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Leyenda del Antiguo Egipto

La profecía del escriba de tercera clase.

Anciano

Había una vez un pobre hombre que apenas ganaba lo suficiente para no morir de hambre. Era un mercader de telas que vendía a los campesinos los burdos lienzos que tejía él mismo con el cáñamo que les compraba, era tan pobre que causaba compasión su indigencia.

Vivía en el campo con apenas un cuarto construido por él mismo y rodeado por un pedacito de tierra, colocó  unas piedras sobre otras para rodear su casita y así sentirse a gusto,  al frente de su choza había un patiecito y ahí en un rincón brotó una higuera, pensaba él,  por la gracia de Amón Ra. La higuera creció y dio sus frutos deliciosos y jugosos, el hombre estaba contento debido a que  bajo su sombra descansaba y los higos se los comía con su pan, racionándolos para hacer que le duraran más, pues al acabarse los frutos, tendría que comerse solo el pan.  A pesar de todo alababa a Amon-Ra, era un hombre piadoso.

Un año durante el invierno, cuando entraba a su casa después de regresar de sus ventas, al volverse hacia el sol poniente para entonar sus himnos, se dio cuenta que la higuera estaba cubierta de tersas hojas y jugosos frutos. Contó hasta   diez higos, pero sobre todo había uno enorme, grueso, colorado y tan maduro que parecía que se caería por sí solo, los otros menos maduros tenían trazas de madurar de uno en uno, lo primero que hizo fue hacer alabanza al Dios egipcio y pensó en ir a pedir consejo al escriba de tercera clase que era su vecino y tenido por hombre prudente y sabio.

Este escriba sabía leer el porvenir por medio de la arena, realizó la consulta haciendo unos signos cabalísticos, después recitó unas frases enigmáticas e incomprensibles y terminó por decirle al mercader lo siguiente: “Durante diez días seguidos llevarás al Faraón aquel de los higos que vayan madurando y esté a punto de ser comido en aquel mismo día y el décimo día tu destino se cumplirá. El bueno y el malvado serán colocados cada uno en su lugar”.

El mercader así lo hizo, se dirigió al palacio por la mañana desde antes de  la salida del sol, para llegar temprano, trotando para no ser el último, cuando le llegó su turno se prosternó  ante Su Majestad y sin levantar la vista entregó el fruto delicioso, el soberano se sintió complacido y se dignó  comer ahí mismo el higo, encontrándolo delicioso, en recompensa el Faraón ordenó al Intendente se le entregaran al mercader  nada menos que cien piezas de oro.

El mercader regresó muy contento a su casa se compró un asno blanco para transportarse diariamente hacia su Majestad e hizo un gran banquete invitando a los vecinos sin olvidar al escriba, así continuo  llevando  diariamente los raros y bellos frutos al soberano,  siendo recompensando cada vez más generosamente por el Rey;  así recibió esclavos, camellos, tierras, piezas de oro y de plata….¡tantos y tan buenos eran los regalos que el Intendente del palacio, llamado Anzab, quien veía pasar todas aquellas riquezas bajo sus narices, concibió agudos celos!

Anzab, disimulando su envidia,  la sexta noche  se dirigió a la casa del mercader y observó que solo quedaban tres higos en el árbol del patio, disimulando su envidia al día siguiente saludó cortésmente al mercader de lienzo y le dirigió gran número de adulaciones y le dijo: “Ciertamente has caído en gracia. Su Majestad no hace más que hablar de ti……… sin embargo hay algo enojoso, algo que va a retrasar tu favor en la corte… seguramente comes demasiados ajos!   y el olor de los ajos incomoda grandemente a Su majestad, harías bien poniéndote un lienzo blanco delante de tu boca antes de presentarte en la Audiencia real de mañana…

El mercader deploró mucho haber comido patos asados y piernas de buey rellenas de ajos y con salsa de ajos  y siguiendo  el consejo del Intendente se presentó ante el Rey cubierta su boca y cuello con un lienzo de lino y con el octavo higo más hermoso del  mundo, . Intrigado el Rey preguntó a Anzab que significaba aquel extraño atuendo, el intendente dijo no saber nada, haciéndose del rogar, solo cuando el Faraón comenzó a enfadarse fue que le respondió.

“Que su Majestad sepa excusarme si me veo obligado a repetir las groseras palabras de ese mercader sin educación, dijo que su majestad le ha colmado de bondades, por lo que le queda altamente reconocido, pero que cada vez que su Majestad se digna hablarle, despide una tufarada nauseabunda que por poco le hace desmayar… y si se tapa la boca con un lienzo es con el fin de no oler nada, ya que de otra manera no podría hablar sin desvanecerse”.

Faraon

Ajá dijo el faraón, “¡con que aquí tenemos un bribón que encuentra que el hálito de esencia divina no es lo bastante bueno para sus ridículas narices!”,  se echó a reír y dijo “le haré una gracia que sobrepasará a cuantas haya recibido”

Al noveno día llegó el mercader con el fruto esperado y el faraón lo saboreo deliciosamente y al  final escribió con su propia letra una corta misiva dirigida al Jefe de Tesorería, la entregó al Mercader para que la llevara personalmente, pero   el intendente embargado por la codicia interceptó al mercader diciéndole que había sido enviado por el Rey para evitarle la molestia cumplir el encargo con el Jefe de Tesorería  y a cambio de la carta sellada le entregó un saco con mil  piezas de oro. Anzab  no podía reprimir su alegría creyendo que había alcanzado una fortuna,  impaciente, esperaba la hora del alba para presentarse ante las puertas de la Tesorería Real, el jefe recibió la misiva, besó respetuosamente el sello real, luego  rompió el sello y leyó la carta. Inmediatamente levantó un dedo: y dos soldados de la guardia avanzaron  prendiendo al Intendente del palacio mientras que un tercero de un certero sablazo hizo rodar la cabeza de Anzab, para cuando quiso darse cuenta ya  todo había terminado.

Mientras tanto en el patio de las audiencias el mercader llegaba como cada mañana, muy contento,  con su plato en la mano, el Faraón no podía dar crédito a sus ojos, buscó con la mirada a Anzab, el intendente, pero por primera vez en muchos años el intendente no se encontraba en su puesto, justamente en esos momentos llegó el jefe real de la Tesorería con un saco de cuero en la mano.  El Rey lo increpó  duramente porque no se cumplían sus órdenes, el tesorero aterrado se dirigió a Su Majestad diciendo que había cumplido sus órdenes al pie de la letra y que llevaba en el saco la cabeza, abriendo el saco sacó la cabeza del intendente y la depositó cuidadosamente a los pies del Faraón ante el asombro de todos los presentes.  Esto es inaudito no es él a quien debías decapitar, dijo el -Faraón- “pues esta  cabeza pertenece al hombre que me entregó la orden” dijo el Tesorero.

El intendente atontado y sin saber a ciencia cierta que estaba ocurriendo, fue llevado aparte para ser interrogado, entonces contó lo sucedido al Rey y dijo “salta a la vista que ese Anzab era un impostor, un traidor mentiroso, un ladrón redomado…. Pero todo está bien cuando bien acaba… y ahora tú a tu vez, ocupa su sitio y sé el Intendente de mi palacio.” El mercader se inclinó reverente a los pies del soberano y mientras esto hacía mascullaba algunas palabras, ¿Qué andas rezongando ¿–preguntó su majestad- ¿No estás aún satisfecho?

“Reboso de satisfacción, oh Señor!  pero me estaba diciendo que el escriba de tercera clase predijo con gran acierto el porvenir, ¡Bendigo su nombre, porque es grande su sabiduría!, el día en que lo consulté me aconsejó que ofreciera mis higos al Faraón, único merecedor de tales delicias y me anunció que el décimo día el bueno y el malvado serían colocados cada uno en su lugar y he aquí que el Intendente del palacio (Anzab), ha muerto y que yo ocupo su sitio.” “Todo está muy bien –replicó el Faraón_; pero te estás olvidando de darme el décimo higo”. Y su Majestad paladeó el décimo y último de los higos.

Ciertamente el mercader era un hombre piadoso, humilde y trabajador en la Gran Obra del Padre, la higuera con sus diez deliciosos higos representa al Árbol de la vida con sus diez sefirotes y sus frutos  simbolizan los poderes, las virtudes o facultades del alma que se obtienen a través del desarrollo interior, donde cada vez las pruebas son más difíciles y las tentaciones más sutiles, el mercader ofrecía cada uno de los frutos del Arbol de la vida  al Faraón, representación del Ser Interior,  como debe de hacer el iniciado, a su vez el Ser siempre recompensa nuestro esfuerzo, pero debemos utilizar sabiamente lo que él nos otorga, tanto los poderes como los bienes materiales.

El escriba, tenido por hombre sabio y prudente orientaba con sus profecías al mercader, pues tenía el poder de profetizar.  Anzab el Intendente del Rey alegoriza a los defectos de tipo psicológico y el ego tiene un principio y también un final y al fin de cuentas tendrá que desaparecer sea en forma consciente y voluntaria o  de manera involuntaria, en contra de su propia voluntad.  El ego ha aprisionado los auténticos valores del Ser, por ello debe ser decapitado para restablecer el reino interior  y así  resurja el Ser en todo su esplendor.

Así el mercader después de haber eliminado el ego, es restablecido en su puesto que le corresponde como guardia del Rey, el guardián esotéricamente representa la vigilancia y el estado de alerta que tanto el estudiante de la Gnosis como el iniciado  deben mantener de momento en momento. El Ser es el Ser y la razón de Ser del Ser es el mismo Ser que a nuestro entendimiento es la divinidad dentro del ser humano, es la chispa inmortal de cada uno, sin principio, ni fin, nosotros todavía no poseemos al Ser. El Ser está fraccionado en miles de partes, cada una de ellas tiene una función específica en nuestro interior, esas partes están aquí y ahora en el interior de cada uno, esperando el momento de ser despertadas.

Enviado por: María Guadalupe Licea Rivera. Comisión Secretaría ICQ

“Yo vine a este mundo para un juicio: para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos.” San Juan 9:39

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