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XIV

El semestre de estudios acababa de llegar a su fin a causa de los exámenes que iban a celebrarse, de manera que el profesor Mertin, que aun daba clases complementarias a varios de sus discípulos para prepararlos para el examen, estaba doblemente ocupado. Esta era la época en que el exceso de labor excitante y el poco descanso nocturno, lo tenían muy fatigado y de mal humor. Estaba justamente en su hora de consulta.

La señora Reiman era la última. Reflexionaba si debía fingir alguna enfermedad cualquiera, para tratar el asunto de su hijo como asunto secundario, o si fuera mejor que tratara directamente del asunto que allí la había llevado. Repetidas veces se levantó nerviosa, yendo de un lado a otro, pero no lograba tomar decisión alguna. El tiempo de espera se le hacía larguísimo.

Por fin, el último de los pacientes había abandonado por otra puerta el cuarto de consulta y el profesor Mertin entró en la sala de espera con su traje blanco de operaciones, con las siguientes palabras:

—Bueno, señora, ¿quiere usted pasar? Es usted la última. Señalóle una silla y con legítimo acento profesional prosiguió:

—Y bien, ¿qué es lo que le pasa?

—Señor profesor, no se trata de mí. Yo vengo por mi hijo.

—¿Sí? ¿Qué le sucede a ese joven? ¿No podía usted traerlo consigo?

—No, señor profesor.

—Bueno, pues entonces cuénteme usted lo que le ocurre. A ver si nos arreglamos sin su presencia.

—No, señor profesor, mi hijo no está enfermo.

—Pues entonces, ¿qué es lo que usted quiere de mí, señora? —preguntó él algo incomodado.

—Mi hijo es un discípulo de usted, señor profesor... Bernardo Reiman.

—¡Ah! ¡Eso...! ¡Ahora lo comprendo! —exclamó el profesor Mertin—. Es muy grato para mí conocer a usted, señora, pero no debe usted preocuparse para nada, puede estar absolutamente tranquila. Su hijo de usted, no necesita mi ayuda, pues hará un examen brillante. Es uno de mis mejores discípulos.

—No, no, señor profesor. No se trata del examen, sino de un... un... amorío que mi hijo tiene.

—¡Qué me dice usted! ¿Un amorío? —y añadió para sus adentros: ¿Y qué me importa a mí todo eso?

Sólo, para decir cualquier cosa, terminó:

—¡Ya, ya! La juventud, señora. Pero en su mayoría son cosas pasajeras. Ahora iniciará pronto su profesión de médico y entonces ya olvidará a las muchachas.

—No, señor profesor; ya está demasiado prendado de esta mujer. Perdóneme usted si le hago algunas aclaraciones sobre las circunstancias inmediatas.

Fue quizás cierta curiosidad la que indujo al profesor Mertin a dejarse relatar por la madre de Bernardo algo sobre esta cuestión.

Y la señora Reiman se puso ahora a exponer al viejo profesor el asunto, con aquella nerviosa minuciosidad histérica, que le era característica. Allí tuvo que salir la historia de su propia vida, y luego, toda la historia de la familia Kersen; de manera que el pobre profesor, ya dejó de escucharla a la tercera frase, prestándole únicamente un poco de atención, cuando creía que iba a concluir.

Fueron muchas las muestras de impaciencia que hizo; pero ella no parecía comprender que el asunto tenía que ser sumamente aburrido para él, y que lo consideraba como un robo de su tiempo tan precioso. por consiguiente, aprovechóse él de la primera pausa que la señora hizo para tomar aliento, para interrumpirla:

—Lo siento muchísimo, señora, pero he de declararle que no puedo mezclarme de ninguna manera en cuestiones particulares de mis discípulos. Por consiguiente, lamento de veras, no poderla servir y he de suplicarle me exima usted de este asunto.

Usted ha de comprender, señora, que ahora tengo mis atenciones y preocupaciones en los exámenes.

—Ya, señor profesor, pero...

Mertin ya estaba fastidiado de la cosa. No quería escuchar nada más y no la dejó proseguir.

—Señora Reiman, lo siento muchísimo. ¿Me hace el favor...?

En vista del enojo que se marcaba ahora tan visiblemente en las facciones del profesor, la señora Reiman no tuvo más remedio que despedirse sin haber logrado su propósito.

Al abandonar el cuarto, habíase ruborizado hasta la frente.

El profesor sin haber escuchado nada de lo que le había contado la señora Kersen, exclamó, cuando se vio solo:

—¡Qué latosas son algunas mujeres!.

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