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METAMORFOSIS DE LA ROSA

      Era allá en nuestros tiempos estudiantiles, cuando nos esforzábamos, en pugna con la Botánica, por conseguir sobreponernos a una asignatura que nos parecía demasiado pesada y demasiado voluminosa. Recordamos todavía que fue nuestra verdadera pesadilla y que, al fin, salimos de ella como quien arroja fuera de sí una pesada carga.

      Pero no todo fue una marcha forzada por liberarnos de tanta teoría ampulosa. Algo se nos quedó y lo recogimos con aprovechamiento, siquiera para establecer más tarde, libres ya de los prejuicios escolásticos, nuestro propio y personalísimo criterio.

      En las aulas se nos hablaba de esa especie de vegetales dicotiledóneos llamados Rosáceas, de las Rosoídeas, de las Róseas, de sus sépalos, etcétera, y de cuanto forma esa embrollada madeja de detalles alrededor de plantas y árboles.

      Términos todos ellos abrumados de tecnicismos que ya a nuestra pobre imaginación le es difícil recordar.

      Sin embargo, hemos visto luego en la práctica que para nada nos ha servido tanta sapiencia inútil. La Ciencia es así en casi todas sus manifestaciones, y así son la mayor parte de los conocimientos que forman especie de andamio para ascender hasta el Edificio mismo, pero no entrar en él. Hay que quitar, pues, el andamiaje, como hay que desechar tanto viejo prejuicio escolar si queremos un día, con absoluta libertad, ver las cosas en sí, en toda su desnudez. Ver lo esencial.

      La Rosa, comienza por ser semilla. Es decir, un germen casi invisible. Una especie de polvillo sutil que nadie diría que lleva en su constitución atómica el hálito poderoso de una vida latente. Depositada esta semilla en la tierra en condiciones favorables, en situación propicia de germinar, despierta, toma incremento, echa raíces, crece, lanza brotes, tallo, hojas y finalmente, produce flores y aún frutos.

      Y diríamos ahora: ¿cuándo se convierte en Rosa? ¿Cuándo es la Rosa propiamente dicha? Siempre, podría argumentarse. No es Rosa sólo cuando se nos manifiesta como flor, sino en todos los momentos de su evolución. La Rosa es Rosa siempre.

      Desde el primer gránulo de semilla que la engendra, hasta que el capullo comience a abrirse, para ofrecérnosla bella y radiante. Sin embargo, con ser Rosa en todos los instantes de su desarrollo, nunca es igual. En la tierra comienza y a la tierra vuelve otra vez hecha semilla. Es una especie de círculo evolutivo el que recorre, y en esta metamorfosis hay un punto tácito, pero muy elocuente, dentro del Ocultismo. Dice un principio hermético, que lo último será lo primero.

      De aquí la importancia del florecimiento de la Rosa en la Cruz. Nuestro propio vivir, la vida que nos circunda y que late en nosotros, no es más que eso: una Rosa Gigantesca que pugna por florecer dentro del Círculo mágico de nuestra existencia, de la rueda evolutiva de nuestro ser, donde se encierra la causa originaria que la mantiene en apretado capullo, que es la férrea Cruz de nuestra errante vida nómada.

      Uno de los componentes principales de la Rosa es el hierro, y éste lo recibe del Planeta Marte, mientras que el sílice lo toma de Venus. El hierro es su propia resistencia y el sílice a modo de transparencia espiritual. Ya hemos dicho que los Planetas obran constantemente sobre el crecimiento de todas las plantas; pero en la Rosa, particularmente, su acción es ejercida en épocas especiales, y hasta diríamos que matemáticas, sobre cuyo significado ya nos será permitido hablar en otra oportunidad.

      La Rosa es la única planta que su cultivo se debe al Hombre exclusivamente.

      Todas las demás que vemos en nuestros jardines pueden existir en cualquier lugar silvestre. La Rosa, no. Ella puede florecer de manera silvestre sólo en su forma primitiva de Rosácea. Pero su gracia, su perfume, su belleza y la diversidad de sus tonos y matices, fueron formados, según la Iniciación, por los primeros Elohim.

      Aquellas huestes Angélicas pregenésicas, manipuladas por Dios mismo, que fueron los primordiales Arquitectos de la gran Obra de la Naturaleza.

      Por eso la Rosa ha sido FLOR SAGRADA, y como tal se le tuvo siempre en el Egipto, Grecia y Germania.

      Los mismos Druidas le rindieron verdadero culto, ya que ellos sabían que fue plasmada por obra y gracia de seres divinos , y ésta es la razón genuina de los mágicos poderes que en sí encierra, cuyos poderes le son peculiares y ha venido conservando hasta nuestros días.

      Arcanos todos ellos que conocieron íntegramente los viejos Alquimistas Rosa Cruz, y cuyos secretos han permanecido hasta hoy fielmente guardados en el seno de la Mística Orden. Nadie abrirá los labios de un Iniciado, aunque fuertes lazos de amistad le obliguen. Los Sagrados Misterios van de oído a oído, y sólo cuando en cada uno se ha abierto paso la Rosa en toda su plenitud.

      Cuando las circunstancias sean más favorables a la Humanidad, o cuando ésta llegue a una época en que la rueda de su evolución haya ascendido más hacia la cumbre, el arcano íntimo de todas las cosas será manifestado y todos los oídos estarán aptos para oír la luminosa verdad que aún permanece velada en lo hondo del Santuario.

      Desead, pues, que vuestros oídos oigan y vuestros ojos vean. Descrucificad a Cristo en vosotros y aprended las normas que en tiempo oportuno os dará la Iglesia Gnóstica, que será el mejor exponente para la nueva vida de Acuario que está a punto de comenzar.