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ARTES Y CIENCIAS

Debe reconocerse previamente que nuestra raza aria ha obtenido, por razón natural, adelantos mucho mayores en casi todos sentidos que los atlantes; pero aun en aquello en que dejaron de alcanzar nuestro nivel, son interesantes las noticias de lo que realizaron al llegar a la mayor altura de su civilización.

Por otra parte, los progresos científicos en que nos sobrepujaron, son de una naturaleza tan deslumbradora, que produce confusión lo desigual que fue esta raza en su desarrollo.

Las artes y ciencias de las dos primeras subrazas, fueron, en verdad, extremadamente rudas; mas no nos proponemos seguir los progresos realizados por cada subraza en particular.

En la historia de los atlantes, así como en la de los arios, alternan los períodos de progreso y de decadencia.

Las épocas de cultura iban seguidas de tiempos bárbaros, durante los cuales los adelantos científicos se perdían, viniéndose a ganar de nuevo por civilizaciones que alcanzaban más altos niveles.

Naturalmente, la narración que vamos a hacer se refiere a los períodos de cultura, entre los que descuella la gran Era de los toltecas.

La Arquitectura y la Escultura, la Pintura y la Música, fueron cultivadas entre los atlantes.

La música, aún en los mejores tiempos, fue ruda, y los instrumentos del tipo más primitivo.

Todas las razas atlánticas eran amantes del colorido, así que adornaban sus cosas interior y exteriormente con colores brillantes; mas la pintura, como arte delicado, no obtuvo jamás entre ellos carta de naturaleza, aunque en los últimos tiempos se enseñara en sus escuelas algo que se acercaba a este arte.

Pero la escultura, que también se enseñaba en las escuelas fué practicada en grande escala, y llegó a adquirir gran excelencia.

Como veremos más tarde, al tratar de la religión, vino a ser costumbre de todos los que podían permitírsela, el colocar en algún templo su propia imagen.

Eran estas esculturas talladas en madera o en piedra negra, dura como el basalto, y aun entre la gente rica llegó a ser moda tener sus estatuas de metales preciosos, como oricalco, oro o plata.

Generalmente tenían bastante semejanza con la persona que representaban, y a veces un notable parecido.

La arquitectura fue la más ampliamente practicada de las Bellas Artes.

Los edificios eran construcciones macizas de gigantescas proporciones.

Las casas de las ciudades no estaban como las nuestras, unidas unas a otras formando calles.

Algunas de ellas, de igual modo que las quintas, se hallaban en medio de jardines, y otras aparecían separadas por espacios de tierra común, siendo todas construcciones aisladas.

Las casas de alguna importancia tenían patios centrales cerrados por cuatro muros, y en medio de ellos solían colocar fuentes, que por ser tan abundantes en la «ciudad de las Puertas de Oro» , la dieron el sobrenombre de la ciudad de las aguas.

No se hacía exhibición de las mercancías para la venta como en nuestras modernas poblaciones.

Las transacciones se efectuaban privadamente, excepto en determinado tiempo, en que se celebraban ferias en los egidos de las ciudades.

Pero lo que daba a la casa tolteca su fisonomía característica, era la torre que se alzaba en uno de sus ángulos o en el centro de uno de sus muros.

A los pisos superiores conducía una escalera en espiral, construida en la parte exterior de la torre, la cual terminaba con una cúpula puntiaguda, que servía por lo común de observatorio.

Como ya se ha indicado, las casas estaban decoradas con colores brillantes.

Algunas tenían la ornamentación de talla, y otras de frescos y pinturas.

Los huecos de las ventanas se cubrían con una substancia artificial parecida al vidrio aunque menos transparente.

En el interior faltaban los detalles de comodidad de la habitación moderna, pero la vida era muy civilizada a su manera.

Los templos eran enormes recintos parecidos a las gigantescas construcciones de Egipto, pero fabricados en escala aún más estupenda.

Los pilares que soportaban al techo eran por lo común cuadrados y rara vez cilíndricos.

En los tiempos de la decadencia, había a los costados de las naves numerosas capillas en que se custodiaban las estatuas de los ciudadanos más distinguidos.

Estas capillas eran a veces de tamaño tan considerable, que podían contener todo un cuerpo de sacerdotes, que algún hombre notable instituía para el servicio y culto de su propia imagen.

Así como las casas particulares, los templos no estaban completos sin su torre, cerrada por una cúpula, del tamaño y magnificencia correspondientes.

Estas torres servían de observatorios astronómicos y para las ceremonias del culto solar.

Los metales preciosos se empleaban en gran cantidad para el adorno de los templos, cuyo interior era con frecuencia, no ya dorado, sino revestido de planchas de oro.

El oro y la plata eran tenidos en gran estima; pero, como más adelante veremos al tratar de la moneda, su empleo era puramente artístico, pues no se usaban como símbolos de cambio, al paso que las grandes cantidades producidas por los químicos (o alquimistas, como hoy les llamaríamos) hacían que no tuvieran, como ahora, la consideración de metales preciosos.

Este poder de transmutar los metales no era universal, si bien eran tantos los que le poseían, que la fabricación era muy abundante.

De hecho la producción de estos codiciados metales puede mirarse como una de las empresas industriales de aquel tiempo con que los alquimistas se ganaban la vida.

El oro era aún más apreciado que la plata, y por consiguiente, se le producía en cantidad mucho mayor .