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CAPITULO 2

La pregunta fue tan imprevista que me confundió.

 Al azar le contesté que creía saber, por los cálculos de nuestros astrónomos y matemáticos, que algunos planetas de los que forman nuestro sistema solar son demasiado fríos y otros demasiado calientes.

 -- Pues, bien.

 Te voy a poner un ejemplo sencillo: ustedes tienen lugares extremadamente fríos y sin embargo viven en ellos gentes que, sin artificios ni ayudas mecánicas de ninguna naturaleza, logran subsistir, valiéndose tan solo de sus propios medios.

 Ahora imagínate a esos mismos individuos dotados con los elementos necesarios, útiles para formar el clima o el ambiente que necesiten.

 ¿Qué les puede importar la distancia a la que estén del sol, si éste les da los medios necesarios para protegerse y, además, convertir lo perjudicial en beneficioso? Ahora, otro pequeño ejemplo.

 Seguí escuchándolo.

 -- Te habrás dado cuenta de que un individuo, valiéndose tan solo de un pequeño tanque en el que almacena lo que necesita para respirar, puede estar fuera de su medio, sin peligro de su estructura orgánica.

 El ejemplo iluminó mi cerebro y, sin perder tiempo, le pregunté: -- ¿Ustedes deben respirar algo distinto a lo que nuestro organismo está acostumbrado? -- Claro, me contestó, satisfecho.

 -- Pero yo no veo nada adicional.

 -- No ves nada porque, según tu mentalidad, debe ser adicional; pero toca aquí. Me lo dijo invitándome a tocarle lo que debía ser estómago y allí se sentía una consistencia semidura, diferente a cómo lo tenernos nosotros.

 Acto seguido completó la explicación: -- Nosotros llevamos aquí lo que nos da vida.

 Inyecta directamente los pulmones.

 -- Esto sí que es maravilloso - exclamé con entusiasmo.

 Pero . ¡qué diablo!, me seguían asaltando las dudas.

 El lo advirtió, por lo que me dijo que preguntara lo que quisiera, que él me contestaría.

 Para principiar le dije que si venían de otro mundo, ¿qué clase de vehículo usaban? Me contestó que ya me había dicho que su nave estaba a poca distancia y que pronto iba a tener oportunidad de conocerla, si así lo deseaba.

 Revoloteaba en mi mente una pregunta, pero no encontraba la forma de hacerla sin ofenderlo.

 Se me ocurrió que, siendo los adultos tan pequeños, cómo serían los niños.

 Y ante mi asombro, como si estuvieran leyendo en mi mente, contestó a mi pensamiento de la siguiente manera: -- Te voy a explicar lo que quieres saber, o sea, lo relacionado con los niños.

 En nuestro mundo no vemos a los niños en las calles.

 Desde que nacen, quedan bajo el patrocinio de lo que podemos llamar gobierno, y éste se encarga de su control hasta que alcanzan la edad adecuada.

 Entonces se los clasifica de acuerdo con sus cualidades físicas y mentales y se les asigna determinado lugar, donde hacen falta.

 Generalmente se lleva a cabo esta operación por parejas, hombre y mujer y se me ocurrió preguntarle cómo hacían para aclimatar a un individuo de una zona fría a una caliente, o viceversa.

 -- Como verás este problema no lo tenemos.

 Por la sencilla razón de que todo nuestro mundo goza de un solo clima uniforme y éste no es natural, sino artificial, creado por nosotros mismos.

 Comprenderás ahora que gozamos de un solo clima, benigno, sin tener como ustedes regiones extremas.

 Por lo demás nuestra población no nos permitiría ese lujo.

 Aquello, para mí, ya iba en vías de un total convencimiento.

 Todo me parecía favorable a lo que él aseguraba y ya me empezaba a parecer lógico.

 De nuevo mi mente dio cabida a otra pregunta.

 Estaba relacionada con su único mar, y no acababa de formarla cuando él cortó el pensamiento: -- Ya te dije que tenemos un mar y éste contiene tanto líquido como todos los vuestros juntos.

 De él sacamos todos los materiales, los que usamos para construir nuestros edificios, para confeccionar nuestra ropa, para fabricar nuestros vehículos y un 60 ó más del porcentaje de nuestra alimentación.

 Prosiguió: -- Nuestros barcos actuales no son como ustedes los conciben y construyen. Los nuestros lo mismo están en el aire que en el agua o en algún otro lugar sin peligro de ninguna especie.

 En dicho mar tienen asiento, a grandes profundidades, descomunales fábricas con sistemas diferentes a los que ustedes usan. Estos sistemas atraen a los pobladores del mar. Allí son seleccionados y aprovechados científicamente.

 Ante mi asombro, añadió: -- Como comprenderás, en nuestro mar no se producen perturbaciones de ninguna especie, pues lo tenemos para nuestro servicio y bajo nuestro control y por lo tanto quedan eliminadas esas contingencias.

 Aquello ya se había convertido para mí en una incesante preocupación. Ansiaba saber más acerca de aquellas gentes. Le pregunté cómo era que hablaban tan bien el español.

 Me contestó que ellos podían en poco tiempo hablar cualquier lenguaje por difícil que fuera; que, en su mundo, se hablaron, igual que en el nuestro, infinidad de idiomas; que ahora solo empleaban uno formado por las palabras más fáciles y que lo habían logrado en forma sumamente eficaz y sencilla.

 Le pregunté si conocían todo nuestro mundo.

 Me aseguró que no solo lo conocían superficialmente, sino también su contextura y todas las costumbres de las diferentes regiones por apartadas que a nosotros nos parecieran.

 Que lo primero lo lograban con aparatos apropiados de los que estaban dotadas todas sus naves y lo segundo con personas de ellos mismos, seleccionadas, las que más se asemejaban físicamente a nosotros.

 Las solían dejar bien provistas cerca del lugar que le interesaba investigar y las recogían en el momento propicio. Me empezaban a preocupar los fines que perseguían en nuestro mundo.

 Así, que, al preguntarlo, me contestó, ilustrando la respuesta con algo de historia: -- La etapa por la que atraviesan ustedes ahora, la vivimos nosotros hace algunos miles de años.

 En nuestro mundo hubo guerras y destrucción, atrasos y adelantos; pero un buen día llegó la ecuanimidad. Se derrocaron líderes políticos y se eligieron en su lugar sabios y destacados humanistas.

 En lugar de los ensoberbecidos, ambiciosos y egoístas, que solo buscaban el lucro en su propio beneficio, que fueron aniquilados como los medradores, fueron puestos hombres dedicados al mejoramiento colectivo.

 Después de una breve pausa: -- Hubo un cambio total en la administración pública y, poco a poco, fue desapareciendo la vanidad, que resultaba el mejor aliado de los explotadores, y acabó asentándose firmemente la moral en todos sus aspectos.

 Ahora nos gobiernan verdaderos sabios que procuran una mejor alimentación, un mejor vestido, una mejor y uniforme educación. Se acabaron los privilegios.

 Ahora, en el mismo lugar, se educa física y mentalmente al que probablemente desciende de ricos y al que desciende de pobres. El que durante esa época de su vida se destaca, es destinado a donde puede desarrollar sus aptitudes libremente y sin preocupaciones.

 Aún dijo más: -- Desapareció totalmente lo que ustedes llaman Nación o Patria. Solo somos ciudadanos de nuestro mundo. No usamos bandera, ni identificaciones de ninguna especie.

 Cada niño, al nacer es tatuado en alguna parte de sus pies. Es como una ficha que habla de su origen y facultades. Así crece sin complejos, sano y libremente.

 Las horas habían pasado rápidamente. Empezaba a clarear cuando descendimos del coche.

 A decir verdad, no sabía si era realidad lo que me había pasado, pero debía serlo pues estaba a un solo centímetro de aquellos dos personajes, dispuesto a certificar lo que me habían platicado. Se adelantaron un poco, subiendo al borde de tierra.

 Y de repente volvieron la cara, como tratando de sorprenderme en algún movimiento sospechoso.

 Me di cuenta de que de sus cascos y cinturones salían sonidos intermitentes y en gran escala, subiendo a veces de tono hasta herir los oídos.

 La curiosidad me invadió y no tuve más remedio que preguntarle para qué les servían dichos cinturones.

 La pregunta, al parecer, les llenó de satisfacción.

 El bajito fijó su vista en el cinturón.

 Su acompañante solo se elevó las manos a él, sin dejar de observarme.

 Pero su expresión era tal que daban a entender que, con aquella maravilla puesta, se sentían inmunes a cualquier peligro.

 O por lo menos eso me pareció.

 Demostraban cariño y seguridad sus vivísimos ojos, que fulguraban.

 Por fin, el bajito alzó la vista y me dijo: -- Este es un aparato que sirve para inmovilizar cualquier mecanismo o enemigo.

 Ahora dime, prosiguió, satisfecha tu curiosidad, ¿tienes deseos de conocer la máquina? Ven con nosotros y rubricó la invitación con amplia y amable sonrisa.

 No me pareció digno desairarles.

 Por lo tanto, me apresuré a seguirles.

 El terreno era lodoso.

 Nuestros hombres vadeaban los charcos, buscando lugares más duros.

 De repente me di cuenta de que en los lugares donde asentaban los pies, el lodo se abría sin adherirse a ellos, con el mismo efecto que produce un fierro caliente.

 Vi mis zapatos.

 Los llevaba totalmente cubiertos de lodo, alcanzando éste a mancharme las piernas del pantalón.

 El descubrimiento me dio la sensación de estar caminando tras dos fantasmas, e inconscientemente empecé a rezagarme, aumentando la distancia entre los hombres y yo, pero sin dejar de seguirlos.

 Aquello fue solo el principio de una serie de sorpresas, que se gravarían para siempre en mi cerebro.

 Algunos metros más adelante, sorpresivamente, tuve ante mi vista la majestuosa nave de que me habían hablado.

 Emergía deslumbrante, rodeada de follaje, como gigantesco huevo en descomunal nido.

 Paré en seco mis pasos y me puse a contemplar lo que tenía delante.

 Una majestuosa esfera achatada se apoyaba en tres boyas que formaban triángulo.

 Tenía, en la parte superior, un cable ligeramente inclinado hacia dentro, como de un metro de altura, circundado de agujeros que semejaban ojos de buey como los que usan en los barcos.

 El conjunto era impresionante y daba la sensación de una gran fortaleza.

 Era de un color muy parecido al que se produce en un pedazo de acero al quemarlo contra un esmeril.

 Pero de una transparencia difusa.

 Cuando los hombres estaban como a metro y medio, ambos se llevaron la mano derecha hasta apoyarla en el cinturón, y en seguida se empezó a dibujar y a agrandar una abertura en la parte inferior de la esfera, convirtiéndose finalmente en una escalera.

 A guisa de pasamanos había dos cables, al parecer elásticos, pues se flexionaban al apoyarse los hombres en ellos.

 Yo me había quedado como a siete metros de distancia; pero, como la nave estaba en una hondonada, pude darme cuenta de que, efectivamente, los hombres no dejaban en los escalones ni una sola partícula del lodo que pudieran llevar en los pies.

 Pude ver también cómo el más gordito se perdía dentro y el otro se paraba a media escala y apoyándose en el pasamanos se volteaba para verme invitándome a que me acercase y, aunque algo me jalaba en dirección contraria, hice un esfuerzo y seguí caminando hasta colocarme a un metro de la nave.

 Algo debía haber cambiado dentro de mi ser, pues el miedo o recelo que hasta entonces había sentido se trocó en audacia.

 Empecé a imaginarme que lo que tenía enfrente no era ninguna nave, y hasta le encontré cierto parecido con una casa de exploradores de tipo convencional.

 Cuando el hombre repitió su invitación, decididamente avancé y empecé a subir tras él.

 Salimos por una especie de claraboya o agujero redondo de poco más o menos medio metro de circunferencia, a una plataforma horizontal.

 Cuando me di cuenta, el agujero por donde habíamos entrado, había sido sellado en forma inesperada.

 Ciertamente estaba impresionado; pero, a pesar de estar encerrado dentro de aquella cosa, la luz pasaba al través, y la parte que debía dar sobre la escalera por donde subimos, parecía de cristal, pues se podía mirar por ella hacia fuera con perfecta claridad.

 Empecé a recorrer con la vista lo que tenía a mi alrededor.

 Una pared bajaba desde el techo formando ángulo con la plataforma.

 En esta pared se adivinaba algo que bien pudiera ser un respaldo aunque resultaba demasiado alto.

 En ángulo con aquel deforme respaldo, pues era otra cosa, estaba lo que debía ser el asiento, dividido en tres secciones, vistas desde enfrente, con algo que parecían tapas de los asientos pero éstas habían sido levantadas hacia los lados.

 Debí parecerles un bobo en un bazar, pues los hombres se limitaban a observarme.

 Finalmente, el que hablaba español me invitó a pasear un poco, pero ahora me pareció que aquello no se iba a levantar ni un centímetro con mi peso, por lo que irónicamente le dije que me gustaría probar.

 Me señalaron el asiento de en medio, ocupando ellos los de los lados.

 El asiento era mullido, en grado para mí desconocido, y eso que llevo por lo menos las dos terceras partes de mi vida ocupando asientos de autos, por lo que no podía negar que, con un asiento de esa naturaleza, me gustaría dotar al coche donde trabajo.

 Pero, esperen, que si el asiento resultaba sorpresivamente blando, el respaldo resultaba superior, pues bastaba recargar un poco el cuerpo en él y fácilmente me perdía en aquella masa agradablemente acogedora.

 Fueron bajadas las tapas e inmediatamente sentí una ligera presión sobre mis piernas y parte del abdomen.

 Ajustaban con tal presión y firmeza, que me daba la impresión de estar metido dentro de una paca de hule esponja.

 Lo que estaba sobre mis piernas era nada menos que un tablero de instrumentos.

 Al igual que cada uno de los lados, estos tableros eran gemelos, y desde cualquiera de ellos se puede operar la máquina.

 Me gustará mucho poder describir uno de estos tableros y voy a tratar de hacerlo.

 Son como una mesita rectangular, ligeramente inclinada hacia mí.

 Junto a mi pecho, y resaltando notablemente sobre los demás instrumentos, había una pantalla, no mayor que un faro de automóvil de superficie convexa.

 Se la veía límpida y luminosa, con asombrosa claridad.

 Junto a esta pantalla, en los lados de la parte anterior, había dos protuberancias redondas, una blanca y la otra negra.

 Debo aclarar que los colores de todos los instrumentos eran luminosos, con más fuerza que la luz fluorescente que conocernos.

 Delante, junto a la mencionada pantalla, había tres ruedecillas, dos colocadas en forma vertical y una en medio, en formato horizontal.

 Al lado derecho se veía una serie de teclas, la primera ancha y las demás angostas.

 A la mitad de la primera, este teclado empieza en la mayor, de color blanco, y conforme se alejan el color se va ennegreciendo hasta terminar en un negro brillante.

 Hasta el extremo opuesto y a cada lado, había al alcance de los dedos pulgares de los pequeños hombres, dos diminutos descansos para dichos dedos en forma de ángulo, hacia fuera.

 En el lado izquierdo, en hilera, igual que el teclado, surgían palanquitas en forma de pequeñas raquetas o palmetas que se manipulan hacia enfrente.

 Finalmente, delante de la pantalla y aproximadamente al centro del tablero, había cuatro piezas en forma de media luna, teniendo la parte inferior circular y la superficie plana.

 Basculaba por el centro, por lo que se advierten en cada una de ellas solo dos movimientos.

 Estas piezas forman una cruz.

 Se complementan dichos tableros con un cilindro colocado en el extremo posterior.

 Dentro de dicho cilindro, se mueven cinco secciones a diferentes velocidades, teniendo las lecturas en forma diagonal.

 Convierte el color conforme gira, yendo del blanco al negro.

 Así era poco más o menos el tablero.

 En él se reproducen los movimientos de la máquina a voluntad del tripulante.

 Observando todo esto, no me di cuenta cuándo empezamos a subir.

 El ascenso fue suave, lento y en forma vertical.

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