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INSTITUCIONES POLÍTICAS

En un resumen como este sería imposible relatar la manera cómo cada subraza se subdividió en naciones, cada una de las cuales tuvo su tipo distinto y sus cualidades características.

Todo lo que se puede intentar es un bosquejo sobre las varias instituciones políticas en las grandes épocas.

Al reconocer que cada subraza, así como cada raza raíz está destinada a subir en algunos respectos a un nivel más elevado que la precedente, hay que reconocer la naturaleza cíclica del desarrollo que conduce a la raza, del mismo modo que al individuo, a través de las diversas fases de la infancia, de la juventud y de la virilidad, para volverla de nuevo a la infancia de la edad senil.

La evolución implica progreso en definitiva, aunque el retroceso de su espiral ascendente nos haga ver en la historia política y religiosa, no sólo la serie de los desarrollos y adelantos, sino también la degradación y decadencia.

La primera subraza fue desde un principio regida por el gobierno más perfecto que pueda concebirse, pero debe entenderse que esto respondía a las exigencias de su estado infantil y no a merecimientos de la edad madura.

Los Rmoahales eran incapaces de desarrollar plan alguno de gobierno estable, y ni aun siquiera alcanzaron el alto grado de civilización de las sexta y séptima subrazas lemuras.

Pero el Manu que llevó a cabo la selección de aquella raza, se encarnó de hecho en ella y la gobernó como rey.

Aun después que él dejó de intervenir de un modo visible en el gobierno, se siguió proveyendo a la comunidad naciente de gobernantes divinos o adeptos, cuando los tiempos lo requerían.

Los estudiantes de Teosofía saben que la humanidad no había alcanzado por entonces el término de desarrollo requerido para producir adeptos en la plenitud de la iniciación.

Los gobernantes referidos, incluso el mismo Manu, eran, pues, necesariamente fruto de evoluciones en otros sistemas de mundos.

Los tlavatlis dieron muestras de algún adelanto en las artes de gobierno.

Sus diversas tribus y naciones fueron gobernadas por jefes o reyes que, generalmente, recibían su autoridad por aclamación del pueblo.

Naturalmente, los individuos más poderosos y los guerreros más renombrados solían ser los elegidos.

Por ventura, se estableció entre los tlavatlis un gran imperio, del cual fue jefe nominal un rey cuya soberanía era más bien un título de honor que una autoridad efectiva.

La raza tolteca fue la que desarrolló la civilización más elevada y organizó el imperio más poderoso de todos los pueblos atlánticos, y entonces se introdujo por primera vez el principio de sucesión hereditaria.

En los primeros tiempos se dividió la raza en gran número de pequeños reinos independientes, constantemente en guerra unos con otros, y todos con los lemuro-rmoahales del Sur.

Estos fueron vencidos al cabo y sometidos a vasallaje, siendo muchas de sus tribus reducidas a la esclavitud.

Hará un millón de años aquellos reinos se unieron en una gran federación que reconoció por cabeza a un emperador.

Este hecho fue precedido de grandes guerras, pero al fin dió paz y prosperidad a la raza.

Debe recordarse que la humanidad estaba todavía dotada, en su mayor parte, de facultades psíquicas, y los que más desarrolladas las tenían, eran enseñados a usarlas en las escuelas ocultas, obteniendo varios grados en la iniciación y aun algunos el adeptado.

El segundo de los emperadores fue un adepto y durante miles de años gobernó una dinastía divina, no sólo todos los reinos en que la Atlántida estaba dividida, sino también las islas del Oeste y las regiones meridionales de las tierras adyacentes del lado de Levante.

Los miembros de esta dinastía, en caso necesario, salían de la comunidad de iniciados, mas por regla general, el poder se transmitía de padres a hijos, siendo todos ellos calificados y recibiendo a veces el hijo un grado más avanzado de iniciación de manos de su padre.

Durante todo este período, los gobernantes iniciados tenían conexión con la jerarquía oculta que gobierna el mundo, y vivían sometidos a sus leyes y actuaban en armonía con sus planes.

Esta fue la edad de oro de la raza tolteca.

Su gobierno fue justo y benéfico; se cultivaban las artes y las ciencias, y guiados los que se consagraban a ellas por conocimientos ocultos, consiguieron enormes resultados.

Las creencias y ritos religiosos eran todavía relativamente puros.

En resumen: la civilización de los Atlantes había alcanzado por este tiempo su mayor altura.

A los 100.000 años de esta edad de oro, comenzaron la degeneración y la decadencia de la raza.

Muchos de los reyes tributarios, gran número de sacerdotes y muchas gentes del pueblo, dejaron de usar de sus facultades y poderes conforme a las leyes de sus divinos preceptores, cuyos mandatos y advertencias menospreciaron.

Su conexión con la jerarquía oculta quedó rota.

El engrandecimiento personal, el logro de riquezas y autoridad, el abatimiento y la ruina de sus enemigos, llegaron a ser de día en día los fines preferentes hacia los cuales encaminaban sus poderes ocultos; y apartados así del uso legítimo de éstos, acabaron por emplearlos en toda suerte de propósitos egoístas y malévolos, con lo que inevitablemente cayeron en la hechicería.

Rodeada esta palabra del odio que la incredulidad de una parte, y la impostura de otra, han movido contra ella en el transcurso de muchos siglos de superstición y de ignorancia, consideremos por un momento su verdadero significado y los terribles efectos que su práctica ha de traer siempre al mundo.

En parte por razón de sus facultades psíquicas, no extinguidas aún en los abismos de la materialidad a que la raza descendió más tarde, y en parte a causa de sus adelantos científicos durante el apogeo de la civilización atlante, los individuos más inteligentes y enérgicos adquirieron por grados sucesivos un conocimiento cada día más profundo de la labor íntima de las leyes naturales, y un dominio cada día creciente sobre algunas de las fuerzas ocultas de la Naturaleza.

Mas la profanación de este conocimiento y su empleo para fines egoístas, constituye la hechicería.

Buena prueba de los terribles efectos de tal profanación fueron las espantosas catástrofes que sorprendieron a aquella raza.

Pues una vez comenzadas las negras prácticas, se extendieron en círculos cada vez más amplios.

La suprema dirección espiritual fue retirada, y el principio kámico, que por ser el cuarto, debía naturalmente alcanzar su mayor desarrollo en la cuarta raza raíz, se afirmó más y más en la humanidad.

La lujuria y los instintos feroces y brutales fueron en aumento, y la naturaleza animal del hombre se iba aproximando a su expresión más degradada.

El problema moral dividió a la raza atlante desde sus primeros tiempos en dos campos hostiles, y lo que ya había comenzado en la época de los rmoahales se acentuó de un modo terrible en la Era de los toltecas.

La batalla de Armagedón se libra una y mil veces en cada edad de la historia del mundo.

No queriendo someterse por más tiempo a la sabia dirección de los emperadores iniciados, los secuaces de la magia negra se alzaron en rebelión y proclamaron un jefe rival del sagrado Emperador, quien, después de muchos combates, fue arrojado de su capital, «la ciudad de las Puertas de Oro», y el usurpador se sentó en su trono.

El emperador legítimo, empujado hacia el Norte, se estableció en una ciudad fundada por los tlavatlis en el límite meridional del país montañoso, y que era entonces la sede de uno de los reyes toltecas tributarios.

Éste le recibió con alegría y puso la ciudad a su disposición.

Algunos otros reyes tributarios se le mantuvieron fieles, pero los más rindieron homenaje al nuevo emperador reinante en la antigua capital.

Sin embargo, no permanecieron mucho tiempo en su obediencia.

Proclamábanse independientes a cada paso y reñían continuas batallas en las diferentes partes del imperio, recurriendo en gran escala a las artes de la hechicería para aumentar las fuerzas destructoras de los ejércitos.

Estos acontecimientos ocurrieron unos 50.000 años antes de la primera catástrofe.

De allí en adelante las cosas fueron de mal en peor.

Los hechiceros hacían uso de sus poderes con más temeridad cada día, y una gran parte del pueblo, que cada vez iba en aumento, adquiría y practicaba estas terribles artes.

Entonces sobrevino el espantoso castigo, en que millones de hombres perecieron.

La gran «ciudad de las Puertas de Oro» había llegado a ser por este tiempo un antro completo de iniquidad.

Las olas la barrieron, sumergiendo a sus habitantes, y el «negro emperador» y su dinastía cayeron para no levantarse más.

El emperador del Norte y los sacerdotes iniciados de todo el continente, tuvieron noticia anticipada del peligro que amenazaba; en las páginas siguientes se verá las muchas emigraciones conducidas por sacerdotes que precedieron a esta catástrofe, así como a las posteriores.

El continente quedó terriblemente desgarrado.

Pero la cantidad efectiva de territorio sumergido no representaba, en verdad, el daño causado, porque las olas, precipitándose en su irrupción sobre grandes extensiones de terreno, la dejaron al retirarse convertida en pantanos.

Provincias enteras quedaron estériles y permanecieron por muchas generaciones sin cultivo, como desiertos.

La población que sobrevivió había recibido una terrible advertencia.

Quedó grabada en los corazones, y la hechicería se practicó menos durante algún tiempo.

Un largo período transcurrió antes que se estableciese estado alguno poderoso.

Al fin encontramos una dinastía semita de hechiceros, entronizada en la «ciudad de las Puertas de Oro», pero ningún poder tolteca tuvo ya preeminencia durante el período del segundo mapa.

Existían aún muchas poblaciones de esta raza; mas en estado de pureza no habitaban ya en el continente originario.

En la isla de Ruta, sin embargo, se alzó de nuevo una dinastía tolteca, y gobernó por medio de reyes tributarios una gran parte de la isla.

Esta dinastía estaba entregada a la magia negra, que fue creciendo durante los cuatro períodos, hasta llegar a su colmo al tiempo de la catástrofe inevitable que limpió a la tierra de este mal monstruoso.

También es de notar que hasta el mismo momento en que desapareció Poseidón, un rey o emperador iniciado -o que, cuando menos, reconocía “la buena ley”- ejercía autoridad en una parte de la gran isla, procediendo bajo la dirección de la jerarquía oculta, para reprimir hasta donde era posible a los hechiceros, y para guiar e instruir la corta minoría que aún deseaba llevar una vida ordenada y pura.

En los últimos días este rey sagrado era elegido generalmente por los sacerdotes (los pocos que aún seguían “la buena ley”).

Poco más resta que decir sobre la raza tolteca.

La población de toda la isla de Poseidón estaba más o menos mezclada.

Dos reinos y una pequeña república en el Oeste se dividían todo el territorio.

La parte Norte era gobernada por el rey iniciado, y en el Sur el principio hereditario había cedido ante la elección popular.

Las dinastías cerradas habían concluido; mas de vez en cuando reyes de sangre tolteca subieron al poder, así en el Norte como en el Sur, y el reino septentrional, combatido constantemente por su rival del Mediodía, iba perdiendo paulatinamente pedazos de su territorio.

Después de haber tratado con alguna extensión del estado de las cosas durante la hegemonía de los toltecas, la descripción de las instituciones políticas de las siguientes cuatro subrazas, no merece que nos detengamos, pues ninguna de ellas alcanzó el alto grado de civilización de los toltecas.

La degeneración de la raza había comenzado de hecho.

Parece que la raza turania, por natural inclinación, tendió a desarrollar una especie de sistema feudal.

Cada jefe era soberano en su propio territorio, y el rey era solamente primus inter pares.

Los jefes que formaban su consejo asesinaban de vez en cuando al rey, colocándose alguno de ellos en su puesto.

Eran los turanios turbulentos, sin ley, crueles y brutales.

Como muestra de estas cualidades, citaré el hecho de que en algunos períodos de su historia tomaron parte en las guerras regimientos de mujeres.

Pero el hecho más interesante de esta raza fue la extraña experiencia que hizo en su vida social, y que, a no ser por su origen político, hubiéramos incluido mejor en el capítulo de usos y costumbres.

Vencidos continuamente en la guerra con sus vecinos los toltecas y reconociéndose muy inferiores en número, aspiraron sobre todo al aumento de población, para lo cual dictaron leyes que relevaban a los hombres de la carga de sostener a su familia.

El Estado se hizo cargo de los niños y proveía a sus necesidades, siendo éstos considerados como propiedad suya.

Esta medida tendía a fomentar los nacimientos entre los turanios, con menosprecio de la institución del matrimonio.

Los lazos de la vida de familia y el sentimiento de amor paterno, fueron destruidos; mas como el plan resultara un fracaso, se desistió al fin de él.

También intentó esta raza aplicar soluciones socialistas a los problemas económicos que aún en el día nos inquietan; pero hecho el ensayo, fue abandonado.

Los semitas primitivos, raza guerrera, enérgica y dada al pillaje, tuvieron siempre tendencias a una forma de gobierno patriarcal.

Los colonizadores semitas, nómadas por lo común, adoptaron casi exclusivamente esta forma; pero así y todo, como ya hemos visto, llegaron a poseer un gran imperio en los tiempos a que se refiere el segundo mapa, habiéndose hecho dueños de la gran «ciudad de las Puertas de Oro» .

Mas al fin cedieron al creciente poder de los acadios.

En el período del tercer mapa, hace 100.000 años próximamente, los acadios pusieron fin al poder semita.

Esta subraza sexta era un pueblo más respetuoso de las leyes que sus predecesores.

Comerciantes y marineros vivían en comunidades fijas, y naturalmente surgió entre ellos la oligarquía como forma de gobierno.

Una peculiaridad suya, de la cual Esparta es el único ejemplo en los tiempos históricos, fue el gobierno simultáneo de dos reyes en una misma ciudad.

Como resultado probable de sus aficiones a la navegación, el estudio de los astros llegó a caracterizar su cultura, por lo que esta raza hizo grandes adelantos en la Astrología y en la Astronomía.

El pueblo mongol constituyó un progreso sobre sus inmediatos antecesores, pertenecientes al brutal tronco turanio.

Nacidos los mongoles en las vastas estepas de la Siberia Oriental, jamás tuvieron contacto con el continente madre; y debido, sin duda, a las condiciones del territorio que ocupaban, hicieron la vida nómada .

Más psíquicos y más religiosos que los turanios, de quienes procedían, la forma de gobierno hacia la cual se inclinaban, exigía como remate un soberano que fuese al mismo tiempo señor temporal y gran sacerdote.