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II

El Cónsul Rasmussen no pudo asistir a las reuniones Rosa-Cruz de las últimas semanas. Sus preparativos de viaje le habían absorbido cuanto tiempo tenía.

Los hermanos le enviaron una carta saturada de afecto filial y firmada también por Montenero, el cual se encontraba cada vez mas agradecido por las trascendentales enseñanzas que había recibido.

En el Consulado todo se había arreglado satisfactoriamente. El vicecónsul se había hecho cargo de todos los asuntos durante su ausencia; y cuando los periódicos anunciaron la partida de Rasmussen, se hallaba éste ya con su esposa en alta mar.

El paso por el mar de las Antillas fue un tanto agitado. El mareo hizo presa en casi todos los pasajeros, y por efecto de la mala mar, todos empezaron a temer que el buque viniese a topar con alguna de aquellas malhadadas minas que pasada la guerra europea seguían flotando en algunos mares, con grave riesgo de navíos y navegantes. Rasmussen, por el contrario, se encontraba en completo sosiego y tranquilidad.

El Rosa-Cruz había sido la personalidad alrededor de la cual giraba todo el interés de a bordo. Todo el mundo estaba convencido de que este hombre era enciclopédicamente sabio; infundía una confianza tal, que los pasajeros temerosos de temporales y otros inconvenientes que puede presentar la navegación durante este trayecto, no preguntaban al capitán si el tiempo iba a cambiar. Todo el mundo sentía intuitivamente que Rasmussen podía responder mejor a todo. De noche, cuando la bóveda estelar se reflejaba sobre la superficie del agua del mar, el Maestro era acosado por las preguntas; qué constelación era ésta o la otra, cuál era la estrella dominante, etc., etc.; y puede decirse que Rasmussen parecía incansable para responder a todas las preguntas. Una noche, el cielo estaba más despejado que nunca, una atmósfera agradable había llevado a la mayor parte del pasaje sobre cubierta, pero inútilmente se buscaba entre ellos al Rosa-Cruz. Su asiento en el comedor, al lado del capitán, también había permanecido vacío aquella noche y se temía que hubiese enfermado. A uno de los pasajeros, que se creía que tenía más confianza con él, le indicaron que fuera al aposento, para que viera lo que pasaba, y éste, cumpliendo el encargo de los demás, fue a llamar a la puerta del camarote de Rasmussen. En el camarote no se percibía ruido alguno, parecía que su ocupante hubiese salido, sin embargo, al llamado, el Cónsul contestó: “—¡Un momento!” Y le dejó entrar. Al penetrar en el camarote, apenas había pasado el umbral del mismo, un perfume de incienso agradable esparciase por el ambiente. Rasmussen no estaba solo. Frente a él, sobre una silla, encontrábase un personaje raro. No estaba vestido a la europea; mas bien, llevaba un manto que podía recordar a los habitantes del Norte de África: era una túnica blanca; sobre la solapa, había una cruz con siete rosas, y sobre la frente, bordado en una especie de capucha plegada se veía un cáliz radiante. Sorprendido más que asustado, quiso retirarse el recién llegado; pero el misterioso personaje le dijo: “—¡Que la paz sea contigo!. Entra. No hemos tenido inconveniente en que interrumpieras nuestra conversación, pues si nos hubieses tenido que molestar, no habríamos permitido que naciera en tu cabeza el pensamiento de haber venido. Te hemos dado este privilegio de ver un Gurú en astral, porque eres español y el Maestro tiene especial interés por Montserrat, que es su montaña, es terreno sagrado. “El español, halagado en su patriotismo, quiso darle la mano para agradecerle la deferencia, pero notó al darle la mano que ésta no se detenía en su cuerpo, sino que por el contrario, entraba, y, asustado, miró a Rasmussen, quien le dijo, sonriendo: “—Amigo mío, ahí tiene usted un fenómeno para usted hasta ahora desconocido. El traje que veis corresponde a la orden de la Rosa-Cruz, de la cual el Maestro forma parte. Viene de la montaña de Montserrat, donde existe una especie de convento invisible que se ha dado en llamar Logia Blanca. No es un fenómeno alucinatorio lo que veis; la formación de este cuerpo se debe a la acción del fluido magnético, que atraído por ciertos procedimientos que yo poseo, ha venido aquí, donde he podido detener ciertas vibraciones de naturaleza magnética; y así ha podido quedar el Maestro aquí conmigo durante algún tiempo. Es, sin duda, una manifestación supranormal de telestesia auto cognoscitiva que no se ve todos los días, pero que nosotros podemos provocar. El Maestro puede, cuando cree conveniente, valerse como médium de un cuerpo cualquiera y comunicar algo a la humanidad. A este respecto, es bueno recordar que en el año 1870, apareció una obra titulada “La historia y las Leyes de la Creación”, por Hudson Tutler. Esta obra llamó la atención al sabio Büchner y a varios hombres de ciencia, y el célebre Docor Aschenbrenner la tradujo al alemán. Años más tarde, el traductor, consciente de que la obra de Tutler había dado giros nuevos a la ciencia, indicaciones sabias sobre geología, quiso conocer al autor y se encontró al ser presentado a Tutler, con un payés ignorante, que solo pudo decir que había sentido, de noche, después de venir rendido de su trabajo del campo, necesidad de escribir, que él mismo no sabía lo que escribía. He ahí, pues, un medio curioso de que se valen los Maestros invisibles para actuar sobre la humanidad actual”.

El español, sin salir de su sorpresa, volvió la cara para mirar al Astral; pero éste había desaparecido. Rasmussen, que notó la sorpresa, le dijo que se había marchado ya por haber terminado su conversación y que sobre lo que había visto guardase silencio.

Entonces el Rosa-Cruz, como si nada hubiese pasado, subió a la cubierta con su amigo y todos felicitaron a éste por el éxito en el desempeño de su comisión, pues creían que debido a su invitación, Rasmussen había vuelto entre ellos.

Días mas tarde, el español, siempre lleno de curiosidad, preguntó a Rasmussen cuál era el procedimiento más eficaz para lograr la evocación de estos astrales.

Rasmussen le respondió con otra pregunta: ¿Cuál es el sistema mejor para aprender a tocar el piano? ¿No es verdad? —siguió, dando él mismo la respuesta—, que para ser buen pianista se necesitan ciertas condiciones y vocación y luego empezar a tocar la escala musical, siguiendo poco a poco con ejercicios difíciles, hasta llegar a poder tocar la Novena Sinfonía de Beethoven. Pero ante todo, lo que se necesita es un piano. Por suerte, el piano lo tenemos todos, porque es nuestro cuerpo mismo; pero, para abrirlo, o sea, ponerlo en condiciones de poderlo tocar, se necesita la pronunciación de ciertas palabras con que basta para que el Maestro acuda a nue stra llamada. Es de advertir, que con la evocación abrimos las puertas, no solamente a los maestros, sino también a seres inferiores que nos pueden hacer daño, y para protegernos de ellos, es necesario saber formar un circulo alrededor de nosotros, que sería completamente cerrado si no estuviera interrumpido en una parte con el sello de Salomón. Pero, señor; si existen estos seres sin necesidades físicas, entonces podrá haber otros planetas habitados, con seres como éstos.

—Sí, mi amigo —continuó Rasmussen—. La pluralidad de los mundos es un asunto que ha preocupado a muchos hombres de ciencia, entre ellos al célebre Flammarión.

Hay astrónomos que creen que nuestra tierra es uno de tantos planetas habitados y que en miles y miles de estrellas vive gente pare cida a nosotros o en forma astral.

Otros rechazan esta teoría como absurda, afirmando que no hay mas hombres que nosotros y que aquí todo se acaba.

¿Así, por ejemplo, en pro y en contra, el planeta Marte ha dado mucho que hablar a los observadores del cielo; y ahora, cuando en el mes pasado este planeta se encontraba tan cerca de la tierra, por todas partes han realizado experiencias. En todos los observatorios sacaron sus telescopios para mirar, para deducir.

Antes habían sido los alemanes los que se ocuparon mas en estos estudios; pero, como esto requiere gastos, y los alemanes están tan pobres, han tenido que ceder el puesto a los yanquis, y en las ultimas revistas se ven algunas noticias sobre lo mucho que vieron.

Lo principal es que ya de una vez por todas quedó confirmado, no como cosa resuelta, que en el planeta Marte este viviendo gente, pero que las condiciones atmosféricas sí son favorables para la vida, por eso se puede deducir, con seguridad, que Marte está habitado.

El sabio investigador sueco Arrhenius había sostenido ante las Academias de Ciencias, que sobre la superficie de Marte había un frío tal, que toda vida se hacía imposible. Arhenius afirmó que invariablemente en verano y en invierno, el frío que hacía allá arriba era de muchos grados bajo cero, y que el frío a veces era de muchas decenas de centígrados.

Hace meses, los astrónomos del observatorio de Lowol, en Flagstaff, midieron los grados de temperatura en Marte y constataron 9 centígrados de calor por la mañana y que a mediodía y en la tarde, la temperatura fue mas o menos como la de Barcelona por el mes de febrero. Así que es perfectamente habitable.

tendremos interés en saber como se sacan los grados de calor que pueda haber sobre un planeta tan distante, puesto que nadie pudo llevar un termómetro allá y me salen con el versito aquel de “El mentir de las estrellas”, etc., etc.

No; la ciencia tiene medios de medir los grados de calor sobre la superficie de los astros, sin salir del observatorio. ¿Como?

Un alemán, el Dr. Coblenz, inventó el radiómetro y con él se mide.

Se sabe que cuando se sueldan dos metales y se calienta después la soldadura, se produce una corriente eléctrica que se puede medir con el galvanómetro, aparato con el cual se pueden apreciar corrientes muy insignificantes.

Ahora, si por un medio especial se concentran los rayos luminosos de un astro sobre una soldadura y se conecta allí un radiómetro, nos da el calor que desarrollan estos rayos.

Este fue el procedimiento empleado por los americanos, que les dio un resultado tan favorable.

Existen, pues, todas las probabilidades de que en el planeta Marte vivan seres.

¿Cómo serán? Si hablan, si se alimentan y si procrean como nosotros, es asunto muy difícil de saber; pero es de suponer que bajo las mismas, o por lo menos, parecidas condiciones, es decir, que hay de todo. El día está lejos, pero vendrá de seguro, en que nos podamos comunicar con los marcianos, y quizás podamos trasladarnos allá.

Los Rosa-Cruz creemos con Flammarión en la pluralidad de los mundos, admitimos la existencia de seres sobre todos los planetas. No quiere decir que aceptemos que hay hoy seres vivientes u hombres en todas las estrellas; no. Pero puede haber habido una época en que las condiciones de tal o cual planeta, le hubieran hecho apto para albergar seres; o, tal vez, siéndolo hoy, puede, si sus condiciones atmosféricas se modifican, recibirlos.

Como era natural, el Rosa-Cruz Rasmussen fue mas y más el personaje que despertaba creciente interés entre los pasajeros del barco, todo el mundo ansiaba relacionarse con él, escuchar sus instructivas y amenas conversaciones.

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