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El Ego de la ira y sus facetas

El Ego de la Ira

No recordamos con certeza la última vez en la que alguien nos haya dicho “estoy muy contento porque tengo ira”.  Todo lo contrario.

La observación directa nos indica que entre todos los que han sido observados, a ninguno le ha gustado el que le hagan sufrir corajes.

Sin embargo es importante reconocer que una vez se sufre un coraje, aquél que lo sufre pierde todo el interés por abandonar su YO de la ira.  Una y otra vez vemos como un iracundo casi revienta cuando un ajeno simplemente le dice “no es necesario que tengas coraje”.

Más aun, hemos visto cómo aquellos iracundos escogen de forma voluntaria, mantener frescos en la memoria aquellos eventos del día que más le hirieron y más le hicieron sufrir; y les vemos repitiendo el evento de forma constante en la pantalla de su memoria, debatiéndose entre lo que dijo y lo que debió decir, entre lo que hizo y no hizo, y hasta planificando de forma estratégica lo que hará y lo que dirá la próxima vez, etc., etc.

También hemos visto como muchos de ellos, mientras van de camino a sus casas al final del día, discuten consigo mismos y dramatizan sus tragedias.  A todos les disgusta el coraje, pero una vez que lo experimentan hay algo romántico en el coraje mismo que les atrae y les deleita. 

Podemos muy bien concluir que el coraje resulta adictivo una vez que se experimenta, dándole a aquel que lo dramatiza una falsa sensación de poder, un valor extraordinario para decir aquello que de otras formas no diría y el regalo de un tiempo infinito más tarde para arrepentirse y sufrir por el dolor que le hizo pasar a otros.

Es hora de comprender la ciencia de la Ira y para eso tenemos que entender lo que son su estructura y sus transacciones.

Igual que cualquiera de aquellos siete pecados capitales (la lujuria, la codicia, la envidia, la pereza, etc.), la ira es un defecto de tipo psicológico muy peligroso que puede aparecer tanto como un demonio o disfrazado de Santo.

Vemos la ira tanto en aquél que lleno de odio asesina a  su enemigo en el campo de batalla como en aquél que ofrece consejo con la intención de que acciones subsiguientes hagan sufrir a otro.

Vemos la ira en aquél que le tira los trastes al conyugue y en aquél que justifica la paliza que le da a sus hijos como un acto de amor.

Vemos la ira en aquél que hiere, calumnia y traiciona a otros con el uso de la palabra (el verbo) igual que la vemos en aquél que mientras sonríe, ataca con una mirada de infamia.

La ira es un defecto de muchas máscaras y nos es necesario aprender a descubrirlo para poder observarlo y comprenderlo.

Pero si parte de su peligro está determinado por sus muchas máscaras y variadas apariencias, su peligro también radica en las transacciones que realiza con los otros agregados psicológicos.

Por eso resulta común ver que el que es iracundo ahora, más tarde se siente deprimido cuando el YO del amor propio toma control de la máquina humana porque se siente herido.

Por eso el que es iracundo ahora, más tarde tiene la necesidad de comer de forma desmedida porque el YO de la Gula ha tomado control de su maquinaria humana.

Ahora podemos comprender por qué el que es iracundo ahora, más tarde lo vemos limpiando su casa con mucho ahínco, porque entra en acción un aspecto muy particular del YO de la Pereza – aquél que trabaja en todo excepto en el trabajo en sí mismo.

Así por el estilo vemos que cuando se retira el YO de la ira, entra en función otro YO que está determinado por aspectos de la personalidad y ese otro YO puede ser cualquiera – un YO de la ira que lastime un ser querido,  un YO de la lujuria que busque satisfacción morbosa, un YO de la envidia que chismorrea,  un YO del orgullo que haga ejercicios,  un YO de la codicia que se vaya de compras para “aliviar el estrés”… la lista es prácticamente interminable.

La Gnosis que nos deja el Maestro Samael Aun Weor ofrece las prácticas y los ejercicios necesarios para la observación, la comprensión y la eliminación de cualquier YO, porque es precisamente dentro de cada uno de esos agregados de tipo psicológico donde se encuentra – de forma fragmentada – embotellada nuestra consciencia.

Es solamente a través del trabajo en la eliminación de nuestros defectos como podemos liberar suficiente consciencia para alcanzar el despertar de la conciencia misma. 

Solamente con el despertar se restaura aquella colección de facultades, virtudes y poderes que en conjunto constituyen aquello que llamamos Alma, y este es un trabajo que requiere de paciencia, disciplina y tenacidad, pues así ya lo dijo el Gran Maestro Jesús:

En vuestra paciencia poseeréis vuestras almas - Lucas 21:19.  Biblia Casiodoro de Reyna, ca. 1569

Para eliminar este defecto debemos comenzar con la observación, por lo que resulta enteramente necesario estar pendientes a las señales que llegan a través de los sentidos del cuerpo físico cuando la ira está presente.

Nos basta con un instante de poner nuestra mano en el fuego de una hornilla caliente para saber que corremos peligro y que hay que hacer algo al respecto.

Nos basta con un instante de sentirnos sin aire, para reaccionar y hacer hasta lo indecible para restaurar el flujo del aliento de vida.

Sin embargo, la ira libera en nosotros   una sustancia sutil de tipo esotérico llamada IMPERIL, que resulta ser dañina para el vehículo físico y todos la podemos sentir,  pero cuando la sentimos fluyendo, nos precipitamos a la ira en vez de tomar la acción necesaria para observarnos y comprender el defecto en sí mismo.

El imperil desata la liberación de la adrenalina y con ella una cascada de reacciones a nivel del cuerpo físico, más las funciones primitivas del centro instintivo, que buscan satisfacer el principio de la supervivencia.

Ahora podemos comprender por qué el YO de la ira nos invita a la crueldad y a la batalla contra otros; pues en su ignorancia considera que es solamente a través de causar dolor,  sufrimiento y miedo, como puede garantizar su propia supervivencia.

Resulta necesario el observar las sensaciones del cuerpo al momento de la llegada de la Ira.

Estas sensaciones debían ser para nosotros un aviso para que asumamos una “tercera posición” – aquella donde no nos prestamos a ser actores en el drama, sino observadores de sí mismos como aquél que observa a la distancia una obra de teatro. Este tipo de observación nos permite entonces comprender cómo es que la ira nos afecta a nivel emocional e intelectual, igual que cómo nos afecta a nivel instintivo, sexual, y a nivel de nuestros hábitos.

Cuando nos observamos de esta manera, podemos ver claramente cómo dramatizamos manierismos; se nos hace fácil ver cómo caminamos de lado a lado, cómo nos tiemblan las manos, cómo nuestros ojos evitan enfocarse en un punto fijo, cómo tiramos y rompemos los trastes, cómo alzamos nuestra voz, etc., etc.

Esta observación nos permite ver con claridad cómo nuestro intelecto pierde todo tipo de lógica en sus patrones de pensamiento; lo que explica el que desarrollemos líneas de pensamiento que se cristalizan como injurias y ataques a otros aun cuando sus intenciones sean enteramente inocentes.

Así podremos ver cómo nuestro centro emocional pierde todo tipo de aspecto creativo y cualquier facultad superior relacionada con el amor viene a ser sustituida por perversidad, odio y sentimientos de venganza.

Así podremos ver cómo es que nuestro centro creador es robado de su fuerza, cada vez haciendo del YO de la ira uno más fuerte, más explosivo y más difícil de manejar.

Este YO de la ira se nos puede aparecer como un YO QUIERO, o un YO NECESITO, o como un YO SOY MEJOR, o un YO MEREZCO, o un YO CONSEJERO, o un YO del hambre, un YO  TE AYUDO, etc., etc. Es necesario estar pendientes “como el vigía en tiempo de guerra”.

Este nivel de comprensión solamente llega a través de la observación y la reflexión íntima.  Sin observación no hay comprensión, y sin comprensión no puede haber eliminación.

Mas el trabajo de la eliminación no es un asunto de la mente, ni de seminarios, ni de auto-sugestiones, ni de hipnotismo, ni de algo que otros puedan hacer por nosotros. Este es un trabajo que hay que realizar en sí mismos y cualquier progreso es únicamente posible con la intervención de nuestra Divina Madre, que es parte íntegra de nuestro Ser y se encuentra con nosotros aquí y ahora. Es solamente ella: María, Marah, Cibeles, Tonantzin, Insoberta, o Devi Kundalini; no importa como queramos llamarle, la que tiene el poder de tornar cualquier defecto en polvareda cósmica y la fórmula para hacerlo es muy sencilla:

Al final del día, en aquellos momentos cuando nos retiramos a revivir en meditación el recuento de observaciones de los asuntos del día, comprendamos de forma íntegra el YO viendo cómo nos afecta a nivel intelectual, emocional, motor, instintivo y sexual; y una vez comprendido invoquemos la ayuda de nuestra Divina Madre con amor infinito.  Pidámosle en ese momento, con la inocencia de un niño, que torne nuestro defecto en polvareda cósmica y así ella lo hará.  Eso es todo.

Enviado por: Ricardo Santana Laracuente. Phoenix, Arizona.

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Imagen: Jacob Matham (1571 - 1631)

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