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XIX

Elfrida estaba radiante de alegría, por más que su prometido secreto, como ella solía denominar a Bernardo, no se había dejado ver ya desde algunas semanas. Estaba en su carácter probablemente, que permaneciera tan callado, a la manera de las grandes naturalezas; y con toda seguridad iba a ser un gran hombre; su mismo papá se lo había dicho y éste sabía siempre muy bien lo que decía. Lo que sí no le gustaba, en absoluto, era que a nadie, ni siquiera a su primo Hans ni a la señora Gruenfeld, podía explicarles que estaba prometida. Por esto, estaba cavilando cómo podría hacer cambiar de parecer a su padre, pues de otro modo Hans podía llegar a figurarse que él era su único pretendiente. Y en cuanto a alusiones, bastantes había hecho ya.

Nada; sería la esposa de Reiman. Como hija que era de un profesor, su marido tenía que ser más tarde profesor también y no un triste hidalgo de polaina, como lo era Hans. Y tuvo que echarse a reír ante la idea de que ella, como él muy probablemente se lo figuraba, y quién sabe en lejana finca, se estaría inspeccionando las cuadras, con las faldas arremangadas, vigilando a las sirvientas, ayudando a desatar la leche y manipulando en la cocina lo mismo que en las bodegas. Eso le faltaba, que en vez del fino perfume de las rosas, la envolviera el vaho de las cuadras.

—No, Hans; en mi vida seré yo moza de cuadras. ¡Yo soy la prometida de Bernardo!

—díjose a sí misma en alta voz—. Que se enteren los vientos que soy su prometida.

Rechinó la puerta del jardín; y Hans con quien justamente estaba conversando en pensamiento, se le acercó con paso acelerado a través del jardín.

—¡Pero, si estás corriendo como si se te hubiesen desbocado los caballos! —exclamó ella sonriendo.

Un momento después, hallábase Hans von Reichenau a su lado, con la cara toda encendida; y puestos sus negros ojos investigadores en ella, interrogóla brevemente:

—¿Es cierto lo que hace un momento dijiste, en alta voz para ti, antes de que yo penetrara en el jardín?

Elfrida retrocedió asustada unos pasos, mirándole de hito en hito con sus grandes ojazos. Jamás había visto a su primo de esta manera. Le parecía todo extraño con su respiración jadeante, la mirada casi amenazadora y la tosca seriedad que se leía en su semblante.

—¿Cómo puedo yo saber que los caballos se te han desbocado? —respondióle ella con forzada sonrisa.

—¡Disparate! —la recriminó—. Quiero decir: si es cierto que eres la prometida de Reiman.

Elfrida sintió cómo su corazón le palpitaba hasta el cuello.

—Pero ¿tú has oído algo? —le preguntó.

—¡Vamos! —insistió Hans —. ¡Dime la verdad! Bien claro lo he oído, gracias a Dios.

—Y si así fuera, ¿a ti qué te importa? —replicó ella con acento arrogante.

—¡Oh, pues, mucho! Tu madre nos ha prometido a los dos en su lecho de muerte, cuando tú aun estabas en pañales. Nosotros pertenecemos el uno al otro, y ningún extraño podrá separarnos.

Un deseo irresistible de burlarse se apoderó de ella y se echó a reír de su chiste, como ella lo llamaba. —Tú te ríes de ello... pero, no obstante, es la pura verdad. Pre gunta a tu padre, que él mismo me lo ha dicho.

Elfrida púsose seria al momento. ¿Mi padre a ti? ¿Y a mí no me ha dicho una sola palabra siquiera? ¿Sólo a ti?

—Pues claro, porque tú eres demasiado niña aún.

—Entonces, ha sido un grande error, de parte de los dos, que vosotros, y tú sobre todo, tendréis que expiar ahora. Yo soy la prometida de Bernardo Reiman. Mi padre está de acuerdo con que nos casemos después de su regreso de España.

Ya lo sabes, pues. ¡Y tienes que conformarte!

Con plena decisión se lo dijo.

—Pero yo no me conformo con ello —profirió él—. Primero me lo tiene que decir tu padre mismo.

Quiero tener certeza completa.

—Además, y ante todo, tendrías que preguntarme, primero, si te quiero yo, si mi corazón siente por ti... Seguramente que yo te quiero mucho como mi primo y amigo, pero como esposo..., nunca, jamás. Como futuro esposo mío, no entras en absoluto en consideración.

El se la quedó contemplando perplejo. ¿Era éste el gato silvestre, la rapazuela, que él quería amansar? ¿Era ésta la Elfrida, con su cabecita caprichosa? Parecióle, de pronto, otra; que se había vuelto otra. después de una breve pausa, preguntó, con ronco acento:

—¿Es ésta tu última palabra, Elfrida?

¡Singular la dolorosa impresión que le hizo esta pregunta! Desvió su mirada de él y se puso a contemplar el jardín. Al pie del manzano floreciente, una ardilla subía alegre por el tronco, haciendo murmurar el follaje. Algunos petirrojos saltaban de rama en rama preocupados en su juego de amor. El sol estaba en declive, inundándolo todo con sus rayos dorados.

Como aun siguiera callada, volvió a preguntar, con más insistencia que antes:

—Elfrida, escucha lo que te digo: ¿Es ésta tu última palabra?

Y, como ella prosiguiera en su mutismo, agregó:

—¿Te has olvidado ya de nuestros juegos infantiles en que jugábamos a marido y mujer? Aun te veo como joven madre en que tan encantadora eras con tus muñecas, por lo cual ya de muchacho te adoraba yo como un ser superior. Y poco a poco el amor fuése arraigando y tomando un incremento cada vez mayor, hasta tal punto, que hoy no puedo ni siquiera ya vivir sin ti. Tú sabes, yo soy rico. Puedo y quiero cuidarte como si fueras una princesa. Todo lo pongo a tus pies. Ya conoces las grandes y tan extensas tierras señoriales de mis padres, cuyo único heredero soy yo. Todo es para ti, solo para ti ha de ser. Es por este motivo, por la que he aprendido la agricultura, y tengo alegría con ella; asimismo, bien seguro estoy de que tú, justamente, con este sentimiento que tienes por la naturaleza, la llegarías a amar de la misma manera.

Ella lo contempló toda extrañada. En sus ojos se veía una gran admiración.

—Mucho me extraña que sólo hoy me hables de amor.

—Pero ¿es necesario que se diga esto? ¿No lo sientes ya desde años el amor que te profeso?

—No puedo, Hans —profirió—. ¡Soy la novia de Reiman!

Hans de Reichenau lanzó una ronca carcajada. —¡Pero eso son tonterías, Elfrida!

—No, nada de tonterías, es la pura verdad —articuló ella toda compungida.

Se oyeron pasos y ambos dirigieron la vista hacia la puerta. Era el profesor Mertin que, de regreso de su cátedra, atravesaba el umbral.

—¡Hola, hijos!

Al ver que los dos callaban, levantó la vista.

—¿Qué os ocurre? ¿Qué habéis vuelto a reñir? —díjoles burlonamente.

—Tío... yo..., yo...

Hans no supo cómo proseguir, y se limpió el sudor de la frente. Extrañado contemplaba Mertin a su sobrino.

—Pero ¿qué tienes?

—¡Ah, sí; justo! ¡Mis felicitaciones más sinceras, mi enhorabuena! —balbuceó Hans de Reichenau.

—¿Felicitaciones? Pero ¿para qué? Mi santo ya pasó, bien lo sabes.

—¡Por haberse prometido Elfrida! —exclamó Hans.

—¿Por haberse prometido Elfrida? ¡Si estáis locos...! ¿Y tú te crees eso?

—Ella misma me lo acaba de decir hace un rato, que se ha prometido con Reiman.

—Y efectivamente lo estoy —dijo ella, llena de obs tinación—. ¿O se te ha olvidado ya que nos presentamos como prometidos? Solo nos exigiste que nuestra unión permaneciera secreta, si bien no sé por qué motivo.

El profesor Mertin se echó a reír.

—¡Ah! sí; justo. Eso fue el día en que Reiman nos hizo su visita de despedida y en que, embriagado por el vino, dijo que sí a todo lo que tú proponías. Cierto, muy cierto; fue entonces cuando tú me anunciaste haberte prometido con Reiman, no él;

lo que naturalmente no tomé en serio. Yo estoy casi seguro de que Reiman ya no se acuerda para nada de toda la cuestión.

—Pero esto es enorme de tu parte, papá. Parece increíble que digas una cosa así —

exclamó ella toda excitada—. El asunto es serio, y sigue serio; pues yo solo me casaré con Reiman y con nadie más en el mundo.

—Pues entonces, tranquilízate un poco, hija mía —prosiguió su padre—, y escucha, pues tengo que contarte un epílogo ocurrido después de haberte tú prometido con Reiman: Has de saber, que ha poco recibí la visita de la madre de Reiman, la que me suplicaba influyere sobre su hijo Bernardo para que dejara a una joven que estaba ciega. Pues por amor a esta joven, hasta quería hacerse oculista para tratar en lo posible de curar su ceguera. Como era natural, le he dicho a su madre que yo no podía ocuparme en los asuntos particulares de los estudiantes, en cuanto no perjudicasen el buen decoro de los estudiantes en general, o fuesen de carácter deshonroso. Cada uno de estos jóvenes tiene su muchachita; y mucho tendría yo que hacer, si quisiera contentar a todas las madres. Lo único que pude prometerle fue que guardaría silencio de su visita. Pero ahora que veo que mi Elfridita aun sigue encaprichada en esta idea, le tengo que hablar de esta rival y espero que esto la curará.

Y repito, yo no he tomado en serio el incidente cómico con Bernardo Reiman.

Elfrida había escuchado con celo creciente. De la verdad de lo que su padre le decía, ni que dudar había. De la vergüenza que sintió, se le subió una oleada de sangre a la cabeza, incendiándosele las mejillas al pensar que era engañada, y que era desatendida a causa de una pobre ciega. Ahora ya sabía el porqué. Pero, sin embargo, quería atenerse hasta el último extremo a su derecho, hasta que él mismo se retractara.

—Qué importancia tiene si un joven, y sobre todo un estudiante, tiene una amiguita, esto poco me importa. Ahora que soy su novia, seguramente se abstendrá de tales tonterías —dijo, consolándose a sí misma con tal argumento.

Hans se echó a reír con despecho mal disimulado, pero luego se le escapó el juramento de que ya se la pagaría quien engañara a su prima. De ninguna manera podría él aceptar esta situación. Exigía que se jugase con las cartas abiertas; si no, pasaría una desgracia. Y aquí las cartas estaban mal, y todo, solo por culpa de Elfrida; pues era ella la única responsable de ese acto. El mismo lo había encontrado en las primeras horas de la mañana. Luego habían celebrado la despedida con otros colegas, tomando ya entonces más de una copa de vino. Y después, nuevamente en su casa.

—Es muy natural que cualquier joven se prometa contigo, si tú te echas en sus brazos —le objetaba para luego agregar: Vamos, pues, primita, dame la mano y no nos acordemos más de la broma de haberte prometido. Ven acá; sé razonable.

Su acento era suave como el de un niño. Ya iba a tenderle la mano, cuando su obstinación recrudeció.

—¡No! —exclamó y retiró su mano—. Primero quiero saber a lo que he de atenerme y quiero cerciorarme de cómo está la cosa con la ciega.

—Bueno, entonces esperaré —contestó Hans, respirando con alivio, pues ahora volvía a tener esperanzas. Y quiero saber la determinación de mi madre.

¿Qué es eso? ¿Es que Hans había dicho algo?

Su mirada dirigióse interrogadora a su sobrino.

—Yo le he hablado a Elfrida de ello porque creía que ya lo sabía —contestó Hans.

—Lo que por él has sabido —le dijo su padre—, es el deseo de tu madre por el gran cariño que os profesaba cuando niños.

Cuando ella murió, tú tenías tres años. Pero yo me quedé callado porque quería que tú misma te eligieras al compañero de tu vida. Y solo te habría hablado de ello, si tu elección hubiese recaído en Hans. Sin embargo, no te apruebo ni acepto el haberte prometido con Reiman. Ahora ya conoces también los motivos que tengo para ello.

—Sin embargo, he de rogarte que no te opongas a que me considere como novia de Reiman, mientras no esté aclarada la cosa con la ciega. Iré a ver a la señora Reiman y me proporcionaré pormenores sobre ello.

—Hazlo así, no tengo inconveniente; además no tiene importancia. Lo principal parece que tú no quieres comprenderlo; esto es: que Reiman tiene que pedirme tu mano en toda forma a mí mismo, a no ser que haya hecho ya anteriormente otra elección; sólo entonces podremos hablar de que estás prometida con él.

Elfrida comprendió que su padre tenía sobrada razón, lo que la enfadó a causa de Hans, que estaba presente en este altercado.

—Esto me es completamente igual —objetó con obsesión—. ¡Pero a un hidalgo de polaina lo aceptaré aun mucho menos!

Y, con estas palabras y lagrimas en los ojos, salió precipitadamente del aposento, cerrando la puerta violentamente tras de sí. —¡Deja que se apacigüe, Hans! ¡Si es tan cándida aún...! Cuando haya pasado el primer tumulto, con seguridad que volverá hacia ti, pues en el fondo de su alma es a ti a quien ama. O, si no, tendría yo que ir muy equivocado, lo que no puedo creer. Pero una cosa tienes que prometerme, Hans. En caso que la cosa saliese en contra de nuestros deseos, tú tendrás que soportar, como un hombre, lo que no se puede remediar y seguirás siendo siempre mi muchacho querido.

Mertin le tendió la mano, la que Hans tomó cordialmente con las siguientes palabras:

—¡Muchas gracias, querido tío! Que todo se trueque en nuestro bien.

Con estas palabras despidióse Hans de Reichenau del padre de Elfrida.

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