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EMIGRACIONES

Tres causas contribuyeron a producir las emigraciones.

Los turanios, como hemos visto, se sintieron impulsados del espíritu colonizador desde sus primeros días, y respondieron a él en gran escala.

Los semitas y los acadios fueron también razas colonizadoras hasta cierto punto.

Ahora bien; andando el tiempo y creciendo la población hasta el punto de rebasar los límites de los medios de subsistencia, la necesidad impulsó a todas las razas, según las oportunidades se presentaban, a buscar el sustento en tierras menos pobladas.

Debe tenerse en cuenta que cuando los atlantes llegaron al zenit en la época tolteca, la proporción de habitantes por milla cuadrada en la Atlántida igualaba probablemente si no excedía, a la actual en Inglaterra y Bélgica.

Ciertamente los espacios vacíos aprovechables para colonias, eran en aquella edad mucho mayores que en la nuestra; pero la población total del mundo que al presente es de 1.200 a 1.500 millones, ascendía en aquellos tiempos a la enorme cifra de 2.000 millones aproximadamente.

Al fin vinieron las emigraciones dirigidas por los sacerdotes antes de cada catástrofe, de las cuales hubo muchas más que las cuatro mayores a que se ha hecho referencia.

Los reyes iniciados y los sacerdotes que seguían la «buena ley» , sabían de antemano las calamidades que amenazaban.

De aquí que cada uno de ellos profetizase primero, advirtiendo a las gentes y se hiciese después guía de grandes masas de colonizadores.

Es de notar que en los postrimeros días, los gobernantes del país sentían profundamente estas emigraciones conducidas por los sacerdotes, porque despoblaban y empobrecían sus reinos, y llegó a ser necesario a los emigrantes embarcarse en secreto durante la noche.

Al trazar en globo las diferentes direcciones seguidas por cada raza en su emigración, vamos a parar, en último resultado, a las tierras que sus respectivos descendientes ocupan hoy día.

Las primeras emigraciones fueron las de la raza Rmoahal.

Se recordará que la parte de esta raza que habitaba las costas del Nordeste, fue la única que conservó su pureza de sangre.

Acosados en su frontera meridional y empujados más al Norte por los guerreros tlavatlis, comenzaron los Rmoahales a invadir los territorios vecinos situados al Este, y los más próximos aún del promontorio de Groenlandia.

En el período del segundo mapa no quedaban, en la entonces reducida Atlántida, Rmoahales puros, sino que ocupaban el promontorio septentrional del continente que al Oeste se estaba formando, así como el dicho cabo de la Groenlandia y las costas occidentales de la gran isla escandinava.

También había una colonia suya en las tierras septentrionales del mar central de Asia.

Bretaña y Picardia formaban entonces parte de la isla escandinava, la cual, en el período del tercer mapa, llegó a constituir una porción del continente europeo, a la sazón en crecimiento.

y precisamente en Francia es donde se han hallado los restos de esta raza en los yacimientos cuaternarios, pudiendo considerarse al «hombre de Furfooz», braquicéfalo o de cabeza redonda, como el tipo medio de aquélla en la época de su decadencia.

Obligados muchas veces a encaminarse hacia el Sur por los rigores de un período glacial, y empujados otras tantas hacia el Norte por sus poderosos enemigos, los esparcidos y degradados restos de los Rmoahales se encuentran hoy día entre los modernos lapones, aunque mezclados con otra sangre.

Así, estos débiles y empequeñecidos ejemplares de la humanidad vienen a ser los descendientes en línea recta de la raza oscura de gigantes que tuvo origen en las comarcas ecuatoriales del continente de Lemuria, hace cerca de cinco millones de años.

Los colonizadores tlavatlis se extendieron en todas direcciones.

En el período del segundo mapa sus descendientes se hallaban establecidos en las costas occidentales del continente americano, entonces en vías de formación (California), y asimismo en las costas situadas en la extremidad del Sur (Río de Janeiro).

Ocupaban también la costa oriental de la isla escandinava; y muchos de ellos, navegando a través del Océano y dando la vuelta a África, aportaron a la India.

Allí se mezclaron con la población indígena de origen lemur, formando así la raza dravídica.

Andando el tiempo, recibieron estos a su vez una infusión de sangre aria o de la quinta raza, a lo cual se debe la complejidad de tipos que hoy se encuentra en la India.

A la verdad, hallamos en este país un ejemplo manifiesto de la dificultad extrema de decidir una cuestión de razas con sólo las pruebas físicas, pues sería muy posible que existiesen egos de la quinta raza encarnados en los brahmanes; egos de la cuarta raza en las castas inferiores, y algunos rezagados de la tercera en las tribus montañesas.

En el período del cuarto mapa, el pueblo tlavatli ocupaba las comarcas meridionales de la América del Sur, de lo cual puede inferirse que los patagones tuvieron probablemente un abolengo tlavatli.

Restos de esta raza así como de los Rmoahales, se han encontrado en los yacimientos cuaternarios de la Europa central, y el hombre dolicocéfalo de Cromagnon (4) puede considerarse como el tipo medio de la raza tlavatli en su decadencia, al paso que los habitantes de los lagos de Suiza constituyeron un retoño mucho más moderno y no del todo puro.

El único pueblo que puede citarse como tipo de sangre pura de esta raza al presente, es el que forman algunas de las tribus indias de color oscuro de la América del Sur.

Los birmanos y siameses tienen también sangre tlavatli en sus venas, si bien mezclada y aun dominada por la de una familia más noble de procedencia aria.

Vamos ahora a tratar de los toltecas.

Sus emigraciones se dirigieron principalmente hacia el Oeste, por lo que las costas vecinas del continente americano estuvieron pobladas, en el período del segundo mapa, por toltecas de pura raza, siendo mestizos la mayor parte de los que quedaron en el continente madre.

La raza se extendió y vivió en estado floreciente en ambas Américas, donde miles de años más tarde establecieron los imperios de México y del Perú.

La grandeza de estos imperios es ya objeto de la historia, o por lo menos de la tradición, confirmada por los datos que ofrecen sus magníficos restos arquitectónicos.

Debe advertirse aquí que aunque el imperio mexicano fue durante siglos grande y poderoso en todo aquello a que comúnmente se atribuye poder y grandeza en nuestra civilización actual, no alcanzó nunca la altura a que llegaron los peruanos hace 14.000 años, bajo el gobierno de los Incas; pues por lo que hace al bienestar general del pueblo, a la justicia y beneficencia de los gobernantes, a la forma equitativa del colonato, ya la vida pura y religiosa de sus habitantes, el imperio del Perú de aquellos días, puede mirarse como un eco tradicional, aunque débil, de la edad de oro de los toltecas en el continente de la Atlántida.

El tipo medio del piel roja de América, es el mejor representante que hoy existe del pueblo tolteca; bien entendido que no admite comparación con el individuo de aquella raza cuando alcanzó el nivel más elevado de su cultura.

El curso de nuestro relato nos lleva ahora a tratar del Egipto, y la consideración de este asunto arrojará inmensa luz sobre su primitiva historia.

El primer establecimiento que se fundó en este país, no fue una colonia en el sentido estricto de la palabra; pero más adelante se llevó allí una gran masa de colonizadores toltecas, para mezclarla con el pueblo aborigen y mejorar el tipo de éste.

El primer acontecimiento fue la traslación de una gran logia de iniciados.

Esto sucedió hace unos 400.000 años.

La Edad de oro de los toltecas había pasado hacía mucho tiempo.

La primera gran catástrofe había tenido lugar.

La degradación moral del pueblo y la práctica de la magia negra, se había acentuado y extendido más y más.

Era necesaria una atmósfera más pura para la «logia blanca».

Egipto estaba aislado, y su población era escasa; por esto fue escogido.

El establecimiento respondió a sus fines, y la logia de iniciados, no estorbada por condiciones desfavorables, realizó su obra durante 200.000 años aproximadamente.

Hace unos 210.000 años, maduros ya los tiempos, la logia fundó un imperio (la primera dinastía divina de Egipto), y comenzó a enseñar al pueblo.

Entonces fue cuando la primera gran masa de emigrantes fue sacada de la Atlántida, siendo construidas las dos grandes pirámides de Gizeh durante los 10.000 años que precedieron a la segunda catástrofe, en parte como lugar permanente de la iniciación, y en parte también para servir de arca donde se custodiara algún gran talismán mientras durase la sumersión que era inminente, según los iniciados sabían.

El mapa número 3 presenta el Egipto bajo las aguas, en la fecha a que nos referimos.

Así permaneció por largo espacio, pero al surgir de nuevo, fue otra vez poblado por los descendientes de muchos de sus antiguos habitantes, que se habían guarecido en las montañas de Abisinia (que en el mapa núm.

3 aparece como una isla), así como también por nuevas bandas de colonizadores atlantes venidos de diversas partes del mundo.

Una gran inmigración de acadios contribuyó a modificar el tipo egipcio.

Esta es la época de la segunda dinastía divina de Egipto; los gobernantes del país fueron de nuevo adeptos o iniciados.

La catástrofe de hace 50.000 años volvió a sumergir el país, pero la inundación fue entonces pasajera .

Al retirarse las aguas, comenzó el gobierno de la tercera dinastía divina -la mencionada por Manethon- y bajo el mando de los primeros reyes de esta dinastía, se construyeron el gran templo de Karnak y muchos de los más antiguos edificios que aún están en pie.

Realmente, excepción hecha de las dos grandes pirámides mencionadas, ningún edificio de Egipto es anterior a la catástrofe de hace 80.000 años.

La sumersión definitiva de Poseidón, lanzó otra oleada sobre Egipto.

Esta fue también una calamidad pasajera, mas puso fin a las dinastías divinas, porque la logia de iniciados se trasladó a otros países.

Varios puntos de que aquí no hemos tratado, han sido ya expuestos en la Conferencia: "Las pirámides y Stonehenge".

Los turanios, que en el período del primer mapa habían colonizado las comarcas septentrionales de la tierra situada inmediatamente al Este de la Atlántida, ocuparon en la época del segundo mapa las costas meridionales de aquella (Marruecos y Argelia actuales).

Encuéntraseles también vagando hacia el Este, hasta que llegaron a poblar las costas oriental y occidental del mar central de Asia.

Finalmente, algunas bandas se dirigieron aún más al Oriente, de donde proviene que el tipo más aproximado a esta raza se encuentre hoy en el interior de la China.

Un curioso capricho del destino debe consignarse a propósito de una de sus ramas occidentales.

Dominados durante siglos por sus más poderosos enemigos los toltecas, estaba, sin embargo, reservado a una pequeña rama del tronco turanio, el conquistar el último grande imperio de los toltecas, pues los brutales y apenas civilizados aztecas, eran de pura raza turania.

Las emigraciones semitas fueron de dos clases: primero, las que procedían del natural impulso de la raza; segundo, la emigración especial efectuada bajo la guía y dirección del Manu, pues aunque parezca extraño, no fué de los toltecas, sino de esta subraza turbulenta y sin ley, pero vigorosa y enérgica, de donde fué escogido el núcleo destinado a producir nuestra gran raza quinta, la raza aria.

La razón de esto estriba, sin duda, en la cualidad manásica característica, a la cual va siempre asociado el número cinco.

La subraza a la que correspondía este número -la semita- estaba precisamente en vías de desarrollar su cerebro y su inteligencia, a expensas de las percepciones psíquicas, y este mismo desarrollo de la inteligencia, llevado a más alto nivel, es a la vez la gloria y el destino de nuestra quinta raza raíz.

Por lo que hace a las emigraciones naturales, encontramos que en la época del segundo mapa, cuando aún existían poderosas naciones en la Atlántida, los semitas se habían esparcido por el Occidente y el Oriente: por el primero, hacia los territorios que forman en la actualidad los Estados Unidos lo cual explica la aparición del tipo semita en algunas de las razas indias; y por el segundo, hacia las costas septentrionales del continente vecino, que comprendía entonces lo que llegó a ser después Europa, África y Asia.

El tipo de los antiguos egipcios, así como el de otras naciones comarcanas, fué modificado en cierto modo por la sangre de estos primitivos semitas; pero excepción hecha de los judíos, los únicos representantes relativamente puros de aquella raza en el día de hoy, son las kábilas ligeramente morenas de las montañas de Argelia.

Las tribus que resultaron de la selección efectuada por el Manu para formar la nueva raza raíz, emprendieron al fin su camino hacia las costas meridionales del mar central de Asia, y allí se estableció el primer gran reino ario.

Cuando se imprima la conferencia sobre el «origen de una raza raíz», se verá que muchos de los pueblos que acostumbramos a llamar semitas, son, en realidad de sangre aria.

También el mundo recibirá nueva luz respecto a lo que constituye el derecho de los hebreos para considerarse a sí mismos como un «pueblo elegido» .

En resumen: son un eslabón anormal que une las razas cuarta y quinta.

Los acadios, aunque al fin llegaron a ser dominadores de la Atlántida, tuvieron su cuna, como ya hemos visto, en la época del segundo mapa, en el continente inmediato, siendo su solar aquella parte del Mediterráneo, que cae poco más o menos en lo que es hoy isla de Cerdeña.

Desde este punto se dirigieron hacia el Oriente, ocupando lo que al cabo fue costa de Levante, extendiéndose hasta Arabia y Persia.

Según se dijo, contribuyeron también a poblar el Egipto.

Los primitivos etruscos, los fenicios (incluyendo a los cartagineses), y los sumero-acadios fueron ramas de esta subraza, y los actuales vascos tienen probablemente más sangre acadia en sus venas que otra alguna.

Es este lugar oportuno para hacer referencia a los primitivos habitantes de las islas británicas porque en la primera edad de los acadios, hace próximamente 100.000 años, fué cuando la colonia de iniciados, que fundó a Stonehenge, desembarcó en aquellas costas, que eran por decontado, las de la porción escandinava del continente europeo, según aparece en el mapa número 3.

Los sacerdotes iniciados y los que con ellos iban, parece que pertenecieron a una de las primitivas familias de la raza acadia.

Eran más altos, más hermosos y de mayor cabeza que los aborígenes, los cuales, aunque provenían de una mezcla de razas, constituían en su mayor parte restos degenerados de los Rmoahales.

Como verán los que lean la conferencia sobre «Las pirámides y Stonehenge», la ruda sencillez de Stonehenge tuvo por objeto protestar de la ornamentación extravagante y recargada que se usaba en los templos de la Atlántida, en donde los habitantes habían caído en el degradado culto de sus propias efigies.

Los mongoles, según vimos, no tuvieron jamás contacto alguno con el continente de donde procedian sus antepasados nacidos en las vastas llanuras de la Tartaria, sus emigraciones encontraron por mucho tiempo sobrado espacio en estas tierras; pero más de una vez, tribus de descendencia mongola, se han desbordado desde el Norte del Asia a la Améríca, atravesando el estrecho de Behring; la última de estas emigraciones, la de los kitanes -acaecida hace 1.300 años- ha dejado huellas que algunos sabios occidentales han podido seguir sin dificultad.

La existencia de sangre mongola en algunas tribus indias de la América del Norte, ha sido también reconocida por diferentes etnólogos.

Los húngaros y los malayos son considerados como renuevos de esta raza, ennoblecido el primero por la infusión de sangre aria, y degradado el segundo por la mezcla con la ya estéril sangre de los lemures.

Pero el hecho interesante acerca de esta raza mongola, es que su último vástago -los japoneses- se encuentra todavÍa en pleno vigor, pues en realidad, no ha alcanzado todavía su zenit, y aún le queda vida bastante para figurar en la historia.