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El Eterno Femenino Azteca

Dios como padre es sabiduría, como madre es amor. Las dos columnas del templo han existido por siempre y son en las que debe sostenerse todo desarrollo espiritual y físico. El eterno masculino siempre va acompañado del eterno femenino divinal.

En todas las culturas de la Tierra se les ha venerado, recordemos a Osiris entre los egipcios, jamás podría faltar Isis a su lado, pues no estaría completo, le faltaría algo, sería como un lago sin agua.

Dios Madre es el fundamento de esta gran creación, es el origen de todo cuanto existe, ha existido y existirá, es la raíz del átomo y del Sol, es la matriz cósmica de la cual surge el mismo universo, es la misma raíz del amor.

El Padre ha depositado en ella la sabiduría, en el Hijo el amor y en el Espíritu Santo el poder. Ella es la Estrella del Mar que nos puede guiar correctamente en el mar embravecido de la existencia.

Es indudable que, en este maravilloso lugar sagrado de Teotihuacán, no podría faltar su culto, su enseñanza y su magisterio. Nos toca en estos precisos instantes rescatar esa enseñanza aquí aprendida con tanto cariño por nuestros antepasados y ponerla en práctica en nuestras vidas y así restaurar el conocimiento milenario que nos lleve a las más altas esferas de la espiritualidad.

Ese eterno principio femenino divinal lo representaron en forma magistral con las diosas del antiguo México y siendo el amor, una de las características más elementales de la Madre Divina.

“Flor preciosa” (Xochiquétzal)

Flor preciosa (Xochiquétzal)

Es la diosa del amor, porque es el amor lo que puede llevarnos a la misma divinidad; la fuerza maravillosa del amor, esencia del Eterno femenino es la que puede transformar el mundo, la que puede unir la tierra al cielo, lo humano con lo divino.

Afirman que vive en un lugar paradisiaco llamado “El lugar del descenso” (Tamoanchan), alfombrado de flores, además de ríos y fuentes azules, depósito de las aguas universales de vida que tiene su equivalente en el ser humano, en sus energías creadoras, indicándonos la importancia que tiene su sabia transmutación para que pueda manifestarse el amor en nuestro hogar.

En este lugar de las mil y una noches crece el árbol Xochitlicacan, árbol maravilloso que basta que los enamorados se paren bajo el cobijo de sus ramas y toquen sus flores para que sean eternamente felices. Ese árbol es claro simbolismo del Árbol de la Vida, se trata del Ser; cuando uno elimina los defectos que nos alejan del Ser.

Ningún ser humano ha visto a esta deidad, pero la simbolizaban muy hermosa, con el cabello sobre sus espaldas y muchos adornos preciosos, símbolo de las virtudes expresadas en el eterno principio femenino y por supuesto en la mujer que se hace digna a estos misterios, como la ternura, el amor, la bondad, la comprensión sin límites, el arte y la belleza espiritual.

Arcaicas tradiciones milenarias nos dicen que esta diosa tenía el poder de perdonar, es indudable que la Madre Divina de cada uno, nuestra propia “Flor preciosa” (Xochiquetzal) interior puede perdonar nuestro karma, cuando logramos pagarlo con obras desinteresadas en favor de la humanidad y cuando eliminamos los yoes que lo causaron.

Es por eso que las mujeres iban a su templo, situado en el templo Mayor de Tenochtitlán, después de tomar un baño lustral, confesaban sus pecados, es decir, comprendían sus propios errores a través de la meditación y la auto observación, así pedían perdón y ayuda. Si los errores eran muy grandes, quemaban una efigie de la penitente hecha de papel amate, representación de que estaban dispuestas a desintegrar todos elementos indeseables de su personalidad.

Todo este proceso, nos habla del Eterno principio femenino divinal, que tiene el poder de eliminar nuestros defectos psicológicos si los comprendemos, nos enseña la didáctica para desintegrar los errores cometidos: Hay que reconocer nuestros defectos, comprenderlos a fondo y ella podrá entonces eliminarlos.

La manifestación del eterno femenino es de muchas maneras, podemos encontrar también en…

“La que tiene falda de jade” (Chalchiuhtlicue)

Chalchiuhtlicue

El “dios de la lluvia”, el grandísimo maestro Tláloc tuvo siempre a su lado a “La que tiene falda de jade” (Chalchiuhtlicue), diosa del agua terrestre, de los ríos y de los lagos. Jamás podría faltar el eterno principio femenino, porque si no estuviera sería como si no existiera el aire o nos faltara la luz.

Es indudable que es una clara alusión a la Madre Cósmica raíz de todo lo creado, flor, semilla y capullo de todo lo que existe.

Pero, cuando la representaban joven y hermosa, con tiara de oro, enaguas y manto con borlas de quetzal; cuando así nos hablan nuestros ancestros se refieren al alma divina, es necesario saber que tenemos un alma humana, ésta es masculina y está representada por el dios de la lluvia “Tláloc”, y su esposa será nuestra Bella Helena, nuestra Bella Sulamita, debemos con toda la valentía de mujeres guerreras Jaguar o varones guerreros jaguar, conquistar este principio extraordinario.

El varón debe ser capaz de todos los heroísmos posibles para poder conquistar esa alma divina, “La que tiene falda de jade” (Chalchiuhtlicue), para poder desposarla, ser uno con ella. Nosotras las mujeres debemos ser como las amazonas griegas, valientes, sin debilidades, heroicas luchando contra todo lo monstruoso de esta época y conquistar esa alma divina, que en nosotras toma el aspecto del tan anhelado príncipe azul.

En verano cuando faltaban las aguas, se le invocaba con mucha devoción y fe en algún lecho de un río seco y siempre había respuesta, pues cuando hay fe, devoción y las peticiones se sostienen con buenas obras el resultado siempre existe.

No podía faltar la representación de la Madre Divina con la presencia de un precioso ángel conocida como la…

“Diosa del parto” (Tlazolteotl)

Es increíble la sabiduría que nos quisieron manifestar en el ángel Tlazolteotl, pues nos dice claramente que en la mujer se encuentran posibilidades infinitas, ya que tiene el poder de la creación, de gestar la vida para que existamos.

Nos inspira a identificarnos más y más con el eterno femenino, con Dios Madre, el fundamento de la creación, si reflexionamos en nuestra infancia nos encontraremos con un bello verso vivido, en un verdadero ángel que nos dio de comer, nos arrulló en la cuna, vio en nosotros toda esperanza, se desveló cuando enfermamos, luchó por que viviéramos.

Pero no sólo en esta vida, en todas las que hemos tenido, a pesar de haber sido unos bribones, de haber maldecido, robado, adulterado y un sinfín de cosas equivocadas, resulta que al nacer, ahí está el verso perfecto hecho para nosotros en una madrecita que nos ama y protege. Esto es imposible de entender si no tomamos en cuenta la infinita misericordia del Eterno Principio Femenino Eternal.

Es por eso que “la diosa del parto” (Tlazolteotl) siendo en realidad un maravilloso ángel, una maestra de perfecciones que vive en la cuarta dimensión, en el mundo etérico, en el edén, represente vivamente a la Madre divina.

“La diosa del parto” (Tlazolteotl), es una gran maestra de la gran fraternidad blanca, llena de vida, usa siempre un bello manto azul y su rostro resplandece con el sonrosado color de la aurora. Tiene bajo su regencia un grupo de ángeles que trabajan intensamente ayudando a las mujeres en el parto.

Controla las aguas de la vida universal, el líquido amniótico entre el cual se gesta el feto y todos los órganos femeninos relacionados con el embarazo y puede, por lo tanto, precipitar las aguas, dirigir el mecanismo de ciertos órganos y manipular las leyes que rigen la mecánica del parto natural.

Toda madre puede llamarla con mucha fe en el momento del parto, y claro que vendrá y auxiliará, pues está dicho: "Pedid y se os dará, golpead y se os abrirá". También se puede llamar con el corazón y la mente al Ángel Cihuapipiltin.

No podía faltar la más grande expresión del amor en…

“Nuestra madre venerada” (Tonantzin)

Tonantzin

Existe una oración muy poderosa en nuestra Disciplina de la Yoga del Sueño, y es precisamente concentrarse en la Madre Divina para que nos instruya en los procesos del sueño y nos ayude a despertar conciencia. Debe rogarse con mucha fe al momento de dormir: "Tonantzín, Teteoinan, ¡Oh!, Mi madre, ven a mí, ven a mí.”

Extraordinaria y mágica oración que nos revela grandes enseñanzas, pues si la analizamos y traducimos nos encontramos con que Tonantzin “to” es “nuestra” y nos da una de las enseñanzas más trascendentales en relación con el eterno femenino divinal y cada quien tiene la suya propia, inclusive siendo la raíz de todo lo existente se ha materializado en varias ocasiones a lo largo de nuestra vida. “n?ntli” es “madre” y “tz?ntli” es un diminutivo reverencial, dándonos como resultado toda una enseñanza.

En cuanto a “Teteoinan” se traduce como la “madre de los dioses”, indicándonos a la Madre Cósmica, la raíz de todo cuanto es, ha sido y será. Esta oración invoca a la Madre Particular y a la Madre Cósmica de una sola vez, pidiendo nos ilumine, nos auxilie, nos ayude y nos proteja.

Pero eso no es todo, la palabra Tonantzin era utilizada para designar las distintas divinidades femeninas todas ellas aludiendo aspectos de la Madre Divina, por ejemplo:

“La de falda de Serpientes” (Coatlicue), el aspecto de la Madre Divina de amor y a la vez de ley, por ello su aspecto de calavera, pues nos indica que ella puede eliminar nuestros defectos si los comprendemos previamente.

“La Señora de la Dualidad” (Omecihuatl), la señora y diosa de la creación, la Madre cósmica, la madre espacio, de donde surge todo lo existente.

“La Mujer Serpiente” (Cihuacóatl), símbolo de la madre divina como sabiduría, amor y poder, ya que la serpiente entre los antiguos mexicanos era símbolo de sabiduría.

Cihuacóatl

“Siete Serpiente” (Chicomecóatl), diosa de la agricultura, señora de las cosechas y de la fecundidad, clara alusión a la madre naturaleza que abraca cada río, árbol, flor, pájaro, nube, montaña, etc.

“Señora del sustento” (Tonacacíhuatl), la diosa primordial del sustento.

“Nuestra abuela” (Toci), llamada la madre de los dioses, corazón de la tierra, medicina nocturna, la diosa de la salud, señora de la maternidad y de las hierbas medicinales.

El Eterno Femenino Divinal se encuentra en todo lo existente y es la raíz de todo lo creado y por supuesto no puede faltar en el interior de cada uno de nosotros.

La mujer representación del Eterno femenino

Nos dice el maestro Samael: “La mujer es el pensamiento más bello del creador, hecho carne, sangre y vida”, cuando nos dice esto, nos llama a todas nosotras a que seamos dignas merecedoras, de trabajar intensamente para que pueda manifestarse en nosotros el eterno principio femenino divinal.

Para lograrlo se hace indispensable luchar contra todo lo podrido y tenebroso de esta época, no será posible ser la expresión de ese verso vivido y maravilloso si convertimos nuestros vientres en panteones, no tendríamos la dicha que fluyera esa fuerza maravillosa de la eterna madre espacio si caemos en el libertinaje, andando de fiesta en fiesta, tomando vino y fumando, creyendo que andar a la última moda es nuestro destino.

Es necesario que el varón valore verdaderamente a la mujer, como madre, como esposa, como hija y vea que es la otra columna del templo de Salomón y de todo templo sagrado, observemos que ninguna de esas columnas está más alta o más ancha que la otra, las dos se encuentran a la misma altura, por lo que los dos tienen los mismos derechos, pueden alcanzar las mismas estaturas espirituales y son el complemento perfecto uno de otro.

Debemos regresar a la época esplendorosa de la Lemuria, a la época de oro de los Atlantes en donde la mujer era el eje del hogar, donde se le respetaba y admiraba, donde la mujer manifestaba plenamente todos los atributos del Eterno Femenino Divinal.

Restauremos sobre la faz del mundo el amor divino que todo lo transforma; cultivemos de nuevo la flor de la comprensión para que dejen de existir pleitos, discusiones y guerras; trabajamos incansablemente para que florezca el arte diamantino, como el que vemos aquí manifiesto en Teotihuacán, para que instruya nuestras conciencias y nos lleve por el camino recto.

Llenemos de infinita ternura nuestras acciones, que cada palabra tenga la belleza del espíritu y esté impregnada de fraternidad y sinceridad.

Que la paz más profunda reine en nuestros corazones.

Enviado por: María Guadalupe Rodríguez Licea. Comisión de Cursos por Internet

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