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LOS “ROSA - CRUZ”

I

El castillo de Chapultepec brillaba aquella noche como un árbol de Navidad, con sus múltiples lucecitas. Parecía una visión de ensueño, un cuento de hadas hecho realidad, una fatamorgana que hubiese descendido del aire y ante la mirada atónita del caminante se hubiese convertido y concretado en bloques de granito, en luz y en rumor bullicioso.

La causa de este bullicio y de esta iluminación era una ostentosa fiesta que en el castillo tenía lugar: Carranza, el célebre presidente de la patria que un día fue de los aztecas, celebra el aniversario de su natalicio. ¿Qué mayor motivo de fiesta y ornato podía darse en el castillo, que el de celebrar el natalicio de su morador, del creador del México moderno, el promulgador de la nueva constitución, el mandatario más grande que ha tenido México después de Juárez y Madero y cuyo igual no lo verá la generación actual?

Las avenidas y la gradería central eran todo movimiento. Hasta entrada la noche habían circulado por aquellas, soberbios carruajes que, ora con diplomáticos o militares vestidos de gala, ora con toda clase de dignatarios vestidos de rigurosa etiqueta, ora con hermosas y aristocráticas damas, habían dado quehacer a los guardias encargados de mantener el orden de sus movimientos y paradas.

En el interior el movimiento era aun más intenso, más variado; los salones, entre raudales de luz, parecían cual gigantescos caleidoscopios que, con el movimiento de los uniformes y trajes ostentosos de los caballeros, y las sedas, joyas y pedrería de las señoras, cambiase constantemente de aspecto, mostrando cuadros de variedad infinita.

Centenares de personajes invitados, esperaban en el gran salón de recepciones a que el Ministro del Interior pronunciase el discurso con que había de saludar al jefe de estado. La mesa para el gran banquete en que aquel día tomarían parte todo aquel conjunto de personas importantes, estaba dispuesta en semicírculo y en ella se hallaba la vajilla del Emperador Maximiliano, de oro macizo, y el tapete doble de seda en que se ve bordado en oro el escudo nacional. Ningún castillo europeo, ni aun los que produjera la fantasía de Luis II de Baviera, pudo jamás compararse en lujo y riqueza a Chapultepec, el palacio mas magnifico de México, la ciudad que el celebre barón Alejandro de Humboldt llamó “ciudad de los palacios”.

Entre toda aquella multitud de personalidades cuya conversación, que comenzara reservada y tímida, se hallaba a la sazón animadísima, había un hombre cuyo porte reservado y silencioso pudiera haber llamado la atención a quien no la tuviese demasiado ocupada con los múltiples requisitos del día. Era este hombre un oficial del Estado Mayor mexicano; el Comandante Montenero.

Su mirada, con relámpagos de impaciencia, dirigíase hacia la puerta frecuentemente, cual si esperase algo. En esta actitud de expectación y un tanto de ansiedad, se mantuvo durante algún tiempo, ajeno a cuanto le rodeaba y sin que al parecer le interesase nada de lo que en el castillo ocurría; hasta que uno de los ujieres,.llegándose a él entre respetuoso y disimulado, púsole en la mano un billetito y lo dejó discretamente.

Tomó Montenero el papel más ansioso que sorprendido y suspirando hondamente dijo:

— ¡Por fin!

Leyó entonces le esquelita que él diera el ujier y se detuvo un momento como abstraído. Después, volviéndose hacia un caballero de cierta edad con el que había mantenido escasa conversación y que se hallaba sentado cerca de él, le dijo:

— Siento mucho abandonarle, pero un asunto urgente me requiere y debo salir.

— ¡Cómo! ¿Es posible que deje usted la fiesta en este momento? —contestó su interlocutor.

— En verdad —contestó Montenegro— parece un desaire a la fiesta; pero...

— No —replicó el otro—, no creo yo que vaya la fiesta a darse por aludida, ni menos ofendida, si usted se marcha; pero, ¿no le parece a usted que vale la pena el permanecer aquí aunque sea dejando de acudir a una cita... y aunque esa cita sea amorosa?

— ¡Oh! — dijo Montenero sonriendo levemente—, le he de advertir que no se trata de una cita amorosa, sino de algo mucho más serio y más importante para mí.

Su interlocutor le miró con un gesto de asombro un tanto fingido y dijo enfáticamente:

— ¡Supongo que no se tratará de un duelo!

— Ciertamente que no —aclaró Montenero—; pero tiene para mí tanta importancia como si lo fuera.

— Bien —dijo más reposadamente el caballero—; no se detenga usted pues, por mí, que no le molestaré más con mis absurdas suposiciones. Ya veo que no es posible detenerle de ningún modo. Siento, sin embargo, que pierda usted la fiesta, que promete ser magnifica.

—Gracias por su buen deseo. Quizá pueda volver antes de acabada. Le ruego que si durante mi ausencia alguien preguntase por mí, tenga a bien disculparme.

Cambiaron las ultimas palabras de despedida, un cordial apretón de manos y Montenero con aire distraído dejó el salón y, evitando la salida central por si tropezaba con quien pudiera entretenerle, salió a uno de los jardines y de éste a una de las avenidas laterales.

Anduvo por ella un momento dando la vuelta al cerro de Chapultepec, siguiendo la dirección de las fuentes que construyera el presidente Madero. El camino parecía desierto. Montenero miró en derredor tratando de descubrir a alguien. Acordóse entonces de la señal convenida y poniéndose los dedos en los labios silbó con fuerza.

Al conjuro de su silbido presentóse ante sus ojos, cual salido de la tierra, un indígena vestido con el típico calzón, poncho y sombrero del país.

— Buenas noches, mi Mayor. Aquí estoy para que usted me mande.

— ¡Hola, amigo! ¿Usted por aquí?

Comprendió enseguida Montenero que éste era el hombre con quien debía de encontrarse.

Como ya eran amigos, le entró de pronto un sentimiento de confianza y le dijo:

— Ahora eres tú quien debe mandar, puesto que debes guiarme.

— Bueno; entonces, sígame por acá. Apenas habían andado unos quinientos pasos más, cuando el indígena, deteniéndose, volvióse hacia Montenero y le dijo:

— Ya hemos llegado. Tengamos cuidado de que nadie nos vea, no es conveniente.

Procure usted vigilar para que no seamos sorprendidos.

Agachóse y después de escarbar un momento en la tierra, extrajo una cadenita, después de volverse a cerciorar de que nadie los veía, tiró de ella. Abrióse entonces la montaña y apareció ante ellos la abertura que daba acceso a una a modo de gruta en la que el indígena introdujo a Montenero. Apenas entraron, cogió el indígena otra cadena y tirando de ella cerró de nuevo la entrada para preservarla de las miradas curiosas.

Entonces el indígena cogió de la mano a Montenero y le condujo por el socavón hacia delante.

Montenero estaba atónito. Recordó entonces que el padre Sagahún, que describe a México con infinidad de detalles, nunca mencionó que el cerro de Chapultepec fuese hueco.

El indio vio lo perplejo que Montenero se encontraba y le preguntó:

— ¿Qué le parece todo esto?

— Me parece raro esto.

¿Es esto el estado de Jinas, o sea, un fenómeno de la cuarta dimensión?

— Sí, Mayor; esto solo lo vemos nosotros; el vulgo no se da cuenta de que existen estas cosas. Pero deje usted esta preocupación, que ya se le explicará todo.

¿Qué le parece el cerro ahora?

— ¿Aquí? Decididamente que allá arriba estaba mucho mejor.

— Ya verá usted cosas espléndidas que le admirarán — replicó el indígena.

— ¿Sí? — preguntó Montenero—, ¿más aún que el banquete con el tapete bordado en oro y con la vajilla maciza del mismo metal?

— ¡Oro! ¡Bah! Los “Rosa - Cruz” convierten sin esfuerzo el plomo en oro.

Continuaron mientras así hablaban por la galería hasta que ambos se encontraron ante una puerta cerrada.

El indígena golpeó tres veces en la puerta acompasadamente, y al punto se escuchó en el interior una voz que decía:

— ¡Deteneos! Ningún profano debe traspasar el umbral de esta mansión.

— Traigo a un neófito que busca la luz, la santa ley de los Nahuas.

— ¿Respondes tú por él? ¿Es digno de acercarse a la Cruz y ver el Santo Graal? — exclamó de nuevo la voz desde el interior.

— Lo traigo por orden del Maestro.

Abrióse entonces la puerta y se hallaron en otro recinto, al lado de cuya puerta había un hombre armado con una espada flamígera, que con un ademán les dejó el paso franco.

A poco, hallaron una nueva puerta.

— Hemos llegado a la tercera puerta —dijo el guía. Hasta aquí se nos ha permitido la entrada. Pero ahora debo vendarle los ojos. Sin este requisito no nos dejarían avanzar más. Tenga en cuenta que, caso de que no llegara a iniciarse, volvería a traerle a este sitio, y sobre todo cuanto hubiese visto y oído habría de guardar eterno silencio. Montenero nada dijo y su compañero sacó un pañuelo del bolsillo con el que le vendó los ojos. Giró entonces la puerta sobre sus goznes pesadamente, y marcharon los dos hacia adelante, caminando Montenero con pasos indecisos y tanteando con los pies.

—Así andan los hombres por la vida —dijo el guía—: con los ojos del espíritu vendados. Y así a tientas buscan el camino desde la cuna al sepulcro.

De pronto clamó una voz:

—¿Quiénes son los osados que se atreven a acercarse al Santuario? Sabed que nadie que se acerca a sus pozos por mera curiosidad, regresa vivo. Estáis en el imperio del Lucifer Nahuas que destruye a quien se acerca por ambición; pero que vivifica al que por sí mismo lo busca.

Acercóse el indígena al oído de Montenero y le dijo en voz baja:

—Es la voz del Maestro.

Montenero sintió de repente en su pecho algo punzante, cual si algo metálico le tocase sobre la carne, y tan frío, que parecía una evaporación de metileno o uno de esos gases de evaporación frígida.

La voz del Maestro volvió a resonar:

—¿Que siente el discípulo?

—Siento un frío que me traspasa —respondió Montenero.

—Es la desnudez de la Cruz cuando la Rosa se aleja. Es el frío del alma cuando no recibe el calor de la caridad. Es el frío del arrepentimiento que entra en la conciencia, del arrepentimiento de haber atentado contra la divina justicia. Ya pronto la vida y el calor del Santo Graal vendrán a asistirle en todas sus empresas, que van encaminadas hacia el bien y el amor.

De la resonancia de sus pasos dedujo el comandante que se encontraba en un espacioso recinto. La voz interrogante se oía cada vez más cerca. Alguien le invitó a sentarse.

—¿Qué pretende usted de nosotros? —volvió a decir la voz de nuevo.

—Busco la luz del espíritu —respondió Montenero con resolución—. Tengo un deseo ferviente de comprender lo Eterno, lo Ignoto, el principio original de nuestro ser.

—¿Por qué supone usted que podemos nosotros conducirle a la luz y resolverle esos problemas?

—No sé, pero busco la luz. ¿No dicen las Escrituras Sagradas: “Buscad y hallaréis”?

Hace tiempo que supe que en México existía una Logia Blanca que podía descubrir al discípulo la secreta sabiduría de los Nahuas. Yo espero recibir aquí esta luz y este conocimiento.

—Y la iglesia ortodoxa con sus dogmas ¿no le ha dado el esclarecimiento y la luz que busca?

—No, la iglesia ortodoxa con sus dogmas no ha satisfecho mi ansia de conocimiento.

Aunque en verdad, el divino Amor del Nazareno me ha hecho concebir esperanza.

—Y la filosofía ¿no ha satisfecho tampoco los anhelos de su corazón?

—No; mi sed inextinguible no ha podido ser apagada por la filosofía tampoco; por ella menos que por la religión, por su frío razonamiento. Ya os he respondido que la Biblia dice: “Buscad y hallareis” y luego añade: “Llamad y os abrirán”, y por último: “Pedid y se os dará”. Yo os pido ateniéndome a los preceptos de las Escrituras.

—¿Tiene usted conocimiento de la Ciencia Hermética? ¿Sabe usted algo de los Rosa-Cruz?.—He leído mucho. Tengo predilección por las obras de Papus, Franz Hartmann, conozco la labor de Blavatsky y he pertenecido a diversas asociaciones espiritualistas, entre ellas he pertenecido a la sociedad teosófica, que no me ofreció nada de nuevo.

Siempre he sentido, no obstante, la necesidad de que un día se me descubriese una mayor verdad, una verdad oculta a la mayor parte de las gentes. Quiso la casualidad que conociese a este indígena amigo, el que me ha conducido aquí esta noche, el cual después de tratarme durante algún tiempo y someterme a pruebas diversas, me hablo de este lugar, en donde podría por fin hallar el logro de mis aspiraciones. Aquí me encuentro ignorante de lo que pueda sucederme. Tan solo sé o presiento, que aquí se han de colmar mis esperanzas. Me encuentro cansado de aprender y quiero por fin saber.

—Mucho agradezco a usted su categórica respuesta. Ya sabía que se ocupaba usted tiempo ha en indagar los conocimientos ocultos y por esto accedí a la solicitud del indígena para traerlo aquí. Por última vez debo llamarle la atención sobre los motivos que le inducen a penetrar aquí, por si éstos fueran mera curiosidad. La iniciación es una espada de dos filos; a los puros y resueltos los defiende y da vida; a los curiosos e impuros los hiere y destruye.

Pausadamente acabó con estas palabras el Maestro y después dirigiéndose al indígena, agregó:

—Hermano de Servicio, ¿estáis satisfecho de las investigaciones que habéis hecho acerca de este señor?

—Sí, Maestro; puedo recomendarlo con plena seguridad; es un hombre sincero y altruista; los signos de su mano son justos y perfectos —contestó éste.

Entonces la voz dirigióse a Montenero nuevamente:

—Usted dijo que la casualidad había puesto en su camino al indígena. ¿Cree usted ahora en la casualidad? Nada hay casual; todo tiene una causa. La humanidad confunde la causa con el efecto, la predestinación con la casualidad, el ensueño con la intuición. Nosotros somos instrumentos de fuerzas desconocidas para la vulgaridad.

¿Desde cuándo conoce usted al indígena?

—¿Qué cuánto tiempo ha que le conozco? —replicó Montenero, tratando de recordar. Y en su esfuerzo por ver en el pasado, notó como una luz brillante que penetraba por sus ojos a la vez que pro todo su cuerpo; y a través de su Ego actual pudo discernir una larga serie de egos propios durante otras vidas de las cuales se encontrara en relación con aquel a quien entonces veía como el indígena. Él a modo de denso velo por que antes se encontraba limitado, había desaparecido; el tiempo y el espacio no existían para él. Entonces percibió la realidad de la cuarta dimensión; y todo su ser se encontraba invadido por una sensación voluptuosa. Quiso contestar a su propia pregunta, pero, anonadado como se encontraba por su propio despertar, solo pudo decir:

—El tiempo... No sé; no conozco el tiempo...

Era verdad que no lo conocía. No podía recordar, pues al anularse el tiempo, se anulaba el recuerdo; pero podía revivir en un instante todo el pasado.

—Antes de admitir a usted en nuestro seno —dijo la voz de nuevo—, necesito hacer a usted algunas preguntas: ¿Cuál es la fecha de su nacimiento?. Aquí Montenero quiso responder como lo hubiera hecho a cualquier autoridad civil que le hubiese dirigido la misma pregunta; pero el mismo extraño estado anterior se apoderó de él. La voz no llegó a brotar de su garganta, y vio innumerables nacimientos en lo pasado y aun en lo futuro.

—Ahora... no sé cuando nací —hubo de responder de nuevo...

Es otra vez una cuestión de tiempo...

El tiempo... No sé; no conozco el tiempo.

Pero se dijo: Si no existe el tiempo, el espacio tampoco debe existir.

—Hace tiempo que buscaba usted la luz. ¿Que clase de luz buscaba usted?

—Quise decir la luz de la verdad —dijo Montenegro.

—¿Que es la verdad?

—La verdad... la verdad es... —repetía mientras pensaba Montenero— la realidad, la esencia, la realidad indestructible de la naturaleza.

—Bien; y ¿qué es la mentira?

—La mentira es la sombra.

—Sí, en verdad; la verdad es de Dios y en Dios. ¿No es así?

—Sí —dijo Montenero—, la mentira es de los hombres; nosotros hemos creado la mentira.

—Bien —explicó el Rosa-Cruz—, la mentira es de los hombres; nosotros hemos creado la mentira.

—Bien —explicó el Rosa-Cruz—, Dios es la verdad misma, y solo la verdad en nosotros puede conocer la verdad divina. Hay que alcanzarla y vivirla en nuestro interior para llegar a conocerla. La verdad está fuera del tiempo, más allá del espacio.

Solo por el conocimiento del Yo verdadero, llega el hombre al conocimiento de la verdad. Dios como generador y espíritu universal, es la verdad generalizada. La verdad manifiesta es el Hijo; y por eso el Espíritu Santo es el conocimiento del Yo divino en nosotros. El hombre en su envoltura física es transitorio, y solo es eterna la verdad del verdadero Yo. Nuestra conciencia y nuestra inteligencia pertenecen al ego transitorio que desaparece con el cuerpo físico. Tanto la una como la otra está expuestas a engaño; solo es infalible la conciencia superior, el conocimiento intuitivo del verdadero Yo. En todos los seres existe una chispa divina, para ponerse en relación con la cual es preciso seguir ciertos métodos, cuya clave poseemos los Rosa-Cruz.

¿Conoce usted alguna parte de la Biblia que tenga relación con esto?

—Creo que sí —dijo Montenero—. San Pablo dice: “¿No sabéis que sois templos de Dios y que Él mora en vosotros?”

—Sí, a esto mismo me referí yo también —respondió afirmativamente el Maestro—.

Y ved cómo si se trata de una partícula del Omnipotente, ha de tener ésta en sí un ilimitado poder creador, que le permita manifestar obras tales, como las que el mundo llama milagros, tales como los que Jesús de Nazaret realizó; como debemos todos realizarlos conociendo la clave, el misterio.

¡Qué claras resultan ahora las palabras bíblicas!: “Si tuvierais fe, como un grano de mostaza, moverías montañas”. La fe, empero, es un poder que radica en el conocimiento divino; la realización de nuestra propia divinidad.

No es la fe, en modo alguno, lo que han dado en creer los pseudos sacerdotes, los cultos, no es la mera aceptación de creencias ni de teorías religiosas ajenas y acatadas como indiscutibles y bajo la férula de las cuales se mueven apenas las inteligencias de millones de seres. La fe no es esto; antes por el contrario, es un poder, el poder semejante a la voluntad; pero es la voluntad de hacer bien; la voluntad de hacer manifiesto al Dios que mora en nuestro interior. El hombre puede todo lo que quiere, cuando lo que quiere es la justicia misma.

Es el hombre un acumulador, un centro en que coinciden las ondas de luz y fuerza emanantes de las bendiciones de los justos y de los bienaventurados y que tienden a la armonía. Usted busca la verdad en un mundo en que todo es relativo con la única excepción de la certidumbre del fin de la vida, de la muerte.

En el frontispicio de un antiguo templo, leíase: “Nosce te ipsum”; esto es: “Conócete a ti mismo”. El hombre debe indagar todo lo que esta pregunta envuelve, es decir, de dónde venimos, qué somos y lo que después seremos. El hombre en su complejidad lo tiene todo: cielo e infierno, Dios y Naturaleza, lo más grande y lo más íntimo, y solo cuando el hombre se conoce a sí mismo puede comprender lo que es la fe.

¿Cree usted también en la vida más allá de la tumba?

—Sí —contestó Montenero—, creo con tanta firmeza, como creo en la existencia actual. Soy espiritualista.

Entonces una voz desconocida preguntó:

—¿Cree usted que ésta sea una sociedad espíritu análoga a las que usted ha conocido?

—¿Por qué no habrá hecho esta pregunta el mismo Maestro? —se dijo Montenero para sí—. ¿Qué tienen que ver los espíritus con esto?

Pero no tuvo tiempo de pensar mucho, pues el mismo que interrogara contestó:

—Es de suponer que se nos considere de tendencias análogas, pues también nuestro esfuerzo se dirige hacia un mundo espiritual. Solo nos diferenciamos en el medio de que nos valemos para la comunicación con los mundos invisibles.

—Sí —contestó otra voz—; nosotros no somos ajenos al movimiento espiritista, como lo son los materialistas, que niegan toda existencia de las fuerzas espirituales. Lo que nos diferencia es la forma de los métodos que empleamos para indagar en el mundo de los espíritus. Nosotros rechazamos el espiritismo, porque los espiritistas, no tan solo usan, sino que abusan de las fuerzas ocultas de la naturaleza, que por otra parte desconocen, lo que ha dado ocasión para que a veces produzcan mas perjuicios que beneficios a la humanidad. Los fenómenos del espiritismo no pueden ni deben ser negados; pero su causa no son siempre los verdaderos espíritus, como creen los incautos, sino que son los elementales. Además, el espiritista abusa de los hombres, del mismo modo que el vivisector abusa de los animales, a los cuales martiriza. El espiritista emplea un médium cuyo cuerpo astral usan los seres que pululan en lo invisible; y por este medio creen los espiritistas, que alcanzan las esferas superiores.

La diferencia que hay entre el espiritismo y nuestra doctrina y métodos que llamamos herméticos, consiste principalmente en que mientras aquel se vale del cuerpo astral de los mediums para sus investigaciones, el hermetista o Rosa-Cruz, en su cuerpo astral, se puede trasladar por sí al mundo de lo invisible. El espiritista se vale de seres a los que no puede gobernar para experimentar con ellos, mientras que el hermetista puede a voluntad dejar su cuerpo para investigar en los mundos ocultos con plena conciencia de ello. Todo hermetista debe desarrollar la clarividencia consciente. Si los discípulos de Allan Kardec se dejaran guiar por nosotros, lograrían mucho. Lograrían más que los teósofos, pues estos están desencaminados en los últimos años.

La humanidad está confinada, en sus investigaciones, a los sentidos. La ciencia le ha proporcionado el microscopio y el telescopio para que por su medio ensanchase el límite de los sentidos. El hermetista, o lo que es lo mismo, el ocultista o Rosa-cruz, desarrolla las facultades y poderes del Yo interno que en él reside, hasta sobrepasar al microscopio y telescopio.

Montenero quiso decir algo sobre esta materia, pero la voz desconocida continuó enseguida diciendo:

—Ahora hemos de someterle a varias pruebas para saber el grado de voluntad y el desenvolvimiento por usted alcanzado en su presente personalidad. ¿Se encuentra usted en disposición de someterse a estas pruebas?

El deseo ferviente de averiguar cuáles fueran los límites del ocultismo, hubiera arrojado a Montenero a toda clase de prueba y empresas. No era Montenero, sin embargo, de aquellos individuos nacidos con vocación, que, después de una metódica preparación y de diversas experiencias en las vidas pasadas, se encuentran convenientemente preparados para recibir la iniciación. Aun no era de los que pueden recibir la explicación de los misterios con el corazón por completo entregado. Se aferraba todavía al mundo pasional, pues no había alcanzado el estado en que se renuncia a todo lo efímero y pasajero en aras de un ideal de eternidad.

No obstante, contestó, con buena voluntad y decisión:

—Estoy dispuesto a someterme a cuantas pruebas se consideren necesarias.

—Entonces acercaos —indicó alguien.

Sintió en este momento Montenero una inquietud y una zozobra que no podía dominar. Le pareció que la venda no solamente le cegaba, sino que no le dejaba oír bien. El indígena, al ponérsela, le había cubierto con ella los orificios del oído. Sin embargo, avanzó decidido en dirección al Maestro.

—Pero... ¿qué es esto? —exclamó de pronto.

Sus pies habían perdido tierra firme y había caído en el vacío. Encontróse en una profundidad, quizá un pozo, con las manos y los pies hundidos en tierra blanda y húmeda. Le parecía oler a ozono. Era como si la tierra que le rodeaba se encontrase cargada de fluido especial que no tiene la tierra común. Ciertamente debía haber caído en un pozo; pero a la vez le parecía que no había sentido la caída, que no había habido agujero. Era todo ello muy vago, enigmático e inexplicable. El tiempo que había mediado entre la caída y el momento en que se diera cuenta de su situación, había sido el de un relámpago; a él le parecía, sin embargo, una eternidad. En aquel conjuro de extrañas sensaciones sintió cual si viviese de nuevo toda su vida, cual es la experiencia de algunos suicidas que no han llegado a lograr su objetivo, según han confesado después por sí mismos. Todo esto le sucedía con una rapidez vertiginosa.

El mismo llegó a dudar de sí estaba muerto o vivo.

Instintivamente buscó con las manos a qué pudiera asirse, y al levantarlas tropezó con un objeto que parecía una piedra. El no podía discernir lo que era; pero se agarró a ella con fuerza, como se agarra el náufrago a una tabla. No bien se hubo asido, brotó un chorro de agua que manaba de un surtidor desconocido.  Rápidamente el agua inundó el pozo amenazando ahogarle por momentos.  Pronto llego a tal altura que hubo de elevarse sobre las puntas de los pies, para poder respirar evitando que el agua le llenase la boca.

Como anteriormente le sucediera en la tierra, aquella agua pronta a anegarle, le parecía distinta del agua común, cual si hubiese sido creada de un fluido singular. De repente le sobrecogió el espanto de la muerte. Si el agua ascendía un poco más o él dejaba de sostener su cabeza en erección, estaba materialmente perdido. Por un momento le pareció que los pies perdían la fuerza suficiente para sostenerle y con angustia mortal hizo un supremo esfuerzo; por instinto de conservación levantó las manos a lo alto tratando de buscar apoyo en lo desconocido, y sea por casualidad, sea porque ya estuviese preparada al efecto, dio su mano con una cadena a la que se agarró con fuerza inaudita; y en aquel mismo momento el agua despareció como tragada por la tierra. No tuvo, a pesar de esto, mucho tiempo para rehacerse, pues al par que el agua había desaparecido, parecía que el infierno hubiese abierto sus ígneas fauces sobre Montenero y parecía vomitar fuego sobre él. Empezó a sentir una sed voraz, y trató de aliviarla aspirando el aire fresco de antes a bocanadas; pero las llamas le envolvían. De nuevo le pareció que las llamas que le rodeaban no eran del género de fuego que él conocía, ni se dejaba sentir en la misma forma. Como la tierra y el agua, parecía algo magnético más bien que físico. Él, sin embargo, se abrasaba.

En su imaginación angustiada, creyendo próxima la muerte, ocurriósele aquella frase de la cruz, que lleno de fe, con las manos juntas, en oración, repetía:

—Señor, no me abandones; sálvame...

El sonido de su propia voz, en este instante diferente de lo común, que vibraba en su imaginación, le indujo maquinalmente a reproducir los mismos sonidos, pero su boca abierta por el afán de aspirar un poco de aire, tan solo reprodujo el sonido de las vocales a cuya vibración encontró un auxilio inesperado. En efecto, el calor abrasador que recibía de aquel ardor llameante, desapareció como por encanto, y el fuego todo, se disipó. Así Montenero pudo descubrir en el sonido de las vocales el poder maravilloso de disipar el fuego.

Vio dentro de sí una I que le hizo recordar el Ignis del latín = fuego = alma Δ, una A = Aqua = agua = materia = cuerpo▼, y por último una O = Origo = principio = espíritu.

Esta I, A, O., el primer mantram, se encuentra en las inscripciones de muchos templos antiguos. Montenero no recibía instrucción ninguna sobre estas I. A. O., pero había sentido pasar la vibración de su pronunciación hasta los pies y esto era una enseñanza que no olvidaría. Seguía meditando sobre esto.

Un extraño silencio le envolvía entonces. Sintióse a solas con su Dios. Lanzó una mirada en derredor sin notar más que la más profunda oscuridad; pero en el mismo instante, se acordó que tenía la venda puesta. Palpóse con la mano. Sí, estaba allí. Se encontraba aún extraño a sí mismo. La voz del Maestro, que vibró de nuevo, le volvió en sí algún tanto.

—Habéis salido airoso de la prueba. Los cuatro elementos, tierra agua, fuego y aire, os han purificado, el I. A. O., que habéis pronunciado, os ha salvado. Montenero percibió que el Maestro no estaba solo.

Su voz sacerdotal, resonó en la estancia:

—¡En un principio fue la luz! ¡Que la luz sea con el discípulo! ¡Que se una el E-U, y son las cinco! ¡Es la hora del primer grado! La palabra es justa y perfecta. Arrancada por mano invisible, la venda cayó de los ojos de Montenero, que atónito y lleno de asombro contempló el espectáculo que le rodeaba. Se encontraba en una sala vastísima, deslumbrante de oro y luz. La claridad era tan portentosa que la del castillo de Chapultepec no podía ni con mucho comparársele. Era una luz viva aquella, compenetrada de vida y espíritu. Y era lo más maravilloso del caso, que Montenero no podía descubrir de dónde venía. En el techo no había lámpara ninguna y tampoco podía proceder de puerta ni de ventana alguna. Venía de todas partes y no producía sombra alguna. Observábase, sin embargo, detrás del Maestro, que dentro de una roca había una especie de Custodia-cáliz, de un color verde rojo, del cual salía la luz, tan vivificante como rara, y más adelante una cruz radiante a la que rodeaba una corona de rosas. Y fijándose bien en ella, vio Montenero que en medio de la cruz había un calendario azteca, con la diferencia de que estaba rodeado por siete rosas.

—Así deberán usarlo siempre los Rosa-Cruz -pensó Montenero.

Su mirada cruzóse con la del indígena, el cual parecía preguntarle:

—¿No le parece que todo esto vale más que lo que ha visto usted en los salones de Chapultepec? ¿No siente usted la intensidad de esta luz, que esparcen la cruz y el cáliz?

Era en efecto una luz que podría llamarse divina. La lámpara más perfecta que el tecnicismo pudiera crear, hubiera dado una luz que ante aquella hubiera semejado la de una mísera bujía de sebo. Se sentía que esta luz no solo tenía, sino que era vida, en sí. La magnificencia de la sala era extraordinaria. La luz que salía del cáliz parecía comunicarse a todos los objetos, dándoles vida propia; era armonía de todo. ¿Qué era todo el oro d la vajilla del emperador Maximiliano al lado de aquellas riquezas incomparables? Las paredes, el techo, las columnas, todo resplandecía e oro, todo era de oro macizo. Pero ¿de dónde procedería toda aquella riqueza? ¿Qué mina la habría producido? ¿Qué artista la habría cincelado?

Todo aquello pertenecía a un mundo a que Montenero no estaba acostumbrado y le producía un cierto anonadamiento. No sabía a dónde dirigir las miradas en aquellos momentos, Los Rosa-Cruz, ex profeso, le habían dejado tiempo para que las profundas impresiones llegaran a hacerse indelebles. Seguramente que las impresiones de aquella jornada no se borrarían ya más de su mente. Por fin su mirada se encontró con la del Maestro, del que, hasta entonces, tan solo había oído la voz.

Tenía este una figura venerable, alta, con barba algo canosa y bien cuidada, la cual se adivinaba había sido rubia. Tenía, a pesar de su aspecto de anciano, una lozanía excepcional. Rasmussen, pues por tal nombre era conocido, era de una edad indescifrable: Lo mismo podría atribuírsele la de 45 que la de 70 años. En él todo era noble. Su nariz era recta, su frente alta, sus ojos de un azul verdoso y penetrantes como los de un bardo. Debía de ser oriundo del norte de Europa; tal vez de la Silesia o de Dinamarca.

Rasmussen era muy bien conocido socialmente y gozaba de cierta popularidad. En la colonia alemana de México era consejero, y el gobierno de aquella nación le debía señalados servicios. Su reputación era intachable. Desde hacía muchos años ocupaba el cargo de cónsul general de Noruega. Y no tan solo para los noruegos, sino para los daneses, suecos y alemanes, tenia Rasmussen la casa siempre abierta. Tenía su residencia en la colonia Juárez, con todo confort. Era creencia general entre las personas que lo conocían, que poseía conocimientos extraordinarios. Era además poseedor de una cuantiosa fortuna que nadie sabía como había adquirido, y que la mayor parte creían heredada. Decíase que poseía minas de plata en los Estados del Norte, pero que nunca se acordaba de ellas. Todos coincidían, no obstante, en la opinión de que sus riquezas eran adquiridas honradamente. En los bancos y compañías financieras importantes, ocupaba cargos de Presidente o miembro del Consejo de Administración. Lo que nadie sabía, era que se ocupaba en las ciencias ocultas. Se sabía, sin embargo, que ocupaba un cargo de importancia en la Orden de San Martín de Pascalis, Orden que tiene entre sus filas personas aristocráticas de todos los países y que se ocupa en actividades benéficas.

—Sí; sin duda —pensó Montenero pasándose la mano por la frente— así debe ser un Maestro—. Y mientras repasaba en su mente los antecedentes de aquel hombre, se extrañaba él mismo de no haberlo adivinado antes. Todos estos pensamientos fueron interrumpidos por la voz de Rasmussen:

—Comandante Montenero, ha vencido usted en todas las pruebas y me permito saludar a usted como hermano nuestro. He de agregar que cuanto le acaba de ocurrir en estos momentos, ha sido meramente una sugestión. En realidad no se ha movido usted del lugar en que fue colocado. La tierra que tocaba, el agua que le ahogaba, el fuego que le abrasaba y el aire que desvanecía las llamas no eran materiales. Ya sabrá usted mas adelante como se produce todo eso. Nosotros no tenemos necesidad de someter a los novicios a pruebas materiales: conocemos mejor a los hombres que ellos mismos. Tenemos a nuestro alcance medios y métodos secretos para penetrar en el mismo fondo de las conciencias. Ahora ha adquirido usted el deber de estudiar todo el simbolismo que le rodea.

Tenemos nuestras reuniones y nuestro simbolismo secreto, porque no consideramos útil dar a las masas lo que para la mayor parte no representaría nada por tratarse de cosas que no pueden comprender. La Biblia nos advierte de esto cuando dice: “Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria”.

Esto es textual del libro de los Corintios 2, versículo 7, y obliga a los buenos católicos a meditar...

Así como este versículo es tan claro, tan preciso, otros son vedados; pero todas las palabras divulgadas por Cristo a los Apóstoles, explicando parábolas o dando enseñanzas, revelan un sentido oculto. Las sagradas escrituras, como clave oculta, son tan maravillosamente grandes, que llevan en sí el sello inextinguible de la Divinidad. Los hombres por muy sabios que hubieran sido, no habrían podido redactar algo tan perfecto; por eso la Biblia es la Gran Luz, en ella está el Misterio del Graal.

Los Rosa-Cruz forman un círculo interno y otro externo. Usted pertenece ya al externo y tiene usted en lo futuro la oportunidad de ser recibido en el Oriente interno.

Su conciencia física ha penetrado en este círculo externo. En el interno, en la verdadera fraternidad, no podemos entrar sino en cuerpo astral, cuando se alcanza la verdadera iniciación. No se puede predecir de nadie, cuándo ha de llegar a la verdadera iniciación; puede alcanzarse en la presente vida, puede ser que no se alcance hasta después de algunas vidas. Nuestro cuerpo físico se parece a un violín que el hombre ha de aprender a templar y a pulsar. Podemos, como hacen los niños, jugar con él y echarlo a perder por no saber usarlo. No conviene, pues, olvidar que en este instrumento esta Dios mismo, según dice la epístola de los Corintios: “¿Ignoras que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?”

Hizo entonces una pausa y agregó:

—¿Quiere usted que le explique algo más, o tiene alguna pregunta que hacerme?

Tanto mis hermanos como yo, estamos pronto a responder a sus preguntas.

Agregar quisiera todavía, que este centro que llamamos Logia Blanca, vino de España; la trajeron algunos padres iniciados que vinieron de allá, de aquel país que, como usted sabe, aquí llaman la madre patria. Allá existe la Logia de grado superior.

El cáliz que tenemos aquí, no es más que una imitación del verdadero que se guarda en estado de Jinas, en la montaña de Montserrat, en la tierra catalana. Si seguís todas nuestras instrucciones, la pronunciación diaria de las vocales que habéis visto en astral, puede que yendo allí, el ascenso os sea ofrecido, pero esto será mas tarde...

—Maestro —dijo entonces Montenero—, yo he leído durante muchos años literatura ocultista; pero siempre he leído como en zigzag, todo cuanto a las manos me ha venido. Esta es la razón, quizá, por la que siempre he quedado a oscuras; de Montserrat nunca me han hablado.

—¿Qué es lo que le ha sorprendido mas de cuanto he visto y oído en el momento de su recepción entre nosotros?

Montenero no lo sabía; no podía darse él cuenta cabal de qué era lo que más le había impresionado. Mas sus ojos se fijaron en aquel momento en la cruz resplandeciente y recordó que lo que más le había llamado la atención era precisamente el calendario azteca que en ella había. La cruz y el cáliz le parecían más naturales, por lo que había leído antes, en obras ocultistas.

Entonces preguntó al Maestro:

—¿Cuál es la relación que existe entre la cruz cristiana y el calendario azteca?

—Responder a esta pregunta fuera resolver ya un problema del provenir. Por ahora solo puedo darle algunas indicaciones. La Reforma de la Iglesia en el siglo XVI, levantó algo el velo que cubría el origen de la cruz del Gólgota en su forma svástica.

La raza germana, a impulsos de la religión de los antiguos germanos, ha sido llevada a un grado de desenvolvimiento especial. El culto al sol de los antiguos mexicanos, es más antiguo aun que el de los germanos y es de mas valor esotérico que el cristianismo. Hay un lazo que une esas dos civilizaciones en el pasado. Así como la vida del Cristo es el símbolo de la vida de cada uno de nosotros en particular, representa también la vida de los pueblos, los cuales, sin sospecharlo, son un reflejo de la vida del Salvador, el mayor de los Iniciados. Así como Jesucristo murió crucificado y resucitó, así como renacerá el pueblo alemán después de haber sufrido el dolor de la crucifixión, después de haber apurado el cáliz de amargura; así como renacerán los que, en el cumplimiento de su deber, perecieron en el campo de batalla.

Tenemos razones para asegurar que todos estos hombres muertos en la guerra, de tantos países, renacerán al mismo tiempo y en un cercano porvenir; es de comprender que la muerte prematura de tantos miles de hombres en un país, traiga al mismo la necesidad de un número extraordinario de nacimientos. Esta última guerra fue necesaria para que la raza, sumida en el materialismo, reaccionara y viniera una época de espiritualidad que ahora se inicia. De aquí a unos cuantos años veremos cosas raras. Hoy el ocultismo se impone. No habéis encontrado coincidencias raras entre las inscripciones de estas pirámides, las de Egipto, y las piedras druídicas de Alemania. Los grandes iniciados de Osiris, hablaban de los leones del norte, que debían renacer allende los mares. La reencarnación la veis expuesta por todas las grandes religiones y hasta se dice en los evangelios que Juan al hablar de Jesús dijo que era Elías. También en el Evangelio de San Juan dice Jesús: “En verdad, en verdad os digo, que si no naciereis de nuevo, no entraréis en el reino de los cielos”.

Oscuras y muy discutidas son también las palabras del Nazareno cuando habla de su renacimiento y del renacimiento de los pueblos. En cierto lugar dice: “En verdad os digo, que este pueblo no sucumbirá hasta que todo se realice”. Ahora le invito a pensar que todo lo que pasa en el mundo físico es un reflejo de los mundos superiores.

—Y ¿cómo debo entender la cruz? —preguntó Montenero mientras su mirada se posaba sobre las letras I.N.R.I.

El significado de estas letras —dijo el Maestro— se explica con las palabras, Jesús Nazarenus Rex Judeorum. Sin embargo, los Rosa-Cruz lo explicamos de esta manera: Igne natura renovature integra, es decir, el fuego remueve incesantemente la naturaleza. Del mismo modo podríamos decir los elementos, pues ya veréis mas adelante que la llama encierra todos los demás elementos. La palabra INRI tiene un papel importante en la vida de Cristo antes de llegar a su trágico fin. Según una tradición egipcia, sirvió esta palabra como un mantran para la iniciación de los Mystos, que al pronunciarla como es debido, se producían una anestesia instantánea.

Los judíos tienen esta misma tradición en el Toldot yeshu. Jesús demuestra que había sido iniciado en la magia egipcia, por el modo en que tenía las señales en las manos. Según la tradición de Lydda, Cristo fue crucificado por haber sido acusado de mago. Con éstas, o parecidas palabras, todos los pueblos hablan de la crucifixión del Lagos, que metido en el cuerpo místico obra estigmáticamente. Por esta razón la pronunciación de esta palabra insensibilizaba a los Mystos y les permitía la salida del cuerpo astral. Heráclito vio en el fuego (Espíritu) la creación de todas las cosas, Anaxímenes la creyó descubrir en el aire. Tales en el agua y Empédocles en la tierra.

La trinidad: espíritu, fuerza y materia, se nos muestra a través de todos los cultos. El fuego que radica en el hombre es un fuego sagrado; es el fue go del Espíritu santo que puede destruir o elevar al hombre, según obren los hombres. Usted entre nosotros tendrá ocasión de estudiar los secretos íntimos de la naturaleza. Los hombres en la Sociedad dependemos unos de otros; no podemos vivir aislados y de aquí la obligación que al vivir en ella contraemos de ilustrarnos, comprendernos y auxiliarnos mutuamente en nuestro desarrollo individual.

Dirigiéndose entonces a todos los demás, siguió diciendo el Maestro:

—Quisiera interrumpir por unos breves momentos nuestra reunión para que todos nuestros hermanos tuvieran lugar de saludar al neófito que acabamos de recibir entre nosotros.

Montenero, que conocía a muchos de los presentes, sentía verdadero placer al estrecharles la mano, tanto más, cuanto que entre ellos había algunos compañeros de sus años de escolar. Después de diez minutos de cariñosos saludos, Rasmussen volvió a tomar la palabra: —Queridos hermanos —dijo—: tiempo es ya de que, por esta noche, demos por acabada nuestra reunión. Quisiera, no obstante, antes de terminar, que hablase el que de vosotros tuviere algo que comunicar.

Entonces habló uno de los hermanos:

—¿Ha intervenido ya nuestro Maestro en lo referente al horroroso crimen que trae preocupados a todos los habitantes de la capital?

Montenero se dio cuenta inmediatamente de lo que se trataba, pues durante algunos días los comentarios del crimen habían llenado las páginas de los periódicos de todo el país.

El hecho era el siguiente: Hacia unos ochos días que en la Legación de Alemania se había declarado repentinamente un incendio, y sea por la tardanza de los bomberos, sea por la inaudita voracidad del fuego, quedó totalmente reducido a cenizas. De las investigaciones policíacas habíase desprendido que el incendio no había sido casual, sino intencionado. El incendiario dejó huellas precisas del crimen. Se decía que partes principales del edificio habíanse rociado de petróleo. Fuera así o no, era el caso que junto a la caja de la Legación, se había encontrado un cadáver carbonizado, que según todas las señas era el del Secretario, bacón de K. la caja se hallaba abierta y junto al cadáver se había encontrado un cuchillo que pertenecía al mozo de la Legación. La versión mas generalizada del crimen, era que el mozo al intentar robar la caja de caudales, vióse sorprendido por el Secretario, al cual asesinó en lucha cuerpo a cuerpo, para lo cual se había valido del puñal encontrado y que llevaba sus iniciales. Después, tal vez para borrar los rastros de su crimen, había incendiado el edificio, rociándolo con petróleo.

El caso había agitado las emociones de casi todo México. El telégrafo llevó de uno a otro confín, los detalles referentes al crimen, con noticias y pormenores de la victima y del presunto autor.

A aquella se le dio sepultura en el panteón, con los honores de coronel del ejército. El ministro de relaciones exteriores, hizo el panegírico en un brillante discurso y aseguró que el gobierno tomaría todas las medidas necesarias para capturar al criminal. La viuda recibió del gobierno una fuerte suma y fue propuesta para una pensión vitalicia, que le fue inmediatamente concedida.

Como acostumbra suceder en casos análogos en México, la policía demostró su actividad con gran copia de aprehensiones. Casi todos los parientes del mozo de la Legación, habían visitado la cárcel. Ningún indicio de tal mozo se había obtenido. No obstante, la policía seguía algo desconcertada. Era desde luego imposible que todos cuantos en la cárcel habían ingresado, se hallasen complicados en aquel crimen.

Esta era en especial la causa por la que uno de los hermanos Rosa-Cruz hiciera aquella pregunta al Maestro.

Rasmussen al escuchar la pregunta guardó silencio por un momento y cerrando los ojos pareció concentrarse.

Tomó luego la espada flamígera y ordeno que todos los asistentes se dieran las manos formando un circulo mágico. Entonces el maestro pronunció algunas palabras, dando a las vocales una entonación particular. Tomó luego un frasquito de una caja de arcanos, del cual vertió en el cáliz algunas gotas, del que a su vez ascendió un humo denso. Entonces pronunció tres veces el nombre del mozo con voz potente. Los hermanos creían que, puesto que la noche era ya muy entrada, se encontraría el mozo sin duda alguna durmiendo, lo que facilitaría el que se pudiese presentar en cuerpo astral.

Apenas se apagó el eco de la última sílaba, la tercera vez que el señor Rasmussen lo pronunciara, cuando en la sala se produjo un viento con el zumbido característico en las evocaciones. El humo que del cáliz ascendía fue entonces condensándose gradualmente y poco a poco tomo la forma del individuo evocado: el mozo de la Legación. Entonces una voz sepulcral resonó en la estancia:

—¡Aquí estoy! ¿A qué me sacáis del mundo de los muertos? ¿Por qué habéis turbado mi reposo con vuestro poderoso magnetismo? ¿Qué queréis de mí?

Rasmussen que esperaba encontrar un espíritu agitado por los remordimientos, preguntó: —¿No sientes remordimiento por el horroroso crimen que has tenido la audacia de cometer?

—Yo no he cometido crimen ninguno. Antes al contrario, he sido víctima de él. El Secretario de la Legación me asesinó después de robar la caja, vistió mi cadáver con sus mismas ropas para que todos le creyesen a él muerto y huyó después de incendiar el edificio.

Todos los que escuchaban las aclaraciones del espectro quedaron estupefactos, pues ninguno de ellos esperaba tal solución.

Entonces el Maestro levantó la espada dirigiendo la punta hacia el fantasma y exclamó: —Hermano, por los poderes que me son conferidos quedas libre: regresa al lugar de que viniste, purifícate y que la paz sea contigo.

La sombra desapareció tal y como se había presentado, gradualmente. Rasmussen entonces dirigiéndose a los hermanos les dijo: —Procuren concentrar más sus energías; intensifiquen la cadena.

Acomodóse en su sillón y respirando varias veces con cierta intensidad provocó en sí mismo el estado de éxtasis.

—Concéntrense bien y no rompan por nada del mundo la cadena mágica hasta que vuelva el Maestro —dijo uno de los hermanos que había tomado la dirección de la dicha cadena.

Transcurrieron unos momentos al cabo de los cuales Rasmussen volvió a respirar profundamente.

—Ya está —dijo después de un momento—. He podido ver al asesino en cuerpo astral y me ha prometido que él mismo se entregará a la justicia para que el asunto se aclare y se ponga en libertad a los que ahora se encuentran presos sin motivo alguno.

Uno de los Rosa-Cruz, que, como más tarde supe, tenía el título de hermano mayor, y que estaba junto a Montenero, le dijo entonces a éste en tono confidencial:

—¿No le parece a usted que si nuestros jueces tuviesen a su disposición éstos y otros medios parecidos, sería muy otra la administración de justicia? Nuestros antepasados los aztecas conocieron estos medios y en su tiempo los emplearon.

Montenero, que había presenciado todo esto con ojos de estupor, no pudo por menos de exclamar:

—Es una verdadera sorpresa para mí el poder que he descubierto en los Rosa-Cruz esta noche. Me encuentro muy agradecido de que como neófito que soy, se me haya permitido presenciar todos los fenómenos y ceremonias que esta noche he presenciado. ¡Qué dirán los jueces cuando mañana se descubra el verdadero asesino!

Se disponía el Maestro a cerrar la sesión de la noche, cuando uno de los presentes manifestó el deseo de ocuparse unos momentos en un asunto de caridad.

—Sí —dijo Rasmussen—; hagamos manifiesta nuestra caridad cada vez que de ello tengamos ocasión. Díganos los hermanos de qué se trata.

—De una pobre madre que lucha con la muerte presa de una fiebre puerperal y en un estado tal que los médicos han declarado inútil toda intervención. Con su muerte, un hombre digno, modelo de esposos y de padres, se verá abandonado a la desesperación, con cuatro niños pequeños. ¿No podríamos ayudarle?

Los circunstantes todos, que habían escuchado las palabras del que tal solicitaba, miraron entonces al Maestro en espera de su decisión.

—Ayudémosle, hermanos —dijo brevemente Rasmussen.

A una señal suya, todos volvieron de nuevo a formar la cadena y Rasmussen, cerrando los ojos de nuevo, pronunció unas palabras dando a las vocales una entonación que Montenero jamás había oído. Siguió a esto una a modo de conversación, para él incomprensible, después de la cual dijo Rasmussen volviendo a dirigirse a los hermanos:

—Nuestro Gurú se encargará de la enferma y mañana los médicos verán con asombro que la moribunda se ha salvado.

Después de unos momentos de silencio exclamó:

—Hermanos, formemos una cadena fraternal alrededor de la Rosa y de la Cruz, para que los efluvios bienhechores del Santo Graal nos alcancen. Juremos mantener el sigilo de todo cuanto esta noche hemos visto y oído. Juremos perseguir por doquiera la mentira y la ambición; proteger la verdad, la virtud y la inocencia. Juremos hacer todo cuanto en nuestra mano esté, para lograr mayor progreso en el camino del amor y de la pureza.

—Juramos —dijeron los hermanos a coro extendiendo la mano.

Rasmussen, en respuesta, levantó las manos en actitud de bendecir, diciendo:

—En nombre de la cadena universal de los Rosa-Cruz y bajo los auspicios de vuestro venerado Gurú y de los hermanos invisibles, se cierra esta sesión. Que la rosa florezca sobre vuestra cruz.

Así se dio la reunión por terminada.

—Ya es tarde —dijo Rasmussen—. Mañana tengo mucho trabajo y debo levantarme temprano para hacer los preparativos de mi viaje.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Los Rosa-Cruz salieron del cerro de Chapultepec por la misma entrada por que entraron Montenero y el indígena y con las mismas precauciones que este último guardara para no ser visto. Atravesaron luego el parque que rodea al castillo para tomar el tren en Buenavista.

Montenero quedó con Rasmussen después que todos los demás se hubieron despedido de él, y aprovechó esta circunstancia para entablar de nuevo conversación movido por su deseo de inquirir.—¿Va usted a salir de viaje? —dijo Montenero—. Mucho desearía que no fuese éste tan pronto como parece. En verdad, tengo muchas cosas que preguntarle. No puede usted imaginarse cuán agradecido le estoy por haberme iniciado esta noche.

Comprendo que mi instrucción verdadera comienza hoy y espero con ayuda de usted poder saciar la sed de conocimiento que tanto tiempo he sentido.

—Lo que yo pueda hacer por usted, querido amigo, —contestó Rasmussen— lo haré sin duda; pero habrá de ser en las sesiones inmediatas, puesto que pronto partiré para Alemania. Hace ya muchos años que no he visitado a Europa. Debo ir allá para arreglar algunos asuntos de familia además, la Orden de los Rosa-Cruz me reclama también en el viejo continente. Debe usted saber que anualmente nos reunimos, ya en Bohemia, ya en las montañas de Harz, en el Tiflis o en Montserrat, o bien, en el Yucatán, en el Perú o en la India: allí tenemos Logias Blancas. Los miembros se presentan todos allí en cuerpo astral; solo a algunas sesiones se asiste en cuerpo físico. Estas reuniones son muy necesarias después de la gran guerra; pues ahora hay mucho empeño por nuestra ciencia.

—Diga señor. ¿No cuentan que el Tíbet tiene todas estas sociedades? —preguntó Montenero.

A lo que Rasmussen repuso:

—Tibet, la tierra sagrada de los hindúes, el país incógnito del Gran Lama, ha sido estudiado detenidamente y hasta más; se ha tomado una serie de películas cinematográficas que demuestran que hemos sido engañados por siglos y los que creían en los misterios de Llasa, se han tirado una plancha.

El Tibet es un país situado en la cumbre de los Himalayas; nunca o rara vez se había podido llegar allí, porque bastaba que un europeo se acercara a la ciudad sagrada para que lo mataran. Así, por los menos, se decía. Esta incógnita la explotaron muchos.

Había sociedades teo y filosóficas que decían que allá en Llasa todo era sagrado; Que allí vivían los grandes Mahatmas conductores de la humanidad.

Recuerdo haber asistido a una serie de conferencias en Paris donde el conferenciante pintaba a Llasa como el “non plus ultra” de la civilización y afirmaba que allá se tenían los grandes inventos de la telepatía sin hilos, aeronaves, piedras filosofales y “tutti quanti”.

Muchos creían aquello o solo esperaban morir para ver las maravillas del Tibet. Pero parece que el Dr. William Mac Govern tenía sospechas de que aquello eran cuentos para explota incautos y no temiendo ser muerto por los santos tibetanos, pero, por si acaso, tomando sus precauciones, se vistió de obrero hindú, escondió un aparato cinematográfico y se encaminó por los Himalayas.

Regresado recientemente a Europa ha publicado una obra en alemán e ilustrándola con una cantidad grande de vistas, ha hecho caer la venda de los ojos de los que creían en las maravillas de los yogis y faquires tibetanos.

No es que yo no crea en lo que se dice en el “Hamlet”, de que hay muchas cosas entre el cielo y tierra que nuestra filosofía no sospecha; al contrario, yo estoy convencido de fenómenos supra-físicos, pero creo que la tierra de ellos no solo es el Tibet.

Si hay tierras de Jinas como lo describe tan soberbiamente el escritor madrileño doctor Mario Roso de Luna, las hay, sí, en otras partes de la India, en el Perú, México y España, donde se puede uno poner en contacto con esas ciencias raras, pero no hay que dar gato por liebre, sino resulta como el Tibet, al que creíamos tierra muy adelantada y resulta que allí vive un pueblo ignorante, que carece de toda civilización y que no mata a los viajeros para ocultar algo, como no sea para esconder su salvajismo.

Curioso es lo que cuenta de los brujos hechiceros de allá, que hacen lo mismo que los menes de Yucatán y los Huiracochas del Perú, que entre sí tienen mucho de parecido. Hasta los tipos de la gente tienen mucha semejanza con los de México y sería interesante ver si en el Maya y en el lenguaje de los tibetanos hay voces semejantes. Montenero, que escuchaba con gran interés, le rogó le diese una oportunidad para conversar, acaricióse Rasmussen la blanca barba un tanto pensativo y dijo:

—Me parece que pasado mañana por la noche estaré libre. ¿Qué le parece, amigo mío, si nos encontrásemos en algún sitio? Si no se me presenta nada imprevisto... De todos modos le enviaré a usted una esquelita mañana fijando el lugar y la hora. Montenero le dio las gracias, despidióse de él y marchó a su casa.

Aquella noche le fue imposible conciliar el sueño. Su mente se encontraba fuertemente impresionada por todos los acontecimientos de la noche. Las pruebas habían llegado a sobrexcitar su cuerpo astral hasta el extremo de trastornar un tanto su cuerpo físico. No obstante, durante los días siguientes fue poco a poco sintiendo que un creciente bienestar invadía todo su ser; su organismo parecía funcionar mejor, su mente estaba mas clara, su actividad mas despierta. Era el resultado de la cadena que formaron los Rosa-Cruz y en la cual él había tomado parte. La unión con su espíritu le producía un estado de felicidad inefable, poco tuvo que esperar, pues a los tres días Rasmussen había dado una cita a Montenero, y en ella trató sobre el problema trascendental de Fuerza y Materia, principiando el Maestro la conversación, de la siguiente manera:

—Cuando hablamos de experiencias científicas o de simples hechos, no solo debemos tomar en consideración lo que se puede demostrar empíricamente con nuestros sentidos, sino que es menester sacar conclusiones, consecuencias inductivas o deductivas.

En el estado actual de la ciencia, no hay que concretarnos parcialmente a los hechos desde le punto de vista objetivo, sino que debemos valernos de nuestro entendimiento.

Si quisiéramos esperar con las indagaciones filosóficas hasta haber acabado todas las observaciones objetivas, no llegaríamos jamás a un progreso filosófico.

—Puede que tenga usted razón, señor Rasmussen; pero yo hasta ahora habría sido partidario de hechos, y sigo pidiendo factos, como acaba usted de realizarlo en la noche de mi iniciación, con el criminal y la enfermera —dijo Montenero; agregando enseguida; entonces, la especulación filosófica nos sale sobrando.

—No... no, señor...

Es menester que la observación práctica de los factos, vaya acompañada de la especulación filosófica.

—¿No podría bastar uno solo de los dos caminos?

—Un naturalista, biólogo o un estudiante de fisiología, iría al fracaso sin filosofía; un filosofo sin ciencia natural, sería un nuevo Icaro. La ciencia debe estudiar con los sentidos la parte material de los fenómenos, ayudada de aparatos como el micros y telescopio. La filosofía por su parte debe indagar en alas de la mente, del pensamiento, la causa de estos fenómenos y sacar consecuencias lógicas.

—La ciencia ha hecho esto, Maestro; sí, sí...

—La ciencia ya ha cumplido esto en gran parte; sabemos lo que es sólido, líquido y gaseoso; hemos estudiado no solo las leyes que rigen la materia invisible, puesto que dominamos la electricidad, el magnetismo, el calor, la luz; conocemos aparentemente a fondo la materia, desde el punto de vista mecánico, físico y químico, pero el modo de obrar de las fuerzas señaladas, no lo conocemos.

Nuestra ignorancia respecto a la vida y el alma es tan absoluta, que da pena confesarlo. Pero que esa ignorancia es real, lo prueban la diversidad de escuelas que se contradicen.

Con todo lo que ignoramos en ciencias naturales, se podía formar un mundo nuevo.

—La labor de la ciencia, el análisis, señor Rasmussen...

—Ya lo he dicho: incumbe a la ciencia descubrir la Génesis de todos los fenómenos; y al hacerlo, se encuentra con el átomo... El átomo, que definimos como la parte más pequeña e indivisible, que se concibe a la Materia, está muy bien para el Químico, pero sale perfectamente sobrante para el Físico. —El átomo es un impulso eléctrico, señor. —Hace años que domina la tendencia de querer convertir el átomo en un impulso eléctrico, es decir, en electrón.

Tenemos aún los protones, que para mí serán siempre Materia... Se ha sostenido, que quitando al átomo todas sus propiedades, restaría nada más que un pedacito de Materia, esto es verdad en parte; para ello no hay separación posible, puesto que una de las propiedades de la Materia es el movimiento. “Quod no agit, non existit”. En el Universo, todo es movimiento, y así tenemos Materia y Energía.

Gustavo le Bon escribe: “Quand l’atome électrique a rayonné toute son énergie, il s’evanouit dans l’éther et n’est plus rien”. Si no fuera que yo sé respetar todas las opiniones, me darían ganas de silbarle por esta frase. Ríen. La Nada... ¿Qué es la Nada? La Nada... es la nada.

—Tiene usted razón, señor —replicó Montenero—; la Nada no se concibe. —Opino igual —asintió Rasmussen, y prosiguió: Ahora, en el átomo debemos buscar, puesto que en él reside la Génesis, el engendro de todo. “Ex nibilo nihil fit”. (De la Nada, nada se hace). No se puede separar la materia de la fuerza, como tampoco apartar la fuerza del movimiento, puesto que el Kosmos es una vibración eterna.

Es en el éter, como decía yo en otra ocasión a mis discípulos, donde se sintetiza todo; sin embargo, comprender todo esto como realidad, es difícil. Podemos, mi amigo, comprender los conceptos unidos; pero, per se, separado, no es ninguno de ellos una realidad. El monismo haeckeliano apoya esto al considerar Materia y Energía o Fuerza y Materia bajo el concepto de Sustancia. Esta Sustancia la considera el monista como Deidad del Universo y como causa causarum de cuanto existe.

—Allí tenemos el nebulium, señor Rasmussen. —Ahora, esta sustancia, aglomerada en mundos y soles, marcha con admirable y excelsa armonía; y esa armonía supone la predisposición a una ley, una conciencia, una inteligencia, que anima el movimiento armónico; de manera que, indudable, forzosamente, nos encontramos con un ternario: Materia, Energía y Conciencia. Montenero se había quedado pensativo y de pronto objetó: —Estas tampoco son válidas. —Si volvemos a lo mismo, ¿qué es Materia? ¿Cuál es la Fuerza?, ¿Cómo actúa la Conciencia? No lo sabemos.

Separadas unas de otras, no son realidades, sino atributos abstractos, como Hermosura y Bondad, que no se pueden analizar de por sí, hasta que son sentidos. Montenero había tomado cada vez mas interés por las explicaciones del Rosa-Cruz, y no queriendo dejarle toda la conversación, dijo al Cónsul en tono informativo: —Hay escuelas que señalan la Fuerza, solo como condición de la Materia, como vehículo; pero, señor, mientras necesitamos a ambas, Fuerza y Materia, para explicar los fenómenos de la Natura, nos encontraremos siempre con una raya infranqueable para la explicación.

El monismo haeckeliano, al encontrarse con este problema, brinca y dice: Fuerza y Materia son la misma cosa, y la Conciencia es latente, inherente al Gran Todo, residente, en cuanto a nosotros, en las celdillas cerebrales; y pertenecen como problema, a la Fisiología anímica. Rasmussen había escuchado atentamente y se interpuso replicando: —Durante algún tiempo, la ciencia tapó el ojo al macho con esta definición, pero a la larga fracasa ante el criterio analítico.

—¿Como usted a Hirn? Últimamente cayó un libro de ese hombre en mis manos. —Sí..., sí. Lo conozco. Hirn los separa y dice: El espíritu obra sobre la fuerza y la fuerza a la vez sobre la materia. Pero ¿qué es lo que obra? Debe ser una realidad, debe ser un algo, para diferenciarse de la nada; de otra manera llegamos a un círculo vicioso, un callejón sin salida.

De todas maneras, la causa de las causas, el principio en sí, queda para nosotros ignorado, puesto que pertenece al infinito y el infinito, lo ilimitado, no puede ser abarcado por nuestro cerebro limitado. Hay una incógnita, y ésta es el espacio. —Muy bien, señor, pero del espacio ¿qué sabemos? —Del espacio solo sabemos que existe y que en el infinito reside todo lo que fue, es y será.

De manera, que Ser es la causa causarum de todo, pero es imposible sin movimiento, resultando, pues, uno, Materia en movimiento. Este movimiento sería rotatorio y no espiral, si no existiera un tercer impulso consciente, inteligente, ya reconocido por Pitágoras, al asentar: La espiral es la curva de la vida. Todos los hombres de ciencia están contestes en que es inútil, infructuoso, especular, fantasear sobre lo que hubo antes de la verificación de los fenómenos del mundo. El espacio es eterno e infinito y todos los cálculos con potencias infinitas, en este sentido, resultan ilusorios.

No pasa lo mismo con lo que palpamos; ello es real; tiene fines y límites. Por eso es que cuando el Caoes se convierte en Kosmos, se presenta en el anfiteatro de la ciencia, el Átomo, como una hipótesis especulativa; pero siempre como un trío o ternario de Materia, Fuerza y Conciencia, envuelto en sustancia etérea, sutil. Esta hipótesis ya fue aceptada desde mucho tiempo. Un celebre hombre de ciencia describe al Átomo como una esfera, una zona energética, en la cual circulan los electrones.

—¿No fue Iklé, quien también escribía algo sobre el Átomo, señor? —Iklé, hablando del Átomo, dice: Tenemos que verlo con rayos magnéticos, con pequeños magnetos elementales. El Átomo, en si neutro, está construido de un Ion positivo, alrededor del cual circula un electrón negativo, como un sistema estelar doble.

—Esto de comparar los átomos con los astros, creo es de un americano. —Yo no soy partidario de los ford-americanos, que nos dan tan poco en ciencia. Últimamente parece que se animan algo más. Los intelectuales americanos, que generalmente tienen una instrucción superficial, haciendo un aglomerado de mediocridades científicas, han tenido soberbias excepciones; citaré a J. N. Keely de Filadelfia; este hombre presenta el átomo como un sistema planetario en miniatura, consistente en ternarios ultra-atómicos, que giran con inconcebible rapidez alrededor de centros neutrales, todo envuelto en torbellinos radioactivos.

—Este Keely tiene cosas muy atrevidas, señor Rasmussen. ¿No resolvió él algo sobre las fuerzas internas de los átomos? —Sí. En sus estudios sobre fuerzas inter e intraatómicas comprueba que el sonido actúa sobre estas fuerzas, y, mediante un diapasón y una cítara, llegó a convertir 4 gotas de agua en vapor etéreo, que le dio una presión de 27.000 libras sobre una pulgada cuadrada. Presenta además hipotéticamente 7 diferentes etéreas intramoleculares, es decir, de fuerza radioactivas.

Los alemanes, basados en las observaciones keelyanas, presentan entonces los átomos así: Alfa, Beta y Gamma. —Me han contado lo siguiente, señor: Estando construyendo un edificio en Nueva York y terminado el armazón, un ingeniero que conocía estas cosas, afinó un violín en correspondencia con la vibración del hierro del edificio y se puso a tocar una cuerda siempre con el mismo sonido. A los diez minutos se observó que el armazón comenzaba a temblar más y más, y si no deja el violín, dicen que la mole edificada se habría venido abajo.

—Es muy posible eso, señor Montenero. vea usted: La aspiración suprema de las Ciencias naturales, es fundar todos los fenóme nos en la Mecánica. Los grandes observadores, y entre ellos el sabio mexicano don Alfonso Herrera, pretenden eso y se basan en principios científicos. Yo voy más lejos: la Psiquis, cuya causa escapa a todos los aparatos y reactivos conocidos hasta ayer, debe pasar por el mismo cartabón.

—Dios... Dios, esta entidad espiritual, ¿cómo se la estudia, señor?.—La Materia se estudia y se comprende por la Materia. La Psiquis debe estudiarse, para comprenderla, entrando en el dominio de lo supra-físico. Pretender re ducirla en absoluto al matraz del laboratorio, es imposible: sería tanto, como si, para analizar la electricidad, se estudiara la cuerda de un reloj. —He visto una obra, no sé de quien, que diferencia estas cosas. —Sí. La ciencia diferencia, generalmente, procesos mecánico-físicos y químico-físicos. —¿Y el calor, señor Cónsul? —Ahí entra también el calor, puesto que se considera como movimiento molecular irregular, y lo mismo la electricidad y la luz como vibración etérea transversal.

—¿Y las reacciones químicas? —Como proceso químico-físico, admitimos las reacciones químicas, que suponemos ocasionan cambios en la agrupación atómica, que siempre presentan desarrollo de calor, luz o electricidad. Así se transmuta la energía de afinidad química, en energía física. —Estos detalles son muy interesantes, señor. ¿Qué más me puede decir sobre esto?

—Sería muy largo, y quizás muy hondo, seguir en estos detalles; pero llamaré la atención a usted sobre esto; que, como se considera la afinidad química de carácter eléctrico, se aleja la frontera entre fenómenos químicos y eléctricos, y, como para la electricidad, luz y calor, rigen las mismas leyes, cae el valladar entre las fuerzas mecánico-físicas y las químico-físicas, y todo se presenta como Energía mecánica. Faraday ya suponía la existencia de Materia en condiciones de abarcar un estado, más allá de la forma gaseosa, y Crookes comprobó ese aserto, al presentar en sus tubos la Materia en estado radiante, que podríamos llamar preatómico, o más bien, corpúsculos retroatóicos.

Siguieron las investigaciones. Le Bon y otros nos hablan de átomos eléctricos, de electrones e iones. Durante un tiempo, nos confundíamos entre el laberinto de hipótesis más o menos aceptables o disparatadas; hasta que nos dejó atónitos Curie con el descubrimiento del Radium. —Estos Curie fueron unos héroes, señor. —No quiero, amigo, relatar las investigaciones que llevaron a cabo el Mártir Curie y su sabia y abnegada esposa, ambos justo orgullo de los franceses. Quiero pasar a las observaciones hechas por Kelvin, fundándose en Curie.

Kelvin probó ante la British Asociation of Science, que el radium emana, esparce calor y luz a tal grado, que en una hora se observan 9 décimas de calorías en un gramo de radium, si se prolonga ese proceso durante 10.000 horas, aumentarían 900.000 gramos de agua en un grado Celsius. —Este calor, ¿sale del Radio mismo, señor? —Es imposible, señor, admitir que ese calor salga del mismo Radio y es forzoso aceptar que el ambiente es quien lo surta.

Un artículo publicado en una revista que compré en San Francisco, bajo el nombre de “The light of the future”, sustenta la misma teoría, diciendo que el Uranio y el Radium reciben el acrecimiento de su actividad, de ciertas ondulaciones etéreas que emanan del sol y que no hacen sino cambiar la ligereza de sus vibraciones. Montenero no se sabe si se había distraído; pero Rasmussen notó en su cara cierta incertidumbre y entonces, para ser más claro, prosiguió: Voy a poner un ejemplo claro: El sol atraviesa un vidrio de nuestra ventana sin que se caliente. Lo pintamos enseguida de negro, y ya no se puede tocar de calor. El asunto es claro; los rayos solares, al encontrarse con el color negro, se rebajan de tal manera hasta ponerse al igual de las vibraciones de calor, y se transforma la luz en calor.

Otro ejemplo: Si se hacen pasar los rayos solares por una rejilla que permita el paso de todo el prisma, con excepción del ultravioleta, y anteponemos allí un pedazo de óxido de uranio, se cambia el color ultravioleta en verde: de luz invisible, se logra hacer luz visible. Lo mismo pasa con el radio: la luz invisible se transforma en fosforescente. (Rayos energéticos, Agus el Niton).

—Pero ¿qué se saca en limpio de estas experiencias? ¿Qué se aprende con ellas?

—Ah, señor...

Hemos aprendido aquí, que existen rayos invisibles: nuestro ojo es incapaz de percibir colores antes más allá del rojo, o antes más allá del violeta. Lo mismo pasa con el oído: no podemos oír tonos de más de 40.000 vibraciones por segundo. Una cosa muy curiosa he observado como aficionado a la fotografía, y quisiera exponérsela, señor.

Me refiero a lo parecido que debe ser en su intimidad nuestro cerebro con las placas fotográficas. Cuando tengo una placa poco expuesta, que no me dé detalles, basta ponerle unas gotas de amoníaco para que se avive, para que reaccione. Muchas veces no es necesario ponerle gotas al desarrollados; basta poner el frasco cerca de donde estoy desarrollando mis fotografías para que se aviven. Esto me hace recordar que a un enfermo inerme, apático, un coma alcohólico, le pongo amoníaco debajo de las narices, y hace lo mismo; se reaviva, reacciona.

Por otro lado, usted conoce el efecto del bromuro sobre las excitados, sobre los nervios; cómo los aplica y domina. Igual pasa con la placa fotográfica, si la hemos expuesto demasiado y los detalles salen demasiado chillones: basta poner algo de bromuro para que se suavice y se calme.

¿No es curioso esto? Mas cuando veo las sales en mi cámara oscura, paréceme ver luz o algo radioactivo. Sí...

Estudios más recientes comprueban que toda la Materia orgánica e inorgánica es radioactiva; solo nos faltan aparatos para ver sus emanaciones y entonces se abrirá un campo nuevo para las ciencias físicas.

—Tiene usted razón, señor. Ahora veo que todo resulta entonces vibración del éter, que mientras más ligera y más sutil es, invade el campo de lo espiritual, y mientras más lenta, representa la Materia; pero todo, en ultimo término, es el Átomo, que no debe considerarse como solo Fuerza y Materia, sino unido a ello la Conciencia; Para darnos cuenta de la pequeñez del átomo, basta recordar que una partícula de polvo de licopodio, es un millón de veces más grande que un pedacito de sustancia construido de un billón de átomos y después cada átomo se compone de millones de billones de electrones. Fuerza y Materia son indestructibles, eso es un axioma científico, pero hemos visto que no pueden existir sino unidas a la Conciencia.

Ahora, lo que pase en la unidad Átomo, debe repetirse en lo compuesto, siempre inseparable de Conciencia, o llamenle las religiones Alma o Espíritu.

Cuando tomamos un átomo de oxígeno de la composición agua, no solo tendremos el átomo en sí, sino también el movimiento inherente a él, su afinidad y tendencias, lo mismo como si separamos de un bloque de fierro magnético un pedacito insignificante, siempre tendrá sus polos, Norte y Sur, como todo fierro magnético.

Los hindúes dicen que todo es maya, ilusión, y que la Materia apenas se percibe; y en esto tienen razón al poner nuestros principios en acción, hipotéticamente, se comprende.

Si tomamos, por ejemplo, un bloque de platino, una de las sustancias consideradas como más sólidas, y si pudiéramos quitar de él todo lo que en los átomos comprendía a energía y conciencia y con ello todas las sustancias inter e intraatómicas, se reduciría a un pedacito de un miligramo, o sea, apenas visible.

Materia, Energía y Conciencia residen, pues, en todo, tan inseparables del ión como de las grandes masas planetarias.

Al hablar del radium, hemos sostenido que recibe algo del ambiente, que, en último término, viene del sol, que mediante unos rayos vibratorios determina una serie de fenómenos meteorológicos que desgraciadamente ocupan más la atención de la ciencia, que el mismo sol que los produce.

—Ahí sí que el astro Rey es algo maravilloso —opinaba Montenero; y luego siguió Rasmussen:

El sol es la materia prima de todo cuando existe. La materia planetaria no es sino fuerza solar transformada. La tierra es un pedacito de sol.

Asimismo, el hombre es en cierto modo hijo del sol, puesto que la mayor parte de sus elementos le vienen del astro Rey.

El sol es el núcleo, el depósito, el generador, al impulso del cual todo se remueve, todo se transforma. Debemos considerarlo como un centro energético de electromagnetismo. Sus rayos, al llegar a la tierra, atravesando el espacio infinito, traen átomos materiales, animados de fuerza e impregnados de conciencia.

Ahora, el Universo está poblado de millones de soles, cada uno de los cuales constituye un esparcidor de átomos materiales, que vienen a formar la Materia cósmica; difunde en sus átomos fuerza, lo que se titula energía universal, y emana conciencia, lo que presenta la conciencia infinita o Dios.

El Sol de nuestro sistema no es mas que la hechura de otros soles. Tras ellos hay otros, y otros, hasta el infinito.

Sicut superius, sicut quot inferius, decían los antiguos. Es decir: El hombre microcosmo, es la manifestación sintética del macrocosmo; es la repetición del Universo. El hombre es un mundo pequeño; le animan los mismos átomos que a los millones de planetas.

—Es sublime esto, señor —volvió a interrumpir Montenero; y Rasmussen siguió:

En él se condensa el mismo ternario, en él cada celdilla es un pequeño centro distinto, dotado de vitalidad que emana de la vida universal, no solo consciente en sí, sino dotado de inteligencia, de emoción y de sensación, y que hace el trabajo a él encomendado, consciente e inteligentemente, y de una manera infatigable. “Los huesos, los nervios, los músculos, todos los tejidos, son diferentes aspectos de una energía común; se diferencian en nuestro organismo, como se distinguen en la sociedad los hombres de letras, los comerciantes, los soldados y los obreros.

“Son diferentes todos, pero pertenecen a un conjunto, en que cada uno tiene sus deberes, sus obligaciones, su quehacer que llenar.

“En un sentido íntimo, las enfermedades residen en los átomos, o en las celdillas.

Cuando estos pequeños seres vivientes sufren, cuando son desgraciados y su desgracia se traduce en nosotros por los sufrimientos, cuando el estado de ellos puede entrar en el dominio de nuestra conciencia normal, entonces la enfermedad resulta un grito de imploración, que nos dirigen aquellas pequeñas criaturas; pidiendo socorro, clamando por piedad, se dirigen a nosotros, al conjunto, pues somos sus maestros, sus dioses, que nos dan las funciones y tenemos el deber, la obligación de protegerlos”.

—Esto lo ha leído usted en alguna obra, señor.

—Puede que tenga usted razón. Muchas veces, al leer algo se graba en nuestro cerebro y después lo damos como nuestro. No importa, las cosas bellas deben esparcirse; y, si el autor de esa frase la escuchare, que perdone.

Nuestras celdillas están con nosotros en una relación análoga con el Universo.

Esta idea me ha venido muchas veces, pero no la puedo poner en un concepto, tal como usted lo hace ahora.

Así como cada ser es una célula del Gran Todo, un microcosmo enfrente del macrocosmo; el hombre, en su conjunto, es el gran todo dominante de la celdilla.

Esta idea que encierra la síntesis de la solidaridad más hermosa, hacemos comprender que, si consideramos así a nuestras células, en pago de toda la atención que les prodigamos, nos dan buena salud, y a sus esfuerzos debemos la continuación de nuestra existencia en esta tierra.

Montenero que parecía no fatigarse, lo mismo que Rasmussen, interrumpió de nuevo para decir:

—La función, descubierta hace muchos años, de los glóbulos de la sangre, la fagocitosis que ya he descrito en otra ocasión y que consiste en perseguir, atrapar y devorar a los microbios perjudiciales, que han logrado introducirse en nuestros vasos sanguíneos, nos da idea de la deuda contraída por nosotros, con esas vidas minúsculas.

Lodge dice: La vida viene y se va, anima a la materia y la abandona, como el rocío se deposita sobre las flore s y luego desaparece.

Haeckel, el autor de “El Enigma del Universo”, que sostiene que la vida es solo una función de la materia, se parece al niño que cree que el viento es una función de los árboles, cuando sus hojas se mueven al impulso de la brisa.

—Este Haeckel es un poeta, pero sus concepciones en su Enigma del Universo, no puedo aceptarlas del todo. Principalmente, la cuestión de la vida es la que me ha preocupado siempre.

La vida existe en condiciones preexistentes en el Universo, y se anida allí donde encuentra las condiciones apropiadas; y ahí estará el triunfo del sabio Herrera, en la construcción de sus células artificiales: el día en que encuentre las sustancias químicas requeridas para ser un receptor de la vida universal, entonces habrá corrido el gran velo de Isis. —Así usted se refiere a don Alfonso Herrera. Este hombre es rabiosamente antivitalista; pero, al leer sus obras, uno está de acuerdo con él, pues al fin y al cabo todo se reduce a que la diferencia está en la expresión y no en los conceptos.

A toda su monumental obra le sobran dos signos para quedar perfecta.

Rasmussen en tono de convicción, continuó entonces:

—Thales de Mileto, fundador de la escuela Jónica, en los albores de la filosofía griega, definía la vida y el alma, con la palabra Kimeticón (kineo, movimiento). Hasta en la Biblia, en sus primeras páginas, atribuidas a un iniciado en la sabiduría de los antiguos egipcios, la relación entre la vida, el movimiento y la conciencia, es patente.

—Esta idea ya es antigua, señor.

—Resumiendo lo expresado, debe quedarnos la impresión de que todavía resta un campo amplio que estudiar; que nuestro saber representa un círculo luminoso, circunscripto por un marco de intensa oscuridad, y que, mientras más ensanchamos el radio luminoso, mayores proporciones toma el marco que encierra.

Que debe existir una conciencia en todo lo que se agita, y que el evangelista acertó al decir:”¿No sabéis que sois templos de Dios y que él habita en vosotros?”

No, por cierto, en la forma antropomorfa de las creencias del carbonero, sino que Dios existe en el Átomo como existe en el Cosmos, y debemos felicitarnos de poder reconocer estas verdades que enseña ya la psicología moderna y que resultan en perfecta armonía con las opiniones de todos los sabios, de todos los países, estableciendo así el cumplimiento de un sueño de Virgilio en que decía: “Ya vuelve la edad de oro y una nueva progenie manda”.

Debemos aceptar: Que no hay divorcio entre la Fuerza y la Materia. Que la construcción del Átomo y su modo de ser en el Cosmos, representan torbellinos de fuerzas indiscutibles, porque el solo suponerlas desunidas, seria la destrucción del Gran Todo, o sea, Dios.

Tiene razón un escritor latino al decir: En todas las cosas la mentira anda constantemente a pasos gigantescos y arrastra las multitudes imbéciles tras de sí, aprovechando su vulgaridad irremediable, pero la verdad es todo lo contrario, parece reservarse el derecho de llegar a todas partes a última hora, anda despacio, se tarda un poco, pero al fin llega como el sol, teniendo al tiempo por bastón.

Que por último el hombre tiene en sí un ego interno, que radica en la conciencia, de átomos susceptibles al desarrollo individual, cuya finalidad consiste en desechar la parte grosera del hombre animal, para que la parte divina obre sin estorbo, y, dueña de su albedrío, realice las omnipotencias que le están destinadas.

Con este fin, aconsejo a mis hermanos en ideales y esperanzas y sobre todo a usted, que lo es desde ahora, que dispongan siempre el pensamiento a la excelsitud, el carácter al deber, el corazón al bien y el albedrío a la razón.

Es menester romper la neblina de supersticiones, con que el error ha envuelto el espíritu, desgarrar esos vapores de malevolencia que oprimen el corazón, irradiar en la virtud y elevarnos sobre esa atmósfera baja y pestilente de pasiones viles, en donde ruge la tormenta del odio, vibra el rayo de la intolerancia, y retiembla la tempestad de los exclusivismos. Busquemos lo bueno, lo bello, lo noble y verdadero, que está siempre en la altura, subamos allí, no intentando el camino del reptil rastrero que escala la roca, sino como el águila de nuestro emblema nacional mexicano, majestuosa, de limpio vuelo, y allá donde el alma, libre de groseras atracciones terrenas, pueda dominar el inmenso horizonte de la Ciencia y contemplar mas de cerca el sol inextinguible del ideal eterno.

Ahora, en cuestión de química, todos los días se hacen muchos adelantos.

Se ha logrado un nuevo descubrimiento al haber encontrado dos nuevos elementos a los que han dado el nombre de “masurio” y “renanio”.

Los descubridores son tres y entre ellos una señorita relativamente joven, la doctora Ida Tacke, que trabajaba con el sabio Koddack, sirviendo de ayudante el doctor Bergs.

Si el número de los elementos base, es, como se cree, 92, solo faltarían tres.

Mendeljeff y Lothar Meyer probaron que entre los elementos químicos había una relación periódica dependiente del peso atómico respectivo y que el átomo debería estar hecho de una sustancia arcaica universal.

Los antiguos Rosa-Cruz comparaban la actividad de la materia y energía con la actividad planetaria y los modernos han tenido que darles la razón.

Sicut superius, sicut quot inferius, era el principio antiguo. Es decir: “Así como el macrocosmo, el mundo en grande, así es el mundo pequeño, el microcosmo”. Y, sin saberlo, los químicos modernos se han aproximado a este principio.

Ya el descubridor del oro sintético nos dio una gran alegría y esperábamos de él nuevos descubrimientos, pero ahora salta a la palestra una mujer, una hembra descubriendo elementos. Se habrá equivocado Napoleón, que creía que las mujeres solo servían para tener niños y que su puesto era la cocina.

Bueno que se metan en política, porque al fin y al cabo, el mundo se compone de hombres y mujeres, y no es justo que solo nosotros hagamos las leyes, pero a que descubran elementos, ¡no hay derecho!

La señora Curie era una excepción; era casada, y aprendió lo que sabía de su marido; justo y hermoso que le ayudase a trabajar y que le reemplazase al morir.

Pero la señorita Tacke es jovencita. No tiene marido, ni lo encontrará ahora. Porque yo quería ver qué valiente se casa con una mujer que descubre nuevos elementos en química.

Los que conocemos algo de los hombres que trabajan en este orden de ideas, nos descubrimos reverentes ante la señorita Tacke.

Montenero había quedado más que satisfecho de las explicaciones del Maestro, quien le había seguido dando enseñanzas amplias y siempre más profundas, sobre el problema del alma y de sus relaciones, tanto con el invisible como con su estado después de la muerte.

Comprendió que al escuchar o leer a un maestro, es menester saber oír, mas que lo que dice, lo que calla, y saber leer lo que no escribe.

Muchas cosas no se pueden probar; lo que hay, es que hay que vivirlas, experimentarlas en sí, adentro, y que esa experiencia subjetiva es incomunicable, no se puede describir con la voz ni con la pluma. Hay experiencias en que acaba el Yo y empieza el Lo, que corresponde a la esfera del subconsciente.

Comprendió, empero, que no es el camino del espiritismo con sus mediums el que nos puede llevar a un convencimiento; pues que éstos dejan las puertas abiertas a muchas explicaciones divergentes y contradictorias. Lo único seguro, es lo que se ve sin ellos, sin mediums, en la aparición de fantasmas y Gurús. Hay en esto que abandonar el campo de lo subjetivo e irse derecho a lo objetivo; pero estas demostraciones tienen que ser a su vez solo para uno o para los iniciados.

Ya hay muchos hombres de ciencia, que han tratado los asuntos psíquicos con las reglas de las ciencias exactas. Recuerdo a Telekinese, de Schrenk, Natzing, que prueban que la generación de la especie es psicógena. Rasmussen hizo desfilar ante él las figuras del sabio Flomnoy; del francés Richet; después Morselli, Myers, el autor del “Human Personality and its Surviat of bodily Death”. Oliver Lodge, James, Geley, Lombroso, Osty, Fichte, Perty. Le contó la forma poética cómo tratan estos asuntos el astrónomo Flammarión y el español Comas y Solá.

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