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LA MÚSICA MODERNA

Música de Irán. Palacio Hasht-Behesht, Isfahán, Irán, 1669.

Música de Irán. Palacio Hasht-Behesht, Isfahán, Irán, 1669.

Bajo el tema de “música moderna” nos referimos específicamente a la música popular contemporánea dirigida a las grandes masas. Esto para no caer en la confusión con la música clásica, la de academia, o con géneros y corrientes “modernos” de música, que son dirigidos para un cierto reducido número de audiencia. Aunque no obstante, muchas de estas corrientes modernas, así sean dirigidas a un grupo específico de personas (jazz o instrumental, por ejemplo) no dejan de ser populares, en relación a los aspectos psicológicos y neurológicos en los que se fundamenta su éxito entre las personas.

El universo y toda la creación, se gestan bajo las leyes del tres y del siete. Las tres fuerzas primarias operan creando, ya en escalas más altas o más bajas; mientras, por imperio de la ley del siete, se ordenan los mundos, dimensiones y universos. Todo es música, el mismo silencio es musical. Desde el vacío y la nada, partiendo del origen de lo creado, el reino de los cielos del que predicara Jesús, las galaxias y soles en su inefable orquesta; hasta la música tribal que resuena y hace eco en el infierno.

En el microcosmos hombre, nuestro progreso o decadencia espiritual, ya como verdaderos seres humanos o como bestias o demonios, se mueve igualmente con la corriente del sonido. Las siete notas musicales marcan Do- Re- Mi, y luego de una pausa, Fa- Sol- entre La y Si hay otra pausa, ya sea en escalas más altas o más bajas, hacia el estado de hombre verdadero, de ángel, o en decadencia hacia los reinos sumergidos.

La dicha del reino de los cielos y el amor universal es transmitida en la música clásica de los grandes maestros como Beethoven, Chopin, Mozart, entre otros, se trata de composiciones que tienen tiempo, ritmo y métrica. Son de alta sofisticación, armonía y variación, de tal forma que impiden cualquier tipo de improvisación. Los instrumentos que se utilizan y su número, guardan relación con una emoción profunda del compositor. Y esta es la característica de la música clásica: es producto del centro emocional superior, que el artista transmite a través de ella, sobre la vida y la muerte, la existencia, la creación, el sufrimiento, sobre el mismo Dios.

Son aquellos maestros capaces de escuchar y transmitir la sinfonía que producen los átomos y las partículas subatómicas, la música de las estrellas moribundas, saben expresar el dolor de la existencia y la aspiración del hombre a unirse con Dios.

El ser humano tiene 5 centros inferiores: el motor, el intelectual, emocional, el sexual y el instintivo. Y tiene dos centros más elevados: el centro emocional y el intelectual superiores que son los que reciben estas composiciones clásicas, que se corresponden así mismo, con las partes más desarrolladas del cerebro humano en la corteza cerebral pre frontal, encargada del auto control, la autocrítica y la creación artística.

Desarrollamos los centros superiores del ser humano a través de la muerte del ego, de la compasión universal y el sacrificio consciente por los demás. El escuchar música que enaltece lo mejor del ser humano es parte en ese propósito.

La música popular en cambio, podría ser “compuesta” por cualquier persona golpeando unos trastos. Es compuesta con fines de lucro, para mantenernos dormidos, mientras el sentido de la existencia pasa por alto en la vida, sin que nos demos ni cuenta. En esta música se integran todos los géneros y derivaciones del rock, pop y la llamada música latina.

Se sabe que los grupos de rock de las décadas del 50 y del 60, recurrieron a centros especializados en psicología de masas para realizar sus composiciones y establecer la figura que de ellos (los “artistas”) se mostraría a las masas. Se trata como norma de figuras sexualmente ambiguas, el resultado fueron composiciones que se fundamentan en no más de cuatro notas y que se basan en sonsonetes repetitivos, para que así la “melodía” de “arriba” parezca diferente. Nada de esto es elaborado al azar por las grandes industrias de la música popular, neurológicamente en el cerebro se activan las partes primitivas que el hombre comparte con los animales: El sistema límbico, ganglios basales, que son de respuesta emocional y automática.

En el plano psicológico (y a esto recurren los centros especializados en el manejo de los medios) lo que se activa es lo que se conoce como “el padre primitivo”. Es esa parte subconsciente en lo profundo de la mente, en la que el hombre de la horda existe aún, donde se esconden nuestros peores agregados psicológicos (lujuria, ira, asesinato).

El resultado es el baile, la pasión, la exaltación eufórica del YO, la falsa sensación de supremacía personal, la rancia canción de amor. Es el mundo de la pasión animal y el engaño, de relaciones animales que no enaltecen al hombre. Aflora el baile cavernario convulsivo y la euforia personal, la violencia incluso, en un nivel que no es percibida por la audiencia.

El camino hacia Dios, hacia el hombre verdadero, requiere de una octava superior, y para ello, de un estímulo para subir de nota y de escala musical, este se encuentra en el dominio de la pasión animal a través de la sublimación de la energía sexual, en la destrucción del “mí mismo”, de ese “hombre primitivo” que cargamos adentro y en el sacrificio y servicio por los demás.

Las cosas aparentemente sin importancia que dejamos pasar impunes en nuestra mente, condicionan lo que somos y son nuestros peores defectos.

Enviado por: Dr. Rafael Merazo. Colaborador avanzado, El Salvador.

“La música de tipo ultramoderno daña el sistema nervioso y altera todos los órganos de la fisiología humana. La música moderna no guarda concordancia con las melodías del universo”. Samael Aun Weor. La Revolución de la Dialéctica.

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