes; y el que siembra vientos, no tiene mas remedio que recoger tempestades.

Las desuniones que han venido después, en cuestiones teosóficas, en todas partes, dan a la par pena y vergüenza. En América creen que allí la S. T. anda mal, y que aquí en España, todo es color de rosa. Pues sepan que, si allá están mal, aquí están peor; estadísticamente cuentan con muchos miembros, pero a las reuniones solo asisten unos cuantos curiosos, intolerantes y fanáticos.

Yo he tenido la rara fortuna de haber sido amigo personal, discípulo unas veces, condiscípulo las otras, de Franz Hartmann, el conde de Des, de Papus: y recibí mi patente de la Sociedad Teosófica, de manos de Olcott. Steiner, Franz Hartmann, Papus, Sarak, yo y muchos otros, hemos sido los más calumniados por los teósofos, ya en particular o como centro. Que esto dista mucho de fraternidad, no cabe duda.

La S. T. tuvo origen Rosa-Cruz: la misma maestra lo confiesa. Si los sucesores se desvían del camino, como se están desviando, no tendremos más remedio que volver a tomar el pendón primordial que hemos dejado: volver a ceñirnos el manto de Rosa-Cruz.

Sucede casi siempre que unos se interesan por el psiquismo y se afilian a los espíritus: luego, desilusionados, se pasan a la teosofía, donde después de nuevos desengaños concluyen por ser buenos Rosa-Cruz. Cuestión de progreso.

Mario Roso de Luna es un coloso. Intelectualmente, poniéndolo en una balanza, no subiría un ápice del suelo, si en otro platillo se pusieran todos los teósofos de España juntos, y, sin embargo, cuánto ha tenido que luchar este verdadero teósofo, y cuánta pena le habrá causado, cuando decía, en un diario de Madrid, que él nunca estuvo conforme con la señora Besant y clasifica el último manejo de la sociedad teosófica, de un verdadero golpe de estado.

Añade, que ve el porvenir de la S. T. muy oscuro, en que los blavatskianos tiren por un lado, y los besantinos, por otro; y que él cesará definitivamente de ser miembro de la S. T., sin que por eso deje de ser teósofo, como ya ha sucedido a tantos hombres de ciencia en todos los países.

Hay Logias Blancas en las diferentes partes del mundo. No es que unas valgan más que las otras; la iniciación es una; y así como la Blavatsky escogió el ambiente favorable en la India, otros lo han hecho en Yucatán. Hartmann en Bohemia, y yo, más vale confesarlo, en la montaña de Montserrat.

Que haya cierto grado de intimidad entre el Gurú y el chela, es muy posible.

Blavatsky conoció de nombre a su Gurú, el ya varias mencionado K. H.; y el que aparecía al conde de Das, se llamaba Saki. Yo he estado con él cuando lo invocaba.

Por eso, poco daño le han hecho los calumniadores. Alberto de Sarak, o conde de Das, tendría sus humanos defectos, como los tuvo Franz Hartmann, y como los tengo muy sobrados yo. Pero ¿qué nos importa el juicio del mundo si a los adeptos, nuestro maestro y Gurú, aquel ser excelso, depurado, no nos abandona y nos perdona, y cada vez que acudimos a él en solicitud de algo, ya sea para nosotros o nuestros amigos, nos ayuda como el padre ayuda a sus hijos, como el maestro socorre al discípulo? Si logramos muchas veces un éxito, si logramos la curación de una enfermedad que para los humanos es imposible, a él se debe que nos ha socorrido. No es nuestro el mérito.

Todo elogio corresponde a aquel maestro, conocedor de las fuerzas psíquicas y de las leyes eternas que con nosotros aplica, y del cual, a veces, solo somos instrumento.

El filósofo que no está en contacto o relación con un Gurú, no es más que un pobre lector de libros que se llena la cabeza de ideas ajenas, pero no realiza progreso alguno, paga cuotas y casi se puede decir que pierde el tiempo.

Lo juicioso, racional y justo sería que los teósofos, en vez de combatirnos como Rosa-Cruz y considerarnos como una especie de competencia, que es ridículo, nos debería tomar como especialistas, siendo teósofos como somos, en la verdadera acepción de la palabra, y abrirnos las puertas de sus centros, ya para aprender algo, si creen que nos pueden enseñar, o aprender de nosotros, ya que es sabido que en general, somos más adelantados.

Lo mejor de la S. T. es el estudio comparativo de las religiones.

Todas las religiones tienen una base común. Solo se diferencian en la manera de presentar sus dogmas y principios. Es a semejanza de levantar un edificio un arquitecto, en que una vez usa columnas egipcias, o se vale del estilo dórico bizantino,.romano, o puede sentir más inclinación por el estilo cosmatesco o los del claustro de Santa Escolástica; pero, todos, no tienen mas objeto que sostener un edificio.

Las columnas son las únicas que difieren en su modo de ser y el aspecto del adorno es diverso.

Igual son las religiones: en sí, todas son una; si alguna vez es una columna cristiana o budista, otra vez la de Confucio o la de Mahoma que se nos presenta, eso ni pone ni quita mérito al edificio levantado.

El sentimiento religioso es innato en todos los seres. Lo que es repugnante es un ente sin religión.

La palabra religión, viene de religare volver a ligar nuestro ego interno con Dios en el Gran Todo.

Los religiosos en la antigüedad, eran la salvaguardia de la sabiduría, eran los que conocían los secretos íntimos de la naturaleza, los que tenían la clave de los arcanos, dentro de su sistema religioso.

No siendo posible que todas las grandes masas, que por su estado intelectual difieren, pudieran conocer estos secretos, tuvieron que hacerse forzosamente selecciones; no era posible enseñárselo a todos, sino iniciar a unos pocos, a unos privilegiados.

Estos llamábanse Maestros de la Sabiduría.

Si indagamos la historia, encontramos completamente confirmado esto, y que una, quizás la más antigua, que es la hermandad de los Rosa-Cruz y ella es a mi ver la más antigua, porque no es de esta tierra, como dijo el Gran Nazareno: “Mi reino no es de esta tierra”. La verdadera congregación, con sus adeptos, o mahatmas, o Gurús, Rosa-Cruz, existe en Jinas, en el Astral invisible para el vulgo y solamente tienen acceso a ella, algunos que logran el paso de la puerta del Santuario, por la iniciación. Son los que dejan pasar los guardianes del umbral.

Esas sociedades herméticas han tenido en la parte externa, exotérica, sus asociaciones, que dedicadas al estudio, preparan a los asociados para que puedan penetrar en las hermandades invisibles, ocultas, llamadas las Logias Blancas.

Sicut superius, sicut inferius (lo que hay arriba hay abajo), es un principio muy antiguo. Lo que vemos aquí, viene de allá. Ciertas ceremonias que hacemos aquí en la sociedad y en las religiones modernas, se hacen y hacían también en el mundo invisible, en el mundo de Jinas.

Una de esas ceremonias, de origen divino, es la que se celebra, con algunas variantes, en nuestra religión cristiana, en el Sacramento Sagrado de la Misa, constituido por el Nazareno en casa de José de Arimatea.

Cuenta la Biblia, que cuando llegó el día de Pascua, Jesús mando a uno de sus apóstoles a preparar la santa cena, y ésta se verificó en casa de l senador romano José de Arimatea, muy adicto a las enseñanzas de Nazareno.

La conspiración contra Jesús comenzaba en los mismos momentos en que los congregados en la casa del senador, los miembros de la congregación, los hermanos esenios, pues a esa sociedad oculta pertenecían Jesús y los apóstoles, celebraban un ágape, y después tuvieron que partir precipitadamente.

Fuera que José de Arimatea fuese avisado, o que él ya estuviese al tanto del ambiente político, escondió los servicios que pertenecían a esta ceremonia, y, en primer lugar, el cáliz que usaban los esenios, y que tenía según la tradición, un origen tan angelical como diabólico.

Prevenía de aquella revuelta de los ángeles, encabezada por Lucifer, a los cuales hubo que reducir al orden, por las legiones mandadas por San Miguel. Este arcángel tuvo que luchar cuerpo a cuerpo con el Príncipe de las Tinieblas, que así se llamaba desde ese instante, aunque había sido el Lucifer y hacedor de la luz. De un lanzazo, de una estocada bien dirigida, hizo saltar de la corona de Lucifer una esmeralda hueca que llevaba engarzada en la corona que ceñía su frente.

San Miguel recogió esa joya, y, en recuerdo de la lucha, guardó la lanza vencedora, y aquella esmeralda conquistada, como trofeo.

Los esenios poseyeron después esa reliquia santa, que fue la misma que usaba el Salvador del Mundo en el ágape con sus apóstoles.

Quiso el destino, que la lanza fuese a parar después a manos de los romanos, y la tradición dice que fue la que usó Longinos al abrir el costado del Señor.

Muerto Jesús en el Calvario, la autoridad romana siguió haciendo pesquisas, como hace hoy el capitán general de una región, cuando ha sabido de una reunión secreta de políticos, y encarga a la policía recoger las proclamas, las armas y todo lo que pudiera constituir el cuerpo del delito de la asamblea.

Los conjurados, al adivinar las consecuencias, tratan de ocultar todo lo que puede perjudicarlos; y, generalmente, cuando la policía hace el registro, ya es tarde, y nada encuentra.

Igual pasaría allá en Jerusalén, en la época de que tratamos. José de Arimatea, que no sufrió la persecución inmediata como Jesús y sus apóstoles, tuvo tiempo y ocasión de esconder el cáliz y la lanza; pero la policía no se conformó con las explicaciones que diera el senador. Y cuenta la historia tradicional, o, si mejor queréis, la tradición histórica, que lo tuvieron cuarenta y dos años preso, creyéndolo obligar, por esa medida opresora, a declarar dónde había escondido la lanza y el cáliz. Lo mismo que se hace en México con los alcaldes que tienen armas enterradas. Se los mete en la cárcel; y siempre quedan mal: si declaran las armas que tienen, los castigan por haberlas tenido; y, si no declaran nada, por no haberlas tenido. Y sucede que, tan pronto pueden, voluntariamente se expatrían, para unirse en el extranjero con sus partidarios políticos; y comen allí el pan amargo del destierro. Igual lo hizo nuestro senador José de Arimatea: llevando lo único: el cáliz y la lanza; y así se fue en busca de cristianos a Roma. Allá se encontró con las persecuciones neronianas, y tampoco pudo unirse con ninguna asociación secreta.

Buscar otro refugio, partir de allí, y juntarse con correligionarios, era su constante anhelo.

En aquel cáliz, había recogido el Hermano Esenio la sangre del Maestro, de Nuestro Señor. Era sang-real. En ello ven muchos el origen de la palabra San-Greal. El Santo Hombre, José de Arimatea, portador del divino cáliz, dejó en su peregrinación rastros en Italia; y sostiénese, hasta hoy en día, la idea de que existe el cáliz del Graal en algunas partes de Italia. Habiéndose dirigido después a Irlanda, volvemos a encontrar, no solamente rastros, sino documentación que patentiza el paso de José de Arimatea llevando el Graal.

Este hombre cumplía una misión. Cierta noche, le había aparecido un ángel que, mostrándole por medio de una visión la montaña de Montserrat, le dijo: “Este Graal lo llevarás a esta montaña, que es sagrada. Este cáliz, no solamente es un objeto de un poder divino, mágico, inmenso, sino símbolo de la pureza del cristianismo primero”.

Y, dicho esto, desapreció. Como entre las instrucciones que le dio el ángel, le señaló el país de Cataluña, y, en él, como dijimos, la montaña de Montserrat, allá fue José de Arimatea a buscar el lugar predilecto, el lugar escogido por el ángel. Y llegó el día en que pudo dar por terminada su misión: y el cáliz quedó guardado en la montaña de Montserrat, donde sigue escando.

Vino el tiempo en que, por conveniencias secretas o por degradación de los mismos hombres, la prístina pureza se alteró: y entonces, así como una madre cariñosa se tapa los ojos para no ver los desvíos de sus hijos amados, este caliz se hizo invisible, cualidad que se propagó al templo donde lo guardan y la región inmediata. Lo guardó y depositó allí, hasta que una nueva humanidad se levantase, hasta que el reino de Cristo pudiese volver sobre la tierra.

En la edad media se buscó mucho ese cáliz por caballeros alemanes.

Los antiguos germanos tenían la costumbre de instruir a sus hijos en un doble sentido: en el manejo de las armas, y en el estudio de sus religiones. Las caballerías medioevales no fueron mas que reminiscencias de las costumbres nacidas en los bosques de las orillas del Rhin. Y así como el Caballero luchaba en favor de su Dama, símbolo del ego interno al través de todas las leyendas caballerescas de un Rey Arturo, existe un Graal, un cáliz que se buscó conquistar por las caballerías.

¿Está esta relación folklórica, de acuerdo con lo que hemos dicho de José de Arimatea? Puede ser.

Las copas que hoy día se dan a los vencedores en los torneos, son reminiscencias de aquel cáliz que se buscaba en la Edad Media, pero los conquistadores tenían que ser hombres de temple, hombres de carácter, hombres que valían por sí mismos. Y ahí tenemos la etimología de la palabra “Parsival”: del catalán “per si val”, que se pronuncia con la e muy abierta, que casi es a. El ser que vale por sí mismo. Por eso sostengo que la etimología es netamente catalana.

La leyenda de la virgen que estuvo un tiempo escondida de los moros, va pareja con la leyenda del Graal, que se esconde del mundo profano indigno de verlo. Pero, así como Sigilda renació envuelta en rosas del lecho donde la había dejado Fray Garí, después que la inocencia, representada por un niño, la había perdonado; así llegará el día que ante nuestros ojos se descubra esta Santa Señal.

Wagner, que era un genio que perteneció también a una sociedad secreta, recibió la iniciación, vino a Montserrat y vio las escenas tal como las traspasó después a su grandioso Parsifal. Y, así como la misa es una copia de aquel ágape primero, en casa de José de Arimatea; Parsival es una copia de un templo real que existe en la montaña de Montserrat.

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Los turistas habían llegado al laguito de Parsifal, allí donde el héroe del drama de Wagner había herido al Cisne Blanco. El Doctor dijo: Creo que nadie nos verá. Aquí, detrás entre los matorrales, es el punto donde podemos formar la unión.

Muchas veces habían ido los mismos días 27, para formar la cadena; para pedir a los maestros del invisible, que formaran invisiblemente sobre ellos la cadena de protección para así establecer una conexión, dándose unos a otros la mano, una especie de acumulador de energía astral que pudiesen llevar de la montaña santa de Montserrat. Muchas veces habían tenido grandes resultados con este ejercicio. A su regreso y durante un mes, sentían unas fuerzas de salud extraordinarias; personas enfermas, con quienes se ponían en contacto, curaban rápidamente; cada uno parecía una especie de panacea; hasta en los asuntos materiales se establecía un éxito.

Pero algo había faltado siempre, se esperaba algo imprevisto y hoy debía realizarse lo ansiado.

Pero ante todo debían orar.

La oración es un don divino, y por eso somos partidarios de la oración. Nunca dejamos de elevar nuestra voz hacia Aquel que en nosotros mora, piensa y ama.

Muchos ocultistas y teósofos creen que la oración no es necesaria, que nos rige la ley de karma y que esta ley nos da lo que merecemos y lo que necesitamos.

¿Para qué orar?

Los poetas, que vierten muchas veces frases huecas, dicen: ¿Para qué se requiere la oración y las palabras, cuando cada sonrisa del niño inocente, cada lagrima del ser que sufre, es una oración?

No negamos esto; creemos que así sea. Pero nosotros pedimos también oraciones de palabras. No nos satisfacen, por cierto, las oraciones acostumbradas en las iglesias, que no merecen el nombre de tales, cando son palabras huecas, indignas del excelso nombre de oración.

La verdadera oración es cosa muy distinta. Es algo divinamente grandioso, porque es la comunión con el Maestro; es una conversación con el Ser mismo. Orar es vibrar con la Causa, Ley y Principio divino en nosotros y en el Universo...: es hablar con Dios.

Pero ¿es posible eso? ¿Se puede hablar y conversar con Dios? ¿No significará querer personificar, casi materializar a Dios? ¡Parece éste, a primera vista, tan inverosímil...!

Y sin embargo, se puede hablar con Dios, establecer un diálogo con él... Se dirá que para hablar con otro es necesario que los dos hablen el mismo lenguaje; que, si no, resulta un monólogo, que anula la dialogación.

Dice von Eckarshausen: “El lenguaje es la formación armónica de las palabras o signos fonéticos, para expresar figuras fonéticas, según leyes determinadas y esencialmente fijas; y las palabras son la envoltura expresiva de los pensamientos realizados, son ideas, hechos, consonantes y vocales”.

Las Sagradas escrituras, hablan casi en cada página de la palabra y del nombre de Dios. En muchas ocasiones relata que Dios habló a los hombres. Y, como Dios es la justicia misma, no sería posible que hubiese hablado en tiempos de Moisés, los profetas y Jesús, y que guardase silencio ahora, que callase, valiéndose solo de bocas ajenas, del Santo Padre o de los sacerdotes en el púlpito.

No es posible esto. La causa debe ser otra.

¿No será que hemos olvidado llamarle y hablar con él?

Nosotros así lo creemos.

Dios habló, habla y hablará siempre. Aprendamos pues, a interrogarle y contestarle con su palabra, por la oración.

Dice Eliphas Levi, que el Universo es un pensamiento eternamente sostenido por Dios. Pero este misterio lo dejó el abate Constat incompleto, pues al realizarse el pensamiento, fue y es la palabra, el sonido de las vocales divinas, lo que sostiene el Universo.

“En el principio fue el Verbo... Yo soy el alfa y la omega, el principio y el fin”, dice la Biblia.

Meditemos sobre esto, ya que tales palabras encierran un gran secreto. La palabra de Dios, son los mantrams sagrados. Ellos significan: Amor, Sabiduría, Justicia y Armonía. Y muchas cosas más, todas del concepto elevado y divino. las palabras humanas, que son eco de las divinas, se componen de letras, forman ideas, y el vehículo de estas ideas, son fuerzas, sintetizadas en los devas, en los maestros, en los mahatmas, en los ángeles, en los gurús, que acuden al llamado mantrámico del que sabe llamar...

Dice la Biblia que es necesario que volvamos a ser como los niños, es decir, que primero principiemos a balbucear, deletrear, y después, a hablar.

Ahora, solo pueden entenderse personas que conocen y hablan el mismo idioma. Del mismo modo, solo pueden hablar, es decir, pronunciar las palabras de la oración, los mantrams, los que se identifican con Dios, los que han aprendido su pronunciación en la iniciación.

Los hindúes en sus oraciones, pronuncian esos mantrams, cuyo significado solo ellos conocen y cuya fuerza y poder utilizan.

Nosotros, los Rosa-Cruz, hacemos lo mismo.

Pero, sea cual fuere la forma en que los pronuncien, usan las mismas vocales que posee nuestro idioma: I, E, O, U, A. En estas letras residen las fuerzas ocultas. En estas vocales según el anagrama que formamos, hacemos los mantrams.

Nosotros tenemos en Occidente, iguales mantrams, sonidos y palabras. Busquemos su construcción y origen y entonces Oremus.

La misa, en su Kyrie eleison... Sursum corda..., Agnus Dei..., es la guardadora de mantrams poderosos, cuya clave ha perdido la iglesia actual. Hay algunos, aunque raros sacerdotes, que conocen su pronunciación. Yo soy amigo de algunos de ellos que la saben.

Todo el padrenuestro es un conjunto mantrámico para quien sabe rezarlo; es una clave, un poder de un valor inmenso.

Al decir, pues, el divino Nazareno: “Yo soy el alfa y la omega, el principio y el fin”, levantó algo el velo de un gran secreto.

Tratemos de descubrirlo y entonces, podremos hablar con Dios y sabremos orar.

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El doctor se dirigió enseguida a los reunidos y dijo:

—Ahora, queridos hermanos, ayudadme a dar forma práctica a un mantram, ayudadme a llamar a los Rosa-Cruz del invisible. Repetid conmigo...

Aum... aum..... aum....

Apenas tomada la mano después de haber pronunciado algunas palabras incomprensibles, mantrams de iniciado, cuatro de los asistentes quedaron sujetos a un sueño hipnótico. Solo el Doctor, Bernardo y Saisa permanecían con conciencia. Un instante hubo que veían toda la montaña envuelta en una nube, una neblina que llegaba directamente frente a sus ojos, pero poco a poco se fue deshaciendo la nube y la montaña convirtióse en un Templo magnífico. Algo indescriptible por su belleza.

Los hermanos maestros de la Magia Blanca con su túnica blanca, se habían postrado a ambos lados de un camino central que iba al Templo, y, cogidos de la mano del Doctor, entraban Saisa y Bernardo. En su cuerpo astral, frente al altar, el iniciado mayor los esperaba en actitud de recepción. De una orquesta invisible se sentían los acordes de la marcha nupcial de Tannhauser. Bernardo comprendió entonces por qué le habían hablado del segundo grado: tuvo la facultad de la vista retrospectiva, y se vio, en una vida anterior, en la montaña de Chapultepec, donde recibió de manos de Rasmussen el primer grado. Saisa entonces había vivido en el mismo país, había vivido bajo el nombre de Samuel Santos, en el Estado de San Luis, donde esta familia aun hoy existe. Ambos, pues, habían recibido juntos el primer grado y hoy los hermanos del invisible, los teósofos, los llaman los señores del Karma; los habían juntado otra vez.

La experiencia en el astral era, y no era, nueva para ellos. En sueños lúcidos, habían tenido experiencias, pero no se habían dado cuenta cabal de lo que los invisibles hacían con ellos. En este momento, libres de los estorbos de la carne material, podían llenar el vacío entre sueño y sueño; y ahora comprendían cómo habían sido objeto de enseñanza durante los últimos años. Ahora comprendían los sinsabores del pobre Doctor, que al saber muchas veces lo que pasaba, no podía explicarlo.

No hubo necesidad de pruebas y experiencias. El maestro les comunicó la clave del oculto poder; les dio una serie de palabras, clave con la cual podían acudir cada vez que lo desearan a esta Logia Blanca; salir en cuerpo astral, y regresar a su cuerpo material cuando quisieran. Para las próximas semanas, les dio instrucciones sobre lo que debían hacer y dejar de hacer en su vida diaria.

¡Cosa extraña! Entre los Gurús, estaba Rasmussen, pero por un instante faltaba el doctor. Y es que los dos, Rasmussen y el último, eran uno solo; que en este momento, el Gurú se había valido del cuerpo del medico. Ahora comprendió Bernardo que el Maestro había cumplido, al decirle que lo iría a buscar al hotel.

Era suficiente haber estado en el Templo, para formar parte íntima de la comunidad, para participar de todos los poderes. La energía que salía de una especie de altar radiante, de una luz especial donde guardábase el cáliz que había servido a Nuestro Señor en el Santo Graal, se comunicaba a los asistentes.

No es permitido describir aquí pormenores; el hecho es señalar que aquello existe en estado invisible, en la montaña de Montserrat, y que allí residen grandes poderes.

Súbitamente oyen la frase del Doctor: “Así sea”. Y entonces se disuelve la cadena material. Los cuatro asistentes, cuyos nombres no hacen al caso, no se habían dado cuenta de lo que había pasado. En ese estado del astral, la noción del tiempo se pierde. Ellos, los cuatro, no se habían dado cuenta de que hubiese habido ninguna interrupción. Bernardo y Saisa, al contrario, tenían la sensación de haber estado semanas en el Templo. Bernardo sentía que su venida a Cataluña no había sido en balde, pues había logrado su objeto. De ahora en adelante sería un hermano iniciado al lado de Rasmussen, esparciendo la luz de los Rosa-Cruz. Saisa había recibido el encargo de fomentar entre un círculo reducido, la fraternidad de los caballeros y damas de Montserrat; y ella, desde ahora, estaba en comunicación directa con los hermanos mayores del invisible. La iniciación en la montaña de Montserrat había tenido en ambas un efecto residual.

Bernardo después de su Iniciación se quedó por algún tiempo en España, visitando la capital y la parte sur del Reino. Como era natural, al regresar de ésta, estaba encantado de sus bellezas y de sus pobladores. Era llegando a Alemania un hombre dichoso.

Podía llamar a su Gurú, y éste vendría siempre a su llamado.

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