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XI

Sin que lo supiera nadie, la señora Reiman había tenido una entrevista con la viuda de Kersen, en que la primera había ofendido en lo más íntimo y sagrado a la madre de Elsa, acusándola a ésta, de que solo la guiaba el interés de atrapar a un marido rico para su hija ciega.

En esta ocasión, el alma pervertida y negra de la una, habría herido hondamente la blancura inocente de la otra. Pero podemos sospechar lo que pasó entre las dos, por las frases lanzadas por la señora Kersen a Bernardo, pidiendo a éste no volviera a la casa.

La señora Reiman, que había llegado a su casa después de dar una vuelta, pues quiso que primero se le pasara el enojo ocasionado por la señora Kersen, ordeno esta vez ella misma el aposento de su esposo, con especial cuidado, poniéndole los mejores bocados, como también una fuente con fresas silvestres azucaradas, su fruta predilecta y, además, un ramillete de rosas frescas.

Ella se sonrió al presentir el triunfo que iba a obtener, gracias a su astucia. Le constaba que su esposo volvería a caer en el garlito cuando viera la solicitud y el tierno cuidado de que ella lo rodeaba. El amor del hombre, pensó, entra por el estómago. Esto es universalmente sabido. Así pues, ¿por qué iba a ser justamente su marido una excepción, él que siempre tenía un buen apetito y chasqueaba la lengua cuando sentía olor a buen asado?, calculó ella.

Esta receta es a veces de un efecto sorprendente en naturalezas varoniles.

Él tenía que llegar de un momento a otro. La hora a que generalmente llegaba a casa, ella no la sabía. En los últimos tiempos no se había preocupado de ello, pues ya hacía mucho que el uno pasaba al lado del otro como extraño. Seguramente debía haber algo extraño entre ellos, que los alejaba.

Sus ojos se vitrificaron mirando fijamente en el vacío, cuando se puso a pensar en ello.

De pronto presentóse a su imaginación la señora Kersen. Esta había pregonado a voz en grito, por decirlo así, que era la elegida de su corazón, y ahora quería cautivar además a su hijo.

¡Qué mujer!

Sus pensamientos no pudieron seguir adelante. La puerta se abrió precipitadamente y frente a ella hallábase su esposo, quien con mirada de asombro la contemplaba de arriba abajo...

—Parece que mi presencia poco te alegra —empezó la señora Reiman con una irónica sonrisa.

—Efectivamente, estoy admirado...

De repente se interrumpió.

—¿O es que ocurre algo especial? —preguntó con brevedad.

—Es que, de otra manera, no tienes costumbre de venir a mi cuarto y menos a estas horas.

Hizo como si no viera el cuidado con que estaba preparada la mesa, y no quiso dignarse mirar las rosas.

—Habla, pues. ¿Qué sucede? —insistió él—. Aun tengo que escribir algunas cartas.

Por consiguiente, explícate pronto. Costábale a ella gran trabajo dominarse.

—¿Es que tienes mucha prisa hoy en liberarte de mi presencia? —le preguntó maliciosamente—. Me acuerdo de un tiempo en que me buscabas.

El se rió forzadamente.

—¡Ya! ¡Ríete! Cuando vamos entrando en años, las mujeres solo hacemos un papel secundario ante vosotros.

Extrañado de su reproche, alzó la vista hacia ella.

—¿Cómo te sobrevienen tales pensamientos? En todo caso, yo no te he dado motivo alguno para estas quejas. Tienes todo lo que deseas, riquezas y un muchacho sano y formal.

La señora Reiman notó que su método era falso y que tenía que acudir a una nueva táctica para influir en su marido.

—Tienes razón —contestó después de reflexionar un rato—, estoy desagradecida...

Cuando todo lo que tengo, lo tengo por ti...

Hipócritamente, lanzó un gemido sordo, al pronunciar estas palabras.

—Pero yo estoy enferma, enferma de verdad. Por ello tienes que disculparme.

Él la escuchó admirado.

—¿Tú estás enferma...?

—¡Sí, naturalmente que lo estoy!

—¿Vuelves a tener quizás tus nervios irritados?

—Puede ser... Por lo visto, ya no puedo soportar bien el aire de la gran ciudad, el barullo, el ruido, día por día; hasta de noche me despierto sobresaltada.

—Entonces vete a algún lugar tranquilo, en donde tus nervios vuelvan a recuperar su equilibrio. Nuestro médico ya te indicará alguno apropiado.

Ella quedóse mirando vagamente.

—¡No, no quiero salir! Tengo que quedarme cerca de Berlín.

—¡Ah! Bueno. Entonces...

—Pero bien tenemos nuestra pequeña casita en Schmargendorf. Bien podemos vivir allí —lo interrumpió ella—. Está tranquila y silenciosamente entre praderas y bosques y tiene también un hermoso jardín.

—¡Qué...? Esto no puede ser —exclamó él, levantándose de la mesa—. No vas de ninguna manera. La pequeña casa pertenece a la señora Kersen.

—¿A la señora Kersen? —repitió ella, haciéndose la altamente admirada. y luego añadió:

—Pero solo mientras no la ocupemos nosotros, como los verdaderos y legítimos propietarios, que bien lo somos.

—¿Propietarios? Ya no lo somos. La casa pertenece a la señora Kersen. Su marido me la compró antes de morir.

—¡Ah!, ¿sí? Pues tú no me habías dicho nada de ello.

—¡Cómo! ¿Sostienes que no he dicho nada? Tú estás informada hasta del más ínfimo detalle.

—¿Es que la hipoteca de que una vez hablaste, ya está paga? Bien tenías una suma mayor sobre la casa.

—Efectivamente, y ella me paga los intereses. —Entonces denunciarás tu hipoteca —exclamó ella con dureza—. De esta manera volveremos en posesión de nuestra casa; lo que estamos obligados a hacer por nuestro hijo, nuestro heredero.

Él contempló a su mujer con agudeza.

—¿Me estás hablando en serio? ¿Quieres que denuncie la hipoteca a la señora Kersen?

—Pues sí. Me parece lo natural. ¿Y por qué no?

—Pues yo no pienso, en absoluto, en tal cosa. Yo creo que no tienes tus sentidos cabales.

—¿Y tampoco si lo pido por consideración a mi salud?

—Tampoco entonces. La mujer estaría arruinada. Considera tan sólo, que entró en la casa como mujer joven y allí dio a luz a su desgraciada hija. Allí aprendió su hija ciega a correr y jugar, de manera que conoce camino y sendero. Sabe encontrar todos los rincones de la casa. A esta pobre mujer, ya de por sí tan digna de lástima, le quitaría con ello...

(La señora Reiman rióse con dureza.)

...su único sostén. Le costaría la vida, pues desde la muerte de su marido se ha cultivado ella misma en el pequeño jardín, todas las legumbres, frutas y cuanto necesita. No, no; es un absurdo, no puedo hacerlo. Sería además una vil ingratitud hacia su difunto esposo, que fue para mi fábrica un funcionario hábil y sumamente concienzudo, pudiéndole nombrar, ya después de pocos años, apoderado mío.

Además, fue mi amigo en el sentido más noble de la palabra. En su lecho mortuorio, le juré ser siempre un amigo leal de su familia y esto lo cumpliré absolutamente, tenlo presente. Además, la hipoteca ha sido registrada como no denunciable mientras vivan las dos.

—¡Pero tiene que salir de allí! —objetó con altos gritos la señora Reiman a su marido—. ¡Tiene que salir a la fuerza! ¿Que se deje comprar una casa por su cuñado rico (ese aventurero venido de México: ese ricacho de que tanto pregonan por aquí, y del que tanto ruido mete)! —gimió ella—. Sí, dicen que tiene dinero a montones; que sabe hacer oro, el charlatán ése. Pero, naturalmente, él... se esquiva, y deja que personas extrañas se cuiden de su hermana.

—No debes hablar de personas que aun no conoces —replicó Reiman, mientras su mujer, al darse cuenta de que el proyecto de su aparente enfermedad, tan bien preparado, quedaba frustrado, mostró ahora sin disimulo alguno todo su odio, e insistió.

—Me lo he jurado a mí misma: esa mujer tiene que salir de allí.

Reiman abrió desmesuradamente los ojos. Hasta llegó a dudar del juicio cabal de su esposa.

—¡Pues sí! —¡Tiene que salir! —volvió a gritarle de nuevo—. ¿O te crees tú que estoy dispuesta a seguir admitiendo vuestras secretas citas?

Esto ya fue demasiado, y Reiman pudo darse cuenta de lo que su mujer se proponía.

—¡Estás loca! ¡No las tienes todas contigo! —dijo, encolerizado.

Pero la señora Reiman no se dejó intimidar por la furia de su marido.

—¡Oh! —exclamó—, yo lo sé todo. A mí ya no me puedes hacer creer este cuento de vuestra pura amistad o tonterías parecidas. ¿Lo que es? ¡Tu querida! Tu concubina, que hasta quiere cautivar a mi hijo para su muchacha. ante tales palabras, Reiman ya no pudo contenerse más —¡Te prohíbo —exclamó lleno de ira— hablar en tales términos de esa mujer, que en todas partes es mirada con el mayor respeto! ¡Vergüenza debiera darte una sospecha tan vil, contra esa mujer que fue lo bastante magnánima para concederte su protección.

—¡Ya, ya! —replicó ella, exacerbada—. ¡Para aprisionarte, luego, tanto más!

—La peor de las bajezas es la ingratitud..., y yo sentiría muchísimo tenerte que contar entre tales naturalezas —profirió él en su manera tranquila y prudente—. Pero —prosiguió elevando la voz—, guárdate de tender el arco demasiado, pues podría romperse y yo lo sentiría mucho por ti.

—¡Ah! ¡Me amenazas! ¡Me quieres echar! ... ¿A tal punto han llegado ya las cosas, que tú me amenazas con echarme? —gritó ella temblando con todo su cuerpo—. ¡Y por una mujer así...

De repente, rompió a llorar desconsolada...

Él dejó tranquilamente que se expansionara. El viejo Reiman se dio cuenta de que el estado de irritación de su mujer era enfermizo. por consiguiente le dijo, compasivo, después de algún rato:

—Lo mejor, Augusta, será seguramente que te vayas a la cama. Tus nervios excesivamente excitados, necesitan descanso.

Con estas palabras, condujo a su mujer, que seguí llorando arrebatadamente, y que, por lo visto, se hallaba histérica, a su dormitorio.

Reiman quedó meditando sobre el matrimonio, el histerismo y la sensualidad.

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