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COSTUMBRES Y HÁBITOS

Indudablemente hubo tanta variedad en las costumbres y hábitos de los Atlantes en las diferentes épocas de su historia, como la ha habido entre las diversas naciones que constituyen nuestra raza aria, y esto sin referirnos a las modas fluctuantes de los siglos, de las cuales prescindimos.

Las observaciones que siguen tratarán solamente de las características principales que diferenciaban sus costumbres de las nuestras, y estas características las tomaremos en cuanto sea posible, de la gran era tolteca.

Ya hemos hablado de los experimentos hechos por los turanios respecto al matrimonio ya las relaciones de los sexos.

La poligamia prevaleció en diferentes épocas, en todas las subrazas; pero en los días de los toltecas, aunque la ley permitía dos esposas, gran número de hombres solo tenían una.

Tampoco eran las mujeres consideradas, según sucede actualmente en los países en donde se sostiene la poligamia, como inferiores al hombre, ni estaban esclavizadas en lo más mínimo, sino que su posición era completamente igual a la del hombre, al paso que las aptitudes que muchas de ellas desplegaban en la adquisición del poder del vril las hacía en absoluto iguales, sino superiores al otro sexo.

Esta igualdad era reconocida desde la infancia, y en las escuelas o colegios no había separación de sexos: niños y niñas aprendían juntos.

Era también regla general, y no una excepción, que reinara la más completa armonía en las familias dobles, y las madres enseñaban a sus hijos a amar igualmente a las esposas de su padre.

Tampoco estaba prohibido a las mujeres tomar parte en el Gobierno.

Algunas veces tenían asiento en los Consejos, y en ocasiones eran elegidas por el Adepto emperador para representarle en las diversas provincias como soberanos locales.

Los utensilios de escribir de los Atlantes, consistían en delgadas hojas de metal, en cuya superficie blanca y pulida como la porcelana, escribían las palabras.

También sabían reproducir lo escrito, colocando sobre la hoja otra plancha delgada, humedecida previamente con un líquido especial.

El texto copiado en la segunda plancha, podía reproducirse, cuando se quería, en otras hojas, y uniendo éstas en gran número, constituían un libro.

Una de las costumbres que se apartaban considerablemente de las nuestras, era la referente a la alimentación.

Es un asunto nada agradable, pero que no debemos pasar por alto.

Generalmente rechazaban la carne de los animales, pero devoraban aquellas partes que nosotros desechamos como alimento.

También bebían la sangre, muchas veces caliente de los animales, y confeccionaban con ella diversos platos.

No debe creerse, sin embargo, que carecían de las clases de alimentos más ligeros y aceptables para nosotros.

Los mares y los ríos les proporcionaban pescados, cuya carne comían, aunque muchas veces en tal estado de descomposición, que para nosotros sería de lo más repugnante.

Cultivaban en grande escala diferentes granos con los que hacían pan y bollos; también tenían leche, frutas y legumbres.

Verdad es que una pequeña parte de los habitantes no adoptó jamás aquellas repugnantes costumbres.

Entre éstos se hallaban los reyes y emperadores Adeptos y los sacerdotes iniciados de todo el imperio, cuyos hábitos respecto de la comida eran por completo vegetarianos; pero muchos de los consejeros y dignatarios de la corte, afectando preferir la alimentación más pura, se entregaban muchas veces en secreto a sus gustos más groseros.

Tampoco fueron desconocidas en aquellos tiempos las bebidas alcohólicas.

En una época estuvieron muy en boga los licores fermentados de una clase muy potente, pero como los que los bebían llegaban a un estado de excitación peligrosa, se promulgó una ley prohibiendo en absoluto su uso.

Las armas de guerra y de caza fueron muy distintas en las diversas épocas.

Las espadas y lanzas, y los arcos y flechas, fueron por regla general las armas de los rmoahals y de los tlavatli.

Los animales que cazaban en aquellos primeros tiempos eran mamíferos de pelo largo y lanoso, elefantes e hipopótamos.

Abundaban también los marsupiales, así como los supervivientes de los tipos intermedios, siendo algunos medio reptiles y medio mamíferos, otros medio reptiles y medio aves.

El uso de los explosivos se adoptó desde los tiempos primitivos, y fue llevado a una gran perfección posteriormente.

Algunos parece que estallaban por el choque, otros después de cierto intervalo de tiempo, pero en ambos casos la destrucción de la vida era ocasionada al parecer por el desprendimiento de un gas venenoso, y no por el choque de balas.

Tan poderosos parece que llegaron a ser estos explosivos en los últimos tiempos atlantes, que compañías enteras de hombres eran destruidas en las batallas por el gas venenoso que se desprendía con la explosión, sobre sus cabezas, de una de estas bombas lanzadas por algún mecanismo de palancas.

Pasemos ahora al sistema monetario.

Durante las tres primeras subrazas, en todo caso, no se conoció nada que se pareciera a la moneda del estado, pero sí pequeños pedazos de metal o de cuero, que tenían estampado un valor determinado, y que se usaban como garantía.

Estaban perforados por el centro, y los engarzaban juntos, llevándolos generalmente a guisa de cinturón.

Cada hombre era, por decirlo así, su propio acuñador; pero la moneda de metal o de cuero que fabricaba, y que entregaba a cambio de otros valores, constituía solamente el reconocimiento personal de una deuda, lo mismo que entre nosotros un pagaré.

Ningún hombre podía fabricar mayor cantidad de tales garantías, que las que pudiese redimir con otros valores de que estuviese en posesión.

Estas garantías no circulaban corno nuestra moneda; pero el tenedor de ellas podía calcular con perfecta exactitud los recursos de su deudor, con la facultad de la clarividencia que todos los hombres tenían entonces, más o menos desarrollada, y que en caso de duda ejercitaban para asegurarse de los hechos.

Debemos decir, sin embargo, que en los últimos tiempos de Poseidón se adoptó un sistema parecido al corriente entre nosotros, siendo la triple montaña que se veía desde la gran capital del Sur, la representación favorita empleada en la moneda del Estado.

Pero lo más importante de la clase de asuntos de que vamos a tratar, es lo referente a la propiedad territorial.

Entre rmoahales y los tlavatlis, que vivían principalmente de la caza y de la pesca, no tenía naturalmente razón de ser aquella propiedad, si bien en los días de los tlavatlis se empleaba cierto sistema de cultivo en las aldeas.

Con el aumento de población, y con la civilización de los primeros tiempos toltecas, fué cuando la tierra empezó a tener valor.

No nos proponemos describir el sistema o la falta de sistema que prevaleció en los tumultuosos tiempos anteriores al advenimiento de la Edad de Oro, pero los anales de esta época presentan a la consideración, no sólo de los economistas, sino de todos los que se interesan por el bienestar humano, un asunto del mayor interés e importancia.

Se recordará que la población había aumentado constantemente, y que bajo el gobierno de los Adeptos emperadores había alcanzado la elevadísima cifra antes mencionada; sin embargo la pobreza y la necesidad eran estados que ni aún se soñaban en aquellos tiempos; y este bienestar social era indudablemente debido, en parte, al sistema terrateniente.

No sólo pertenecían al emperador todas las tierras y sus productos, sino también todos los ganados.

El país estaba dividido en diferentes provincias o distritos, cada uno de los cuales tenía a su frente uno de los reyes Subalternos o virreyes, nombrados por el emperador.

Cada uno de estos virreyes era responsable del gobierno y bienestar de todos los habitantes que estaban bajo su mando.

La labranza de las tierras, la recolección de las cosechas y los pastos de los ganados, estaban dentro de la esfera de su inspección, así como la dirección de los experimentos agrícolas en que ya nos hemos ocupado.

Cada virrey se hallaba rodeado de cierto número de consejeros y coadjutores, los cuales tenían, entre otros deberes, el de estar bien versados en astronomía, que no era en aquellos días una ciencia estéril.

Se estudiaban y utilizaban las influencias ocultas sobre plantas y animales.

Igualmente no era raro el poder de producir la lluvia a voluntad, así como más de una vez se neutralizó, en parte, los efectos de una época glacial en las regiones del Norte del continente, por medio de la ciencia oculta.

Se calculaba con exactitud el día preciso en que debían principiar las operaciones de la agricultura, y esto lo verificaban los funcionarios que tenían por obligación inspeccionar todos los detalles.

Lo que se producía en cada distrito o reino, se consumía por regla general en el mismo; pero a veces se establecía un cambio de productos agrícolas entre los gobernantes.

Después de apartar una pequeña porción para el emperador y el gobierno central de la «Ciudad de Oro», todo el producto restante del distrito o reino se distribuía entre sus habitantes, recibiendo naturalmente el virrey local y sus funcionarios las participaciones mayores, al paso que el último de los trabajadores agrícolas obtenía lo suficiente para asegurar su bienestar, todo aumento en la producción de la tierra o en el rendimiento de la riqueza mineral, era dividido proporcionalmente entre los interesados, por lo que todos tenían interés en hacer que el resultado de sus trabajos combinados fuese lo más lucrativo posible.

Este sistema funcionó admirablemente durante un larguísimo período; pero a medida que pasó el tiempo, sobrevinieron el descuido y el lucro personal.

Los que tenían el deber de inspeccionar, se fueron descartando más y más de la responsabilidad, la cual imponían a sus subordinados, y con el tiempo se hizo raro que los gobernantes interviniesen o se interesasen por sí mismos en ninguna de aquellas operaciones.

Este fué el principio de los malos tiempos.

Los individuos de la clase dominante que antes dedicaban todo su tiempo a los deberes del Estado, principiaron a ocuparse en llevar una vida más agradable, y el lujo comenzó a desenvolverse.

Había una causa que especialmente producía gran descontento entre las clases inferiores.

Ya hemos mencionado el sistema bajo el cual se educaba en las escuelas técnicas a la juventud de la nación.

Ahora bien; un individuo de la clase superior, cuyas facultades psíquicas habían sido debidamente cultivadas, estaba encargado de la selección de los niños, de manera que cada uno de estos recibiese la educación y se le destinase a la ocupación más adecuada a su naturaleza.

Pero cuando los que poseían la visión clarividente, único medio por el cual era posible hacer semejante selección, delegaron sus deberes en subalternos que carecían de tales facultades psíquicas, el resultado fue que muchas veces los niños eran lanzados por sendas contrarias, y aquellos cuyas aptitudes e inclinaciones se dirigían en determinado sentido, se encontraban sujetos a menudo por toda su vida a una ocupación contraria a sus gustos, y en la que, por tanto, rara vez adelantaban.

Los sistemas de propiedad territorial que surgieron en diferentes partes del imperio, cuando terminó la gran dinastía tolteca, fueron muchos y muy diversos; más no creemos necesario describirlos.

En los últimos días de Poseidón, habían sido ya generalmente reemplazados por el sistema de la propiedad individual que nos es conocida.

Ya hicimos referencia en el tratado de «Emigraciones», al sistema territorial que prevaleció durante el glorioso período de la historia peruana, cuando dominaban los Incas hace 14.000 años.

Será interesante un corto resumen de él, porque muestra su origen, así como da ejemplo de las variaciones que se introdujeron en este sistema, algún tanto más complicado.

Toda propiedad de la tierra era del dominio eminente del Inca, pero estaba asignada la mitad a los cultivadores, los cuales constituían la masa de la población.

La otra mitad se dividía entre el Inca y el orden sacerdotal dedicado al culto del Sol.

Con los productos de las tierras que le correspondían, tenía el Inca que sostener el ejército, construir y conservar los caminos de todo el imperio, y atender a todo el mecanismo del gobierno.

Éste era dirigido por una clase especial más o menos relacionada con el mismo Inca, y representaba una civilización y cultura muy por encima de la gran masa de la población.

De la cuarta parte restante, las «tierras del Sol» no sólo se mantenían los sacerdotes a cuyo cargo estaba el culto público, sino que también servía para proveer a la educación del pueblo en escuelas y colegios, para socorrer a todas las personas enfermas o inútiles, y finalmente, para el mantenimiento de todos los habitantes (salvo la clase gobernante, para la cual no había cesación de trabajo), que llegaban a los cuarenta y cinco años de edad en que debían terminar las tareas rudas y principiar la vida de descanso y bienestar .
COSTUMBRES Y HÁBITOS

Indudablemente hubo tanta variedad en las costumbres y hábitos de los Atlantes en las diferentes épocas de su historia, como la ha habido entre las diversas naciones que constituyen nuestra raza aria, y esto sin referirnos a las modas fluctuantes de los siglos, de las cuales prescindimos.

Las observaciones que siguen tratarán solamente de las características principales que diferenciaban sus costumbres de las nuestras, y estas características las tomaremos en cuanto sea posible, de la gran era tolteca.

Ya hemos hablado de los experimentos hechos por los turanios respecto al matrimonio ya las relaciones de los sexos.

La poligamia prevaleció en diferentes épocas, en todas las subrazas; pero en los días de los toltecas, aunque la ley permitía dos esposas, gran número de hombres solo tenían una.

Tampoco eran las mujeres consideradas, según sucede actualmente en los países en donde se sostiene la poligamia, como inferiores al hombre, ni estaban esclavizadas en lo más mínimo, sino que su posición era completamente igual a la del hombre, al paso que las aptitudes que muchas de ellas desplegaban en la adquisición del poder del vril las hacía en absoluto iguales, sino superiores al otro sexo.

Esta igualdad era reconocida desde la infancia, y en las escuelas o colegios no había separación de sexos: niños y niñas aprendían juntos.

Era también regla general, y no una excepción, que reinara la más completa armonía en las familias dobles, y las madres enseñaban a sus hijos a amar igualmente a las esposas de su padre.

Tampoco estaba prohibido a las mujeres tomar parte en el Gobierno.

Algunas veces tenían asiento en los Consejos, y en ocasiones eran elegidas por el Adepto emperador para representarle en las diversas provincias como soberanos locales.

Los utensilios de escribir de los Atlantes, consistían en delgadas hojas de metal, en cuya superficie blanca y pulida como la porcelana, escribían las palabras.

También sabían reproducir lo escrito, colocando sobre la hoja otra plancha delgada, humedecida previamente con un líquido especial.

El texto copiado en la segunda plancha, podía reproducirse, cuando se quería, en otras hojas, y uniendo éstas en gran número, constituían un libro.

Una de las costumbres que se apartaban considerablemente de las nuestras, era la referente a la alimentación.

Es un asunto nada agradable, pero que no debemos pasar por alto.

Generalmente rechazaban la carne de los animales, pero devoraban aquellas partes que nosotros desechamos como alimento.

También bebían la sangre, muchas veces caliente de los animales, y confeccionaban con ella diversos platos.

No debe creerse, sin embargo, que carecían de las clases de alimentos más ligeros y aceptables para nosotros.

Los mares y los ríos les proporcionaban pescados, cuya carne comían, aunque muchas veces en tal estado de descomposición, que para nosotros sería de lo más repugnante.

Cultivaban en grande escala diferentes granos con los que hacían pan y bollos; también tenían leche, frutas y legumbres.

Verdad es que una pequeña parte de los habitantes no adoptó jamás aquellas repugnantes costumbres.

Entre éstos se hallaban los reyes y emperadores Adeptos y los sacerdotes iniciados de todo el imperio, cuyos hábitos respecto de la comida eran por completo vegetarianos; pero muchos de los consejeros y dignatarios de la corte, afectando preferir la alimentación más pura, se entregaban muchas veces en secreto a sus gustos más groseros.

Tampoco fueron desconocidas en aquellos tiempos las bebidas alcohólicas.

En una época estuvieron muy en boga los licores fermentados de una clase muy potente, pero como los que los bebían llegaban a un estado de excitación peligrosa, se promulgó una ley prohibiendo en absoluto su uso.

Las armas de guerra y de caza fueron muy distintas en las diversas épocas.

Las espadas y lanzas, y los arcos y flechas, fueron por regla general las armas de los rmoahals y de los tlavatli.

Los animales que cazaban en aquellos primeros tiempos eran mamíferos de pelo largo y lanoso, elefantes e hipopótamos.

Abundaban también los marsupiales, así como los supervivientes de los tipos intermedios, siendo algunos medio reptiles y medio mamíferos, otros medio reptiles y medio aves.

El uso de los explosivos se adoptó desde los tiempos primitivos, y fue llevado a una gran perfección posteriormente.

Algunos parece que estallaban por el choque, otros después de cierto intervalo de tiempo, pero en ambos casos la destrucción de la vida era ocasionada al parecer por el desprendimiento de un gas venenoso, y no por el choque de balas.

Tan poderosos parece que llegaron a ser estos explosivos en los últimos tiempos atlantes, que compañías enteras de hombres eran destruidas en las batallas por el gas venenoso que se desprendía con la explosión, sobre sus cabezas, de una de estas bombas lanzadas por algún mecanismo de palancas.

Pasemos ahora al sistema monetario.

Durante las tres primeras subrazas, en todo caso, no se conoció nada que se pareciera a la moneda del estado, pero sí pequeños pedazos de metal o de cuero, que tenían estampado un valor determinado, y que se usaban como garantía.

Estaban perforados por el centro, y los engarzaban juntos, llevándolos generalmente a guisa de cinturón.

Cada hombre era, por decirlo así, su propio acuñador; pero la moneda de metal o de cuero que fabricaba, y que entregaba a cambio de otros valores, constituía solamente el reconocimiento personal de una deuda, lo mismo que entre nosotros un pagaré.

Ningún hombre podía fabricar mayor cantidad de tales garantías, que las que pudiese redimir con otros valores de que estuviese en posesión.

Estas garantías no circulaban corno nuestra moneda; pero el tenedor de ellas podía calcular con perfecta exactitud los recursos de su deudor, con la facultad de la clarividencia que todos los hombres tenían entonces, más o menos desarrollada, y que en caso de duda ejercitaban para asegurarse de los hechos.

Debemos decir, sin embargo, que en los últimos tiempos de Poseidón se adoptó un sistema parecido al corriente entre nosotros, siendo la triple montaña que se veía desde la gran capital del Sur, la representación favorita empleada en la moneda del Estado.

Pero lo más importante de la clase de asuntos de que vamos a tratar, es lo referente a la propiedad territorial.

Entre rmoahales y los tlavatlis, que vivían principalmente de la caza y de la pesca, no tenía naturalmente razón de ser aquella propiedad, si bien en los días de los tlavatlis se empleaba cierto sistema de cultivo en las aldeas.

Con el aumento de población, y con la civilización de los primeros tiempos toltecas, fué cuando la tierra empezó a tener valor.

No nos proponemos describir el sistema o la falta de sistema que prevaleció en los tumultuosos tiempos anteriores al advenimiento de la Edad de Oro, pero los anales de esta época presentan a la consideración, no sólo de los economistas, sino de todos los que se interesan por el bienestar humano, un asunto del mayor interés e importancia.

Se recordará que la población había aumentado constantemente, y que bajo el gobierno de los Adeptos emperadores había alcanzado la elevadísima cifra antes mencionada; sin embargo la pobreza y la necesidad eran estados que ni aún se soñaban en aquellos tiempos; y este bienestar social era indudablemente debido, en parte, al sistema terrateniente.

No sólo pertenecían al emperador todas las tierras y sus productos, sino también todos los ganados.

El país estaba dividido en diferentes provincias o distritos, cada uno de los cuales tenía a su frente uno de los reyes Subalternos o virreyes, nombrados por el emperador.

Cada uno de estos virreyes era responsable del gobierno y bienestar de todos los habitantes que estaban bajo su mando.

La labranza de las tierras, la recolección de las cosechas y los pastos de los ganados, estaban dentro de la esfera de su inspección, así como la dirección de los experimentos agrícolas en que ya nos hemos ocupado.

Cada virrey se hallaba rodeado de cierto número de consejeros y coadjutores, los cuales tenían, entre otros deberes, el de estar bien versados en astronomía, que no era en aquellos días una ciencia estéril.

Se estudiaban y utilizaban las influencias ocultas sobre plantas y animales.

Igualmente no era raro el poder de producir la lluvia a voluntad, así como más de una vez se neutralizó, en parte, los efectos de una época glacial en las regiones del Norte del continente, por medio de la ciencia oculta.

Se calculaba con exactitud el día preciso en que debían principiar las operaciones de la agricultura, y esto lo verificaban los funcionarios que tenían por obligación inspeccionar todos los detalles.

Lo que se producía en cada distrito o reino, se consumía por regla general en el mismo; pero a veces se establecía un cambio de productos agrícolas entre los gobernantes.

Después de apartar una pequeña porción para el emperador y el gobierno central de la «Ciudad de Oro», todo el producto restante del distrito o reino se distribuía entre sus habitantes, recibiendo naturalmente el virrey local y sus funcionarios las participaciones mayores, al paso que el último de los trabajadores agrícolas obtenía lo suficiente para asegurar su bienestar, todo aumento en la producción de la tierra o en el rendimiento de la riqueza mineral, era dividido proporcionalmente entre los interesados, por lo que todos tenían interés en hacer que el resultado de sus trabajos combinados fuese lo más lucrativo posible.

Este sistema funcionó admirablemente durante un larguísimo período; pero a medida que pasó el tiempo, sobrevinieron el descuido y el lucro personal.

Los que tenían el deber de inspeccionar, se fueron descartando más y más de la responsabilidad, la cual imponían a sus subordinados, y con el tiempo se hizo raro que los gobernantes interviniesen o se interesasen por sí mismos en ninguna de aquellas operaciones.

Este fué el principio de los malos tiempos.

Los individuos de la clase dominante que antes dedicaban todo su tiempo a los deberes del Estado, principiaron a ocuparse en llevar una vida más agradable, y el lujo comenzó a desenvolverse.

Había una causa que especialmente producía gran descontento entre las clases inferiores.

Ya hemos mencionado el sistema bajo el cual se educaba en las escuelas técnicas a la juventud de la nación.

Ahora bien; un individuo de la clase superior, cuyas facultades psíquicas habían sido debidamente cultivadas, estaba encargado de la selección de los niños, de manera que cada uno de estos recibiese la educación y se le destinase a la ocupación más adecuada a su naturaleza.

Pero cuando los que poseían la visión clarividente, único medio por el cual era posible hacer semejante selección, delegaron sus deberes en subalternos que carecían de tales facultades psíquicas, el resultado fue que muchas veces los niños eran lanzados por sendas contrarias, y aquellos cuyas aptitudes e inclinaciones se dirigían en determinado sentido, se encontraban sujetos a menudo por toda su vida a una ocupación contraria a sus gustos, y en la que, por tanto, rara vez adelantaban.

Los sistemas de propiedad territorial que surgieron en diferentes partes del imperio, cuando terminó la gran dinastía tolteca, fueron muchos y muy diversos; más no creemos necesario describirlos.

En los últimos días de Poseidón, habían sido ya generalmente reemplazados por el sistema de la propiedad individual que nos es conocida.

Ya hicimos referencia en el tratado de «Emigraciones», al sistema territorial que prevaleció durante el glorioso período de la historia peruana, cuando dominaban los Incas hace 14.000 años.

Será interesante un corto resumen de él, porque muestra su origen, así como da ejemplo de las variaciones que se introdujeron en este sistema, algún tanto más complicado.

Toda propiedad de la tierra era del dominio eminente del Inca, pero estaba asignada la mitad a los cultivadores, los cuales constituían la masa de la población.

La otra mitad se dividía entre el Inca y el orden sacerdotal dedicado al culto del Sol.

Con los productos de las tierras que le correspondían, tenía el Inca que sostener el ejército, construir y conservar los caminos de todo el imperio, y atender a todo el mecanismo del gobierno.

Éste era dirigido por una clase especial más o menos relacionada con el mismo Inca, y representaba una civilización y cultura muy por encima de la gran masa de la población.

De la cuarta parte restante, las «tierras del Sol» no sólo se mantenían los sacerdotes a cuyo cargo estaba el culto público, sino que también servía para proveer a la educación del pueblo en escuelas y colegios, para socorrer a todas las personas enfermas o inútiles, y finalmente, para el mantenimiento de todos los habitantes (salvo la clase gobernante, para la cual no había cesación de trabajo), que llegaban a los cuarenta y cinco años de edad en que debían terminar las tareas rudas y principiar la vida de descanso y bienestar .