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La Rosa Pretenciosa

Autor Ernesto Langer Moreno

Rosa

Erase una vez una rosa muy coqueta y vanidosa que, como veía que todos se detenían ante ella para alabar su belleza, ni siquiera quería hablarles a las otras flores del jardín. Por la mañana ella amanecía toda cubierta de rocío y luego se iba abriendo lentamente, mostrando uno a uno sus pétalos, creyéndose mejor que las demás.

En eso, una abeja se posó en una hoja de un árbol cercano y viéndola tan engreída le preguntó: - ¿Por qué eres así con las otras flores del jardín? Tú eres sin duda la más bella, pero no eres la más dulce, ¿qué te hace pensar que tú eres la mejor?

La rosa escuchó sin mover una espina y se hizo la desentendida. Porque, pensó ella, quién era esa abeja para pedirle explicaciones. Ella se sentía la reina de las flores y a una reina no se le habla así no más. La abeja a su vez, al verse ignorada, no insistió, y se fue volando hacia otra flor más agradable. Al otro día, a una mariposa que revoloteaba por el jardín también le llamó la atención el aire de superioridad de la rosa y acercándose le preguntó:

-¿Quién eres tú que te estiras y miras con desprecio a las demás flores del jardín?, Tú eres sin duda la más bella, pero no eres la más dulce ¿qué te hace pensar que eres la mejor? Otra vez la rosa escuchó sin decir una palabra y la mariposa que no estaba de humor para soportar a una pesada como esa, también se marchó. Así pasaron los días y la rosa seguía creyéndose la mejor. Las otras flores del jardín murmuraban entre ellas y por supuesto, esa rosa no les caía muy bien. Yo soy la más bella - se decía la rosa - no hay otra como yo.

Pero entonces, sucedió algo inesperado. La dueña del jardín apareció con unas tijeras en las manos y a esa rosa, que era por cierto la más bella, fue la única que cortó. Se la llevó adentro de la casa y la puso con un poco de agua en un jarrón. Al poco tiempo, como era de esperarse, la rosa comenzó a marchitarse y sus pétalos se pusieron tristes y empezaron a caerse. Su belleza desaparecía mientras podía ver a través de la ventana a las otras flores del jardín.

Ellas continuaban perfumando el jardín con sus dulces fragancias y las abejas y las mariposas seguían revoloteando alrededor. Entonces, la rosa comprendió que su belleza le había traído su desgracia al llamar tanto la atención. Y que a veces es mejor no serlo demasiado, sino que le habría sido mucho más provechoso ser dulce y sencilla como las otras flores del jardín. Porque mientras ella se moría triste y fea en ese jarrón, las dulces flores continuaban gozando del sol y del rocío. Cosas que ella, que se creía la más bella y apreciada, no vería nunca más.

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RosaQuerido lector, Cuando en uno hay orgullo, éste tiene por basamento a la ignorancia. Sentirse, por ejemplo, una persona orgullosa de su posición social, de su dinero. Pero si esa persona, por ejemplo, piensa que su posición social es una cuestión meramente mental, que son una serie de impresiones que han llegado a su mente, impresiones sobre su estado social; cuando piensa que tal estado no es más que una cuestión mental o cuando analiza la cuestión de su valor, viene a darse cuenta que su posición existe en su mente en forma de impresiones. Esa impresión que produce el dinero y la posición social, no es más que las impresiones externas de la mente. Con el solo hecho de comprender que son sólo impresiones de la mente, hay transformación sobre las mismas. Entonces, el orgullo, por sí mismo, decae, se desploma y nace en forma natural en nosotros la humildad.

Mucho se habla también sobre la vanidad femenina. Realmente la vanidad es la viva manifestación del amor propio. Tanto la mujer como el hombre ante el espejo son un Narciso completo adorándose a sí mismos, idolatrándose con locura. La mujer se adorna lo mejor que puede, se pinta, se arregla, con el único fin de que los demás digan: Eres hermosa, eres bella, divina, etc. El yo siempre goza cuando la gente lo admira, el yo se adorna para que otros le adoren. El yo se cree bello, puro, inefable, santo, virtuoso, etc., nadie se cree malo, todas las gentes se auto-consideran buenas y justas. Hay quienes se sienten orgullosos por su belleza, la posición, el dinero, la fama y el prestigio, y hay quienes se sienten orgullosos de su condición humilde.

Diógenes se sentía orgulloso del Tonel en que dormía y cuando llegó a casa de Sócrates saludó diciendo: "Pisando tu orgullo Sócrates, pisando tu orgullo". "Sí, Diógenes, con tu orgullo pisas mi orgullo". Fue la respuesta de Sócrates. Las mujeres y hombres vanidosos se encrespan los cabellos, se visten y adornan con todo lo que pueden para despertar la envidia de los demás, pero la Vanidad se disfraza también con la túnica de la humildad.

Cuenta la tradición que Aristipo el filósofo griego queriendo demostrar a todo el mundo su sabiduría y su humildad se vistió con una túnica viejísima y llena de agujeros, empuñó en su mano derecha el palo de la Filosofía y se fue por las calles de Atenas. Cuando Sócrates le vio venir, exclamó: "Se ve tu vanidad a través de los agujeros de tu vestidura, OH Aristipo".

La gente vanidosa y orgullosa son un fastidio para el espíritu y tarde o temprano se quedan solas porque los demás las evitan, el prójimo las rechaza y como la rosa pretenciosa, se marchitaran en su propia soledad. Comprender la vanidad y el orgullo en todos sus matices y grados es la base para que nazca en nosotros en forma natural y sencilla la flor exótica de la humildad.

Enviado por: José Isabel Mauricio Vargas. Rincón de Romos Ags.

“Quien extirpa todo deseo y vive libre de egoísmo, aflicción y vanidad, obtiene la suprema paz.” Bhagavad Gita 2:71

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