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Ley Biológica de la Reproducción

Virgen y el Niño

La psicología evolucionista y la psicología comparada, estudian entre otros, los patrones conductuales comunes entre el hombre y los animales inferiores, pretendiendo esclarecer el papel de los mismos en la evolución, lo mismo que en la elección de objeto sexual. Se orientaría, bajo los preceptos nobles de la naturaleza, la función sexual como un motor altivo, siempre tendiente hacia la superación de la especie, hacia la pujanza de los mejores valores genéticos. No sucede así con la especie homo sapiens, en la que el valor biológico se trastoca, se tuerce, se pervierte.

El “comercio sexual” del que hablaba Freud, el conjunto de transacciones sexuales, amorosas, libidinosas, que se generan en la sociedad, se vería acentuado y desviado por una constelación de “formaciones” psicológicas, delegando el valor de la belleza, la pujanza física, la inteligencia, ni siquiera a un papel secundario, sino a la marginación más terriblemente anti-natura.

Se sabe que una loba en la espesura del bosque, puede rechazar incluso al lobo más esbelto, bello y poderoso, cuando la loba misma percibe alguna alteración en su genoma, cuando, por medio de los hilos sagrados de la naturaleza, percibe que, a pesar de su apariencia, aquel lobo magnífico le aportaría genes enfermos. De suerte que, la constitución del “macho alfa” es rigurosamente precisa. En cambio, en el hombre en sociedad, el “ideal social” sustituye en lo absoluto al ideal natural, encontrándose el ideal social envenenado y plagado de la galaxia de formaciones psicológicas, de egos: vanidad, posición social, masoquismo, sadismo, necesidad de control, entre millares de otras tantas. El “alfa” es el “alfa social”, la sociedad como la suma de valores individuales, para el caso de esta humanidad perversa, ego, involución.

En tiempos remotísimos en la rueda fatal del Samsara, la conciencia se vio atada, en amalgama macabra al instinto como ley natural...

Las Fuerzas Instintivas de la Naturaleza atraparon la Mente inocente del hombre y surgió el falso miraje del deseo” VM Samael Aun Weor

De suerte que, de ese cruce mágico entre conciencia e instinto, aparece abominable la ilusión del ego, del mí mismo, paridas del instinto sexual y del deseo, en batalla feroz contra la culpa, contra el cariño y el amor, contra el odio y las ansias terribles de asesinar. Inseparables en la biología Eros –Anteros, edificando paso a paso en ambos ejes de la rueda mecánica del Samsara, los intrincados paisajes, pasillos, calles, edificaciones de la Ciudad perdida de Dite, el escondite tenebroso de nuestras peores pesadillas.

La voluptuosidad y la auto afirmación que natura asigna al cortejo y a la función sexual, observables desde el canto del ave del paraíso, el plumaje del pavo real, la melena y potencia soberbia del león, siguen su curso indistinguible hasta las expresiones más sublimes de amor y de arte en la conducta social del hombre. La pujanza genética y la capacidad de reproducirse, se unen en forma inseparable, pétrea, sólida y única, con la función de identidad propia, con el instinto de vida más básico. Freud señalaba que la muerte y el complejo de castración eran equivalentes.

En forma sencilla, que la potencia para seducir y poseer, es equiparable en un absoluto, a la capacidad de transmitir el genoma propio, y por lo tanto, fácilmente trasladables con un valor biológico total, a la perpetuación de la vida misma, a la perpetuación de sí mismo, a la identidad como macho de la especie.

En virtualmente todas las especies animales, la tarea del macho dominante cuando se apodera de una manada o de una hembra solitaria, es como primera faena, la destrucción (y muchas veces el canibalismo) de las crías que no se le son propias, debido sin lugar a dudas, al valor biológico terrible de la sexualidad en función de la identidad, de la vida propia y del origen en la creencia en existencia inherente. “El deseo es el génesis del Samsara” el Buda.

El “ente social deseante” de Lacan, discípulo de Freud, reemplaza al complejo infantil de castración (ahora la urgencia de sentirse macho, ya en forma de la certeza genital o en otras expresiones narcisistas).

De suerte que, con claridad meridiana, el machismo es la expresión social del complejo de castración. Se margina a la mujer, se le teme, en esas otras culturas se le cubre de pies a cabeza con velos y se le reprime e incluso se le asesina, todo para protegerse de la castración, la que, toma primacía incluso sobre el valor de asegurar que la descendencia sea la propia.

La sociedad se articula y desarrolla sobre estos cimentos. Se asigna a la masculinidad un papel activo y sadista, y se asigna o refuerza en la mujer un papel pasivo y masoquista. El resultado final es toda una maquinaria social, fomentando un concepto e ideal de masculinidad y feminidad torcidos. Un gran seductor es el estereotipo de la masculinidad, o mejor en términos psicoanalíticos, de la “no castración”. La posesión o el rechazo de la mujer nos conducen de la gloria al infierno, desde la misma raíz biológica trazada en las líneas previas. La vanidad sustituyó por completo al valor biológico, la urgencia de sentirse deseada y de ser objeto de mil y una atenciones y detalles superfluos, el fetiche o interés por la posición social, el sadismo de ser rechazadas y de no poder someter al “macho” sustituyen por completo al valor biológico, delegando al olvido los valores masculinos más prístinos y nobles. La inteligencia es desplazada por la astucia, la ruindad y la capacidad de manipular y engañar. El valor moral es el refugio de la debilidad, de lo enfermo y abyecto, el valor moral es refugio de los hipócritas. La bestia preponderante, astuta, manipuladora, prepotente, perversa, es el ideal social que sustituyó por completo al ideal natural.

La caballerosidad y la dulzura más fingidas, los cacareados detalles del paraíso, son las herramientas del fauno de nuestros tiempos, del Quasimodo, del jorobado de la notre dame de nuestra sociedad, para reproducir su material genético, para raptar a las ninfas de perfección biológica. Las constelaciones de formaciones psicológicas tiran hacia la elección de objeto sexual sobre la base de la capacidad de controlar o ser controlado, sobre la capacidad de derribar las inhibiciones, todo edificado sobre el narcisismo y la vanidad propios. El valor biológico y el valor humano en esencia, se pervirtieron, se pudrieron en carne rancia pestilente, que nada tiene que ver ya con la moral, pero sí absolutamente con la decadencia individual y como especie.

Arcano no. 3

Urge redefinir los principios de la virilidad y de la feminidad, desde lo más sagrado del fondo biológico y espiritual.

Urge montar con lucidez sobre el caballo feroz de los instintos, alumbrar con la lámpara de Diógenes las calles obscuras de la Ciudad de Dite, de la mano de nuestra divina madre, para tomar la incomprendida línea tangente. La que toca al círculo del infame e infinito retorno en un punto, pero separándose de él hacia el infinito.

Coagula et Disolve, que partiendo del punto de decadencia, de abominación del amor bio-psico-social, se eleva hacia el SER.

Enviado por Rafael Peralta. El Salvador, San Salvador.

 

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