Cuentos y Leyendas:
EL
PRIMER IMPULSO
(Julio Lemaitre.-
El Liberal)
Era Turiri un acaudalado
vecino de Bagdad, muy renombrado por sus virtudes. No sólo socorría a los
pobres, hasta el punto de reducir su lujo para multiplicar sus limosnas, sino
que daba pruebas de extraordinaria paciencia al escuchar las quejas de los
necesitados y fortalecerles con palabras de consuelo. Turiri sufría con
resignación todos los contratiempos que constituyen la trama casi completa de la
vida humana.
Era en extremo tolerante
y no se molestaba cuando alguien no era de su misma opinión, virtud rara y
difícil porque el deseo secreto de todo hombre consiste en que todos los demás
seres le sean a la vez inferiores y semejantes. Casado con una mujer de muy mal
carácter, le era fiel, le perdonaba sus intemperancias y no la menospreciaba,
porque distase mucho de ser joven y hermosa.
Además, siendo como era
muy aficionado a componer versos y escribir fábulas dialogadas para el teatro,
complacíanle los buenos éxitos de sus rivales, a los que felicitaba por sus
triunfos.
En una palabra, toda su
vida no era más que caridad, dulzura, lealtad, desinterés y en fin, por tantas
perfecciones tenía fama de santo. Sin embargo, no poseía la serenidad que
generalmente resplandece en el rostro de los santos. Parecía, por el contrario,
que era víctima de violentas pasiones o de ocultas angustias. Y con frecuencia
se le veía bajar un momento la vista ya para reconcentrar el pensamiento, ya
para evitar que alguien pudiese leer en sus ojos.
Pero nadie se fijaba en
estos detalles. No lejos de Bagdad vivía un asceta llamado Maitreya, que hacía
muchos milagros y al cual solían visitar en peregrinación los devotos. Ajeno a
las condiciones comunes de la vida humana, tenía tal inmovilidad que las
golondrinas anidaban sobre sus hombros. La barba le llegaba hasta el vientre y
su cuerpo se asemejaba al tronco de un árbol añoso. Y así vivía hacia 90 años,
porque tal era su voluntad.
Un día le dijo un
peregrino:
—Turiri parece, por su
bondad, una encarnación de Ormuz. Indudablemente no habría sufrimientos en la
tierra si ese hombre pudiese realizar todos sus deseos.
La inmovilidad de
Maitreya se acentuó aun más, toda vez que el asceta se puso en comunicación con
Ormuz.
A los pocos instantes
dijo Maitreya al peregrino:
—No puedo obtener de
Ormuz que Turiri tenga poder para realizar todos sus deseos porque entonces
sería el mismo Dios. Pero Ormuz permite que “el primer deseo” concebido por ese
hombre en varias circunstancias de su vida sea inmediatamente realizado.
—Para el caso es lo
mismo— contestó el peregrino—. El primer deseo de Turiri será igual a sus otros
deseos, y nuestro santo será como siempre, caritativo y generoso. Acabáis,
venerable Maitreya, de anunciar la felicidad de todo un pueblo, y os doy las
gracias por ello.
Si la barba de Maitreya
no hubiese sido tan impenetrable, el peregrino habría podido sorprender un amago
de sonrisa en el asceta. El peregrino regresó a la población, pensando en las
maravillas que iba a realizar Turiri. Al amanecer del día siguiente, el santo
varón miró a su esposa, que dormía a su lado, y la mujer, movida por una fuerza
misteriosa, se levantó bruscamente, se arrojó por una ventana y se estrelló el
cráneo contra las baldosas del patio.
Al salir Turiri de su
casa rodeáronle infinidad de mendigos. No les dijo palabra dura y, como de
costumbre, abrió la bolsa para socorrerlos; pero, de pronto, todos los mendigos
cayeron muertos en presencia de su bienhechor.
A los pocos momentos fue
detenido el santo por varios carruajes, y comenzaba ya a impacientarse cuando de
repente todos los cocheros, cuyo desfile le cerraba el paso, cayeron de sus
pescantes, y los corbejones de los caballos fueron cortados por una hoz
invisible.
Turiri se dirigió después
al teatro y allí tuvo una discusión con el escritor Carbilaka con motivo de un
verso que este atribuía a Nisani y que el santo creía que era de Saadi, el poeta
de las rosas. De pronto, el escritor cayó a tierra y tuvo un vómito de sangre.
La comedia que aquella tarde se presentaba tuvo un gran éxito y fue acogida con
frenéticos aplausos. Pero antes de que Turiri se decidiese a aplaudir, el autor
de la obra cayó muerto repentinamente.
Turir regresó a su casa
lleno de terror en vista de aquella matanza, y desesperado al cerciorarse de que
no podía comprender la causa de tanto desastre, se mató dándose una puñalada en
el corazón.
El asceta Maitreya murió
también aquella noche.
Los dos santos
comparecieron ante Ormuz.
El asceta pensaba:
“No sentiré que traten
como se merece a este hombre cuya falsa virtud fue admirada durante mucho
tiempo, casi tanto como la mía; pero que al mostrarse tal como era, cometió en
un mismo día innumerables crímenes y pecados”.
Pero Ormuz, sonriendo a
Turiri, le dijo:
—Virtuoso Turiri, hombre
verdaderamente bueno y humilde servidor mío, entra en mi Paraíso.
—¡La broma es algo
pesada!— Exclamó el asceta.
—En mi vida he hablado
con tanta serenidad—dijo Ormuz—Has deseado, Turiri, la muerte de tu mujer porque
no era ni buena ni hermosa; la de los mendigos porque te importunaban con su
desagradable aspecto; la de los cocheros y sus caballos porque te cerraban el
paso; la de Carbilaka, porque no era de tu parecer, y la del autor de la obra
porque obtenía un éxito más ruidoso que los tuyos.
“Todos estos deseos eran
muy naturales. Los crímenes que Maitreya te echa en cara fueron, a pesar tuyo,
efecto de ese primer impulso, de ese deseo tan difícil de dominar”.
Se odian fatalmente lo
que molesta y fatalmente se desea el aniquilamiento de todo cuanto desagrada. La
naturaleza es egoísta y el egoismo es sinónimo de destrucción. El hombre más
virtuoso empieza por ser un malvado en el fondo de su corazón, y el poder
concedido a un mortal de realizar en toda ocasión su primer deseo involuntario,
despoblaría en muy poco tiempo el mundo. Eso es, Turiri, lo que he querido
demostrar por medio de tu ejemplo. Yo juzgo a los hombres con arreglo a su
segundo deseo, que es el único que de ellos depende. Sin el don misterios que te
hizo cometer tantos crímenes habrías seguido haciendo una vida ejemplar. No
debo, pues, apreciar en ti la naturaleza, sino tu voluntad, que fue buena, y que
se consagró siempre a corregir tu naturaleza y a perfeccionar mi obra. Y por eso
mi querido colaborador, te abro hoy las puertas de mi Paraíso.
—Pues, en ese caso —dijo
Maitreya— ¿qué recompensa me darás a mí?
—La misma —contestó
Ormuz—, aunque no la merezcas por completo. Fuiste un santo; pero no fuiste un
hombre. Lograste sofocar en ti el primer impulso; pero si todos los hombres
viviesen como tú, la Humanidad se aniquilaría antes que si los hombres tuviesen
el maravilloso y funesto poder que un día otorgue a mi servidor Turiri.”
Para terminar, te diré
que acojo a Turiri en mi seno, porque soy justo, y que te admiro a ti, Maitreya,
porque soy bueno.
—Pero...— exclamó
Maitreya.
—¡He concluido!
COMENTARIO
Este apólogo del eximio
Jules Lemaitre, evidencia hasta que punto en el hombre más evolucionado late
todavía la bestia interior, la fiera bramadora y astral, que encontrara en el
Kameloc o Kama-loka hindú el rey Artús antes de lanzarse a sus heroicas
empresas, porque, como dicen las enseñanzas herméticas, el hombre es la gran
maravilla del mundo al estar constituido por la unión hipostática de un Deva o
ángel, nuestro ego o tríada superior, y de una bestia pasional y nada
razonadora, que constituye el llamado cuaternario inferior en la clasificación
teosófica de los “siete principios humanos”.
Por eso, el apólogo en
cuestión es todo un curso de Psicología, digno de ser meditado por los
verdaderos filósofos.
Mario Roso de Luna, Por el Reino Encantado de Maya.
Enviado por José Jesús Saavedra. Guadalajara, Jal.
México