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CAPITULO 4

Lo inevitable llegó. La bola cubrió las tres pantallas. Empecé a sentir un calor sofocante; pero solo yo, los demás estaban inmutables y lo atribuí a mi estado nervioso.

 Habíamos logrado superar la peligrosa sensación de choque. Ahora la pantalla inferior se cubrió de cuadros pequeños, divididos por canales profundos y rectos.

 Los cuadros empezaron a crecer, ya se distinguían mejor. Estaban cubiertos de algo que parecían arbustos y sobre los arbustos había algunas otras cosas.

 Acabábamos de pasar algunos, donde se distinguían naves como la pequeña que llevábamos dentro. Ahora uno donde estaba aquella que cubrió todo el cuadro.

 Empezamos a descender en forma vertical. Fuimos derechos a uno de los cuadros, como se ve perfectamente en la pantalla de abajo. Todo el mundo se para y nos disponemos a salir.

 Se abre la puerta de la cabina. A nuestro lado izquierdo hay una columna gruesa, pegada a la pared, que no la había visto cuando entramos.

 Gira una sección, quedando al descubierto una escalera de barrotes semicirculares.

 Los jefes se adelantan. Baja uno, luego el otro. Se pierden en la columna hueca. Mis amigos indican que los siga.

 Aquella operación me recordó el descenso en paracaídas. Pongo un pie en un barrote y, al sujetarme con las manos al que estaba delante de mí, empezó a descender suavemente como un elevador, y no paró hasta el piso, cinco metros más abajo de la pared inferior de la nave.

 Estamos bajo la panza de ésta y, efectivamente, es negra y brillante. A mi alrededor está lleno de pequeños árboles, todos cubiertos de frutas.

 Se respira fragancia. Entre los árboles hay unos postes gruesos de metal, también negros.

 En ellos descansa nuestra nave.

 También hay unos pasillos en todas direcciones, que tienen, por lo menos, medio metro sobre el nivel del piso y al pisar suena a hueco.

 Los árboles no miden más de dos metros de altura; pero son frondosos.

 Sus ramas pelonas no tienen hojas, ni el piso se ve con hojas tiradas.

 Sus ramas son bastante gruesas y no guardan proporción con el tronco.

 Estas tienen abundantes frutas cada una.

 Toqué una y me dio la sensación de tener una cáscara sumamente delgada.

 El fruto era blando, como cuando está maduro.

 Cada árbol estaba sostenido por el tronco, con cuatro brazos que vienen desde el piso, abiertos en ángulo como patas y cerrados en el tronco, pegados a dos medias canales que abrazan el árbol.

 Examiné la tierra pero no tiene parecido con la nuestra.

 Parece polvo de algo como hule molido o arenilla fina.

 Era negra y estaba húmeda, sumamente húmeda; pero no de agua sino de un líquido viscoso.

 Mis amigos aseguran que efectivamente no es tierra sino un producto químico, y que los árboles no se sostienen con las raíces, sino que éstas les sirven tan solo para alimentarse.

 Me aseguran también que estamos en una azotea y ésta es un tanque para contener todo el material con que alimentan su fruticultura.

 Seguimos por un pasillo hasta el borde, que es un barandal grueso.

 Miro hacia abajo y me doy cuenta de que lo que yo creía que eran canales resultan calles.

 Allá abajo se mueven varios vehículos y junto a las paredes hay gran cantidad de gente, todos alineados en orden.

 No se encuentran, ni se tropiezan.

 Si levanto la cara encuentro algo verdaderamente asombroso: una bóveda altísima y continua, que no se ve dónde puede acabar.

 Mis amigos dicen que cubre todo su mundo, pero no es solo eso, sino que despide rayos luminosos en todas direcciones.

 Me siguen explicando que se trata de una capa de nubes espesas, a las cuales han mezclado substancias que, al recibir los rayos del sol, absorben el calor y la luz, la pasan multiplicándola y con ella se alumbran.

 Me aseguran que no tienen noches.

 El clima es bochornoso y me empieza a faltar el aire.

 No es suficiente el que respiro.

 Me siento mal, me estiro el cuello de la camisa aquella y cede.

 Es elástica, pero no logro compensarme.

 La cara me arde.

 Creo que voy a desmayarme y me apoyo en el barandal.

 Los hombres que me estaban cuidando esperaban esta reacción y ya venían prevenidos; me ofrecen un trozo como de goma grande del tamaño de un habano y me dicen que lo chupe como para fumarlo.

 La reacción es notable.

 En cada chupada recobro las fuerzas hasta sentirme normal.

 El cuello de la camisa de nuevo me oprime, pero ya no me molesta.

 Bajo aquella monumental bóveda se ven infinidad de naves como la que traemos dentro, muchísimas como la grande y todas negras.

 Se cruzan rápidas a diferentes alturas.

 Noto que, según la dirección que llevan, es la altura a la que operan.

 No solo hay naves de esta forma.

 También las hay tubulares, de varios tamaños, largas y gruesas; las hay esféricas y también éstas de diferentes dimensiones. Parecen globos de cristal. Sobre nosotros pasa una que semeja una pera o huevo.

 La tenemos a poca altura y se desplaza con lentitud. Me aseguran que también es nave transporte. Una cosa llama la atención: a pesar de la velocidad y profusión de vehículos, éstos no chocan. Frente a nosotros descendía una nave gigantesca y, al cruzarse con una pequeña, ésta se desvió con rapidez asombrosa.

 Creo que los tripulantes no intervinieron. Inquiero, y me explican él fenómeno, todas las máquinas tienen fuerza de repulsión, y la que imprudentemente meten en la ruta de otra, ésta la rechaza como una pelota.

 Caminamos por el pasillo junto al barandal, hasta llegar a un ángulo de la azotea. Allí están los elevadores dispuestos a todo lo largo de ese lado.

 No son, del tipo cerrado como los que conocemos, sino que tienen tres caras cubiertas por una rejilla maciza y rígida.

 En esta rejilla nos recargamos de espaldas.

 Yo bien sujeto con las manos; pero justamente donde me apoyo están los controles.

 Me pregunta uno de los jefes si tengo hambre y, a fe mía, que no la sentía, ni siquiera me acordaba; pero le contesté que sí.

 Porque da la casualidad que este edificio es un comedor comentó riéndose.

 Efectivamente, al descender parábamos en cada piso; pero todos estaban llenos de gente.

 Seguimos descendiendo.

 Por fin, en uno descubrimos varios lugares vacíos y saltamos al piso.

 Reinaba una gran armonía en todos los movimientos de la gente.

 No se estorbaban ni cuchicheaban.

 Cada uno llegaba, cogía su alimento, se sentaba, lo terminaba, regresaba la charola vacía y se retiraba.

 Me di cuenta que la pared frontal a la que ocupábamos al descender, también estaba cubierta de elevadores.

 Y las dos restantes convertidas en alacenas circundantes, cubiertas de charolas, iguales a las que usamos en la nave.

 El piso de este local estaba cubierto de pequeñas sillas, que se completaban con una plana reversible en la que se colocaba la charola.

 ¡Pero qué barbaridad! Ahora los alimentos me supieron mejor.

 Mis arnigos me ofrecieron una ración doble y comí hasta quedar satisfecho.

 Fueron diez sabores distintos, pues todos son diferentes.

 También pude observar que las charolas eran de muy variados colores tanto que me cansé de contarlos y los hombres me aseguraron que cada color tiene cinco sabores diferentes, lo que da por resultado millares de sabores; pero, eso sí, todos tienen la misma consistencia.

 Las cucharillas que usan tienen cierto parecido con nuestras palas planas, ligeramente curvas y son muy diminutas.

 Las gentes que vi en este edificio no medían más de un metro.

 Todos diminutos, pero bien proporcionados.

 Todos llevan ropa igual a la que me habían puesto, de colores diferentes.

 En este mundo de clima acondicionado hay una continua orgía de colores, a donde quiera que uno dirija la vista.

 Hombres y mujeres visten igual y de frente se distinguen solo por las formas propias de la mujer.

 Al hablar, su voz es reposada.

 No así la de los hombres, que es bronca y hasta cierto punto desagradable al oído.

 Todos tienen el pelo platinado y ondulado y a todos les cae sobre los hombros.

 También es general el color verde de los ojos y el marfileño de su piel.

 Mis amigos me explicaron que la raza es pequeña porque así lo quieren ellos, ya que el proceso es científico.

 En cuanto al color de su piel, pelo y ojos, se debe al clima que impera en ese planeta.

 En el comedor habíamos quedado mis dos primeros amigos y yo.

 Las demás personas nos habían abandonado, pues tenían que rendir sus informes y reportarse.

 Nosotros nos dedicamos a fisgar libremente.

 Resultaba maravilloso estar entre tantos muñecos humanos, a los que yo les debo parecer un monstruo.

 Abandonamos el comedor por el mismo elevador y llegamos a lo que sería el entresuelo.

 Este piso está totalmente vacío.

 La gente cruza por ellos.

 De calle a calle no hay puertas.

 Las dos paredes frontales que no tienen elevadores se componen de una serie de entradas en forma de arco y al centro hay dos más espaciosos que el resto.

 Por allí cruzan vehículos, hay muchísima luz, pero no se descubre la fuente.

 Se podría decir que las paredes la producen.

 Caminamos sobre un piso amortiguador, que está pulido como un metal.

 Salimos rumbo a la calle y al llegar al paño nos detenemos.

 Las banquetas circulan a una velocidad moderada.

 Están divididas en tres bandas, dos se mueven en direcciones opuestas y la de en medio está muerta.

 La gente cambia con agilidad de una en movimiento a la muerta y de ésta a la que viene en sentido contrario, o entra en un edificio.

 Las fachadas son lisas, no tienen ventanas de ninguna especie, lisas por completo.

 Sus hermosos colores parecen de vidrio o, mejor dicho, espejos, pues la imagen se refleja con nitidez.

 Se nota la unión del material en cada piso; pero solo a todo lo largo.

 Cada edificio es de un solo color.

 Así se diferencian.

 No hay letreros de ninguna especie.

 Los comedores por ejemplo son azules y los encuentra uno cada cuatro manzanas.

 El arroyo de la calle es ancho, se divide al centro por una angosta media caña, lo cubre una especie de tiras de metal, una angosta y otra ancha, la angosta de color amarillo y la ancha de color marrón oscuro.

 Solo descubro dos tipos de vehículos, de piso, dijéramos, ya que no podemos decir terrestres.

 Son un tipo pequeño, individual, para una persona.

 Este va provisto de dos rodillos.

 No coinciden con la idea que nosotros tenemos de la rueda bien proporcionada, pues son chaparros y anchos.

 En ellos va solo una persona, pero los hay que tienen tres rodillos.

 En los primeros hay un asiento con respaldo y sobre la rueda delantera solo hay un manguito no mayor que la mano de uno de ellos.

 Se opera como un manubrio.

 En los segundos el asiento es ancho y también lleva respaldo y apoyo para los pies.

 Al igual que los otros, se opera con el manguito.

 Este tipo de vehículos los ve uno abandonados en casi todos los edificios, en el entresuelo, y cualquiera los usa y los abandona cuando le da la gana.

 En los de tres rodillos van generalmente parejas, hombres y mujeres.

 Los ve uno circular a buena velocidad y generalmente sobre las franjas angostas.

 El otro tipo de vehículo de piso le podíamos llamar el colectivo.

 Semejan armazones de edificios pequeños a medio terminar.

 La mayoría tiene diez pisos, aunque los hay que tienen menos.

 Este tipo de transportes resulta raro, pues no baja y sube a una persona, sino que deja y recoge pisos enteros.

 Y como me pareció interesante el sistema voy a tratar de describirlo en todos sus detalles pero para eso primero veamos cómo son las calles, para que lo comprendamos mejor.

 Estas suben y bajan formando pasos a desnivel en cada esquina, por lo que siempre pasan los vehículos cada dos cuadras bajo un puente y se usa el hueco de este para alojar las plataformas que reciben el pasaje.

 Ahora veamos cómo son los vehículos que caminan como a un metro de las banquetas y ya que hablamos de ellas, completaremos su descripción: corre a todo su largo, separándola del arroyo de la calle un barandal rígido y en lo que podía ser la guarnición está abierta la interminable boca de un colector succionador, que se encarga de chupar el polvillo que pudiera producir en el piso el continuo rodamiento de los vehículos, único desperdicio admisible en ese mundo, donde se advierte limpieza absoluta.

 Son, como ya dije, armazones que van sentadas en una plataforma que les sirve de base.

 Esta a su vez descansa en varias hileras de rodillos.

 Generalmente tiene cada hilera cinco fuertes rodillos y completan hasta diez hileras.

 Este es el armazón viajante y, exactamente como él, hay dos en cada parada.

 Están sin rodillos y formados uno detrás de otro.

 Ahora trataré de describir el complemento, o sea donde se sienta el pasaje.

 Es una caja que tiene hasta diez asientos corridos en los que caben cinco o seis personas.

 Naturalmente, pequeñas.

 Cada caja es todo un mecanismo.

 El vehículo llega a su parada y se ajusta con precisión de milímetros, paralela a la primera armazón fija.

 Se oye un golpe seco y despide una sección hacia dicha armazón fija.

 Camina unos metros más hasta ajustarse con la siguiente sección y recibe otra caja repleta de pasaje.

 Decían antes que cada una de estas cajas es todo un mecanismo, porque los asientos están montados sobre una banda que en cuanto está dentro del armazón fijo empieza a girar, poniendo cada asiento al alcance de un tipo de escalera de barrotes, automático.

 La gente usa tanto las escaleras elevadores, como los asientos, con suma facilidad. Dichos elevadores conducen a unos pasillos subterráneos y, para abordar uno de estos vehículos, la operación se hace a la inversa.

 No hay conductores ni motoristas. No usan troley. Tampoco van sobre vías y sin embargo son tan exactos en sus paradas, que pienso que si una inteligencia los maniobrase, no lograría más exactitud.

 Va uno detrás de otro, algunas veces en línea cerrada. En determinados lugares alcanzan velocidades hasta de setenta o más km/h. Circulan siempre sobre dos de las franjas angostas. La luz en las calles provienen del cielo o capa celeste.

 No es tan viva como la que gozamos nosotros de día; más bien se parece un poco a la que reina en nuestro mundo al amanecer y se ve brotar de miles de lugares a la vez, como rayos del sol, pasando a través de nubes blancas y plateadas que forman un infinito reflector.

 Mis amigos me habían dicho que no tenían luz artificial en las calles y que tampoco tenían noches y el hecho de que ningún vehículo traiga medio alguno para producir luz parecía comprobar lo que ellos aseguraban.

 Pero dentro de los edificios, es algo sorprendente la intensidad de la que allí se usa, pareciendo manar de paredes y techos.

 Salimos a caminar porque, aunque las banquetas se mueven, la gente siente placer en usar sus pequeñas piernas y nadie se deja llevar.

 Al contrario, parece que algunos se divierten saltando de banqueta en banqueta; pero yo caminaba torpemente y mi única preocupación era no pisar a alguien, que no me lo hubiera perdonado. Es admirable el cambio que se opera dentro de mi ser.

 Siento la mente despejada y un gran poder de observación.

 Asimilo con facilidad lo que ellos me explican y experimento tal grado de despreocupación, que casi olvido que tengo que volver a mi mundo, aunque mis amigos ignoran cuándo.

 Ni siquiera me había dado cuenta que ya los dos hablan el español y solo me volví a la realidad al ver mi desproporción con todos los seres que me rodeaban, no solo en la estatura, sino también en fealdad.

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