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CAPITULO 8

Caminamos unos cien metros hasta encontrarnos con dos grandes círculos como dos grandes, fantásticos y redondos ojos de una fiera mitológica.

 Ojos saltones y abultados, como dos cúpulas de iglesia proyectadas hacia nosotros.

 Pero aquello que en la oquedad inmensa de la enorme bóveda, que se podía fácilmente imaginar como los redondos senos de una fabulosa mujer, no eran otra cosa que dos naves.

 Ni más ni menos, naves que al decir de mis amigos, eran automáticas, que no necesitaban tripulación de naturaleza alguna, que se podría decir, sin incurrir en exageraciones, que eran grandes cerebros electrónicos que estaban provistos de gran número de ojos, oídos y narices.

 Estaban destinadas a las exploraciones, en las que no solo captarían sonidos y tomarían imágenes, sino que absorberían muestras de las materias que tuvieran a su alrededor.

 Aquella gigantesca nave que las contenía era la indicada para llevarlas a sus objetivos.

 La que estábamos visitando tenía dos hileras de sesenta naves automáticas que hacían un total de ciento veinte y había en esa zona de investigaciones miles de aquellas gigantescas y raras naves de cabeza en aguda V.

 ¡Cómo he lamentado poseer tan pobre instrucción, y cómo hubiera deseado tener la capacidad suficiente para relatar esta maravillosa oportunidad que el destino me brindó! Pero, qué le vamos a hacer, algunas personas me consuelan diciéndome que hay que conformarse, pero para mi desgracia soy un tipo inconforme, que lucha contra las burlas de mi destino.

 Bueno, para no seguir lloriqueando, vamos a reanudar este paseo.

En uno de los edificios que estaban bajo el vientre de aquella gigantesca nave salimos a la azotea.

 En esta zona no hay árboles, ni espigas o postes, sino que las naves descansan en el macizo de la azotea.

 Abordamos el elevador, descendimos a uno de los pisos intermedios.

 Como los terrestres trabajaban y vivían en esta zona, mis amigos los habían citado al edificio aquel.

 Inmediatamente que los vi reconocí en ellos al producto anacrónico de nuestro mundo de feos.

 Y ahora que tenía la oportunidad de comparar a mis amigos con un tipo similar a mí, más grande era el contraste.

 Chaparros, deformes, desproporcionados, así eran mis huéspedes.

En fin se trataba de dos hermanos gemelos, hijos de un matrimonio formado por un individuo de nacionalidad francesa y una dama española, nacidos y criados en una posesión francesa al otro lado del Mediterráneo.

 No hablan español, pues quedaron huérfanos de madre muy pequeños y solo asimilaron el idioma paterno.

 Tienen buena estatura, de acuerdo con las medidas de nuestra raza, y es curioso observarlos junto a los pequeños y pulcros habitantes de aquel fantástico mundo, pues mientras éstos tienen su cuerpo limpio de pelo, llevándolo solo en la cabeza, nuestros coterráneos semejan orangutanes en su presencia.

 El cuerpo lo tenían materialmente cubierto de pelo y solo la cara conservaban limpia, gracias a una crema que inventaron, que usan para rasurarse.

 El pelo en el resto del cuerpo está adquiriendo un tinte plomizo.

 En la cabeza lo usan igual que las gentes entre quienes viven y, aunque son bastante bien parecidos, la desproporción con lo que les rodea es notoria.

 Son indisciplinados, pues no visten como el resto de la población, llevando tan solo un calzón corto por toda indumentaria, alegando encontrarse incómodos vistiendo al igual que las demás gentes.

 Me aseguraron a través de la interpretación de mis amables cicerones que llevaban más de cinco años viviendo allí, a donde solo habían ido de visita y se vanagloriaban asegurando tener unos pulmones maravillosos que en poco tiempo los adaptaron al denso clima de allí.

 Asegura también haber peleado en la guerra pasada y que ahora les parece estúpida nuestra forma de vida.

 Les pregunté si habían logrado aprender el idioma de aquel mundo y me contestaron riendo que ni una palabra comprenden, pero que ya habían logrado que todos en el edificio aquel aprendieran el francés.

 Nos despedirnos de ellos y regresamos a nuestra esférica nave por el mismo camino.

 Yo me había quedado intrigado con la biblioteca y pedí a mis amigos que me llevaran a visitarla; pero ellos, con suma cortesía, me indicaron que lo teníamos que dejar para después, porque ya era tiempo de comer y descansar, así que volvimos al edificio donde habíamos iniciado este al parecer pequeño viaje.

 De nuevo me conformé con dar un solo vistazo al interior de la biblioteca, cuando descendíamos.

 Esta vez no tomamos ningún medio de transporte de piso, pero en este fantástico modo de vivir lo mismo da meterse en un comedor o en un hotel de un determinado lugar, que hacerlo en otro a miles de kilómetros más allá.

 Por lo tanto, caminamos algunas calles hasta encontrar un comedor.

 Satisfechos con tan riquísimos alimentos, estuvimos algún tiempo fisgando y admirando pequeñeces que mis amigos, contra la costumbre que observan casi todos ellos, me perdonaban.

 Salimos de nuevo a la calle.

 El grado de luz natural no decrecía y tampoco aumentaba.

 Resulta novedoso eso de ver gente que a todas horas entra y sale a toda clase de lugares.

 No se ve algún aparato, ni nadie lo usa, algo que pudiera medir el tiempo; pero esto no tiene importancia.

 Si uno tiene hambre entra y come y si tiene sueño entra y duerme.

 Si tiene deseos de divertirse, lo hace.

 Nadie fiscaliza, según mis amigos.

 Con cinco minutos de cada hora que vivan, que los inviertan haciendo algo en beneficio de la colectividad, es suficiente pago para aquel cúmulo de comodidades.

 Pues bien, saboreando lentamente el espectáculo que me rodeaba, me dejé llevar de mis amables cicerones que, con interés poco común en nuestro medio, me atendían hasta en los más mínimos detalles por lo que por momentos hacía sentirme insignificante, dándome la impresión que solo me daban cuerda a ver si me engrandecía y me hacía el importante.

 Algunas veces, apenado, les pedía que me dijeran si me portaba inadecuadamente a sus costumbres, pero ellos casi siempre me contestaban que estaban felices de andar conmigo y observar mi modo de ser y reaccionar ante todo lo que veía.

 Por fin llegamos a un edificio, hotel, o dormitorio, o como le queramos llamar.

 Mis amigos me explicaron que había tres tipos: para solteros, para solteras y para matrimonios, y que no se diferenciaban gran cosa entre sí.

 Aquí, al igual que en los otros que he visitado, hay dos costados cubiertos de elevadores y dos cubiertos de arcos y paso libre, frontales, en los entresuelos, pero encuentro una diferencia: en los costados donde están situados los elevadores y en un espacio como de dos metros, y a todo lo ancho del edificio, hay tantas hileras de pequeños focos como pisos tenga el edificio y cada foco marca un pasillo, pues allí no se usan cuartos.

 Nosotros buscamos donde hubiera tres camas vacías juntas, así que por la hilera sabíamos a qué piso dirigirnos y por el foco a qué pasillo.

 Así que la hilera 12, por ejemplo, señalaba que había camas vacías, pues ese número de pisos subimos y, al llegar, quedamos en un pasillo que daba a nuestra derecha e izquierda.

 A este pasillo convergían las entradas de otra serie de pasillos, en cuya entrada había también pequeños focos señalando las camas vacías.

 Nosotros llegamos hasta el que nos interesaba.

 Como había algunos foquitos prendidos y otros intermedios apagados, quería decir que tendríamos que pasar cerca de camas ocupadas para llegar a las nuestras.

 Antes de entrar, hay que desnudarse totalmente.

 Mis amigos procedieron a hacerlo, indicándome que los imitara.

 En las paredes derecha e izquierda hay unas aberturas alargadas.

 En el lado derecho procedimos a depositar nuestra ropa, desapareciendo de nuestra vista, y quedamos en cueros, totalmente desnudos.

 Mis amigos me señalaron el pasillo.

 Pero …  ¡Caracoles!, me estaban preparando una broma.

 No había caminado diez pasos, cuando sentí que me acribillaron con una especie de lluvia vaporizante, tibia y agradable.

 Lo intempestivo del bombardeo me produjo una reacción desagradable, de la que traté de librarme retrocediendo; pero detrás estaban mis amigos esperando este resultado a su diversión, y con fuerza increíble me empujaron, obligándome a seguir adelante, y no bien había pasado este húmedo recibimiento, cuando entré a otro, aún más desagradable.

 Ahora sentí como si me succionaran o formaran vacío a mi alrededor, desprendiendo de mi cuerpo hasta la más mínima partícula de mugre que pudiera tener, produciéndome una increíble sensación de limpieza y frescura.

 Cuando pasé del todo este par de tragos amargos, no tuve más escape que soltar la risa, como dando a entender que no me había impresionado.

 Pero a nadie engañaba, ni siquiera a mí mismo.

 En estos pasillos dormitorios se emplea un sistema que me pareció muy práctico.

 Ellos tienen un dominio absoluto de la luz y de la oscuridad.

 Este sistema ya lo habían usado en los sanitarios, así que no lo desconocía, pero ignoraba que también se usara en los dormitorios.

 Por lo tanto voy a tratar de explicarlo: las camas, como las de la nave, son marcos sosteniendo un material grueso y poroso, y están a guisa de repisa, empotradas en una de las paredes; pero en estos dormitorios, cerca de cada cama y al alcance de sus pequeños brazos, hay una ruedecilla que, haciéndola girar a derecha o izquierda, produce luz cegadora así como oscuridad espesa, tan espesa que da la impresión de ser un muro negro e impenetrable.

 Cuando estuvimos en nuestras camas, mis amigos me instruyeron en el manejo de aquel pequeño pero efectivo control que, al accionarse, solo cubre de oscuridad el espacio que ocupa la cama, como si descendiera una gruesa y negra cortina que pusiera a aquel lecho fuera de la curiosidad de las demás gentes.

 Cuando estuve tendido en mi cama accioné la ruedecilla varias veces, para estar seguro de su efectividad; pero, una vez perdido en aquella pequeña inmensidad, desaparecía todo, y sentía estar en una isla cubierta de espesa negrura.

 Me invadió una especie de sopor que me invitaba a abandonar todo pensamiento ajeno a lo que no fuera dormir y descansar.

 El despertar fue tranquilo y satisfactorio.

 Sentí la mente despejada, estuve algún tiempo cavilando, gozando, saboreando aquella increíble comodidad.

 Me sentía lleno de vigor, deseoso de trabajar, de gastar las energías que reposaban dentro de mi cuerpo, haciéndome sentir joven, quizás demasiado joven.

 Fue allí donde comprendí por qué a nadie obligan a trabajar, pues es indudable que con esa alimentación y ese reposo llega cualquiera a sentir deseos de trabajar, para gastar la energía que le bulle dentro del organismo.

 Cuando iluminé mi cama, descubrí que mis amigos estaban despiertos y entretenidos, usando unos pequeños aparatos que hay entre cama y cama.

 Dicho aparato no es mayor que un reloj de bolsillo y pende de la pared unido a un cordón liso y elástico, que lo recoge y sujeta a la pared, cuando no lo usan.

 El tal aparato es una diminuta pantalla por una de sus caras y por la otra una especie de micrófono, y tiene en su borde un pequeño botón.

 Mis amigos se reportaban y pedían órdenes, y en la diminuta pantalla pude reconocer claramente a uno de los jefes y oír su característica voz.

 Mis amigos me dijeron que teníamos bastante tiempo disponible y lo íbamos a aprovechar adecuadamente.

 Así que nos dirigimos a la salida, pasando por el ineludible baño y el secado, que lo encontré sumamente agradable.

 Al nivel del piso hay una hendidura donde mete uno los pies, sintiendo una sensación de cosquilleo y, cuando los retira, las uñas están recortadas y pulidas.

 Lo mismo se pasa a metro y medio de altura, donde la operación se repite con las manos.

 Y aquí venía otra broma de mis buenos amigos.

 Da la casualidad que yo no me había puesto aquella ropa y por lo tanto desconocía sus características.

 Así que, al llegar a las alacenas, nos dirigimos a la que estaba enfrente de la que habíamos usado para depositar nuestra ropa sucia; ellos cogieron cualquiera y procedieron a vestirse, sin dar importancia a lo que a mí me sucedía, que por más que buscaba y rebuscaba no encontraba nada que me sirviera.

 Creo que estaba a punto de soltar el llanto y ellos la risa, pues estaba lucido: la camisa más grande apenas cubriría a uno de mis pequeños hijos y los calzones ni se diga.

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