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Nuestro Señor Quetzalcoatl

Quetzalcoatl (Museo de Antropolog+ia e Historia México)

Es hasta cierto grado común que al escuchar “Nuestro Señor Quetzalcoatl” muchos se escandalicen y nos tilden de herejes, fanáticos y hasta de retrógrados adoradores de los Dioses de la Antigüedad.  Más la observación de fondo nos permite comprobar que la raíz de tales comentarios está basada en la consideración dogmática de que el único que puede recibir el título de “Nuestro Señor” es el Cristo, porque el Cristo es considerado como un personaje antropomórfico; un gran hombre que anduvo la tierra, que vino a impartir una enseñanza, que se sacrificó por una gran causa y que en un futuro no muy lejano, regresará en todo esplendor y grandeza. 

Esto resulta ser una verdad a medias.

Afirmamos enfáticamente que el Cristo (CHRISTOS entre los Griegos) es un principio cósmico universal que viene a encarnarse en todo Hombre y Mujer que trabajen arduamente en los Tres Factores de la Revolución de la Consciencia; el trabajo de la Muerte Mística (eliminación de las bajas pasiones y defectos de tipo psicológico), del Nacimiento Segundo (cristalización los cuerpos existenciales superiores del Ser), y del Sacrificio desinteresado por la humanidad.

Tal trabajo le confiere el título de “Cristificado” a todo Hombre o Mujer que cristalice en sí mismo este principio y el CHRISTOS como principio cósmico universal nunca está ausente de ninguna religión.

En la Cábala Hebraica vemos al CHRISTOS en el Árbol de la Vida como CHOKMAH, el Segundo Logos, segunda emanación del Padre.  En la India es Krishna, entre los Egipcios es Osiris, entre los Aztecas es Quetzalcoatl la Serpiente Emplumada, y en el cristianismo es el HIJO, el segundo aspecto de la Divina Trinidad Padre, Hijo y Espíritu Santo.

De manera que el Cristo puede ser visto desde distintas maneras, ya desde el ángulo hebraico, egipcio, como también podemos estudiarlo a la luz del México arcaico, Quetzalcoatl como Cristhus, como Vishnú, como Logos es el verbo, la palabra que fue la que dio vida a este universo.

Empero es hora de que comprendamos, de que entendamos claramente que Quetzalcoatl nos indica lo que debemos hacer. Si en verdad queremos un cambio radical, una transformación de fondo, tenemos un prototipo extraordinario.

Dentro de cada uno de nosotros está latente Quetzalcoatl y dentro de cada quien existe la posibilidad de encarnarlo, es grandioso el drama de Quetzalcoatl, el hombre que está en la  lejana Tule, el hombre que está en tentación, que se embriaga con vino, que fornica y pierde todos los poderes, el hombre que abandona todos sus palacios maravillosos y que se dirige a  la tierra roja, a la tierra de los mayores, el hombre que se ve en el espejo y dice: “estoy muy viejo”, el hombre que sufre y llora y anda por esos caminos del mundo con la cruz a cuestas ¡ese es Quetzalcoatl!, resucita entre los muertos, resplandece gloriosamente en el infinito espacio inconmesurable, es huella, es luz, es sapiencia; nosotros también como Quetzalcoatl, un día perdimos el Edén maravillosos de que nos habla el Génesis hebraico; salimos del jardín de las Espérides, abandonamos los campos Elíseos cuando comimos del fruto prohibido, más ante nosotros hay  un guía extraordinario y maravilloso, que nos indica el camino de la liberación, ese guía es Quetzalcoatl.

Cristificados han sido hombres como Hermes Trismegisto – el Tres Veces Nacido Gran Dios Ibis de Toth en Egipto; en el Tíbet, el Buddha Gautama Sakiamuni; en México Ce Acatl Topiltzin Quetzalcoatl, y el más Grande de todos, Yeshua Ben Pandira, el Gran Kabir Jesús de Nazareth.

Siendo el Cristo un principio cósmico universal, el trabajo esotérico que lleva a su encarnación requiere de un drama específico que se vive de forma individual y particular en todo Hombre o Mujer que se adentra por el camino del TAO, el camino de la Revolución de la Consciencia.  La historia de aquellos que han venido a sacrificarse por la humanidad nos demuestra con claridad las similitudes de la experiencia vivida entre unos y otros.

En el Drama Cósmico del iniciado nunca faltan simbolismos como el agua, la cruz, el madero, el fuego, el árbol, etc. indicando transformación en base al auto-sacrificio. Por ejemplo Moisés es nacido de las aguas, simbólico también que el Maestro Jesús camine sobre las aguas y que Quetzalcoatl se embarque en una balsa de serpientes dirigiéndose rumbo al este, teniendo como meta al Cristo-Sol.

Mientras el Gran Kabir Jesús realiza su último sacrificio en el madero de la Cruz, vemos a Quetzalcoatl con su Cruz a cuestas, y al Buddha Sakiamuni en sacrificio y meditación profunda bajo el árbol de la Iluminación (el árbol Bodhi).

De la misma forma, nos dice la historia y las leyendas que Quetzalcoatl “al salir de las aguas” creó un gran fuego y se lanzó en él, y éste lo consumió y lo transformó en “la Estrella de la Mañana.”  Todo alquimista conoce muy bien los Misterios del Fuego, indicando la eliminación total de los defectos de tipo psicológico. Así es como el hombre se transforma en Cristo, adquiriendo poderes y grandes facultades que  permanecen por toda la eternidad, dando luz y vida a todo el Universo.

Nuestro Señor el Cristo, Nuestro Señor Quetzalcoatl, viven el uno y el mismo drama; son ambos Grandes Maestros auto-realizados que negaron voluntariamente la dicha del Nirvana, la eterna felicidad, para venir a sacrificarse por la Humanidad.

Enviado por Ricardo Santana Laracuente. Instructor de Phoenix, Arizona.

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