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LOS GRANDES INICIADOS:

Hermes Trismegisto

Hermes TrismegistoHermes Trismegisto es considerado como el padre de la alquimia que ha tomado de él el nombre de "arte hermético", su origen se remonta al Egipto pre-faraónico, según Salomón el nombre de Hermes Trismegisto procede del griego y significa literalmente “mercurio tres veces grande”, o sustancia regida por tres principios celestes y tres sublunares unidos. Hermes es un nombre genérico de muchos antiguos sabios griegos que trataron de filosofía y de alquimia. Hermes trismegisto es el nombre de Hermes o Thoth en su aspecto humano, como Dios es el más misterioso de los Dioses, como serpiente Hermes Thoth es la  divina sabiduría creadora. Ya sea como Thoth egipcio o  Hermes griego era el Dios de la sabiduría entre los antiguos y según Platón, <descubrió los números, la geometría, la astronomía y las letras>

La Tabla de esmeralda, es un texto clásico atribuido a Hermes Trismegisto, filósofos, alquimistas  y aun astrólogos han basado sus conocimientos en este importante legado del viejo mundo. Clemente de Alejandría le atribuye 42 obras o tratados, desafortunadamente solo se conocen aparte de la Tabla esmeraldina, el Poemander o Pimandro y Asclepios o el Discurso de la Iniciación. Ambas obras tienen un alto valor iniciático En Pimandro Hermes recibe las enseñanzas de Pimandro, la conciencia superior o inteligencia soberana y divina.  “Lo primero que hay que hacer -dice Pimandro a su discípulo- es desgarrar  esas vestiduras que te cubren, esos ropajes de ignorancia, principio y fundamento de la perversidad, cadena de la corrupción, cubierta tenebrosa, muerte viviente, cadáver sensible, sepulcro que contigo llevas, ladrón doméstico, enemigo en el amor, celoso en el odio. Tal es la vestidura del adversario que llevas sobre ti. Y te atrae hacia abajo, temiendo que la percepción de la verdad y del bien, le haga odiar. La maldad de tu enemigo y descubrir los traidores lazos que te tiende, obscureciendo a tu vista lo que os resulta a los demás claro, ahogándote en la materia, haciendo que te embriagues con infames voluptuosidades, todo en suma, para que nunca oigas lo que a tus oídos les conviene oír, y para que jamás veas lo que a tus ojos les conviene ver”.

En este texto se especifican doce imperfecciones que el discípulo se ha de desintegrar en el trabajo de la Gran Obra y estas son, en orden sucesivo: la ignorancia, la tristeza, la intemperancia, la concupiscencia, la injusticia, la avaricia, el error, la envidia, los procederes capciosos, la cólera, la temeridad y la maldad. “Por la prisión de los sentidos, someten al hombre interior y le hacen esclavo de las pasiones. Poco a poco se alejan de quien Dios mira con ojos de piedad y he aquí en lo que consiste el modo y la razón de los renacimientos”.

La Visión de Hermes.

Un día Hermes se quedó dormido después de reflexionar sobre el origen de las cosas. Una pesada torpeza se apoderó de su cuerpo, pero a medida que su cuerpo se embotaba, sin forma determinada, le llamaba por su nombre -¿quien eres?- dijo Hermes asustado –Soy Osiris-  la inteligencia soberana y puedo revelarte todas las cosas. -¿Que deseas? – Deseo contemplar la fuente de los seres, ¡OH Divino Osiris! y conocer a Dios. -Quedarás satisfecho.- En ese momento Hermes se sintió inundado por una luz deliciosa, en sus ondas diáfanas pasaban las formas encantadoras de todos los seres. Pero de repente, espantosas tinieblas en forma sinuosa descendieron sobre él. Hermes quedó sumergido en un caos húmedo de humo y de un lúgubre zumbido. Entonces una voz se elevó del abismo. Era el grito de la luz, seguida de un fuego sutil salió de las húmedas profundidades y alcanzó las alturas etéreas. Hermes subió  y  volvió a ver en los espacios. El caos se dejaba en el abismo; coros de astros se esparcían sobre su cabeza y la voz de la luz llenaba el infinito.

-¿Has comprendido lo que has visto?- dijo Osiris a Hermes encadenado en su sueño y suspendido entre tierra y cielo  –No-_ dijo Hermes. -Bueno vas  a saberlo. Acabas de ver lo que es dado desde la eternidad. La luz que has visto al principio es la inteligencia divina que contiene todas las cosas en potencia y encierra los modelos de todos los seres. Las tinieblas en que has sido sumergido en seguida, son el mundo material en que viven los hombres de la tierra; el fuego que has visto brotar de las profundidades es el Verbo Divino. Dios es el Padre, el Verbo es el hijo, su unión es la vida....- -¿Que sentido maravilloso se ha abierto en mi? – Dijo Hermes- Ya no veo con los ojos del cuerpo, sino con los del espíritu. ¿Cómo ocurre eso? -Hijo de la tierra- respondió Osiris, es porque el Verbo está en ti, lo que en ti oye, ve y obra es el Verbo mismo, el fuego sagrado, la palabra creadora. Puesto que es así –dijo Hermes- hazme ver la vida de los mundos, el camino de las almas, de donde viene el hombre y adonde vuelve.

- Hágase todo según tu deseo-.

Hermes se volvió más pesado que una piedra y cayó a través de los espacios como un aerolito. Por fin se vio en la cumbre de una montaña, estaba oscuro; la tierra era sombría y desnuda, sus miembros parecían pesados como hierro - ¡Levanta los ojos y mira! -dijo Osiris-. Entonces Hermes vio un espectáculo maravilloso. El espacio infinito, el cielo estrellado lo envolvían en siete esferas luminosas. De una sola mirada, Hermes vio los siete cielos escalonados sobre su cabeza como siete globos transparentes y concéntricos, cuyo centro sideral él ocupaba. El último tenía como cintura la vía láctea. En cada esfera giraba un planeta acompañado de una forma, signo y luz diferentes. Mientras que Hermes deslumbrado contemplaba esta floración esparcida y sus movimientos majestuosos, la voz dijo: -Mira escucha y comprende. Tú ves las siete esferas de toda la vida. Al través de ellas tiene lugar la caída de las almas y su ascensión. Los siete planetas con sus Genios son los siete rayos del Verbo  Luz. Cada un  domina en una esfera del Espíritu en una fase de la vida de las almas. El más aproximado a ti es el genio de la luna, el de inquietante sonrisa y coronado por una hoz de plata. Este preside los nacimientos y a las muertes. El desgarra las almas de los cuerpos y las atrae en su rayo. Sobre él, el pálido Mercurio muestra el camino a las almas descendentes o ascendentes, con su caduceo que contiene la ciencia. Más arriba Venus sostiene el espejo del amor, donde las almas por  turno se olvidan y se reconocen. Sobre éste el Genio del Sol eleva la antorcha triunfal de la eterna belleza. Más arriba aún. Marte blande la espada de la justicia, reinando sobre la esfera azulada, Júpiter sostiene el cetro del poder supremo que es la inteligencia divina y en los límites del mundo bajo los signos del Zodiaco Saturno lleva el globo de la sabiduría universal.

-Veo- dijo Hermes- las siete regiones que comprenden el mundo visible e invisible; veo los siete rayos del Verbo Luz, del Dios único que los atraviesa y gobierna. Pero, ¡OH maestro mío! ¿En que forma tiene lugar el viaje de los hombres a través de todos esos mundos? -¿Ves? dijo Osiris- ¿una simiente luminosa caer de las regiones de la vía láctea en la séptima esfera? Son gérmenes de almas. Ellas viven como vapores ligeros en la región de Saturno, dichosas, sin preocupación, ignorantes de su felicidad. Pero al caer de esfera a esfera revisten envolturas cada vez más pesadas. En cada encarnación adquieren un nuevo sentido corporal, conforme al medio en que habitan. Su energía vital aumenta; pero a medida que entran en cuerpos más espesos, pierden el recuerdo de su origen celeste. Así tiene lugar la caída de las almas procedentes del divino Éter. Más y más prisioneras de la materia, más y más embriagadas por la vida, se precipitan como una lluvia de fuego, con estremecimientos de voluptuosidad, a través de las regiones del dolor, de amor y de la muerte, hasta su prisión terrestre, donde tu gimes retenido por el centro ígneo de la tierra y donde la vida divina parece un vano sueño. -¿Pueden morir las almas? – preguntó Hermes.

-Si- respondió la voz de Osiris- muchas perecen en el descenso fatal. El alma es hija del cielo y su viaje es una prueba. Si en su amor desenfrenado de la materia pierde el recuerdo de su origen, la brasa divina que en ella estaba y que hubiera podido llegar a ser más brillante que una estrella, vuela a la región etérea, átomo sin vida y el alma se desagrega en el torbellino de los elementos groseros. A esas palabras de Osiris, Hermes se estremeció porque una tempestad rugiente le envolvió en una  nube negra. Las siete esferas desaparecieron bajo espesos vapores. Vio allí espectros humanos lanzando extraños gritos, llevados y desgarrados por fantasmas de monstruos y de animales, en medio de gemidos y de blasfemias sin nombre.-Tal es- dijo Osiris – el destino de las almas irremediablemente bajas y malvadas. Su tortura solo termina con su destrucción, que es la pérdida de toda conciencia.

TothPero mira: los vapores se disipan, las siete esferas reaparecen bajo el firmamento. Mira de este lado ¿Ves aquel enjambre de almas que trata de remontarse a la región lunar? las unas son rechazadas hacia la tierra, como torbellinos de pájaros bajo los golpes de la tempestad. Las otras alcanzan a grandes aletazos la esfera superior, que las arrastra en su rotación. Una vez llegadas allá, recobran la visión de las cosas divinas. Pero esta vez no se contentan con reflejarlas en el sueño de una felicidad impotente. Ellas se impregnan de aquellas cosas con la lucidez de la conciencia iluminada por el dolor, con la energía de la voluntad adquirida en la lucha. Ellas se vuelven luminosas, porque poseen lo divino en sí mismas y lo irradian en sus actos. Templa pues, tu alma ¡OH Hermes! y serena tu espíritu oscurecido, contemplando esos vuelos lejanos de almas que remontan las siete esferas y allí se esparcen como haces de chispas. Porque tú también puedes seguirlas: basta quererlo para elevarse. Mira cómo ellas se enjambran y describen coros divinos. Cada una se coloca bajo su genio preferido. Algunas se remontan hasta el Padre: entre las potencias, potencias ellas mismas, porque allí donde todo acaba, todo comienza eternamente y las siete esferas dicen juntas: “¡Sabiduría! ¡Amor! ¡Justicia! ¡Belleza! ¡Esplendor! ¡Ciencia! ¡Inmortalidad!”

A través del tiempo muchos de estos textos sagrados, que contienen grandes verdades cósmicas y del espíritu desafortunadamente se han perdido, han sido cambiados, rechazados o adulterados; sin embargo para bien del inquieto buscador de estas realidades, aun podemos escudriñar en la sagrada Gnosis los secretos del Universo.

Enviado por: Ma. Guadalupe Licea Rivera. San Luis Potosí, S.L.P.

Soy Toth, señor de los dos cuernos de la luna. Mi escritura es perfecta y mis manos son puras. Detesto el mal y aborrezco la iniquidad. Fijo con mis escritos la justicia divina. Soy el pincel que utiliza el Dios del universo. Soy el maestro del derecho y de la lealtad, el señor de la verdad y de la justicia, el que destruye la mentira y afirma la verdad ante los dioses… (Libro de los Muertos Egipcio. Himno CLXXXII)

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